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Entrevista sobre el libro ANDRÉS A. CÁCERES Y LA CAMPAÑA DE LA BREÑA

El libro Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña (1882-1883), del historiador y diplomático Hugo Pereyra Plasencia, es el resultado de haber obtenido el primer premio en el área de humanidades (categoría maestría) del I Concurso Nacional de Tesis de Maestría y Doctorado que convocó la Asamblea Nacional de Rectores (ANR) en el 2006, con el trabajo Una aproximación política, social y cultural a la figura de Andrés A. Cáceres entre 1882 y 1883.


Conversamos con él para conocer un poco más del recordado “Brujo de los Andes”.


–Su atracción por la figura de Cáceres proviene desde muy pequeño…

Viene de los relatos que escuchaba en la infancia por parte de mi madre, quien era profesora de colegio. Y este interés crece a partir de la lectura de las “Memorias” de Cáceres, que publicó Milla Batres en 1973. Este libro representa el punto de partida de mi obra.


– ¿Qué fue lo quería conocer acerca de él?

El origen del trabajo fue muy modesto, lo que quería saber es qué era lo que pensaba Cáceres en el momento del combate de Pucará o en el momento del combate de Marcavalle y así sucesivamente. Las “Memorias” de Cáceres se publicaron treinta años después de que ocurrieron estos hechos y no es una visión al detalle sobre esos momentos. Para conocer su pensamiento preciso había que reconstruir casi día a día esa época a partir de las cartas personales, los oficios, proclamas y documentos firmados por él en esa época aún confusa y oscura.


– ¿Y qué descubrió?

En líneas generales corrobora las “Memorias” de Cáceres, pero éstas suavizan los problemas que debió enfrentar Cáceres para encontrar la unidad del Perú. Problemas que se mencionan, pero que no aparecen con tanta claridad como cuando uno revisa las fuentes primarias. Por ejemplo, los odios entre los partidos políticos de la época, los cuales son inconcebibles para los parámetros actuales.


– ¿Qué representa Cáceres para el Perú?

Fue el paladín del Perú, Cáceres encarnó al Estado peruano. No fue un caudillo común y corriente. Organizó al Estado y al Ejército peruanos. Tuvo que enfrentarse a los partidos políticos. Él supo confrontar el mosaico cultural y social del país. Cáceres no sólo conocía a los terratenientes serranos sino también a los líderes campesinos. Poseía un conocimiento integral de la sociedad y lo empleó en favor del Estado. Su rol fue siempre integrador.


–De otro lado, ¿qué opinión tiene del momento actual con Chile?

Por mi posición diplomática no puedo hablar ni opinar del tema. Pero sí puedo hablarte desde el tema que estamos tratando: en Cáceres hay que destacar la unidad. Si bien hubo una guerra no hay que poner el acento en los invasores sino en cómo consiguió unirnos en determinado momento. La figura de Cáceres no debe ser utilizada para dividir a los peruanos, porque es un contrasentido con su espíritu, ni tampoco para reavivar viejas rencillas, que bien pueden ser resueltas a través del orden jurídico internacional.


–Finalmente, ¿qué debemos hacer para conseguir esa unidad que no terminó de lograr Cáceres?

Él mismo lo decía: deponer los intereses partidarios y sobre todo caudillistas en función de los intereses profundos del Estado. Y dentro de estos intereses estaba la integración de los campesinos heroicos que lucharon en la guerra a través de de la educación y de una mayor participación en la sociedad. La receta es la misma para esta época, el Perú debe dejar de ser un Estado de caudillos y tenemos que atender el tema de elevar el nivel de vida y la integración de las poblaciones olvidadas.

Tomacini Sinche López

(Entrevista publicada en el diario Expreso, de Lima, el 24 de junio de 2007)
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Nota bibliográfica

Crónicas de Nueva York: a propósito de un libro de Alfonso W. Quiroz sobre la corrupción en la historia del Perú


Hugo Pereyra Plasencia
Pontificia Universidad Católica del Perú


El 14 de noviembre de 2008 asistí a la presentación, en Nueva York, de un nuevo libro de Alfonso W. Quiroz: Corrupt Circles. A History of Unbound Graft in Peru (Washington, D. C., Woodrow Wilson Center Press y Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2008). Se trata de un estudio de la corrupción en el Perú desde el Virreinato, aunque el corazón del trabajo se ubica en los siglos XIX y XX. Con relación al siglo XIX, el meollo de su condena apunta al Contrato Dreyfus y a Nicolás de Piérola y, con particular claridad, a un señor Torrico que, a juzgar por las fuentes que presenta, parece haberse llevado el premio mayor de los cacos. A Manuel Pardo lo deja muy bien, como un reformista sincero, pero destaca sus dos errores: el estanco y la expropiación salitrera, y por otro lado, su asociación con los (dudosos) bancos de Lima. En relación a lo primero, reitera lo ya sabido, esto es que la política salitrera no sólo no produjo los réditos esperados, sino que nos enemistó con los capitalistas ingleses y chilenos. No avanza más porque su tema no es propiamente la Guerra con Chile.


Lo que me sorprenden son sus comentarios sobre el Contrato Grace. Sin negar prácticas corruptas, lo distingue del Contrato Dreyfus al decir que consiguió, efectivamente, reencauzar económicamente al Perú. No llega a decir que el objetivo consciente del gobierno era conseguir esta meta y sugiere, de modo injusto, que pudo haber sido un efecto inesperado. En el plano de los objetivos conscientes, recarga las tintas en el tema de la corrupción aunque, la verdad, no aporta mayores pruebas. Transcribe, por ejemplo, una carta de Grace en la que pide a su contacto en Nueva York que le envíe “relojes de oro” para premiar a las personas que lo habían ayudado en el Perú. ¿No habrá sido el “oro de Grace” del que hablan algunas fuentes? Si fue así, creo que se trata de asuntos menores, y que, de hecho, el objetivo del Contrato no fue la corrupción en sí, sino la obtención de un logro muy necesario para el país.



En fin, de estas y otras cosas tiene este libro, cuya carátula muestra una imagen de los vladivideos. Mi preocupación principal es que, ante los gringos, el Perú aparece como un país asociado consustancialmente a la corrupción. (¡Como si no hubiera corrupción, y de la grande, también en Estado Unidos!) De hecho, como el mismo autor me lo reconoció, el libro no destaca tanto el tema de los luchadores efectivos contra la corrupción, aparte de los casos loables de Pardo y de Francisco García Calderón.


En los medios académicos de Estados Unidos existe una tendencia a magnificar la corrupción (como si no la hubiera hoy mismo en el mundo desarrollado, como si la crisis financiera actual no lo hubiera reconfirmado), y también a asociarla al militarismo. No digo que esto no haya ocurrido en el Perú y en otras partes, pero, la verdad, no creo que se pueda poner, por ejemplo, en un mismo saco a Cáceres y al mexicano Porfirio Díaz. Ocasionalmente, el libro de Quiroz tiene puntos de contacto con esa tendencia.


Quiroz utiliza muchísimos reportes diplomáticos españoles, británicos y franceses, pero les da excesiva importancia. Francamente, no creo que los diplomáticos extranjeros lo hayan sabido todo. Más interesante es la utilización del diario manuscrito completo de Witt, que parece habérselo facilitado la señora Garland. Por otro lado, los epistolarios son un material estupendo. De hecho, el autor los utiliza. Habría sido útil compulsar fuentes periodísticas de partidos opuestos. De ese roce, a veces, brota la verdad.


En cuanto al siglo XX, al margen de su posición política de extrema izquierda, es indudable que Carlos Malpica Silva Santisteban le puso el ojo a más de un pillo. Además, murió enfrentando estrecheces económicas, lo que me consta personalmente. Como él hay varios, en todas las épocas de la Historia del Perú. (Don Guillermo Lohmann habló alguna vez de un oidor al que tuvieron que enterrar de limosna por su rectitud). Creo que Alfonso no los ha destacado como merecen.


Corrupt Circles. A History of Unbound Graft in Peru es un trabajo sólido y notable, producto de un gran esfuerzo de búsqueda de fuentes primarias. Solo la bibliografía tiene casi quinientas entradas. Lo que resalta en la obra de Quiroz es su carácter empírico, en el más noble sentido que se pueda dar a esta palabra. Revela una tendencia a ver las cosas con rigor y detalle. Sufre, no obstante, como he dicho, de algunas magnificaciones y vacíos. Quizá destaca demasiado el papel de González Prada como crítico de la corrupción. Es verdad que este pensador tuvo frases rotundas, pero no vio ni combatió a la corrupción desde el centro del poder, en el trabajo político concreto, como sí la combatieron personajes como García Calderón y Pardo.


(Reseña publicada, con mínimas diferencias, en la revista electrónica Summa Humanitatis, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Vol 3, Nro. 1, 2009)
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Las relaciones peruano-chilenas:
las circunstancias del presente y los ecos del pasado


Es un hecho empíricamente verificable que las relaciones bilaterales peruano-chilenas han tenido un desarrollo creciente en los últimos años, sobre todo en el ámbito económico. Los avances más notables se han producido en el terreno de las inversiones chilenas en el Perú. Aparte de sus efectos benéficos sobre la economía peruana, ello ha implicado, evidentemente, que muchos inversionistas chilenos hayan hecho suyas las esperanzadoras proyecciones de crecimiento y modernización de nuestro país. De hecho, invertir no es sólo obtener ganancias de corto o mediano plazo, sino también subirse a un carro extraño y asumir riesgos. Las transacciones comerciales vienen teniendo asimismo considerable importancia. Por otro lado, el país del Sur se ha convertido en un importante receptor de inmigrantes peruanos que buscan mejorar sus condiciones de vida. Pese a sus negativas repercusiones, la tragedia sufrida por Chile como consecuencia del reciente terremoto, no ha modificado en lo esencial las líneas maestras de esta situación.

Cabría observar ciertas coincidencias entre la situación actual y el dinámico aspecto que llegaron a tener las relaciones peruano-chilenas en ciertas etapas específicas, sobre todo en el tiempo que precedió a la infausta Guerra del Pacífico (1879-1883).

