HERENCIA ANDINA Y HERENCIA ESPAÑOLA

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HERENCIA ANDINA Y HERENCIA ESPAÑOLA: REFLEXIONES SOBRE LA IDENTIDAD DEL PERÚ DESDE UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA

Hugo Pereyra Plasencia

Los estudios sobre la identidad del Perú han sido abordados desde las perspectivas más dispares y con un tono casi siempre polémico. En el tiempo virreinal, específicamente en el siglo XVIII, el Mercurio Peruano abordó este asunto desde un punto de vista económico y cientificista, con referencias locales muy concretas, teñidas en muchos casos de exotismo, de acuerdo con un estilo inspirado en la Ilustración europea . No obstante, desde sus mismos orígenes, el tratamiento del tema nunca dejó de ser ideológico y político y, por lo tanto, más bien acrítico frente a los problemas de fondo y de largo plazo. Entre ellos, sobresalen el abismo social y la desarticulación del país. Esta tendencia acrítica se acentuó con el nacimiento del Perú como estado soberano, en la segunda década del siglo XIX. ¿Es posible, pese a este lastre, acercarnos a la singularidad de lo peruano a partir de consideraciones objetivas?

Antes de entrar en materia, resulta pertinente destacar que el tema de las identidades nacionales es —pese a todo lo que se pueda argumentar en contra— de carácter universal. Como lo ha hecho evidente el actual contexto de la Globalización, esta materia toca fibras muy sensibles de gran cantidad de países en todo el mundo y, muy en particular, de aquéllos que tuvieron pasados coloniales lejanos o recientes.

En cuanto al carácter conflictivo de la discusión relativa a las identidades nacionales (en este caso referida a los países de América Latina), debe recordarse la reveladora polémica que se llevó a cabo a comienzos de la década de 1990 sobre si convenía evocar la llegada de Colón al Nuevo Mundo ya sea como Quinto Centenario del Descubrimiento de América, o como Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos.

Cabría mencionar, a continuación, las preguntas que consideramos centrales para el tema planteado: ¿existe una nación peruana según el modelo de nación tradicional e ideal de inspiración europea? Si aceptamos que, en efecto, existe una nación peruana, o que ésta se encuentra en proceso de construcción avanzado, ¿pesa más dentro de ella la herencia cultural indígena o la herencia virreinal de cuño español? En caso de ser destacados ciertos aspectos de la nación peruana que revelan un incipiente estado de cohesión, ¿qué dificultades tendría la sociedad peruana para hacer más homogéneas y modernas sus relaciones internas y para formular un proyecto nacional común? Por otro lado, ¿constituye el Perú una sociedad auténticamente mestiza, en términos culturales, donde los elementos indígenas, europeos, africanos y asiáticos han terminado de fusionarse armónicamente? ¿O persisten hoy día conflictos de integración cultural heredados del pasado? Estas preguntas se encontrarán detrás de los argumentos y ejemplos que desarrolle el presente trabajo.

Parte de la respuesta a la extrema heterogeneidad social y cultural del Perú se encuentra en su compleja constitución geográfica. El Perú es un país de grandes dimensiones (el tercero más grande de América del Sur). Por otro lado, la presencia de la corriente fría de Humboldt en su mar adyacente, su relieve accidentado marcado por la cordillera de los Andes, su cercanía a la línea ecuatorial, y la existencia del gigantesco sistema fluvial amazónico situado hacia el Oriente, dotan al país de rasgos muy peculiares. La combinación de estos rasgos determina la existencia de ocho regiones climáticas y ecológicas bien diferenciadas, así como de una de las más exuberantes floras y faunas que se conozcan. Esta variada y peculiar situación ha representado una enorme riqueza en recursos naturales (como aquellos de origen pesquero o minero), pero también, simultáneamente, ha contribuido muchas veces a dificultar la integración y la intercomunicación de las diferentes zonas del país. De hecho, por ejemplo, la población del Perú tiene una clara concentración en las ciudades de la Costa y una exigua presencia en el área selvática. Antes de la difusión de la aviación comercial y de los modernos medios de comunicación electrónica, el contacto entre Lima, la capital del Perú (localizada en la Costa), y la ciudad de Iquitos (situada en plena Selva), no se realizaba directamente superando ese colosal obstáculo que es la cordillera de los Andes sino, en la mayor parte de los casos, por medio de embarcaciones que ingresaban a la selva peruana a través de territorio del Brasil, a partir de la desembocadura del río Amazonas. Por otro lado, no hay que dejar de mencionar que, con toda su importancia para la generación de recursos, la ecología peruana es también frágil, como lo ponen en evidencia los Niños que inundan de manera periódica el Norte del país, destruyéndolo todo a su paso, así como el actual deshielo de los glaciares de los Andes (fuente esencial del agua que nutre el sistema amazónico y las ciudades costeras), que ocurre en el contexto del calientamiento global que actualmente afecta a la Tierra.

