LA UNIFICACIÓN ALEMANA

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LA UNIFICACIÓN ALEMANA Y SU REPERCUSIÓN POLÍTICA Y ECONÓMICA EN EL ESCENARIO EUROPEO

“(…) Alemania, desde 1950 hasta ayer, estaba razonablemente satisfecha de su posición de país derrotado pero floreciente (…) Pero repentinamente la situación ha cambiado y hoy Alemania está inquieta (…) Tras su reunificación, Alemania (…) se ha dado cuenta de su nueva fuerza y quiere usarla para recuperar el espacio y el tiempo perdidos (…) Si Bonn decide adoptar una política exterior en Europa, los demás colegas deberán seguirla (…)
La inquietud alemana tiene un sólido fundamento. Es la consecuencia de la desaparición de la URSS como sujeto integrante de un mundo bipolar (…) Una vez desaparecida la bipolaridad, ha vuelto a resurgir con toda su fuerza la Europa central, cuyo motor político y económico es Alemania (…)
Entre Alemania y la CE se ha establecido un nuevo juego (…) En el centro del continente existe una potente área del marco, apoyada por una institución bancaria y un Gobierno que actúan de acuerdo con su propia visión e intereses. Alrededor de esta área hay enanos financieros, enanos industriales e incluso enanos políticos (…)”.


Eugenio Scalfari
La Repubblica, 20 de enero de 1992
(1)

“Los viejos anclajes de la existencia nacional alemana han sido, así, repentina y desconcertantemente aflojados durante los últimos dos años: las suposiciones sobre el valor de la integración europea para resolver el problema nacional de Alemania, y sobre la importancia que la alianza con los EEUU tenía para enfrentar los problemas derivados de la política exterior. Es perfectamente natural que este proceso haya sido seguido de confusión y de ansiedad”

Pfaff, William
International Herald Tribune,
21-22 de marzo de 1992
(2)
CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

1. Los condicionamientos básicamente externos de la unificación alemana.

2. Asuntos de seguridad y de fronteras.

2.1 Situación militar y estratégica de Alemania después de la unificación.

2.2 El tema de la frontera con Polonia.

2.3 Relaciones bilaterales con Checoslovaquia y Hungría.

2.4 La nueva actitud alemana en temas militares y de seguridad colectiva.
2.4.1 La crisis yugoslava y la presión alemana en la Comunidad Europea para obtener el reconocimiento de Croacia y Eslovenia. El reconocimiento de los países bálticos.
2.4.2 El caso de la suspensión de venta de armas a Turquía.
2.4.3 Iniciativas de revisión de las barreras constitucionales para el envío detropas alemanas en misiones fuera del marco de la Alianza Atlántica. La OTAN y el proyecto de creación de un sistema de seguridad europeo.
2.4.4 Discrepancias sobre la construcción del Avión de Combate Europeo y modificación de los criterios de Defensa.
2.4.5 Gestiones para lograr la admisión de Alemania como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.

3. La unificación alemana y la expansión económica germana hacia Europa Oriental.

4. Repercusiones de la unificación de Alemania en el proyecto comunitario europeo.

4.1 El peso y las prioridades de Alemania durante las negociaciones del acuerdo de Maastricht. Desarrollos posteriores.

4.2 El esfuerzo para desarrollar Alemania oriental, y su gravitación en el conjunto de la economía europea occidental.
4.2.1 Influencia de las tasas de interés alemanas.

CONCLUSIONES

INTRODUCCIÓN

Transcurridos dos años desde el día de la integración formal de la RDA en la RFA (3 de octubre de 1990), un simple vistazo a la cronología de los principales acontecimientos ocurridos en la escena europea a partir de esa fecha, revela en forma nítida un aumento notable del peso de Alemania en la arena internacional. Tal y como se plantean las cosas en el momento presente, esta mayor gravitación se refiere ahora no sólo a la tradicional importancia económica que tuvo la Alemania occidental en el pasado, sino que ya se siente vigorosamente en la misma esfera de los asuntos políticos, militares y estratégicos de nuestro tiempo. El presente trabajo intentará presentar un bosquejo del inicio de este proceso, cuyo desarrollo futuro contribuirá decisivamente, según todas las evidencias, a perfilar el mundo que emerge luego del fin de la Guerra Fría.

El contexto del proceso que estudiamos está configurado por tres elementos. Por una parte, el hundimiento del poderío soviético ha determinado la desaparición (o la redefinición) de gran cantidad de instituciones europeas que habían sido forjadas para funcionar en el peculiar marco de la tensión militar Este-Oeste. Por otra parte, pese al evidente reconocimiento de su situación como la gran superpotencia vencedora de la Guerra Fría, los EEUU muestran en la actualidad un perfil contradictorio que oscila entre su deseo de “compartir responsabilidades globales” con los otros grandes de la escena mundial (principalmente Japón y Alemania), y su tendencia a poner resistencias a toda iniciativa que se oriente a socavar su rol como poder hegemónico en el seno de la Alianza Atlántica. El tercer rasgo del actual contexto internacional (con énfasis en la situación europea) ha sido claramente expuesto hace poco en los siguientes términos:

“Los cambios radicales operados en los últimos años tras la caída del muro de Berlín y la liberación de los países del Este de los grillos que les sujetaban, han alterado profundamente el entorno en el que se asienta la casa común europea y han impulsado una política proteccionista, de un nacionalismo de nuevo cuño, frente a las realidades amargas que la rodean: conflictos étnico-religiosos, antagonismos y odios ancestrales desgarran de nuevo la península Balcánica y el vasto territorio de lo que fue hasta hace poco la URSS” (3).

Este trabajo cubre el período que va desde el inicio de la unificación alemana hasta los primeros días de octubre de 1992. Tanto la naturaleza del tema planteado, como las limitaciones de espacio previstas para esta monografía, han llevado al autor a poner énfasis en las variables y repercusiones internacionales del proceso de la unificación, en desmedro de un tratamiento más detallado del rico panorama interno de Alemania.

Además de la evidente dificultad que entraña el estudio de un proceso que todavía no ha concluido, el autor ha tenido que enfrentarse a la (explicable) escasez de trabajos de fondo que se ocupen particularmente de los años 1991 y 1992. Esta carencia ha sido suplida a través de la consulta de materiales de prensa (con las excepciones que serán citadas en su momento), así como mediante el ocasional recurso a la observación del proceso desde el mismo lugar de los acontecimientos, a partir de una óptica personal.

Las referencias sobre las fuentes utilizadas en el presente trabajo se incluyen en un apéndice final, al margen de las 30 páginas del texto propiamente dicho que siguen a esta Introducción.


1. Los condicionamientos básicamente externos de la unificación alemana

La unificación alemana de 1990 (o reunificación, si consideramos la historia del pueblo germano desde el siglo XIX) fue una consecuencia directa del proceso que condujo al fin de la Guerra Fría entre los EEUU y la antigua Unión Soviética. De manera muy clara, el 3 de octubre de 1990, día de la unificación del país y de la solución de la “cuestión alemana”, marcó la cancelación de los últimos rezagos históricos de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, vale decir, de su ocupación por parte de las potencias vencedoras, y de su ulterior división en función de las zonas de influencia Este-Oeste (4).

