ANDRÉS A. CÁCERES Y EL RECUERDO NACIONAL DE LA CAMPAÑA DE LA BREÑA

ANDRÉS A. CÁCERES Y EL RECUERDO NACIONAL DE LA CAMPAÑA DE LA BREÑA
¿Por qué hay todavía en el Perú un recuerdo especial de la Campaña de La Breña? La empresa que una parte de los peruanos de todas las clases sociales emprendieron en la Sierra entre 1881 y 1883 contra los invasores chilenos, partiendo casi de la nada en términos de recursos militares convencionales, además de haber sido sinceramente patriótica, fue un esfuerzo desmesurado y agónico, que tuvo, por momentos, el sentido de una lucha por la supervivencia del país. Si bien nunca existió durante el conflicto, en forma seria, el riesgo de una subyugación permanente del Estado y de la pérdida de su soberanía, ello no quita que muchos peruanos que participaron en el abrumador esfuerzo de la guerra lo hayan sentido así. El Cáceres de La Breña es recordado hasta ahora porque encabezó y dio consistencia, a la vez racional y emotiva, a una resistencia desesperada en la peor hora del país, en su época más oscura y caótica. Muchos años después de los sucesos, los recuerdos no sólo inspiraban emociones heroicas. Cuando volvían a su mente las imágenes de la lucha en la Sierra, el Cáceres anciano derramaba también lágrimas, sobre todo cuando rememoraba la amargura de sus decepciones y a sus compañeros de armas fallecidos. Como aparece en forma tan expresiva en el Diario de Pedro Manuel Rodríguez, fue un tiempo que, además de haber sido sangriento, fue de pobreza, de enfermedades y de precariedad. En escenas que traen a la mente estampas de la Guerra de los Treinta Años o, en forma más próxima, del Paraguay a fines de la Guerra de la Triple Alianza, en el interior había hambre, pueblos destruidos y olor a muerte. “El pueblo de La Oroya ha quedado reducido a cenizas y el puente cortado completamente”, se lee en un oficio suscrito por Cáceres en julio de 1882. Era una frase usual en sus escritos de la época. Debido a este carácter límite de la lucha, y a su sentido defensivo de la nacionalidad, Cáceres fue llamado alguna vez el “Grau de tierra” por Manuel González Prada, y también el “Huáscar de los Andes” por un anónimo cronista de 1886. En la etapa final del conflicto, doblegado por la adversidad, Cáceres fue, en otro sentido, la encarnación de la dignidad en medio del infortunio.
Aunque Cáceres siempre recordó, con una dureza que lindaba con el rencor, el hecho de que muchos peruanos no lo secundaron en su lucha, también es cierto que la Campaña de la Sierra fue una especie de laboratorio del potencial de integración del país. No sólo unió a muchos representantes del mundo urbano o moderno, desde miembros de familias acomodadas hasta pobres de las ciudades, sino que incorporó como un elemento esencial de la lucha a las poblaciones rurales organizadas como guerrilleros. Fue precisamente este rasgo, que tocaba las viejas raíces del Perú, el que dio a la campaña esa personalidad tan especial. La energía y el sacrificio de las poblaciones campesinas fueron vitales durante la campaña, y así lo entendió siempre, con toda claridad, el propio Cáceres. Los campesinos fueron los ojos, los oídos y hasta el sustento de las fuerzas peruanas y de su carismático líder. “No debe V. S. olvidar que la mayor parte de su gente, sobre no tener una verdadera organización militar, son indios armados de lanzas”, se leía en las instrucciones de Patricio Lynch a uno de sus altos oficiales que subían a la Sierra en abril de 1883, refiriéndose a los guerrilleros de Cáceres. Lo que quería decir el jefe militar de la ocupación chilena con estas palabras que traslucían cierta inseguridad, es que no quería oír hablar de repliegues que se justificaran en la presencia amenazante de grandes masas de guerrilleros en los cerros. No obstante, fueron estos mismos “indios armados de lanzas”, auxiliares vitales del Ejército del Centro, los que contuvieron y desconcertaron a los chilenos durante largos meses, hasta el punto de hacerlos concebir la necesidad de una retirada general a la Línea de Sama.
Cáceres amplió mucho el horizonte de ese sector mayoritario de la población peruana. Como se leía en un viejo folleto de 1886: “El General Cáceres había llamado a aquellos campesinos a la vida del patriotismo”. En palabras de Percy Cayo: “Cáceres fue, sin duda, el aliento irreemplazable para esta acción de las montoneras. Reeditando las acciones de guerrilleros que cumplieron hazañas tan singulares en los días de la Independencia, supo contagiar en sus gentes la fuerza incontenible del amor al suelo que se defendía”. El recuerdo que se hace hoy día de esa gesta en el seno de las poblaciones campesinas del Centro revela, en todo caso, que no se trató de una alianza superficial. (Por lo menos hasta el año 1996, la “batalla de Chupaca” de abril de 1882 era dramatizada en esa población: los “guerrilleros”, vestidos con ponchos y armados de rejones, reciben el ataque de los “soldados chilenos” que lucen pantalones rojos y casacas azules. La caballería invasora repite el grito de ataque: “¡Los sables a desenvainar! ¡Por Dios y Santa María, adelante la caballería!”)
Pero podría haber otras razones que expliquen la permanencia del recuerdo de La Breña. Una primera razón se encontraría en el molde casi literario de su trama, que podría ser asimilable al de un antiguo relato de corte épico, pese a que se trata de un encadenamiento de acontecimientos sustentado en las fuentes, y que no ha brotado de la imaginación de ningún autor individual o colectivo. En 1921, Zoila Aurora Cáceres había dicho que la Campaña de la Sierra se había asemejado a “un cuento prodigioso”. ¿Qué rasgos tenía? En primer lugar, la Campaña de la Sierra tiene un formato general de corte épico, con gigantescos escenarios geográficos y grandes masas que actúan en medio de una guerra. Es una historia de combates y de escaramuzas y también de matanzas y de ejecuciones. Pocas escenas son tan dramáticas como la llegada de Cáceres a pueblos andinos donde asomaban las cabezas decapitadas de los soldados chilenos, ensartadas en lanzas. También hay valientes y villanos, lealtades y traiciones.
En segundo lugar, encontramos la imagen de un héroe o paladín en torno al cual gira la trama con todos sus múltiples elementos. El carácter tan poderoso de este rasgo hacía que los observadores de la época intentaran buscar asociaciones con personajes destacados de la historia clásica. Para Pedro Manuel Rodríguez y Daniel de los Heros, que cabalgaron junto con Cáceres en la campaña de Huamachuco, era muy tentador asociar la imagen del caudillo peruano cruzando el paso de Llanganuco al frente de sus tropas atravesando peligrosos desfiladeros con la de Aníbal venciendo los Alpes en medio de un mar de dificultades. No se sabe si Manuel González Prada tomó de esta fuente su propio paralelo de Cáceres con el guerrero cartaginés. En todo caso, lo hizo suyo con sinceridad evidente.
En tercer lugar, se trata de la historia de una lucha agónica, en el límite de la resistencia, llevada a cabo contra fuerzas del mal (siempre en un sentido literario), encarnadas en tropas invasoras que saquean y asesinan a gente que al comienzo aparece como pacífica. Pocos episodios encajan mejor con este rasgo de la historia como la ya mencionada defensa del pueblo de Chupaca, del 19 de abril de 1882, cuando campesinos precariamente armados resistieron hasta la muerte el asalto de la caballería chilena.
En cuarto lugar, es una trama de caídas y resurrecciones, con desenlaces en cada caso especiales e inesperados. Este rasgo de la historia es evidente en la parte correspondiente a la batalla de Huamachuco y a las semanas que siguieron a esta acción de armas, cuando Cáceres estuvo a punto de perecer. Su retorno a la Sierra Central, donde se reencuentra con el entusiasmo casi intacto de sus guerrilleros, es sin duda la imagen viva de un renacimiento.
En quinto lugar, es una historia donde aparecen personajes pintorescos, como los curas vestidos de militares que encabezan a sus feligreses en la lucha contra los chilenos, portando un crucifijo en una mano y esgrimiendo un rejón en la otra. Finalmente habría que mencionar la temática de los afloramientos ancestrales y de las revelaciones, tan visible en esa suerte de reaparición de viejas esencias andinas de raíz guerrera.
Otra razón que podría explicar la permanencia del recuerdo de La Breña es la resistencia que ha tenido la figura de Cáceres, como militar, a los ataques orientados a desprestigiarlo, sustentados sobre todo en consideraciones políticas. En general, aparte del origen social o de la formación educativa, y con una apreciable intuición, la mayoría de la población peruana ha tendido a reconocer un valor nacional, que sin duda fue muy real. Pese a no haber sido un mártir durante la guerra, Cáceres se encuentra en un nivel comparable de estimación popular del que gozan Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, o incluso el mismo Miguel Grau.
En un plano académico, el valor, el carisma y la popularidad del Cáceres de la Campaña de la Sierra han sido confirmados reiteradamente en casi todas las obras del siglo XX o contemporáneas, tanto chilenas, peruanas, bolivianas como de otras nacionalidades. Sería interesante contar cuántas veces aparece repetido el nombre de Cáceres en la clásica Guerra del Pacífico del historiador chileno Gonzalo Bulnes: seguramente más que el nombre Gorostiaga y quizá no mucho menos que el propio nombre de Lynch. Desde el siglo XX, hay consenso en reconocer la grandeza de Cáceres como militar estratega y héroe patriota.
No obstante, como queda claro cuando se revisan las fuentes, esta certeza a veces nos impide ver que Cáceres tuvo en vida, y posteriormente, muchísimos enemigos y detractores. Permanece hasta la actualidad, pese a todo, como un mito histórico, y podemos intentar acercarnos a él: es el Cáceres épico, montado sobre su caballo de batalla, con el kepís rojo y la espada en la mano; es el brillante y creativo estratega de Tarapacá y de Pucará, que sabe sacar el mejor partido de su infantería india especialista en desfiladeros; es el soldado de las situaciones límite, rodeado siempre por la muerte, combatiendo en primera fila y expuesto al fuego enemigo; es el Cáceres que, en las penosas marchas nocturnas, ilumina a sus hombres con haces de paja encendidos por rutas inverosímiles en medio del frío; es el Cáceres que pasa a caballo vitoreado hasta el delirio por sus guerrilleros, a los que se dirige en quechua; es el caudillo que une bajo la misma bandera roja y blanca al cosmopolita limeño y al rejonero de la puna; es el organizador infatigable que saca ejércitos de la nada; es el Cáceres que pone en aprietos a las guarniciones chilenas de la Sierra; es el Cáceres admirado en silencio por los rasos y por los desertores enemigos que lo llaman El Brujo; es el jinete del prodigioso salto ecuestre de Huamachuco que le salva la vida; es el Cáceres irascible y colérico ante los traidores, pero también conmovido por la fidelidad, la entrega y el sacrificio sin límites de las poblaciones andinas que lo abrigan en la soledad de la derrota; es el ciudadano abatido por las desgracias de su Patria, pero que siempre termina levantándose animado por una prodigiosa fortaleza de carácter.
A la luz de otros casos históricos, éstas bien podrían ser imágenes de corte propagandístico. No obstante, con relación a la trayectoria de Cáceres durante la Campaña de La Breña, hay que decir con toda claridad que el mito se parece mucho a la realidad.
Foto de Hugo Pereyra Plasencia.

DISERTACIÓN DOCTORAL

Disertación sobre la tesis doctoral en Ciencias Sociales titulada

De guerrero a mandatario: la génesis de Andrés A. Cáceres como personaje político peruano entre 1881 y 1886

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

23 de marzo de 2017

 

Señores doctores miembros del jurado:

Deseo agradecer por su intermedio a las autoridades de esta prestigiosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Decana de América, por la oportunidad de defender esta tesis doctoral en Ciencias Sociales (en la especialidad de Historia) titulada De guerrero a mandatario: la génesis de Andrés A. Cáceres como personaje político peruano entre 1881 y 1886.

 

Idea de la tesis

La tesis que aquí se presenta es un estudio biográfico centrado en la figura de Andrés Avelino Cáceres, que busca arrojar luz sobre ciertos aspectos poco investigados de la fase final de la guerra con Chile, de la guerra civil que la sucedió entre 1884 y 1885, y del ascenso de este personaje al poder en 1886. Estos aspectos pueden resumirse en las siguientes interrogantes: ¿Por qué Cáceres, el soldado de la batalla de Tarapacá y de la campaña de La Breña durante la guerra con Chile, ascendió a la presidencia constitucional de la República en 1886? ¿Debemos acaso hablar de dos etapas definidas en la vida de Cáceres como militar y como mandatario o, más bien, de una dimensión como personaje político público que se fue añadiendo a su trayectoria militar desde el tiempo de la guerra internacional?  ¿Cómo y bajo qué circunstancias y ritmos se produjo el paso del Cáceres guerrero al Cáceres presidente? ¿Tuvo o no dotes políticas y una visión de estadista? ¿Manifestó Cáceres una personalidad autoritaria, sedienta de poder, o fue más bien liberal e incluso indigenista?

