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Final: El Nacionalismo Campesino a fines de la Guerra con Chile: Una revisión historiográfica de la ejecución del guerrillero Tomás Laymes

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NOTAS

(1) Cabe hacer una precisión de términos. “Guerrilleros” o “guerrillas” son palabras utilizadas para referirse a los campesinos movilizados que tenían sólo una organización militar básica y armamento rústico (muy pocas veces armas de fuego) y que actuaban como fuerza de apoyo de las tropas regulares. El término “montonero”, en cambio, tenía dos significados distintos, uno en sentido positivo y otro negativo. En el caso concreto de la Campaña de la Breña, y omitiendo las referencias al término que existen desde los tiempos de la Independencia, “montonero” podía usarse como sinónimo exacto de “guerrillero”. Por ejemplo, en una carta personal fechada en Izcuchaca el 26 de junio de 1882, un peruano no identificado perteneciente a las fuerzas de Cáceres, conmovido con el dinamismo de los guerrilleros, decía: “En el ejército no hay novedad; mucho entusiasmo con la presencia de los montoneros…” (La Bolsa. Arequipa, lunes, 31 de julio de 1882, p.2.). No obstante, se empleó mucho más en un sentido negativo para referirse al integrante de una partida de salteadores, por lo general montados a caballo. Para los funcionarios y periodistas chilenos que vivían en la Lima ocupada de mediados de 1882, “montonero” era sinónimo de “malhechor” (Diario Oficial. Lima, lunes 31 de julio de 1882, p. 2.). Abusando del lenguaje, pero expresando bien la imagen propagandística violenta que deseaban transmitir, los chilenos llamaron a Cáceres, más de una vez, “montonero”.

(2) La nota apareció en el volumen III Nro.1 de la revista Histórica de la PUCP, de julio de 1979, mientras el artículo fue publicado en el Nro. 2 de diciembre de dicho año en la misma publicación periódica.

(3) De otro lado, desde las catástrofes de San Juan y Miraflores (enero de 1881), los restos del estado peruano comenzaron a trasladarse al interior y a operar desde allí, rompiéndose así un esquema, asentado en el pasado republicano, que organizaba la gestión pública global desde la costa. Finalmente, surgía un contraste notable entre el escaso dinamismo que habían mostrado los campesinos serranos movilizados para la defensa de Lima (la “raza abyecta y degradada” de la que había hablado el tradicionista Ricardo Palma en marzo de 1881) (Palma 1964: 13), y las evidencias de una movilización sacrificada que Cáceres estimulaba en los campesinos, cuyas potencialidades y energías comenzaban a ser canalizadas de una manera asombrosa, en gran parte del territorio, para los fines estatales de la defensa nacional. Sin duda, era algo que iba mucho más allá de los pequeños —y por momentos mezquinos— intereses regionales que habían predominado en el interior antes de la guerra. La resistencia de Cáceres, que se apoyaba fundamentalmente en el mundo campesino, significó también, sobre todo durante la primera mitad de 1882, la sincronización de esfuerzos que unificaron en forma temporal a distintos sectores sociales del país, desde los mencionados campesinos y los soldados profesionales, hasta buena parte de los terratenientes, los pequeños y medianos comerciantes y propietarios mestizos, y los curas de pueblo. Esta evidencia explica el tono de desconcierto, y hasta de rabia reprimida, que mostraba el diario chileno La Situación, que se editaba en la Lima ocupada hacia mayo de 1882, que llamaba a Cáceres “el más rebelde y testarudo de los montoneros de casaca y espada” en el contexto del “levantamiento de las indiadas en los pueblos vecinos a los que ocupan nuestras guarniciones del interior” (La Situación. Lima, mayo de 1882. La referencia sobre Cáceres se encuentra en la edición del 25 de mayo, p. 2 y la de las “indiadas” en la del 9 de ese mes, p.2.)

(4) El Comercio. Lima, sábado 19 de julio de 1884, p. 3. Este reportaje anónimo, titulado “Huancayo. Fusilamientos” (que originalmente iba dirigido al diario limeño La Opinión Nacional) es, sin lugar a dudas, la fuente primaria más importante para reconstruir la identidad de Laymes, sus últimos días y los detalles de su juicio y ejecución. Aparece fechado en Concepción, el 6 de julio de 1884, cuatro días después del fusilamiento. Como se verá, algunos incluso han tomado datos de esta fuente sin citarla.

(5) Oficio del general Andrés A. Cáceres a Tomás Bastidas, comandante militar de la zona occidental de Huancayo (Ayacucho, 28 de febrero de 1884) (Comisión Permanente… 1984: 318).

(6) Oficio del general Andrés A. Cáceres a Tomás Bastidas, comandante de la guerrilla de Chupaca (Huancayo, 26 de junio de 1884) (circular) (Comisión Permanente… 1984: 321).

(7) Que sepamos, ante la ausencia de comentarios relativos a este episodio en las Memorias de Cáceres (1973)[1924], éste es el único documento suscrito por el caudillo ayacuchano en que aparece una opinión sobre Laymes. Fue citado por Henri Favre, aunque sin precisión de la fuente, en un coloquio que tuvo lugar en Grenoble en 1973 (Favre 1975: 65).

(8) El Comercio. Lima, miércoles 18 de junio de 1884, p. 2. El despacho de Ferrandis a El Comercio está fechado el 10 de junio de 1884 desde Huancayo. La identificación de Laymes como el “sanguinario caudillo” aparece en la ya citada edición de El Comercio del 19 de julio (p.3).

(9) Véase, por ejemplo, el editorial de El Comercio del lunes 5 de noviembre de 1883, p. 2. Todavía en enero de 1884, los diarios de Lima seguían hablando de estas conmociones sociales que ocurrieron, al parecer, en distintas partes del Perú. Por ejemplo, La Prensa Libre, efímero diario cacerista del tiempo de Iglesias, de opiniones usualmente liberales, indicaba en su edición del viernes 4 de enero de 1884 (p. 2) que “el interior permanece todavía mal, porque no bien dejaron las fuerzas chilenas y peruanas Huancayo y Jauja, cuando el elemento aborigen oprimido y maltratado por muchos años, se levantó, declarando indistintamente guerra a todos los blancos que residen en esos populosos lugares. Se han destruido las haciendas, sacrificado vidas, robado los ganados, incendiado las casas, y cometido los mil y un excesos que se perpetran en una guerra de razas”. El comentarista de La Prensa Libre añadía que “cerca de una de las ciudades del norte” los indios habían colocado más de cincuenta astas cada una de ellas con “la cabeza de algún hombre o mujer blancos, asesinados por hombres salvajes”. El diario añadía que “en los lugares en que las mujeres no eran asesinadas, quedaban sujetas a terribles ultrajes, y se les obligaba a usar el vestido de sus raptores que en el interior del Perú se mira casi como un traje de servidumbre”. Este es un testimonio extraordinario porque coincide perfectamente con una práctica vengativa que fue bastante frecuente durante los levantamientos andinos del tiempo virreinal (Scarlett O`Phelan, comunicación personal). El periodista concluía diciendo que “las pasiones están excitadas de tal modo, que sólo se calmarán en el lapso de algunos años”.

(10) Véase El Comercio ya citado del 18 de junio de 1884.

(11) Ibid.

(12) El Comercio. Lima, sábado 19 de julio de 1884, p. 3.

(13) Ibid

(14) El Comercio. Lima, sábado 19 de julio de 1884, p. 3

(15) Ibid. Este reportaje llama a nuestro personaje como “Laynes”. Nosotros hemos preferido utilizar en este trabajo la forma “Laymes” que aparece en los facsimilares de la documentación oficial suscrita por Cáceres (Comisión Permanente 1984: 321). De otro lado, vale la pena comentar que la descripción física de Laymes fue copiada casi al pie de la letra, sin ninguna precisión de su fuente, por el historiador regional Ricardo Tello Devoto en su Historia abreviada de Huancayo (1944: 43).

(16) La Situación, 10 de mayo de 1882, p. 2.

(17) La importancia de los arrieros en estos movimientos sociales debe ser sin duda enfatizada más ¿Existía, por ejemplo, un gremio de arrieros? (Scarlett O´Phelan, comunicación personal).

(18) “La impunidad de la agresión de Comas trajo como un cuadro mágico el levantamiento de todos los pueblos de la banda occidental del valle. Premunidos de la enorme creciente del río de Jauja (más adelante llamado Mantaro) cortaron los puentes y se resistieron a seguir trayendo el tributo de víveres para las provisiones a que estaban obligadas las Municipalidades. Mientras los favorecieron el caudal del agua del río, se organizaron, mandaron sus expresos a Ayacucho donde el General Cáceres, a quien ofrecían ayudarlos a millares y formaron batallones numerosos de guerrillas armados de rejones, algunas escopetas y uno que otro rifle. Tomaron la denominación de Los pueblos aliados. Desde entonces han quedado en pie los famosos guerrilleros, que nos aborrecían de muerte a los que formábamos tropas en la verdadera época de la resistencia o sea antes de [la batalla de] Miraflores. Sintieron el calor del patriotismo, solo cuando la invasión les tocó sus reducidos patrimonios; la vaca, la ovejita, la gallina, la sementera y sobre todo los accesos brutales contra sus mujeres. Que los fuegos y rayos de la guerra esparcen la semilla de la civilización, lo confirman las expediciones chilenas, sin cuya presencia en las soledades de los Andes, los indios habrían seguido indolentes, fríos y estólidos la ruina de la Patria, con tal que el invasor siguiera torturando solo a los blancos. El pueblo que se puso a la cabeza del levantamiento fue Chupaca. La gente muy bizarra, poseen el castellano, expertos porque viajan continuamente a la Costa, son los arrieros de todo el comercio del valle, que trafican por Lima, Cañete y Chincha […] Y en las primeras bajas del río se lanzaron los carabineros en los magníficos caballos chilenos y una vez que ganaron la orilla opuesta sus ingenieros improvisaron un puente de cables de alambre. A las 24 horas de la conclusión del puente, la artillería chilena comenzó el bombardeo desde la altura de la Mejorada, sus blancos preferidos fueron las iglesias de los pueblos de Pillo y las otras del bajío, sobre todo Chupaca, a cuya entrada se presentó la caballería sable en mano. El combate fue horroroso; los invasores tuvieron que emplear unos la carabina y otros el sable; un indio empuñaba el caballo, otro lanzaba al jinete; los pocos rifles resistían a toda la infantería enemiga. los chilenos tomaron Chupaca a sangre y fuego. La matanza a los fugitivos fue cruel y los cadáveres los dejaron insepultos, por decenas y centenas, ocultando sus pérdidas los agresores. La población fue entregada al pillaje […] Las dos playas de Chupaca, fueron colmadas de cajones de huevos. En seguida, comenzó el incendio de esa población importante, que duró varios días, a la vez que [de] los caseríos anexos. En una quinta de esa comarca, fue víctima el D.D. Teodoro Peñalosa de una muerte alevosa y horrible […] Idéntica suerte corrió el pueblo de Huaripampa donde murió el cura D. D. Pablo Mendoza, batiéndose como un león…” (Duarte 1983 [1884]: 34-36).