Movidos principalmente por el reconocimiento de la creciente debilidad económica y tecnológica de la URSS frente a las potencias occidentales -que hacía cada vez más difícil seguir manteniendo el control sobre Europa oriental- Gorbachov y la nueva generación de políticos soviéticos optaron, a partir de la segunda mitad de los años 80, por impulsar un proceso de apertura dentro de su país, y por favorecer una política de distensión a nivel mundial (5).

Tanto la remoción de Erich Honecker al frente de la RDA (18.10.89), la caída del Muro de Berlín (9.11.89), así como la eliminación definitiva del poder omnímodo que había tenido el Partido Socialista Unificado de Alemania (1.12.89), encuentran su explicación en la evidente atenuación del soporte político y militar que la URSS había brindado hasta entonces a las autoridades de la Alemania comunista. Este cambio de actitud de las autoridades soviéticas, vinculada al espíritu de la Perestroika y de la distensión, alcanzó su punto más alto durante 1989, el año de las grandes revoluciones democráticas de la Europa del Este.

A fines de 1989, pese a la caída del Muro de Berlín y de la frontera interalemana, el curso que debía seguir el proceso de la unificación distaba mucho de estar perfectamente definido. En vista de la enorme popularidad que comenzó a gozar la idea de una unificación rápida (particularmente dentro de la RDA), tanto el Canciller Helmut Kohl como su Ministro de RREE, Hans-Dietrich Genscher, optaron por acelerar el proceso, argumentando que el ambiente de distensión que reinaba por entonces entre los EEUU y la URSS no estaba del todo garantizado.

En un comienzo, salvo en el caso de los EEUU, tanto la idea de una posible unificación de Alemania, como de su consecuente resurgimiento como potencia militar y política, despertaron serios recelos en varios países, particularmente en Francia, el Reino Unido, la Unión Soviética y Polonia. A mediados de febrero de 1990, en gran parte gracias a la importante gestión personal de Hans-Dietrich Genscher, la RFA consiguió atenuar estos recelos y convencer a las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial para tratar en forma conjunta, con el concurso de las dos Alemanias (en lo que se consideró el inicio de las negociaciones Dos más cuatro), las consecuencias externas que podía acarrear en el futuro el proceso de unificación.

El otro gran obstáculo para la unificación de Alemania se encontraba hacia fines de 1989 en el propio frente interno de la RDA, cuyo régimen, aunque reformista, se asentaba todavía entonces en las viejas estructuras del orden socialista. Pese a la tibieza con que Kohl comenzó a esbozar sus propuestas para una integración de las dos Alemanias (habló en un principio simplemente de “estructuras confederadas”), el gobierno del Primer Ministro Hans Modrow, temeroso de la destrucción del aparato productivo de la RDA y de una virtual “colonización” del país por parte la Alemania occidental, se negó a aceptar una aceleración del proceso, y comenzó a negociar únicamente los términos que podría tener una posible unificación monetaria. Este entrampamiento fue superado sólo después de las elecciones parlamentarias de marzo de 1990, que acarrearon, a partir del mes siguiente, la instalación del primer régimen no socialista en la historia de la RDA. De manera muy razonable, el claro triunfo de las fuerzas conservadoras en la RDA fue interpretado como el más certero indicio de la voluntad mayoritaria de apurar la incorporación de la RDA dentro de la poderosa RFA. Kohl encontró en el nuevo Primer Ministro de la RDA, el democristiano Lothar de Maizière, el aliado incondicional que necesitaba para marchar resueltamente en pos de la meta que se había planteado. El 18 de mayo de 1990 fue firmado el tratado de la Unión Económica y Monetaria que entrañó, a partir de julio, la desaparición del antiguo signo monetario oriental. Asimismo, los regímenes de Kohl y de de Maizière acordaron la negociación de un tratado de Unificación Política, con la intención (ya entonces de dominio público) de sancionar jurídicamente, en un plazo todavía indeterminado, la virtual desaparición de la RDA como estado soberano.

En tiempos de la conformación de la estrecha alianza política entre Kohl y de Maizière, restaba todavía sobrepasar el tercer y más difícil grupo de obstáculos que debió afrontar el proceso de unificación, esta vez en su frente externo: la negativa de la URSS a aceptar la futura integración de la Alemania unida en la OTAN, y la situación de las tropas soviéticas acantonadas en territorio de la RDA desde los inicios de la Guerra Fría. Recién a mediados de julio de 1990, mediante la concesión de ciertas ventajas estratégicas para la URSS, así como gracias a la promesa de un futuro estrechamiento de las relaciones financieras y comerciales germano-soviéticas, Kohl consiguió flexibilizar la posición de Mikhail Gorbachov sobre el espinoso tema de la futura pertenencia de Alemania a la OTAN.

Finalmente, superado el punto de inflexión en materia internacional, el virtual estado de desgobierno político y económico que dominó a la Alemania oriental a partir de la introducción del marco federal, hizo necesaria la suscripción (31 de agosto) del tratado interalemán de unión política que fijó el 3 de octubre como la fecha de la unificación.

El 12 de setiembre, en lo que se consideró la conclusión de las negociaciones Dos más cuatro, las dos Alemanias y las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial firmaron el Tratado sobre el acuerdo final con respecto a Alemania, llamado también Tratado de Moscú, que fue negociado en consonancia con lo pactado por Kohl y Gorbachov en julio, y que eliminó los “derechos y responsabilidades” de los aliados sobre Alemania. El 2 de octubre, pocas horas antes de la unificación, tuvo lugar la disolución de la Kommandatura militar aliada en Berlín occidental, porción de la ciudad que había permanecido bajo un régimen de ocupación militar desde la época de la derrota de Alemania en 1945.

En el plano de la política interna, Kohl cosechó casi inmediatamente los frutos de la unificación con el triunfo de su agrupación política cristiano demócrata (CDU) en las primeras elecciones pan alemanas para renovar el Bundestag, que tuvieron lugar el 2 de diciembre de 1990.

La Guerra Fría había concluido formalmente en noviembre de 1990, merced a los acuerdos alcanzados en París por la OTAN, el Pacto de Varsovia y la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea (6). No obstante, hacia comienzos del año siguiente, no se descartaba del todo un bloqueo de la ratificación del Tratado de Moscú en el Soviet Supremo de la URSS, debido a la relativa influencia que todavía conservaban por entonces ciertos grupos intransigentes del PCUS y de las fuerzas armadas, particularmente en contra del retiro definitivo de las fuerzas soviéticas de territorio alemán. Fue precisamente el temor de una posible desestabilización del régimen de Gorbachov, y la necesidad de no dar argumentos a los sectores militaristas de la URSS, lo que llevó al gobierno alemán a no protestar cuando las tropas soviéticas incursionaron violentamente en Lituania, en enero de 1991. A comienzos del marzo de dicho año, probablemente como un reconocimiento a la posición alemana de entonces de respetar la integridad de la Unión Soviética, el Soviet Supremo ratificó el Tratado de Moscú y garantizó, así, finalmente, el carácter soberano de la nueva Alemania (7).