 

Marco teórico

En términos teóricos, la tesis gira en torno al supuesto de una relativa autonomía del fenómeno del poder frente a los condicionamientos económicos y sociales, así como del peso que el azar suele tener en el decurso histórico.

Al aplicar el primer supuesto a la materia de esta tesis, surgen las siguientes preguntas vinculadas, específicamente, al nacimiento de Cáceres como político en 1884: habiendo sido el ejército y el pueblo “caceristas” un producto único, cuyo origen se explica por las circunstancias de la situación en el Perú entre los años 1883 y 1885, ¿recibieron también este pueblo y este ejército una huella de la personalidad de Cáceres? En otras palabras, ¿habría tenido el pueblo organizado que se alzó contra el régimen del presidente Miguel Iglesias en 1884 características similares en lo que se refiere a su organización y objetivos políticos, de no haber tenido a Cáceres como líder?  Imaginando, en una metáfora, que el caballo es la representación de la fuerza socioeconómica y la política de masas, y que el jinete lo es del líder u operador político individual, ¿es el caballo el que arrastra al jinete en su marcha, o es el jinete el que maneja al caballo, conduciéndolo por una senda específica? ¿Fue, en efecto, grande la influencia que tuvo la voluntad política consciente de Cáceres en el decurso de los acontecimientos históricos de ese tiempo? ¿O hay que prestar más atención a los elementos “estructurales”, que al papel personal desempeñado por Cáceres? ¿Era Cáceres un “agente libre”? ¿O su desempeño estaba limitado y sujeto a las presiones de grupos (como pudieron ser sus aliados civilistas, los militares, o los mismos campesinos organizados como guerrilleros que lo seguían por las serranías)?

Con relación al segundo supuesto (el peso del azar) aplicado esta vez a todo el período 1881-1886, como dijo alguna vez el historiador Jorge Basadre, y antes, con otras palabras, Manuel González Prada, ¿acaso sólo le faltó a Cáceres morir en la batalla de Huamachuco para que su consagración hubiese sido apoteósica, evitando así las llagas de la política que tanto lo marcaron después de la guerra?

En lo que se refiere a la apreciación de los asuntos internacionales (tales como la negociación del Tratado de Ancón o la percepción boliviana de la guerra), el marco teórico es definidamente realista, vale decir, se centra en la identificación de los intereses expresados por los operadores de los estados nacionales enfrentados y en las gestiones de búsqueda de equilibrios para alcanzar la paz, ante la ausencia de un poder supremo que regule estos conflictos en la arena internacional.

 

Organización de la tesis

En cuanto a la organización de la tesis, los tres capítulos que siguen a la Introducción (donde son planteadas las principales preguntas) se refieren, respectivamente, a materias historiográficas, heurísticas y socioculturales que son tratadas bajo un enfoque temático.

Se ha partido del supuesto de que, antes de estar en condiciones de construir una narración, era preciso hacer, en el capítulo dos, una reflexión historiográfica sobre cómo ha sido vista la trayectoria política y militar de Cáceres en diferentes etapas de la historia peruana.

Dado que la mayor parte de los manuscritos originales suscritos por Cáceres se han perdido, resultaba muy importante indagar, en el capítulo tres, si era posible contar con un conjunto apreciable de materiales primarios confiables que hubiesen sido recogidos en otras fuentes, tales  como periódicos de época o libros antiguos.

Era también muy recomendable hacer, en el capítulo cuatro, un retrato de Cáceres como persona social, con énfasis en la reconstrucción de su visión del mundo y de sus valores, distinguiendo lo que compartía con sus contemporáneos de aquellos rasgos de su personalidad que se apartaban de lo que sentían o pensaban otros peruanos de ese tiempo.

El último capítulo, el más largo, es una narración de la trayectoria de Cáceres entre 1881 y 1886 que destaca el contrapunto entre el militar y el político. A la luz de las consideraciones previas de los capítulos dos, tres y cuatro, es evidente que la narración adquiere, con estos enfoques parciales, una dimensión mucho más rica y totalizadora.

 

Fuentes

En cuanto a las fuentes, esta tesis se caracteriza por hacer un uso intensivo (aunque no exclusivo) de materiales primarios, en particular de la mayor parte de los oficios, cartas personales, telegramas, proclamas, declaraciones y discursos que Cáceres suscribió entre marzo de 1881 (cuando se recuperaba de sus heridas en la batalla de Miraflores) y junio de 1886 (cuando ascendió a la presidencia de la República). Este corpus documental se encontraba muy disperso.

De manera deliberada, este trabajo deja de lado la consulta prioritaria de las llamadas Memorias de Cáceres, publicadas inicialmente en 1924, debido a su escasa calidad historiográfica. Más que una autobiografía, las Memorias son una biografía de Cáceres donde resalta de manera desmedida la huella subjetiva de su redactor, el comandante Julio C. Guerrero. Además, su marco cronológico  es muy endeble, fuera de la extrema pobreza de su aparato crítico de fuentes. Guerrero llega al extremo de poner en boca de Cáceres datos sacados de oficios chilenos publicados en la colección Ahumada Moreno. Desde esta perspectiva, el Apéndice Documental de esta tesis, que reúne la mayor parte de los documentos firmados por Cáceres entre 1881 y 1886 constituye, en cierta medida, una especie de alternativa a las Memorias, pues se trata de textos donde Cáceres expresa sus propios pensamientos y percepciones en el tiempo en que ocurrieron. Esta estrategia de utilizar fuentes próximas a los acontecimientos, que no estén teñidas de mitologías ni de sesgos, ha sido inspirada en la lectura del clásico libro del historiador Friedrich Katz sobre Pancho Villa, que fue sugerida por el Dr. Cristóbal Aljovín, asesor de esta tesis.

Además de las fuentes primarias, la tesis abreva, en unos pocos aspectos, de la tradición oral sobre Cáceres, rescatada en ciertos escritos, tales como la poco conocida Exposición de Luis Milón Duarte, el libro sobre la Campaña de la Breña que su hija Zoila Aurora publicó en 1921, y los Recuerdos de su mujer Antonia Moreno, entre los principales.

En cuanto a las grandes obras de investigación que han sido utilizadas como referencia general, en especial para la parte narrativa, hay que mencionar la Historia de la República del Perú de Jorge Basadre y la notable Guerra del Pacífico del historiador chileno Gonzalo Bulnes.

 

Una hipótesis  central sobre el peso de las personalidades y el rol del azar

Sin olvidar los factores estructurales que afectan e influyen a todo proceso histórico, este trabajo defiende el papel crucial que, bajo ciertas condiciones, tienen algunas personalidades individuales con relación al destino de toda una colectividad. El rol de Cáceres en la historia peruana entre 1881 y 1886 corresponde a no dudarlo a uno de estos casos. Tarea difícil resulta la de desentrañar esta materia específica, porque no sólo hay que hacer la reconstrucción procurando ensamblar de manera adecuada al personaje con su tiempo, sino que —como ha señalado el filósofo Edgar Morin— es preciso adentrarse en la complejidad del individuo, que casi siempre resulta difícil de racionalizar en la simplicidad de una sola fórmula.

Podemos sostener, a manera de hipótesis central, que Cáceres fue en su momento una figura y un poder cruciales, quizás insustituibles, que contribuyeron de manera decisiva no sólo a perfilar el desenlace de la guerra internacional, sino también a encarrilar de la mejor manera posible al Perú en el inicio de la reconstrucción.

Por ejemplo, a pesar de su brillo como diplomático, es improbable que José Antonio de Lavalle, el principal negociador del Tratado de Ancón, hubiera conseguido la fórmula del plebiscito para Tacna y Arica (rescatando estos territorios de la venta forzada que exigía el presidente chileno Domingo Santa María) si no hubiera contado con la formidable presión militar de Cáceres en la Sierra aledaña a Lima durante los meses de enero a abril de 1883, cuando el valiente caudillo ayacuchano estaba (en palabras del historiador chileno Gonzalo Bulnes) en el pináculo de su apogeo militar. Lo paradójico es que Cáceres obedecía a un régimen que, de haber capturado (en caso hipotético) a Lavalle o a su presidente Miguel Iglesias, los hubiera fusilado por traidores a la patria. De esta manera, lo que Bulnes denominó alguna vez como el “ofuscamiento de la tenacidad” de Cáceres, terminó teniendo repercusiones inesperadas en el plano de las negociaciones diplomáticas.

Un segundo ejemplo se refiere al rumbo que tomó el Perú del Segundo Militarismo desde 1886, cuando Cáceres tomó el poder. De haber muerto Cáceres en la batalla de Huamachuco es muy poco probable que el primer régimen peruano estable, posterior al conflicto, hubiese tenido un perfil soberano tan definido con relación a temas tales como la defensa del plebiscito contemplado en el Tratado de Ancón para Tacna y Arica ante posibles presiones chilenas para modificar lo pactado, el tratamiento de la (pesada) deuda externa, y la pacificación interna del Perú. Es evidente que el país vencedor en la guerra hubiese preferido un régimen débil como el de Iglesias, con el propósito de influirlo en función de sus intereses. En pocas palabras, Cáceres encarnó un perfil gubernamental enérgico durante la posguerra, que resultó ser fundamental para compensar la debilidad militar y económica del Perú en esos años de pobreza y de inseguridad del Segundo Militarismo. Sin duda, la fortuna (en el sentido clásico y maquiavélico) estuvo al lado del Perú cuando Cáceres salvó ese charco del campo de Huamachuco con un espectacular salto ecuestre de su caballo El Elegante. Ello le permitió sortear la cacería chilena, escapar de la muerte y proyectarse en la vida política peruana.

El frente nacional en la guerra con Chile y en la contienda civil

Esta investigación defiende también que existió una continuidad esencial entre el Cáceres de la campaña de la Sierra durante la guerra internacional, y el de los años 1884-1886, correspondientes en su mayor parte a la contienda civil.

Como ya precisó la historiadora Florencia Mallon, la visión de Cáceres, para efectos militares, consistió en la formación de un frente nacional multiclasista y multiétnico donde tenían cabida tanto el ejército regular, la Iglesia y los terratenientes y comerciantes, como los sectores pobres urbanos y los campesinos.  En el contexto de la dislocación del Estado peruano como consecuencia de las derrotas militares hasta la ocupación de Lima, el elemento esencial de ese frente fueron los campesinos organizados como fuerzas irregulares que, por su conocimiento del terreno, por su número y, sobre todo, por su involucramiento tan claro con la resistencia, fueron un soporte esencial e imprescindible de las fuerzas regulares. La fórmula era clara y se basaba en una estrecha coordinación entre un pequeño ejército regular y el pueblo en armas. Desde esta perspectiva, tan o más importantes que los oficiales profesionales, eran los curas y los alcaldes,  que debían ponerse (en palabras de Cáceres) a la cabeza del “movimiento popular”.

Los referentes históricos que Cáceres tuvo en mente para concebir su frente multiclasista y multiétnico fueron la resistencia de los godos en las montañas de España contra los musulmanes invasores en la Edad Media, y las guerrillas populares en España y en México contra las fuerzas invasoras francesas, respectivamente durante los años 1808-1814 y en 1862-1867. Asimismo, Cáceres tomó en cuenta la desesperada resistencia de los paraguayos en la Guerra de la Triple Alianza contra el Brasil, el Uruguay y la Argentina (1864-1870). Cáceres combinó estos referentes con su conocimiento maestro de las tradiciones culturales andinas, y con las enseñanzas de su propia formación militar, de tipo europeo.

En cuanto al sustento ideológico que Cáceres tuvo a la hora de concebir y poner en práctica la idea del frente nacional, sin duda se apoyó en una visión liberal e incluso indigenista. Ella aparece expresada de manera muy clara en documentos tales como la proclama A los pueblos y  el ejército de su mando, suscrita en Tarma el 27 de julio de 1882, donde señalaba con absoluta claridad que el levantamiento de las poblaciones campesinas entrañaba, según él, “una lección social sin precedente en la historia del Perú”, así como la resolución de “un problema nacional de incalculables trascendencias”, y el anuncio de “un despertamiento general”. Otro documento crucial es la Nota al Honorable Cabildo de Ayacucho de noviembre de 1883, donde Cáceres condena a las “clases directoras de la sociedad” y exalta, por oposición, el heroísmo y la generosidad de los guerrilleros en la fase final de la guerra, sobre quienes gravitaba (en sus palabras)  “en la época de paz los horrores del pauperismo y la ignorancia, y en el de la guerra los sacrificios y la sangre”. Cabe destacar que este indigenismo no se generó durante el conflicto con Chile ni como consecuencia de la influencia de sus ayudantes y secretarios, sino que nació antes de la guerra, por lo menos desde el tiempo en que trabajó como encargado de la prefectura del Cusco en 1878, si no antes, cuando el joven Cáceres optó por la carrera militar y por seguir al caudillo Ramón Castilla en la guerra civil que enfrentó al tarapaqueño contra José Rufino Echenique entre 1854 y 1855. Por otro lado, a lo largo de la guerra internacional, especialmente en 1881 y 1882, Cáceres buscó siempre frenar los esfuerzos de los hacendados del Centro que buscaban recargar en los campesinos las responsabilidades económicas de la defensa nacional.

