ONCE MESES

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Un mes antes de cumplir doce meses de nacido, un niño antes de morir, recordó que tuvo un padre que tuvo temor de ser padre desde antes de ser concebido y que naufragó en pánico al verse cara a cara, en un mundo tan breve como la felicidad.

 A Jhems

Una noche, la más fría de otras noches, pasaba desapercibida con el compás del reloj para miles de personas en sus dormitorios. Mientras unos descansaban, cumplían años, acunaban a sus niños o parturientas gritaban con voz seca el nacimiento de los suyos. Mientras la internet nos ofrece imágenes de aquella mujer bizarra y solitaria, que recibe al mundo a su hij@ de pié y se filma orgullosa de saltar a la vida de madre y postergar su vida de mujer. U otros tantos imbuidos en morbo en imágenes de calatas o en las noticias que alimentan la rutina y los vacíos de vidas por vivir. Así, mientras todo ello ocurría, un padre tocó la puerta de su casa a media noche “voy a pasear al gordo ya vengo, no tranques la puerta, no tranques la puerta”, le dijo y llevó de paseo al infante rumbo a un cerro santo, quizás tan alto, quizás lo más cerca del cielo que pudo llegar.

Un padre nació hace 28 años, y los primeros ojos que vio fueron las de su madre. Su madre, ruborizada por el privilegio de ser madre y por los ojos sacrosantos de su hijo decidió que era mejor morirse antes de tiempo y lo dejó solo en éste muladar de violencia, agobiada quizás por alguna enfermedad, como una preparación para la vida o solamente como un designio inefable. Él decidió vivir los 28 años, y tramaba su muerte de una forma distinta: Él debía amar a dos mujeres o sólo a una para vivir con otra; pero el yugo de ser huérfano y la envidia de ver a su hijo feliz, lo llevó obnubilado hacia un cerro santo cogido de la mano de la amante y sosteniendo a su hijo en su regazo. Así, amándolos a los dos, les disparó. Uno murió de a de veras, el infame intentó seguirle el rastro etéreo con un poco de veneno, mientras que a la otra, que tan sólo olió la pólvora, de esa muerte en vida nadie la consolará.

Una joven de 17 años. Mujer de oficio pero no de corazón. Adoleció al conocer al hombre que la mataría. Nadie se lo dijo, pero ella lo sabía. Una madre en potencia pero nunca cierta por la naturaleza, decidió tender la madeja e hilvanarla mientras sucumbía a los amores de un veinteañero ajeno que se obsesionó a plenitud y que decidió entregar su vida y la de su hijo  por la maldición de la locura del amor irresoluto, aquel amor que veía en los ojos de la adolescente y que quedó cegado junto a la tumba de la madre perdida, ese amor que no supo enterrar con hidalguía y resignación. Lo que sé es que uno: La joven adolescente, según se dice, no lo detuvo, fue expectante del filicidio y recibió por eso – por no hacer nada – un plomazo de escarmiento para que reaccione pero fue en vano, solo tendióse a llorar de dolor. Dos: La joven adolescente, decidió separarse del muchacho y el artero, en plena discusión, sacó el arma junto al veneno y amenazó con entregar su vida y la de su progenie si acabase con él. Ella se burló, él disparó contra su hijo y lo mató, ella luchó para salvarse pero un tiro también le tocó… Lo demás es historia que se sabe. Bueno, por lo menos eso es lo que oí, disculpen la especulación.

Una madre que ni siquiera sabía que las muñecas, alguna vez, se harían de carne y hueso; abrió su vientre a un desconocido que le juró amor eterno o quizás fue ella quién se lo juró, y al atisbar su fragilidad mental pues le arrojó el peso de la realidad haciéndolo padre para madurarlo contra su voluntad. Una madre que nunca supo que los errores de las vidas de sus padres o de sus suegros se empeñarían contra su hijo, nunca supo tampoco que esos errores marcarían el sendero de su esposo (de su casa al cerro de nombre santo) y que un revólver hundiría los destinos marchitos en un sufrimiento que no acabará. Será el sufrimiento que acabe con ellos: los padres irreconciliables  que nunca atendieron sus heridas internas y que se resignaron al litigio de vivir juntos sin saber porqué.

Once meses le bastaron al niño para saber que esta vida está hecha para los locos. Este mundo no puede albergar pureza pero si puritanos. Esta sociedad que está acostumbrada a controlar su propia población matándose a cuchillazos, a degollarse por puro gusto y destruir a cuanto puede ser roto, hurtado, engañado, clavado, burlado, odiado o asesinado. Este mundo que recibió a Jhems y que lo deja ir en paz. Al niño que promete que volverá para sacarnos algún día de la miseria de esta ambigüedad moral que nos vuelve locos, de algunas autoridades que priorizan con desparpajo temas de salud dental, loncheras nutritivas o cualquiera otra fruslería, cuando la salud mental y los programas que pueden ennoblecer nuestra existencia son relegados a lo secundario, casi trivial, olvidando que el cáncer más feroz es el que invade nuestra mente y nuestro corazón. Jehms, quitará del camino a algunos medios que al contar su muerte en diez líneas cambian – ¡tan profesionalmente! – de tema y vociferan los escándalos de farándula del día, del fútbol depresivo, de las triquiñuelas consabidas de los políticos, de todo, mientras el mundo se cae a pedazos.

No existe ningún levantamiento del cadáver sino en su lugar, existe la ascensión del niño santo muerto en el cerro santo, que pide que se haga algo por las heridas abiertas de su madre y que el padre alcance el perdón de sí mismo y alivie el peso de su conciencia y, sobre todo, que la sociedad sea liberada de su indiferencia.

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