2. Asuntos de seguridad y de fronteras

2.1 Situación militar y estratégica de Alemania después de la Unificación

Debido a una serie de circunstancias, el proceso de la reunificación de Alemania no ha traído como consecuencia la aparición de un coloso militar y estratégico sin rival en Europa. En cuanto a sus recursos básicos, luego de la incorporación de la RDA en la RFA, la superficie combinada resultante es aproximadamente dos quintos mayor que la de Alemania occidental en el pasado, mientras que la población del país reunificado (80 millones) ha aumentado en un cuarto con relación a la antigua de la parte occidental. Además, la asimilación del antiguo potencial económico de la RDA no ha hecho sino aumentar en apenas un décimo el potencial alemán en su conjunto (8).

La consecuencia principal del Tratado de Moscú (véase el acápite 1.) fue la restitución a Alemania de su carácter soberano, perdido luego de la derrota del Tercer Reich en 1945. Este mismo instrumento especificó, no obstante, las limitaciones que tendría Alemania en el ámbito geoestratégico luego de producida la reunificación del país. Gracias a la suscripción del citado instrumento internacional, Alemania obtuvo el derecho de pertenecer a la Alianza Atlántica, o a cualquier otra organización militar de carácter colectivo que considerara importante para la seguridad del país. Además, aseguró el fin de la presencia de efectivos castrenses en territorio alemán bajo la modalidad de tropas de ocupación. Por otra parte, el despliegue de las tropas soviéticas acuarteladas en territorio de la antigua RDA (cuyo número ascendía en 1990 a unos 370,000 efectivos) no debía prolongarse más allá de 1994. Durante el lapso del desmantelamiento de los restos del ejército soviético de territorio germano oriental, este ámbito geográfico podría ser ocupado únicamente por tropas defensivas alemanas que no estuvieran bajo el mando de la Alianza Atlántica. Una vez completado el proceso, las estructuras de la OTAN sólo podrían ser extendidas a la parte oriental de Alemania mediante el despliegue de tropas germanas. El Tratado de Moscú acordó una prohibición total a la instalación de armamentos nucleares en el viejo territorio de la Alemania socialista. A cambio del fin de los “derechos y obligaciones” de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, Alemania se comprometió a reconocer las fronteras existentes en el momento de la firma del mencionado instrumento, y a reducir, en el plazo de tres años, sus futuros contingentes militares a un máximo de 370,000 efectivos. También renunció a la producción, posesión, y disposición con fines bélicos de armas atómicas, químicas y biológicas (9).

Hacia comienzos de julio de 1992, el gobierno alemán comenzó a promover la firma de un acuerdo que subrayara la desaparición del régimen de ocupación, y que regulara las actividades de los 235,000 efectivos occidentales (de origen estadounidense, británico, francés, canadiense, belga y holandés) que seguían instalados por entonces en el viejo territorio de la RFA (10). Por otro lado, en enero de 1992, permanecían todavía en Alemania oriental cerca de 225,000 soldados de origen soviético, a los que se sumaban 160,000 familiares y personal civil. Para esa época, el supremo comando de esos efectivos había declarado públicamente que todas las armas nucleares habían sido ya removidas del antiguo territorio de la RDA (11).

2.2 El tema de la frontera con Polonia

A raíz de la firma del Tratado de Moscú, la URSS obtuvo el reconocimiento de la frontera alemana marcada por los ríos Oder y Neisse, que suponía la renuncia, por la parte germana (y en beneficio tanto soviético como polaco), de los antiguos territorios de Silesia, Pomerania y Prusia Oriental, que habían formado parte del Reich antes de la guerra. Dicho instrumento previó también la firma de un tratado específico entre Alemania y Polonia para ratificar los límites existentes, el mismo que fue firmado en Varsovia, el 14 de noviembre de 1990 (en tiempos del Primer Ministro Tadeusz Mazowiecki), y ratificado por Bonn el 17 de octubre del año siguiente. En esta última ocasión, invocando argumentos nacionalistas, una minoría parlamentaria alemana encabezada por los cristiano-demócratas se negó a sancionar lo que consideraban como la pérdida definitiva de territorios que habían sido alemanes antes de la última guerra (12).

2.3 Relaciones bilaterales con Checoslovaquia y Hungría

Con Checoslovaquia restaba todavía tratar, además de los asuntos de cooperación económica, el llamado tema de los Sudetes. A raíz de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, y debido principalmente a su estrecha colaboración con el régimen nazi, la minoría alemana que habitaba en la región de los Sudetes (en número de tres millones) fue expulsada masiva y violentamente del territorio que constituyó Checoslovaquia durante la Guerra Fría. Luego de la caída del régimen comunista, e iniciado el proceso de modernización de la economía checa, el gobierno de Praga ha venido negándose a permitir la participación, en las subastas del proceso de privatización, de los viejos alemanes de los Sudetes, que buscan recuperar por este medio las propiedades que les habían sido confiscadas hace más de cuatro décadas. En la actualidad, los expulsados de los Sudetes se encuentran organizados (junto con los que salieron en similares circunstancias de Silesia, Pomerania y la Prusia Oriental) en el llamado Bund der Vertriebenen (BdV), que tiene algún peso en el conservador partido Social Cristiano (CSU) de Baviera (integrante de la actual coalición de gobierno). Pese a todo, las reclaraciones referidas al problema de los Sudetes no fueron incluidas en el Tratado de Amistad germano-checoslovaco firmado en Praga, el 27 de febrero de 1992, por el Canciller Helmut Kohl y el Presidente Vaclav Havel (13).

El 6 de febrero de 1992, el gobierno alemán firmó en Budapest un tratado de cooperación y amistad con Hungría (14).

2.4 La nueva actitud alemana en temas militares y de seguridad colectiva

Durante los primeros meses que sigueron a la unificación, influida todavía por las tradiciones (y ataduras) heredadas la Guerra Fría, Alemania mantuvo un perfil más bien bajo en temas de política exterior. A comienzos de 1991, debido a la prohibición constitucional de enviar tropas fuera del ámbito de la OTAN, y en medio de un coro de críticas internacionales sobre su supuesta “pasividad”, Alemania no pudo participar activamente en los esfuerzos militares para solucionar la crisis internacional derivada de la invasión de Kuwait por parte de Irak (a excepción del envío de aviones para ayudar a resguardar la frontera turco-iraquí, estrictamente dentro de una operación defensiva de la OTAN). Entonces, Alemania concentró lo esencial de su participación en el otorgamiento de donaciones pecuniarias y de material defensivo tanto a los EEUU como a Israel. También resultó reveladora la lentitud de la reacción de Alemania con relación al putsch de agosto de 1991 en la Unión Soviética. Alemania asumió una posición de dureza frente a los golpistas sólo después de la dura condena efectuada por los EEUU, que contribuyó de manera importante al fracaso de la conspiración (15).