El frente nacional que Cáceres construyó durante la guerra internacional para enfrentar a las fuerzas chilenas en la Sierra, perduró más adelante, durante la guerra civil de 1884-1885, solo que esta vez con un contenido político “cacerista”.

El cacerismo y la guerra civil de 1884-1885

Cáceres sabía, en su fuero interno, que la contienda civil, iniciada en tiempos del Grito de Montán, en agosto de 1882, iba a escalar en intensidad. ¿Por qué se enfrentó Cáceres a Miguel Iglesias entre 1884 y 1885? Cáceres pensaba que el gobierno de Iglesias tenía demasiados vínculos de dependencia con Chile. A su entender, esta circunstancia debilitaba la soberanía del estado peruano. Ello hacía recomendable que, en la primera mitad de 1884, Iglesias, el caudillo “regenerador”, convocara a elecciones en el marco de la Constitución de 1860. Su negativa a hacerlo hizo recrudecer una sangrienta guerra civil que se prolongó hasta diciembre de 1885.

Hacia la primera mitad de 1884, Cáceres se veía confrontado ante decisiones pragmáticas. El Cáceres político terminó de perfilarse en junio de 1884, cuando decidió reconocer el Tratado de Ancón “como hecho consumado” para evitar dar a los chilenos un pretexto para continuar ocupando el país. Súbitamente, Cáceres pasó así del ámbito de la guerra patria al terreno de las decisiones de política interna. El objetivo de combatir a la invasión extranjera pasaba, pues, a ser reemplazado por los esfuerzos de pacificación y de unidad nacional. Este es el Cáceres que da el paso de autoproclamarse Presidente Provisorio en julio de 1884. Lo hizo en el marco de una enorme presión popular que lo llamaba a actuar, como aparece tan claro en las fuentes primarias, y no por voluntarismo egoísta como tanto se dijo entonces en los círculos pierolistas e iglesistas (y se dice todavía hoy). Lo hizo también luego de haber rechazado previamente, en dos ocasiones, la presidencia de la República: primero, en noviembre de 1881, cuando sus jefes y oficiales de Chosica lo proclamaron en este cargo; y segundo, en octubre de 1883, cuando Lizardo Montero, huido de Arequipa, le encargó el mando supremo mientras tomaba, de manera vergonzosa, un vapor para Bolivia.

Como paso previo a su autoproclamación como Presidente, Cáceres estuvo obligado a tomar medidas para consolidar el movimiento cacerista y prepararse para luchar contra las fuerzas de Iglesias. Entre ellas, figuraba la represión de un importante sector de guerrilleros desbocados que mataban, aterrorizaban y saqueaban a las poblaciones del valle del Mantaro en el contexto de una guerra de castas. Y también una reaproximación a los terratenientes, pese al distanciamiento que Cáceres había tenido con la mayor parte de ellos por su evidente colaboracionismo. No obstante, privilegió su alianza con los líderes guerrilleros que se mostraban dispuestos a continuar encuadrados dentro de la disciplina militar y con los comerciantes y pequeños propietarios blancos y mestizos de los pueblos del Centro.

A juzgar por la evidencia empírica, es muy cuestionable la imagen, acuñada por la historiografía de las décadas de 1970 y 1980, tanto extranjera como peruana, que mostró a Cáceres como un líder que pasó del heroísmo y de la amistad con los campesinos movilizados en la guerra internacional, a un distanciamiento radical con estos mismos guerrilleros, en un giro motivado, supuestamente, por razones egoístas y de ambición de poder. El Cáceres brutal y sanguinario que reprime a campesinos indefensos que antes lo habían ayudado de manera heroica, no es sino una construcción historiográfica acuñada en las décadas de 1970 y 1980, en circunstancias de violenta agitación política universitaria, según los paradigmas entonces de moda. Esta arbitraria suposición sobre el alejamiento de Cáceres de los campesinos no se sostiene por la simple y clara constatación de que, sin el apoyo de sus leales guerrilleros, Cáceres no habría podido ganar la guerra civil de 1884-1885.

Hay que destacar que Cáceres tenía una percepción de lo que era “normal” y estable en la Sierra, según su propia experiencia, además de haber tenido entre sus valores más sólidos un respeto absoluto por el derecho de propiedad. Desde este punto de vista, es irreal imaginarlo como reformador social pro indígena o, peor aún, cuestionarlo por no haberlo sido. Como la mayor parte de los indigenistas de fines del siglo XIX, Cáceres imaginaba una redención de los campesinos por medio de la educación y de su incorporación gradual a la sociedad moderna. Si toleró invasiones de tierras por los comuneros durante la guerra internacional era porque consideraba que la primera prioridad absoluta, en esas circunstancias concretas, era combatir a los chilenos, y que nada debía apartarlo a él ni a sus “breñeros” de ese Norte. Partidos los chilenos, se volvía a la “normalidad” que él conocía. Lo que hay que remarcar es que, en todo el cuerpo documental correspondiente a los años 1881 y 1886 que aquí se ha incluido, no se encuentra ni una sola expresión o frase que revele o sugiera desprecio o doblez, por parte de Cáceres, frente a sus leales guerrilleros campesinos. Por el contrario, la constante es la actitud admirativa hacia ellos, tanto durante la guerra internacional, como en tiempos de la contienda civil.

De manera esporádica en 1883, y de forma mucho más clara en 1884, el cacerismo fue, como ya se dijo, una derivación o consecuencia política de esa suerte de frente nacional que Cáceres había formado desde los días de la guerra de guerrillas en la quebrada de Huarochirí de 1881, y que consolidó en 1882, en el valle del Mantaro, como herramienta militar para combatir la invasión chilena. En efecto, el cacerismo de los años que corrieron entre 1883 y 1886 fue muy heterogéneo. Incluyó a personajes tan disímiles como los millonarios costeños Carlos Elías y César Canevaro, los hacendados serranos José Mercedes Puga y Miguel Lazón, y el varayoq Pedro Pablo Atusparia (protagonista central de un levantamiento, en parte social y en parte cacerista, que tuvo lugar en Ancash, en marzo de 1885).  Fue un amplio movimiento que tuvo muchos partidarios en los medios urbanos y rurales. En cuanto a sus líderes, la sustancia política y social del cacerismo fue, además de la oposición al “chilenismo” iglesista, una especie de liderazgo militar situado a medio camino  -en una zona gris- entre la actividad militar convencional  y el control (o empatía paternalista, según los casos) con relación a los campesinos. Además, los “breñeros” caceristas destacaron siempre, en tiempos del Segundo Militarismo (1884-1895), que nunca se habían rendido a los chilenos.

Al revés de lo que dice otra leyenda sobre Cáceres, en todo el cuerpo de documentos firmados por este personaje incluso desde los tiempos de la suscripción del Tratado de Ancón (octubre de 1883) no existe ninguna alusión pública o confidencial que haya sido hecha por este personaje en el sentido de que su rebeldía ante Iglesias tenía como objeto un futuro desconocimiento formal de este instrumento internacional. De hecho, no lo hizo en sus años como presidente, desde 1886. Por el contrario, como la mayor parte de los peruanos del tiempo del Segundo Militarismo, Cáceres no sólo aceptaba la realidad de este tratado internacional, sino que vivía esperanzado en la realización del plebiscito que iba a decidir, según lo estipulado, la suerte de los territorios de Tacna y Arica.  El Tratado de Ancón no fue la causa profunda de las divergencias entre Cáceres e Iglesias, sino, como se dijo, la creencia del primero  de que el régimen del segundo era muy débil y dependiente frente a Chile.

En conjunto, como se refiere en las conclusiones de esta tesis, el Cáceres de 1884 y 1885 es como un jinete montado sobre un caballo encabritado (que eran las fuerzas políticas opuestas al régimen de Iglesias), que él termina controlando y dirigiendo de forma maestra, como han reconocido todos los que han investigado este proceso, incluso la historiadora Florencia Mallon, pese a las muchas críticas que hace a Cáceres, enfatizando su represión de lo que ella llama, de manera eufemística, “montoneras independientes”.

Palabras finales

Para acabar de una vez con las mitologías sobre Cáceres, y sin negar los graves errores que cometió en su vida como político luego de la guerra civil, este personaje definitivamente no fue, por lo menos en el período 1881-1886, un asesino de guerrilleros, ni tampoco el líder irresponsable y poco realista que buscaba desconocer el Tratado de Ancón. Mucho menos se nos aparece como un caudillo ávido de poder, o despectivo frente a las clases populares, como ocurrió, respectivamente, y de manera tan recurrente, con otros personajes de la historia peruana como el sinuoso Agustín Gamarra y el aristocrático Manuel Ignacio de Vivanco.

Lo que se nos presenta en este tiempo (que fue probablemente el más terrible de la historia peruana en el siglo XIX) es el diestro y carismático soldado que dirigía a un pueblo en armas contra una feroz invasión extranjera, un personaje multidimensional que manejaba los códigos populares andinos y de la elite, y un político que tenía como guía la afirmación de la soberanía nacional y el encauzamiento de la Nación en la senda de la reconstrucción, aun teniendo en cuenta los gigantescos obstáculos que aparecían al frente. Y, quizá, lo más importante de todo: un personaje que tomaba decisiones que muchas veces estaban reñidas con sus intereses personales y que incluso ponían en peligro a su persona y a su familia. Todo ello es muy claro cuando se estudia este proceso a la luz de las fuentes primarias, contrastando la visión de Cáceres con la de sus contemporáneos, al margen de la cizaña y deformación que suele aparecer en las consignas políticas decimonónicas, especialmente las de origen pierolista, e incluso en muchas reconstrucciones historiográficas posteriores, por lo menos hasta la década de 1990.

Finalmente, se considera importante destacar las ventajas que ha otorgado a esta tesis la utilización de una modalidad de expresión y argumentación temática, junto con otra de naturaleza narrativa. Es evidente que ambos enfoques se complementan. Hacemos nuestra la importancia que, con las matizaciones del caso, se ha asignado, y se seguirá asignando en el futuro, a la historia narrativa, todavía de muy escaso desarrollo en nuestro país, pese al enorme acervo de fuentes adecuadas existentes, como pueden ser los periódicos o las cartas personales. Es preciso destacar también que las cambiantes relaciones de poder se entienden mejor desde un enfoque narrativo que desde uno de naturaleza temática.

Muchas gracias, señores miembros del jurado.

Carta a un amigo chileno que vio mi texto sobre “Las relaciones peruano-chilenas en perspectiva histórica”

Estimado Antonio:

Gracias por sus comentarios. No lo menciono en ese artículo, pero se lo digo aquí, en esta carta. La guerra entre nuestros países nunca debió ocurrir. Frente a un estado mucho más organizado, como el chileno, pero con pocos recursos naturales y con poblaciones que se “desbordaban” (la palabra es del historiador chileno Encinas) para conseguir en otro territorio vecino el trabajo que no se encontraba en el propio (al revés de lo que pasa hoy), la línea del Estado peruano, en la lógica belicista y “realista” del siglo XIX (la misma que aplicaban los EEUU, Francia, Alemania, etc.) debió adelantarse y mantener la sabia política que el Presidente peruano Ramón Castilla había aplicado en la política de defensa del Perú desde mediados del siglo XIX. Esta línea consistía en tener un poder naval tan importante, que hubiese estado en condiciones de disuadir no solo a Chile, sino a cualquier estado que aspirara a poseer las riquezas del Perú (Recordemos que, alguna vez, los estadounidenses rondaron, ávidos, nuestras islas guaneras). En poca palabras, si el Presidente Manuel Pardo hubiera comprado dos blindados nuevos en 1873 o 1874, como quería el Congreso (que se hubiesen añadido al Huáscar y a la Independencia) NADIE en su sano juicio en Chile hubiera propuesto lo que los “halcones” chilenos expresaron  en 1879: ahora que el Perú está débil en el mar, es el momento no sólo de apoderarse del litoral boliviano, sino de la rica Tarapacá peruana (esto lo dice el historiador chileno Luis Ortega, y también el negociador peruano José Antonio de Lavalle que  viajó a Chile para mediar en marzo de 1879).

