Teoría Θ. Parte 2: una cuestión de sujeto

 

Como indicamos en el post anterior, algunas posiciones-A no pueden recibir papel-θ. Veamos el siguiente ejemplo:

Juan parece muy feliz

En este caso [Juan], que ocupa una posición-A, la de sujeto, no recibe rol temático del verbo [parece], ya que este es impersonal. Qué sugiere esta situación. Al parecer, dos cosas: 1) que [Juan] está generado dentro del domino de [parece] y que luego se desplaza a la posición donde se pronuncia en la oración, es decir, antes del verbo. Y 2), como una generalización más fuerte, todas la oraciones siempre solicitan un sujeto.

La primera característica nos permite introducir la distinción entre argumento interno y argumento externo. La distinción entre estas nociones reside en el tipo de relación que mantienen con el verbo principal de la oración. Por ejemplo, cuando un verbo y su complemento modifican el rol de un sujeto, podemos asumir que el sujeto es un argumento externo al no estar fuertemente vinculado con el verbo. Este es un ejemplo de esta situación:

Juan tiene (dinero/calor)

En este caso, Juan puede tener un rol de agente-posesor o el de un experimentador dependiendo de qué argumento seleccione el verbo.

Por otro lado, y esto es lo curioso en este punto, algunos sujetos pueden generarse dentro del dominio verbal y luego ocupar la posición-A de sujeto. Esto se evidencia en su fuerte vínculo:

Las flores han crecido
Juan ha llegado
Pedro llegó

Estos casos sugieren que tanto [Las flores], [Juan] o [Pedro] han surgido inicialmente dentro del dominio del verbo. Es decir que tanto las [Las flores], [Juan] y [Pedro] surgen como complementos del verbo igual que los objetos y luego se desplazan a una posición-A donde reciben el caso nominativo. Esto también permite hacer una distinción entre verbos intransitivos, reconociendo que unos seleccionan argumentos externos como en [Juan sonríe] y otros seleccionan un argumento interno como en [La rumba ha llegado]. Para más evidencia de esta situación debemos ver que solo las construcciones intransitivas con argumento interno soportan construcciones de participio absoluto:

*Sonreido Juan
Llegado Juan

Ahora bien, el hecho de que [Juan] haya tenido que moverse al inicio de la oración en [Juan parece muy feliz] responde a dos circunstancias: al ser una posición-A sin rol-θ la convierte en una “pista de aterrizaje” libre para algún elemento desplazado. En este caso, el desplazamiento está motivado por una condición universal de las lenguas; la característica 2): toda oración debe tener sujeto. La pregunta que cae por su propio peso es: ¿por qué? Las oraciones tienen una inobjetable naturaleza predicativa, por lo cual es importante que exista un sujeto sobre el cual predicar, ya sea este formal o explícito. Es lo que de fondo demandan los rasgos flexivos del verbo. Tener un objeto, por ejemplo, no es una necesidad oracional, sino más bien la propiedad de algunos verbos. Evidencia de esto, de la necesidad de un sujeto, es la aparición en algunas lenguas de expletivos:

It rains
Il pleut
(Expletivo) llueve

Lo que variaría en las lenguas sería la realización fonética de estos expletivos: en algunas como en el inglés y el francés, sí deben realizarse fonéticamente y en el castellano, no.

Hay más puntos que desarrollar aún en la teoría-θ, pero lo dejaremos para más adelante.

Teoría Θ. Primera parte

 

Dentro de los estudios de sintaxis existe un uso particular del término “argumento”. Este no es una razón para sustentar una tesis y menos el componente de un texto escrito de corte, valga la redundancia, argumentativo.

Algunas palabras determinan los roles y funciones que desempeñan las unidades sintagmáticas dentro de una oración. A estos roles asignados se les denomina papeles temáticos o papeles-θ y a las unidades seleccionadas argumentos . Los papeles-θ son asignados a través de los núcleos léxicos a sus argumentos. Por ejemplo, el verbo “estornudar” selecciona un argumento y asigna un rol-θ: selecciona un elemento nominal como argumento para que sea el sujeto de la oración y le asigna el papel de agente. Un verbo como “saquear” selecciona dos argumentos y asigna dos roles-θ: un agente y un paciente, respectivamente. Y “entregar” selecciona tres argumentos y asigna tres roles: un sujeto, un objeto y objeto indirecto son los argumentos y estos tienen los roles de agente, paciente y beneficiario, respectivamente.