(19) Esta considerable unión de los pobladores de la Sierra Central de todos los grupos sociales, estimulada por la actividad de Cáceres, comenzó a romperse desde la segunda mitad de 1882, sobre todo en el seno del sector terrateniente, a medida que iba ganando adeptos el partido de la paz, encabezado por Miguel Iglesias, desde el Grito de Montán del 31 de agosto de 1882. Aun antes de saber de este gesto del líder cajamarquino, Cáceres había confesado al presidente Lizardo Montero, en una carta personal que le dirigió a Arequipa desde Huancayo, el 20 de septiembre de 1882, que abrigaba “el convencimiento, que también lo tienes tú, de que el sentimiento de la paz domina toda la República…” Biblioteca Nacional del Perú (Sala de Investigaciones). Correspondencia original entre el general Cáceres y el presidente Lizardo Montero, sin número de catalogación.

(20) El Comercio. Lima, sábado 19 de julio de 1884, p. 3. Si se compara el oficio de Cáceres del 26 de junio de 1884 (de un día después del aprisionamiento de Laymes), transcrito líneas arriba, con el reportaje de El Comercio publicado el 19 de julio, en este último aparecen, además de Vilches y de Santisteban, otros dos procesados. El primero es “Briceño”, el ayudante “de más confianza” de Laymes, sindicado aparentemente por el propio líder guerrillero como “asesino de los señores Weelock y Giraldes”. El segundo fue “Zamalloa”, quien aparece mencionado como “secretario” de Laymes. Zamalloa parece haberse librado de la pena de fusilamiento, por lo menos en el marco de la ejecución del 2 de julio de 1884.

(21) Ibid.

(22) Cabe destacar que el punto de vista que Mallon presenta en su trabajo de 1995 es más moderado que el de sus trabajos precedentes, aunque sin dejar de tener un tono muy crítico (y, a nuestro entender injusto) contra Cáceres.

(23) Se trata de la parte central del decreto del Presidente Provisorio Andrés A. Cáceres relativo a la causa criminal seguida por Manuel Fernando Valladares sobre restitución de ganados (18 de julio de 1884).

(24) El Comercio. Lima, lunes 21 de julio de 1884, p. 2.

(25) “In the two years between the Chilean departure and his ascent to the presidency, Cáceres showed himself to be an extremely clever politician in his dealings with the central highland montoneras. In June 1884 he accepted the Ancón Treaty, marking the end of the national resistance and the beginning of the civil war. The following months, as he began his confrontation with Miguel Iglesias, he also began repressing the independent montoneras in Comas and the puna communities of the western bank. At the same time, he gave greater importance to the alliance of merchants, small landowners, and peasants represented by the montoneras near Jauja and in the lowland communities along the Mantaro. This well-planned change in the balance of forces among de region´s guerrilla forces would serve him well in 1885 when the montoneros along the river western side, suitably reorganized under the Chupaca notable Bartolomé Guerra, formed the first line of resistance against Iglesias´s ´Pacifying Army´”

(26) “Gone were the wartime qualifications of bravery and resisting the invaders. With a few strokes of the pen, Cacerista policymakers managed as of 1890 to transform Junin´s citizen-soldiers into barbarian «others». Official amnesia proved a wondrously effective political weapon”

(27) “Convencido de que el único medio de cortar los vicios sociales inveterados y que vienen desde la época del coloniage [sic], es atacar el mal de frente, cortándolo en su origen, esto es, fomentando la instrucción, que es la única independencia del indio, como será la base de la futura grandeza del Perú” El Perú Ilustrado. Nro. 156, Lima, sábado 3 de mayo de 1890.

(28) El pasaje más extraño de la cita de Larson es el que se refiere a la conspiración de oficiales a la que Cáceres se habría unido en mayo de 1886 para “desacreditar a las guerrillas y borrarlas del recuerdo oficial de los héroes de la guerra”. No hemos podido ubicar la fuente de esta insólita afirmación. Lo que sí hemos podido averiguar es que, precisamente por esos días de 1886, Cáceres se entrevistó en quechua, en los términos más cordiales, con el varayoq Atusparia, quien había viajado a Lima para reafirmar su cacerismo y a solicitarle un alivio “de la contribución que se les exigía”, en un tiempo posterior a la gran conmoción social del Callejón de Huaylas de 1885 (Stein 1987: 112-116). El texto Rasgos militares del ilustre y benemérito General Andrés Avelino Cáceres, Presidente de la República. Homenaje a sus relevantes méritos en el día de su cumpleaños, noviembre de 1886 (que parece haberse generado en un contexto castrense), donde los grandes protagonistas de la campaña son los guerrilleros, también refuta frontalmente las aseveraciones de Larson. Volviendo al tema inicial, el comentario de Larson simplemente no tiene sustento, sobre todo cuando se refiere a un personaje como Cáceres que conservó durante toda su vida, precisamente al revés de lo que se afirma, una enorme admiración por los guerrilleros. De hecho, no hemos encontrado ni un solo oficio o carta personal firmada por él donde transmita siquiera la más pálida actitud de doblez o de desprecio por los guerrilleros y por los indios en general. Usando como marco comparativo la historia de los EEUU, la acusación de Larson contra Cáceres sería tan absurda como sostener, por ejemplo, que Lincoln detestaba secretamente el objetivo de la abolición de la esclavitud durante la Guerra Civil de los EEUU.

(29) Citada en Bonilla 1990: 213.

(30) Dra. Scarlett O´Phelan (comunicación personal).

(31) “From Huancayo to Huancavelica to Huanta, from Ayacucho to Acobamba to Chongos Alto, the montoneros constantly harassed the iglesistas. Between Novembrer an December of 1884, Mas was forced to send special expeditions to Acobamba and Huanta to deal with rebellion. In Huancavelica fifteen hundred Indian guerrillas yelled «Viva Cáceres» as they plunged into battle, burning and sacking de houses of Iglesistas”.

(32) El Comercio. Lima, miércoles 14 de enero de 1885, p. 2.

(33) Del informe de Andrés Avelino Aramburu a Manuel Tovar (Jauja, 8 de julio de 1884). El Comercio. Lima, 15 de julio de 1885, p. 1.

(34) Ibid.

(35) El Comercio. Lima, jueves 5 de noviembre de 1885, p. 2.

APÉNDICE DOCUMENTAL

1) Nota del general Andrés A. Cáceres al Honorable Cabildo de Ayacucho (Ayacucho, 29 de noviembre de 1883)

“Ayacucho, Noviembre 29 de 1883

Honorable Cabildo:

Esta Jefatura Superior ha tenido la patriótica satisfacción de recibir el oficio colectivo de ese Honorable Cabildo de fecha 20 de los corrientes.

Cuando todo el país es desmoralización i desconcierto; cuando la ruina de nuestras instituciones no reconoce otra causa que la falta absoluta del sentido moral; cuando los grandes móviles sociales han desaparecido ante el empuje de los innobles propósitos i de los mezquinos i personales intereses, es ciertamente consolador i de fecunda enseñanza el glorioso contraste que ofrecen el pueblo de Acostambo i los demás del Centro de la República levantándose con toda la altivez de la dignidad nacional herida pero no humillada, con toda la desesperación del patriotismo que no se detiene ni ante el sacrificio, resueltos a morir combatiendo contra los enemigos de fuera i de dentro del Perú.

La resistencia que hasta el último instante hacen los pueblos por salvar la integridad i el honor nacional merecerá un lugar en las pájinas brillantes de la historia del Perú, así como ha merecido ya el aplauso i la admiración sincera del mundo, cuyo alto criterio no juzga de las causas humanas por el éxito que tienen sino por la justicia que defienden.

En el trájico poema de nuestra guerra de cuatro años, los que mantenemos nuestra
mente i nuestro corazón, tenemos forzosamente que desprender esta verdad que implica el remedio de nuestra rejeneración en el porvenir.

Dos clases de elementos ha contado el Perú en la lucha sangrienta a que Chile lo provocara. El elemento de los capitalistas i el de los audaces: compuesto el primero de comerciantes enriquecidos con la fortuna pública, i el segundo de empleados civiles i militares sin talento i sin carácter encumbrados por su propia miseria a la sombra de revoluciones injustificables que han desmoralizado la República.

Con bases tan efímeras, con medios de acción tan nulos, el resultado de la contienda tenía que ser fatalmente el que ha sido: una serie de derrotas ignominiosas i de estériles sacrificios individuales que sirven como de puntos luminosos en la oscura noche de nuestros infortunios sin ejemplo.

Mas cuando el vigor del patriotismo parecía haberse extinguido por completo; cuando el hundimiento del Perú amenazaba revestir los oprobiosos caracteres de la cobardía, entonces las grandes virtudes cívicas que no existían en las clases directoras de la sociedad reaparecen con más prestijio i esplendor que nunca en el corazón generoso de los pueblos, de esos mismos pueblos a quienes se titulaba masas inconscientes i a los que menospreciaban siempre, haciendo gravitar sobre ellos en la época de la paz los horrores del pauperismo i la ignorancia, i en el de la guerra los sacrificios i la sangre.

Por mi parte, jamás olvidaré esta lección que puede calificarse de providencial, i desde cualquier punto en que me arroje el destino, tendré una palabra de aplauso i un sentimiento de admiración para los pueblos del Centro i especialmente para el distrito de Acostambo que tantas pruebas de grandeza i valor ha dado en estos últimos años.

Reciba el Honorable Cabildo la expresión de mis respetos i del profundo dolor que esperimento por las nuevas víctimas de la guerra en esa comunidad, i tenga en todo caso presente que el sacrificio de hoy ha de ser la gloria de mañana.

ANDRÉS A. CÁCERES.

Al Honorable Cabildo de Ayacucho”

FUENTE: Pascual AHUMADA MORENO, Guerra del Pacífico…(tomo VIII), p. 329.

2) Nota del general Andrés A. Cáceres al señor alcalde del Honorable Concejo Provincial de Tayacaja (Ayacucho, 3 de diciembre de 1883)

“Ayacucho, Diciembre 3 de 1883

Señor Alcalde:

Esta Jefatura ha recibido la solicitud de los vecinos de Tayacaja, elevada por el mismo órgano de VS.
Sensible es ciertamente la actitud hostil de los indios contra la raza blanca. Ella reclama justicia i la obtendrá completa, pues la moral social i política, así como los intereses permanentes del país imponen a los gobernadores el deber de sujetar con mano vigorosa ese torrente que amenaza volcar las instituciones i desquiciar la sociedad bajo el imperio de la barbarie.

No entra en el propósito de este despacho analizar las causas eficientes de tremenda conmoción de los indígenas, pero sin pretender justificarla no es posible desconocer que ha dado marjen a ella, en mucha parte, el carácter dócil i acomodaticio de las clases superiores por su fortuna i posición, carácter que les ha permitido transigir constantemente con los enemigos del país i con los traidores hasta prestarse a firmar actas contra la causa de la defensa nacional.

Aunque esta conducta tiene honrosísimas excepciones, que en todo tiempo merecen un aplauso, hai que convenir en que la raza indígena no es tan culpable como se la pinta, careciendo como se carece del ilustrado criterio que es necesario para establecer distinciones; habiendo sido antes de la guerra, como es notorio, por parte de los mestizos i los blancos, objeto de especulaciones clamorosas i despotismo sin nombre.

La historia de todas las naciones nos presenta a cada paso ejemplos de sucesos que revisten un carácter análogo a los que denuncian los vecinos de Tayacaja.