En otras palabras, ante la noticia de que Chile había ordenado construir, en 1872, dos blindados poderosos en Inglaterra, lo que debió hacer Pardo es fortalecer, inmediata y reactivamente, el poder naval del Perú, en vez de acceder a la solicitud de protección de Bolivia frente al obvio interés chileno de apoderarse del litoral de Antofagasta (lo que se materializó en el famoso Tratado Secreto: que de “secreto” no tuvo nada porque fue conocido, en copia enviada por su embajador en Lima, por el Presidente chileno Errázuriz).

No crea, Ud., amigo, que soy de los peruanos que se rasgan las vestiduras hablando de la “maldad chilena”. No lo puedo hacer, para comenzar, porque aprendí a leer en Chile y mis primeros recuerdos son de su hermoso país. Y no lo puedo hacer tampoco como historiador racional y apegado a las fuentes.

Lo que movió a Domingo Santa María y a otros belicistas y expansionistas salitreros (que eran una fracción de la clase alta chilena) fue el convencimiento de que la riqueza del salitre de los territorios peruano y boliviano iba a permitir a Chile, en un salto audaz, no solo salir de la pavorosa crisis económica que asolaba a todo el mundo capitalista desde 1875 (que afectaba mucho a un país que ya era exportador, como Chile), sino, quizá principalmente, usar esos recursos del monopolio salitrero en el salto modernizador que su país, dio, efectivamente, en el borde entre los siglos XIX y XX.

Un pueblo y un estado puestos en la situación límite y dramática en que estaba Chile en 1878 y 1879, por su empobrecimiento generalizado, y sus horribles tensiones sociales entre ricos y “rotos”, estaba en posición (casi “natural”), como muchos otros estados de la época lo habrían estado, de reaccionar como lo hizo: como una fiera, que “naturalmente” muerde y despedaza para su propia salvación y supervivencia. Para no morir de hambre. La guerra fue un gran negocio que salvó a Chile (lo dice claramente el político chileno “radical” José Francisco Vergara en sus interesantes Memorias). En esa “selva” de las relaciones internacionales de la época (por cierto, el “estado de naturaleza” es frecuentemente utilizado por los especialistas en relaciones internacionales), lo que le correspondía por sentido común al Perú era simplemente usar su riqueza guanera y salitrera para ser fuerte y espantar a toda “fiera” estatal que se le acercara, o que pensara hacerlo  (como se hizo sabiamente desde mediados del siglo XIX, con Castilla,  hasta que llegó el primer gran blindado chileno al Pacífico en 1874).

Si el Perú hubiera querido la guerra con Chile, lo normal es que la hubiera desencadenado en el tiempo en que era una potencia naval, digamos, en 1858 o 1867. Antes de 1874, cuando llegó el primer blindado chileno , el Perú habría podido, de haberlo querido, bombardear los puertos chilenos a su antojo. Pero no lo hizo, porque no era en absoluto su interés como estado. Y tampoco tenía aspiraciones territoriales frente a Chile, porque no limitábamos con su país y el territorio chileno era, por añadidura, bastante pobre en recursos naturales (lo que ahora, salvo con el cobre del territorio ex boliviano y con la pesquería, se mantiene, desafortunadamente)

Esa es la historia real, amigo. El no armarse en el mar a tiempo fue el gran error de la clase dirigente del Perú. Con un adecuado poder naval por parte de mi país, la guerra, simplemente, no habría estallado.

Sin duda, en 1879, el Estado chileno fue el agresor y el que inventó pretextos (como el famoso “tratado secreto”). Y ya he explicado por qué fue la parte agresora. El Perú no podía haber sido el agresor porque simplemente era débil en el mar.

Pero quienes permitieron que el Perú fuera despedazado, debido a su debilidad naval, fueron, sin duda, los integrantes de la poco previsora y atolondrada (por emplear los calificativos más suaves) clase dirigente del Perú, especialmente los llamados Civilistas. La corrupción y el estado empírico dominaron a ese grupo, tan exaltado ahora por algunos. Es extraño que un país como el Perú  que tuvo a su alcance once millones de toneladas de guano, no sólo haya terminado débil en el mar, sino también con una deuda externa que equivalía a veinte presupuestos nacionales juntos (esto último no fue culpa de los civilistas sino de un régimen previo, el del coronel Balta y de su Ministro de Hacienda Nicolás de Piérola quienes, además, entregaron el manejo económico del país a una empresa francesa, la Casa Dreyfus).

Hablando en términos individuales (porque ya he dado una opinión general frente al Civilismo), Pardo fue honrado y culto para asuntos internos, pero desinformado y hasta bobo en temas internacionales. Cometió el peor error que puede cometer un presidente: dejar inerme a su país. Las pruebas están a la vista.

Le paso mi correo personal: hpereyra311@gmail.com

 

 

Sobre Túpac Amaru: comentario al comentario de una gran amiga

Muy, muy interesante, lo que dices, Cecilia, pero creo que es preciso hacer matizaciones. Llamas a esta rebelión “importante, devastadora y violenta”. A Túpac Amaru lo denominas “héroe cuzqueño”. Con relación a lo primero, la exaltación velasquista a Túpac Amaru tuvo lugar en un contexto intelectual peculiar. Dominaba entonces, en los medios académicos, el paradigma marxista y dependentista. En el contexto de este paradigma, el concepto de “revolución” estaba casi automáticamente asociado a “violencia”. Es más, se decía que una revolución “de verdad” debía ser necesariamente violenta, así como son violentos “los dolores de un parto” (recuerdo bien esta expresión que un profesor mío utilizó en la Católica cuando yo ingresé, a mediados de la década de 1970). Según este paradigma, las revoluciones social demócratas que llevaban a cabo países como Noruega o Finlandia desde la década 1950, o simplemente modernizadoras, como países del tipo de Singapur o Corea del Sur precisamente desde la década de 1970, eran consideradas revoluciones “aguachentas”, que no iban al “fondo del asunto” y que no “tenían contenido de clase”. No sólo porque respetaban la empresa privada y la hacían convivir de manera creativa con el sector público, o porque creían en la pluralidad de los partidos, sino, principalmente, porque eran “revoluciones sonsas”, sin violencia. Dado que toda Historia es Historia contemporánea, resulta lógico que nuestros intelectuales radicales marxistas filo cubanos y dependentistas (que dominaban el panorama de ese tiempo casi por completo, no sin grandes dosis de autoritarismo y de prepotencia intelectual) hayan “leído” el tiempo de Túpac Amaru, de fines del siglo XVIII, como una “anticipación revolucionaria” a su propio presente. Yo creo que allí residió la fascinación marxista criolla peruana frente a Túpac Amaru. Recuerda, Cecilia, que, en ese tiempo, casi todos los historiadores marxistas peruanos despreciaban al Estado peruano como una entidad arcaica y opresiva (sin encontrarle nada bueno). Además, abominaban del sistema electoral (Es curioso como muchos de ellos, hoy, reciclados en ecologistas, y en sostenedores de Verónika Mendoza, lo aceptan y aplauden). Su modelo era Cuba, cuya revolución había sido, precisamente LA revolución violenta y “verdadera”. No obstante, hoy sabemos que los grandes revolucionarios, efectivos, fueron los antes despreciados “reformistas”. Cuando yo estudié en la Católica en la década de 1970 se me hizo creer que la luz de la revolución sólo había aparecido con el marxismo de Mariátegui en el siglo XX. Hoy sabemos que los primeros revolucionarios peruanos fueron los radicales posteriores a la Guerra con Chile. Destaca entre ellos Manuel González Prada, quien inauguró la política peruana moderna al decir, en su discurso en el Politeama de 1888, que el Perú real no eran los costeños occidentalizados, sino los marginados que vivían “al otro lado de la cordillera”. Estos radicales abrevaron, a su vez, de los reformistas europeos, tanto británicos como franceses, que tuvieron aportes tan extraodinarios (y concretos) como el saneamiento urbano y la educación pública gratuita. Su pecado es que tanto los europeos como los radicales peruanos eran pacíficos. La revolución que preconizaba González Prada en su fase radical, hacia 1888 o 1889, era una revolución de los valores democráticos y de la conciencia social. Era una revolución antirracista y meritocrática. Mi punto es que todo esto lo descubrí ya viejo, cuando se me pudo enseñar en la Universidad, donde sólo se glorificaba a las guerrillas de la década de 1960, a la Revolución Cubana, y a todo lo que oliera a violencia “revolucionaria”. Se trató de un SESGO enorme, querida Cecilia, porque esos guerrilleros y esos filocubanos querían construir un nuevo estado peruano que simplemente no iba a funcionar por ineficiente y burocrático (hoy lo sabemos con meridana claridad). En cambio, personajes como González Prada se adelantaron a su tiempo, y su pensamiento es útil inclusive hoy. Lo que quiero decirte es que me parece mucho más conveniente que nuestros niños tengan como referentes a personajes como González Prada que a “héroes” como Túpac Amaru. Y aquí viene mi segundo punto. Hay demasiadas sombras y luces sobre Túpac Amaru. Me refiero al Túpac Amaru REAL. En primer lugar, a diferencia de personajes como Mariano Melgar, ya en 1814-1815, que comenzaron a encarnar el sentido de la nación peruana naciente (eso es evidente en su poesía), Túpac Amaru encarnó a un SECTOR, esencialmente indígena y campesino, del Sur peruano. Este sector no sólo fue derrotado por los españoles y criollos, sino, quizá de manera más importante, por EL OTRO gran sector indígena que se mantuvo fiel al sistema virreinal. Andinos contra andinos, como había ocurrido en la Conquista. La caricaturización de Túpac Amaru como víctima exclusiva de “los españoles” (que en su mayoría eran criollos) es falsa: lo que perdió a Túpac Amaru es que gran parte, quizá la mayor parte, de la sociedad india no lo siguió y lo combatió ferozmente. Pensemos en Pumacahua, entre otros muchos. En segundo lugar, si los intereses económicos de Túpac Amaru no hubiesen sido tocados, y si él hubiese sido asimilado por los Incas del Cuzco (que lo rechazaron), difícilmente habría encabezado una revolución. Es cierto que él terminó liderando a todos los afectados, sobre todo a los más pobres, y que demostró una valentía sobrehumana (digna de admiración, por cierto, y que rompe con el estereotipo racista absurdo del “indio débil y cobarde”). Pero eso no borra la dimensión de sus intereses personales. (Contrasto esta actitud con la de González Prada o la de Juan Bustamante, en el siglo XIX: ellos actuaron y hablaron sin haber sido movidos por ninguna afectación de sus intereses materiales, pues eran privilegiados). En tercer lugar, aunque no cabe duda de que el mismo Túpac Amaru fue moderado y buscó controlar la violencia, lo cierto es que terminó desencadenado un infierno, casi un aquelarre. En “Buscando un Inca”, Flores Galindo habla de niños blancos arrojados de las torres de las iglesias por campesinos enfurecidos en el contexto de una atroz guerra de castas. Fue un aquelarre que desencadenó otro: la venganza, también atroz, de todo el stablishment (que no sólo incluía, como dije, a los blancos y ricos, sino también a los mestizos e indios pobres, además de gran parte de los curacas leales). El efecto de estas matanzas no pudo ser peor: además de su consecuencia demográfica, terminó separando radicalmente el proyecto indio de la Independencia, del proyecto criollo. En general, contribuyó a separar estos dos mundos por un larguísimo período de tiempo, dotándolo de estereotipos y de prejuicios que, a la postre, contribuyeron a marginar, en el tiempo republicano, a los campesinos pobres. Por todo ello, Cecilia, ¿no sería mejor cambiar de “héroes” y modelos por otros, como González Prada o Juan Bustamante, que están hoy casi olvidados? Por si acaso, no digo que haya que olvidar a Túpac Amaru. Lo que pienso es que no debemos romantizarlo, como todavía lo hace la izquierda setentera supérstite

El inicio de la frontera peruano-chilena

EL INICIO DE LA FRONTERA PERUANO-CHILENA

Como producto de los trabajos de demarcación de la frontera de los años 1929-1930 (en una fase inmediatamente posterior a la firma del Tratado de Lima de 1929 que devolvió Tacna al Perú y mantuvo a Chile la posesión de Arica, producto de su conquista militar en 1880) esta materia del inicio de la frontera se expresó con bastante claridad en el acta correspondiente. Fue el resultado del trabajo de los ingenieros Basadre (por el Perú) y Brieba (de Chile), con plena coordinación de sus gobiernos. Se tomó como referencia el puente del río Lluta:

“se trazará hacia el poniente un arco de diez kilómetros de radio, cuyo centro estará en el indicado puente y que vaya a interceptar la orilla del mar, de modo que, cualquier punto del arco, diste 10 kilómetros del referido puente del ferrocarril de Arica a La Paz sobre el río Lluta. Este punto de intersección del arco trazado, con la orilla del mar, será el inicial de la línea divisoria entre el Perú y Chile.”