Sin embargo, como es fácil intuir, el elemento explicativo fundamental para comprender la naturaleza de la sociedad peruana no se encuentra en las características orográficas o ecológicas del territorio nacional, sino en su peculiar proceso histórico.

Toda reflexión sobre la identidad del Perú tiene que remontarse, necesariamente, a esa dramática tarde de noviembre de 1532 cuando el conquistador extremeño Francisco Pizarro consiguió capturar en Cajamarca al Inca Atahualpa. Puesto que el Tawantinsuyu representaba en ese momento el desarrollo más reciente y sofisticado de la tradición cultural prehispánica de Sudamérica, el episodio de Cajamarca es considerado universalmente como un punto de inflexión decisivo dentro de la secuencia cronológica de la antigua tradición andina e, inclusive, es evocado todavía hoy, con un explicable sesgo trágico, en los testimonios orales recogidos en muchos pueblos de la Sierra peruana. Como se recordará, aproximadamente en los cien años que precedieron a la llegada de los españoles, las panacas, o linajes nobles del área del Cusco, habían conseguido extender su compleja organización política y social a un espacio que llegó a abarcar, haciendo exclusión de las zonas selváticas situadas hacia el Oriente, los actuales territorios del Perú, Bolivia, Ecuador, así como el Sur de Colombia, y el Norte de Chile y de la Argentina. En los cimientos de este colosal estado andino (conocido popularmente como el Imperio de los Incas o Tawantinsuyu) se encontraba, como es obvio, la rica herencia cultural proveniente de los miles de años de desarrollo autónomo e independiente de esta parte de Sudamérica .

Como había ocurrido en México, la conquista española del Tawantinsuyu representó un verdadero cataclismo social, económico y emocional para los integrantes de la civilización vencida. Luego de los iniciales encuentros militares, de la búsqueda incesante de metales preciosos, y de los posteriores esfuerzos para organizar en beneficio propio la mano de obra indígena y la fundación de las ciudades españolas en el territorio conquistado, la compleja trama socioeconómica del Tawantinsuyu fue casi completamente desmontada en unos cuantos lustros. Diluido el poder de los linajes cuzqueños, gran cantidad de obras de ingeniería hidráulica, colonias agrícolas, centros de producción artesanal, depósitos, rebaños, cultivos, caminos y santuarios fueron, en pocos años, saqueados, destruidos o simplemente abandonados. Todo ello ocurrió, además, en el contexto de un colapso demográfico de consecuencias devastadoras. En efecto, principalmente a raíz de los gérmenes patógenos traídos por los europeos (para los cuales los aborígenes no tenían defensas por haber vivido aislados del Viejo Mundo), sucumbieron no sólo poblaciones enteras de trabajadores y colonos agrícolas, sino también miles de constructores, músicos, chamanes, administradores, médicos y artesanos. Con la muerte de este último grupo de trabajadores especializados (que eran auténticos transmisores de los conocimientos ancestrales), pereció también gran parte del saber tecnológico y artístico acumulado en los Andes durante milenios .

A la postre, superada la época de la creación de las encomiendas de indios y las turbulentas guerras civiles entre los conquistadores por la administración de la mano de obra, la primera serie de representantes de la corona española en el Perú, entre los que destaca el virrey Francisco de Toledo (1569-1581), erigió sobre los despojos del Tawantinsuyu una sociedad colonial jerarquizada, dividida esencialmente en términos raciales. En ella, los indios y los esclavos negros pasaron a constituir sus estamentos más bajos, aunque demográficamente más numerosos, frente a la minoría gobernante de origen europeo. Esta situación se consolidó en forma definitiva durante el siglo XVII .

