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El mago

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-La brujería si existía –me digo horrorizado a mí mismo mientras observo cómo mis manos se tornan arrugadas y manchadas con un sinnúmero de pecas. Mi cuerpo se tuerce y siento que me he reducido varios centímetros hasta quedar en una posición encorvada. Me toco vacilante el rostro,  percibo su nueva textura rugosa y la piel colgante donde antes había sido firme. Mi visión se deteriora, hasta percibir la realidad como un conjunto de sombras de colores. Mi corazón late cada vez más lento. Escucho una risa malvada mientras el mago destruye la taza de una pisada.

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El anciano de luenga barba, nariz ganchuda y gafas con forma de media luna inicia su día en el cuarto de alquimia. Está bien oculto a los ojos curiosos de visitas inesperadas en el sótano de su casa de estilo victoriano. Retira de la alacena el mortero y sus adminículos de magia. Muele con serenidad huevecillos de araña y polvo de ancas de rana. Recoge unos fósforos del escaparate para cocer a fuego lento la pócima que dejó madurar hace más de quince lunas.

Parado junto al portón de madera tallada de la residencia, se encuentra un joven fornido y de aspecto marginal. Las gárgolas de piedra en los dinteles de la puerta, amedrentarían a cualquier otro pero el muchacho tiene coraje y muchas ganas de trabajar. Toca el intercomunicador.

-Vengo por el anuncio de ayudante de limpieza- dice con una voz ronca y segura.

El mago observa la imagen del muchacho a través del video del intercomunicador. Sus ojos cansados parecen reanimarse con un brillo especial en la contemplación de aquel porte gallardo y rebosante de juventud.

-Pase por favor –le responde pausadamente.

Ingreso a la residencia lujosamente decorada sin comprender del todo porqué viviría alguien solo en un lugar tan grande. Mi futuro jefe parece una persona muy amable y bondadosa por la expresión de su rostro. De inmediato me invita a sentarme en el sillón principal de la sala y se ofrece a convidarme un té. El asiento es bastante mullido y cálido. Repaso la habitación y observo una colección de libros de aspecto muy antiguo.

El anciano regresa con la taza humeante.

-Es una preparación especial – receta de mis antepasados.

La recibo con gusto y me la tomo rápidamente. El calor del agua se esparce por todo mi cuerpo. Inesperadamente, el calor se transforma en frío helado y comienzo a temblar de pies a cabeza. La taza se desliza de mi regazo y cae sobre la alfombra.

 

 

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