Y en cuanto a la colocación misma del hito más cercano al mar, se acordó que

“se colocará un hito en cualquier punto del arco, lo más próximo al mar posible, donde quede a cubierto de ser destruido por las aguas del océano.”

Un “punto” es una ubicación geodésica. Un “hito” es una mera marca FÍSICA que determina la ubicación de un punto. Cuando se coloca un hito no se está haciendo otra cosa que “demarcar”.

En otras palabras, es posible que, por alguna razón convenida por las partes, haya un punto sin hito. Pero esto no le resta en absoluto valor (y primacía) al punto.

Veamos el gráfico:

Una cosa es el PUNTO “Concordia” situado en la orilla del mar, y OTRA el HITO Nro. 1 situado (como dice el acta) “lo más próximo al mar posible, donde quede a cubierto de ser destruido por las aguas del océano”. Nótese que el comienzo de la frontera ES CURVO, porque sus primeros puntos distan todos, por igual, diez kilómetros del puente del río Lluta. Nótese también (aunque parezca una verdad de perogrullo) que resultaba imposible colocar un hito en el PUNTO “Concordia” por la sencilla razón de que, por estar situado en la orilla del mar, corría el riesgo de ser destruido por el oleaje.

El asunto está claro como agua de puquio de los Andes: la frontera peruano-chilena se inicia en el punto “Concordia”.

Foto de Hugo Pereyra Plasencia.

Andrés A. Cáceres y el recuerdo nacional de la Campaña de La Breña

ANDRÉS A. CÁCERES Y EL RECUERDO NACIONAL DE LA CAMPAÑA DE LA BREÑA

¿Por qué hay todavía en el Perú un recuerdo especial de la Campaña de La Breña? La empresa que una parte de los peruanos de todas las clases sociales emprendieron en la Sierra entre 1881 y 1883 contra los invasores chilenos, partiendo casi de la nada en términos de recursos militares convencionales, además de haber sido sinceramente patriótica, fue un esfuerzo desmesurado y agónico, que tuvo, por momentos, el sentido de una lucha por la supervivencia del país. Si bien nunca existió durante el conflicto, en forma seria, el riesgo de una subyugación permanente del Estado y de la pérdida de su soberanía, ello no quita que muchos peruanos que participaron en el abrumador esfuerzo de la guerra lo hayan sentido así. El Cáceres de La Breña es recordado hasta ahora porque encabezó y dio consistencia, a la vez racional y emotiva, a una resistencia desesperada en la peor hora del país, en su época más oscura y caótica. Muchos años después de los sucesos, los recuerdos no sólo inspiraban emociones heroicas. Cuando volvían a su mente las imágenes de la lucha en la Sierra, el Cáceres anciano derramaba también lágrimas, sobre todo cuando rememoraba la amargura de sus decepciones y a sus compañeros de armas fallecidos. Como aparece en forma tan expresiva en el Diario de Pedro Manuel Rodríguez, fue un tiempo que, además de haber sido sangriento, fue de pobreza, de enfermedades y de precariedad. En escenas que traen a la mente estampas de la Guerra de los Treinta Años o, en forma más próxima, del Paraguay a fines de la Guerra de la Triple Alianza, en el interior había hambre, pueblos destruidos y olor a muerte. “El pueblo de La Oroya ha quedado reducido a cenizas y el puente cortado completamente”, se lee en un oficio suscrito por Cáceres en julio de 1882. Era una frase usual en sus escritos de la época. Debido a este carácter límite de la lucha, y a su sentido defensivo de la nacionalidad, Cáceres fue llamado alguna vez el “Grau de tierra” por Manuel González Prada, y también el “Huáscar de los Andes” por un anónimo cronista de 1886. En la etapa final del conflicto, doblegado por la adversidad, Cáceres fue, en otro sentido, la encarnación de la dignidad en medio del infortunio.

Aunque Cáceres siempre recordó, con una dureza que lindaba con el rencor, el hecho de que muchos peruanos no lo secundaron en su lucha, también es cierto que la Campaña de la Sierra fue una especie de laboratorio del potencial de integración del país. No sólo unió a muchos representantes del mundo urbano o moderno, desde miembros de familias acomodadas hasta pobres de las ciudades, sino que incorporó como un elemento esencial de la lucha a las poblaciones rurales organizadas como guerrilleros. Fue precisamente este rasgo, que tocaba las viejas raíces del Perú, el que dio a la campaña esa personalidad tan especial. La energía y el sacrificio de las poblaciones campesinas fueron vitales durante la campaña, y así lo entendió siempre, con toda claridad, el propio Cáceres. Los campesinos fueron los ojos, los oídos y hasta el sustento de las fuerzas peruanas y de su carismático líder. “No debe V. S. olvidar que la mayor parte de su gente, sobre no tener una verdadera organización militar, son indios armados de lanzas”, se leía en las instrucciones de Patricio Lynch a uno de sus altos oficiales que subían a la Sierra en abril de 1883, refiriéndose a los guerrilleros de Cáceres. Lo que quería decir el jefe militar de la ocupación chilena con estas palabras que traslucían cierta inseguridad, es que no quería oír hablar de repliegues que se justificaran en la presencia amenazante de grandes masas de guerrilleros en los cerros. No obstante, fueron estos mismos “indios armados de lanzas”, auxiliares vitales del Ejército del Centro, los que contuvieron y desconcertaron a los chilenos durante largos meses, hasta el punto de hacerlos concebir la necesidad de una retirada general a la Línea de Sama.

Cáceres amplió mucho el horizonte de ese sector mayoritario de la población peruana. Como se leía en un viejo folleto de 1886: “El General Cáceres había llamado a aquellos campesinos a la vida del patriotismo”. En palabras de Percy Cayo: “Cáceres fue, sin duda, el aliento irreemplazable para esta acción de las montoneras. Reeditando las acciones de guerrilleros que cumplieron hazañas tan singulares en los días de la Independencia, supo contagiar en sus gentes la fuerza incontenible del amor al suelo que se defendía”. El recuerdo que se hace hoy día de esa gesta en el seno de las poblaciones campesinas del Centro revela, en todo caso, que no se trató de una alianza superficial. (Por lo menos hasta el año 1996, la “batalla de Chupaca” de abril de 1882 era dramatizada en esa población: los “guerrilleros”, vestidos con ponchos y armados de rejones, reciben el ataque de los “soldados chilenos” que lucen pantalones rojos y casacas azules. La caballería invasora repite el grito de ataque: “¡Los sables a desenvainar! ¡Por Dios y Santa María, adelante la caballería!”)

Pero podría haber otras razones que expliquen la permanencia del recuerdo de La Breña. Una primera razón se encontraría en el molde casi literario de su trama, que podría ser asimilable al de un antiguo relato de corte épico, pese a que se trata de un encadenamiento de acontecimientos sustentado en las fuentes, y que no ha brotado de la imaginación de ningún autor individual o colectivo. En 1921, Zoila Aurora Cáceres había dicho que la Campaña de la Sierra se había asemejado a “un cuento prodigioso”. ¿Qué rasgos tenía? En primer lugar, la Campaña de la Sierra tiene un formato general de corte épico, con gigantescos escenarios geográficos y grandes masas que actúan en medio de una guerra. Es una historia de combates y de escaramuzas y también de matanzas y de ejecuciones. Pocas escenas son tan dramáticas como la llegada de Cáceres a pueblos andinos donde asomaban las cabezas decapitadas de los soldados chilenos, ensartadas en lanzas. También hay valientes y villanos, lealtades y traiciones.

En segundo lugar, encontramos la imagen de un héroe o paladín en torno al cual gira la trama con todos sus múltiples elementos. El carácter tan poderoso de este rasgo hacía que los observadores de la época intentaran buscar asociaciones con personajes destacados de la historia clásica. Para Pedro Manuel Rodríguez y Daniel de los Heros, que cabalgaron junto con Cáceres en la campaña de Huamachuco, era muy tentador asociar la imagen del caudillo peruano cruzando el paso de Llanganuco al frente de sus tropas atravesando peligrosos desfiladeros con la de Aníbal venciendo los Alpes en medio de un mar de dificultades. No se sabe si Manuel González Prada tomó de esta fuente su propio paralelo de Cáceres con el guerrero cartaginés. En todo caso, lo hizo suyo con sinceridad evidente.

En tercer lugar, se trata de la historia de una lucha agónica, en el límite de la resistencia, llevada a cabo contra fuerzas del mal (siempre en un sentido literario), encarnadas en tropas invasoras que saquean y asesinan a gente que al comienzo aparece como pacífica. Pocos episodios encajan mejor con este rasgo de la historia como la ya mencionada defensa del pueblo de Chupaca, del 19 de abril de 1882, cuando campesinos precariamente armados resistieron hasta la muerte el asalto de la caballería chilena.

En cuarto lugar, es una trama de caídas y resurrecciones, con desenlaces en cada caso especiales e inesperados. Este rasgo de la historia es evidente en la parte correspondiente a la batalla de Huamachuco y a las semanas que siguieron a esta acción de armas, cuando Cáceres estuvo a punto de perecer. Su retorno a la Sierra Central, donde se reencuentra con el entusiasmo casi intacto de sus guerrilleros, es sin duda la imagen viva de un renacimiento.

En quinto lugar, es una historia donde aparecen personajes pintorescos, como los curas vestidos de militares que encabezan a sus feligreses en la lucha contra los chilenos, portando un crucifijo en una mano y esgrimiendo un rejón en la otra. Finalmente habría que mencionar la temática de los afloramientos ancestrales y de las revelaciones, tan visible en esa suerte de reaparición de viejas esencias andinas de raíz guerrera.

Otra razón que podría explicar la permanencia del recuerdo de La Breña es la resistencia que ha tenido la figura de Cáceres, como militar, a los ataques orientados a desprestigiarlo, sustentados sobre todo en consideraciones políticas. En general, aparte del origen social o de la formación educativa, y con una apreciable intuición, la mayoría de la población peruana ha tendido a reconocer un valor nacional, que sin duda fue muy real. Pese a no haber sido un mártir durante la guerra, Cáceres se encuentra en un nivel comparable de estimación popular del que gozan Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, o incluso el mismo Miguel Grau.

En un plano académico, el valor, el carisma y la popularidad del Cáceres de la Campaña de la Sierra han sido confirmados reiteradamente en casi todas las obras del siglo XX o contemporáneas, tanto chilenas, peruanas, bolivianas como de otras nacionalidades. Sería interesante contar cuántas veces aparece repetido el nombre de Cáceres en la clásica Guerra del Pacífico del historiador chileno Gonzalo Bulnes: seguramente más que el nombre Gorostiaga y quizá no mucho menos que el propio nombre de Lynch. Desde el siglo XX, hay consenso en reconocer la grandeza de Cáceres como militar estratega y héroe patriota.

No obstante, como queda claro cuando se revisan las fuentes, esta certeza a veces nos impide ver que Cáceres tuvo en vida, y posteriormente, muchísimos enemigos y detractores. Permanece hasta la actualidad, pese a todo, como un mito histórico, y podemos intentar acercarnos a él: es el Cáceres épico, montado sobre su caballo de batalla, con el kepís rojo y la espada en la mano; es el brillante y creativo estratega de Tarapacá y de Pucará, que sabe sacar el mejor partido de su infantería india especialista en desfiladeros; es el soldado de las situaciones límite, rodeado siempre por la muerte, combatiendo en primera fila y expuesto al fuego enemigo; es el Cáceres que, en las penosas marchas nocturnas, ilumina a sus hombres con haces de paja encendidos por rutas inverosímiles en medio del frío; es el Cáceres que pasa a caballo vitoreado hasta el delirio por sus guerrilleros, a los que se dirige en quechua; es el caudillo que une bajo la misma bandera roja y blanca al cosmopolita limeño y al rejonero de la puna; es el organizador infatigable que saca ejércitos de la nada; es el Cáceres que pone en aprietos a las guarniciones chilenas de la Sierra; es el Cáceres admirado en silencio por los rasos y por los desertores enemigos que lo llaman El Brujo; es el jinete del prodigioso salto ecuestre de Huamachuco que le salva la vida; es el Cáceres irascible y colérico ante los traidores, pero también conmovido por la fidelidad, la entrega y el sacrificio sin límites de las poblaciones andinas que lo abrigan en la soledad de la derrota; es el ciudadano abatido por las desgracias de su Patria, pero que siempre termina levantándose animado por una prodigiosa fortaleza de carácter.

A la luz de otros casos históricos, éstas bien podrían ser imágenes de corte propagandístico. No obstante, con relación a la trayectoria de Cáceres durante la Campaña de La Breña, hay que decir con toda claridad que el mito se parece mucho a la realidad.