El orden colonial dispuso, asimismo, de un fundamento ideológico que justificaba el nuevo ordenamiento político, y que se apoyaba, en pocas palabras, en el recuerdo de la relativa facilidad y rapidez que tuvo la conquista del Tawantinsuyu por los españoles. Esta creencia, considerada como verdad indiscutible, apuntaló no solamente el poder de los nuevos señores hispánicos sino también la resignación de gran parte de la población derrotada.

En realidad, como puede adivinarse, esta creencia reposaba sobre un conjunto de falacias. No cabe duda de que los conquistadores demostraron una clara superioridad en el terreno de la tecnología, de la estrategia y de la táctica militares. Las crónicas de la caída del Tawantinsuyu relatan con detalle, por ejemplo, el estupor inicial de los guerreros incas ante la acción de cañones y arcabuces, cuyo estruendo jamás habían tenido la oportunidad de escuchar, y ante la presencia de esos jinetes españoles cubiertos de armaduras que los protegían de las pedradas y de los golpes de las mazas, y que ordenaban sus escuadrones y ataques según tradiciones militares antiquísimas, muchas de ellas anteriores a la hegemonía europea. En los primeros momentos, al contar con la enorme ventaja que da la sorpresa (particularmente durante la captura de Atahualpa en Cajamarca), esos soldados barbados debieron aparecer ante los ojos de los naturales como invencibles .

Por otra parte, las tradiciones bélicas de los Incas contribuyeron muchas veces a acentuar su debilidad militar frente a los españoles. Ello fue evidente durante el primer levantamiento indígena masivo contra los españoles, que se llevó a cabo entre 1536 y 1537. Si bien una parte de los líderes cuzqueños (entre los que se contaba al propio Inca rebelde Manco) llegaron a tener familiaridad con el manejo de las armas y de los caballos europeos, y con las nuevas tácticas de combate, ya para entonces las principales ciudades y guarniciones españolas habían sido fundadas, y los conquistadores mantenían, en líneas generales, el control de la situación .

La superioridad de los españoles en el terreno de la actividad bélica tiende a hacer perder de vista la incuestionable realidad de los importantes logros alcanzados por la civilización andina en otras muchas facetas del desarrollo tecnológico. Ese tubérculo conocido comúnmente con el nombre de papa (que tuvo tanta importancia en la época inmediatamente previa al despegue de la industrialización en el Viejo Continente) es, por ejemplo, un producto típico de las tradiciones agrícolas de domesticación de plantas desarrolladas durante milenios en los Andes, y un valiosísimo aporte de esta destacada civilización al mundo. Tampoco deben escapar a nuestra atención realizaciones notables en áreas tan variadas como la cerámica, la textilería, la metalurgia y la ingeniería hidráulica, así como en las diversas técnicas mnemotécnicas y de contabilidad realizadas a través de los quipus, o manojos de acuerdas anudadas, cuyo significado con relación a áreas del conocimiento tales como la matemática y la astronomía apenas ha comenzado a ser vislumbrado en nuestros días .

Todos estos importantes logros culturales fueron alcanzados —conviene recalcarlo— en una situación de aislamiento frente a los otros grandes focos de desarrollo primigenio localizados en diversas partes del mundo. A diferencia de los pueblos europeos, los hombres andinos no contaron con la ventaja de disponer, a través de los complejos mecanismos de difusión secular, de la herencia constituida por los inventos y tradiciones creadas por otras civilizaciones . Este aislamiento de los Incas y de sus predecesores no fue obstáculo para el hallazgo paralelo de gran parte de las técnicas artesanales y agrícolas conocidas en el Viejo Mundo, así como para la acumulación de conocimientos y de tradiciones propias. Es precisamente este carácter autónomo de la civilización andina el que le otorga esa personalidad tan particular.