2.4.1 La crisis yugoslava y la presión alemana en la Comunidad Europea para obtener el reconocimiento de Croacia y Eslovenia. El reconocimiento de los países bálticos.

El estallido de la crisis yugoslava probó ser, a la postre, el escenario internacional donde Alemania mostró finalmente un criterio propio en temas vinculados a la seguridad colectiva. Desde el verano de 1991, principalmente a iniciativa de su Ministro de RREE Hans-Dietrich Genscher (entonces a la cabeza de la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea), Alemania comenzó a presionar a la CE para reconocer el derecho de autodeterminación alegado por Croacia y Eslovenia. El 4 de diciembre de 1991, Bonn marcó distancias frente a la postura de la mayoría de los miembros de la CE en esta crisis, al tomar la primera medida unilateral agresiva contra las repúblicas de Serbia y Montenegro (el corte de todas las rutas de comercio y transporte entre Alemania y las dos mencionadas repúblicas). Poco tiempo antes, en una actitud que equivalió al rompimiento de facto de un acuerdo comunitario, el Canciller Kohl había declarado conjuntamente con el Primer Ministro italiano Giulio Andreotti la disposición de Alemania e Italia de reconocer a Croacia y Eslovenia antes de la Navidad. Por esa época, el Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, advirtió sobre el carácter prematuro y el peligro que representaba esta decisión, señalando que “cualquier acción descoordinada” contribuiría a aumentar la tensión y a debilitar los trabajos de la misión de paz en Yugoslavia encabezada por Cyrus Vance. El 13 del mismo mes, Genscher envió una dura carta a Pérez de Cuéllar en la que negaba los cargos de “descoordinación” y donde afirmaba que el no reconocimiento de las dos repúblicas podía ser interpretado por el ejército yugoslavo como un respaldo a sus acciones y conducir a una “escalada de violencia”. El 17, en la reunión del Consejo de Ministros de la CE realizada en Bruselas, y luego de hacer una pequeña concesión respecto al plazo de su propuesta inicial, Alemania forzó a los Doce a reconocer la independencia de Croacia y Eslovenia a partir del 15 de enero siguiente. Al haber doblegado la posición de las otras naciones europeas desarrolladas (particularmente Francia y el Reino Unido), Alemania rompió en los hechos la tradición de subordinación en materias estratégicas que había caracterizado a la RFA durante la Guerra Fría. Por otra parte, como se vio en declaraciones (21.1.92) efectuadas por Robert Kimmitt, embajador de los EEUU en Bonn, el gobierno del Presidente Bush apoyó esta nueva actitud “afirmativa” de Alemania “en acciones colectivas concebidas para conseguir metas y objetivos comunes” (16).

Antes de la situación descrita líneas arriba, Alemania ya había dado ciertos indicios de independencia en el tema de los países Bálticos, cuyo reconocimiento fue efectuado por Bonn después del fracaso del golpe de agosto de 1991 en Moscú (17).


2.4.2 El caso de la suspensión de la venta de armas a Turquía

El 26 de marzo de 1992, el inicio de una agria disputa diplomática entre Bonn y Ankara permitió apreciar otra actitud decidida e independiente del gobierno alemán en su frente externo. En esa fecha, el gobierno de Helmut Kohl anunció una inmediata suspensión de los envíos de armamentos de origen alemán a Turquía, luego de haber recibido informes sobre la utilización de esos materiales en la lucha contra la guerrilla separatista kurda. (Gran parte de los armamentos en cuestión habían pertenecido al desarticulado ejército de la RDA.) Por otra parte, Alemania solicitó a sus socios de la CE emitir una protesta formal contra Turquía ante la violación de los derechos de la minoría kurda.

La disputa fue lo suficientemente delicada como para atraer la atención mundial, no sólo por tratarse de una rencilla entre dos miembros de la OTAN, sino debido a la peculiar relación bilateral que existe entre ambos países. (Alemania, el principal socio comercial de Turquía, alberga una población turca ascendente a 1.5 millones de personas.) Durante lo peor de la crisis, el presidente turco Ozal acusó a Alemania de “tratar de probar que es una gran potencia” como la “Alemania de Hitler” lo hizo en el pasado. Además, el incidente también marcó una nueva ruptura con relación a los usos diplomáticos germanos de la postguerra, que llevaron en el pasado a la vieja RFA a aguardar siempre la iniciativa de los EEUU y de sus otros aliados occidentales en eventualidades de esta naturaleza. De hecho, poco antes, el Departamento de Estado había tomado un rumbo distinto, al condenar las acciones terroristas cometidas por el Partido Kurdo de los Trabajadores, y saludar la respuesta militar turca en represalia a estos atentados.

A consecuencia del enfrentamiento germano-turco, se produjo la renuncia de Gerhard Stoltenberg, ministro alemán de la cartera de Defensa. Fue reemplazado por Volker Rühe (18).

2.4.3 Iniciativas de revisión de las barreras constitucionales para el envío de tropas alemanas en misiones fuera del marco de la Alianza Atlántica. La OTAN y el proyecto de creación de un sistema de seguridad europeo.

Durante todo el año 1991, luego de la experiencia de la Guerra del Golfo (donde Alemania participó como simple proveedora de recursos financieros y militares), el Canciller Kohl realizó intentos por introducir una reforma en la constitución que permitiera una futura participación de su país en misiones pacificadoras de las Naciones Unidas fuera del área de la OTAN. Todos estos intentos fracasaron debido a la total negativa de la oposición socialdemócrata, cuyos votos eran imprescindibles para alcanzar los dos tercios necesarios en el Bundestag. El 19 de febrero del año siguiente, el gobierno alemán se reafirmó formalmente en este propósito (19).

Al margen de la disputa jurídica en el legislativo alemán, existen hasta la fecha tres precedentes concretos -aunque de importancia ciertamente menor- de operaciones militares alemanes que ya han sido llevadas a cabo fuera del ámbito de la Alianza Atlántica. Durante la Guerra del Golfo, esgrimiendo el argumento de una defensa humanitaria de Israel, el gobierno autorizó la acción navíos barreminas alemanes en el Mediterráneo. Después de este mismo conflicto, tropas alemanas participaron en los esfuerzos para ayudar a los kurdos en Iraq e Iran (cuyos respectivos territorios no forman parte de la OTAN). Finalmente, el 15 de julio de 1992, el gobierno decidió enviar el destructor Bayern y tres aviones de reconocimiento a la costa yugoslava para colaborar en un operativo de inspección en el marco del embargo comercial dispuesto por la ONU contra Serbia y Montenegro (donde participaron otros países de la OTAN). La oposición socialdemócrata alemana consideró esta última acción como violatoria de la constitución (20).