Foto de Hugo Pereyra Plasencia.

HUGO PEREYRA SÁNCHEZ

Hugo Pereyra Sánchez, in memoriam (1929-2008)

Vayan algunas líneas para evocar la memoria de nuestro padre, quien nació un día como hoy, hace 86 años.

Aunque era limeño, pasó sus primeros años en Cajamarca, la tierra ancestral de sus antepasados. Allí estudió en el Colegio San Ramón, donde inició con sus compañeros de promoción una gran amistad que duró más de seis décadas, hasta el fin de su vida. Recibió luego, en la Escuela de Ingenieros del Perú, una sólida formación de ingeniero civil, que ejerció en los primeros años de su actividad profesional. Sus intereses se orientaron después a la matemática y, principalmente, a la estadística. Después de hacer estudios de postgrado en esta última disciplina en Santiago de Chile, dedicó la mayor parte de su vida profesional a enseñarla a numerosas promociones en la Universidad Nacional de Ingeniería. De ese tiempo datan algunas de sus experiencias y amistades más significativas. Por esos años, también dictó clases de estadística en las aulas de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Solía recordar con afecto que, en la década de 1960, le tocó dictar la primera clase de la naciente universidad, donde, años después, a fines de la década de 1980, recibió el título de Profesor Emérito. Luego de su jubilación, alrededor de la misma época, lejos de optar por un tranquilo retiro, continuó enseñando incansablemente, principalmente en la Universidad Ricardo Palma, donde siguió compartiendo con alumnos y colegas sus experiencias como estadístico e investigador en el programa de postgrado de educación. Durante toda su vida, su intelecto desbordó las ciencias y tocó las humanidades y las artes. Nuestra familia atesora el recuerdo de su impecable manejo del idioma y de su vasta cultura. Fue también un entusiasta lector de literatura universal, afición que se remontaba a su niñez. Sin embargo, en las últimas dos décadas de su vida desarrolló lo que, tal vez, consideró su aporte intelectual más significativo y permanente: la investigación de los métodos de contabilidad y registro de los Incas, especialmente los quipus. Se entregó con pasión de científico y de peruanista al estudio de esta materia. Ella le infundió una energía que compensaba con creces el gradual debilitamiento de su salud. En mérito a sus rigurosas investigaciones, recibió el reconocimiento de los grandes expertos mundiales en este campo, tanto de Estados Unidos como de Europa, y publicó varios trabajos fundamentales.

Hoy día se presenta, de manera póstuma, la que fue quizás su obra más extensa: la descripción de los quipus del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia. Su colaboración con los profesionales de este museo, y con los del proyecto Caral y del Museo del Banco Central de Reserva, fue una de las experiencias que él más valoró. Podemos decir que llegó a conocer a muchas de las personalidades del medio arqueológico de nuestro país. Dos de ellas, la Dra. Carmen Arellano y la Dra. Lydia Fossa tendrán ocasión de presentar su obra esta noche.

En el plano personal, su viuda, sus hijos, sus nietas y nieto, y su nuera, recordaremos siempre a quien fue esposo gentil, padre abnegado, maestro de toda la vida, hombre fino, estudioso, metódico, sereno y caballeroso. Su memoria, motivo de ejemplo y orgullo, continuará siempre viva entre nosotros.

Hugo y Carlos Pereyra Plasencia

Lima, 21 de septiembre de 2015

OPINIÓN SOBRE EL LIBRO EL EXPEDIENTE PRADO, DEL CONGRESISTA VÍCTOR ANDRÉS GARCÍA BELAÚNDE

Opinión sobre el libro El expediente Prado, del congresista Víctor Andrés García Belaúnde.

Quisiera dejar en claro que lo que sigue es la expresión de una opinión absolutamente personal, que no involucra a ninguna de las instituciones de las que formo parte o en las que trabajo. Tal y como se están produciendo las cosas, casi me siento moralmente obligado a intervenir en esta polémica nacional, con un ánimo de esclarecimiento. No obstante, deseo recalcar que es imposible que esta operación sea puramente académica o aséptica, porque involucra dos grandes ideales frente a los cuales los peruanos debemos tener siempre conceptos claros: la lucha contra la corrupción y la defensa de la integridad y de la soberanía nacional. En otras palabras, es un tema del pasado que tiene resonancias en el presente. Imposible negar una opinión: sería algo así como escabullirse.

Nadie duda de que Mariano Ignacio Prado fue un líder valiente cuando encabezó la protesta nacional contra el tratado Vivanco-Pareja de 1865. Nadie niega el tacto político que tuvo para nombrar a los integrantes del famoso “Gabinete de los talentos”, que incluyó a grandes peruanos como José Gálvez y Toribio Pacheco. Nadie niega que el combate del 2 de mayo de 1866 fue un episodio que enorgullece al Perú y a Hispanoamérica. Nadie niega que Prado fue un padre atento con sus hijos, tanto naturales como legítimos, y que nuestro gran héroe Leoncio Prado, su vástago, siempre le tuvo respeto filial.

Todo esto es cierto. Pero sobre Prado se cierne también una sombra.

Sobre el general Prado pesan dos líneas de acusación. En primer lugar, lo relacionado al famoso “viaje de Prado”, en diciembre de 1879, durante la guerra con Chile. En segundo lugar, lo relativo al origen mal habido de su fortuna, que es un episodio anterior al conflicto.

Con relación a lo primero, debo decir con todas sus letras que el “viaje de Prado” fue, por lo menos para mí, un pecado “venial”. Prado no robó nada de la colecta nacional que se llevó a cabo durante la guerra con Chile. Eso explica que el presidente Andrés A. Cáceres, quien había ascendido a la presidencia del país en 1886, haya recibido bien a Prado cuando éste regresó al Perú en tiempos de la Reconstrucción. Además, hay que decir que Prado viajó en diciembre de 1879 con la autorización del Congreso y que dejó en el Perú a su señora y a sus hijos (algo absurdo si hubiera, en verdad, deseado huir). El pecado “venial” al que me refiero tuvo que ver más bien con el miedo. Cuando Prado emprendió su viaje, Grau ya había muerto gloriosamente en Angamos, y el “Huáscar” (esa especie de “muralla móvil del Perú”) ya había sido capturado .Chile tenía toda la ventaja estratégica. Además, durante el terrible mes de noviembre de 1879, Tarapacá, con su riqueza salitrera, ya había caído en manos del entonces país enemigo. Lo que le debe haber entrado a Prado es pánico: no había recursos navales ni dinero para continuar con la guerra. Ello explica su atolondramiento. Ello permite comprender su “huida hacia adelante” en diciembre de 1879, cuando abandonó, nerviosamente, a su país en pleno conflicto con el argumento (incoherente, por cierto) de buscar “comprar barcos personalmente”: no se podía comprar barcos en estado de guerra. Por otro lado, concuerdo con Daniel Parodi cuando dice que no hay evidencias claras para sostener que Prado viajó para proteger sus intereses económicos en Chile.

Me sorprende que la opinión pública insista en este tema del viaje, que no tiene mayor relevancia. Sí entiendo, por el contrario, que los defensores de Prado concentren su atención en esta materia, porque, en efecto, no es un asunto particularmente grave, y puede servir para tapar, como una especie de biombo chino, lo que sí lo es.

Con relación a lo segundo, vale decir, a la operación fraudulenta de antes de la guerra que originó su fortuna personal, la condena sobre Prado debe caer sin ambages. En efecto, ¿de dónde surgió ese capital primigenio que permitió a Prado volverse un magnate en Chile? Yo creo que aquí radica la fortaleza del libro del congresista García Belaúnde, sobre todo en el trabajo de identificación de un conjunto específico de documentos en notarías y en otros registros chilenos (que antes estaban ocultos a la opinión pública peruana), cuya naturaleza posee un carácter casi incontestable. Que yo sepa, ningún peruano, sea historiador o no, había hecho antes estos hallazgos documentales tan detallados. Aquí hay un mérito enorme, no sólo historiográfico, sino por el interés nacional que reviste. La respuesta que da el congresista sobre el origen de la fortuna es clara: la acumulación inicial del general Prado provino de una compra estatal sobrevalorada en los EEUU. Hacia fines de su primer gobierno, Prado auspició la compra de dos barcos de río estadounidenses, los monitores Oneoto y Catawba. Cada uno de ellos costó un millón de soles. Recordemos que el legendario “Huáscar”, comprado en Inglaterra, había costado un poco más de 400,000 soles. Queda claro que se trató de una escandalosa operación de sobrevaloración, porque no se trataba de unidades de última generación que hubiesen podido representar un real fortalecimiento de la Marina peruana. Una vez compradas, estas dos unidades de río, rebautizadas como “Manco Cápac” y “Atahualpa”, tuvieron que ser remolcadas penosamente por el Atlántico e ingresadas al Pacífico a través del Cabo de Hornos, en lo que fue una auténtica proeza, aunque estéril, de nuestros expertos marinos. Recordemos que, en esos años, no existía un Canal de Panamá que hubiese podido facilitar esta operación. En todo caso, LO QUE HAY QUE RESALTAR AQUÍ ES QUE EL DINERO QUE SE EMPLEÓ EN ESTA OPERACIÓN CORRUPTA PUDO HABERSE USADO PARA COMPRAR UNIDADES QUE HUBIESEN REPRESENTADO UN FORTALECIMIENTO REAL DE LA MARINA PERUANA. De haberse adquirido una o dos unidades navales nuevas, el poder disuasivo de la Marina de entonces habría sido formidable. Se trataba de algo crucial en un tiempo en que no había aviones ni carreteras que permitieran el desplazamiento rápido de tropas. Debe recordarse que, en la época de la compra del Oneoto y del Catawba, el Perú ya disponía de sus barcos “Huáscar” e “Independencia” (adquiridos por el Presidente Pezet en tiempos de la amenaza española), por lo cual las unidades adicionales que pudieron haberse comprado con el dinero de la mencionada operación corrupta, habrían convertido a la Marina en una especie de muralla o disuasivo formidable para el Perú. En pocas palabras, de haberse procedido bien, con compras adecuadas, es probable que la guerra con Chile nunca hubiese tenido lugar. En verdad, resulta difícil imaginar a algún mandatario o grupo de poder en Chile que hubiese dado el paso de declarar la guerra al Perú (como ocurrió en abril de 1879) a la vista de una escuadra peruana tan formidable. (Otro mandatario que falló estrepitosamente en comprar barcos adecuados fue Manuel Pardo, pero esa es otra historia trágica para nuestro país, que no tiene conexión, por lo menos directa, con el tema que estamos tratando).

Por ello, con relación a este punto, el pecado de Prado ES DOBLE: no sólo por la corrupción en sí (el nacimiento de una fortuna privada a partir de fondos públicos), sino también por haber contribuido a debilitar la Marina peruana en un tiempo decisivo de la historia nacional, en medio de un entorno internacional agresivo, casi darwiniano, donde la protección que brindaba la armada nacional a la soberanía nacional era esencial.

Por todo lo anterior, debo decir lo siguiente en concisas palabras: es una tremenda injusticia intentar defender al general Prado escudándolo en la figura pura y extraordinaria de su hijo Leoncio, el mártir de la batalla de Huamachuco de julio de 1883. Creo que esto no ha sido subrayado debidamente. Hecha esta precisión, y enfocándome únicamente en el caso de la escandalosa compra sobrevalorada de los barcos Oneoto y Catawba, y sus efectos tanto en el nacimiento de una fortuna corrupta como en el debilitamiento de la Marina, debo decir con claridad que el congresista García Belaúnde tiene la razón en condenar a quien podemos llamar, sin medias tintas, como un traidor. Y me temo que las glorias que Prado pudo conseguir para el Perú entre 1865 y 1866, en tiempos de su distinguido y acertado liderazgo durante la amenaza española, no contribuyen un ápice para modificar este duro juicio. Lo lamento, pero Prado demostró ser un ambicioso corrupto, que tampoco comprendió los auténticos intereses nacionales en el ámbito de la defensa. Por ello, no puede ser considerado como un héroe inmaculado, como sí debe ser recordado, por el contrario, su hijo Leoncio, modelo de patriotismo y de sacrificio para los jóvenes de hoy.

Me resulta imposible no preguntarme si su hijo Manuel, el Presidente, tuvo conocimiento de la operación corrupta que, en los hechos, terminó siendo el origen del famoso “Imperio Prado”. Si no lo tuvo (lo que es probable) el nombrar a su padre como prócer fue un acto de amor filial. Pero si se demuestra que estaba al tanto, entonces entonces lo que hizo el Presidente Manuel Prado Ugarteche fue un acto de un cinismo monumental. Y otra mancha más que se podría añadir a su sumiso comportamiento frente a los EEUU en la crisis de 1960, cuando abandonó a su suerte a su Canciller Raúl Porras en su defensa de Cuba y de sus esfuerzos por impedir la intromisión soviética en nuestro Hemisferio.

