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TRES VIÑETAS DE HISTORIA PERUANA: LA CAMPAÑA DE LA BREÑA, LA GUERRA CIVIL DE 1884-1885 Y EL PRIMER GOBIERNO DE ANDRÉS A. CÁCERES (1886-1890)

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Viñeta Nro. 1 

El pináculo de la  Campaña de la Sierra durante la Guerra del Pacífico

(de febrero de 1882 a mediados de 1883)

 

Con los buenos resultados de los combates en Pucará, Marcavalle y Concepción, en el marco de un masivo levantamiento de las comunidades campesinas del centro del país, la campaña contra las fuerzas chilenas que subían a la sierra desde la costa alcanzó su clímax entre febrero y julio de 1882. Fue, sin duda, el mejor momento del pequeño e improvisado Ejército del Centro, así como de los guerrilleros indígenas de Junín y de Huancavelica, que se dirigían en quechua al tayta  Andrés A. Cáceres.

Lima estaba ocupada por los chilenos desde hacía poco más de un año, luego de las dos grandes batallas campales de San Juan y Miraflores. A fines de 1881, a raíz de la deportación del presidente de La Magdalena Francisco García Calderón, quien se había negado a aceptar un tratado de paz que implicara la entrega a Chile del territorio nacional de Tarapacá, el gobierno peruano había pasado a manos del vicepresidente, el contralmirante Lizardo Montero. Desde los primeros meses de 1882, y disueltos también los restos de la previa dictadura de Nicolás de Piérola, la autoridad de Montero se extendía, además de Arequipa y la Sierra Sur, a la Sierra Central, a cargo del general Andrés A. Cáceres, y a la Sierra Norte, con base en el departamento de Cajamarca, bajo el mando de Miguel Iglesias.

Por la misma época de los mencionados triunfos de Cáceres en el centro del país, específicamente en julio de 1882, el departamento de Cajamarca fue escenario de la exitosa acción de San Pablo contra una fuerza chilena merodeadora, como clara expresión de la cólera y del hastío del pueblo frente a los abusos del invasor. La desolación que trajo al departamento la operación punitiva chilena que siguió a San Pablo, y las enormes dificultades para contrarrestar la marea destructiva en ese terrible tiempo de desmoralización y de desorden social, estuvieron entre las motivaciones que indujeron a Miguel Iglesias a  ponerse a la cabeza de una corriente de opinión orientada a buscar la paz con Chile, de la cual —como revela el epistolario de Cáceres— llegó a ser consciente el mismo caudillo de La Breña.

El 31 de agosto de 1882, el mismo día en que Montero hacía su ingreso a la sede del gobierno constitucional en Arequipa luego de permanecer por unos meses en Huaraz, Iglesias lanzó en Cajamarca el Grito de Montán, mostrándose partidario de firmar la paz con Chile para terminar con la ocupación del país. Confluyeron así, de un lado, un estilo de colaboración con los chilenos que en algunos casos asumió la forma de una abierta traición y, de otro, la necesidad cada vez más imperiosa del país vencedor de poner término a una ocupación ya demasiado larga y que comenzaba a ser costosa por el agotamiento de los recursos del país luego de más de tres años de guerra.

Ante esta situación, Cáceres se distanció violentamente de Iglesias (a quien alguna vez llegó a llamar teniente chileno), y lo responsabilizó de la ruptura de la unidad de los peruanos en torno al gobierno de Arequipa, que era, además, el nexo con la aliada República de Bolivia. Desde los primeros meses de 1883, convencido finalmente de la utilidad que el régimen de Cajamarca tenía para su causa, y ya avanzadas las conversaciones con los representantes de Iglesias para arribar al ansiado acuerdo político que confirmara las conquistas chilenas en el Sur, el gobierno del presidente Santa María concentró nerviosamente sus actividades militares en destruir a Cáceres, cuyas debilitadas fuerzas terminaron replegándose a Tarma. Pese a los esfuerzos de sus soldados y guerrilleros para oponerse a la abrumadora tenaza estratégica enemiga que empujó, desde comienzos de abril de 1883, al pequeño ejército peruano hacia el norte del país, y luego de la proeza que representó trasmontar la cordillera Blanca, Cáceres fue finalmente derrotado en Huamachuco en julio de ese mismo año decisivo. Este acontecimiento fortaleció a Iglesias dentro del panorama político peruano y dejó las manos libres a Chile para atacar a Montero en el sur.