Desde 1991 hasta octubre de 1992, los esfuerzos político-diplomáticos del gobierno alemán no sólo se han orientado al objetivo de romper el corsé de su membrecía atlántica, sino han llegado incluso al extremo de patrocinar, al menos un caso específico, una iniciativa de defensa colectiva de “vocación europea”. Ya desde antes de la unificación, en un momento tan temprano como setiembre de 1990 (a poco de estallar el conflicto del Golfo), Francia y Alemania habían lamentado explícitamente la carencia de “instituciones europeas” que permitieran jurídicamente una presencia militar conjunta fuera del marco europeo (21).

El trasfondo de esta situación se encontraba en la polémica sobre la vigencia de la OTAN luego del fin de la Guerra Fría, así como en el movimiento contradictorio manifestado por los EEUU de disminuir gradualmente su presencia militar en el Viejo Continente, aunque combatiendo paralelamente toda iniciativa que busque socavar su posición dominante dentro de la OTAN (22).

En el terreno concreto de las iniciativas militares y geopolíticas, la Guerra del Golfo demostró que, pese a la desaparición de la URSS, Washington seguía ejerciendo una tutela en materia de seguridad sobre Europa occidental. Además, fue evidente que la Comunidad Europea no pudo articular entonces una política exterior común y se limitó a seguir el ritmo marcado por los EEUU (23).

En este contexto se han dibujado hasta hoy las posiciones de “europeos” y “atlánticos” sobre el futuro papel de la OTAN. Los primeros parten del supuesto de que una cada vez mayor integración de la CE, particularmente en el ámbito defensivo y estratégico, permitirá contrarrestar cualquier tentación alemana de volver a erigirse en un peligro para el equilibrio mundial. Si el proyecto comunitario se diluyera, dejando espacio libre para el hegemonismo alemán, no quedaría sino volver a depender de la masiva presencia militar norteamericana. Por su parte, los “atlánticos” argumentan precisamente en el sentido contrario: la integración europea no es sino la máscara que utilizan los alemanes para erigirse en el futuro como los nuevos árbitros de Europa. Esta es la razón por la cual Henry Kissinger, antiguo Secretario de Estado de los EEUU y quizá el más famoso de los “atlánticos”, considera necesaria la continuación de una preeminencia norteamericana en la OTAN, aunque ciertamente con una estructura militar más flexible y mejor adaptada al nuevo panorama internacional (caracterizado por los conflictos étnicos y las guerras de tipo más focalizado). Según Kissinger, los mismos europeos han comenzado ya a ver con temor la posibilidad de un resurgimiento de Alemania como potencia militar, lo que explica, en parte, las resistencias prácticas que viene experimentando recientemente el proyecto comunitario. Por lo demás, dada la permanencia de cabezas nucleares y de ejércitos numerosos en el antiguo espacio soviético, todavía no ha desaparecido del todo una potencial amenaza proveniente de la Europa oriental. Desde este punto de vista, de caer países como Francia en la tentación de promover la creación de alguna estructura defensiva europea al margen de la OTAN, no estarían sino abriendo las puertas a las encubiertas tentaciones nacionalistas alemanas, y actuando consecuentemente en contra de su propio interés (24).

Desde 1991, las propuestas específicas de los actores internacionales han partido, casi siempre, por intentar definir el rol que deberá tener en el futuro la llamada Unión Europea Occidental (UEO), que comprende a los nueve países que son miembros tanto de la CE como de la OTAN (25).

En la línea de una propuesta realizada en octubre de 1991, Kohl y Miterrand anunciaron durante la Cumbre de La Rochelle (21-22 de mayo de 1992) la creación de un cuerpo de ejército “con vocación europea” compuesto de aproximadamente 35,000 efectivos, y cuyo estado mayor tenía previsto establecerse a partir de julio en Estrasburgo. Según el proyecto franco-germano, este cuerpo de ejército debía comenzar a funcionar en 1995 y operaría como una estructura de defensa complementaria de la Alianza Atlántica. (A comienzos de febrero de 1992, el gobierno alemán ya había decidido convocar a los países de la UEO para discutir conjuntamente los alcances del proyecto.) Como era de esperarse, esta iniciativa recibió duras críticas particularmente del Reino Unido, país que aceptó la existencia del cuerpo franco-germano, aunque integrado a una UEO concebida, a su vez, como un “pilar europeo” (y subordinado) de la Alianza Atlántica. El proyecto también fue atacado por los EEUU, cuyo gobierno llegó a interpretar el paso como un espaldarazo alemán a la vieja aspiración francesa de afirmar una defensa europea y de librarse de la tutela de la OTAN. Sobre este último punto específico, Bonn retrucó a Washington subrayando que no era intención del proyecto suplantar a la Alianza Atlántica, u oponerse a ella (26).

Para concluir este acápite debe señalarse que, a comienzos de 1992, Genscher hizo pública su propuesta de crear cascos azules europeos que dependieran de la CSCE (27).


2.4.4 Discrepancias sobre la construcción del Avión de Combate Europeo y modificación de los criterios de Defensa

El 30 de junio de 1992, el gobierno alemán decidió retirarse del proyecto EFA (European Fighter Aircraft), destinado a producir el llamado Avión de Combate Europeo a un costo aproximado de 35.5 mil millones de dólares. El EFA, que contaba también con la participación de Italia, el Reino Unido y España, había sido concebido en 1985 con el propósito (obsoleto a partir del fin de la Guerra Fría) de enfrentar un posible ataque de las nuevas versiones de cazas soviéticos. En líneas generales, la decisión alemana había sido influida por un cambio del concepto defensivo alemán, hecho público a partir de comienzos de 1992. Este cambio de perspectiva obedecía al doble objetivo de aumentar la movilidad y flexibilidad de la FFAA alemanas (creando unidades de reacción rápida con menor concurso de armamento pesado), y de ahorrar a los contribuyentes germanos unos 44 mil millones de marcos durante la próxima década (28).

2.4.5 Gestiones para lograr la admisión de Alemania como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.

El 23 de setiembre de 1992, por boca del Ministro de RREE Klaus Kinkel (quien reemplazó a Genscher a partir de su renuncia en abril), Alemania manifestó por primera vez en la Asamblea General de la ONU su deseo de obtener un puesto permanente en el Consejo de Seguridad. En esa ocasión, Kinkel también prometió que Alemania revisaría su constitución para que los soldados alemanes pudiesen participar en futuras operaciones monitoreadas por la ONU (véase el acápite 2.4.3). A juzgar por el contenido de las declaraciones del Canciller Helmut Kohl, este giro en la política exterior alemana con relación al Consejo de Seguridad ya se había venido produciendo desde agosto, precisamente cuando el Japón comenzaba a adoptar una actitud similar, y cuando el Secretario General de la ONU, Boutros Boutros Ghali, había manifestado su interés en promover una ampliación del número de miembros permanentes de dicho organismo (en cuyo proyecto incluía a japoneses y alemanes). Anteriormente, en tiempos de los albores de la Unificación, esta posición había sido considerada “no prioritaria” por Bonn, pese al enorme peso real del país, y a lo paradójico que resultaba marginar del Consejo de Seguridad al tercer contribuyente neto de las arcas de la ONU (29).