Creo, finalmente, que tener claridad sobre este tema es fundamental en el contexto de la realidad peruana de hoy, todavía marcada por muchos casos de corrupción e incluso de traición a la Patria (como ocurrió recientemente con los operadores de la Marina que transmitieron información clasificada a Chile, en el último caso de espionaje). Si los mayores no somos capaces de hablar claro sobre el pasado a nuestros hijos y alumnos, ¿qué ejemplo de probidad y de patriotismo les podemos dar ante lo que ocurre hoy, si permanecemos con la boca cerrada, o hablando siempre “a media voz”?

PALABRAS DEL MINISTRO HUGO PEREYRA PLASENCIA EN LA CEREMONIA DEL DIA DE LA RESPUESTA

PALABRAS DEL MINISTRO HUGO PEREYRA PLASENCIA EN LA CEREMONIA DEL DÍA DE LA RESPUESTA

Arica, 5 de junio de 2015

Muy temprano en la mañana del sábado 5 de junio de 1880, un sargento mayor de artillería fue comisionado por el general Manuel Baquedano, jefe del Ejército de Chile, para transmitir a los defensores de Arica una propuesta de rendición. Se llamaba Juan de la Cruz Salvo, y había avanzado hacia las líneas peruanas llevando una bandera blanca. De acuerdo con los usos de la guerra, Salvo fue conducido vendado a la puerta de la residencia que hoy se conoce como la Casa de la Respuesta. Lo primero que vio cuando se le retiró la venda fue a un veterano de barba blanca que lo trató con mucha dignidad y cortesía. Frente a él se encontraba el coronel Francisco Bolognesi Cervantes, último jefe defensor de la plaza artillada peruana de Arica.

Esta escena ocurría en un contexto dramático: una guarnición de unos 1,600 hombres, integrada en su mayor parte por civiles movilizados, entre ellos muchos tacneños, se preparaba para resistir el asalto de más de 4,000 soldados chilenos, con la moral muy alta, luego de la reciente y reñida victoria de Tacna sobre el ejército de la Alianza peruano—boliviana. El comando chileno pensaba, de modo iluso, que un bombardeo sobre la plaza peruana bastaría para desmoralizar a sus defensores, pero la reacción fue precisamente la inversa. No obstante, esto no quita que se trataba de una situación límite. Las tropas peruanas y su guarnición de artillería se encontraban acorraladas al borde del mar. El viejo puerto peruano de Arica, y el famoso Morro que lo domina, era el último resto del Perú en el Sur, defendido por su también postrero ejército en esa parte del país.

El nudo del Episodio de la Respuesta fue recogido en el parte oficial del coronel Manuel C. de la Torre, jefe del Estado Mayor peruano, suscrito apenas dos días después de la caída de Arica, cuando los acontecimientos todavía estaban frescos en la memoria:

“A las 6 a.m. [del día 5 de junio de 1880] recibió el jefe de la plaza un parlamentario del general en jefe del ejército chileno, por el cual, manifestando una deferencia especial a la enérgica actitud de la plaza, expresaba su deseo de evitar la efusión de sangre, que creía estéril y de ningún resultado práctico para sus defensores, atendida la excesiva superioridad de las fuerzas marítimas y terrestres con que se hacía el asedio.
El jefe de la plaza, previo acuerdo de una junta de los jefes de las fuerzas defensoras, cuya unánime opinión fue consecuente a la determinación adoptada en días anteriores de hacer la defensa hasta el último trance, despidió al parlamentario […] dándole por contestación para su general: que, agradeciendo el acto de deferencia, la determinación de las fuerzas defensoras de Arica era quemar el último cartucho”

Ese mismo día 5 de junio, Bolognesi remitió al prefecto de Arequipa el siguiente telegrama:

“Suspendido por enemigo cañoneo. Parlamentario dijo: General Baquedano por deferencia especial a la enérgica actitud de la plaza desea evitar derramamiento de sangre. Contesté, según acuerdo de jefes: Mi última palabra es quemar el último cartucho. ¡Viva el Perú! Bolognesi”

Un testimonio posterior destaca que el jefe peruano no dejó de consultar a sus jefes, en ese momento tan crucial, sobre las consecuencias de esta decisión. En otras palabras, no deseaba hacer presión, porque su sacrificio, que era el de un militar retirado de 63 años, no era idéntico al de sus hombres, varios de los cuales eran jóvenes e incluso acaudalados. A juicio de Bolognesi, ellos podían emplear su energía en las tareas de reconstrucción del país, sin necesidad de una inmolación. No obstante, este mismo testimonio señala que la posición de resistir fue unánime y condujo a Bolognesi a decir a Salvo:

“Podéis decir al general Baquedano que me siento orgulloso de mis jefes y dispuesto a quemar el último cartucho en defensa de la plaza”

No era el momento de tomar decisiones puramente racionales, sino de generar un símbolo perdurable para las generaciones posteriores. No cabe duda de que Bolognesi y sus hombres —como había pasado poco tiempo antes con Grau y los tripulantes del legendario monitor Huáscar— sentían que ellos encarnaban al Perú en ese momento crítico de su Historia.

Bien dice el coronel de la Torre en su parte que la decisión de resistir adoptada el día 5 de junio no era sino una reiteración de un acuerdo colectivo previo que ya se había tomado. Por otro lado, el espíritu de la famosa respuesta dada por Bolognesi a Salvo ya se anuncia, con caracteres nítidos, en una comunicación que este valiente jefe había dirigido el día anterior, 4 de junio, tanto a almirante Lizardo Montero (quien había sido jefe de las fuerzas peruanas que habían combatido en la batalla de Tacna) como al coronel Segundo Leiva (jefe del ejército de Arequipa):

“Este es el octavo propio que conduce tal vez las últimas palabras de los que sostienen en Arica el honor nacional. No he recibido hasta hoy comunicación alguna que me indique el lugar en que se encuentra ni la determinación que haya tomado. El objeto de este es decir a U.S. que tengo al frente 4,000 enemigos poco más o menos a los cuales cerraré el paso a costa de la vida de todos los defensores de Arica aunque el número de los invasores se duplique. Si U.S. con cualquier fuerza ataca o siquiera jaquea la fuerza enemiga, el triunfo es seguro. Grave, tremenda responsabilidad vendrá sobre U.S. si, por desgracia, no se aprovecha tan segura, tan propicia oportunidad…”

Bolognesi añadía en esta comunicación, en tono firme y casi de advertencia, la siguiente frase: “el Perú entero nos contempla”

¿Quiénes, además de Bolognesi y de Salvo, estuvieron en la sala de la Respuesta? Los testimonios no son absolutamente uniformes, pero es posible afirmar que entre ellos se encontraba el infortunado capitán de navío Juan Guillermo More quien, en una actitud que inspiraba respeto, deseaba hacer alguna acción que compensara la pérdida del navío Independencia que había estado bajo su mando el 21 de mayo de 1879 en el combate naval de Punta Gruesa. También estaba presente el teniente coronel Roque Sáenz Peña, jefe del batallón Iquique, un argentino que—en elocuente solidaridad y protesta contra la guerra declarada por Chile— combatía con uniforme peruano. Otro famoso asistente fue el coronel Alfonso Ugarte Vernal, acaudalado tarapaqueño de poco más de treinta años, jefe de la octava división. El mes anterior, seguramente rodeado de sus soldados uniformados con el clásico lino blanco, característico de las tropas peruanas, se había dado tiempo para escribir una carta a su primo Fermín Vernal, donde le decía: “Aquí en Arica tenemos solamente dos divisiones de nacionales […] Estamos resueltos a resistir con toda la seguridad de ser vencidos, pero es preciso cumplir con el honor y el deber”.

En la sala de la Respuesta se encontraba asimismo el teniente coronel Ramón Zavala, quien, como Ugarte, era un millonario tarapaqueño ahora jefe del batallón Tarapacá y quien había sido esforzado veterano de la victoriosa acción de armas del mismo nombre. En fin, rodeando a Bolognesi, estuvieron los coroneles José Joaquín Inclán (jefe de la séptima división), Justo Arias Aragüez (jefe de los Granaderos de Tacna), Marcelino Varela (jefe de los Artesanos de Tacna), y Mariano E. Bustamante, y los tenientes coroneles Manuel C. de la Torre (ya citado) y Juan Ayllón. Muy probablemente, estuvo el capitán de fragata José Sánchez Lagomarsino (comandante del monitor Manco Cápac) y el teniente coronel trujillano Ricardo O´Donovan (jefe del Estado Mayor de la séptima división). En otras palabras, había entre los jefes defensores de Arica hombres provenientes del Norte, Centro y Sur del país.

De este grupo, y de los demás defensores de Arica, ha dicho el historiador chileno Gonzalo Bulnes, en insólito homenaje: “Estos nombres son dignos del respeto del adversario y de la gratitud de sus conciudadanos […] Bolognesi, More, Ugarte […] fueron los últimos defensores de su Patria”.

Luego de otro bombardeo que fue exitosamente repelido por las baterías peruanas, y de una segunda propuesta de rendición transmitida el 6 por el ingeniero peruano prisionero Teodoro Elmore, el 7 de junio, en la madrugada, se produjo el asalto sobre los parapetos peruanos. Comenzó, de manera imprevista, por los fuertes Ciudadela y del Este, resguardados por la séptima división. En el primero —según referencia del chileno Nicanor Molinare— su bravo jefe, el coronel Arias Aragüez, rehusó rendirse (como había ofrecido ante Bolognesi dos días antes) y atravesó a varios chilenos con su espada antes de caer acribillado a balazos. Además de hacer sentir su número de tres o cuatro contra uno, los chilenos atacaban resueltos destacando sus bayonetas y sus corvos y su ensordecedor chivateo tomado de viejas tradiciones mapuches. Enfurecían a los atacantes no sólo la resistencia tenaz de los defensores sino el estallido de minas que volaban a su paso. Del texto (a veces confuso y contradictorio) de partes y relatos de testigos oculares, se deduce que, antes del postrer y brutal asalto, los últimos defensores se agruparon en la cumbre del mismo Morro de Arica, en torno a Bolognesi, en una plazoleta donde ondeaba la bandera del Perú. Allí, baleados por los rasos chilenos que ingresaban al recinto en medio del desorden, hallaron la muerte el valeroso jefe de la plaza, More y otros jefes que se encontraban junto a él. Unos pocos fueron hechos prisioneros y protegidos por oficiales enemigos que llegaron después. Al pie de la bandera, al declinar el combate, yacía muerto de bala uno de sus últimos defensores, el joven sargento mayor Armando Blondel, con la espada todavía aferrada a su diestra.

oooooooooooooo

Para concluir, viene al caso hacer una breve reflexión sobre el sentido de la célebre Respuesta de Bolognesi y sobre la herencia que han dejado los héroes de nuestro país.

El término “héroe” ha sido siempre complejo y difícil de definir: puede ser héroe el mismo que, para otros, es simplemente un conquistador abusivo o un sátrapa. Héroe fue en la Antigüedad una persona que, por su extraordinario valor, alcanzaba a tener rasgos de divinidad. En una época más profana, el héroe fue descrito alguna vez como un individuo común y corriente que hacía hazañas extraordinarias en tiempos extraordinarios. Ambas definiciones enfatizan, sin lugar a dudas, el valor y el coraje en tiempos de guerra, pero tienen la limitación de no aludir, o de hacerlo sólo tangencialmente, a la grandeza de espíritu y al desprendimiento que pueden estar detrás de las acciones heroicas, ni tampoco a su valor intrínseco, por encima de banderías de facciones o de nación. A mi juicio (lo que brota también naturalmente de las fuentes), Francisco Bolognesi y sus compañeros defensores de Arica son un símbolo de todas las dimensiones del heroísmo.

“Nunca reclames nada para que no crean que mi deber tuvo precio”, le escribió Bolognesi a su amada esposa el 22 de mayo de 1880, semanas antes de su inmolación. Todo es corrección y sentido del deber en este hombre esforzado e íntegro. Bolognesi es una prueba de que nuestro siglo XIX no fue sólo la era de los excesos del guano y del salitre, sino también la cuna de muchos peruanos probos y sacrificados. No olvidemos que los cañones que se usaron en la defensa del Callao del 2 de mayo de 1866 contra la formidable Escuadra Española del Pacífico fueron comprados por Bolognesi. Recordemos también al soldado que, el 27 de noviembre de 1879, en el fondo de la quebrada de Tarapacá, consumido por la fiebre, se levantó impetuoso a dirigir a caballo a sus fuerzas que derrotaron y dispersaron a las tropas invasoras en esa célebre batalla.