Además de la ayuda que representó la tecnología, la estrategia y la táctica bélica (que ciertamente no bastaron para explicar la rapidez de la Conquista), los españoles contaron con una ventaja que probó ser decisiva: su alianza con los grupos étnicos andinos enemigos de los Incas. Sin desmedro del valor ante lo desconocido que indudablemente mostraron los conquistadores, la circunstancia clave de su alianza con distintos grupos étnicos fue deliberadamente oscurecida y disimulada en muchos testimonios de la época con el propósito (políticamente rentable) de presentar a Pizarro y a sus soldados como auténticos superhombres capaces de doblegar fuerzas muy superiores en número. Esta imagen, que fue aceptada sin discusión durante toda la época colonial y la mayor parte del período republicano, comenzó a ser cuestionada hace sólo algunas décadas merced a una lectura más cuidadosa de las crónicas tradicionales y de nuevas fuentes inéditas conservadas en los archivos peruanos y europeos. Para comenzar, habría que precisar que, al revés de la versión tradicional de la historia del Perú, el Tawantinsuyu no era todavía, al momento de la llegada de los españoles, una unidad totalmente cohesionada desde un punto de vista político-militar. En realidad, considerando una perspectiva milenaria, el proyecto incaico de englobar a la totalidad de la población andina dentro de una sola organización política de carácter centralizado, constituyó, de alguna manera, una cierta ruptura del antiguo patrón de desarrollo del área. Como ha podido ser determinado con precisión por los arqueólogos, este patrón de desarrollo se caracterizó, en verdad, por la riqueza y el marcado individualismo de muchísimas culturas regionales, predecesoras o contemporáneas de los Incas, que incluso tuvieron deidades y lenguas propias. En el lapso de aproximadamente cien años, desde el siglo XV hasta la llegada de los españoles, y ciertamente no sin poco esfuerzo, los Incas llegaron a dominar o asimilar precariamente estas culturas y etnias regionales que se encontraban dispersas por todo el inmenso territorio andino. En muchos casos, es cierto, las conquistas incaicas se hicieron mediante el procedimiento de la anexión pacífica a través de la negociación y de la reciprocidad. Se habla incluso de la costumbre incaica de llevar al Cusco las huacas o ídolos de las regiones asimiladas con el propósito de incluirlas, como un gesto de respeto, dentro de una especie de panteón religioso andino presidido por las deidades cuzqueñas. Sin embargo, en no pocas ocasiones, especialmente en el caso de grupos étnicos grandes que se resistían a entrar en la órbita cuzqueña, los Incas no vacilaron en emplear la fuerza para controlar, e incluso destruir, a sus enemigos. Esto último ocurrió, por ejemplo, en el caso del reino norteño de Chimú, famoso por haber construido la ciudad de barro de Chan Chan, cerca de la actual Trujillo, cuya organización estatal fue totalmente desarticulada por los Incas, y cuyos cuadros artesanales —particularmente los célebres orfebres chimúes— terminaron siendo trasladados compulsivamente a la ciudad del Cusco y a otros centros productivos administrados por los vencedores. En este contexto, no es de extrañar que la llegada de los conquistadores españoles a muchas regiones dominadas por los Incas haya sido vista como una liberación del yugo cuzqueño. Grandes grupos étnicos, como los huancas de la Sierra Central del Perú, y varios de la región de Huamanga (entre otros muchos), proveyeron a los conquistadores de ropa y alimentos, así como de invalorables auxiliares de transporte, guías y soldados, especialmente durante los primeros años difíciles de la Conquista, cuando no escasearon los contraataques y las celadas incaicas y los feroces cercos a la ciudades recién fundadas. La constatación de esta sorprendente alianza hispano-india contra los Incas, que despoja a los conquistadores de sus dimensiones sobrehumanas, permite, qué duda cabe, apreciar el proceso de la Conquista desde una perspectiva más razonable y realista .

¿Cuánto quedó de la civilización andina primigenia luego de la conquista y de la colonización española de los Andes? No se exagera en lo absoluto al afirmar que esta pregunta ha sido fuente de incontables polémicas, y que no ha recibido, hasta la fecha, una respuesta definitiva. Desde el inicio de las famosas disputas entre hispanistas e indigenistas, que alcanzaron particular virulencia en la década de 1930, la herencia indígena ha sido ya sea menospreciada o magnificada, no sólo de acuerdo a percepciones intelectuales, sino también siguiendo consideraciones políticas e incluso emocionales.