3. La unificación alemana y la expansión económica germana hacia Europa oriental


“El este es nuestro mercado natural”

Heinz Schimmelbusch, cabeza de la
empresa germano occidental Metallge-
sellschaft AG
(30).

Tanto la distensión militar y estratégica provocada por el fin de la Guerra Fría, como las enormes carencias financieras y productivas que aquejaron desde el comienzo a las democracias que emergieron en el antiguo espacio del Pacto de Varsovia, sentaron las bases de una clara proyección económica de Alemania hacia el Este europeo. Además de ser considerado como un campo “natural” de expansión económica para el sector privado, el estado alemán es muy consciente del peligro que representaría para la seguridad germana cualquier perturbación grave de la estabilidad de los países del Este, en la forma ya sea de caos económico, guerras, o de una (temida) emigración masiva hacia Occidente (31).

Algunas de las compañías privadas alemanas más poderosas tienen lazos de inversión y comercio con la Europa del este que se remontan en muchos casos al siglo pasado, como es el caso de la Metallgesellschaft AG, de la química Hoechst (Frankfurt) y de la Siemens (Munich). Tradicionalmente, la historia secular de las relaciones económicas entre Alemania y la Europa del este se caracterizó por el intercambio de tecnología germana por recursos naturales y mano de obra oriental. En la actualidad, a diferencia del tipo de expansión practicada durante los últimos dos años por países como Francia, los EEUU e Italia -centrada en el aprovechamiento de ciertas ventajas inmediatas- la penetración alemana obedece a una planificación de largo plazo, orientada a consolidar una presencia permanente durante las décadas venideras. No es, en efecto, casual que Alemania sea hoy día el principal socio comercial y financiero occidental de casi todos los países que conformaban el antiguo Pacto de Varsovia (32).

Uno de los principales atractivos que tiene el Este para los empresarios alemanes se refiere al tema de la mano de obra:

“El nivel de los salarios de la población trabajadora del Este podría llegar a ser de particular interés con el correr de los años, y en tanto los salarios alemanes, actualmente casi los más elevados del mundo, se mantengan en aumento. De acuerdo con la opinión de la Asociación Alemana de Comercio e Industria, atravesando la frontera con Checoslovaquia se puede encontrar una mano de obra de muy buena calidad por aproximadamente un décimo del costo del nivel salarial alemán” (33).

Pese a su innegable importancia, la expansión económica alemana hacia Europa del Este no debe ser magnificada. Por ejemplo, hacia fines de 1991, la antigua URSS absorbía únicamente el 2 % de las exportaciones alemanas. Hacia esa misma época, en términos absolutos, la inversión alemana acumulada en el Este (contabilizada en millones de dólares) tenía los siguientes niveles: Checoslovaquia (532), Comunidad de Estados Independientes (500), Hungría (350), Polonia (187.7), Rumanía (30.5) y Bulgaria (5.4). Sólo considerando 1991, las exportaciones alemanas hacia el este europeo descendieron un 29 % hasta llegar a los 37.9 mil millones de marcos, mientras que las importaciones alemanas provenientes de Europa oriental bajaron un 10 %, hasta situarse en los 32.9 mil millones de marcos. De hecho, además de considerar el freno económico que ha significado la concentración del esfuerzo nacional alemán en la modernización de la antigua RDA (véase el acápite 4.2), no es en absoluto descabellado sostener que la expansión empresarial hacia Europa del Este es todavía muy cautelosa, debido a la falta de estabilidad política, legal, administrativa y monetaria que caracteriza hoy día a esa región del planeta (34).

Alemania es actualmente el más importante aportador mundial de ayuda oficial para los países de Europa oriental y, en repetidas ocasiones, ha manifestado encontrarse en el límite de sus posibilidades para continuar con este ritmo de erogaciones: hasta comienzos de mayo de 1992, había otorgado 75 mil millones de marcos a las viejas repúblicas soviéticas, y 105 mil millones de marcos al resto de los países del este. (La cantidad correspondiente a la CEI incluía 12 mil millones de marcos que ya habían comenzado a ser utilizados por entonces en la financiación de la retirada de los restos del ejército soviético de la antigua RDA.) (35). Un tipo especial de ayuda, bajo la modalidad de la garantía Hermes para las exportaciones alemanas (en particular a las que se originan en empresas germano orientales), viene siendo otorgada por el estado alemán para promover sobre todo el comercio germano-ruso. Recientemente, esta relación comercial bilateral se ha debilitado mucho debido a la multiplicación de casos de empresas alemanas que deben ser indemnizadas por deudas incobrables de negocios en la antigua URSS, así como por la negativa rusa a conceder garantías a los exportadores alemanes. En general, las relaciones económicas ruso-germanas no han estado exentas de conflictos que, en algunos casos, han llegado a invadir la esfera de los asuntos estratégicos (36).

Entre los proyectos específicos privados alemanes en el Este que han involucrado inversiones contabilizadas en términos de cientos de millones de marcos, cabe mencionar los contratos Volkswagen-Skoda, y Mercedes Benz-Avia y Liaz, en Checoslovaquia, así como la reciente iniciativa de la firma Siemens de participar en un importante proyecto ferroviario en Polonia (37).

El tema de la expansión económica alemana hacia Europa oriental rondó también en la decisión, adoptada por el Bundestag, el 20 de junio de 1991, de designar a Berlín como futura sede del gobierno federal. Durante el reñido debate sobre la materia, varios parlamentarios señalaron las ventajas geográficas que presentaba Berlín sobre Bonn como punto de irradiación comercial y financiera hacia el este (38).

4. Repercusiones de la unificación de Alemania en el proyecto comunitario europeo

4.1 El peso y las prioridades de Alemania durante las negociaciones de los acuerdos de Maastricht. Desarrollos posteriores

Durante los meses de preparación de la Cumbre Comunitaria de Maastricht (9-10 de diciembre de 1991), el gobierno de Helmut Kohl contó a su favor no sólo con la perfecta sintonía y coordinación que le ofrecía el gobierno francés, sino con el mismo apoyo popular que la idea de una profundización del proceso comunitario tenía entonces en su propio país. En líneas generales, antes de acudir a la mesa de negociaciones, el gobierno alemán había manifestado en repetidas ocasiones su aspiración máxima, orientada no sólo a conseguir la integración económica y monetaria (que de por sí consideraba insuficiente), sino también a forjar una futura unión de estructura federal, modelada según el sistema político germano, y con un parlamento fuerte, una moneda única, un banco central independiente y una política exterior y defensa comunes. Debido a la tormenta que se avecinaba a medida que se iba acentuando la oposición británica a acelerar el proceso de integración, Kohl decidió ceder en algunos puntos, colocando en nivel no prioritario su objetivo de conseguir que el Parlamento Europeo tuviera poder real a partir de 1994, así como la propuesta anglo-francesa de creación de un ejército europeo, que había sido anunciada hacia octubre de ese año (véase el acápite 2.4.3). Al parecer, Kohl también planeó dejar de lado toda insistencia especial para conseguir la conversión del idioma alemán en lengua de trabajo de la CE. (Prueba del interés puesto por el Canciller en el proceso comunitario fue la presión que ejerció sobre el nominalmente independiente Bundesbank, con el propósito de retrasar, hacia diciembre de 1991, una inminente alza de los intereses bancarios alemanes -de consecuencias tradicionalmente devastadoras en Europa- hasta después de concluida la Cumbre.) (39).