En la época del Virreinato, de las luchas por la Independencia, y de las repúblicas nacientes, las economías peruana y chilena fueron complementarias en muchos sentidos. Trigo chileno y azúcar peruana fueron intercambiados durante siglos. Pocos saben que –exactamente al revés de lo que ocurre en nuestros días- la economía peruana de la segunda mitad del siglo XIX, dinamizada por el guano, fue un auténtico imán para miles de obreros chilenos que, entre otras cosas, dieron un aporte esencial a la construcción de los ferrocarriles peruanos, en un tiempo histórico anterior al enganche de los campesinos de la Sierra. Entonces, pese a la ausencia de una frontera común, casi no había familia de las clases altas del Perú y de Chile que no exhibiera algún vínculo familiar, amical, intelectual o de negocios, respectivamente, en Santiago y en Lima. Muchos peruanos ilustres, como Ramón Castilla, Manuel González Prada, Nicolás de Piérola, Manuel Pardo y Alfonso Ugarte vivieron en Chile y lo conocieron de cerca. Lo mismo le ocurrió, en sentido inverso, a personalidades chilenas como Francisco Bilbao o Benjamín Vicuña Mackenna, que tanta acogida tuvieron en el Perú. Chile fue siempre tierra generosa para los exiliados políticos peruanos, como el Perú lo había sido en su tiempo con Bernardo O´Higgins. No sólo se trataba de la existencia de fuertes vínculos individuales. Para usar el lenguaje del historiador Braudel, la relación también se enraizaba, como se ha visto, en lo que podríamos llamar un plano estructural y de larga duración. El éxito relativo que tuvieron las relaciones peruano-chilenas antes de la Guerra del Pacífico tuvo que ver, precisamente, con esta afortunada coincidencia entre actitudes y acciones constructivas, muchas veces a nivel personal, y el peso de una realidad concreta propicia para el intercambio y una sana interdependencia.

El punto más alto de la amistad peruano-chilena antes de la Guerra del Pacífico fue, sin lugar a dudas, el tiempo de la Alianza contra la amenaza de la escuadra española, cuando marinos peruanos y chilenos combatieron codo a codo en el combate de Abtao (1866). Por otro lado, según revela su epistolario, Miguel Grau se contó entre los peruanos que, durante los meses iniciales de la guerra, creyeron que eran testigos y protagonistas de una pavorosa –y en cierto modo incomprensible- lucha fratricida.

No obstante, pese a la existencia de tantas bases y antecedentes para erigir una vinculación armónica, pocas relaciones bilaterales han sido, también, tan tortuosas y conflictivas como la peruano-chilena ¿Cómo se explica esto?

Lo primero que debe observarse es que, al lado de las complementariedades y armonías, también existieron focos de conflicto. El más antiguo fue la vieja rivalidad peruano-chilena por el dominio del Pacífico Sur. Uno de los primeros capítulos de esta rivalidad fue el peligro que, a ojos de la clase dirigente de Chile, representaba el proyecto de Andrés de Santa Cruz de unificar el Perú y Bolivia, que se materializó por poco tiempo, entre los años 1836 y 1839. La parte más lúcida de la clase dirigente de Chile (y no sólo Diego Portales, como usualmente se dice) consideró que la preeminencia de los puertos de la naciente Confederación, especialmente el Callao y Arica, representaba una amenaza para Valparaíso, principal puerto de un país cuyo comercio internacional había tenido un importante desarrollo prácticamente desde sus albores como estado-nación. A ello se añadía la percepción de que, por su potencialidad económica, un gran estado peruano-boliviano podía ser un peligro militar de mediano, o largo plazo. De hecho, como se conoce, Chile resolvió este problema interviniendo en el Perú, en apoyo del bando local enemigo de Santa Cruz, y acabó así de raíz con la joven Confederación, que iba a tener una predominante influencia boliviana sobre los dos estados –norteño y sureño- en que había sido dividido (no precisamente con buena intención) el Perú. Más de un autor ha sostenido que, aunque basado en sus intereses, Chile contribuyó en esa ocasión a preservar la integridad del Perú, y a evitar que cayera en la órbita de influencia de esa suerte de Napoleón local que fue el boliviano Andrés de Santa Cruz.

Pero esta crisis fue solo la antesala de un problema mucho más complejo. Me refiero a la violenta apropiación por parte de Chile, en 1879, de los ricos territorios salitreros de la Antofagasta boliviana y de la Tarapacá peruana (además de Tacna y Arica en los años posteriores) durante la larga y sangrienta Guerra del Pacífico, que un historiador estadounidense ha descrito hace muy poco como una Tragedia Andina. Se puede sostener que al menos una parte influyente de la clase dirigente chilena de ese tiempo, fuertemente vinculada a los intereses salitreros, vio en la resolución favorable de ese conflicto no sólo la posibilidad de afirmar y “cerrar” por el Norte el perfil de las fronteras de su país, sino también de proveerse, a expensas del Perú y de Bolivia, de valiosos ingresos provenientes del salitre. Ellos iban a permitir –como de hecho permitieron- acabar con las crónicas dificultades financieras que azotaban a Chile, erigirse en un poder naval que durante algún tiempo rivalizó incluso con el de los EEUU, y sentar las bases de su desarrollo empresarial a largo plazo.

Para empeorar las cosas, casi desde el inicio de la guerra, el Estado chileno, ya dominado por un espíritu bélico y expansionista, creó y difundió, en un plano internacional, con el apoyo de sus más ilustres intelectuales, la versión de que Chile se había visto en la obligación de defenderse ante un supuesto plan del Perú y Bolivia para destruirlo, como si la guerra no hubiera puesto en evidencia la vulnerabilidad de ambas naciones andinas desde el comienzo de las hostilidades. En realidad, fue Chile el país que declaró la guerra al Perú, y el que contó al comenzar el conflicto con una marina que era al menos dos o tres veces más poderosa que la peruana, en un tiempo en que el dominio del mar era decisivo. Por otro lado, esta versión maneja la idea de que la conquista de los territorios salitreros peruanos no fue un proyecto que existió al inicio de la guerra, sino que surgió durante el conflicto, y que fue siempre vista como una compensación económica por los gastos de defensa de Chile. Aunque sea difícil de creer, esta es la imagen que el chileno promedio maneja hoy día para explicarse el origen y el desenlace de la Guerra del Pacífico. Más de un historiador chileno, como ocurre en el caso de Sergio Villalobos, sigue difundiendo lo esencial de la versión que muestra a Chile como una víctima que supo defenderse, que deforma a todas luces la verdad histórica. Con un sentido de objetividad, resulta incorrecto sostener que los gobernantes de Chile, Bolivia y el Perú tuvieron el mismo grado de responsabilidad en el desencadenamiento del conflicto. Además de su abierta distorsión de la realidad histórica, aceptar este punto de vista sería tan absurdo como intentar convencer hoy día al pueblo francés de que sus líderes tuvieron tanta culpa como los dirigentes alemanes en el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Los europeos de hoy saben muy bien de dónde provinieron la agresión y el deseo de conquista territorial –al margen de los resentimientos, originados en el desenlace de la Primera Guerra Mundial, que los provocaron parcialmente. El caso de la actual amistad germano-francesa grafica lo útil que puede ser la aceptación transparente de las responsabilidades históricas como uno de los pilares para afirmar una integración sana, permanente y constructiva. En sentido inverso, como ejemplo de las consecuencias negativas que puede acarrear la deformación histórica, la China y el Japón experimentan dificultades en el desarrollo de sus relaciones bilaterales a causa del insuficiente reconocimiento, por parte del segundo de los países citados, de su participación en ciertos episodios trágicos de la última conflagración mundial.

En términos muy generales, puede sostenerse que la política chilena con relación al Perú ha oscilado entre la preeminencia de las visiones de Diego Portales y la de Bernardo O`Higgins. La primera afirma el recelo geopolítico y una visión más bien estrecha del interés nacional, esencialmente basada en el aprovechamiento de las debilidades de los vecinos. Su producto más reciente es la extraña cerrazón que vienen mostrando los gobernantes chilenos en el tema de la delimitación marítima entre ambos países. Basándose en argucias jurídicas, la posición chilena condena a Tacna a disponer sólo de un espacio marítimo insignificante. Lo mismo puede decirse del registro internacional del nombre del pisco y de la frecuente apropiación de ciertas referencias andinas tradicionalmente asociadas al Perú. Podría entenderse, por ejemplo, que sea destacada la personalidad andina de productos como la chirimoya o la lúcuma, pero de ningún modo es aceptable que sean presentados en los mercados mundiales como frutos exclusivamente chilenos.

La segunda visión toma su nombre de ese gran amigo del Perú que fue el Libertador de Chile, y se enraíza en toda la multitud de elementos que nos han unido, pese a todo, hasta la fecha. Sólo el tiempo podrá decirnos cuál de estas visiones prevalecerá.

Paradójicamente, en un tiempo de apremiantes necesidades energéticas, de liberalización comercial y de dinamismo en la inversión, y apreciada en perspectiva secular, el desencadenamiento de la Guerra del Pacífico fue un grave error para Chile y reflejó, en su momento, una visión miope de sus intereses de largo plazo en el marco de sus relaciones con el Perú. En primer lugar, porque el negocio del salitre dejó de ser lucrativo desde la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando, agobiado su país por las restricciones del comercio, los químicos y empresarios alemanes desarrollaron los fertilizantes sintéticos y, consecuentemente, arruinaron a los exportadores chilenos de este producto. (Diferente fue la situación de los antiguos territorios bolivianos, donde Chile encontró riquísimos yacimientos de cobre). En segundo lugar, porque la guerra, sentida por los peruanos como una agresión injusta, abrió un abismo de desconfianza y echó por la borda todo el enorme capital de familiaridad y de cooperación que había existido entre el Perú y Chile antes de 1879.

¿Qué hacer entretanto? El sentido común dicta que sigamos profundizando nuestra asociación económica, que sin duda genera riqueza y trabajo para ambas partes. No obstante, sería un craso error aferrarse a la ingenua idea de que la vigorización de la vinculación económica peruano-chilena disolverá, por sí sola, los resquemores y dudas respecto de Chile que aún anidan en los peruanos de hoy. Una auténtica amistad sólo podrá cimentarse cuando los dirigentes de ese país añadan a sus loables esfuerzos de asociación económica, una decidida voluntad de encarar y revisar, sobre todo en el plano de la cultura y de la educación popular, ciertos aspectos delicados de su pasado, en especial relacionados con el origen económico de la Guerra del Pacífico, el cual, (con honestidad que es justo destacar) han llegado a reconocer algunos prestigiosos intelectuales chilenos, entre los que destaca Luis Ortega. Por su parte, los peruanos deben abandonar de una vez por todas las absurdas ideas de que Chile es un “enemigo natural” del Perú y de que toda la nacionalidad chilena fue responsable del desencadenamiento de la Guerra del Pacífico, cuando en verdad sólo fue una porción influyente de su clase dirigente la que consiguió que el estado y el pueblo chilenos hicieran suyos sus propios intereses y perspectivas económicas, basados en la explotación del salitre.