Como se puede ir sospechando, existe una estrecha relación entre asignación de papeles-θ y posiciones dentro de la estructura sintáctica: los papeles-θ son asignados a sintagmas que aparecen en posiciones específicas. Las posiciones en que un sintagma puede recibir papel-θ se denomina posición-A y se denomina posición-A’ a una posición que no recibe papel temático. Las posiciones-A usuales son la de sujeto, complementos categorizados por verbos o preposiciones. Las posiciones-A’ son la de los elementos adjuntos: sintagmas que proporcionan información no obligatoria al núcleo verbal.

Algunos verbos suelen complicarnos el aparente panorama uniforme de esta asignación de roles a los argumentos. Pero este tema, lo dejamos para la siguiente entrega.

La flexión verbal

 

Debemos tener presente lo ya propuesto en las notas anteriores: una frase verbal, o una palabra verbal, es un núcleo léxico verbal, es decir, un lexema, más un conjunto de sufijos y prefijos que se ensamblan entorno a una cumbre acentual. Veamos los matices de esta definición con un ejemplo. Tenemos una frase como la siguiente:

No las cantábamos

Donde tenemos los siguientes elementos:

Prefijos Lexema Sufijos
Negación objeto núcleo léxico Tiempo, aspecto, modo. Número/persona
No las cant- -ába- -mos

Seguimos el mismo espíritu del análisis anterior, pero con los verbos debemos hacer una precisión mayor para el caso de los verbos compuestos. Esta la haremos un poco más adelante. Veamos lo que tenemos aquí.

Vemos, para empezar, elementos de función: los rasgos de número y persona. Estos no aportan a la configuración del evento que describe el verbo, solo copian los rasgos del sujeto estableciendo una relación de concordancia. Asumimos que estos rasgos proyectan sintaxis en esta lengua, ya que desde ahí se establece el vinculo entre palabras nominales y palabras verbales.

Tenemos más sufijos. Un sufijo en este caso, que presenta la información de tiempo, modo y aspecto verbal. Nos referimos al sufijo <-ába> que presenta la información de pasado, indicativo e imperfecto. En otras lenguas, esta información se puede presentar en distintos sufijos, pero en el castellano todos estos valores se encuentran amalgamados.

Por el lado de los prefijos, tenemos una partícula negativa. Su nombre técnico es el de “operador negativo” y manifiesta su alcance a través de la relación formal de C-comando. Esta última noción tendrá un post individual, pero vale mencionar que es una relación abstracta que vincula distintos nodos dentro de la estructura sintáctica. Este elemento presenta distribución constante en la sintaxis y, por lo tanto, asumimos, despliega sintaxis.

Por último, tenemos un pronombre femenino en plural, el cual, está, seguramente, reemplazando al sustantivo <canciones>. No complicaremos la presentación de este elemento pero es suficiente decir que por algún tipo de transformación se ha pronominalizado y ha venido ocupar dicho lugar en la configuración, siendo este un lugar derivado.

El análisis sintáctico nos sugiere el siguiente despliegue:

 

Lo que no muestra nuestro esquema es que <las canciones> se pronominaliza y pasa a ocupar el especificador de ST. Por lo demás, este sería el marcador frasal para la oración que propusimos.

Con respecto a la negación hay un asunto que comentar:  para algunos autores esta varía de lugar dentro de la configuración frasal. Para algunos, por razones paramétricas, para otros por cuestiones de semántica. La negación la podremos tratar más adelante, en otro post y con mayor detenimiento. Por ahora es importante saber que despliega sintaxis. Ahora bien, la última pregunta por resolver para este tipo de frases es la siguiente: dónde van los verbos auxiliares si estamos ante un verbo compuesto. Nuestra salida es sencilla: entre la SCon y SV puede aparecer una categoría SAux donde iría, sin problemas, el verbo apoyo en los casos de verbos compuestos.

Hasta este punto, la descripción sigue el mismo espíritu de las anteriores entregas y resulta, desde nuestro punto de vista, plausible. Ahora toca ver qué sucede con la derivación.

La flexión nominal

 

Como vimos en el post anterior, una palabra es un elemento léxico nominal que sostiene la cumbre acentual y a diversos elementos que dependen de este elemento nuclear para tener sentido. Veamos un ejemplo:

cabañ-a-s

Un elemento léxico nominal <cabañ->, una unidad para el género <-a> y un elemento para el número <-s>. Ahora bien, según el alcance de nuestra propuesta, una palabra puede alcanzar otros elementos. Por ejemplo,

Estas muchas cabañas

Donde <estas> es un determinante y <muchas> un cuantificador. El análisis sugiere la siguiente disposición.