Cuando la desmoralización política parte de las clases elevadas i los sentimientos del honor i el patriotismo han llegado a ser meras palabras i que sólo sirven para trastornar el sentido moral y explotar la buena fe de las multitudes, éstas concluyen siempre con estallar con grande estrago, arrastrándolo todo en su empuje ciego i fatal, lo malo i lo bueno, lo que merece destruirse i lo que debe conservarse, efecto inevitable i desgraciado de la cólera de un pueblo que sacrificado en masa hiere en masa también.

Con todo, i resuelto a poner un dique a este desborde peligroso, he dictado ya las más eficaces medidas para evitar en lo sucesivo la repetición de hechos tan lamentables i que vienen, por decirlo así, a recargar de sombras el ya bastante siniestro cuadro de nuestras miserias i desastres.

Anúncielo así al Honorable Consejo de esa digna provincia i a su laborioso vecindario.

Dios guarde a VS.

ANDRÉS A. CÁCERES

Al señor Alcalde del Honorable Concejo Provincial de Tayacaja”

FUENTE: Pascual AHUMADA MORENO, Guerra del Pacífico…(tomo VIII), p. 329 y s.

BIBLIOGRAFÍA

AHUMADA MORENO, Pascual. Guerra del Pacífico. Recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de importancia (tomo VIII). Valparaíso: Imprenta de la Librería del Mercurio de Recaredo S. Tornero. 1891.

ANÓNIMO. Rasgos militares del ilustre y benemérito General Andrés Avelino Cáceres, Presidente de la República. Homenaje a sus relevantes méritos en el día de su cumpleaños, noviembre de 1886. Lima: Imp. de Torres Aguirre, Mercaderes 150, 1886.

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 * Publicado en En: Histórica (Pontificia Universidad Católica del Perú), Vol. XXVIII, Num. 1., 2004, pp. 131-175.

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Continuación: El Nacionalismo Campesino a fines de la Guerra con Chile: Una revisión historiográfica de la ejecución del guerrillero Tomás Laymes

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4. Hacia una reinterpretación

Hay muchos comentarios que hacer a la cita anterior de Larson. De diversas maneras, esta cita condensa el pensamiento de toda una generación de historiadores que considera el fusilamiento de Laymes como una especie de línea divisoria en la actividad del general Cáceres y de sus partidarios frente a los campesinos y en el desarrollo de la política nacional en general. No cabe duda de que fue un acontecimiento de resonancia que se comentó en la prensa de Lima. Los historiadores regionales de la zona de Huancayo, como Tello Devotto, ya habían considerado desde muchos años antes la ejecución de Laymes como el “último episodio de la campaña de La Breña” (1944: 44). En un sentido que hoy se percibe bastante controvertido, las investigaciones de los setentas y ochentas hablaban del inicio de una situación novedosa, en el ámbito del poder nacional, a partir de la ejecución, expresada en el supuesto giro negativo que habría dado Cáceres frente a los guerrilleros campesinos con el propósito de adaptarse a la nueva coyuntura de lucha por la presidencia, que emergía una vez finalizada la guerra. Esta tesis fue adelantada, probablemente en forma primigenia, por el historiador Henri Favre (1975: 64 y s.). La repitió Heraclio Bonilla en su conocido artículo de diciembre de 1979 (Bonilla 1979: 29 y s.). Pero, como hemos referido, quien la desarrolló con mucho mayor detalle fue Nelson Manrique en su ya citado libro de 1981 sobre Las guerrillas indígenas en la Guerra con Chile. Publicados más recientemente, los trabajos de Patrick Husson (1992) y Florencia Mallon (1995) [22] dan muchas pistas que pueden ayudarnos a hacer una crítica, lo más rigurosa posible, a la cita de Larson anteriormente copiada, así como a las visiones de Favre, Bonilla y Manrique que, directa o indirectamente, están detrás de ella. También sería muy útil hacer algunas precisiones en el ámbito de la historia política.

Lo primero que habría que decir es que Cáceres nunca llegó a forjar “alianzas tácticas” (como dice Larson) con Iglesias. Sólo existieron conversaciones promovidas inicialmente por Diego Armstrong, secretario del jefe de las fuerzas de ocupación Patricio Lynch, que no expresaban sino el interés del gobierno chileno en lograr un acercamiento entre los dos líderes peruanos para evitar cualquier riesgo de cuestionamiento ulterior del Tratado de Ancón una vez producida la desocupación del Perú (Basadre 1983 t. VII: 9; Bulnes 1955 [1911-1919]: 321). De hecho, al revés de lo que dice Larson, la guerra civil no había concluido, sino que comenzaba un largo y violento proceso de lucha entre peruanos que terminaría recién con la toma de Lima por Cáceres en diciembre de 1885. También hay que señalar que Cáceres no “apostó por lo oligarcas costeños”, sino que mantuvo fuertes vínculos con destacadas personalidades del medio limeño, muchas de ellas civilistas, como Manuel Candamo y Carlos Elías, que llegaron a formar un Comité Patriótico que lo apoyaba logísticamente, según reconocen las mismas fuentes chilenas (Bulnes 1955 [1911-1919]: 139 y s.; 232). Estas personalidades se unieron a Cáceres en su etapa de candidato presidencial a fines de 1885 y a comienzos del año siguiente no sólo por los antecedentes de cooperación en las horas difíciles del conflicto, sino por su común animadversión frente a los rasgos represivos que había mostrado el gobierno de Iglesias, considerado achilenado por muchos peruanos que vivieron durante esa época, como fue el caso de Manuel González Prada (1978 [1914]: 84). Con relación a la “apuesta” por los hacendados serranos hay varias cosas que comentar. En primer lugar, Cáceres era un terrateniente ayacuchano que desde antes de la guerra tenía vínculos de parentesco y de amistad con los integrantes de este grupo social en muchas partes de la Sierra Central. Durante el conflicto, sus relaciones pasaron de la cooperación (sobre todo durante la primera mitad de 1882) a una feroz enemistad con muchos de ellos, a quienes llegó a acusar de traidores por ser partidarios de Iglesias y colaboracionistas. Este fue el caso del ya citado Luis Milón Duarte, a quien Cáceres atacó duramente en un oficio circular de abril de 1883 (Ahumada Moreno 1891: 172 y s.). Como han precisado Florencia Mallon y Nelson Manrique, hay por lo menos una evidencia documental de julio de 1884 —el mes de la ejecución de Laymes— de que Cáceres buscaba una reaproximación con los terratenientes, favoreciéndolos en la recuperación de bienes que habían pasado a ciertas comunidades en el desorden de la guerra (Mallon 1995: 205, 414; Manrique 1981: 364 y s.) [23]. También es revelador que, en su edición del 21 de julio de 1884, el diario El Comercio de Lima haya recogido una noticia del interior que decía que las haciendas de Leyve [¿Laive?], Canipaco y otras “que los montoneros habían ocupado, despojando a sus dueños” habían sido “entregadas a éstos de orden del general Cáceres” (24). Además de considerar a la propiedad como principio sagrado (lo que fluye claramente, por ejemplo, de su oficio contra Laymes del 26 de junio de 1884), es evidente que, concluida la guerra, como se dijo anteriormente, Cáceres buscaba una reestructuración de sus cuadros de apoyo con el doble propósito de asentar el orden (que él conocía) del tiempo anterior a la guerra, así como de conseguir un paralelo fortalecimiento militar y social para un escenario de confrontación con Miguel Iglesias. Esta reorganización no sólo incluyó aproximaciones a los terratenientes, sino también el gesto terriblemente duro de la ejecución de Laymes. Su lectura es, para nosotros, bastante clara: los guerrilleros brutales servían en un escenario de guerra total (como el que llevaron a cabo los chilenos en más de una ocasión), pero no para los fines de una guerra interna y mucho menos para la recuperación del equilibrio social. En este contexto (aunque seguramente no suscribiría los anteriores comentarios), Florencia Mallon ha expresado en forma muy lúcida que, entre agosto de 1884 y junio de 1886, Cáceres se reveló como un político muy inteligente para tratar a las belicosas montoneras de zonas altas. Su actividad consistió en reprimir a las montoneras independientes, y cultivar su alianza con los comerciantes, pequeños terratenientes y campesinos que formaban las guerrillas situadas cerca de Jauja y en las comunidades ribereñas del Mantaro. Se trató, en síntesis, de una modificación sustancial en el balance de fuerzas en el seno de las guerrillas de la región que le fue extremadamente útil a Cáceres, en 1885, durante la guerra civil contra Miguel Iglesias (Mallon 1995: 200 y s.) [25]. Esta autora aclara que está hablando de una política adecuada “desde el punto de vista de la unificación nacional” y no desde la visión e intereses que manejaban las “montoneras independientes” (entre las que incluye la de Laymes). Nosotros nos preguntamos: ¿podía pensar Cáceres en esas circunstancias terribles, luego de la guerra, en algo distinto de la unificación nacional? De otro lado, un aspecto crucial del comentario de Mallon es el que se refiere a la preferencia que tuvo Cáceres por los comerciantes, pequeños propietarios y comunidades de las riberas del Mantaro que actuaban como sus aliados en la nueva situación que se desarrollaba, dejando de lado a los comuneros díscolos de las alturas (como Laymes) y también en relativo segundo plano (y no como señala Larson) al grupo de los grandes terratenientes, debido a su reciente colaboracionismo.

Es injusto el comentario que Mallon hace sobre el olvido del heroísmo de los guerrilleros por parte del stablishment cacerista de la postguerra (Mallon 1995: 218) [26]. Esta apreciación no es en absoluto compatible con las palabras que Cáceres expresó el 28 de julio de 1888, siendo presidente constitucional, en la inauguración del Congreso Ordinario de ese año, donde comentó que de la instrucción primaria dependía “el levantamiento de la raza indígena, que tantas pruebas de valor y abnegación dio en la defensa de la honra nacional” (Cáceres 1888). Tampoco se compagina con el sentido de una carta que Cáceres dirigió a Clorinda Matto de Turner en febrero de 1890, a propósito de la publicación de la novela indigenista Aves sin Nido (27). Estas referencias refutan también la última parte de los comentarios contenidos en la cita de Larson (28).

Es claro que el complejo tema del nacionalismo campesino, superficial o auténtico, es el elemento que aparece asociado claramente a la movilización campesina promovida por Cáceres. En sus declaraciones, Laymes aparece hablando con un lenguaje prestado e inauténtico, que busca encubrir sus crímenes y su resistencia a ser encuadrado dentro de las estructuras jerárquicas que tenían en su cumbre a Cáceres y a los otros jefes del Ejército del Centro. En otros casos, el nacionalismo es claramente consistente o, por el contrario, deja paso a actitudes más asociadas a los odios de castas. ¿Dependía esta variabilidad de las diferentes circunstancias socioeconómicas de donde provenían los guerrilleros, así como de las características específicas que tuvieron la invasión chilena y la campaña de Cáceres en sus respectivos territorios? ¿La historiografía moderna, y también las fuentes de la época, proporcionan pistas para aclarar esta situación?

5. La influencia de las diferentes estructuras regionales en el vínculo de los guerrilleros con Andrés A. Cáceres.

En un pasaje de su libro De la guerra a la rebelión (Huanta, siglo XIX), Patrick Husson ha afirmado, con relación a la participación del sector indígena en la Guerra con Chile, que resulta “imposible generalizar tal o cual comportamiento a toda la sociedad india campesina cuando ésta presentaba ya, por un lado, una heterogeneidad cierta y que, por otro lado, se encontraba a menudo en situaciones concretas muy diferentes” (Husson 1992: 192).

