Por ese tiempo, yo estaba enajenado por un sentimiento recíproco – eso creo – muy abstraído en una relación que tenía futuro en mi fatigosa imaginación, pero me sobrevino la aciaga noticia un día: “…Lo nuestro no va a poder seguir…”, y se marchó.

Siendo aproximadamente las ocho con veinte minutos de la noche, me aloqué, me sentí amenazado, angustiado (porque temes morir de verdad, y morir de amor para ese entonces, era una muerte verosímil), no sentía mis neuronas trabajar. Era todo mi sistema límbico que drenaba dentro de mí, drogas corticales o subcorticales que me llamaban al heroísmo, al denodado esfuerzo por mantener mi especie, por vivir a su lado un poco más.

En ése estado calamitoso no veía alternativas, cogí mi añorable bicicleta, le subí el asiento unos centímetros más, me aseguré de ponerme la casaca que alguna vez ella dejó en la casa, un gorro viejo, mis lentes para disfrazar las lágrimas y ¡joder!, a manejar.

Mojé el dedo con saliva y corroboré el viento a favor. Fueron muy pocas las veces que me sentí tan bien como aquel día, iba a “luchar por el amor” – ahora entiendo que iba a luchar por mí mismo – y con vigor pedaleaba incansablemente esquivando autos, ganándoles a otros ciclistas, persiguiendo a otros que descubrían mi intención de hacerlos quedar como lerdos, cogiéndome intrépidamente del chasis de algún auto para agarrar impulso o velocidad ¡que chévere!: lluvia chorreando por mis sienes, lágrimas esporádicas para darle carácter novelesco a mi proeza, ropa totalmente mojada, gotas de barro, sudor, y puro carácter para cargarme a cualquier policía que me impida romper la ley.

Así pues, para acortar el camino o para darme de temerario, decidí viajar contra el tráfico en una avenida considerablemente larga y de un solo sentido. Fue en esa atmósfera y en un momento muy extraño, que me sorprendieron unas luces tan redondas como nunca las había visto y un claxon tan chillón que sólo pude ver a mi “cleta” – mi eterna y adorada bicicleta – volando por los aires (fueron varios aires en ese momento, o varios momentos por los aires), mientras yo me regodeaba por el viento, enamorado, confiado en que verdaderamente era superchristian o por lo menos una parte de la ficción, lleno de osadía y seguridad sobre mí mismo, relleno de ella, hinchado de todo amor y de estupidez. La lluvia era la utilería perfecta para mi mejor escena, para el cierre de mi estelar. Wao si me hubieran visto volar, en sí muchos me vieron volar aquel día.

Por razones obvias de gravedad y todo eso, caí. Tuve que llegar al suelo y enfrentar la cruda realidad y la calzada junto con la frustración de no tener alas de verdad. El impacto con mi culo hizo que mis piernas se entumecieran, que la respiración se me detenga (y que los transeúntes también),
– ¡No! no me ayuden, estoy bien – protesté;
Rechacé, cualquier ayuda, sin embargo al tratar de levantarme, no pude, sentí mi culo hasta la espalda, nunca había sentido un dolor tan grande y la popularidad mal venida que de pronto me la había ganado por negarme a que me tendiesen la mano, por resistirme a ser despegado del piso. Pero no tardé mucho en arrepentirme. Me volví a estampar contra el piso y todos los de alrededor corrieron a socorrerme. Me llevaron, tal carnero al palo, hacia el taxi. En mi atención, no había fracturas, no había dolor, ni nada, solo buscaba mi bicicleta entre la multitud mientras estaba boca arriba. Y de rebato, la imagen más sensual que siempre había montado, estaba allí, a unos pocos metros; y me enamoré una vez más de ella (mi bici) toda tiradota pero totalmente indemne.
– ¡Mi bicicleta! , gemí. – sean buenos con ella.
Y ya estaba, me trajeron mi bicicleta y la pusieron en la parte trasera del station vagon. Junto a ella “todo podía pasar” y nos llevarían a ambos al hospital. Por lo menos eso pensaba.

Empero, no obstante, etcétera. No fue así como sucedió. El taxista paró fortuitamente en una de las calles y me preguntó si me sentía bien y le respondí que sí. Él continuó y me dijo que no podía llevarme al hospital porque su carro no tenía SOAT y que, por favor, acepte unos cincuenta soles para que vaya a revisarme en algún centro médico de “por ahí”. Sin embargo, le respondí que aún no estaba bien, que necesitaba ir al hospital (la pura verdad que me sentía como nuevo, tal parece que la supuesta tragedia no había sido más que una pirueta más y que valdrían cincuenta soles en mis haberes) y que si sugiere que me baje en ese estado pues necesitaba una “aceitadita” más. Acto seguido, estuve recibiendo cien soles de mi desafortunado taxista, por haber atropellado a un imbécil enamorado que no solamente iba en contra del tránsito, si no que terminó también en contra del espejo retrovisor, del parabrisas de un taxi informal y del piso.

Bueno, la idea es que accedí a que me ayude a bajar del auto, bajé con mi bicicleta, él se despidió , tomé mi bicicleta – mi eterna y adorada bicicleta – y emprendí la retirada. Sólo enderecé un poco el timón, no me costó mucho subirme en ella, reconocí aquel lugar como uno de los tanto que había transitado alguna vez. Los primeros tirones me dolieron a la altura del coxis, las heridas poco profundas pero heridas al fin, por el momento solo me causaban escozor y fueron lo único que incomodaba.

Nuevamente con el viento en mi rostro, recuerdo haber sufrido ansiedad por volver a aventurarme hacia la casa de la susodicha, no recuerdo más. Sólo sé que si tan solo hubiese hecho caso a las señales del destino y me hubiese quedado en casa y disuadido toda necesidad de rescatar lo irrescatable, no estaría aquí, comiéndome las consecuencias de un gravísimo error, que ya es otro tema.

Son tantos años que luzco “adornos” en el cuerpo y recuerdo ahora, observando mi reflejo en el espejo, que son las huellas (cicatrices) las que nos hacen tomar en cuenta que el pasado sí fue real. Y bueno, ahora que me encuentro, acaso desolado, observo mis “yayas” y puedo sonreír ya que, después de todo, sigo “vivito y coleando”, y poseo fuerzas aún para soportar el dolor de ser querido y que, nomás luego, te dejen de querer.

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