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Cuando tenía – ¿qué se yo? – ocho, ¿diez años? la casa de frente a la mía albergaba a una señora de edad y no le diré “vieja” para no ser peyorativo; pero esa vieja vivía siempre pendiente a las pelotas que caían en sus manos para destriparlas y entregárnoslas – feliz – luego por su ventana. Fin de la pichanga.

Desde aquel momento, lamentablemente, cierto es que mantuve una peculiar fobia a las señoras “de edad”. Cada vez que me las cruzaba en el camino, escuchaba chismes y maquinaciones en contra de algún infortunado vecino. Yo, contra sus pronósticos, y en lugar de cuidarme de sus lenguas viperinas, procuraba ser más licencioso a sus ojos y así poder aguarles el semanario.

Han pasado ya varios años y la conclusión arriba al mismo puerto: Las mujeres, con el tiempo, van involucionando a lo antisocial. Les gusta el desacuerdo, la confrontación y el rumor ponzoñoso como terapia anti estrés, ¡qué paradoja!

En el trabajo, los peores conflictos que había de solucionar, los imponían las mujeres cuyos “cuchillazos” entre ellas eran de nunca acabar. En el colegio, el lío era con las profesoras vetustas, en las instituciones de salud con las enfermeras abusivas, en la vecindad y en hasta, groseramente, en las familias, todas están predispuestas a la afrenta y procuran acabar al enemigo con dosis prolijas de veneno. Y yo que las veo todos los domingos saliendo de eucaristía, no concibo solución.

Más allá de las honorables excepciones que endulzan nuestra sociedad. Se ha de requerir atención psicológica urgente o bien de algún ministerio que evite que nos sigan reventando las pelotas.

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