Percibir para actuar: la revolución ecológica de Michael Turvey
Cuando miramos una taza sobre la mesa, solemos pensar que ocurre algo así: la luz entra en nuestros ojos, el cerebro recibe señales fragmentarias y, a partir de ellas, arma una especie de imagen interna de la taza. Esta idea es tan intuitiva que casi nunca la cuestionamos. Sin embargo, el psicólogo Michael T. Turvey dedicó buena parte de su carrera a mostrar que esa explicación esconde problemas profundos. En Lectures on Perception: An Ecological Perspective (2018/2019), un libro compuesto por 26 lecciones organizadas en tres partes, Turvey propone reconstruir desde sus cimientos la teoría de la percepción. Su punto de partida es la psicología ecológica de James J. Gibson, pero su ambición va mucho más allá: quiere entender la percepción no como un truco exclusivo del cerebro humano, sino como una propiedad fundamental de los seres vivos en su relación con el ambiente. La pregunta que guía el libro ya no es “¿cómo construye el cerebro una imagen del mundo?”, sino “¿cómo detecta un organismo las condiciones de su entorno que le permiten actuar de forma adaptativa?”.
Para llegar ahí, Turvey empieza por revisar críticamente la historia de la filosofía y la ciencia de la percepción. El modelo tradicional, heredero del mecanicismo, del dualismo cartesiano, del empirismo y de pensadores como Berkeley y Kant, sigue una cadena más o menos así: el mundo produce estímulos, los sentidos los captan, el sistema cognitivo construye una representación interna, infiere qué hay afuera y, solo entonces, percibimos y actuamos. El problema está en el punto de partida: si los datos sensoriales son incompletos o ambiguos, ¿de dónde saca el organismo la información que le falta para percibir correctamente? La respuesta clásica ha sido atribuirle al organismo una considerable “inteligencia” interna: hipótesis innatas, conocimiento previo, inferencias constantes. Turvey señala que este esquema introduce un intermediario entre el organismo y el mundo, y que, en lugar de resolver el misterio, lo traslada al interior de la cabeza. Su proyecto se presenta explícitamente como una ruptura con la idea de la percepción como inferencia basada en hipótesis y conocimiento acumulado.
La alternativa es la llamada percepción directa. Siguiendo a Gibson, Turvey sostiene que el organismo puede detectar información que ya está estructurada en el ambiente, sin necesidad de fabricar primero una representación interna del objeto. Esto no quiere decir que percibir sea algo mágico o instantáneo, sino que la información relevante está disponible en la estructura del entorno y en la relación entre el organismo y ese entorno. Pensemos en una pelota que se acerca: la forma en que se mueve y se expande en nuestro campo visual ya contiene datos sobre su trayectoria, su distancia, su tamaño, su velocidad e incluso sobre si podremos alcanzarla. Aquí aparece una de las grandes contribuciones de la tradición Gibson–Turvey: la información no es lo mismo que el estímulo físico en bruto. No se trata de señales sueltas que el cerebro deba descifrar, sino de patrones del ambiente que especifican propiedades relevantes para quien percibe.
Esta perspectiva obliga a replantear la unidad de análisis. Para la psicología ecológica no existen un “organismo” y un “ambiente” como dos entidades independientes que luego entran en contacto; lo que existe es el sistema organismo–ambiente. De ahí surge uno de los conceptos más fértiles de esta tradición: la affordance, término acuñado por Gibson para nombrar las posibilidades de acción que el entorno ofrece a un organismo. Una silla permite sentarse, pero no porque posea en sí misma una propiedad abstracta de “sentabilidad”: esa posibilidad depende de la relación entre las características de la silla y las capacidades del cuerpo que se acerca a ella. La misma silla que invita a sentarse a un adulto no significa lo mismo para un insecto. Del mismo modo, una rama es agarrable para un mono y una abertura es atravesable para un animal pequeño, pero no para uno grande. Por eso, percibir no es solo responder a la pregunta “¿qué es eso?”, sino sobre todo “¿qué puedo hacer con eso?”. Percepción y acción quedan así íntimamente entrelazadas.
Una consecuencia inmediata es que el cuerpo vuelve al centro de la escena. Cada organismo tiene un tamaño, unas capacidades motoras, unos límites biomecánicos, unas necesidades y una organización corporal particulares, y todo eso determina qué posibilidades le ofrece el entorno. Esta idea anticipa buena parte de lo que hoy se conoce como cognición corporizada (embodied cognition). Pero Turvey da un paso todavía más audaz: si la percepción consiste en mantenerse acoplado de manera adaptativa con el ambiente, entonces no es un privilegio de los humanos ni siquiera de los animales. Su teoría aspira a aplicarse, en distintos niveles, a toda la diversidad de la vida: arqueas, bacterias, protistas, hongos, plantas y animales. La pregunta deja de ser cómo representa el mundo el cerebro humano y pasa a ser cómo detectan los organismos las condiciones ambientales que necesitan para sostener su actividad y su organización.
Finalmente, Turvey se pregunta qué clase de sistema físico puede ser un sistema perceptivo, y concluye que el modelo mecanicista clásico se queda corto. Para responder recurre a la física, la termodinámica, la teoría de sistemas, la complejidad y la autoorganización, disciplinas que permiten pensar sistemas cuyas propiedades emergen de su organización y no se reducen a la suma de sus piezas. En las últimas partes del libro la pregunta se vuelve casi filosófica: ¿por qué existen organismos capaces de percibir y actuar? La percepción deja de ser un problema de procesamiento de información para convertirse en un problema de organización de la vida, en una cadena que va de la termodinámica al organismo, del organismo al ambiente y de ahí a la percepción y la acción. Por eso Lectures on Perception puede leerse no como un simple manual de psicología, sino como un intento de construir una ontología científica de la percepción ecológica. Su mayor aporte quizá sea este desplazamiento: cambiar lo que cuenta como explicación científica de la percepción y reemplazar la vieja secuencia de mundo externo, representación interna y acción por una relación directa, informacional y viva entre los organismos y el mundo que habitan.