Además del libro de Husson, que comentaremos más adelante, y en el caso específico del valle del Mantaro, creemos que es en el trabajo de Florencia Mallon publicado en 1995 donde mejor se aprecia el peso que tuvieron las situaciones locales concretas en las actitudes de los campesinos durante el conflicto. Lo primero que hay que decir es que, en términos muy generales, la totalidad de la Sierra Central tuvo desde la época colonial peculiaridades muy marcadas con relación a los espacios sur y norte del Perú. Por lo menos desde mediados del siglo XVIII fue una zona no sólo agrícola y ganadera, sino también comercial y con un importante componente mestizo. También fue un área donde los curas de pueblo tuvieron mucha capacidad de movilización política sobre las comunidades (O´Phelan 1988: 144-147). De otro lado, era un ámbito de comunidades fuertes y bien definidas. “En consecuencia, la movilización campesina en el caso de la Sierra Central fue efectiva en el respaldo a la resistencia enarbolada por Cáceres por el hecho de ser una región y contener una población más integrada a Lima y con un campesinado que al participar de relaciones mercantiles más intensas era ya el menos indio en la segunda mitad del siglo XIX” (Bonilla 1990: 216 y s.). En el caso específico del eje Jauja-Huancayo en el valle del Mantaro, Mallon detecta una fractura básica entre los campesinos, comerciantes y pequeños terratenientes indios y mestizos de las zonas bajas adyacentes al río, de un lado, y los campesinos de las alturas, de otro. En términos generales, el primer grupo tendía a ceñirse al comportamiento paternalista de las clases altas, además de ser más dinámico y móvil, en tanto que el segundo tenía tradiciones de independencia y de arraigo a la tierra mucho mayores. Mallon ha citado inclusive conflictos violentos en la inmediata preguerra, como el que se localizó en el sector sudoccidental del Mantaro, que enfrentó al pueblo ribereño de Chupaca con las comunidades de puna de los alrededores, a las que buscaba controlar (Mallon 1995: 182). Bonilla expresó en 1990:

“Mallon […] afirma que el desenlace de la guerra produjo en el movimiento campesino […] una doble situación en función a lo ocurrido durante los años del conflicto. En la parte norte del valle del Mantaro [en los alrededores de Jauja], donde la alianza entre los terratenientes y campesinos fue más durable, tuvo éxito una política de cooperación de los rebeldes dándoles satisfacción en la creación de demarcaciones distritales que en adelante podían mediar entre sus intereses y los del Estado. Pero en el sur tal arreglo no fue posible por el nivel alcanzado por la conciencia de los campesinos de esa parte del valle” (Bonilla 1990: 216).

Aquí comienzan las discrepancias entre el punto de vista de Mallon (al que se añade el de Manrique) y Bonilla sobre un tema verdaderamente crucial: las formas de nacionalismo desplegadas por los campesinos guerrilleros (en particular por los campesinos de puna) en esa porción del territorio nacional durante la Guerra del Pacífico. Se trataba, para comenzar, de un nacionalismo peculiar: Mallon ha llegado a decir que “los chilenos no eran enemigos por ser chilenos, sino porque invadieron y destruyeron ese terruño, el bien más preciado del campesino, la fuente de su vida y su subsistencia” (Mallon 1983: 91) [29]. Paradójicamente, este punto de vista tendría alguna compatibilidad con los comentarios anticampesinos del terrateniente Duarte, expresados en el contexto de la crisis de abril de 1882 (1983 [1884]: 34), así como frente a los informes del coronel chileno Estanislao del Canto, quien dijo alguna vez que “los indios querían más a sus animales que a Dios” (Bulnes 1955 [1911-1919]: 149). De otro lado, Bonilla no parece muy entusiasmado con la noción de aceleración del tiempo histórico a consecuencia de la invasión chilena, manejada por Manrique, que habría hecho aflorar fuertes lealtades nacionales por lo menos en parte de los campesinos (Bonilla 1990: 213). La extraordinaria carta de los jefes guerrilleros de Comas de abril de 1882 hace ver que, por lo menos en ciertos contextos específicos, los campesinos estuvieron delante de los terratenientes en su actitud de defensa del territorio patrio, considerándolo como algo más grande (aunque todavía en forma vaga) que el pueblo o el valle. Dicho documento contiene, además, un indudable sentido de justa indignación y de profunda decencia. No creemos posible asimilar este patriotismo casi poético en su expresión rudimentaria con la ferocidad de un líder guerrillero como Laymes que sin duda prefería los asesinatos, las mutilaciones y los robos a la redacción de documentos como el que aquí comentamos. En el peor de los casos, Laymes fue un delincuente. En el mejor, y según un patrón recurrente en la historia peruana, fue un líder guerrillero a quien el poder se le subió a la cabeza. En ambas situaciones, su patriotismo parece haber sido superficial, en la forma de un lenguaje prestado por Cáceres y sus oficiales. Finalmente, habría que señalar la importancia que tuvo el contacto con personas de una nacionalidad diferente (en hábitos, acento e inclusive rasgos externos) como desencadenante de estos sentimientos de patriotismo. El caso parece haber sido claro durante la Guerra del Pacífico, pero sin duda también se dio en tiempos de las guerras de Independencia (30). Hasta aquí hemos hablado con algún detalle del eje Jauja-Huancayo. ¿Qué ocurría en las poblaciones campesinas situadas más al sur, en Huancavelica y Huamanga? Recordemos, por ejemplo, que en su fulminante ofensiva de julio de 1882, que hizo correr en pánico a las guarniciones chilenas de Marcavalle y Pucará hasta Zapallanga, Cáceres estuvo acompañado por miles de guerrilleros oriundos de localidades en gran parte situadas en el área de Huancavelica, como Huando, Huaribamba y Pampas (Basadre 1983 t. VI: 293). A diferencia de Jauja, Huancavelica languidecía desde la época colonial “donde la sociedad, decapitada de sus elites económicas, empobrecida por el cierre definitivo de las minas y por las incesantes guerras civiles [permaneció durante el siglo XIX] en un estado de marasmo y ensimismamiento, poco favorable al espíritu de empresa” (Favre 1964: 241). En Huancavelica, en tiempos de la guerra, al decir del médico, paisano y amigo de Cáceres Luis Carranza, los indios habían “conservado ciertos hábitos de trabajo y subordinación” (Manrique 1981: 25). De otro lado, el quechua que se habla en el valle del Mantaro es una lengua diferente de la utilizada en Huancavelica y Ayacucho (Manrique 1981: 51). ¿Podrían estas diferencias explicar tal vez por qué un oficial chileno de tránsito por un territorio esencialmente huancavelicano haya dicho, en noviembre de 1883, que “todos los indios de Huanta a Huancayo están sublevados. Los pocos con quienes pudimos entrar en contacto declararon que su objetivo no era combatir a los chilenos, ni a los peruanos partidarios de la paz, sino a toda la raza blanca” (Favre 1975: 63). Es probable que en Huancavelica hayan coexistido comunidades con una conciencia antichilena y anticolaboracionista muy clara, junto con otras, por lo general localizadas en las zonas más atrasadas y aisladas, cuya motivación hubiese sido únicamente la lucha de castas contra todo elemento blanco. Esta dualidad parece desprenderse de dos documentos suscritos por Cáceres a fines de 1883. Ambos han sido reproducidos en el apéndice de este trabajo. El primero, fechado en noviembre, felicita claramente al pueblo de Acostambo por haber combatido contra los enemigos “de fuera y de dentro del Perú”:

“Por mi parte, jamás olvidaré esta lección que puede calificarse de providencial, y desde cualquier punto en que me arroje el destino, tendré una palabra de aplauso y un sentimiento de admiración para los pueblos del Centro y especialmente para el distrito de Acostambo que tantas pruebas de grandeza y valor ha dado en estos últimos años (Ahumada 1891: 329).

El segundo documento, de diciembre de 1883, parece referirse a una “tremenda conmoción de los indígenas ” en actitud hostil “contra la raza blanca” en la zona de Tayacaja en general (Ahumada 1891: 329 y s.). Es notable que este último documento haya sido casi ignorado por los investigadores del tema.

Cáceres obtuvo su apoyo de los campesinos con conciencia nacional relativamente desarrollada pero también, sobre todo al principio, de guerrilleros proclives al desencadenamiento de guerras de castas, hostiles al mundo occidental, en un equilibrio que debió sentir siempre como muy precario. También aparece muy claro que, a partir de julio de 1884 se decidió a controlar los desbordes y privilegió su alianza con los guerrilleros que aceptaban encuadrarse, en mayor o menor medida, dentro de los estructuras de su ejército ¿Las relaciones de Cáceres con este tipo guerrilleros se mantuvieron inalteradas hasta después de la ejecución de Laymes?

6. Relaciones entre Cáceres y los guerrilleros después de la ejecución de Laymes

Hay muchas evidencias de que la ejecución de Laymes no significó una disminución de la devoción casi fanática que muchos guerrilleros sentían hacia el general (y posteriormente presidente) Cáceres. Según Mallon, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 (cuando Cáceres se encontraba replegado en Arequipa, antes de su segundo y exitoso ataque a Lima), las guerrillas campesinas del valle del Mantaro fueron la única resistencia efectiva contra las fuerzas iglesistas del coronel Mas que subían desde la costa (Mallon 1995: 208) [31].

En una comunicación oficial suscrita en Huanta, el 19 de diciembre de 1884 por el citado coronel Mas, comandante general de la Primera División Pacificadora del Ejército del Centro, dirigida al prefecto de Ayacucho, aparece esta referencia a la acometida de “falanges de montoneros”: “Hoy desde las 9 a.m. fuimos atacados por todos los […] rebeldes, que con una tenacidad digna de mejor causa nos hacían resistencia” (32).

No debe creerse que estamos hablando únicamente de campesinos dóciles. Abundaban también los guerrilleros que, si bien tenían una vinculación de respeto y de obediencia personal frente Cáceres, no dejaban de constituir una fuerza díscola con escasa disciplina militar, que era proclive a los saqueos y a la acciones de fuerza, y que no siempre obedecía automáticamente a los oficiales blancos o mestizos del Ejército del Centro. Esta circunstancia queda claramente reflejada en el interesante informe que el representante iglesista Aramburú hizo de su viaje a Ataura (Junín), que tuvo lugar el 6 de julio de 1885 en el marco de unas frustradas negociaciones de paz en un intermedio de la Guerra Civil:

“Un incidente vino a contrariarnos: por falta de precauciones, una guerrilla de tropa irregular, hizo alto a la comitiva, amenazándonos con romper los fuegos, lo que habría hecho, si los ayudantes que acompañaban a los comisionados del general Cáceres no lo hubieran impedido, aún con riesgo de su vida, pues se revolvieron contra ellos las armas.

Desde ese momento comprendí que íbamos entre líneas indisciplinadas, lo que se confirmó con la repetición, por dos veces más, del mismo peligro […]

Mal preparados los ánimos y por ausencia completa de tropas regulares, a nuestra salida de Ataura, un grupo de montoneros se permitió amenazarnos, y quizá si hubiésemos sido víctimas de él, si no se interpone con frases suplicatorias el coronel Morales Toledo y otros que lograron evitar un crimen horrendo” (33).

Aún más interesante es el episodio de una curiosa reacción de Cáceres ante la ocasional aparición de tratos de tipo casi horizontal con sus guerrilleros, que sin duda conduce a matizar el cuadro de relaciones puramente paternalistas que existían, a nuestro entender, de modo predominante. Cuando, frente a Cáceres, Aramburú pidió privacidad para las negociaciones a las que asistía un ruidoso auditorio de guerrilleros, aquél le respondió que “cuanto pensaba y decía debían saberlo” (34).