Procurando fundamentar nuestra aseveración en investigaciones ponderadas y reconocidas, puede sostenerse que no todos los elementos culturales andinos en estado puro tuvieron la misma capacidad para resistir el impacto de la Conquista. Es mucho más fácil desarticular una organización burocrática o un ejército que conseguir el abandono inmediato de una lengua o de una religión por parte de un pueblo vencido. En general, cuanto más estatal fue el carácter de los elementos de la cultura andina, tanto más fácil fue su desmontaje. Debido a su condición reciente —ya comentada— dentro del cuadro cronológico andino y, consecuentemente, merced a su relativa fragilidad y poco arraigo, las estructuras políticas y administrativas del Tawantinsuyu desaparecieron en pocos años. Más lenta fue la desestructuración de las antiquísimas tradiciones regionales sobre las cuales se había superpuesto el dominio cuzqueño, que mostraron un carácter bastante más permanente que el Incario. Este fue el caso de grupos étnicos como el Lupaca, del lago Titicaca, y Chupaychu, de la región de Huánuco, cuya organización era todavía observable décadas después de la llegada de los españoles . Finalmente, ya en un plano microrregional, los ayllus, o linajes ancestrales de parentesco (especie de células del organismo andino), fueron las unidades sociales que pudieron preservar mejor gran parte del acervo lingüístico, tecnológico, artístico y religioso del mundo precolombino peruano.

La notable permanencia de las tradiciones de los ayllus en los Andes se grafica elocuentemente en el caso de las llamadas extirpaciones de idolatrías, nombre bajo el cual fueron conocidas en la época colonial las campañas institucionalizadas realizadas por la Iglesia Católica para desarraigar los cultos nativos. Durante la realización de sus visitas, iniciadas durante los primeros años del siglo XVII en el ámbito del arzobispado de Lima, esta especie de inquisidores de indios que fueron los extirpadores comprobaron en el terreno lo que había sido hasta entonces un secreto a voces dentro del estamento europeo: casi un siglo después de la Conquista, bajo la puesta en práctica superficial de los ritos católicos, los naturales habían podido mantener el culto de sus antiguas divinidades. Las actas levantadas por los extirpadores consignan con detalle la sistemática destrucción de innumerables lugares sagrados, momias e ídolos que habían permanecido hasta ese momento fuera de la vista de los españoles, así como las duras penas impuestas a los sacerdotes de estos cultos considerados “gentílicos”, según la expresión de la época. Dichas actas, conservadas hasta la fecha en varios archivos, son un testimonio elocuente de la extraordinaria pervivencia de estas tradiciones religiosas seculares. El más famoso de estos temibles extirpadores, de nombre Francisco de Ávila, en su afán de identificar minuciosamente las tradiciones que buscaba erradicar, recogió de boca de sus mismos feligreses el ciclo mítico completo de la región de Huarochirí, localizada cerca de Lima. Al poner por escrito estos notables testimonios orales, Avila conservó para la posteridad uno de los más importantes textos quechuas de que se tenga noticia .

No obstante la presencia de estas originales formas de resistencia, infinidad de elementos de la cultura europea fueron incorporados, con el correr de los siglos, dentro de los más diversos planos del cuerpo social peruano. Los españoles se propusieron implantar en el nuevo territorio, casi desde los primeros días de su arribo al Perú, lo esencial de sus costumbres y tradiciones. Por su manera (incluso violenta) de hacerlo, es evidente que buscaron afirmar en todo momento la preeminencia de su visión del mundo y de sus valores frente al pueblo vencido. La imagen de las iglesias coloniales cuzqueñas, edificadas sobre los cimientos de los antiguos santuarios prehispánicos, grafica con bastante claridad una vocación de dominio expresada en términos plásticos y simbólicos. Este parece ser, dicho sea de paso, el mismo espíritu que animó a la construcción de los edificios españoles sobre la vieja Tenochtitlán, en México, así como la edificación de una iglesia cristiana sobre la mezquita andaluza de Córdoba, luego de la reconquista de esta famosa ciudad de la España musulmana.

Sin embargo, el resultado final de este proyecto de trasplantar las costumbres e instituciones europeas no fue el que esperaron los colonizadores. En términos globales, el largo proceso de la tensión secular entre la cultura europea y la autóctona terminó dando nacimiento a muchos elementos con una personalidad propia.

En una circunstancia que sólo es comparable con el caso de México, los españoles escogieron el área del Bajo y Alto Perú (los actuales territorios respectivos peruano y boliviano) como asiento de su principal centro político, económico y cultural en Sudamérica. La importancia de esta área colonial, que alcanzó su clímax en la época de la dinastía austríaca en España, tuvo relación directa con su condición de proveedora de plata para la Metrópoli, y con un dinamismo socioeconómico interno cuya importancia sólo ha comenzado a ser recientemente establecida por los investigadores . Tanto en términos demográficos, como en lo referido a su desarrollo arquitectónico, ciudades como Lima o Potosí eran, durante el siglo XVII, perfectamente comparables, o incluso superiores, a muchas urbes seiscientistas europeas.