Clíticos Lexema Afijos
determinante cuantificador núcleo léxico género número
estas muchas cabañ- -a -s

Debemos hacer un breve comentario sobre cada elemento con miras a caracterizar su organización desde un punto de vista sintáctico. Que quede claro que este punto, para ser lo más pedagógico posible, utilizaremos el castellano como lengua para los ejemplos.

El género es, esencialmente, un elemento de función: no es un elemento que proporcione información constante sobre el mundo y su funcionalidad es estrictamente relacional. Sospechamos que a diferencia de otras categorías dentro de la palabra, esta, no proyecta sintaxis, como sí lo hacen los núcleos léxicos verbales o nominales, o los elementos preposicionales.

El número sí es un elemento que proporciona información constante sobre el mundo y sospechamos que esto le permite integrar su representación en un diagrama sintáctico.

Los elementos cuantificadores dotan de información numérica específica sobre el núcleo léxico en cuestión. Así existen cuantificadores imprecisos, indefinidos, cardinales, ordinales, etc.

Los determinantes suelen especificar información anteponiéndose al núcleo en forma de artículos, demostrativos o posesivos. Así como anuncian sus rasgos.

En este punto debemos recordar el esquema básico de la sintaxis: la teoría x barra.

 

https://temasdelinguistica.files.wordpress.com/2012/09/xba.png

Este diagrama da cuenta que un núcleo léxico se proyecta en distintos niveles que le permiten incorporar ahí otros componentes.

Veamos en caso que aquí estamos desarrollando en el siguiente marcador de frase.

https://temasdelinguistica.files.wordpress.com/2012/09/bhbh.png

Este marcador plantea que el núcleo léxico nominal tiene, a modo de elemento dominante, su información de número. Esto no se queda ahí:

 

https://temasdelinguistica.files.wordpress.com/2012/09/nnnn.png

El sintagma número tiene la posibilidad de albergar a los cuantificadores en el brazo que corresponde a su especificador. Esto continua y debe haber lugar para el demostrativo:

 

https://temasdelinguistica.files.wordpress.com/2012/09/lalalaa.png

 

Este elemento encuentra lugar en el especificador del sintagma determinante. Una vez que los elementos están en el marcador, se termina de organizar por movimiento, en este caso del núcleo nominal hacia el núcleo inmediatamente superior en un proceso que se conoce como “incorporación”. El orden lineal de la oración se deduce de esta construcción leyendo los elementos de izquierda a derecha.

Hasta este punto hemos podido desarrollar las características básicas de una palabra o frase nominal. Estos marcadores deben adecuarse a los requerimientos de cada lengua integrando así la información pertinente como, por ejemplo, el caso gramatical en las lenguas que lo manifiesten morfológicamente. Sobre esta base sintáctica seguiremos desarrollando esta propuesta. La que corresponde desarrollar ahora es la frase verbal.

 

 

¿Existe la morfología?

 

Esta es una pregunta interesante para comenzar algún estudio sobre la naturaleza de la palabra. Primero, hay que responder a qué nos referimos aquí con morfología. Esta palabra tiene tres acepciones: 1) procesos que sufre la palabra; 2) una disciplina dentro de la gramática; y 3) un componente dentro de la competencia del hablante. Es un concepto, a la vez, 1)  descriptivo, 2)  institucional (no encuentro otro nombre para esta acepción) y 3) cognitivo. Desde nuestro punto de vista, el número 2) es irrelevante para nuestro trabajo de investigación; sin embargo, 1) y 3) están relacionados, si es que asumimos que estos procesos tienen lugar en la mente del hablante. En ese sentido, 3) implicaría a 2), sin inconvenientes. Pero ahí debemos hacer una pequeña distinción: reconocemos la existencia de procesos morfológicos, pero no de un componente (cognitivo) exclusivo para estos procesos, como los es por ejemplo, el componente semántico, fonológico o sintáctico. Hay, por lo menos, dos razones para suponer esto: a) todo proceso, ya sea flexivo, derivativo o de composición apunta a la sintaxis, sino estos se quedan en un simple juego de unidades, y b), si a) es verdad, deberíamos quedarnos, por un principio de economía conceptual, con el aparato computacional de la sintaxis asignándole al mismo el poder sobre la palabra que vemos en los procesos morfológicos. Esta asunción no es tan fácil de integrar, ya que implica que todos estos procesos morfológicos estarían regidos por los mismos principios que rigen a la sintaxis.