También consta que fueron guerrilleros, férreos partidarios de Cáceres, quienes, en noviembre de 1885, cortaron los puentes sobre el río Mantaro siguiendo sus órdenes, con el objeto de aislar a las fuerzas iglesistas del coronel Gregorio Relayze en una maniobra que fue conocida después como la huaripampeada (Mallon 1995: 209). Del 9 de octubre de ese año es una comunicación originada en la “comandancia de las guerrillas de Colca”, reproducida por la prensa de Lima y dirigida probablemente al propio Cáceres:

“Acabo de tener conocimiento de que las fuerzas traidoras de Lima, se han aproximado a las quebradas de Canta y Huarochirí.

Inmediatamente que llegó esta noticia al distrito, reuní a los guerrilleros del pueblo y pasé circular a los demás convocando para el día de hoy, a los capitanes y oficiales más caracterizados.

Reunidos esos en la plaza, resolvieron acuartelarse inmediatamente para limpiar sus armas y esperar la orden de marchar sobre ese cuartel general.

Lo que comunico a … siéndome grato manifestarle que el entusiasmo de los valientes guerrilleros es mayor que antes y que los guerrilleros de Vilca, Moya y Carguacallanga, según datos que he recibido, habiendo terminado sus sembríos, se encuentran en la misma disposición que los de mi mando, para dirigirse a ese cuartel general y acabar con los incendiarios y traidores achilenados” (35).

Cabe destacar que Colca fue el área donde Tomás Laymes y sus seguidores llevaron a cabo la mayor parte de su actividad entre 1883 y el año siguiente.

Refiriéndose al norte del Perú durante el levantamiento de Atusparia (iniciado en marzo de 1885), y ante las evidencias de una conjunción de fuerzas de los campesinos con sectores caceristas, el acucioso historiador William W. Stein se pregunta: “¿No se habían dado cuenta del cambio de Cáceres de ocho meses antes? ¿O era que la aureola populista de Cáceres duró más en el Callejón de Huaylas?” (Stein 1988: 102). Este autor se refiere a una eventual difusión de la noticia de la ejecución de Laymes entre las poblaciones andinas, pero lo más probable es que los campesinos de Ancash ni siquiera hayan conocido el nombre de este personaje.

Para el área de Huanta, tenemos el texto de una carta, plena de afecto, que Cáceres dirigió al comandante de guerrillas Fernando Sinchitullo, fechada en Lima, el 5 de febrero de 1893. Sinchitullo había sido jefe guerrillero, en forma continuada, desde el tiempo de las luchas contra la expedición del coronel chileno Martiniano Urriola en la segunda mitad de 1883 (Husson 1992: 174 y s.; 195). Aun después de la caída política de Cáceres, que tuvo lugar en 1895, los pierolistas fruncían el ceño cuando descubrían que los campesinos de Huanta todavía se alzaban “magnetizados con el nombre de Cáceres” (Husson 1992: 198).

Aunque en un tono bastante exagerado, el mismo Presidente Iglesias expresó en su Manifiesto del 13 de julio de 1885, en un tiempo posterior a la ejecución de Laymes, que Cáceres andaba “de puna en puna, pregonando la guerra de razas, envenenando el alma de los infelices indígenas […] y exaltando, a la voz de comunismo, a las indiadas” (Iglesias 1885: 8 y s.). Lo que cabe rescatar de esta cita es la inalterable continuación de la relación de Cáceres con los guerrilleros en la posguerra.

Un elemento que debe de tenerse en cuenta para explicar la tan perdurable lealtad que los campesinos movilizados tuvieron a Cáceres (en un tiempo incluso posterior al fusilamiento de Laymes), y también a varios líderes caceristas de la posguerra, fue el proceso de selección de los jefes guerrilleros. Husson comprueba que

“los jefes indígenas de las guerrillas de 1883 no eran campesinos cualquiera, escogidos al azar o enganchados a la fuerza, sino indígenas que representaban características sociales determinadas. En efecto, si se retoma la estrategia de reclutamiento elaborada por Cáceres, nos damos cuenta que ésta se basaba en un conocimiento preciso de la sociedad campesina y de su organización” (Husson 1992: 193).

Los indios escogidos gozaban de la confianza de los blancos y tenían prestigio entre los campesinos, e inclusive se podía decir que eran líderes. Por lo general eran prósperos y tenían mucho que perder con la invasión chilena (Husson 1992: 194). Si bien se trata de una observación de extraordinaria importancia, que incluso es generalizable al valle del Mantaro (donde Cáceres tenía una tía terrateniente), creemos que Husson deja equivocadamente, en segundo plano, la enorme fuerza de las relaciones paternalistas que existieron en esa área y que tuvieron en la sierra un peso que sin duda él no toma en cuenta por su nacionalidad y por su matriz cultural. De otro lado, su hipótesis central es mucho más interesante: los indios guerrilleros, y en particular sus jefes, desarrollaron desde la Guerra del Pacífico una ilusión de inclusión en la sociedad blanca por haber adquirido ciertos derechos y cierta estabilidad social derivados de su leal colaboración bélica (Husson 1992: 213). Para ellos, los terratenientes caceristas, que los habían inicialmente escogido y organizado como guerrilleros, eran una garantía para el equilibrio de ese orden, típico del Segundo Militarismo (1884-1895) que a la postre fue arrasado en los nuevos tiempos de la naciente República Aristocrática (1895-1919) dominada por otros actores nacionales.

Conclusiones

Creemos que existieron diversas variantes en la conciencia campesina durante la Guerra del Pacífico con relación al tema nacional. Estas variantes dependieron de rasgos locales específicos, tales como el mayor o menor dinamismo económico interno de las poblaciones, la mayor o menor vinculación con la economía comercial de la costa, la posición de los curas de pueblo, la debilidad o fortaleza de las comunidades, la existencia de grandes o de medianas y pequeñas propiedades, la existencia de un patrón cultural de altura o de zonas bajas (junto a los ríos y a las comunidades mistis), la exacerbación o atenuación de relaciones sociales paternalistas y serviles, entre los principales. En primer lugar, hay que hablar del notable afloramiento parcial de un sentimiento de Patria, que fue objetivo en muchos casos y que englobaba a distintos sectores sociales y regiones del Perú. Se trataba de un espíritu que, si bien no estaba totalmente maduro, podía considerarse perfilado. En otros casos, probablemente los mayoritarios, la idea de Patria estuvo asociada a la comunidad, a las chacras, a los animales, a la seguridad de las mujeres, y a la región geográfica inmediata. La invasión chilena había puesto en peligro todo el equilibrio de la vida cotidiana, así como la existencia misma de los habitantes, lo que determinó la movilización de los campesinos y su cooperación con las fuerzas de Cáceres. Otras situaciones reflejaron un uso más bien superficial y retórico de la idea de Patria, con un lenguaje prestado, y que ocultaba rivalidades de clase, sobre todo contra el sector terrateniente, o simples pulsiones delincuenciales expresadas en el deseo de prolongar indefinidamente el desorden de la guerra para lucrar de él (como pasó en el caso Laymes). Finalmente, en el nivel más bajo, encontramos casos de ausencia de sentimientos de Patria acompañados de odios étnicos ciegos contra lo blanco y lo occidental, fuese peruano o extranjero, fuese colaboracionista o no. Debe recordarse que, para 1883, hay evidencias contundentes, contenidas en documentos de la época, que hablan de la ejecución de blancos que habían sido partidarios de Cáceres y de la resistencia contra los chilenos. Todas estas situaciones coexistieron a veces incluso en los mismos departamentos, lo que explica la confusión que todavía ocasiona cualquier aproximación a la dinámica social de la campaña de la sierra. Lo anterior explica también por qué había campesinos que se arrodillaban y besaban las manos de Cáceres, y por qué hubo otros claramente reacios a ser encuadrados verticalmente dentro de la organización militar cacerista.

Otra conclusión de este trabajo es que el caso Laymes no afectó esencialmente la relación de Cáceres con los guerrilleros del centro cuyos cuadros organizó durante la Guerra del Pacífico. Citando al historiador británico Edward Hallett Carr, definitivamente los “grandes hombres”, como el Cáceres que aprobó la ejecución de Laymes, apremiado por la necesidad de restaurar el equilibrio social y de afirmar la unidad, no tienen por qué ser “casi invariablemente hombres perversos”. El prestigio y el arraigo popular de este personaje entre sus guerrilleros indígenas se mantuvieron inalterables hasta las postrimerías del siglo XIX.
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El Nacionalismo Campesino a fines de la Guerra con Chile: una revisión historiográfica de la ejecución del guerrillero Tomás Laymes

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EL NACIONALISMO CAMPESINO A FINES DE LA GUERRA CON CHILE:
UNA REVISIÓN HISTORIOGRÁFICA DE LA EJECUCIÓN DEL GUERRILLERO TOMÁS LAYMES*

El problema de la participación de los campesinos en la guerra contra Chile y sobre todo el problema del significado que hay que darle, sigue siendo hoy aún tan difícil y tan discutido como el del rol de la
sociedad india durante las guerras de la independencia. Nosotros pensamos que esta participación de la sociedad india campesina tanto en una como en otra de las dos grandes guerras peruanas fue sin duda tan variada como las situaciones concretas locales en las cuales se encontraban los indios campesinos en esas épocas. Por este hecho nos parece pues imposible generalizar tal o cual comportamiento a toda la sociedad india campesina cuando ésta presentaba ya, por un lado, una heterogeneidad cierta y que, por otro lado, se encontraba a menudo en situaciones concretas muy diferentes
”.

Patrick Husson. De la guerra a la rebelión (Huanta, siglo XIX), 1992.

Introducción

Este artículo busca hacer una revisión del caso de la ejecución del guerrillero (1) Tomás Laymes en julio de 1882, como tema central dentro de una reflexión mayor sobre el origen y las formas del nacionalismo campesino a fines de la Guerra del Pacífico. En un marco aún más amplio, el trabajo podría inscribirse dentro de los esfuerzos que actualmente se orientan a hacer un tratamiento más detallado de ciertos temas polémicos de este conflicto internacional.

Esta revisión buscará fundamentarse en la trascripción y ubicación en contexto de un conjunto de referencias claves extraídas esencialmente de fuentes de la época. En general, la presente investigación ha puesto énfasis en la utilización de este tipo de documentos, tanto peruanos como chilenos. Dos de ellos, de corta extensión, pero muy relevantes para apreciar la realidad (o de la ausencia) de manifestaciones nacionalistas por parte de los campesinos a fines del conflicto han sido transcritos completos al final del presente trabajo. Se trata de dos textos breves suscritos por Cáceres en noviembre y diciembre de 1883, que ilustran sobre el carácter poco uniforme que revistió la lucha de los guerrilleros indígenas, particularmente en lo que se refiere a sus distintas motivaciones y a los elementos causales estructurales enraizados en las situaciones locales.

Cabe resaltar la importancia que ha tenido la consulta de materiales de prensa de Lima de la época, en especial el Diario Oficial, La Situación y El Comercio. Los dos primeros fueron redactados por periodistas y funcionarios chilenos de tiempos de la ocupación de Lima. También ha sido utilizado el periódico La Bolsa de Arequipa. De importancia aún mayor ha sido la lectura de los documentos suscritos por Cáceres que fueron difundidos (con muy buen criterio) en versión facsimilar por la Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú en el libro Cáceres: conductor nacional (1984).