No cabe duda de que la actual visión justificadora que sobre la Guerra del Pacífico tiene el pueblo chileno, que ha sido manejada por generaciones, alimenta prejuicios y arrogancias que bien deberían ser arrojados al desván de la Historia. Asimismo, el resentimiento del Perú, enraizado en su visión histórica colectiva, se proyecta en la forma de actitudes que son muchas veces irracionales. Por ejemplo, es justo indignarse ante el armamentismo chileno, pero resulta también miope, y hasta estúpido, ignorar el vasto potencial de integración así como las obvias complementariedades que siempre han existido entre el Perú y Chile. Algunos de los gestos que se lanzan periódicamente de un lado a otro son hirientes pero, por lo general, asumen un carácter pintoresco cuando son vistas en la perspectiva panorámica de nuestras historias milenarias. No obstante, la revisión de la Historia dista mucho, en este caso, de ser un ejercicio estéril porque, de muchas maneras, los ecos del pasado no dejan de sentirse en el presente.

Dicen algunos historiadores que, en lo peor de la Campaña de la Sierra de la Guerra del Pacífico, específicamente en 1883, muchos soldados chilenos comenzaron a peruanizarse y a desertar, como consecuencia del alargamiento de la ocupación del Perú, lo que no dejó de ser en su momento un grave –y paradójico- problema para la dirigencia invasora, interesada en apurar el final de un conflicto que comenzaba a costar demasiado al erario chileno. Varios de estos desertores se plegaron al ejército peruano y pelearon con el general Andrés A. Cáceres en la batalla de Huamachuco y en otros encuentros y escaramuzas. A final del conflicto, encariñados con el país, considerable número de soldados chilenos decidieron no tomar el barco de retorno y permanecer en el Perú, donde fundaron familias. Independientemente de la curiosidad del dato histórico en sí, ello viene a propósito de la afinidad que puede llegar a existir entre nuestros pueblos, incluso en medio de circunstancias tan terribles.

Buenos Aires, 6 de abril de 2010

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RESEÑA: RADICAL Y ANARQUISTA

Radical y anarquista



“El historiador Hugo Pereyra Plasencia ha publicado el libro Manuel González Prada y el Radicalismo Peruano.


Don Manuel González Prada, tanto su vida de pretendido santón laico cuanto su abundante obra, han sido y seguirán siendo motivo de estudio y análisis. Al igual que la obra y trayectoria política de Mariátegui o la de Haya de la Torre. Sobre ellos, siempre habrá algo nuevo que acotar o bien que criticar. Son, per se, personajes sobre los que no todos han estado o van a estar de acuerdo. Y más aún si detrás de ellos, no obstante el tiempo de su ausencia, hay una fuerte carga ideológica. Y por qué no decirlo, pasional e interesada.


González Prada no escapa, de alguna manera, a lo anotado líneas arriba. Ahora bien, estoy leyendo el exhaustivo y orgánico trabajo, que hace poco ha puesto en circulación, el historiador y diplomático Hugo Pereyra Plasencia: Manuel González Prada y el Radicalismo Peruano. Una aproximación a partir de fuentes periodísticas de tiempos del Segundo Militarismo (1884-1895) –Academia Diplomática Peruana, 2009–. Una indagación que nos entusiasma por sus alcances y por el estupendo manejo de fuentes periodísticas que, más que enfrascarse en polémicas finitas, plantea y delimita campos muy precisos en el quehacer intelectual y vital del furibundo Catón del discurso del Politeama de 1888.


Moneda corriente

Pereyra Plasencia, lo primero que hace es revisar y esclarecer por qué el radicalismo fue la moneda corriente en los círculos contestatarios del momento y no el anarquismo. Y la imposibilidad de este último de asumir un papel protagónico en un país en reconstrucción y profundamente nacionalista. Los muertos de la guerra, Tacna y Arica cautivas y lo perdido, más allá, en el sur, le daban una unidad e inusitada coherencia al Estado nacional. Eran los primeros años de la reconstrucción nacional.


Al mismo tiempo que al indagar sobre los antecedentes del radicalismo rescata textos de Andrés A. Cáceres y del periodista iglesista Julio S. Hernández –asistente a las tertulias del Círculo Literario de González Prada– nos señala y aventura que, por sus expresiones e ideas son un claro antecedente de muchos de los textos de los radicales. Y muy en especial de ese clásico de don Manuel, que es la catilinaria que pronunció en el Politeama. Cáceres, uno de los “afectados” por el discurso, manifestó: no sé si meterlo preso o… abrazarlo.


Para Pereyra, el radicalismo de Prada y sus amigos y contertulios nació “como una alternativa política surgida gradual y hasta espontáneamente luego de la conmoción que produjo la derrota del Perú…”. Y el abismo que se produce en don Manuel, entre el joven y enamorado poeta de antes del 79 y el iracundo agitador político y vindicativo después del Tratado de Ancón, fue infranqueable. Camino en que sus más notorios acompañantes fueron don Abelardo Gamarra (El Tunante) y Carlos Germán Amézaga, que no mucho tiempo más tarde defeccionó, arrepentido de su anticlericalismo.


El radicalismo

Asimismo, Pereyra Plasencia plantea otra hipótesis que, supongo, no complacerá a algunos. Y es la de que, entre 1884 y 1895, la única gran corriente peruana “de tipo contestatario” fue el radicalismo. Y que –es más enfático en asegurarlo y probarlo con inusitado despliegue de fuentes hemerográficas– el anarquismo entre nosotros es algo tardío. Tanto en la trayectoria de don Manuel como en los predios proletarios peruanos.


Lo cierto es que Manuel González Prada y el Radicalismo Peruano, de Hugo Pereyra Plasencia, es una suerte de desafío, al mismo tiempo que acicate que nos obliga a algunas relecturas. En primer lugar, a ese clásico sobre Prada que es Luis Alberto Sánchez. A revisar a Mariátegui que, en el fondo, nunca entendió a Prada y detestó por sus orígenes aristocráticos. Y también a releer a ese magnifico trabajo de Hugo García Salvatecci que es el Pensamiento de González Prada, con el famoso prólogo de José Miguel Oviedo que consideraba que 1960 estaba marcado por el retorno y la vigencia del anarquismo.


Una adenda necesaria. La cronología que nos entrega Pereyra Plasencia sobre don Manuel, es una que no se ha hecho anteriormente. Basta confrontarla con una ultima preparada por David Sobrevilla en Manuel González Prada / Los jóvenes a la obra (Fondo Editorial del Congreso de la República, 2009), y otras anteriores. Además de textos de Prada –con pseudónimo–, de Abelardo Gamarra y Luis Ulloa. En fin, en estos momentos, en “un país de desconcertadas gentes” un libro para ser leído con entusiasmo y pasión.


ISMAEL PINTO”

(Publicado en el diario Expreso de Lima, el domingo 19 de julio de 2009)

26/03/10: Bach personal

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Bach personal



¿Por qué una música gusta a una persona y no a otra? Confieso que no he podido encontrar una respuesta clara a este asunto. Intuyo, eso sí, que, con toda su importancia, no son los condicionamientos culturales o la educación los únicos factores para orientar a tal o cual persona hacia ésta o aquélla apreciación de la música. A veces pienso que son, sobre todo, características individuales, muy enraizadas en el interior de cada persona, las que conducen a la fascinación musical, frente a un estilo, a un autor, e incluso ante una sola pieza específica. Por otro lado, siendo la música simple “aire sonoro” (en acertada definición de Ferruccio Busoni), es increíble que llegue a desencadenar semejantes sentimientos y pasiones. Veo difícil que alguien pueda, siquiera aproximadamente, descifrar estos dos secretos fundamentales de la música que son, en realidad, misterios insondables del ser humano.


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Leipzig, 1733. El lugar es la cafetería de Zimmermann, donde tiene lugar una reunión del Collegium Musicum, especie de asociación de burgueses músicos de la Sajonia del siglo XVIII. Sus integrantes, con pelucas y pantalones a la pantorrilla, conforman un auditorio lleno de humo de tabaco y de asistentes que toman café. La música que se escucha será conocida, mucho tiempo después, como el concierto para tres cémbalos y cuerdas en re menor BWV 1063. Interpretan Juan Sebastián Bach y sus hijos Wilhelm Friedemann y Carl Philip Emanuel, acompañados de una pequeña orquesta. El concierto tradicional, tal como lo conocemos ahora, estaba entonces en pañales. No obstante, las pocas decenas de oyentes que se encuentran en la cafetería de Zimmermann atienden al conjunto musical que tienen al frente con una solemnidad parecida a la que puede observarse hoy en las grandes salas de música. Al finalizar la ejecución, Bach no puede reprimir una sonrisa de orgullo al comprobar la pericia de sus jóvenes hijos, discípulos suyos en las complejas artes del cémbalo.


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Es raro, muy raro, que este hombre singular, cuya obra es el cimiento de la música occidental, haya sido tan menospreciado por sus empleadores -los integrantes del Ayuntamiento de Leipzig- quienes no consideraron necesario poner una lápida sobre la tumba de Bach cuando éste falleció. Resulta más raro aún -sobre todo a la luz de los valores contemporáneos- que Bach haya sido tan poco afecto a lucrar con su arte y a auto publicitarse, como sí hizo, por ejemplo (¡y de qué cortesana manera!), su colega y paisano Händel en los reinos alemanes y en toda la Europa de ese tiempo. Y, sin embargo, comparar hoy a Händel con Bach es como colocar los Apeninos al lado de los Himalaya. No es que Bach no haya cobrado por sus obras. Tenía que hacerlo para vivir y mantener a su familia. Pero, para los ojos de hoy día, lo notable es que las motivaciones económicas hayan sido, en su caso, tan secundarias. Salvo honrosas excepciones, para los poderosos de su época, tales como reyes, grandes jefes militares, altos burócratas o banqueros, Bach debe haber sido algo así como una hormiga insignificante. De la abrumadora mayoría de ellos (especialmente de los miembros del Ayuntamiento de Leipzig en 1750), que eran verdaderos modelos de mediocridad y de vanidad, no queda hoy ni siquiera el polvo. En cambio el nombre de Bach, y su música, resuenan hoy, con tono siempre entusiasta y vigente, en todo el mundo.


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Los gozos de Bach estuvieron, más bien, en la enseñanza a los niños y a los jóvenes, y en el perfeccionismo y equilibrio (palabra clave) que desplegaba cuando componía y ejecutaba, tanto en el clavecín, la viola, el violín, o el órgano; tanto en la conducción coral como orquestal; tanto en la intimidad de su hogar como en el marco de grandiosas interpretaciones religiosas. En pocas palabras, su obra es la síntesis de toda la gran música barroca que la precedió, sólo que con un gusto exquisito y a una escala colosal.