Los desastres de la guerra, la destrucción del país y el pavoroso espectáculo de la división entre los peruanos, desencadenaron en Andrés A. Cáceres una reflexión sobre los orígenes de la derrota y sobre algunos de los problemas centrales del país, entre los que destacan la marginación de los indios y la necesidad de afianzar un sentido más nacional, particularmente en las clases directoras de la sociedad. Los escritos de Cáceres de esa época, especialmente los de 1882 y 1883, dejan sentir entre líneas la inevitable comparación entre el orgulloso Perú de la preguerra, heredero del virreinato y de las glorias del tiempo del Libertador Castilla y del 2 de mayo,  y el país desolado, destruido y anarquizado de finales del conflicto. No obstante, sobre este lúgubre telón de fondo, resplandecían en los escritos del general ayacuchano su patriotismo, su valentía y su indudable abnegación. También se perfilan en esas páginas las personalidades de los valerosos civiles que siguieron a Cáceres, así como el heroísmo de sus oficiales, jefes, soldados y guerrilleros, representantes todos ellos de los más diversos sectores sociales del país, combatiendo sin cesar a los invasores entre los abismos de los Andes.

 

Viñeta Nro. 2 

La guerra civil entre Cáceres e Iglesias y el inicio de la estabilización política

(de la segunda mitad  de 1883 a diciembre de 1885)

 

Luego del desastre de Huamachuco (10 de julio de 1883), el gobierno del presidente chileno Santa María procedió a dar el siguiente paso dentro de su gran esquema geopolítico: la destrucción del gobierno de Arequipa encabezado por Montero, el aislamiento de Bolivia del mar, la liquidación de la unión peruano-boliviana y el descarte definitivo de toda posibilidad de un arreglo de paz que hubiese podido ser realizado a través de la Alianza. Poco antes de la ocupación de Arequipa, había correspondido al régimen de Miguel Iglesias, por medio del Tratado de Ancón de octubre de 1883, dar el duro paso de entregar a Chile el rico territorio y las poblaciones nacionales del sur. Montero llegó a delegar el poder en el segundo vicepresidente Andrés A. Cáceres antes de refugiarse en Bolivia. En marzo de 1884, siempre bajo la presión y la impaciencia chilenas, una Asamblea Constituyente cumplió con aprobar el tratado de paz. Iglesias pagaba estas acciones con una creciente impopularidad. Hasta el propio Piérola, antiguo caudillo de Iglesias durante la campaña de Lima, marcaba ahora sus diferencias con el presidente.

A mediados de 1884, en vísperas de la desocupación del Perú por las fuerzas de Chile, el gobierno de este país temió que “al volver la espalda el último soldado chileno, [Cáceres] derribase a Iglesias, desconociera lo hecho y la situación se retrotrajera al pie en que se encontraba antes del Grito de Montán” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 318). Sin embargo, motivado por su deseo de privar a los invasores de todo pretexto para continuar la ocupación, Cáceres aceptó el Tratado de Ancón como hecho consumado el 6 de junio de 1884.  Pocos días después se entrevistó en Huancayo con Diego Armstrong, secretario de Patricio Lynch, quien había recibido la misión de procurar un acercamiento entre Cáceres e Iglesias. Este encuentro fue el punto de partida de gestiones de paz que continuaron entre ambos caudillos peruanos. Al comienzo, Iglesias pareció aceptar un avenimiento fundado en el alejamiento simultáneo de ambos líderes del poder. En la perspectiva de Cáceres y de sus partidarios, se requería de un nuevo gobierno auténticamente independiente, elegido p0r los peruanos, y desvinculado del apoyo chileno (que sin lugar a dudas se encontraba en los inicios del régimen de Iglesias). Cáceres insistía también en el inmediato retiro de los invasores, pero hay evidencias de que Iglesias prefería una desocupación más lenta, con el objeto de asentar mejor su gobierno frente al posible escenario de una guerra civil. Pese al estilo de sumisión y de egoísmo antipatriótico de muchos de sus seguidores, es evidente que Iglesias, como persona individual, había asociado su imagen al Tratado de Ancón teniendo conciencia plena de que ello representaba un suicidio político. Algo parecido y muy digno de encomio había tenido lugar con José Antonio de Lavalle, el representante clave de Iglesias en las Conferencias de Chorrillos de marzo a abril del año anterior, que habían conducido al tratado de paz. Con la introducción de la figura del plebiscito, y aunque en la forma precaria que dictaban esas terribles circunstancias de derrota nacional, Lavalle había conseguido salvar a Tacna y Arica de una fórmula de simple venta  de estos territorios a Chile.