El autor considera que gran parte de los desenfoques historiográficos suelen asentarse como producto de la repetición y combinación de conclusiones que han sido tomadas de un conjunto restringido de trabajos de investigación sobre un tema concreto. A nuestro entender, ello viene ocurriendo desde hace un tiempo con el episodio de la ejecución del guerrillero Laymes en 1884. El hecho de acudir a las fuentes de la época con el propósito de releerlas es un sano recurso para abrir nuevas vías que hagan posible acercarse a viejos problemas que han sido resueltos sólo en apariencia. De otro lado, al margen de la evidente importancia de poner en contexto, interpretar adecuadamente, y apreciar el trasfondo de un texto de la época, ello debe realizarse sin forzar su contenido. El significado explícito de un documento, tal como fue expresado por su autor o autores, no tiene necesariamente que ser desechado como falso. Además, si no se hace con rigor, el hecho de parafrasear un texto de la época puede llevar a traicionar su sentido exacto. Estos son los lineamientos bajo los cuales nos aproximaremos al estudio del caso Laymes.

La revisión propuesta ha sido planteada de acuerdo con el espíritu de procurar situar a los actores sociales en los contextos concretos en los que debieron desenvolverse. Según esta aproximación, nos alejaremos de la literatura histórica de corte nacionalista o extremista y, en general, de toda tendencia que busque idealizar o romantizar a ciertos autores y grupos sociales. De muchas formas, esta perniciosa tendencia ha alcanzado por igual, en el pasado, a personajes como Andrés A. Cáceres (tomado como modelo institucional militar), y a las poblaciones andinas organizadas como fuerzas guerrilleras (consideradas como representantes del país auténtico y real, en perpetua sujeción al poder y a la opresión del estado republicano). Pocas actitudes han hecho (o hacen) más daño al trabajo historiográfico que la excesiva tendencia a esquematizar los comportamientos de ciertos personajes o grupos humanos o (en extremos verdaderamente graves) incluso a caer en el maniqueísmo. Todos los actores sociales e individuales tienen luces y sombras.

Veamos a continuación algunos antecedentes historiográficos relativamente recientes que pueden ser relevantes para el estudio del tema propuesto. En la época de la conmemoración de los centenarios del inicio de la Guerra del Pacífico (abril de 1879) y de las acciones militares de Marcavalle, Pucará y Concepción durante la llamada Campaña de La Breña (julio de 1882), la historiografía peruana y extranjera profundizó en distintos aspectos de la historia social y económica del conflicto, tanto en lo que se refiere al proceso mismo, como a sus antecedentes y consecuencias. Entre los historiadores que plantearon enfoques novedosos sobre el tema podría mencionarse a Heraclio Bonilla quien, en julio y diciembre de 1979, precisamente el año del centenario del comienzo del conflicto, publicó la nota A propósito de la Guerra con Chile y el artículo El problema nacional y colonial en el contexto de la Guerra del Pacífico (2). Como puede apreciarse de la lectura de ambos textos, que ya son analizables con cierta perspectiva, se trataba de trabajos que sin duda enriquecieron un panorama donde había abundado negativamente la literatura histórica de efemérides militares y que, en el mejor de los casos, salvo algunas notables excepciones, concentraba únicamente su atención en enfoques de historia política sin ahondar en los numerosos aspectos de la vida social de la época. Se trató, en general, de toda una generación de jóvenes investigadores que comenzaron a leer las fuentes primarias de la guerra con ojos de historiadores de la sociedad y de la economía. Entre los aspectos que llamaban su atención, podrían citarse, como ejemplos, las actitudes y comportamientos de la población china que trabajaba en las haciendas de la costa, y la compleja participación de los campesinos en el conflicto. Jorge Basadre no ahondó en muchos temas de historia social y económica pero, junto con un notable enfoque político, avanzó en aspectos tales como las conexiones internacionales y el tratamiento de la noción de Patria durante la guerra. La historiografía renovadora amplió considerablemente el campo de visión de los temas de la guerra y de los tiempos precedentes y posteriores, y mostró muchas divergencias con los enfoques llamados (no siempre en forma exacta) tradicionales del conflicto. También comenzaron a tener lugar debates en el seno mismo de la nueva historiografía, debido probablemente al carácter apasionado, excesivamente generalizador, e incluso prejuicioso, de muchas de las afirmaciones que se hicieron. Algunas de estas polémicas, las más de ellas totalmente informales, como la que giró en torno a la naturaleza expoliadora o positiva del Contrato Grace —esta vez en el ámbito específico de la historia económica— parecen haber sido ya esencialmente resueltas.

Una decantación semejante no se ha producido, ni de lejos, en el tema de la participación campesina durante la Guerra del Pacífico. Consciente o intuitivamente, todos los historiadores que han estudiado la movilización que el general Andrés A. Cáceres hizo de los campesinos como pilar esencial de la resistencia en la sierra contra los invasores chilenos (1881-1884), han sentido que este proceso rompía con muchos moldes del pasado. Se trataba, en efecto, de algo mucho más complejo que rebeliones como la de Huancané en 1866-1867 (Larson 2002: 110), que las tradicionales levas de campesinos, o que la participación de este sector de la sociedad en los conflictos locales que precedieron a la guerra con Chile. Un general serrano blanco, que arengaba en quechua a sus soldados y campesinos movilizados iniciaba una guerra novedosa que, sobre la base de un gran conocimiento del terreno, combinaba la acción conjunta de un pequeño ejército regular con la actividad de miles de guerrilleros indígenas (3).

Existe cierta coincidencia entre los investigadores, ratificada constantemente por las fuentes, sobre el origen de la participación campesina en la campaña de La Breña. La causa fundamental parece haber sido el tipo de guerra de exterminio que comenzaron a hacer las expediciones chilenas que ingresaron a la sierra a partir de la expedición del comandante Ambrosio Letelier, que tuvo lugar entre abril y julio de 1881 (Bulnes 1955 [1911-1919]: 20-25). Haciendo probablemente eco de Jorge Guillermo Leguía (1939: 31-32) y de otros autores, Manrique (1981: 106 y s.) ha señalado que los oficiales de Chile, así como la parte profesional de la tropa de ese país, habían hecho su entrenamiento militar previo en el sur, actuando contra los “indios bravos” araucanos, en enfrentamientos caracterizados por el saqueo y hasta el exterminio de los oponentes. El más famoso de los jefes chilenos que se enfrentó a Cáceres, el coronel Estanislao del Canto (1840-1923), comenzó su carrera militar en las campañas de “pacificación de la Araucanía” (Frías Valenzuela: 397). Los oficiales chilenos eran expertos en este tipo de guerra de arrasamiento e identificaron equivocadamente, por simple percepción superficial, a los laboriosos y por lo general pacíficos indios peruanos con los levantiscos mapuches de la frontera sur de Chile. Se trató de un error cuyas consecuencias políticas y militares generaron más de un problema a la causa de los invasores. La brutalidad de las incursiones chilenas, acompañada de la constante exigencia de doncellas (un elemento constante que repiten las fuentes de la época y que seguramente se remontaba también a las tradiciones de las guerras mapuches), hizo comprender a los campesinos que se estaban enfrentando a una amenaza sin precedentes. Así se explica claramente que muchos de ellos consideraran a Cáceres y a su Ejército del Centro como protectores o, en todo caso, como aliados en la lucha contra un enemigo común.

Aparte del origen, mucho más difícil resulta precisar la naturaleza de la participación campesina durante la campaña de la sierra, así como el tratamiento de la aparición de varias formas de nacionalismo dentro de este sector, tema general del presente trabajo, aparte del asunto focal referido a la ejecución de Laymes. Gran parte de las discrepancias sobre el fenómeno del nacionalismo campesino fueron mencionadas en el artículo de Bonilla El campesinado indígena y el Perú en el contexto de la Guerra con Chile (Bonilla 1990). Planteemos ahora las preguntas que consideramos esenciales: ¿fueron guerrilleros que defendían el terruño como su Patria, con un patriotismo incluso más sincero que el de muchos terratenientes?, ¿comenzaban a creer en algo más grande que la simple patria chica de sus pueblos y comunidades o fueron sólo desencadenadores de feroces odios de raza?, ¿qué unió a los guerrilleros y a Cáceres?, ¿cuál fue el peso de los orígenes regionales y de las situaciones locales de los guerrilleros en el tipo de su participación en la guerra?, ¿dio Cáceres la espalda a sus guerrilleros al terminar la Guerra del Pacífico?

Intentemos reconstruir ahora el episodio focal de este trabajo, vale decir, la ejecución de Laymes en julio 1884. En la medida de que ello sea posible, esta reconstrucción será hecha utilizando fuentes de la época.

1. La ejecución del guerrillero Tomás Laymes

“…ni suscribo la tesis según la cual «los grandes hombres son casi
invariablemente hombres perversos»
” (Carr 1972: 72).

A las cuatro de la tarde del jueves 2 de julio de 1884, el guerrillero Tomás Laymes y tres de sus subordinados fueron fusilados en la plaza de Huamanmarca de la ciudad de Huancayo. La ejecución fue hecha de acuerdo a la sentencia emitida por un tribunal militar que contó con la aprobación de Cáceres. Laymes había venido operando como comandante de las montoneras de los pueblos de Chongos Alto, Carhuacallán, Huasicancha, Vilca, Calca y Putaca, “todos pertenecientes a la provincia de Huancayo” (4). El desenlace contrastaba notoriamente con el tenor de un oficio que Cáceres había dirigido desde Ayacucho, con fecha 28 de febrero de 1884, al comandante militar de la zona occidental de Huancayo, Tomás Bastidas, donde decía que el jefe de los guerrilleros de Chongos Altos (probablemente Laymes o un subordinado suyo) le había informado que Bastidas amenazaba con desarmar y ejercer hostilidad contra ellos. Cáceres ordenaba a Bastidas que se abstuviera de “fomentar cualquier rencilla entre los guerrilleros” y que, en su calidad de comandante militar, les hiciera “comprender los verdaderos e importantes fines de la institución guerrillera” (5). Esta actitud de Cáceres cambió bruscamente el 26 de junio cuando, ya desde Huancayo, dirigió al mismo Bastidas (y a otros jefes) un oficio circular impreso, aunque con su firma de puño y letra, donde informaba sobre la “prisión y sometimiento a juicio de los Jefes de guerrillas D. Tomás Laymes, Faustino Vílches y Gaspar Santistevan”. Este oficio, dirigido principalmente a los guerrilleros que habían combatido en “Marcavalle y Concepción contra las fuerzas de Chile, en nombre y para prestigio del Perú”, decía en su parte central lo siguiente:

“Desde hace mucho tiempo ha venido recibiendo este Despacho repetidos partes de crímenes y escándalos de todo género perpetrados por el referido Laymes y sus Tenientes.

Estos individuos, olvidando la noble misión que debían desempeñar en los pueblos y lejos de servir de garantía a la vida y a la propiedad de los vecinos, lo han atropellado todo, cometiendo asesinatos alevosos, incendiando y saqueando poblaciones enteras y ejercitando bárbaras venganzas personales.

La monstruosidad misma de los crímenes que se me denunciaban, me hacía dudar de ellos, y me contrajo a reunir todas la piezas de acusación contra Laymes investigando por conductos respetables la verdad de las cosas.