Lo que queda por demostrar, entonces, es que todos los procesos morfológicos pueden ser resueltos por el componente sintáctico y sus diversas características. Tenemos que realizar explicaciones de los siguientes procesos: flexión nominal, flexión verbal, composición y derivación. Para no cargar esta entrada con mucha información, cada uno de estos puntos será el tema de cuatro post próximos. Así que, un poco de paciencia.

Hay un punto donde la situación se pone un poco más complicada. Muchas lenguas del mundo integran diversos matices pragmáticos a partir de recursos morfológicos. Por ejemplo, el quechua tiene sufijos para explicitar dos grandes áreas temporales: un tiempo realizado y uno no realizado. El sufijo [-rqa] corresponde al pasado en el castellano y es la marca de pasado experimentado. La marca [∅] (asumimos que la marca de presente es [Ø], ya que es lo que antecede a los sufijos de persona verbal también pertenece a esta área temporal. Asimismo, tenemos un tiempo no-realizado [-sqa] (este sufijo es, únicamente, de primera persona. Las persona del tiempo no-realizado cambian en cada caso). Hasta ahí, las novedades son mínimas. Sin embargo, dentro del tiempo realizado hay una distinción codificada también morfológicamente: el tiempo realizado experimentado [-rqa] y no experimentado [-sqa]. Ahí surge una pregunta, por no decir, un pequeño calambre mental: cómo es posible que un tiempo realizado pueda ser no experimentado. La verdad, es más sencillo de lo que parece, pero es un matiz pragmático, o si se quiere, semántico. Este sufijo es utilizado para situaciones en las que el agente de la oración no es consciente de lo que sucede y no se considera responsable de sus actos. Situaciones como estas, como cuentan los hablantes de esta lengua andina, son los efectos de la ebriedad o alguna droga. También se utilizan estos sufijos para hablar de situaciones de carácter mítico o de narraciones sobre la cual no se puede tener conocimiento directo. Otro caso que podemos encontrar en el quechua es el de los reportativos. Tanto de los de primera mano [-m] como los de segunda mano [-s], dan cuenta del origen de la información transmitida. Si el hablante maneja esta información por conocimiento propio sufija al sujeto oracional el reportativo de primera mano [-m], o si esta le fue transmitida por otra persona, caso en el que sufija el reportativo de segunda mano [-s]. Estas marcas tienen un eminente carácter discursivo y son mecanismos que han permitido integrar gramaticalmente funciones comunicativas. Parecerían responder, desde nuestro punto de vista, a un tipo de proceso post-sintáctica, ya que la marca solo varía por una cuestión de contexto y no por motivación formal, como la asignación de caso, por ejemplo. Lo que sucedería, y es lo que tiene que asumir un análisis sintáctico de la palabra es a “silenciar” o “reducir” la posiblidad de explicitar estos matices en la descripción sintáctica. Se pierden sutilezas por ganar una generalidad mayor. Desde nuestro punto de vista, no es un problema muy grave si es que tenemos presente que nuestro objetivo es la universalidad de estos procesos.

La morfología -como conjunto de procesos que actúan sobre la palabra- es el lugar donde la sintaxis, como procedimiento formal, puede entrar en problemas: es similar al umbral de eventos de un agujero negro. ¿Por qué esta analogía? Los procesos morfológicos tienden a ser el lugar donde la semántica, la pragmática y la sintaxis se encuentran generando las diversas posibilidades expresivas y organizativas de una lengua. Una vez que se aleja de este umbral, la morfología se vuelve sintaxis a través de un proceso histórico. Una vez que se está más cerca del agujero negro (llamémosle también pragmática), las posibilidades y los matices expresivos son altísimos, generando dificultades en su formalización por el alto contenido pragmático que presentan. Por ello, desde los primeros gramáticos existe un mantra sobre este tema: la morfología del ayer, es la sintaxis del mañana. Para nosotros, la morfología es el umbral por donde el mundo analógico pasa a ser digitalizado en sintaxis.

Ante de todo: ¿qué es una palabra?

 

Una pregunta que ha atormentando a muchos gramáticos a lo largo de la historia es ¿qué es una palabra? Todos tenemos un conocimiento, como diría Hegel, claro pero no distinto de lo que es una palabra. Sabemos lo que es, pero se nos hace difícil explicitar dicho conocimiento. Nuestro objetivo en esta breve nota es equiparar la noción intuitiva de palabra con la de frase.