En términos generales, los acuerdos de Maastricht fueron producto de la dura pugna que enfrentó al Reino Unido (decidida partidaria de diluir el proceso de integración) contra Alemania y Francia. Pese a haberse descartado el uso de la expresión “vocación federal”, el acuerdo final llamó al establecimiento de una Unión Europea (“una Unión más estrecha”) que estableciera relaciones cercanas entre los Doce a través de políticas comunes en asuntos externos, seguridad e inmigración (que no implicaban, como lo subrayó el Reino Unido, la instauración de una voz diplomática única). Los mandatarios reunidos acordaron, asimismo, el establecimiento de un Banco Central Europeo, así como de una moneda única (el ECU) a partir de 1999. Sólo el Reino Unido (que marcó asimismo distancias con la política social ya pactada entre los demás miembros de la CE), consiguió la cláusula especial del opt-out, vale decir, su derecho a la rebeldía a la hora de la implantación del ECU como moneda europea. Estos acuerdos fueron suscritos formalmente por los Doce el 7 de febrero del 1992 (40).

De manera sopresiva, inmediatamente después de concluida la Cumbre de Maastricht, los sondeos de opinión en Alemania comenzaron a revelar una clara preocupación popular por la proyectada desaparición del deutsche mark (símbolo de la estabilidad germana durante la postguerra) y, en general, la pérdida de entusiasmo por la idea comunitaria en el contexto de un cierto resurgimiento de tendencias nacionalistas. El gobierno también recibió fuertes críticas del Bundesbank, entidad que no dejó de señalar el peligro que entrañaba la futura constitución de un banco central europeo sin real independencia para luchar contra la inflación. Las cosas se complicaron aún más con el rechazo danés de los acuerdos de Maastricht (2.6.92), y con la débil victoria del “Sí” en el referendum francés (20.9.92) sobre la misma materia (cuyo debate había revelado, para colmo de males, la reaparición del temor por Alemania en su vecino occidental) (41).

Otros dos temas vinculados a la problemática comunitaria fueron la oposición alemana a aumentar el presupuesto de la CE con el objetivo de ayudar a los países mas pobres en su seno, y la propuesta del gobierno alemán de admitir como miembros, antes del fin de siglo, a Polonia, Checoslovaquia y Hungría (países claves para la seguridad de Alemania). Con relación a los países miembros de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), Bonn ha manifestado que éstos deberían “formar su propia zona económica” (42).

4.2 El esfuerzo para desarrollar Alemania oriental, y su gravitación en el conjunto de la economía europea occidental (43)

A medida que trascurrieron los meses que siguieron a la unificación, aparecía cada vez más evidente que el Canciller Kohl no había conocido con claridad (o no había querido revelar) las enormes diferencias que existían entre los sistemas económicos de la RDA y la RFA en lo que se refiere a calidad de la producción y competitividad. Estas diferencias afloraron dramáticamente a partir de 1991, y obstaculizaron tanto las labores de privatización de la gigantesca Treuhandanstalt como los flujos de inversión productiva provenientes del sector privado germano occidental. Según estimaciones del Bundesbank, por lo menos 180 mil millones de marcos provenientes de Alemania occidental (el 6.5 % del PIB del oeste) habrán sido ya transferidos a fines de 1992 a la parte oriental del país. (En 1991, dicha transferencia anual ya había rebasado de sobra los 100 mil millones de marcos, mientras que, en el plano internacional, la CE colocó mil millones netos en la antigua RDA.)

La situación anterior, con su secuela de endeudamiento y déficit públicos, junto con la necesidad de aumentar los impuestos, y la existencia de sobreabundancia de circulante (herencia de la demagógica unificación monetaria de julio de 1990), determinaron, a partir de 1991, el establecimiento de un peligroso mecanismo de retroalimentación entre el aumento de la inflación y la exigencia de aumentos salariales por parte de los beligerantes sindicatos alemanes. En el año mencionado, la presión salarial (6.7 %) superó ampliamente el nivel de la tasa inflacionaria (4.2 %). (La inflación de 1990 había llegado apenas al 2.7 %) Este peligroso desarrollo inflacionario intentó ser combatido por el Bundesbank, a partir de agosto de 1991, con el aumento de las tasas de interés (véase el sub acápite 4.2.1). Las presiones salariales del sector público y del clave sector del metal continuaron vigorosas en 1992. Pese a esta circunstancia, y al crecimiento de la oferta monetaria, la tasa inflacionaria se doblegó recién a partir de julio de 1992 a un nivel por debajo del 4 %, luego de haber alcanzado una tasa anualizada pico (sin precedentes desde 1982) que rozó en marzo el 4.8 %

A consecuencia de un corto boom importador (que tuvo durante un período breve que siguió a la unificación un efecto benéfico particularmente para los socios comunitarios), y de una declinación del frente exportador (consecuencia de la desaceleración global de las economías desarrolladas), el superávit comercial alemán de 1991 experimentó una aparatosa caída en cerca de 86.6 mil millones con relación al registrado en 1990. Esta situación, junto con la reducción del superávit en servicios, trajeron como consecuencia la aparición de un déficit en la balanza en cuenta corriente alemana de 1991 (que se repetirá con seguridad en 1992). Esta delicada situación (empeorada por los enormes gastos en la antigua RDA), ha llevado a Alemania a recurrir al ahorro externo (generando escasez de capitales fuera de Alemania), y a romper, por lo menos temporalmente, con su imagen de proveedora de financiación para el resto del mundo.

El crecimiento germano occidental, visto en perspectiva, ofrece la siguiente trayectoria: 4.7 % en 1990, 2.7 % en 1991 y una modesta proyección de aproximadamente el 1 % para 1992. Las proporciones correspondientes a la antigua RDA son las siguientes: -15 % en 1990, -30 % en 1991 y una proyección del 7 % para 1992. El crecimiento conjunto de oriente y occidente previsto para 1992 se sitúa apenas en un 1.25 %. Por otra parte, en agosto de 1992, el desempleo real en la Alemania del este rozaba el 40 % de la PEA oriental.

