SOBRE LA SALVACIÓN: El pensamiento del Papa Francisco

Estimados blogueros:

La elección y primeros 100 días de autoridad del Papa Francisco han sido una buena noticia para los católicos y también para el conjunto del mundo. Con mucho simbolismo y lenguaje claro y conciso ha recuperado cierta parte del mensaje central del Evangelio que en los anteriores dos pontífices aunque aparecía en discursos no trascendía más allá de referencias.

Algunos hablan de un nuevo Juan XXIII, aunque yo prefiero considerarlo como un nuevo tipo de perfil papal, mas a nuestra “onda” latinoamericana. Además, su formación ignaciana le pone ciertos énfasis distintos al querido Papa bueno. Se ha dicho y probado que a raíz de estos cien días hay mas entusiasmo entre los fieles y que en la opinión pública la Iglesia Católica recupera referencias éticas, que se perdieron tanto con los sucesivos escándalos de pederastia y de sectarismo de algunos grupos al interior.

Hay mucho que conversar y mucho que convertir en nuestras propias vidas, como siempre. Empero, es bueno también pensar en las coordenadas jesuíticas que va poniendo Francisco.

En ese sentido, a continuación, unas líneas escritas por el sociólogo Gonzalo Portocarrero al respecto, aparecidas en el Diario El Comercio bajo el título “La Salvación según el Papa Francisco: ¿renovación católica?”.


Por: Gonzalo Portocarrero

Aunque subsistan muchas preguntas y el rumbo de su papado no esté aún definido, es evidente que Francisco significa una ruptura en la historia reciente de la Iglesia Católica; una historia marcada por el imposible intento de restaurar un poder sin autoridad moral, basado en la apelación a la obediencia ciega como el único camino de salvación. Camino que aisló y desprestigió a la Iglesia y que colocó al catolicismo en el camino hacia la insignificancia.
El nuevo papa Francisco es más un pastor, un cuidador de espíritus, que un teólogo sistemático. Más abierto, entonces, a la compleja realidad de la vida, a la necesidad de actualizar las enseñanzas de Jesús, que a sistematizar una doctrina alejada de la exigencias de un mundo convulsionado, que reclama orientaciones que permitan, a hombres y mujeres, encontrar sentidos y entusiasmos en medio del desierto espiritual que nos rodea.
Frente a este enorme desafío, el papa Francisco, como de pasada, ha planteado dos respuestas de enorme importancia. La primera fue afirmar que: “El Señor a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no solo a los católicos. ¡A todos! ‘Padre, ¿y los ateos?’. A ellos también. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera clase! ¡Hemos sido creados hijos a imagen de Dios y la sangre de Cristo nos ha redimido a todos! Y todos tenemos el deber de hacer el bien”. La idea de que, si obran el bien, los ateos pueden salvarse, significa renunciar al monopolio de la redención; es decir, la Iglesia deja de postularse como el único camino al cielo. De donde se infiere que estos caminos son múltiples pero que todos pasan por hacer el bien; es decir, por la acción generosa inspirada en el amor.
Las consecuencias de esta toma de posición son muy vastas y difíciles de precisar. No obstante, para empezar, se renuncia a la pretensión de poder que la Iglesia se había otorgado a sí misma en tanto se asumía como el único canal para el reencuentro con el creador. La posición de Francisco invita a que la Iglesia se imagine como una posibilidad entre varias. Además, la salvación pasa a depender más del compromiso cotidiano con el bien, con una coherencia ética, que con la liturgia y el sometimiento al poder de la institución eclesial. En el mismo sentido, el temor a la libertad, a pensar diferente, se queda sin fundamento, pues lo que vale, otra vez, es hacer el bien. Y también queda cuestionada la idea de obedecer por temor al eterno castigo del infierno. En efecto, premunidos de la buena conciencia de estar haciendo lo que deben, hombres y mujeres no tienen por qué someterse a las órdenes de un poder que se pretende infalible.
Finalmente, lo más importante es que la Iglesia, antes que ser guardiana de la fe, tiene que concebirse como depositaria de las enseñanzas de Jesús y, en consecuencia, como guía espiritual que debe entrar en diálogo con otras iglesias y religiones para ir buscando las coincidencias que permitan generar un horizonte de valores comunes para toda la humanidad. De esta manera, lo que la Iglesia Católica pierde en términos de poder para generar obediencia, lo gana en autoridad, en la posibilidad de convertirse en un referente imprescindible para orientar la vida espiritual de la humanidad de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio.

La segunda respuesta de Francisco, frente a los desafíos del presente, es igualmente importante. Se trata de su reiterada crítica a la economía actual. “Un capitalismo salvaje ha enseñado la lógica del provecho a cualquier costo, del dar para obtener, del explotar sin mirar a las personas… ¡Y los resultados los vemos en la crisis que estamos viviendo!” El capitalismo y el dinero se han entronizado como ídolos a los cuales los seres humanos sacrifican lo mejor de sus energías. Se destruye así la solidaridad y se instaura la cultura del consumismo y del desperdicio entre los privilegiados, mientras que a los pobres no se les da la oportunidad de una vida digna. El ser humano se convierte en un simple medio y no en el fin de la creación. Finalmente, la riqueza material lleva a la pobreza espiritual pues la gente olvida la vieja sabiduría que nos recuerda que “en la mortaja no hay bolsillo”. En realidad, estas críticas significan una campanada de alerta que contraponen a su autor al extendido culto al dinero y al éxito que son la preocupación fundamental de la mayoría de la gente.
Es muy significativo que estas decisivas tomas de posición no hayan recibido los comentarios que merecen. Es como si hubiera una resistencia que encuentra en el silencio su mejor respuesta. Pero una renovación del catolicismo es posible solo en el espíritu de Francisco.

Puntuación: 5.00 / Votos: 3

Acerca del autor

Luis Alberto Duran Rojo

Abogado por la PUCP. Profesor Asociado del Departamento de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Director de ANALISIS TRIBUTARIO. Magister en Derecho con mención en Derecho Tributario por la PUCP. Candidato a Doctor en Derecho Tributario Europeo por la Universidad Castilla-La Mancha de España (UCLM). Con estudios de Maestria en Derecho Constitucional por la PUCP, de Postgrado en Derecho Tributario por la PUCP, UCLM y Universidad Austral de Argentina. Miembro de la Asociación Peruana de Derecho Constitucional, del Instituto Peruano de Investigación y Desarrollo Tributario (IPIDET) y la Asoción Fiscal Internacional (IFA).

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