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La generación del 85

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Aquella mañana amanecí con el deseo de sumergirme en los rincones tan lejanos y a la vez familiares del cuarto de recuerdos. La claridad fluía a través de las persianas hasta inundar los rincones polvorientos con un haz de partículas que danzaban en caprichosas formas. Mis ojos recorrieron la habitación amoblada con sillones tapizados de color añil y robustas repisas de cedro que apenas se sostenían por el peso de la colección de libros que guardaban, algunos cuadros con fotografías me devolvían la mirada recordándome las glorias pasadas y aquellos días que no volverían. Curiosa como siempre, tomé un modesto ejemplar de tapa roja que yacía oculto entre sus pares más imponentes y al momento de abrirlo, se dejó caer, casi flotando, una desgastada fotografía.

Solo alcancé a ver la inscripción posterior: ¨Generación del 85 – El cumpleaños de los niños perdidos.¨ Volteé de inmediato la fotografía y apenas me reconocí dentro de la imagen conformada por un variopinto clan que sonreía feliz y con aquella impresión de quien conoce todos los misterios del universo.

´´Los niños perdidos´´. En más de 10 años no había escuchado esa expresión, que invariablemente invocaba renacer en mi mente pasajes de una época que más se asemejaba a un sueño que a la realidad. Por un instante cerré los ojos, apretando con fuerza la fotografía hacia mi pecho y pude sentir que me desvanecía sobre la alfombra.

Desperté y me sentí en casa. Lentamente abrí los ojos y vi su cabeza reclinada sobre mí dirigiéndome una mirada tierna y a la vez burlona. Estábamos al pie de un árbol sobre la grama seca y se escuchaba a lo lejos un bullicio extraño.

−Si siempre que te voy a leer a Manuel González Prada te vas a quedar dormida mejor la próxima vez me lees algún cuento de hadas de esos que te gusta para que veas lo que se siente– dijo cerrando su ejemplar de Pájinas Libres. −Vamos ya se acerca la hora de la fiesta y nos van a comenzar a extrañar.

−Lo hago porque no hay nada que disfrute más que ver tu bello rostro al despertar, Mikael. Y para tu información las Mil y una noches no es un cuento de Hadas, tendrías pesadillas si te leo la versión original. – dije incorporándome de su regazo sobre el que había conciliado tan perfecto sueño, mientras él se levantaba de un salto y aún visiblemente ofuscado.

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Lo seguí hasta el portón de una casa antigua, siguiendo un camino empedrado y resguardado por arbustos llenos de flores. Como de costumbre no podía evitar fijarme en su figura atlética y en su andar despreocupado, algo desgarbado pero absolutamente encantador. Los gritos por detrás del portón se hacían cada vez más ensordecedores y no alcanzaba a entender si correspondían a un idioma real o inventado.

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