Existían ya estos antecedentes, cuando el referido Laymes alentado, sin duda, por la impunidad en que quedaban sus delitos, llevó su audacia hasta desobedecer las órdenes que en repetidas ocasiones le impartí y romper salvo-conductos que llevaban mi firma; agregando a su desobediencia palabras irrespetuosas que ponían de manifiesto sus hábitos de indisciplina y sus propósitos de sedición.

Ante una conducta tan reprobable que tendía a desmoralizar los pueblos y a bastardear el objeto de la noble institución de las guerrillas que tantos días de gloria han conquistado para el Perú, he ordenado [la prisión] y sometimiento a juicio de Laymes, Vilches y Santiste[van] [roto] además todas las medidas conducentes a prevenir desórdenes en las fuerzas [roto].

Es tiempo ya de que la justicia ejerza su imperio sobre todos: lo mismo para el rico [roto: ¿que?] [pa]ra el pobre; para el Jefe como para el subalterno.

Los guerrilleros no son una horda de bandoleros sin ley y sin respeto a la autoridad. Ellos son los ciudadanos armados en defensa de los más santo y más noble que pueda existir en una sociedad civilizada; el honor de la Patria, el derecho de propiedad y la vida del hombre.

Manifestar propósitos contrarios como lo han hecho Laymes y sus tenientes, es presentarse como una turba sin Dios, sin Patria y sin conciencia, entregada al torrente devastador de todas las malas pasiones” (6).

Cáceres suscribía este oficio (7) a Bastidas y a otros jefes guerrilleros apenas veinte días después de haberse dirigido por escrito al jefe de las fuerzas chilenas de Jauja reconociendo el Tratado de Ancón como hecho consumado, en alusión a la aprobación de este instrumento por la Asamblea iglesista que tuvo lugar en marzo de 1884 (Basadre 1983 t. VII: 5 y s.).

Muy poco tiempo antes de su oficio del 6 de junio al jefe chileno, en un día no precisado del mes anterior, Cáceres había ingresado a Huancayo en viaje desde sus acantonamientos de Ayacucho, atravesando líneas de guerrilleros en armas y en medio de una gran tensión que reinaba en esa ciudad y en todo el departamento de Junín, en general. Según los comentarios del corresponsal de El Comercio, Manuel A. Ferrandis, y otras informaciones aparecidas posteriormente en este periódico, ello se debía a que los “guerrilleros de los pueblos vecinos” comandados por el “sanguinario caudillo” Tomás Laymes, habían tratado de saquear Huancayo aprovechando la retirada de los chilenos. Según el citado corresponsal, los guerrilleros habían abrigado este propósito “durante seis meses”, vale decir desde diciembre de 1883 (8).

Según otras fuentes, los últimos meses de 1883 fueron de particular violencia campesina en la Sierra Central y en otras áreas del Perú entre las que cabe citar a los valles de Santa y Cañete (9). Como explicación de esta “amenaza de convulsiones sociales”, en el caso del centro, Ferrandis decía que “todos estos pueblos habrían buscado en la venganza una compensación a las exacciones de que han sido víctimas durante la invasión chilena” (10).

El ingreso de Cáceres en Huancayo había sido precedido en pocos días, probablemente también en mayo, por el de su secretario, el coronel Arturo Morales Toledo. Acompañado de una pequeña escolta, y pese a la “actitud hostil” de los guerrilleros, este alto oficial se había presentado al jefe de ellos, concentrados en Quebrada Honda (a legua y media de Huancayo), “exigiendo se retirasen a sus pueblos” e impidiendo así los desbordes sociales (11). Hay fuertes indicios de que el interlocutor de Morales Toledo haya sido el propio Laymes quien, durante el juicio que se le comenzó en junio de 1884 declaró que “habría saqueado la ciudad de Huancayo a no impedírselo la actitud resuelta de la juventud de esta ciudad y también la oportuna llegada del ejército del general Cáceres, sucesos que le impidieron castigar severamente a los argollistas” (12). Este último término era usado repetidamente por los guerrilleros para referirse a los que colaboraban con los chilenos, aunque para esa época ya había sido generalizado por los guerrilleros más belicosos a la totalidad de los sectores blancos y urbanos, fuesen colaboracionistas o no. Con estos antecedentes, el 25 de junio de 1884 (el día anterior a la difusión del ya citado oficio circular de Cáceres sobre el caso) Laymes ingresó a Huancayo por orden de Cáceres “al mando de mil quinientos indios más o menos […] la cuarta parte con rifles de precisión y el resto con lanzas o chuzos, entre ellos doscientos bien montados”. Una vez efectuado el acuartelamiento de esta tropa, Laymes y sus lugartenientes fueron reducidos a prisión por sorpresa (13). Interesa conocer ahora quién había sido Laymes, y cuál fue el camino que lo condujo hacia su cruento final.

2. La trayectoria de Laymes

¿Cómo era Laymes y cuáles eran sus señas generales de identidad? El reporte periodístico de su ejecución, publicado el 19 de julio de 1884 en el diario El Comercio de Lima, que tiene todas las trazas de haber sido redactado por un testigo de su juicio y ejecución, describe lo siguiente:

“Presentóse éste ante el jurado, y vimos en él un hombre de regular estatura, musculoso, delgado, lampiño, de color mestizo, ojos pardos, mirada serena, nariz aguileña, boca grande y labios delgados. Tomada la instructiva dijo: (en muy mal castellano) que se llamaba Tomás Laynes [sic], que era natural de la provincia de Huanta, de treinta y un años de edad y casado” (14).

Este testimonio indica que si bien Laymes era en términos de la cultura un campesino pobre, racialmente era sin lugar a dudas un mestizo. De otro lado, Laymes había nacido más al sur, en Huanta, en un espacio socioeconómico diferente (15). Ambos datos son muy interesantes porque, para comenzar, ponen en duda la imagen que lo ha presentado algunas veces como una suerte de héroe popular indio.

Las primeras informaciones más o menos seguras sobre la vida de Laymes se encuentran en las Memorias del comandante José Gabino Esponda, militar de carrera, mestizo del pueblo de Sicaya, quien fue uno de los activos colaboradores de Cáceres en la organización de las guerrillas en tiempos de la segunda incursión chilena a la Sierra Central (febrero-julio 1882). Refiere Esponda en este fragmento que refiere hechos ocurridos entre febrero y marzo de 1882:

“ Inicié la ardua tarea de fomentar guerrillas por los pueblos de Chongos Alto y Huasicancha. En este último hallé al cabo primero Tomás Laimes, quien formara en la primera compañía del batallón «Manco Cápac Nro. 81» en las jornadas de San Juan y Miraflores y el que entusiastamente cooperó conmigo en la formación de las guerrillas” (Esponda 1936: 21-22).

Estas acciones se dinamizaron, y terminaron en un alzamiento general de los pueblos situados en el eje Jauja-Huancayo, particularmente luego de la emboscada con galgas de Sierralumi contra un destacamento chileno a comienzos de marzo de 1882, llevada a cabo por la comunidad de Comas (Manrique 1981: 150). Los campesinos precariamente armados, entre los que debieron encontrarse Laymes y sus fuerzas del área de Colca, en compañía de los jefes militares enviados por Cáceres, enfrentaron la feroz represión chilena:

“Para dominar la insurrección, Canto resolvió hacer una excursión combinada por ambas orillas del río de Jauja, o sea una correría o malón al estilo de los que se usaban con los araucanos […] Todos los grupos sumaban once compañías de infantería, cuatro de caballería y cuatro piezas de montaña. Su total aproximado debía ser alrededor de 1.200 hombres. Era una expedición en forma que todas las comunidades reunidas con sus muchos miles de combatientes no podrían resistir. La expedición salió el 19 de abril [de 1882] y anduvo diez días recogiendo cuanto encontraba en pueblos y campos. No tuvo que sostener ningún combate digno de mención sino encuentros aislados, pero la razzia tuvo por resultado arrebatar a los indígenas sus últimos recursos” (Bulnes 1955 [1911-1919]: 150).

Otra fuente chilena, escrita a menos de un mes de los dramáticos sucesos de abril de 1882, es un poco más sincera sobre las dificultades que este levantamiento acarreó a las fuerzas ocupantes:

“Hay constancia de que no han sido los indios los que por sí solos han levantado el grito de rebelión, sino que han obedecido a inspiraciones de ciertos sacerdotes y de oficiales que dicen pertenecer al ejército del general Cáceres. La prueba de ello es que el cura de Huaripampa cayó, lanza en mano, animando a sus combatientes y exhortándolos a no rendirse jamás. Confirma también lo que decimos, el hecho de haberse capturado al coronel Samaniego y a varios oficiales, los que fueron pasados por las armas con todas las solemnidades de estilo en la plaza de Huancayo” (16).

Un testigo peruano de la época, el terrateniente Luis Milón Duarte, recogió los mismos acontecimientos desde otro punto de vista probablemente más cercano a la matanza que realmente ocurrió. Duarte llegó a ser un colaboracionista convencido de la inutilidad de la continuación de la guerra luego de la caída de Lima. Su Exposición de 1884 es una fuente excepcional escrita aproximadamente dos años después de los sucesos que hemos referido. En esencia, Duarte habla en ella del efecto que las penetraciones invasoras tuvieron para despertar la belicosidad de las comunidades, así como del desencadenamiento del levantamiento de los pueblos aliados del Mantaro contra las tropas chilenas, que tuvo su etapa de mayor tensión entre marzo y abril de 1882. El espíritu de este texto, de sabor antiindígena da, paradójicamente, una idea bastante objetiva sobre la primera experiencia militar de cierta envergadura que debieron experimentar los recién organizados guerrilleros como el cabo Laymes. Es, en verdad, uno de los pocos testimonios sobre la desesperada defensa de Chupaca que tuvo lugar el 19 de abril de 1882. De las informaciones que Duarte transmite se deduce la existencia de un sentimiento virtualmente unánime de resistencia en el lado peruano, que se rompería después. En efecto, en esa primera etapa de la campaña de la sierra tuvo lugar la formación de una suerte de frente unificado entre los campesinos pobres de las alturas (como Laymes), los soldados de Cáceres, los mestizos de cierta posición (como Esponda), los indios hispanohablantes arrieros del área (17), los curas de los pueblos, e inclusive un sector de terratenientes (18).

El cuadro dantesco de las masacres de abril de 1882 explica el entusiasta apoyo que recibió Cáceres en la región cuando, poco tiempo después, a comienzos de julio, en las acciones de Marcavalle, Pucará y Concepción, desencadenó una ofensiva contra el ejército del coronel Canto que preludió un retiro temporal de las fuerzas chilenas de la Sierra Central, en lo que sin duda fue el punto culminante de la campaña (19). Continuemos rastreando la trayectoria de Laymes en la siguiente etapa de la campaña.