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Pese a la grandeza de su legado musical, los contemporáneos consideraron a Bach como "anticuado". Ello habla con claridad de la miopía sin límites y de la frivolidad que muchas veces ha dominado a la crítica musical en todas las épocas y lugares. De hecho, Bach es ahora considerado como el más universal e intemporal de todos los músicos.


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Música intemporal, en definitiva, pero ello no significa que no podamos identificar sus raíces, ni que Bach las haya ignorado. En la Alemania de su tiempo, la música era casi una artesanía, como podía serlo el tallado o el cincelado. La caja de resonancia de la gran música era, sin duda, el ámbito de las cortes y las iglesias. Pero sus orígenes se encontraban en los ambientes burgueses y también en el medio rural y popular. De hecho, por ejemplo, los brillantes pasajes de trompetas y otros instrumentos de viento que observamos en los Conciertos de Brandeburgo, no son sino ecos de las trompas y cornos de las faenas de caza, actividad típica de la boscosa región de Alemania donde Bach nació y se crió.


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Como suele suceder, quienes desde el comienzo nunca olvidaron a Bach fueron sus discípulos. Y me refiero tanto a los que él mismo impartió lecciones (en particular a sus hijos), como a los músicos posteriores que tuvieron conocimiento temprano de su obra. Entre estos últimos se encuentran Mozart y Beethoven. En la primera mitad del siglo XIX, el redescubridor de Bach para el gran público fue Mendelssohn, otro de sus admiradores. Ya refiriéndonos al presente, no es exagerado afirmar que todos los músicos profesionales comienzan a comprender su arte de la mano, sucesivamente, del Libro de Anna Magdalena Bach, de los Pequeños preludios y fugas, y de las Invenciones a dos y tres voces. Como lo sugiere su nombre, el primero de los libros mencionados fue escrito por Bach para su segunda esposa.

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En un sentido antropológico más amplio, la obra de Bach es una prueba tangible de las enormes potencialidades de nuestra frágil especie humana, que se encuentra perdida, como bien lo sabemos, en un rincón del Universo.


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Hay mucho de místico, poético, glorioso y, casi diríamos, de trascendente, en la obra de Bach. ¡Cómo no sentirlo cuando escuchamos el Oratorio de Navidad, el Magnificat, o la Tocata, Adagio y Fuga en Do Mayor para órgano! Ciertas obras suyas son algo así como reflexiones o meditaciones musicales. En otras, daría la impresión de que, para Bach, componer y rezar eran sinónimos.

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Y, a propósito, algo relativo a la buena muerte cristiana, tema al que Bach fue durante toda su vida muy afecto: si en el momento de mi propia agonía (que espero sea de viejo) llegara súbitamente a mi espíritu lo que siento cada vez que escucho alguno de los preludios y fugas de El Clave Bien Temperado, tendré entonces, para mi tranquilidad, la seguridad de estar bien encaminado.


Buenos Aires, 25 de marzo de 2010
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ANDRÉS AVELINO CÁCERES

Entrevista ofrecida por el historiador y diplomático Hugo Pereyra Plasencia al periodista argentino Juan Cruz Castiñeiras

Buenos Aires, 17 de febrero de 2010


¿Qué significó Andrés Avelino Cáceres en la Historia del Perú?


Cáceres significó mucho para el Perú y, en varios aspectos -hay que decirlo-, es un personaje en cierta manera olvidado. Yo creo que la gente no tiene una idea de lo que verdaderamente significó Cáceres en algunas circunstancias poco conocidas de la vida nacional. Quisiera mencionar dos ejemplos ilustrativos.
En primer lugar, quisiera referirme al significado político, social e internacional de la Campaña de la Breña, que ocurrió en el contexto de la invasión chilena a la Sierra peruana entre los años 1881 y 1883. En segundo lugar, desearía hablar de la negociación del Contrato Grace, cuando Cáceres ya era Presidente. Este último es, probablemente, el aspecto más incomprendido de su actividad pública.
Con relación a lo primero –la Campaña de la Sierra o de la Breña-, cuando Lima cayó el 17 de enero de 1881, se produjo la impresión en Chile, e incluso en los países vecinos y en las potencias de la época, de que la guerra había terminado. Ello aparece muy claro cuando uno lee los periódicos de la época. Nadie pudo vislumbrar que la guerra se iba a prolongar todavía hasta 1883. Algunos de estos comentaristas chilenos y de otros países hablaban entonces sobre la posibilidad de un control permanente de Chile sobre el Perú, de una disminución drástica o de una virtual desaparición de la soberanía peruana, como producto de los reveses sufridos durante el conflicto y, particularmente, luego de la terrible derrota sufrida a las puertas de Lima. Para algunos políticos y comentaristas, el Perú llegó a ser visto como una especie de Polonia sudamericana. Estas percepciones aparecieron en los meses que siguieron a la toma de Lima por el ejército de Chile. No nos olvidemos que era una época muy ruda, de agresiones geopolíticas, cuando el Imperio Alemán era la nueva potencia expansionista en Europa, y el África estaba en manos de potencias europeas que la explotaban de manera brutal e inmisericorde, aniquilando a sus poblaciones con el argumento (confeso o no) de que eran supuestamente “razas inferiores”. En pocas palabras, era un medio internacional muy difícil, proclive a la violencia y a las soluciones de fuerza.
En ese contexto político, y de mentalidad también, ya hablando en Sudamérica, la derrota del Perú fue interpretada, pues, por muchos como la puerta que haría posible una dominación permanente del país, ya sea en forma directa o como satélite. No obstante, al poco tiempo, se vio que se trataba de una visión impracticable. En efecto, al organizar la resistencia en la Sierra, Cáceres demostró que el Perú estaba vivo. Demostró que el Perú estaba organizado, que gran parte de la población estaba dispuesta a tomar las armas, y que el Estado –supuestamente desaparecido luego de la batalla de Miraflores- estaba plenamente vigente. De hecho, un sector organizado de Lima coordinaba muchas labores con las fuerzas de Cáceres en el interior, en la Sierra, donde tuvo lugar lo esencial de la lucha.
Hablando del significado de esta campaña, yo creo que esta resistencia fue una respuesta inesperada que al final hizo ver que los proyectos de dominación permanente sobre el Perú no tenían sentido. Parecía difícil de creer que las poblaciones serranas, especialmente las campesinas de origen indio, se hubiesen dado maña para frenar a un ejército que tenía los mejores fusiles y cañones del mundo. Los dirigentes chilenos comenzaron a pensar, de manera cada vez más clara, en sólo imponer una compensación territorial y en evacuar el resto el país. Quedaba así atrás la idea de forzar un recorte -o una desaparición- de la soberanía, que había llegado a ser estimulado por algunos sectores interesados en el exterior.
¿Y cómo se logró esto, precisamente en la Sierra, región del Perú de la cual jamás se pensó que vendría semejante resistencia? Yo creo que el éxito de la campaña tuvo que ver en forma directa con la identificación que Cáceres, un soldado profesional quechuahablante, tuvo con los campesinos organizados. Estrictamente, Cáceres y los campesinos eran paisanos serranos. Había una identificación cultural y lingüística, pese a que Cáceres era blanco y pertenecía a un estrato social superior. En un sentido más amplio, Cáceres articuló una respuesta global, que incluyó no sólo a los campesinos, sino a los terratenientes, a gente de la clase media y a combatientes que venían de todo el país. Cáceres fue, en ese momento, un paladín del Perú: una especie de imán integrador. Se trató de un fenómeno inesperado, porque, como adelanté, la Sierra era relativamente despreciada en una época que privilegiaba más la Costa, especialmente a Lima, dentro de la mentalidad racista de la época. Esta unión propiciada por Cáceres asustó a las fuerzas y, sobre todo, a los líderes del país invasor. Las fuentes chilenas dicen que la Campaña de la Sierra fue terriblemente violenta, por ambos lados. Fue un escenario de masacres contra poblaciones campesinas, de pueblos quemados, pero donde también –como represalia de los campesinos- pudieron verse, no pocas veces, cabezas y miembros de soldados chilenos ensartados en lanzas. De hecho, fue la campaña más dura de la Guerra del Pacífico.
Esta manera de ver la Campaña de la Sierra no es usual en el Perú porque se suele privilegiar la pura descripción de los aspectos militares, sin abundar mayormente (con criterio riguroso y sin ideologías deformadoras) en los temas políticos y sociales ni, mucho menos, en la perspectiva que proporciona la ubicación de esta campaña en un contexto internacional.
El otro ejemplo al que quiero referirme con el objeto de hablar del significado que Cáceres tuvo para el Perú, es la negociación del Contrato Grace, ya en tiempos del Cáceres presidente, en su primer período (1886-1890), luego de la Guerra del Pacífico y de la guerra civil que la siguió. Hasta ahora, en muchos sectores el Perú, existe la idea de que el Contrato Grace fue producto de una negociación oscura entre el gobierno peruano y los tenedores de bonos británicos de la deuda nacional. Vale decir, se dice que fue un acuerdo totalmente entreguista, un contrato que perjudicó al Perú. La verdad es que, visto de forma desapasionada -y lo han aseverado muchos historiadores- fue al parecer lo mejor que se pudo conseguir en esas circunstancias, porque de alguna manera significaba librarse de una enorme deuda que ascendía a la entonces gigantesca suma de 50 millones de libras esterlinas, a cambio, esencialmente, de la entrega de la red de ferrocarriles peruana durante más de medio siglo. El meollo del asunto es que este alivio financiero fue uno de los factores que permitió al país recuperar su crédito internacional y superar las secuelas de la guerra, así como afirmarse en una senda de avance, aún habiéndose entonces perdido los grandes yacimientos de salitre, que quedaron en manos de Chile. Se encauzó al Perú en una senda de estabilidad. Todo ello, en gran parte, debido a la férrea voluntad política de Cáceres.

Usted escribió un libro sobre Manuel Gónzalez Prada. ¿Hay alguna relación entre Manuel Gónzález Prada y Andrés Avelino Cáceres?