4.2.1 Influencia de las tasas de interés alemanas

Entre los primeros días de agosto de 1991 y el 19 de diciembre de ese mismo año, la llamada tasa de descuento pasó del un 6.5 % al 8 %, mientras que el lombardo pasó del 9 % al 9.75 % Posteriormente, el 16 de julio de 1992, el Bundesbank subió la tasa de descuento hasta 8.75 %, pero mantuvo el más influyente lombardo en su nivel anterior. Este movimiento, orientado explícitamente a combatir la tasa de inflación alemana, tuvo un grave efecto de carácter internacional: al orientar el mercado mundial de capitales hacia el circuito financiero germano, esta alza de los intereses terminó acarreando un importante fortalecimiento del marco frente a otras monedas duras. De hecho, el 13 de setiembre de 1992, la tasa de descuento fue rebajada al 8.25 % y el lombardo al 9.5 % sólo a cambio de una devaluación de la lira. La insuficiencia de este realineamiento se vio con claridad a partir del 16 de setiembre, cuando, en un desarrollo dramático, la libra rompió su paridad estable frente al marco, se devaluó en un 10 %, y terminó abandonando el Sistema Monetario Europeo. El franco se libró de un destino similar, apenas una semana después, por la enérgica intervención y el apoyo decidido que le brindó el Bundesbank. En plena época de la campaña del referendum francés sobre Maastricht, la crisis monetaria dio pie a los enemigos del proyecto comunitario (desde Margaret Thatcher hasta Jean-Marie Le Pen) a hablar de la “fuerza destructiva” del deutsche mark. Reveladoramente, a fines de ese mismo mes de setiembre, comenzaban ya a perfilarse en la opinión pública dos opciones alternativas al proyecto comunitario, ambas enmarcadas dentro de un cierto rebrote de los nacionalismos europeos. Por una parte, desistir de una unión estrecha, y avanzar hacia una confederación laxa. Por otra, la posibilidad de encauzar el proceso hacia el establecimiento de una “Europa de dos velocidades” (con Francia, Alemania y el Benelux encabezando una integración más veloz en función de su mayor estabilidad económica).

CONCLUSIONES

Varios ejemplos pueden ser utilizados para ilustrar el cierto sesgo nacionalista que ha adoptado por momentos el gobierno alemán (y parte de la clase política alemana en general) luego de la reunificación del país. A contrapelo del punto de vista de la oposición socialdemócrata, que ha señalado las dificultades económicas derivadas del proceso de reunificación como el origen fundamental del crecimiento de los grupos neonazis entre 1991 y 1992, el gobierno del Canciller Kohl ha insistido en explicar este fenómeno básicamente en función de la exagerada afluencia de candidatos a asilo político que ingresan a Alemania todos los meses haciendo uso de la generosa cláusula constitucional que existe sobre la materia. En una abierta contradicción, el mismo régimen germano se ha opuesto a poner barreras al “retorno” de cientos de miles de alemanes “étnicos” procedentes del este europeo, cuyo arraigo fuera del actual territorio alemán puede datarse en términos de decenas de años o, incluso, de centurias (como en el caso de muchos de los provenientes de la Antigua Unión Soviética). Quizá más preocupante fue, sin embargo, la poca dureza desplegada por el gobierno para reprimir a los neonazis, así como los desconcertantes gestos políticos del Canciller Kohl de tomar parte (17.8.91) en el entierro ceremonial de los restos de Federico el Grande, el rey prusiano admirado por Hitler, y de brindar atenciones oficiales (27.3.92) al presidente austríaco Kurt Waldheim (acusado de haber participado en las atrocidades nazis de la Segunda Guerra Mundial). Aparentemente, estos tres gestos fueron realizados por el Canciller Kohl con el objetivo electoral calculado de no privarse, en un futuro próximo, de los votos de la ascendente extrema derecha alemana (44).

Pese a la aparición (o revelación) de estos rasgos nacionalistas luego de la reunificación del país, éstos no deben ser sobredimensionados. De hecho, en el plano de la política exterior alemana, no es en absoluto exagerado señalar que el gobierno del Canciller Kohl parece hasta la fecha sinceramente interesado en promover, en estrecha coordinación con el régimen socialista francés, el proyecto comunitario (ya sea en su versión original, o -en un plano todavía reservado- de acuerdo al criterio de la “Europa de dos velocidades”). Por otro lado, no ha ocultado su propósito de concluir la solución de los problemas históricos pendientes con Polonia y Checoslovaquia, de remover las barreras constitucionales que permitan la participación de la Bundeswehr en operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU fuera del marco de la Alianza Atlántica, así como de respetar escrupulosamente las importantes limitaciones en política de defensa impuestas a Alemania por el Tratado de Moscú de setiembre de 1990.

Todas estas observaciones no niegan, sin embargo, la realidad de una lógica (y en gran medida inevitable) ampliación del margen de acción internacional de Alemania, claramente visible en la afirmación de criterios propios sobre política de renovación y venta de armas convencionales, en las gestiones para obtener un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, así como en las discutidas acciones alemanas en torno a la delicada crisis yugoslava.

Pese a esta creciente importancia de Alemania en los asuntos estratégicos y de seguridad, no parece probable que dicho proceso culmine, en el mediano y largo plazo, en una crisis europea o planetaria de balance de poder. El mundo de los noventa definitivamente no es el de los años treinta, o el que precedió a la guerra del catorce. Por el contrario, la caducidad del modelo de expansión imperial territorial (evidente en el caso del desplome de la antigua Unión Soviética), así como la explícita aceptación germana de los términos del Tratado de Moscú (que prohíbe el desarrollo de un poder nuclear y limita el número futuro de los efectivos de la Bundeswehr) hacen improbable la configuración de una superpotencia militar que ponga en peligro la estabilidad del equilibrio mundial. De hecho, una interpretación militarista de la propuesta del presidente Bush sobre una “asociación en el liderazgo”, no cuenta con respaldo popular ni oficial en Alemania. En todo caso, no es en la rica y democrática Alemania donde podría encontrarse el origen de un problema de esta naturaleza en el futuro sino, más bien, en territorios que combinan problemas políticos, poblaciones depauperadas y armamentos sofisticados -inclusive nucleares- como ocurre en el caso de la antigua Unión Soviética o del subcontinente hindú.

En el ámbito económico, tanto el cambio global de las circunstancias en Europa derivadas del fin de la Guerra Fría y de la desaparición de la URSS, como el proceso de la reunificación germana, han creado las condiciones necesarias para la configuración de dos fenómenos. Por un lado, tiene lugar actualmente un nítido y gradual proceso de expansión comercial, financiera y de cooperación de Alemania hacia el Este europeo que, en gran medida, retoma una tendencia que ya existía claramente desde antes de la Segunda Guerra Mundial, aunque esta vez sin la clara presencia de un componente militar y geopolítico. Por otro lado, la aparición de un contexto inflacionario en Alemania como consecuencia del enorme peso económico que viene significando la asimilación de la antigua RDA, ha conducido a un polémico manejo de las influyentes tasas de interés alemanas. Durante 1991, y lo que va del presente año, la tendencia del Bundesbank a mantener tipos de interés altos ha coincidido precisamente con un contexto generalizado de desaceleración de las principales economías europeas occidentales y ha terminado golpeando, consecuentemente, la estabilidad de muchas monedas fuertes europeas en beneficio del deutsche mark. No resulta sorprendente que este desarrollo haya sembrado actualmente dudas sobre la viabilidad de los acuerdos en torno a los proyectos comunitarios de Unión Política, Económica y Monetaria de los Doce, tal y como fueron concebidos durante la Cumbre de Maastricht de diciembre de 1991.

Berlín, octubre de 1992

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