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Es un día seco y frío. No es un día especial, es un día de ésos que traen con sus nubes grises, vientos terrosos que secan los labios y real melancolía que me han dado ganas de escribir, pero no sabía por dónde empezar.

Mientras caminaba y simulaba estar azaroso por temas de los que ya me había ocupado oportunamente, decidí alquilar una cabina de internet para ponerme al día de las novedades en el “feis” y adjuntar algunas fotos del matrimonio protocolar que mis tíos – ya de edad – habían por fin consumado para que mi viejo, desde Cajamarca, se ponga al día y pueda llegar a divertirse y pasar un buen rato.

Supe desde un principio a qué establecimiento me dirigía, pero de pronto interrumpí el paso y observé otro en el camino. Este negocio, había sido uno de los lugares donde acudía consuetudinariamente y lo prefería por razones técnicas: cercanía, velocidad de conexión, ergonomía; etc, pero eventualmente hace poco el dueño y yo (el burro por delante), tuvimos un pequeño intercambio verbal lo que hizo que dubitara un poco en acercarme.( Sucedió que el dueño se había engorilado, aquella vez, porque le observé una tramoya que había pegado en la pared que a la letra decía: “La hora exacta es una virtud…respetemos el tiempo que pasados los 3 minutos se le cobrará el adicional” A lo que, en mi calidad de consumidor, añadí en voz compasiva y casi clerical – pero directa – , que se debería hacer el control de forma justa desde el instante en que la máquina esté encendida y habilitada completamente para su uso, y no desde que uno acomoda sus posaderas en el asiento. Mi observación, claro estaba, no iba a ser recibida de forma amable. Como se esperaba, el sujeto protestó, pero – como todo un caballero – lo invité a que lo discutiésemos fuera, y después de un rato en el linde de su puerta y regalarle unas recomendaciones generales de ley sobre cómo llevar bien su negocio ,oportunamente, lo disuadí de un enfrentamiento vergonzoso para ambos. El asintió y allí quedó, ése fue el lío )

Bueno, cerrando el paréntesis, lo cierto es que me animé a entrar, saludé al dueño con un “Hola” y al extenderle la mano él respondió amablemente, me sentí satisfecho por su cortesía y procedí a lo mío. Encendí la máquina y esperé a que cargue el sistema operativo junto con el raudal de programas automáticos, considerando importante hacer primero las cosas urgentes y luego lo que mi veleidosa curiosidad me demande. Así que de primer momento accedí a mi cuenta de Hotmail (siempre he pensado que Hotmail tiene algo de porno, correo ¿hot?, ¿Ustedes no piensan lo mismo? Algo me dice que el origen de tan original nombre tiene algo que ver con relaciones calientes, sí, creo que sí) y me percaté que en mi bandeja habían actualizaciones de tu “feis”. Pero pienso nuevamente avocarme en lo que he planeado hacer y ganándole a la curiosidad, victorioso envío los emails de ley y dejo varios minutos del alquiler, astutamente para ver tu perfil.

En definitiva, tengo un exquisito sentido de la belleza. Me han dicho muchas veces que mis cánones de belleza son algo raros, excéntricos quizás. Por eso será que me sorprendí al ver las nuevas fotos que colgaste en tu muro, no por las posiciones step by step que creas para la cámara, sino por el rostro tan verdaderamente dócil que son favores de los dioses. No pienses que es un cumplido, es honestidad. Tu rostro es algo que podría acariciar, contemplar y escudriñar científicamente a la vez, en un intento por descubrir cómo tus genes concertaron tan bien para encontrar el equilibrio, quizá no con tu cuerpo (porque tu cuerpo acéfalo podría hablar por sí mismo), pero sí con la naturaleza femenina, el clima y el amor. Sí, amor.

(Hace no mucho tiempo, viendo un documental del Sr Eduardo Punset, trataron sobre un tema del amor y entre todo lo interesante del documental puntualizaron que el amor entre padres se traduce físicamente en los hijos, decían que los hijos que han sido amados desde el vientre materno por padre y madre nacían bellos y los que no – como corresponde a mi caso – nacían poco o nada agraciados. Por la tesis, puedo confirmar que tus papás follaron con mucho amor, en demasía)

Claro que, podría decirse que para éstas coordenadas del mundo la belleza es poco o nada entendida. Para los peruvians, lo más atractivo es la piel crema, los ojos verdes, azules o cualquier otro color claro, los cabellos castaños o rojizos, las de cuerpo robusto, las ladies, las del aliento fresco, las que no tienen gases, las que no van al baño, etc. No muchos se inclinan por la armonía real.

No sé qué pensarán mis lectores en general, no es que no sea un crítico apreciador de nalgas, senos y demás bondades del género femenino. Vale decir que incluso, me gustan de sobremanera observar las caderas bien contorneadas y las cinturas ceñidas que motivan realizar fantasías más inenarrables, no me malentiendan, me gusta el sexo. Pero en definitiva, si hablamos de belleza, soy un kamikaze que se mataría por los cabellos largos y bien cuidados, por un rostro desmaquillado y límpido cuya lozanía deje fluir lágrimas transparentes mas no teñidas de hidrocarburo, en sí, que sea expresión constante de naturalidad y nada más.

Empiezo a descargar un par de fotos, escojo una de ellas, la corto y juego con el tamaño, la acerco y la alejo, la agrando y la comprimo, hago y deshago efectos (¡qué maravilla es el Word!). La observo una y otra vez, y al acercarla lo suficiente para que no se “pixelee” planto la mirada en tus ojos, me detengo y percato que el fondo negro de mi ordenador refleja las órbitas blancas de los míos. Me sobrecoge un sentimiento crudo, presiento que me hablan: recitan mi historia personal, la que me trajo como un caballo a rastras atado de manos como un pillo semidesnudo hasta donde me encuentro. Mis ojos develan tristeza, mucho desgaste, mucha vida mal vivida, problemas solucionados y que no tienen solución, una persona pérfida y a la vez bondadosa, con ira y con paz ¡qué dicotomía!

De inmediato, vuelvo mis ojos a los tuyos, y pienso en ti, verdaderamente en ti. Suspendo la apasionada tarea de embelesarme con tu imagen y te observo. Sin querer, me sonrojo al verte, asumo que estás verdaderamente allí y me abochorno un poco. Pienso en tu vida, si gozarás, si llorarás mucho, en el cómo enfrentas el “todo” allá afuera, en esos lugares donde nadie te ve, en tu cuarto. Si es que bailas sola, si deliras como yo o ahogas tus gritos en la almohada y la tiñes de amarillo con tu yantar. Si vas a misa o ya no crees en Dios, si te gusta el cigarrillo y lo prendes a escondidas o si quizás tendrás una botellita de ron añejo para los ratos de soledad.

“¡¿Que hay dentro de ti?!” ¿Será cierto el aforismo que sentencia que los ojos son las ventanas del alma? No lo sé, pero créeme que daría mucho por estar detrás de esos ojos vidriosos y conocer a esa mujer que fascina tanto mis sentidos y el de los demás.

Salí de la cabina de internet, muy puntual esta vez. De camino a casa presiento una urgencia y me digo: “Tengo algo que contar” y me puse a escribir, a escribirte.

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