Desde el punto de vista del conocimiento convencional, los peruanos que estudian la Historia del Perú retratan a Gónzalez Prada, casi siempre, como un enemigo de Cáceres, sin hacer matices. Sin duda fueron enemigos políticos, pero también existieron puntos de contacto entre ellos. Para comenzar, en cuanto al estilo. En su Nota al Honorable Cabildo de Ayacucho, de 1883, Cáceres se refirió con meridiana claridad a los “comerciantes enriquecidos con la fortuna pública”, como causantes principales de la debacle en la guerra. Señaló también, por cierto, otras causas. Pero lo que quiero destacar aquí es que, en el aspecto citado, fue exactamente el mismo mensaje que transmitió González Prada en sus escritos más célebres, desde 1888, para explicar una de las poderosas causas de la derrota: la pavorosa corrupción del tiempo republicano, que prácticamente esfumó la riqueza pública y social del guano y del salitre, transformándola en unas pocas fortunas privadas.
En términos políticos, la enemistad entre Gónzalez Prada y Cáceres se produjo de manera clara cuando se negoció y aprobó el Contrato Grace entre 1887 y 1889. De manera equivocada –pienso yo- González Prada pensaba que este contrato era una maniobra más de enriquecimiento ilícito, parecida a las que habían tenido lugar antes de la guerra. No obstante, para antes de su enfrentamiento, no hay nada que impida afirmar que Gónzalez Prada formó parte del grupo de peruanos que consideraron el ascenso de Cáceres a la presidencia, en 1886, como una salida viable para el Perú, como un punto de partida en la llamada reconstrucción o “reconstitución” del país, como se decía en esa época. Pero lo que es interesante es que, pese a lo furibundo que fue el enfrentamiento político entre estos personajes (uno encarnando el radicalismo peruano y el otro representando el militarismo autoritario), González Prada siempre se mostró elogioso, ¡y de qué manera! con relación a Cáceres cuando evocaba la fase heroica de la resistencia contra los chilenos en la Sierra. En cierto texto, escrito en el siglo XX, González Prada llegó a referirse a Cáceres como un personaje que parecía sacado de la Antigüedad. Lo comparó con Aníbal, en alusión a su maestría en la lucha en las montañas. Por eso digo que hay que matizar un poco esta animadversión política que tuvo Gónzalez Prada, colocándola junto con la admiración que el autor de Páginas Libres tuvo con relación al Cáceres patriota y guerrero. Me parece que es lo justo.

¿Qué diferencias hay entre Andrés Avelino Cáceres, que sobrevivió a la guerra, y los héroes que perecieron en ella, como ocurre en los casos de Alfonso Ugarte, Miguel Grau, Francisco Bolognesi y Leoncio Prado?

Cáceres no pereció en la guerra, se salvó, “por un pelo”, en realidad. No quiero contar la anécdota de cómo se salvó de perecer en la batalla de Huamachuco. Basta evocar que su caballo “El Elegante” lo salvó, con sus prodigiosos saltos, de los fusiles y sables chilenos.
Evidentemente, para los peruanos hay una jerarquía. Grau, por ejemplo, está por encima de Cáceres, porque el gran marino fue un mártir de la nacionalidad. De hecho, la muerte da una dignidad especial. Sobre todo la muerte heroica y con sacrificio personal. Pero, pese a esas circunstancias, yo creo que lo que hizo Cáceres en la Sierra, esa capacidad de unir al Perú, de hacer una resistencia tan heroica -tan épica, diría yo- nunca se olvidó. De esta manera, como le ocurrió a Grau, Cáceres también encarnó –a su manera- a todo el Perú. Jorge Basadre, historiador peruano, dijo que los ataques políticos (e infundados) que pretendieron después restar méritos a la Campaña de la Breña fueron como “lodo resbalando sobre granito”. Efectivamente, ni siquiera en las épocas de mayor virulencia política contra Cáceres, hacia 1894 y 1895, los peruanos del promedio perdieron jamás este recuerdo de la Breña, que era un recuerdo de heroísmo, de unión y, sobre todo, de lucha colectiva por un ideal superior: la lucha desesperada por la supervivencia del Perú, la brega de una Nación colocada ante el abismo.
Hay otro detalle importante sobre el hecho de que Cáceres haya escapado de la muerte durante la guerra. Creo que al revés de lo que se ha dicho en la historia tradicional, la salvación de Cáceres en la batalla de Huamachuco resultó ser providencial para el Perú. Recogiendo una idea que fue expresada inicialmente por González Prada, Basadre llegó a decir que “Cáceres debió morir en Huamachuco”, lo que, según él, habría sido un final grandioso para un extraordinario militar. Con la admiración enorme que yo le tengo a Basadre, discrepo con ese punto de vista. Porque pienso que hay que ver el contexto de la época. No hay que apreciar la historia únicamente desde la perspectiva de hoy. Hay que zambullirse en lo que ocurría en 1883 y en 1884. Si hacemos esto, veremos que lo que faltaba en esos años era liderazgo. En efecto, la derrota produjo, entre otros efectos, el pavoroso desprestigio de la clase dirigente peruana, a la que se acusaba de haber sido responsable de la derrota. Y me refiero a toda la clase dirigente, en su sentido más amplio, tanto político como social: terratenientes, guaneros, salitreros, civilistas, pierolistas, alto clero, oficiales de alta graduación y administradores. El dedo acusador apuntaba contra los dirigentes que habían protagonizado casos de corrupción, y contra la falta de previsión de los gobernantes que no habían fortalecido la marina peruana en un momento crucial. Fue una época de ataques devastadores. Se buscaban culpables, en muchos casos, con razón. Por lo tanto, cuando termina la guerra, el Perú era un desierto, políticamente hablando. No había líderes. Todos los sectores dirigentes estaban desprestigiados. Entonces, en ese vacío enorme, aparece este héroe limpio, este héroe valeroso, este héroe con miras claras, con deseo de defender la soberanía del Perú, de levantar al país, que es Cáceres. Era también un líder con popularidad, como hemos visto.
Durante la guerra civil de los años 1884 y 1885, con el apoyo de los campesinos que lo habían ayudado en la guerra internacional, Cáceres se enfrentó a Miguel Iglesias, quien había hecho la paz con Chile. A fines de 1885, venció a Iglesias y entregó el poder a una Junta de Gobierno. Es decir, no se impuso como un militar vencedor. Al año siguiente, en 1886, salió elegido democráticamente en elecciones, y asumió, a mediados de ese año, como una gran esperanza nacional.
Desde este punto de vista, yo pienso que el hecho de que Cáceres haya salido indemne de la guerra internacional (tanto en un plano físico como político) fue muy positivo. Fue él, como presidente de un país en ruinas, quien le dio ese primer gran empujón al Perú. Cáceres le dio ese primer marco de seguridad, que yo no sé si hubiera podido ser conseguido por los sectores dirigentes tradicionales, entre los que incluyo a los partidarios del caudillo Nicolás de Piérola.

En un momento de su vida, Cáceres fue subordinado de Ramón Castilla. ¿Qué aprendió Andrés Avelino Cáceres, referente del Segundo Militarismo, de Ramón Castilla, referente del Primer Militarismo?


Cáceres fue admirador de Ramón Castilla. Cuando era un joven oficial del ejército peruano, combatió en el ejército mandado por Castilla. La tradición oral dice que Castilla conoció al joven Cáceres, cierta vez en que este último fue herido de gravedad en Arequipa, durante una de las guerras civiles, y que le expresó su admiración. Según esta versión, Castilla pronosticó entonces la importancia que el futuro Brujo de los Andes tendría para el Perú.
Así como Cáceres representó un principio ordenador y de cohesión para el Perú en el año 1886, después de la guerra civil, de la misma manera Castilla representó en su momento un principio de orden y renacimiento del Perú luego de las guerras de Independencia y de esas terribles décadas de desorden que la siguieron. A mediados del siglo XIX ese gran tarapaqueño que fue Castilla comenzó a levantar al Perú. Es verdad que contó con la riqueza del guano, cuya explotación crecía por entonces. Pero sería injusto decir Castilla fue bueno sólo porque tuvo los recursos del guano. Definitivamente el guano ayudó de manera sustancial, pero también lo hizo la personalidad y la voluntad de Castilla. De hecho, los presupuestos del Perú comenzaron a hacerse en la época de este presidente. En los años de Castilla fue creado, por ejemplo el Servicio Diplomático, al cual me honro en pertenecer. Castilla también incursionó en el ámbito social: su nombre está asociado al otorgamiento de libertad a los esclavos y a la supresión del tributo indígena, que eran reliquias del tiempo virreinal. Ello no quita que Castilla haya tenido errores y que haya sido, por momentos, muy autoritario. Pero, haciendo sumas y restas, el balance fue muy positivo. Durante sus gobiernos, el Perú fue un país respetado, que no solo comenzó a ordenarse internamente haciendo uso de esta riqueza del guano. También –es preciso recordarlo- tuvo prestigio internacional, porque se erigió en una suerte de líder dentro de los estados del Pacífico para la defensa de Hispanoamérica contra las agresiones y amenazas que provenían de Europa. Debemos recordar que entonces pervivía en algunas potencias europeas la idea de influir en América, o de valerse abiertamente de ella, como ocurrió en el caso de la invasión francesa de México. Castilla fue un propulsor de la defensa continental, de la dignidad de América Hispana contra la prepotencia de las potencias colonialistas. En otro orden de cosas, Castilla fortaleció el poder naval y garantizó la seguridad del Perú. No hay que extrañarse de que Cáceres haya tenido tanta admiración por Castilla, que representó, en palabras del historiador Basadre, “el único momento cenital” en la historia del Perú del siglo XIX.

¿Qué significó el enfrentamiento de Andrés Avelino Cáceres con otro héroe de la guerra, Miguel Iglesias?