Lo primero que debemos hacer es eliminar la idea de que una palabra es ese momento entre dos espacios que vemos sobre un papel. La escritura es posterior y, si se quiere, artificial frente a la palabra hablada. Una excelente manera de probar esta noción errada de “palabra” es ver otras lenguas en el mundo, ya que como es fácil comprobar, un significado que corresponde en una lengua a una unidad, en otra utiliza más de una unidad para su formulación. En quechua, por ejemplo, <wasiy> y <mi casa> significan lo mismo. Como decíamos, en una lengua se utiliza una unidad ensamblada y en la otra dos, respectivamente. Si seguimos el análisis podemos reconocer dos elementos en estas construcciones: 1) un elemento semántico pleno, <wasi> y <casa>; y, 2) elementos que no pueden aparecer independientemente de estos elementos plenos: <-y> y <mi>. Estos últimos, no solo son dependientes de la raíz, sino que también pueden variar modificando la relación con el elemento nominal como, por ejemplo, <wasin> y <su casa>.  ¿Qué características presenta esta relación de elementos? Podemos sugerir que estos elementos dependientes se integran a los independientes que, por lo general, son elementos con semática plena y, como suele suceder en las lenguas del mundo, poseedores de la cumbre acentual. La suma de estos elementos nos produce una “palabra”. Es decir, una palabra sería un elemento de semántica plena, con una cumbre acentual a la cual se le anexan los elementos dependientes. En este punto es sencillo equiparar la noción de “frase” con la noción de “palabra”. Es por eso que <wasiy> y <mi casa> pueden reconocerse como las mismas unidades, una sola palabra en las dos lengua, o mejor dicho una sola frase, bajo esta noción. Pasemos, ahora sí, a analizar el contenido básico de estas las distintas palabras o frases, que, en este punto, son estrictamente lo mismo.

Etimología del topónimo Lima

 

El estudio de la toponimia en el mundo andino revela muchas de las características de un lugar o, como es el caso de esta nota, de desplazamientos humanos en un mismo territorio. En esta ocasión, abordaremos el origen del nombre <Lima>, capital del Perú, y reconoceremos que fue un territorio ocupado primero por grupos aimaras, luego por quechuas y, en última instancia, por españoles. Todas estas ideas serán inferidas de la forma de dicha palabra[1].

 

La forma primigenia sugerida para el nombre es <*Límaq>. Esta forma alterna en distintos documentos coloniales con <Limac>, <Lima>, <Lyma>. Como es fácil advertir y como veremos más adelante, esta forma proviene del verbo quechua <Rima->, que significa “hablar” y del participio presente <–q>. Dicha forma se traduce por “el que habla” como consigna el Inca Garcilaso[1]. Lo que expondremos es cómo se llega de esta forma <Rimaq> al actual nombre “Lima”.

 

Cuenta el cronista colonial Bernabé Cobo que si un hablante serrano iba rumbo a Lima y le preguntaban a dónde se dirigía, este respondía: “rimacman” (hacia Lima). Si la misma pregunta se le realizaba a un nativo costeño, este respondía “limacman” (Cobo en Cerrón Palomino 2008: 306). Esto refleja un cambio fonético muy puntual: el cambio de [r] por la [l] a inicio de palabra. Para dicho cronista, este era un rasgo que distinguía a los hablantes de la costa frente a los de la sierra sureña. Curiosamente, y como apunta Cerrón-Palomino, dicho cambio tiene lugar también en la zona huanca, hoy el departamento de Junín. La causa específica de este cambio en la sierra central es la influencia del aimara a manera de sustrato: esto supone que, en dicho territorio, antes de que se hablase quechua huanca, se hablaba alguna variedad de aimara. Situación que no debería sorprendernos por la presencia de un enclave aimara en la zona de Yauyos actualmente y un amplio número de topónimos del mismo origen en este territorio. En este sentido, es posible suponer que el cambio que tiene lugar en territorio costeño también esté motivado por dicha influencia, pero de manera menos radical que en la zona de Junín. De esta manera, podemos concluir que el cambio en este sonido responde al hecho de que antes de que se hable quechua en la zona costeña central, se habló aimara.

Ahora bien, con esto obtenemos la forma <Límaq> y sus variantes como se consignó líneas arriba. Lo que queda por explicar es por qué pierde esa consonante final. Según cuenta el mismo Cobo sobre el topónimo <Lunahuanac>: “nosotros que no gustamos de muchos [sic] consonantes [pronunciamos] Lunahuaná, quitada la “c” (Cobo en Cerrón Palomino 2008: 308). Esto advierte que el hablante español presenta un rechazo natural a consonantes oclusivas al final de palabra, fenómeno que se atestigua en el pasado como en el presente: pared > paré, carnet > carné, etc.