Lo peculiar del caso peruano residió en que el espacio que ocupó este emporio colonial coincidió precisamente con el área sudamericana donde había tenido lugar, desde mucho antes de la Conquista, el desarrollo de altas culturas autóctonas. Este apogeo del orden colonial en el antiguo territorio de los Incas dejó, no cabe duda, una marca indeleble en la cultura peruana y proporcionó, por otro lado, una intensidad especial a este complejo contrapunto cultural entre los elementos indios e hispánicos.

Habría que mencionar, en primer lugar, aquellos casos de superposición cultural, vale decir, la utilización de elementos de la cultura dominante como una cobertura que oculta tradiciones más antiguas. Como ha podido ser observado líneas arriba en el caso de las extirpaciones de idolatrías, este fenómeno apareció de manera frecuente en el área andina como una consecuencia de la voluntad (por lo menos inicial) de las poblaciones autóctonas de engañar a los sacerdotes españoles haciéndoles creer que cumplían con los rituales católicos, preservando así, de manera encubierta, lo esencial de sus antiguos cultos. Es evidente que, con el paso del tiempo, esta situación terminó haciéndose estructural. De hecho, aún hoy, en la Sierra peruana, es posible advertir manifestaciones religiosas consideradas convencionalmente como católicas, pero cuya abundancia de elementos andinos hace sospechar su entroncamiento con tradiciones prehispánicas. Este es el caso, por ejemplo, de la peregrinación cuzqueña del Qoyllur Rit’i, realizada por el mes de junio en las faldas heladas del nevado Ausangate. Aunque aparentemente materializada sólo en torno a la imagen de un Cristo, el auténtico contenido de esta peregrinación se aclara notablemente con una consideración histórica: en la época prehispánica, las grandes montañas y los nevados eran considerados apus, vale decir, deidades tutelares y espacios sagrados donde tenían lugar cierto tipo de ritos, y es perfectamente posible que la peregrinación del Qoyllur Rit’i en las faldas del imponente Ausangate exprese este mismo espíritu .

La situación anterior de superposición de elementos, supone, como es lógico, la supervivencia y la relativa solidez de por lo menos una parte de la tradición cultural que busca ser defendida. ¿Qué ocurrió, sin embargo, especialmente durante el trauma de la conquista y de la colonización inicial, cuando ciertas referencias culturales del mundo prehispánico comenzaron a debilitarse o a desaparecer del bagaje mental de los pobladores andinos? Este vacío terminó siendo llenado con una asimilación total o parcial (y muchas veces imperfecta) de los patrones de la cultura dominante, proceso que los antropólogos conocen como aculturación. Probablemente el primer aculturado famoso de la Historia del Perú haya sido el indio Martín Lengua (cuyo nombre provenía de su muy estratégico oficio de traductor), quien llegó a alcanzar el alto rango de encomendero, e inclusive un escudo de armas, gracias a los servicios que prestó a los primeros conquistadores del Perú contra sus propios hermanos de raza. Fue su protector, Francisco Pizarro, quien le otorgó los indios de su encomienda y quien también arregló su matrimonio con una española de buen origen. Hasta el momento de su caída en desgracia, por haberse mantenido fiel a la familia Pizarro en la cruenta guerra civil que asoló el Perú entre 1544 y 1548, Martín Lengua vivió como un español más, tanto en el campo de batalla como en los negocios, totalmente integrado en la sociedad de los vencedores. Evidentemente, la imagen histórica de Martín Lengua, asociada a la aculturación, contrasta notablemente con la de aquellas otras figuras indígenas o mestizas recordadas por su rebeldía, como las de Manco Inca y de Juan Santos Atahualpa.