De Iglesias ya hemos hablado antes. Iglesias fue como Pétain, para hacer una comparación con la Segunda Guerra Mundial. Iglesias venía de ser un héroe en la batalla de Chorrillos. Era un líder pierolista que combatió muy heroicamente en esa acción de armas durante la defensa de Lima, donde perdió a su primogénito, Alejandro. No era un militar de carrera, sino un hacendado. Se lo recuerda porque, en el clímax de la campaña dirigida por Cáceres, dio el paso de declarar que había que hacer la paz con Chile. Según el cristal con el que miraron los contemporáneos, unos dijeron que era traición y cobardía. Otros, que era sensatez.
Esto ocurrió en 1882. Cáceres se volvió, desde entonces, enemigo furibundo de Iglesias, a quien acusó de dividir al Perú. Cáceres obedecía por entonces al gobierno de Montero, que se encontraba en proceso de afirmar su sede de gobierno en la ciudad de Arequipa.
Iglesias se erigió como el líder que quería hacer la paz a toda costa, como el que quería entregar Tarapacá, y no seguir combatiendo, para dar inicio a la reconstrucción. Cáceres representaba la opción de seguir combatiendo. Entonces desde ese momento, como dije, se generó una distancia feroz entre ambos. Pero yo pienso que hay que poner este conflicto en contexto. Cáceres pudo organizar, merced a sus esfuerzos, una gran resistencia en el Centro del país porque no hay que olvidar que esa región tenía una sociedad campesina más cohesionada. El Norte del Perú era más desorganizado y vulnerable, socialmente hablando. Iglesias tuvo una meritoria victoria contra los chilenos en San Pablo, pero sintió que no podía organizar una resistencia efectiva, y que lo único que iba a conseguir era la generación de represalias destructivas por parte de los chilenos. Es preciso que entendamos también su punto de vista, que provenía de un hombre –recordémoslo- que se había comportado como un héroe en la batalla de Chorrillos en 1881, lo que había motivado en su momento la admiración de los mismos enemigos chilenos.
Cuando Cáceres fue derrotado en Huamachuco, en julio de 1883, los “bonos” políticos de Iglesias subieron enormemente. Muchos peruanos que habían sido partidarios de continuar la lucha vieron en esta terrible derrota, pese al heroísmo de los breñeros de Cáceres, la gota que colmó el vaso de la resistencia. Decidieron apoyar a Iglesias.
Esto ocurrió entre julio y diciembre de 1883. En este último mes, Iglesias le ofreció a Cáceres aceptar el instrumento que su régimen había suscrito: el llamado Tratado de Ancón, que cedía la rica provincia de Tarapacá a Chile y le entregaba, por diez años, Tacna y Arica, hasta la realización de un plebiscito. Sin conocer todavía en detalle el tratado, Cáceres rechazó esta oferta y se declaró en rebeldía en la Sierra, diciendo que no podía pisotear “en este extraño retroceso, las cenizas de tantas víctimas augustas”. Aludía así a todos los miles de peruanos que habían caído durante las luchas entre las breñas contra las fuerzas invasoras.
Comenzó así un estado de enfrentamiento latente. En junio de 1884, Cáceres reconoció el Tratado de Ancón como “hecho consumado”. No obstante, en agosto, cuando los chilenos subieron a sus barcos y abandonaron el Perú, estalló la guerra civil entre los partidarios de Cáceres e Iglesias. Como dije anteriormente, este conflicto concluyó con el triunfo de Cáceres a fines de 1885. Su entrada a Lima, acompañado de soldados indios que usaban quepis rojo, fue vista entonces como el inicio de una nueva época en la historia peruana.

Hugo Pereyra Plasencia es Cónsul General Adscripto del Perú en Buenos Aires

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Entrevista a Hugo Pereyra Plasencia, autor del libro MANUEL GONZÁLEZ PRADA Y EL RADICALISMO PERUANO, por el periodista argentino Juan Cruz Castiñeiras

Buenos Aires, 15 de octubre de 2009


¿Qué es el radicalismo peruano?


Por lo que he podido estudiar, el radicalismo se difundió en la Europa continental, en el siglo XIX, como un movimiento político, como una doctrina política, como un tipo específico, contestatario, del liberalismo. El movimiento y la doctrina fueron universales en su tiempo. Buscaban reformar profundamente la vida política e introducir la “cuestión social”. Hubo, por ejemplo, un radicalismo francés, un radicalismo argentino, un radicalismo chileno y también un radicalismo peruano. Solo que la diferencia entre el radicalismo peruano y el argentino (por comparar dos versiones de este pensamiento) es, en este caso, la perdurabilidad: el radicalismo argentino dura hasta ahora, hay una herencia radical argentina. En el Perú, el radicalismo fue muy breve. A fines del siglo XIX estaba prácticamente extinguido en lo que se refiere a su peso político, a su actividad partidaria. Pero no se puede decir lo mismo sobre las ideas que difundió, que estaban centradas en torno a la introducción de las cuestiones sociales. En el caso del Perú, hablamos, por ejemplo, de la incorporación del campesino indígena a la vida social y política, a la lucha contra la corrupción, y a la búsqueda de una mayor solidez y representatividad en las instituciones. En pocas palabras, el radicalismo universal tuvo ideas generales que fueron adaptadas a la realidad peruana. Aunque desconozco si fue una idea dominante en los movimientos radicales chileno y argentino, otro rasgo importante del radicalismo peruano fue su atracción por la ciencia. Me refiero a la ciencia tradicional, a la física, la química, etc., y también a la ciencia aplicada. Para los radicales peruanos, el culto de la ciencia era una de las maneras de romper con la educación tradicional basada en conocimientos científicos atrasados. La ciencia era vista como una herramienta para proyectar al país hacia la modernidad…


¿Había influencia positivista en ese pensamiento?


Justamente, la conexión entre el radicalismo y el positivismo en el Perú se da por la vía de la ciencia. Pero también hay una diferencia: el positivismo en el Perú fue un movimiento conservador, no hablaba de temas como la lucha contra la corrupción o la incorporación del indio. Los que defendieron estos temas fueron los radicales. No obstante, repito, radicales y positivistas tuvieron en común la admiración y atracción por la ciencia.

¿Qué es el Segundo Militarismo en contraposición a un Primer Militarismo?

El Primer Militarismo fue el militarismo de la primera mitad del siglo XIX en el Perú. Fue un período, como sugiere el nombre, de dominación de caudillos militares, seguido después por la influencia civil del tiempo de Manuel Pardo. El Segundo Militarismo se inició hacia el final de la Guerra con Chile. El general Miguel Iglesias tomó el poder en el año 1883, todavía estando los alrededores de Lima ocupados por los chilenos, y continuó hasta 1885. En 1886, luego de su triunfo en la guerra civil contra Iglesias, el general Andrés A. Cáceres, héroe de la Campaña en la Sierra contra los chilenos, subió al poder. Gobernó en dos períodos. Primero, hasta el año 1890 y después, muy brevemente, entre los años 1894 y 1895. En todo caso, el Segundo Militarismo fue, esencialmente, un período dominado por la figura de Cáceres, ya sea como Presidente de la República o como el político que actuó entre bambalinas apoyando a sus partidarios.

¿Qué papel juega Manuel González Prada en el radicalismo peruano en el marco del Segundo Militarismo?

El papel de González Prada fue muy especial. De no haberse producido la Guerra con Chile —que fue un episodio muy traumático para el Perú— González Prada hubiera sido un poeta y un empresario muy exitoso y muy adinerado, dedicado a la preparación industrial de almidones producto del tratamiento de las yucas de sus haciendas. González Prada era un hacendado descendiente de españoles, era muy acaudalado y tenía una vida muy organizada. Pero la guerra, como les pasó a tantos, removió su vida. González Prada se empeñó en encontrar cuáles habían sido las causas de la derrota. En ese proceso, este literato que era González Prada se acercó a la política, se acercó a la discusión pública sobre las secuelas de la guerra y, concretamente, se erigió como un campeón en la lucha contra un contrato que iba a ser suscrito entre el gobierno peruano y los tenedores de bonos británicos para tratar el asunto de la deuda peruana, que era previa a la Guerra del Pacífico. Él tenía una posición muy nacionalista, muy de defensa de los recursos naturales y de los intereses del Perú. Por cierto, fue una posición un poco apasionada. Yo explico esta idea en mi libro. No obstante, lo que quiero destacar aquí es que este episodio de oposición al Contrato Grace —que así se llamaba ese contrato entre los tenedores de bonos británicos y el gobierno peruano— es el que da nacimiento al político, tanto en su caso como en el del Círculo Literario que él dirigía. En pocas palabras, González Prada y su grupo pasaron de la literatura a la política presionados por las circunstancias del momento. Ellos sentían que era una etapa de reconstrucción y de refundación de la República, y que era su deber participar activamente en este proceso.

Cuando se habla de González Prada se lo asocia a la figura de Víctor Raúl Haya de la Torre, ya que este líder político aludía mucho a la obra de González Prada. ¿Qué influencia tuvo él en el pensamiento de Víctor Raúl?

Mucha. González Prada tuvo su actividad en el Perú en la segunda mitad del siglo XIX y de comienzos del siglo XX. Él comenzó encabezando la corriente radical. Posteriormente, en el siglo XX, se torna anarquista, aunque sin dejar su estilo radical cuando quiere referirse a la política peruana concreta. En ambos casos, tanto en la vertiente radical como en la vertiente anarquista, no hablamos de doctrinas marxistas. No hay referencias a Marx en los textos más conocidos de González Prada. En el caso del radicalismo fue básicamente, como hemos visto, un movimiento de crítica social aplicado al Perú. Por decirlo de alguna forma, el pensamiento de González Prada fue una visión transformadora y democrática no marxista. Muy joven, Haya de la Torre conoció a González Prada. Haya era entonces un estudiante universitario que había llegado a Lima. Era provinciano, de Trujillo. Haya cuenta en uno de sus textos que él conoció a este venerable patriarca que era González Prada cuando tenía el cargo de Director de la Biblioteca Nacional. Trabó contacto con él y le expresó su admiración. Pero, al poco tiempo, González Prada murió. Por eso, en esa etapa, la influencia de González Prada sobre Haya no fue muy grande. Fue más bien una relación de admiración de este joven trujillano, provinciano, frente a este gran intelectual peruano. Posteriormente, el APRA abrevó del pensamiento de González Prada. Dado que, como dije, este pensamiento era una visión transformadora y democrática no marxista, no resulta extraño que el aprismo auroral haya abrevado de dicha fuente. Cabe recordar que el APRA se desvinculó desde el comienzo del stalinismo. González Prada se había erigido como un modelo de pensador progresista no marxista, no clasista (en el sentido de “dictadura del proletariado” que se da a esta expresión el pensamiento de Marx). Esta visión sin duda sirvió a los apristas como una guía en la idea de integrar al Perú, de unir a los “trabajadores manuales e intelectuales” (como venía ocurriendo desde el tiempo previo de las llamadas Universidades Populares), de acabar con el molde elitista de la política y de incorporar a los sectores olvidados. Estas fueron las banderas que alzó el APRA, inspiradas en el pensamiento de González Prada. Por lo que he leído, en los documentos fundacionales del APRA, en la década de 1930, González Prada fue tomado como una referencia. Y algo más: la viuda de González Prada, doña Adriana de Verneuil, publicó un libro de memorias ya en los años 40 donde explícitamente ella dice, según su punto de vista, que el APRA de ese momento era la encarnación del pensamiento de su esposo. Aún más, antes de fallecer en los Estados Unidos, donde radicaba al final de su vida, la viuda de González Prada declaró como heredero de sus bienes a Haya de la Torre, quien en ese momento estaba superando una época terrible de persecución, recluido en la Embajada de Colombia en el Perú. El gesto de esta dama habla elocuentemente de la vinculación espiritual y política que hubo entre su esposo y Haya.

