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Su caminar fue perdiendo poco a poco el donaire

El ingreso del fiscal al amplio salón repleto de expedientes, contuvo la atención de quienes se hallaban redactando escritos, corrigiendo informes, realizando llamadas, revisando archivos. El abogado lo notó mientras caminaba detrás de aquella investidura, a un par de pasos de distancia. El saco azul marino, la camisa blanca, la cabellera impecable. Aquella presencia se desplazaba con la autoridad de un buque de carga que ha superado los controles más exhaustivos, y libre de polizontes y de multas, navega airoso en alta mar, con la preciosa carga siendo llevada a su destino.

¿Cuándo fue la última vez que yo pude andar así?, se preguntó. En algún momento de mi vida, estoy seguro, yo también he caminado así, en la universidad, con toda seguridad en la universidad, también algunos años después, con mi cartón bajo el brazo, bastante orgulloso de mí mismo, recuerdo, casi cantando… No se atrevió a hacerse ninguna pregunta crucial. ¿Qué pasó que su caminar fue perdiendo poco a poco el donaire?

Desde el primer momento que pisó las instalaciones del Ministerio Público se estableció de forma rotunda, ante la opinión de los demás, su calidad de investigado. El fiscal simplemente le dijo “por aquí, por favor”, y le dio la espalda inmediatamente, no tuvo más remedio que seguirlo. Se hizo un ligero silencio cuando ingresaron al salón. Y detrás del brillante buque de carga, ante el peso de la mirada de los demás, se vio a sí mismo como una embarcación vieja y destartalada, con una enorme herida de óxido en la cubierta, completamente fuera de control, por la que se desprendía un miasma compacto que terminaba invadiendo con su hedor desde la popa hasta la proa. Intentó disimular. Sus hombros hacia atrás, el pecho erguido. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de una señorita, prometedora abogada seguramente, con esos rudos misiles castaños… que no pudo sostener… su rostro en puño, entonces, tuvo que mirar el piso.

Si hasta ese instante le quedaba alguna duda sobre su declaración, esta había desaparecido por completo. Lo confesaría todo. Hablaría de montos económicos, empresas multinacionales, sobornos, funcionarios involucrados. Desmenuzaría el andamiaje pulcramente armado para desfalcar al país con cientos de millones de dólares. “El arbitraje fue el ropaje legal para robar al Estado”, podría sentenciar en una sola y contundente frase. En la pequeña sala de interrogación, donde lo dejaron esperando por unos minutos, comenzó a repetir el estribillo a manera de mantra. El arbitraje fue el ropaje legal para robar al Estado, el arbitraje fue el ropaje legal para robar al Estado.

―Me allano a mi derecho de presentarme como colaborador eficaz, en este proceso, señor fiscal.

―Muy bien. Sus declaraciones serán tomadas en cuenta como aspirante a colaborador eficaz. Que se tome nota, por favor.

Aquella mañana se le ofreció con tanta nitidez a la memoria, que hasta el olor a tierra húmeda reverberó entre sus fosas nasales. Era una mañana de otoño. Había garuado durante toda la noche; la niebla cubría gran parte de la ciudad, sobre todo el paisaje de los acantilados. Se encontraba medio resfriado pero no iba a faltar a esa reunión de ninguna manera, ni siquiera se atrevería a postergarla. Lo había citado el mismísimo Gerente General de la Gran Multinacional, el máximo representante de la empresa en el país; quería hablar personalmente de temas muy importantes y delicados.

Una serie de procesos arbitrales enfrentaban a la Gran Multinacional con el Estado. Solo podía haber un ganador. Lamentablemente, una de las partes tenía que resultar desfavorecida por fuerza, y por supuesto, no sería la Gran Multinacional.

Hacía algunos meses había recibido la solicitud formal para participar como árbitro elegido por la empresa. Las coordinaciones continuaron vía correo electrónico; y, posteriormente, aceptó el cargo. La reunión de aquella mañana se encontraba extrañamente fuera del protocolo. El ahora flamante árbitro lo sabía. Se apresuró en anudar el cuello de su corbata; bebió a grandes sorbos su tibia taza de café. Su esposa leía el periódico, despreocupada;  las noticias sobre política eran tan aburridas, prefería pasar rápido las hojas hasta las páginas de espectáculos o, mucho mejor, las páginas de sociales. Sus pequeños hijos también tomaban desayuno; un niño de diez años que no comía nada que contuviera gluten, y una pequeña de ocho a la que llamaba “princesa”. Se despidió de ellos con apresurados besos en la nuca; subió a su automóvil de color plateado y salió raudo de la cochera. Pero tras un par de estornudos que se precipitaron involuntarios, tuvo que estacionarse por un momento afuera de su casa, en una calle repleta de jardines. Se sonó la nariz y respiró profundamente. El olor a tierra húmeda lo impregnó todo. Carraspeó su garganta, que ya le ardía un poco, y volvió a arrancar.

A pesar de la niebla, decidió tomar el camino de la playa para llegar más rápido. Un gran paseo de concreto se construía a lo largo del litoral. Volquetes repletos de arena, excavadoras, montacargas, hombres uniformados con mamelucos y cascos amarillos, atravesaban el panorama marino. La empresa que ha ganado la licitación de esta obra de hecho que sacará sus ganancias, ¿cuánto estará pagando de comisión al alcalde, 5%, 10%? Para ganar esa licitación hasta 10% es razonable. El flamante árbitro carraspeó una vez más.

―Le daremos un código de protección para identificarlo dentro de la investigación. Se guardará reserva de su nombre real.

―Sí, señor fiscal.

El Dr. Héctor Céspedes salió de la ruta costera y se atoró en el tráfico de los semáforos. Se encontraba muy cerca de su punto de llegada, carcomido por la impaciencia. Cuantiosos vendedores ambulantes, como anhelantes moscas en busca de sustento, se acercaban a los vehículos para ofrecer sus productos. Los cálculos matemáticos que el Dr. Céspedes realizaba mentalmente, fueron interrumpidos sin la menor consideración. Tras su negativa con la cabeza, con la mano, o haciendo de cuenta que no hay nadie, prendió la radio y escuchó las noticias matinales. Resultó mucho mejor que volver al hilo de sus pensamientos: la economía nacional se encuentra en constante crecimiento gracias a la estabilidad política que vive el país. La luz pasó a verde; pitó el claxon una vez, enseguida pitó otra. No tengo tiempo para estar aguantando tu santa paciencia, hermano, avanza. Hay que apurarse.

Después de estacionar su auto plateado, ingresó, acelerando el paso, a las instalaciones de la Gran Multinacional, donde lo esperaban. Al salir de aquella reunión, su andar cambió ligeramente, así como su mirada; quizás no se dio cuenta, quizás había venido cambiando desde hacía muchos años atrás, poco a poco, sin notarlo.

 

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Novela escrita por Gimena María Vartu.

Ilustraciones de Sam Slikar.

Creación, producción y edición de historias: Héctor Pittman Villarreal.

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