Ahora es importante fijar el significado. Según Cerrón Palomino (2008: 309), la estructura quechua de la palabra podría dar dos interpretaciones: “el que dice” o “hablador”. La primera respondería a la interpretación que seguimos, la segunda se podría entender como “charlatán”. En primer lugar, vale mencionar que dicho territorio era asociado a un oráculo de la cultura Ychma: “Rímac, guaca de los indios de Lima que se decían Ychmas, dónde está poblada la ciudad de los Reyes, era una piedra redonda” (Albornoz, 1581). Se indica además que tal oráculo estaba situado en la zona donde se ubica el Hospital de Santa Ana en la Plaza Italia de Barrios Altos. La segunda interpretación parece ser muy posterior y proviene de la etimología popular. Asimismo, la restitución de la forma Rímac, como se conoce hoy en día al río y no a la ciudad, es el resultado del Tercer Concilio Limense y basar sus etimologías en la variedad sureña del quechua y no en la forma normalizada que se usaba en dicho entonces como atestigua la cita de Albornoz presentada líneas arriba.

 

En resumen, el nombre <Lima> proviene del quechua <Rímaq> que significa “el que dice” haciendo referencia al oráculo de dicho territorio. Este elemento léxico sufrió un cambio en la consonante inicial por influencia del aimara y la perdida de la consonante final por las prácticas articulatorias españolas. Es decir, en este territorio, primero hubo grupos aimaras, luego quechuas y, por último, los conquistadores españoles.

 

 

Bibliografía:

 

CERRÓN-PALOMINO, Rodolfo

2008   Lima: oráculo antes que río hablador. En: Voces del ande. Ensayos sobre onomástica   andina.   PUCP: Lima

 

GARCILASO DE LA VEGA, Inca

[1609] 1991 Comentarios Reales de los Incas. Dos volúmenes. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

 

El nombre de Lima: http://www.yachay.com.pe/especiales/lima/reyes.htm

 

 

 

 

 

[1] La información principal de esta nota proviene del artículo de Cerrón Palomino (2008).

 

 

 

Nuevos aportes sobre el concepto Viracocha

Uno de los términos más importantes y, a la vez, más oscuros dentro de los términos políticos y religiosos del mundo andino es el término <Viracocha>. La presente nota busca dar luces sobre las últimas investigaciones en torno a este término. Asimismo, y será la línea que seguiremos aquí, defenderemos la idea de que el léxico institucional Inca encuentra mejores luces si se toma en cuenta las lenguas precedentes al uso del quechua por parte del imperio: el aimara y el puquina, siendo esta última la clave de análisis del término.

 

 

El término Viracocha es utilizado muy tempranamente por los evangelizadores españoles: fue utilizado para denominar al dios padre en su versión católica. Es en este sentido que muchos investigadores asumen que este fue uno de los alicientes por los cuales el significado de esta palabra es opaco al análisis: su temprana cristianización. Sin dejar de lado dicho comentario, también se puede asumir otra razón más para dicha opacidad: el término provenía de una época muy antigua y que, al momento de iniciarse el proceso de evangelización, ya el término era opaco para los mismos hablantes de quechua en el incanato. El cronista Gonzalo Holguín  indica que Viracocha es “epíteto del sol, honroso nombre del dios que adoraban los indios” ([1608] 1952: I353). Este mismo autor propone la versión clásica, y asumimos, errada del nombre al analizarla desde el quechua como “espuma del mar”. Esto porque la palabra “wira” en quechua significa espuma, manteca y grasa; y “cocha” laguna o mar. Esta versión quedó fijada y se mantiene hasta nuestros días. El propio Inca Garcilaso de la Vega rechaza esta interpretación, argumentado que no se puede realizar una interpretación literal del nombre por ser un nombre propio. Como advertimos líneas arriba, dicha advertencia no se siguió.