Laymes fue un guerrillero campesino típico que no dio el salto hacia su incorporación al ejército regular que fue derrotado en Huamachuco en julio de 1883. Empujado por los chilenos, Cáceres se había visto obligado a abandonar temporalmente el escenario de la Sierra Central desde mayo de ese año para marchar al norte ¿Qué hacían, entretanto, Laymes y por lo menos un sector belicoso de los guerrilleros en esta zona? Una fuente que recogió tradiciones orales del área 15 años después de los sucesos, habla de la violenta penetración en Huancayo, el 4 de julio de 1883 (seis días antes de la batalla de Huamachuco), de guerrilleros “armados con rifles y lanzas”, que robaban y asesinaban aprovechando la desocupación de la ciudad por la expedición chilena del coronel Martiniano Urriola (Raéz 1899:15). Antes, el 20 de mayo, los montoneros (en el sentido más tradicional de esta palabra) habían atacado esa misma ciudad (Tello Devotto 1944: 39). En general, entre mayo de 1883 (cuando Cáceres marchaba al norte rumbo a Huamachuco) y mayo de 1884 (cuando se produjo el regreso de Cáceres a Huancayo), el entusiasmo bélico de los terratenientes y la actividad violenta de cierto tipo de guerrilleros parecen haber tenido una relación inversamente proporcional. En el distrito de Colca, por ese tiempo,

“Todos los anexos, caseríos y haciendas de este distrito han sido el teatro de las correrías de la montonera que, formada por sus mismos habitantes, saqueaba las haciendas circunvecinas, incendiándolas después, y asesinando sin piedad a cuantos tenían la desgracia de caer en sus manos; más aún si eran blancos, a quienes daban el epíteto de chilenistas o argollistas” (Ráez 1899: 19).

A esos días de zozobra para los blancos del área, entre 1883 y 1884, corresponde también la siguiente cita de Luis Milón Duarte:

“Esos mismos guerrilleros dieron muerte inicua a los muy dignos jóvenes La-Barrera, Weclock, Hugues y Giraldes. La-Barrera era de Huánuco, hacendado. Fue asesinado por los guerrilleros de Pazos que mutilaron su cuerpo, paseando su cabeza en una infernal algazara en Pampas, capital de Tayacaja. Noble víctima sorprendida en medio de sus labores. Hugues (Fernando) sufrió en Huancayo dos crueles rejonasos [sic] en su misma casa, el día que penetró la montonera de Acostambo. Fue distinguidísimo en la juventud y comerciante honorable. Las crueldades de que fueron blanco los S.S. Weclock y Giraldes (Narciso) las conoce todo el país, porque no ha habido alma honrada que no se hubiese indignado Sus verdugos fueron los guerrilleros de Moya. Pues bien ¡con excepción de Giraldes, las otras tres víctimas eran entusiastas partidarios de los guerrilleros! Giraldes era el ciudadano más pacífico, entregado a la agricultura y prescindente de la política; pereció por seguir la suerte de Wecklock. D. Carlos Weclock, cónsul de Guatemala, comerciante de Concepción, excelente sujeto, ardoroso partidario de la guerra sin fin, fue el jefe de la oposición en Concepción, a los preliminares de paz” (Duarte 1983 [1884]: 51 y s.).

Parece ser que es el mismo Giraldes, quien aparece mencionado en forma más precisa como argollista y oponente de los guerrilleros de la banda oriental del Mantaro, en otro documento independiente del anterior, fechado el 16 de abril de 1882. Nos referimos a la célebre carta que los jefes guerrilleros de Comas dirigieron al terrateniente colaboracionista “civilista” Jacinto Cevallos, que ha sido con justicia mencionada en la historiografía del siglo XX como una prueba evidente de la existencia de un sentimiento nacional por lo menos en algunos sectores del campesinado, aunque, en este caso, asociado a rivalidades de clase (Manrique 1981: 394). La cita de Duarte anteriormente copiada también es muy valiosa porque sugiere que por lo menos cierto tipo de guerrilleros, ante la ausencia de Cáceres y de los chilenos, no hacían en los hechos ninguna distinción entre patriotas y chilenistas. Sigamos con Laymes, ya en los días finales de su vida.

Si bien es cierto que durante el juicio previo a su ejecución, que se realizó entre junio y julio de 1882, Laymes declaró no haber estado involucrado directamente en los asesinatos de los notables Weeclock y Giraldes, sí dijo que

“..era cierto que había asesinado y hecho asesinar a todos los que juzgaba traidores a la patria. Que así mismo era cierto que había cortado diversos miembros del cuerpo a los que creía sus enemigos y a sus guerrilleros, cuando incurrían en alguna falta […] que había incurrido en los delitos de asesinato, robo, flagelación, mutilación y estupro y que los que lo habían ayudado en estas criminales tareas eran los capitanes montoneros, Vilches, Santisteban y Briceño, su ayudante de más confianza y el asesino de los señores Weelock [sic] y Giraldez” (20).

En un extraño pasaje de estas mismas declaraciones registradas por un reportero, Laymes admitió haberse hecho tributar homenajes como a Inca emperador, aunque “a causa del estado de embriaguez en que se encontraba continuamente, y por el cual había incurrido en todos sus crímenes”. Como señala Mallon, esta curiosa referencia podría tal vez interpretarse a la luz de la eventual participación de Laymes en fiestas campesinas, asociadas a interminables libaciones, donde el Inca aparecía como uno de los personajes (Mallon 1995: 203-204). De otro lado, Laymes asumió la responsabilidad de haber “contribuido” con las montoneras al “saqueo de las haciendas Tucle, Canipaco, Laive e Incahuasi, todas de ganado lanar, y que el fruto del robo lo había repartido a las fuerzas de su dependencia” (21). En su polémica Exposición de 1884, el colaboracionista Luis Milón Duarte hablaba de su hacienda Ingahuasi (Duarte 1983 [1884]: 50). Por su parte, la señora Bernarda Piélago, tía de Cáceres, había sido la tradicional propietaria de la hacienda Tucle desde los tiempos del presidente Castilla (Smith 1989: 67 y 70). La hacienda Laive era de los hermanos Valladares, cuya única integrante femenina estaba casada con el ubicuo Duarte (Smith 1989: 64; Basadre 1983 t. VI: 325). Además de su participación directa o indirecta en estos crímenes y robos, ya hemos mencionado anteriormente que, desde diciembre de 1883, Laymes concentraba sus efectivos cerca de Huancayo para saquear esta ciudad, donde los guerrilleros ya habían incursionado en mayo y julio de ese año. Según otra fuente publicada en 1899, el 21 de mayo de 1884, poco antes de la entrada de Cáceres a Huancayo, los jóvenes de esa ciudad, informados de las asechanzas de Laymes y de sus hombres, alcanzaron a atajarlo en el pueblo de Huamancaca-grande, a orillas del Mantaro:

“Este pueblecito —rememoró el cronista local Ráez unos quince años después de los sucesos— es célebre en la historia de Huancayo por el combate entre parte de la juventud de esta ciudad y los bandidos que, con el nombre de guerrilleros, mandados por Tomas Laimes, venían a saquear la población, aprovechando de que no había fuerza alguna en ella. Mandaron un ultimátum intimando a la ciudad que se entregara a su merced en el perentorio término de dos horas, y amenazando entrar a sangre y fuego si así no se hacía. Huancayo, que recordaba con horror los crímenes cometidos por la montonera de Huari el 4 de julio de 1883, respondió que antes sucumbiría luchando el último de sus hijos, que entregar la ciudad al saqueo y vandalaje. Laimes venía a atacar la población por el citado Huamancaca, cuando se encontró con parte del escuadrón de 80 jóvenes que iban haciendo un reconocimiento. Inmediatamente se empeñó el combate entre los 25 de la avanzada de jóvenes y parte de los montoneros que en número de más de 5,000 y provistos de todas armas, parecían una horda de bárbaros. La acción tuvo lugar el 21 de mayo de 1884, y duró seis horas, terminando con la retirada de ambos al aproximarse la noche (Raéz 1899: 17 y s.).

Una tradición local hablaba del “árbol de cedro, a cuya sombra [Laymes] cometía mil atrocidades con mujeres y hombres, orgías y atroces torturas a sus enemigos”. Esta misma tradición menciona la sorprendente respuesta que Laymes habría dirigido a Cáceres cuando fue llamado a Huancayo a fines de junio de 1884: “Dígale a Cáceres que soy tan general como él y si quiere que vaya a Huancayo, que prometa tratarme de igual a igual” (Tello Devotto 1971: 74 y s.). Hay un párrafo del antes citado oficio de Cáceres del 26 de junio de 1884 informando sobre la prisión de Laymes, que podría estar refiriéndose a esta respuesta (“…agregando a su desobediencia palabras irrespetuosas que ponían de manifiesto sus hábitos de indisciplina y sus propósitos de sedición…”).

Veamos ahora cómo ha sido interpretada la ejecución de Laymes en la historiografía del siglo XX hasta el presente.

3. Interpretaciones de la ejecución de Laymes

Cáceres no cita el episodio en sus Memorias (1973 [1924]), lo que podría revelar un ocultamiento deliberado o la convicción de que era un episodio sin mayores consecuencias que ni siquiera merecía ser explicado. Basadre tampoco toca el tema en su Historia de la República del Perú (1983 tomos VI y VII). En cuanto a las interpretaciones modernas de la muerte de Laymes, la más completa y difundida corresponde a Nelson Manrique, quien la condensó en su libro Las guerrillas indígenas en la Guerra con Chile de 1981. Según ella, la movilización de guerrilleros como Laymes (expresado en un lenguaje académico marxista muy en boga en los ochentas) “desbordaba […] claramente los límites que la sociedad terrateniente imponía a la acción autónoma de los indígenas, expresando un potencial revolucionario aún confuso y larvario, pero no menos amenazador, por ello, para los intereses de la elite regional” (Manrique 981: 361). Manrique asignó al fusilamiento del guerrillero un peso extraordinario dentro del proceso histórico posterior a la Guerra del Pacífico, como un gesto que expresó un tránsito negativo en la actitud de Cáceres hacia los guerrilleros. Más recientemente, inspirada en Manrique, Brooke Larson ha resumido claramente esta percepción:

“…los cambios en el curso de la guerra partidaria entre 1883 y 1884 asestaron un golpe letal a los movimientos guerrilleros del Mantaro. Ya para comienzos de 1884, las faccionalizadas élites peruanas habían comenzado a dejar de lado sus diferencias y cerrar filas contra la creciente amenaza de la anarquía rural en la Sierra Central. En junio de ese año, Cáceres le dio la espalda a sus propios soldados campesinos para forjar alianzas tácticas con Iglesias, acomodándose al Tratado de Ancón. La guerra civil había terminado. Cáceres podía capitalizar sus heroicos esfuerzos en la resistencia, pero sólo si apostaba por los oligarcas costeños y hacendados serranos. En particular necesitaba de estos últimos en su propia provincia de Junín, para que respaldaran su puja por el poder y para ganárselos debía aplastar a las guerrillas que alguna vez habían defendido a la nación en nombre suyo. Hizo esto con un gesto brutal. En julio de 1884, apenas un mes después de que aceptara cumplir con el infame Tratado de Ancón, Cáceres capturó, juzgó y ejecutó en la plaza de Huancayo a Tomás Laimes, un jefe guerrillero y sus tres asistentes.

Con esta matanza, Cáceres lanzó una campaña militar y retórica de represión. Posteriormente, como Presidente, lanzó todo el peso de su cargo contra las montoneras. En mayo de 1886 se unió a una conspiración de oficiales para desacreditar a las guerrillas y borrarlas del recuerdo oficial de los héroes de la guerra. Privados de su estatus como patriotas y veteranos, las montoneras fueron transfiguradas en «hordas salvajes y criminales comunes» que asaltaban a los hacendados y peones amantes de la paz de la región” (Larson 2002: 131).

Corresponde hacer ahora una reinterpretación basada tanto en investigaciones recientes como en documentos de la época. Sigue leyendo