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Los hombres, en cambio, ya se habían acostumbrado a su propia atmósfera

―Entonces, la reunión que usted sostuvo aquella mañana con el Gerente General de la Gran Multinacional, se realizó una vez instalados los arbitrajes ―inquirió el fiscal.

―Sí, yo ya había sido designado hacía varios meses. Esperaba la cita de la Institución Arbitral para continuar con el procedimiento de rigor. Pero me sorprendió esta convocatoria de la Gran Multinacional para reunirse nuevamente conmigo; entendía que se encontraba un poco fuera del protocolo, sin embargo, asistí.

Para ese momento, el Dr. Héctor Céspedes ya no tenía otra salida que contarlo absolutamente todo, bucear en su memoria por fechas, nombres y lugares, pues habían pasado muchos años de aquellos acontecimientos. Y hablar significaba, por encima de cualquier cosa, delatar a los demás involucrados. Si la decisión final de un arbitraje se deja en manos de tres árbitros, que se supone imparciales, era imposible que únicamente con su voto se dictaminaran tantos laudos favorables a la Gran Multinacional. En conclusión, él no había actuado solo.

―¿Qué sucedió en esa reunión?

Llegué a las instalaciones de la Gran Multinacional donde me esperaba el mismísimo Gerente General. Pasamos a su oficina. Me ofreció café. Se apareció su secretaria, una esbelta señorita de pelo largo, lacio y castaño, lo tenía suelto, era muy agradable a la vista, daban ganas de tocarlo. Llevaba un traje de sastre con una falda ceñida hasta las rodillas, bonitas piernas, bonita combinación la del traje con los zapatos de taco de color crema. El crema es un color apacible, no como ese fastidioso tono rojo del post it. Me siento como encerrado acá. Es una habitación demasiado pequeña, siento que me ahogo… si sigo acá por mucho tiempo me va a faltar el aire y no podré respirar. Parece una celda esto, una minúscula celda.

―Dr. Céspedes, qué gusto tenerlo aquí.

En aquella oficina, en cambio, me encontraba a mis anchas. A través de los enormes ventanales se divisaba desde arriba la ciudad, gigante, magnífica, una maravilla. Uno se sentía, elevado.

―Se viene harto trabajo, Dr. Céspedes.

―Trece arbitrajes. Bastante trabajo.

Al sur del país, una carretera iba abriéndose paso cual descomunal serpiente constrictora que derriba árboles, montañas, ríos, piedras o cualquier cosa que le impida avanzar. La llamaban “interoceánica sur”. Sus tramos II y III habían sido adjudicados a la Gran Multinacional en consorcio con otras Grandes Empresas Nacionales. La obra beneficiaría a la población de manera incalculable. Con sus cientos de kilómetros por asfaltar, se convirtió en un emblema monumental de popularidad para el gobierno otorgante de la buena pro. Sin embargo, existían unos pequeños detallitos que resolver.

Para cada arbitraje, las partes designan a su respectivo árbitro, que puede votar a favor o en contra de la entidad que lo haya designado, según su criterio presumiblemente objetivo. Entre ambos árbitros escogen al tercero, al presidente del tribunal arbitral.

Tres votos. Número impar que inclina la balanza hacia un lado o hacia el otro, sin excepción.

El engorroso proceso administrativo es acogido, a pedido de las partes, por una Institución Arbitral, con su propio reglamento y su propia sede. Se trata de instituciones como cámaras de comercio, universidades, etc. Pueden llegar a multar hasta con 50 UIT a quien ventile cualquier información del arbitraje en curso. Aunque algunas veces este se realiza Ad hoc, en estudios de abogados, y las partes regulan todos los aspectos.

La decisión que finalmente se toma, tiene categoría de una sentencia del Poder Judicial. La ley indica que el laudo arbitral es inapelable, definitivo y obligatorio, pero este poder del Estado puede intervenir para su anulación a pedido de alguna de las partes.

―Escúchame, Héctor, ¿te puedo llamar Héctor?

―Sí, por supuesto.

―Es mejor que nos empecemos a tutear de ahora en adelante. ¿Bonita vista, no? ―El Gerente General se acercó a los ventanales, dando pasos amplios y reposados―. ¿Has volado en parapente, Héctor?

―No, no he tenido la oportunidad.

―Deberías hacerlo, aún eres joven.

―Lo tomaré en cuenta, muchas gracias.

―Te invito a que lo hagas, la sensación es increíble.

Como si nubes extrañas atravesaran los vidrios e ingresaran a los extensos metros cuadrados de la oficina, una especie de niebla invisible y densa comenzó a envolver a los dos hombres que se hallaban conversando.

―Quiero proponerte algo muy importante para la empresa, Héctor. Supongo que ya te imaginarás de qué se trata. ―Héctor, sentado en el pulcro sillón de cuero, con la mano en la quijada, movió ligeramente la cabeza en señal de afirmación. Pero el Gerente General ni siquiera lo observaba; le daba la espalda, indiferente, con las manos en los bolsillos, mientras la atmósfera se iba compactando, asemejándose cada vez más a un miasma verdoso.

―Te pagaremos el 1% del monto total de los trece arbitrajes, independientemente de los honorarios, por supuesto.

En un arbitraje, los honorarios de los tres árbitros y los costos administrativos, son cubiertos por las partes, en porcentajes según acuerdo.

―Bajo dos premisas, estimado Héctor. Primero, el 1% se calculará sobre el monto bruto, sin incluir el IGV. Y segundo, se te depositará en una cuenta extranjera, obviamente, solo después de que el Ministerio de Carreteras pague.

El Dr. Héctor Céspedes guardó silencio por un momento.

―No es mucho esfuerzo el que tienes que hacer, Héctor. En la mayoría de los casos las demandas están amparadas en las adendas a los contratos.

―Eso es cierto, pero…

―Si algún árbitro no quiere fallar a favor, me lo comunicas para darle un incentivo. No hay ningún problema.

―Entiendo que por ahí no va el problema, sin embargo, será por lo menos sospechoso que todos los laudos se resuelvan a favor de la empresa. Son trece arbitrajes de una misma obra, aunque se trate del tramo II y del tramo III, estamos hablando de la misma carretera.

―¿Qué propones, entonces?

―Considero que diez de trece es lo más razonable, para no despertar suspicacias.

―Bueno.  Pero por favor, que esos tres arbitrajes que va a ganar el Ministerio de Carreteras sean los menos importantes, los menos rentables, ¿me entiendes?

―Claro.

El miasma invisible cubría el piso alfombrado, se deslizaba y subía por las paredes. Las pinturas exhibidas como baluartes del arte y la fineza, de la belleza misma, al igual que las lámparas del techo, también se cubrieron de aquella misteriosa niebla, que opacó quizá para siempre su finalidad intrínseca de armonía. Los hombres, en cambio, ya se habían acostumbrado a su propia atmósfera.

―Confío en tu criterio, Héctor.

―Y yo confío en que la Gran Multinacional sabrá compensar mi trabajo.

―Tienes mi palabra.

 

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Novela escrita por Gimena María Vartu.

Ilustraciones de Sam Slikar.

Creación, producción y edición de historias: Héctor Pittman Villarreal.

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