Existen cuatro interpretaciones divulgadas sobre el término. La primera se la debemos al investigador Johann Jakob von Tschudi. Este propuso que Vira provenía de “wira” y que esta era una forma modificada de “wayra”, término que significa “viento” o “aire” en quechua. De esta manera obtiene la traducción “lago de viento”. Su argumento central son los fuertes vientos que tienen lugar en el borde del lago Titicaca. El problema de esta propuesta está en la modificación que supone para la palabra (wayra>wira), la cual no tiene motivación lingüística concreta y no se ve en casos anteriores ni en otras variedades de quechua. La segunda interpretación se la debemos al investigador polaco Szemiñski. Este autor asocia el término “vira” a “wira” en quechua y lo traduce por grasa. Pero, además, asocia también el término “vila” del aimara que significa “sangre”. La variación central de este autor reside en interpretar la palabra “cocha” por “qᶦucha”, la cual, para él, tiene el significado de “almácigo” o “semillero”. Es interesante cómo este autor usa otra lengua más allá del quechua para dicha traducción, pero el mismo no justifica la traducción que realiza del segundo elemento, por lo cual, no tenemos una interpretación satisfactoria. La tercera interpretación se la debemos a Alfredo Torero. Este autor proponer que el término “wira” es una metátesis de “wari”, el nombre de la cultura y de su divinidad principal. Esta modificación de vocales es extraña también, ya que la misma suele tener como protagonista a las sílabas completas y no a los sonidos aislados. Asimismo, y como aporte individual, siendo un término de importancia política, nos es llamativo que exista un error de esta naturaleza al momento de pronunciarse. Torero asume, también, que dicho culto se habría desplazado hacia el Lago Titicaca mediante el pastoreo. Dicha interpretación también queda descartada por el carácter ad hoc de los argumentos. En cuarto lugar, y por último, tenemos la interpretación del investigador francés César Itier. Este autor propone como significado “mar del primer del amanecer”. Para empezar, Itier proponer que “wari” proviene de “*waray” que significa amanecer en quechua. Luego este elemento, siguiendo lo que propone Torero, se convertiría en “wira”. La traducción que propone Itier es la mencionada anteriormente. En las cuatro propuestas hay dos errores comunes: el primero, y más grave, es partir del quechua como fuente del étimo y la segunda es recurrir a modificaciones fonéticas que resultan extrañas frente a los comportamiento registrados en los estudios sobre el quechua mismo. En resumen, se equivoca la lengua de origen y la evolución registrada en los estudios de reconstrucción.

 

 

Cerrón Palomino nos propone una nueva interpretación. La misma tiene tres elementos a considerar y que lo distancian de las propuestas anteriores: no se parte del quechua para interpretar, pero sí del aimara, lengua que se hablaba antiguamente en el territorio del lago y por los Incas de épocas tempranas; se explica mediante procesos fonéticos registrados en dicha variedad (aunque sea de manera inversa) y considerar un proceso de normalización posterior, propio de la época en que el quechua se expandía como la lengua del imperio y el aimara retrocedía en difusión en el área andina. Según su investigación, Tupac Yupanqui habría institucionalizado sacrificios humanos en relación al culto solar que se realizaba en el lago en mención. Huaina Cápac siguió también con dicha práctica, pero la desplazó a la isla de Apinguela, ahora conocida como “Vilacota”. Se cuenta que los sacrificios fueron tan numerosos que las costas se teñían de sangre y de un color púrpura. Por ello, el nombre “vilca” que significa “sangre” y cota “lago”: ambos términos del aimara. Asimismo, dicho término fue interpretado por los quechuahablantes posteriores como una perversión de un término quechua en fonética aimara. Sin embargo, la dirección es justamente la opuesta. El término aimara fue interpretado como quechua y se le aplicó las modificaciones correspondientes, a saber, “vila”> “wira” y “cota”> “cocha” a manera de reapropiación. Por último, y como tercer aspecto a considerar, se asume que este proceso de normalización tiene lugar cuando el quechua se difunde con mayor fuerza en la última etapa de los Incas. Esto nos lleva a interpretar que el aimara fue la lengua anterior de los Incas, hasta Huaina Capac, por lo menos, y que luego esta fue retrocediendo frente al quechua.

 

 

CERRÓN PALOMINO, Rodolfo

2013     Las lenguas de los incas: puquina, aimara y quechua. PL Academic Research: Frankfurt

GONÇÁLEZ HOLGUÍN, Diego

[1607] 1975 Gramatica y arte nveva de la lengva general de todo el Perv llamada lengua qquichua, o lengua del Inca. Cabildo Vaduz- Georgetown: Franz Wolf, Heppenheim a.d.B. Edición facsimilar.

[1608] 1952 Vocabvlario de la lengva general de todo el Perv llamada lengva qquichua o del Inca. Lima: UNMSM.