Tengo deberes sagrados y los cumpliré hasta quemar el último cartucho. Es obvio que esta breve y rotunda respuesta trasciende la gloria y el heroísmo de su contexto histórico y que se proyecta al presente. De hecho, todos tenemos deberes sagrados, especialmente los empleados públicos, no únicamente en un sentido asociado a la defensa nacional, sino también en un plano cívico, en un contexto de paz, orientado al engrandecimiento y a la modernización del Perú de hoy.

Con relación a la herencia que han dejado nuestros héroes, debo decir que pertenezco a una generación que, en muchos sentidos, y particularmente en el contexto del vertiginoso desarrollo de la información que caracteriza a la Globalización, ha aguzado su sentido crítico frente a la realidad que la circunda. Mi generación ha identificado muchas veces, con lucidez, a falsos (o dudosos) héroes, tanto del presente como del pasado, cuyos nombres no vale la pena repetir aquí. Pero este sentido crítico ha llevado también, a veces, de manera pavorosamente injusta, a barrer, por igual, y sin distinguir, a los falsos héroes y a los verdaderos. Además de las figuras más conocidas de Francisco Bolognesi y Alfonso Ugarte, ¿qué joven de nuestros días conoce detalles de la vida de los demás héroes de Arica? La mayor parte de ellos murieron combatiendo en Arica, espada en mano, o peleando cuerpo a cuerpo a la bayoneta, con una valentía que nos hace recordar a los antiguos romanos del tiempo republicano. La férrea resistencia peruana hace pensar que, quizá, el episodio de Arica deba ser considerado para nosotros como las Termópilas (la épica defensa de los trescientos espartanos contra los persas) lo son para los griegos de hoy. Este olvido ocurre también en los casos más específicos del desdichado marino Juan Guillermo More y del artillero chalaco Adolfo King ¿Saben nuestros hijos que los Artesanos de Tacna, miembros del pueblo laborioso y trabajador, no retrocedieron y perecieron casi todos en su puesto y arma en mano y que —como su nombre lo dice— no eran militares profesionales? Por su sacrificio, por su pureza conmovedora y su desinterés, el Perú les debe un reconocimiento público largamente mayor del que actualmente tienen.

Desde hace apenas dos o tres décadas, y pese a la persistencia de los abismos sociales, hay muchas señales de que, por fin, nuestra Nación comienza a tener un perfil definido, particularmente en el ámbito cultural. La Sierra parece haberse abrazado a la Costa. Los ojos de los peruanos curiosos de conocer lo nuevo ya no están centrados únicamente en el exterior, sino también en el viejo interior serrano y selvático de nuestro país. Productos culturales peruanos han sido ya elevados a un rango de apreciación universal. Y, finalmente, pese a enormes dificultades, parece vislumbrarse un esquema de desarrollo económico y social de largo plazo dentro de una realidad de alternancia de poder.

Esta sociedad bullente, llena de posibilidades, heredera de tantos tesoros culturales, requiere sin duda de símbolos. Y parte importante de estos símbolos son sus héroes. Me refiero a sus héroes auténticos. ¿Qué mejor lección de civismo y de amor por su país es la que cualquier profesor podría dar en las escuelas relatando simplemente a sus alumnos las vidas de estos héroes?

Y mal haríamos si no incluyéramos entre ellos a Bolognesi y a los defensores de Arica, que exaltaron con su sacrificio el sentido del deber. Su legado está condensado en nuestra memoria colectiva en el digno y valiente episodio de la Respuesta, que hoy conmemoramos con respeto y veneración patriótica. Como dice el gran tacneño Jorge Basadre, las palabras de Bolognesi centellearon

“…como el acero arrebatado de un golpe a la vaina. Dijo solo una frase breve y ella quedó viva, callando luego el estrépito del combate y las dianas de la victoria. Flamea como una bandera al viento de la Historia”.

Muchas gracias.

PALABRAS EN RECUERDO DE MI AMIGO EXTREMEÑO FERNANDO SERRANO MANGAS, PARA EL HOMENAJE ORGANIZADO POR EL CEXECI (29 DE ABRIL DE 2015)

Unas palabras en recuerdo de Fernando Serrano Mangas, de su amigo peruano Hugo Pereyra Plasencia

 

Conocí a Fernando a comienzos de la década de 1980, en las mesas de investigación del Archivo General de Indias de Sevilla.  Recuerdo que era un día frío de enero o febrero. Para molestia de los otros estudiosos, que estaban hundidos en la lectura sus expedientes centenarios, Fernando y yo comenzamos, apenas cuchicheando, una conversación y un contacto que habrían de prolongarse por más de treinta años. Fue un diálogo que al comienzo estuvo impregnado de una mutua curiosidad, entre académica y personal. En la España de entonces, los sudamericanos que llegábamos a Sevilla éramos una auténtica rareza, en especial para los americanistas, que veían en nosotros la encarnación física de personajes indianos que encontraban en sus viejos legajos. Tengo muy claro que a Fernando le llamó mucho la atención mi segundo apellido, Plasencia, nombre de la vieja ciudad extremeña que, casi con seguridad, es punto de origen de parte de mis remotos ancestros. Y no exagero cuando digo que somos muchos los peruanos que tenemos una parte esencial de nuestras raíces en la tierra de Pizarro y de Cortés.  También le intrigó el acento de Lima, mi ciudad, que es tan difícil de identificar y de clasificar entre las pronunciaciones de Hispanoamérica. No dejó de hacer bromas, por supuesto, como era habitual en él: “Tienes aspecto de español pero ojos de indio”, me dijo. A lo que repuse: “Y tú pareces demasiado parco, pero veo que, en realidad, eres muy cotilla”. Lo demás siguió en piloto automático.

Dado que nuestra cálida aproximación en la mesa del Archivo de Indias había devenido en una conversación bulliciosa, los bedeles, con el apoyo evidente de las miradas de los investigadores cercanos que perdían inevitablemente la concentración, nos hicieron una cordial invitación a salir del Archivo para conversar afuera, como Dios manda, sin molestar a nadie. Los bedeles de esos días eran ex guardias civiles, y no se andaban con miramientos.

Y sí que fue especial y alegre esa primera larga conversación que se prolongó hasta muy tarde, en uno de esos estupendos bares de Triana, al otro lado del Guadalquivir, pasando el puente de San Telmo, llenos de gente, y bien abastecidos de tentadores chipirones y de gambas al ajillo, y donde había surtidores de cerveza de donde manaba abundante Cruzcampo. Frente a nuestras respectivas cañas, conversamos, por supuesto, sobre los temas académicos que nos atraían. (Después supe que su apodo en la Universidad de Sevilla, donde estudiaba, era el de “pirata”, por su versación en la temática de los galeones del viejo Imperio español y también, seguramente, debido a su estilo cáustico.)  Pero esa primera aproximación, un poco teñida todavía de formalidad, duró apenas unos pocos minutos, porque casi inmediatamente pasamos a conversar sobre cómo era Extremadura, su tierra y, en especial, sobre esa especie de ignoto planeta Marte que era el Perú para los españoles de entonces. “A los chilenos y a los argentinos los ubico rápido, hombre”, me dijo. “Basta con que abran la boca”. “Pero a ti no te habría identificado jamás, con ese acento que casi nunca había escuchado, y con ese vocabulario que a veces no entiendo para naa”. Si consideramos que yo me refería a un bedel como un “conserje”, que llamaba “caño” al grifo del agua, que aplicaba el calificativo de “malogrado” a algún aparato que estaba descompuesto, y el de “gasfitero” al fontanero, entonces comprenderán ustedes que la sorpresa y el desconcierto lingüísticos de quien, con los años, sería mi gran amigo español, estaban más que justificados. Hasta creo que, al comienzo, Fernando y yo nos sentíamos como una especie de antropólogos que escrutaban mutuamente sus respectivos rasgos culturales, lo que sin duda no dejaba de producir situaciones muy graciosas. En un principio, en el Archivo, Fernando me había dado la impresión de sequedad y hasta de dureza (según el estereotipo extremeño), sobre todo cuando yo comparaba su manera de hablar con la de los sevillanos. Pero esa era sólo una impresión más bien superficial, porque a pocos amigos recuerdo con semejante despliegue de locuacidad, de espontaneidad y de eso que los hispanoamericanos llamamos “chispa”, vale decir, de esa cualidad de tomar las oportunidades de chiste al vuelo y de hacer las asociaciones más inverosímiles. Sentí también, desde el comienzo, a una persona franca, directa y que irradiaba confianza, que carecía de arrogancia y que tenía un gran espíritu de camaradería. Y, por supuesto, como ya he dicho, con un sentido del humor (incluso negro) totalmente fuera de lo común. Fue probablemente esto último lo que nos unió más; de hecho, los recuerdos más gratos que tengo de Fernando, y que me asaltan siempre con una mezcla de alegría y de nostalgia, corresponden a los momentos en que nos reíamos de todo y de todos, y hasta de nosotros mismos, a carcajadas.  En ese primer encuentro en el bar de Triana, en medio de las nubes de humo de cigarrillo, de la música andaluza y del rumor de las conversaciones, Fernando casi se cae de la silla de risa cuando le conté, con alguna ingenuidad que, el día anterior, el de mi llegada a Sevilla, cuando me perdí en las intrincadas calles del barrio de Santa Cruz, cargando mi maleta, unos jóvenes pijos se me habían acercado a preguntarme si tenía chocolate para venderles, en el que sería el primero de mis conflictos lingüísticos con los andaluces.  Una vez que recuperó el aliento de sus risotadas, Fernando me explicó lo que había pasado, para mi desconcierto, por supuesto, porque yo jamás habría adivinado que, en España, chocolate significaba “hachís”.

Pocos días después, también en el Archivo de Indias, tuvo lugar un episodio de relaté hace poco tiempo a Guadalupe López Tena, en una carta personal, cuyo pasaje principal me permito transcribirles:

“Fernando me dijo: “pues hombre, vamos a que conozcas a una gente mía” (o algo así). Me llevó a ver a su grupo de amigos extremeños, que hablaban, pensaban y creo que hasta reían diferente que los sevillanos. Vivían como en una especie de falansterio, ayudándose los unos a los otros. (Como pasaría en el Perú con un grupo de arequipeños o trujillanos de mi país viviendo en Lima).   Hasta las chicas, que eran tan guapas, tenían una belleza diferente que las locales: eran más sobrias, más observadoras y, por cierto, infinitamente menos habladoras que las andaluzas. Pasamos una tarde estupenda, esa, en la que conocí a los extremeños de Fernando. Parece que todo lo hubiera soñado, por la belleza del recuerdo, que llevaré siempre conmigo. Y que ahora comparto contigo”.

 

Hasta aquí la cita, que escribí, dominado por la nostalgia, a muy poco de conocer del fallecimiento de mi amigo. Lo que sí quisiera destacar de ella es que Fernando fue un prototipo de amor por su tierra extremeña, en particular de su pueblo de Salvaleón, en Badajoz, del cual se sentía muy orgulloso.

Treinta años de amistad no son poca cosa. Fue una vinculación constante y cálida la que Fernando me brindó, la mayor parte del tiempo a la distancia, separados por un continente y por un océano. De hecho, lo vi seguido por segunda vez recién en 2010, cuando él y las recordadas autoridades del pueblo de Valencia de las Torres me invitaron a participar en un seminario sobre temas americanistas. Sin duda, los años habían pasado para mí y para Fernando. Físicamente, digo. Pero el alma de mi amigo se conservaba juvenil y, casi diría, aún más brillante, estimulante y vivaz, que cuando éramos dos jóvenes aprendices de historiadores en nuestros veintes, en la Sevilla de la década de 1980. Lo vi por última vez en Cáceres, el año pasado, en un intermedio del valioso curso sobre el Perú que organizó el CEXECI para estudiantes de la Universidad. Confieso que, entonces, no tomé conciencia de que me estaba despidiendo del amigo cuando lo abracé al final del encuentro, ya en la calle, en una tarde lluviosa de noviembre.

No quisiera dejar de mencionar el trabajo de Fernando dentro de esa destacadísima comunidad americanistas, que tanto hace por mantener el tenaz vínculo humano que existe entre España y los países hispanoamericanos.  Fernando siempre sostuvo que la fragmentación del viejo Imperio fue una de las grandes tragedias de la historia de nuestros países, pues nos privó de utilizar el enorme potencial de vinculación e intercambio, tan natural entre pueblos que hablan la misma lengua y que comparten una misma matriz cultural. Creo que hoy los pueblos de España y de Hispanoamérica se encuentran dentro de una fecunda etapa de redescubrimiento y de reencuentro. Y creo también que Fernando Serrano Mangas, el entrañable amigo extremeño, es para mí y para muchos, un símbolo de esa vital aproximación que promete dar tantos frutos, y que ojalá se profundice con los años.

 

Muchas gracias.

 

Lima, 25 de abril de 2015

 

 

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