El 16 de julio de 1884, ante la negativa de Iglesias de convocar a elecciones, Cáceres asumió en rebeldía la presidencia de la República y nombró un gabinete. Por su parte, a comienzos de agosto, Iglesias cambió su parecer inicial de llegar a un acuerdo con Cáceres, descartó el escenario electoral y dio inicio a varias deportaciones de civilistas y liberales partidarios de una conciliación. También apremió a Cáceres a obedecer a su régimen. El caudillo cajamarquino estaba sin duda influido por una cada vez más tensa atmósfera de hostilidad nacional hacia su persona, por la certeza del retiro de los chilenos, por malos consejos de sus allegados y parientes, por la creencia de que podía ser objeto de  castigo, y por su propia inexperiencia política. Se acentuó así la guerra civil cuando, técnicamente, los chilenos no habían terminado todavía de desocupar todo el Perú.

Cáceres fracasó estrepitosamente en su primer intento de tomar Lima por la fuerza el 27 agosto de 1884. Luego de una corta estancia en Arequipa, y merced a su genio estratégico y a la abnegación de sus veteranas tropas breñeras y de sus guerrilleros, logró finalmente retornar al centro del país con sus fuerzas en abril de 1885. Doblegó a Iglesias y se apoderó de Lima en diciembre de 1885, más de un año después de su anterior fracaso.  La población de la capital recibió al ínclito guerrero del poema de Rossel y a sus soldados del kepis rojo, con claras muestras de alegría por el fin del régimen iglesista. No obstante ser dueño de la situación militar, y en gestos que recordaban por momentos a Castilla en su apego a la ley y a la constitución, Cáceres auspició políticamente la creación de una Junta de Gobierno de transición y la convocatoria de elecciones para el año siguiente. En un gesto que sorprendió a muchos, dejó el mando y se retiró a su casa. Su candidatura presidencial pareció natural a casi todas las fuerzas políticas y sectores sociales del Perú. Sólo los pierolistas permanecían al margen de la abrumadora popularidad del mítico soldado ayacuchano y del orgullo virtualmente unánime que inspiraba entonces el recuerdo, todavía muy fresco, de sus hazañas en la sierra.

 

Viñeta Nro. 3 

El primer gobierno de Andrés A. Cáceres

(de comienzos de 1886 a mediados de 1890)

 

Dentro de los límites del sistema electoral de la época, basado esencialmente en las decisiones de colegios electorales y no en el sufragio directo, los comicios presidenciales de 1886 dieron un abrumador triunfo a Andrés A. Cáceres en todo el país. Calculadamente,  Piérola se había abstenido de participar. El Partido Constitucional cacerista era entonces la principal agrupación política del Perú, incluso por encima del desconcertado pierolismo. Tanto el viejo civilismo (entonces desarticulado en personalidades individuales) como el novel Partido Liberal (inspirado por José María Químper) se habían aunado a la poderosa corriente de opinión que llevó al poder  al vencedor de Tarapacá y héroe de La Breña.  El 3 de junio de 1886, en medio de una inmensa popularidad, y a sus casi cincuenta años de edad, Cáceres recibió en el Congreso la insignia presidencial, en una ceremonia que no se había repetido desde los tiempos de Manuel Pardo. Fue, a no dudarlo, la vivencia de su punto culminante como político y su momento de mayor emoción personal en una arena que no le era del todo desconocida, pero que entrañaba retos, dificultades y peligros enormes. Cáceres se hacía cargo de una Patria empobrecida y golpeada espiritualmente por la guerra: “el país necesitaba vivir por fin en unidad, en paz y en orden después de una pesadilla de seis años y Cáceres fue el mandatario sereno y sencillo que caminaba a pie por las calles de Lima y vestía levita negra mientras daba sombra a su rostro tostado no el fieltro veterano sino el tarro de unto” (Basadre 1983 t. VI: 345).  En el Congreso, que se perfilaba como un grupo intransigente y díscolo, asomaba la figura del diputado Mariano Nicolás Valcárcel, quien sería cabeza del llamado Círculo Parlamentario.