Además de la superposición cultural y del fenómeno de la aculturación, otra consecuencia fundamental de la penetración europea en los Andes fue la aparición de distintos niveles de fusión de las tradiciones india, española y africana, que podemos englobar bajo el término genérico de mestizaje. No nos referiremos aquí al mestizaje biológico, vale decir, a las mezclas raciales producidas en el Perú a partir de la Conquista. Nuestro punto de interés será el mestizaje cultural, o sea el ámbito de integración de dos o más culturas, en cuyo producto final, debido a la aparición de una personalidad propia, resulta a veces difícil identificar con nitidez los componentes iniciales que le dieron origen. Mestiza es, por ejemplo, la comida peruana, en la cual se mezclan productos traídos de fuera (como es el caso del olivo mediterráneo y del arroz asiático) con ingredientes típicamente andinos como el ají, el picante vegetal utilizado por los pueblos prehispánicos. Mestizo es también gran parte del folklore peruano, particularmente de la Costa, como es el caso de la marinera, esa hermosa especie de zamacueca de origen colonial. Mestizas son, en fin, aunque parezca extraño recalcarlo, gran parte de las manifestaciones religiosas peruanas asociadas a determinadas devociones populares. Es el caso, por ejemplo, del culto limeño al Señor de los Milagros, cuya procesión anual es considerada como la más grande del mundo católico. Esta veneración se inició en el siglo XVII, en pleno apogeo virreinal, cuando, luego de uno de los terremotos que sacudieron entonces a Lima, la pintura de un Cristo realizada por cierto esclavo negro sobrevivió milagrosamente a la devastación general de la ciudad, y comenzó a ser sacada en procesión. Con el correr de los años, el Señor de los Milagros pasó de ser una devoción que congregaba al comienzo únicamente al elemento africano, a incorporar, paulatinamente, a todos los sectores sociales de la capital del Perú. Hoy día, esta devoción ya no es sólo limeña, y ni siquiera sólo peruana, pues incluye, asimismo, a muchísimos peregrinos originarios de otros países andinos. Por otra parte (para añadir aún más interés a este caso particular de fusión cultural), una investigación llegó a sugerir hace algunos años que el verdadero trasfondo histórico de este culto se encuentra en la tradicional veneración costeña indígena a Pachacámac, deidad prehispánica asociada a los terremotos, y cuyo santuario se conserva aún hoy en los alrededores de Lima . En términos de fervor popular, de prestigio y de atracción masiva de multitudes, el Señor de los Milagros es el equivalente más aproximado al culto de la Virgen de Guadalupe en México.

Interesa tratar aquí, finalmente, un tipo muy particular de integración cultural consistente en la apropiación, por parte de los miembros de una cultura vencida, de las formas que introducen los vencedores en una situación de dominio. Al producirse la apropiación, los vencidos suelen dotar a estas formas de un contenido propio, total o parcialmente distinto del original, con lo cual termina elaborándose un producto nuevo. La cultura vencida se niega así a repetir el “discurso” impuesto pero, al utilizar nuevas formas, se distancia también parcialmente de sus propias concepciones . A ello podríamos añadir que, cuanto más rica es la tradición cultural de los vencidos, tanto más sustancial es la transformación que experimenta el elemento asimilado proveniente de la cultura vencedora. Este fue precisamente el caso peruano.

Probablemente el ejemplo de asimilación formal más interesante sea el de la pintura colonial, en cuyo desarrollo vemos que los primeros artistas que trabajaron en el Perú, en el siglo XVI, reprodujeron, casi intactos, los estilos y composiciones de corte europeo. Tiempo después, a partir de fines del siglo XVII, particularmente en la ciudad del Cusco, las Vírgenes y los Cristos se amestizaron, a imagen y semejanza de los artistas que los plasmaron en los lienzos. Las composiciones artísticas rebasaron también, en el caso de gran cantidad de pinturas, los moldes y alegorías contenidos en los viejos grabados flamencos .