Apuntes sobre la evolución de lenguaje

La evolución del lenguaje es un tema que goza de amplía popularidad en la actualidad. Hay diversos debates y cada año hay nuevos aportes desde lo empírico y desde lo lógico. En esta línea, armé un texto puntual sobre cómo comprendía dichos fenómenos hace algún tiempo. En la actualidad, tengo otras ideas que presentaré también por este medio. Pero en líneas generales, el método y el marco sigue siendo el mismo.

 

Mis ideas en este texto se resumen a dos: a) la mutación que posibilitó la sintaxis compleja fue abrupta y b) es posible ver en la actualidad vestigios del protolenguaje. Sin más dejo acá la nota publicada en el N°1 de Sorda y Sonora, revista de Lingüística PUCP:

 

Sobre dos aspectos sobre el origen del lenguaje(1)

Sobre el origen del quechua: la hipótesis amazónica o forestal

Existen cuatro hipótesis sobre el origen del quechua: la primera es la hipótesis amazónica, la segunda la hipótesis serrana, la tercera es la hipótesis costeña y, la última, la hipótesis quiteña. En esta ocasión revisaremos la hipótesis amazónica. En entregas posteriores abordaremos las restantes.

Esta hipótesis surge en 1976 y se la debemos a William H.Isbell. Este investigador se basa en información de corte arqueológico y arquitectónico. Él propone que el origen del quechua tiene lugar en la ceja de selva, específicamente, en las zonas comprendidas entre Chachapoyas y Macas, al norte del Perú, en Amazonas. Luego, de este foco, se desplazaría en dirección al sur y el oeste.

Isbell relaciona dos eventos culturales ocurridos en el espacio andino: la difusión de un estilo cerámico y la adaptación del cultivo del maíz en territorio propiamente andino. Hablemos de ambos rasgos.

Por un lado, la cerámica a la que se refiere el autor es la serie alfarera CB: ollas de color rojo o marrón, con cuello de boca expandida, con un temperante muy grueso y escudillas sub-hemisféricas. Estas tienen presencia en dicha zona, al sur del país y fuertemente en la zona de Ica. Por otro lado, el maíz tiene en las zonas mencionadas lugares propicios para su cultivo, asumiendo así que la aparición de estos en la zona sur y centro andina sería foránea. Ambos rasgos, como indica el autor comentado, son partes centrales de un sistema cultural, así como la lengua que acompañó a estas difusiones.

La hipótesis, teóricamente, no parece errada; sin embargo, desde un inicio encontró fuertes argumentos en contra.

El primer problema, relacionado con la cerámica, es la datación. Según Isbell, esta cerámica surge en el Horizonte temprano y su incursión en los Andes centrales sería hacia la segunda mitad del primer milenio de la era cristiana. Según otros autores, la datación de esta cerámica tiene lugar en el Horizonte tardío. Los materiales con los que están hechos estos no ayudan a una datación precisa.

Estos problemas de datación se apoyan, además, en datos de corte lingüístico. Si se asume que el quechua viene de una zona amazónica y luego entra a la zona central andina, debería haber en esta zona una variedad de quechua con rasgos marcadamente arcaicos frente a las otras variedades. Esto choca también con explicar la variedad central del quechua, la cual no es posible derivar de la variedad que Isbell asigna a este foco de difusión forestal, a saber, el quechua II. Asimismo, en esta zona la variedad de dicha lengua no es mucha y parecería advertir, más bien, un sentido inverso, en el cual el quechua llegó posteriormente, como lo atestiguan los trabajos de Torero y la documentación Colonial, principal difusora de dicha lengua en la zona en cuestión. Sería, así inexplicable, la alta variación del quechua en la zona central y sur.

Un tercer punto en contra es el quiebre reciente en la ecuación lengua = cultura. Esta tesis ya no se sigue con la misma determinación de hace unos años, sobre todo para culturas de carácter móvil y de, supuesto, contacto frecuente con otras culturas.

Vemos, entonces, que esta hipótesis no se puede sustentar con claridad. Como vimos, en primera instancia, no parecía tan descabellada, pero luego encontramos algunos problemas para su validación. ¿Tendremos que esperar quizá mejores trabajos de datación y también una revisión más fina de la cronología andina a la luz de los nuevos alcances en arqueología para volver sobre esta hipótesis? En lo particular, la idea del maíz nos parece sugerente y nos deja pensar, quizá, que sí hubo una ola migratoria con esa dirección y que, tal vez, algunos rasgos de la lengua andina provienen también de dicha migración y no el cuerpo de la lengua como tal. Seguiremos investigando.

 

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