¿Qué significó el enfrentamiento intelectual entre el costumbrista y tradicionalista Ricardo Palma y el revolucionario Manuel González Prada?.


González Prada pasó de ser un poeta de lujo a ser un crítico social radical, a pesar de descender de la más rancia estirpe española. (Es paradójico, pero González Prada descendía de españoles que lucharon por el Rey en tiempo de las luchas de la Independencia.) González Prada se volvió político y esgrimió una bandera literaria anti española. El decía que no debíamos concentrarnos en España, que había que ver hacia Inglaterra, Alemania, Francia; sobre todo Francia se vuelve su ideal. Tengo entendido que fue un proceso que se dio en otros países de América, en México y la Argentina. Me refiero a la tendencia de dejar de mirar la literatura española y empezar a apreciar la literatura de otros países. González Prada hablaba perfectamente el francés. González Prada ve el pasado español como un lastre, sobre todo en lo que se refiere a la religión. Él es anti clerical, critica a la Iglesia Católica, se declara ateo, aunque es bueno aclarar que éste fue sólo uno de los muchos aspectos de su pensamiento. Todo ello, digamos, es una especie de expresión de su anti españolismo. Asocia anti españolismo con luchar por la modernidad, por la ciencia, por la apertura social, en fin, establece una dicotomía, que no deja de ser extremista y discutible (como tantos planteamientos discutibles tuvo este pensador, al lado de sus notabilísimos aportes). El caso de Palma es diferente. Palma provenía de la clase media. Incluso se podría decir que venía de sectores populares. Él toma al Virreinato como tema de sus llamadas Tradiciones Peruanas, que son una evocación graciosa, una evocación muy simpática de ese tiempo. Sobre esto hay dos teorías. La más común señala que él era un adorador del Virreinato. Pero, en realidad, una lectura detallada de Palma indica que más bien se burlaba del Virreinato, se burlaba graciosa y elegantemente, pero se burlaba de ese cierto oscurantismo que a veces está asociado al tiempo de la dominación española. Me refiero, por ejemplo, al tema de los fantasmas, que son frecuentes en sus tradiciones, y al de las luchas por el honor. Recuerdo la tradición referida a dos nobles que vivían en Lima que mantuvieron un largo pleito porque sus calesas se habían quedado obstruidas en una calle estrecha de la ciudad y ninguno de los dos quería ceder el paso al otro. Algunos señalan que en esta especie de cariño que tenía Palma por el Virreinato trasluce también un sentido de burla discreta.

¿Cuánto tardó en hacer el libro y en que fuentes periodísticas se basó?


El libro lo investigué en la Biblioteca Nacional del Perú durante más o menos un año (entre 2003 y 2004), y lo escribí en medio año. Lo que yo he buscado es no estudiar a González Prada únicamente en base a los libros que él publicó. Él y su hijo editaron, en efecto, compilaciones de textos, la mayor parte de ellos retocados. Me refiero, en el caso de González Prada, a “Páginas Libres” y a “Horas de Lucha”. Si bien estas recopilaciones son importantes, yo preferí ir a la prensa de la época para ver a González Prada en el contexto del momento, de las noticias del momento, de los problemas del momento. Las fuentes periodísticas me permitieron ubicar con mayor precisión a González Prada. Hicieron posible, por ejemplo, explicarme por qué González Prada fue en un comienzo radical y no anarquista. Por ejemplo, en el año 1888, cuando fue pronunciado el discurso en el teatro Politeama —que condenaba a la generación anterior por la derrota en la guerra internacional— González Prada era un radical y no un anarquista. Era una época en la que ya había anarquistas más o menos organizados en otros países latinoamericanos. Esta temprana adscripción al radicalismo se comprende viendo las fuentes de la época. Porque si uno ve lo que pasaba en el Perú en el año 1888, estamos hablando de un país que salía de una guerra terrible y que sufría la situación de dos provincias cautivas, Tacna y Arica, que habían quedado en manos de Chile. Nos estamos refiriendo, en este caso, a las poblaciones peruanas cautivas en esos territorios, que clamaban por su liberación y por su reintegración a la patria peruana. Se comprende que, entonces, todo el Perú giraba en torno a la angustia de las poblaciones peruanas que habían quedado atrapadas en ese territorio ocupado por Chile. Es imposible que un anarquista hubiese surgido en ese ambiente, que era patriótico y nacionalista. Se aprecia con claridad que el radicalismo era una opción mucho más lógica para ese momento, porque se articulaba con esta atmósfera patriótica que dominaba al Perú de la post Guerra del Pacífico.

¿Cómo se debe recordar a Manuel González Prada?


Manuel González Prada fue un precursor del Perú moderno, pero no hay que idealizarlo. Definitivamente, hay una tendencia en América Latina a mostrar estatuas de bronce, a seres perfectos, y no a personajes de carne y hueso. Yo demuestro en mi libro que González Prada estuvo esencialmente equivocado al exagerar sus ataques contra el Contrato Grace. En realidad, como hoy dicen muchos historiadores, ese contrato con los tenedores de bonos británicos no fue tan malo como se lo pintó en el pasado. Fue, en todo caso, lo menos malo que se pudo conseguir en ese ambiente tan terrible y de tanta estrechez después de la guerra. En efecto, quizás González Para fue un poco exagerado en algunas cosas, pero lo que nadie discute es su notable papel como introductor de temas sociales. Fue el primer gran político peruano que habló de la perentoria necesidad de incorporar a los campesinos indígenas peruanos a la vida política del Perú en un tiempo en que había una pavorosa distancia espiritual entre la costa y la sierra. Que habló también de incorporar al Perú a la modernidad, es decir, a la gigantesca corriente de desarrollo que se generaba en esa época, a fines del siglo XIX, caracterizada por una notable aceleración tecnológica. González Prada fue un político que habló de modernizar al Perú y de integrarlo positivamente en su entorno mundial. Creo que aparte de su lucha contra la corrupción y de su honestidad personal — que nadie discute— yo creo que fue el primer gran político moderno del Perú, el primero que habló del Perú como un todo y no a través de los intereses de clubes de oligarcas, o de partidismos sesgados.
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RESEÑA

"Pereyra Plasencia, Hugo. Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña
(1882-1883)
. Lima: Asamblea Nacional de Rectores, 2006, 476 pp.


Una de las imágenes que la Guerra del Pacífico parece poseer en la historiografía es la de un conflicto que implicó a su vez varias guerras: nacional, de clases e incluso de razas. Dentro de la literatura sobre este tema tan polémico, es que se inserta la obra de Hugo Pereyra que es objeto de esta reseña. Si bien el enfrentamiento armado duró casi un lustro —entre la declaratoria de guerra (abril de 1879) y la firma del tratado de paz de Ancón (octubre de 1883)—, solamente dos años son estudiados en el libro: 1882 y 1883. Es decir, se aborda una parte de la llamada campaña de la Breña o de la sierra (1881-1883), en la cual el futuro mariscal Cáceres, con tropas mal armadas y campesinos indígenas o mestizos, lideró la resistencia contra el ejército de ocupación chileno, en un territorio que fue esencialmente la sierra central.


Esta publicación, originalmente una tesis de maestría en Historia sustentada en el año 2005 en la Pontificia Universidad Católica del Perú, ganó el primer lugar en el I Concurso de Tesis Universitarias de Postgrado convocado por la Asamblea Nacional de Rectores. En sus páginas, se presentan, con bastante detalle, dos años de un episodio militar que, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980, despertó el interés de varios investigadores, como Heraclio Bonilla, Henri Favre, Patrick Husson, Florencia Mallon y Nelson Manrique.


¿El campesinado andino adquirió algún grado de conciencia nacional durante la guerra? ¿Qué peso tuvieron los factores étnicos y socioculturales en el conflicto? Estas son algunas de las preguntas que más debate han suscitado respecto de la campaña de la Breña. Pereyra considera que ella «expresó con claridad todo el potencial de integración del país», pese a las limitaciones «para concluir la construcción de la nacionalidad» (pp.16 y 72-102). En este sentido, destaca el impacto de la acción de lastropas chilenas en la toma de conciencia del campesinado peruano (p.35), la que permitió la «expansión de la mentalidad de las poblacionesandinas» (p. 158). Sin embargo, el autor resalta también la variedad de formas en que se vivió la guerra en el ámbito local, lo que impide hacer generalizaciones (p. 176), con lo cual sigue planteamientos previos realizados por autores como Husson. De otro lado, los polémicos episodios de ataques campesinos contra peruanos blancos y chilenos, sin distinción, son presentados en este libro como incidentes de motivación «delincuencial» (p. 53) y de «odio racial» (p. 79). Probablemente, estas apreciaciones se habrían enriquecido de haberse abordado de un modo más teórico los efectos de la guerra —la manera en que esta puede generar unidad, pero también división— en una sociedad como la peruana, con grandes diferencias étnicas y socioeconómicas. Un enfoque de ese tipo habría permitido discutir más extensa y analíticamente el papel del campesinado en la lucha contra el ejército invasor chileno, y también el sentido de los ataques contra los hacendados colaboracionistas. Pereyra aborda también varios otros temas de manera erudita, y demuestra así un amplio manejo de fuentes primarias y secundarias de procedencia peruana y chilena. Centrarse en dos años del conflicto le permite aludir aspectos como la articulación entre las tropas y las fuerzas auxiliares campesinas, el papel de los sacerdotes en la sierra durante la resistencia, el pensamiento político y estratégico de Cáceres, las formas de pensamiento de esa época —en particular, el peso del socialdarwinismo entre las elites— y el papel de la prensa peruana y chilena durante el conflicto —aspecto al que le dedica el capítulo «Una guerra mediática en torno de la Campaña de la Sierra»—. Igualmente, el autor presenta sugerentes ideas sobre el rol del individuo en la historia, en concreto, el peso de la figura de Cáceres en relación con las estructuras socioeconómicas y la mentalidad de su época (p. 19). En esta línea, se llega incluso a reflexionar sobre el hipotético escenario que se habría presentado si ese caudillo hubiese ganado la batalla de Huamachuco, en el capítulo «Lo que ocurrió y lo que pudo ocurrir». Asimismo, es de interés el tema del «factor femenino», como llama Pereyra a la presencia de las mujeres en la guerra (pp. 183-187), y, concretamente, a la historia de las doncellas exigidas por el ejército de ocupación a los campesinos, uno de los probables detonantes de su participación en el conflicto contra los chilenos.