No obstante, el más notable caso de asimilación se refiere a la polémica sobre el origen de la llamada comunidad andina y su sorprendente desenlace. Durante mucho tiempo, la comunidad andina fue considerada como uno de los pocos elementos del tejido social prehispánico que habían llegado hasta nuestros días en estado puro. Este concepto de comunidad, asociado repetidamente por los intelectuales indigenistas a una especie de socialismo andino, terminó siendo totalmente revisado, a partir de la década de 1960, a raíz de las investigaciones realizadas sobre esta materia por el célebre novelista y antropólogo José María Arguedas. Mediante rigurosos estudios comparativos efectuados tanto en el medio rural español como en el peruano, Arguedas llegó a identificar asombrosas coincidencias existentes entre las respectivas estructuras básicas de dos comunidades campesinas de Sayago (en Zamora) y las comunidades indígenas andinas. El origen peninsular de estas últimas queda claramente establecido al dar una ojeada histórica a la formación del sistema colonial en el Perú: a partir de los gobiernos de Lope García de Castro y del virrey Toledo, en el último tercio del siglo XVI, las antiguas y dispersas colonias productivas prehispánicas fueron agrupadas compulsivamente en las llamadas reducciones, o pueblos de indios, y organizadas a semejanza de las comunidades campesinas españolas, con el propósito de hacer más asequible la mano de obra a los administradores coloniales. Este proceso de concentraciones forzadas de los ayllus, o grupos de parentesco, que dieron precisamente origen a las comunidades de nuestros días, terminó desarticulando el patrón de ocupación espacial primigenio de los asentamientos andinos, cuya extraordinaria dispersión había obedecido, en tiempos prehispánicos, al objetivo de utilizar de manera racional el mayor número posible de pisos ecológicos de la accidentada geografía peruana. Conviene destacar que el inicio del descubrimiento sobre el origen hispánico de las comunidades peruanas se remonta curiosamente a las citadas investigaciones de Arguedas, uno de los hombres que más hizo por defender la dignidad y la personalidad del mundo andino, y quien difícilmente puede ser identificado con el pensamiento conservador de corte hispanista .

Independientemente de su origen, lo peruano aflora con perfiles definidos en los contextos más inesperados. Dado que el peruano promedio tiene una tendencia a mantener sus costumbres, esta tradición nacional se siente hoy, vigorosamente, en el seno de la inmensa comunidad nacional que reside en el exterior, en particular en los EE.UU. Su presencia es evidente también en la literatura, muy particularmente en casos como el de la poesía de César Vallejo que es, a la vez, universal, española y peruana . También ha sido perceptible en muchos momentos de crisis y de grandes definiciones, como ocurrió durante la ocupación chilena de Tacna (1880-1929), manifestada de manera tan heroica y sacrificada por la población del lugar en esa terca voluntad de mantener las tradiciones nacionales contra todos los deseos y proyectos del entonces invasor.

La conclusión de este artículo no debería dejar de responder (al menos parcial y tentativamente) a las principales preguntas planteadas al comienzo.

En primer lugar, puede sostenerse que el conjunto del acervo cultural y de las tradiciones acuñadas por las sucesivas generaciones de peruanos (considerando este término en un sentido amplio), desde mucho antes de la conquista española, podría dividirse en una herencia favorable para la construcción de una nación moderna, y en otra herencia que es claramente un obstáculo para el logro de este objetivo. Estos últimos rasgos negativos tienen muchas veces una relación directa con la supervivencia del abismo social heredado del pasado, que opone todavía hoy a un sector pobre y marginado con otro moderno e integrado al ámbito internacional. Estos rasgos perniciosos también tienen que ver con la ausencia de una tradición científica y con la supervivencia de conductas políticas arcaicas, de claras tendencias clientelistas y autoritarias, que anidan, todavía hoy, en la entraña misma de muchas instituciones consideradas formalmente como modernas.

En segundo lugar, debido a la heterogeneidad de su cuerpo social, puede concluirse que no existe todavía en el Perú una nación integrada a plenitud, en el sentido europeo y estándar que se da a esta expresión.

Sin embargo, como ha podido apreciarse en los ejemplos de este trabajo, y al margen de los rasgos negativos que hemos mencionado líneas arriba, no cabe duda de que la rica configuración histórica del Perú provee de elementos culturales autóctonos y venidos de fuera, a los que se añaden muchos que son producto de sus diversas combinaciones, con una personalidad propia, dentro de un conjunto nacional muy variado. No obstante, este conjunto de elementos culturales debería estar acompañado de un nivel razonable de homogeneidad social, institucional y política, indispensable para la consolidación de un estado-nación. Estos elementos culturales peruanos podrían verse, así, como una materia prima para culminar la construcción de una colectividad moderna y bien articulada con el entorno mundial, sin que este proceso implique, por fuerza, la pérdida de lo mejor de su identidad.

REFERENCIA: El artículo completo, con notas y bibliografía , ha sido publicado por el autor como parte del libro Trabajos sobre la Guerra del Pacífico y otros estudios de Historia e Historiografía peruanas. Lima: Instituto Riva-Agüero / Fundación M.J. Bustamante de la Fuente / Asociación de Funcionarios del Servicio Diplomático del Perú, 2010. pp. 383-403.

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