 El gran tema dominante del  primer gobierno de Cáceres fue el arreglo con los tenedores de bonos británicos de la deuda peruana a través del Contrato Grace que fue aprobado en octubre de 1889 luego de un acalorado debate nacional.  En perspectiva histórica, pese al enorme precio que debió pagarse con la entrega de los ferrocarriles peruanos por un largo período, así como de otros valiosos recursos del país, el Contrato Grace ha sido visto como el mal menor que permitió aliviar el peso de una enorme deuda internacional. No obstante, esta agria polémica fue también el marco para la aparición de las primeras grietas en el prestigio político de Cáceres, en la forma de ásperos conflictos con un Congreso en perpetua actitud de hostilidad contra el Ejecutivo, y de una reacción gubernamental cada vez más intransigente contra una prensa que no era muchas veces tampoco modelo de ponderación, en el primer anuncio de lo que serían las posteriores represiones del otoño del Segundo Militarismo. Pesaba también sobre el Gobierno y la Nación entera una angustia colectiva por la situación de las poblaciones peruanas de las provincias cautivas de Tacna y Arica en manos de Chile, y de los nacionales que habían quedado atrapados en Tarapacá. En otro orden de cosas, Nicolás de Piérola encarnaba no sólo la oposición y la alternativa a las entonces aliadas oligarquías civil y militar (Basadre), sino que era también la eterna sombra conspirativa del régimen. En un claro exceso, aprobado al menos por parte del civilismo, el gobierno puso a Piérola en prisión justo antes de las elecciones de 1890, anulando en los hechos su candidatura. Su fuga de la cárcel y su posterior huida clandestina del país darían mayor intensidad a una guerra sin cuartel con el cacerismo, que no concluiría sino en 1895.

 Pese a todas las dificultades, el régimen terminó sus funciones en agosto de 1890 con un balance positivo por el alivio de la deuda, los avances administrativos y también por el importante equilibrio social alcanzado. Sin duda, el entorno económico internacional había ayudado para estos logros. Un Cáceres estadista, entre pragmático, moderno e impregnado del positivismo de la época, hablará de la urgente necesidad de iniciar un progreso constante en base a la inversión extranjera, a la explotación de las riquezas naturales del país, a la modernización de las Fuerzas Armadas y al mejoramiento de la instrucción popular. Un Cáceres tradicional, heredero de su formación militar, y siempre sintonizado con el ambiente positivista, hablará de la necesidad de orden, pensando no sólo en el caos del interior del país al iniciarse su gobierno, sino también, más específicamente, en la persona del eterno conspirador —de pasado turbulento— que terminará en el autoexilio por la represión del régimen. Hablará también, en fin, un Cáceres algo utópico, esperanzado en las inmensas riquezas de la Amazonía y en las potencialidades quizá exageradas de la colonización.

 Al acercarse el fin de su mandato, Cáceres conservaba todavía gran parte de su prestigio popular. No obstante, al interior de los círculos políticos su desgaste comenzaba ya a ser evidente. Sin lugar a dudas, las escaramuzas entre el Congreso y sus diez gabinetes, así como los desacuerdos en torno al Contrato Grace contra el telón de fondo de la represión del pierolismo, habían dejado en muchos casos una estela de rencor, desilusión y desconfianza. De hecho, para las elecciones de 1890, y por causas tal vez diversas, lo esencial del civilismo prefirió auspiciar a su propio candidato, el médico Francisco Rosas. No obstante, Mariano Nicolás Valcárcel y su Círculo Parlamentario proporcionaron en el Legislativo el apoyo determinante para el triunfo del coronel Remigio Morales Bermúdez, el candidato auspiciado por Cáceres. En medio de todo, comenzaba a ocurrir algo aún más sombrío: los fríos pasadizos y gabinetes de Palacio de Gobierno no eran sin duda las breñas andinas, ni la corte de aduladores y de lobbystas que acosaban sin descanso al presidente eran sus fieles soldados y guerrilleros del pasado. Mucho de ese ambiente, característico del Perú de todas las épocas, comenzaba, ya entonces, a marcar al héroe con las llagas de la política.

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