Hubiera sido conveniente explorar más algunos de estos aspectos, abiertos como ventanas que muestran detalles de la campaña en los Andes. Ello habría hecho posible construir, con la información recabada, argumentos que explicaran mejor esa etapa de la guerra. De todos modos, el libro ofrece útiles sugerencias para futuras investigaciones. Probablemente por ello, en la parte final se incluye una larga cronología de los acontecimientos ocurridos entre 1882 y 1883, y un más extenso apéndice documental con fuentes primarias, varias de ellas inéditas, sobre la campaña de la Breña. Ambas secciones conforman casi la mitad de la obra, y parecen ser la invitación al lector especializado para que continúe con el trabajo iniciado por Pereyra. Esto permitiría conocer cómo dos años de la guerra afectaron a la sociedad peruana, tomando en cuenta aspectos como los siguientes: el papel del ejército y de la Iglesia en la defensa del país ante la debilidad del Estado; el carácter paternalista de la sociedad serrana, que permitió la formación de redes clientelares en la lucha contra el enemigo —que no era solamente chileno, sino también peruano, de acuerdo con las circunstancias— y que se horrorizó ante la posibilidad de que este ultrajara a sus mujeres; la formación de una opinión pública durante la guerra de palabras emprendida por la prensa y paralela al enfrentamiento en el campo de batalla; y, por último, el discurso indigenista durante el conflicto —llamado por Pereyra «pequeño indigenismo»—, simultáneo al discurso racista asumido por sectores de las elites peruana y chilena. En suma, estas páginas invitan a pensar sobre la manera como el conflicto afectó a una sociedad tan diversa como la peruana, qué rasgos persistieron en ella, cuáles se reforzaron y cuáles pudieron haberse modificado.


De otro lado, la abundancia de temas en el libro sugiere que quizás hubiese sido adecuado integrarlos de mejor manera para evitar desbalances al presentar la información. Por ejemplo, los capítulos dos y tres, «El pensamiento político y militar de Andrés A. Cáceres entre 1882 y 1883» y «La Campaña de la Sierra y los guerrilleros indígenas», respectivamente, son, sumados, más voluminosos que los cuatro restantes. La brevedad de estos, por cierto, no desmerece su calidad. Así, el primero, «El contexto histórico entre 1881 y 1883», es una excelente síntesis de la guerra, en la que se emplean fuentes primarias y se intenta narrar los hechos de una forma objetiva. Esta búsqueda de la objetividad, por cierto, es constantemente resaltada por el autor en las páginas del libro. Tarea difícil, si se tiene en cuenta el carácter patriótico que suele encerrar toda historia nacional sobre una guerra. Pero es destacable que, al intentar despojarse de visiones prejuiciosas, Pereyra haya podido contrastar fuentes peruanas, chilenas e incluso de otras nacionalidades (pp. 21-24 y 29-31) y analizarlas con detalle.


Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña es, en fin, una obra valiosa acerca de un episodio que sigue siendo polémico y vigente pese a los largos años que nos separan de él, probablemente porque propicia la reflexión sobre el carácter de la sociedad peruana y sus posibilidades de unirse en momentos de grandes catástrofes.


Iván Millones Maríñez
Pontificia Universidad Católica del Perú"

(Publicada en la revista Histórica de la PUCP, volumen XXX, Nro. 2, Diciembre de 2006. pp. 148-151).
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Idea del libro Manuel González Prada y el Radicalismo peruano: una aproximación a partir de fuentes periodísticas de tiempos del Segundo Militarismo (1884-1895) (Lima: Academia Diplomática del Perú, abril de 2009)



Teatro Politeama, 29 de julio de 1888: ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra! Ciento veinte años después de ser pronunciadas en una ceremonia patriótica en la gris y austera Lima de la posguerra del Pacífico, estas palabras, escritas por Manuel González Prada contra la generación del tiempo del conflicto, resuenan en el tiempo y tocan todavía la sensibilidad de los peruanos de hoy. Ellas deben entenderse a la luz de lo que estaba ocurriendo entonces en la escena política del país y en el contexto intelectual y cultural de la época.

El libro es un retrato de la vida y del pensamiento de los radicales peruanos desde 1884 hasta 1895, a través del estudio de la prensa que tenía esa orientación política. Además de González Prada, desfilan personajes que han sido poco estudiados hasta la fecha, como Luis Ulloa, Carlos Germán Amézaga y Abelardo Gamarra. Por medio de publicaciones como El Radical y La Integridad, este círculo difundió un nuevo estilo de aproximación a la realidad peruana y forjó la agrupación conocida como la Unión Nacional. No menos interesantes fueron varias personalidades que estuvieron en el entorno de los radicales, como ocurrió en los casos de Adriana de Verneuil, esposa de González Prada, y de Luis Moncayo y Mariano Torres, editores respectivos de La Caricatura y de La Luz Eléctrica.

En el Perú del Segundo Militarismo no hubo marxistas, anarquistas ni socialistas, sino radicales sacudidos espiritualmente por la reciente derrota en la contienda con Chile, abrumados por la débil posición internacional en la que había quedado el país, e influidos por la situación de las provincias cautivas de Tacna y Arica. Más allá de sus excesos y apasionamientos, los radicales tuvieron el mérito de introducir el pensamiento social moderno en el país, con gran interés en la valoración de la población andina, en los asuntos de género, y en la condición de los artesanos y los obreros. Originadas en parte en el movimiento radical del exterior, estas ideas fueron adaptadas y utilizadas para estudiar y proponer soluciones a los problemas de la sociedad peruana, con énfasis en la modernización de las instituciones, en la búsqueda de la integración del país, y en la apertura científica. Al menos como ideales, estos planteamientos han perdurado hasta nuestros días. En los últimos lustros del siglo XIX, estas ideas, aplicadas por los radicales al caso específico de la vida interna del Perú, representaron también un contrapeso al darwinismo social y al positivismo de divulgación que provenían de Europa, con sus visiones estrechas sobre la preeminencia de los más “aptos”, y sus interpretaciones simplistas de corte racista y climático, que eran tan comunes en esos días, sobre todo en el ámbito internacional.

El análisis de esta prensa, y de la que estuvo próxima a ella en percepciones y aspiraciones, permite precisar los hitos históricos que marcaron la evolución del pensamiento radical. Entre estos hitos cabe citar la gran polémica nacional en torno a la aprobación del Contrato Grace (1889) para encarar el problema de la gigantesca deuda externa contraída antes de la Guerra del Pacífico, en la era del guano y del salitre.

El trabajo incluye una detallada cronología de esa época, así como numerosos textos radicales, cuya lectura permite acercarse a esta poco conocida corriente de pensamiento.




Hugo Pereyra Plasencia
a19762253@pucp.edu.pe
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Recuerdos del Dr. del Busto


Fui alumno del Dr. José Antonio del Busto Duthurburu a fines de los años setenta, cuando yo era estudiante de la especialidad de Historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú. De ese tiempo, ya algo lejano, tengo el nítido recuerdo de sus clases de Historia del Descubrimiento y Conquista del Perú y de Historia del Arte Peruano. Si los auténticos historiadores son, por naturaleza, personas con el peculiar hábito mental de referirse una y otra vez al pasado, incluso por encima de las presiones acuciantes del presente, este rasgo era especialmente destacado en el Dr. del Busto, cuyas dotes de recreación y de evocación históricas eran, sin duda, notables.

La imagen del Dr. del Busto como profesor y conferencista es de sobra conocida por todos los que tuvimos el privilegio de escucharlo en clase. Dudo que cualquier persona con mediana sensibilidad pueda olvidar, por ejemplo, sus lecciones sobre la captura del Inca Atahualpa en Cajamarca, o sobre el encuentro del griego Pedro de Candia con los pobladores de Tumbes. Pensando en la comunidad universitaria del futuro, espero muy sinceramente que una selección adecuada de sus clases haya sido debidamente filmada y registrada con los mejores medios audiovisuales disponibles.

Por otro lado, desearía aprovechar este espacio para comentar un rasgo suyo como historiador que considero esencial, además de su ya mencionada capacidad como comunicador oral: me refiero a su sensibilidad e intuición como reconstructor del pasado. La Historia es, en efecto, no sólo una Ciencia, sino también un Arte. Muchos parecieron en el pasado —o parecen todavía— haber dejado de comprender y percibir esta verdad tan evidente. Bien dijo alguna vez Marc Bloch que los historiadores jamás deberían dejar de lado la parte de poesía que tiene su oficio.

De su sensibilidad, y de su don de plasmar en forma precisa la imagen representativa de una época, podría mencionar innumerables ejemplos. Me viene a la mente, como fragmento que considero magnífico, su reconstrucción del encuentro, el 9 de abril de 1548, entre el derrotado Gonzalo Pizarro y el pacificador Pedro de la Gasca, luego de la escaramuza de Jaquijahuana, cuando el primero, con evidente y desafiante orgullo, le dice al segundo que «ninguno de los dos, tampoco español alguno, estaría allí si no fuera por Francisco Pizarro, que el Perú era del Rey por sus hermanos y que ellos al Rey nada debían porque no los levantó del polvo sino que ya eran hidalgos antes de nacer España...» Con ello, el Dr. del Busto hace, en pocas palabras, una hermosa evocación de la historia medieval peninsular, antecedente inmediato de la expansión ultramarina hispánica. Con toda su fuerza dramática, esta escena alude también, con sentido panorámico, a todo el proceso que va desde la Conquista del Tawantinsuyu y el nacimiento del Perú, hasta las Guerras Civiles y la ulterior pacificación de la tierra.

Quisiera aquí recordar el atinado comentario del Dr. del Busto acerca de la interminable polémica nacional sobre la figura de Francisco Pizarro. Considera que el Perú, que todavía es una nación joven, terminará comprendiendo tarde o temprano al conquistador extremeño, como comprenden a Julio César los actuales franceses, descendientes de los galos.

Para concluir estas líneas, creo firmemente que sus páginas sobre la entrada de los primeros conquistadores en el Cuzco, el asesinato de Francisco Pizarro, la batalla de Chupas y la «Guerra de Hernández Girón» —entre otras muchas— reclaman su urgente inclusión en alguna antología de la prosa histórica nacional que reúna los mejores textos de los grandes de la historiografía peruana de todos los tiempos.

No hay palabras que basten para agradecer las enseñanzas de un maestro.


(Escrito en México D.F., el 11 de marzo del 2,001 y publicado, con ligeras variantes, en el libro Años decisivos e inolvidables. Homenaje a José Antonio del Busto Duthurburu. Cuadernos del Archivo de la Universidad 26. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 2001, pp. 44 y s.)