Archivo del Autor: Hugo Pereyra Plasencia

CATÁLOGO DE DOCUMENTOS SOBRE LA GUERRA DE LAS REPÚBLICAS ALIADAS CONTRA ESPAÑA: 1865-1866

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Catálogo de documentos sobre la guerra de las Repúblicas Aliadas contra España: 1865-1866. Lima: Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, Red de Archivos Diplomáticos Iberoamericanos, 2012, 20 pp. + 1 DVD [grabación de texto].

Son todavía relativamente escasas las recopilaciones digitales de documentos históricos hispanoamericanos. Un reciente trabajo de colaboración editorial entre el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú y la Red de Archivos Diplomáticos Iberoamericanos (RADI), que aquí se comenta, permite acceder, por dicha modalidad, a una parte del material documental correspondiente al tiempo de la llamada Cuádruple Alianza contra la intervención de una escuadra española en el Pacífico, que desencadenó la guerra hispano-sudamericana de 1865-1866. Todos los documentos —gran parte de ellos poco conocidos o incluso inéditos— forman parte de los fondos del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.

Se trata, no cabe duda, de un importante caso de ubicación y utilización de materiales que fueron en su momento producto del trabajo diplomático en el exterior, como pueden ser los oficios reservados dirigidos a las cancillerías. De hecho, el uso de este tipo de documentación ha sido normal por parte de los historiadores de la vida política —y de la política exterior, en particular—, por no mencionar su empleo en otros terrenos, como los de la historia económica o social. No sorprende el atractivo y la utilidad que tienen estas fuentes, sobre todo las que fueron originalmente confidenciales. Estas últimas, por ejemplo, retratan de manera cruda y directa la realidad a la que se refieren, lo que era posible gracias a su carácter reservado, para conocimiento exclusivo de las cancillerías. Y es que, en verdad, nos estamos refiriendo a dos de las funciones clásicas de los diplomáticos desde los albores de la existencia de un sistema organizado de estados: la observación y una correcta selección y procesamiento de la información en función de los intereses del Estado del cual depende el funcionario asignado en el exterior. Desde este punto de vista, merced a su sentido directo, las fuentes diplomáticas tienen claras ventajas en relación con otras, tales como las de tipo periodístico, o con los discursos públicos, donde las frases y los términos suelen ser cuidadosamente escogidos, en aras de consideraciones políticas, para suavizar y hasta oscurecer realidades que, por el contrario, aparecen como retratos diáfanos en los reportes diplomáticos confidenciales.

Aparte de este tipo de documentos, el folleto y el DVD abarcan también materiales de otra naturaleza, como recortes de periódicos. El DVD de la publicación reproduce en formato digital más de 1,200 documentos de la época, los mismos que podrán también ser consultados próximamente en el portal del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú y en el perteneciente a la RADI. El catálogo ha sido trabajado en un formato adecuado sobre la base de la Norma Internacional de Descripción Archivística ISAD (G). Cada documento en versión digital viene acompañado de una ficha de resumen. Aparte del DVD, la publicación en sí misma tiene reproducciones impresas de documentos y también un texto sobre el combate del 2 de mayo de 1866 y sus antecedentes, que hace uso de los materiales contenidos en el citado formato de registro digital. Dentro del universo de los temas contenidos en los materiales documentales, pueden mencionarse la llegada de la «expedición científica» española a las costas del Perú y los sucesos de la hacienda Talambo (1863); el Congreso Americano de Lima, las gestiones para la construcción del blindado Huáscar en Inglaterra, el arribo del representante español Eusebio Salazar y Mazarredo, y la difusión de la cuestión española en los Estados Unidos (1864); la negociación del tratado Vivanco-Pareja, la trayectoria del marino José María Salcedo, la detención del entonces capitán Miguel Grau en Dartford, la preparación de las corbetas Unión y América en Inglaterra, la construcción de la fragata Independencia, la repercusión en el Perú de la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay y el conflicto entre Chile y España (1865). También tenemos el Tratado de Alianza Ofensiva y Defensiva y la Cuádruple Alianza, el bombardeo de Valparaíso y el combate del Callao (1866); el «Balance general de la cuenta presentada por el comisionado de Chile, por los gastos que hizo su república en la escuadra aliada de 1865 a 1867» (1867); la «Relación de las asignaciones pagadas por la Tesorería de Lima en 1866 y 1867» (1868); la «Copia del libro de consumos del “Huáscar”» (1869); y las «Copias de la partida No. 120 y del comprobante 102, con la relación de los haberes de las tripulaciones de las fragatas “Apurímac” y “Amazonas”, del mes de enero de 1866» (1870). La mayor parte de los documentos del DVD está fechada entre los años 1863 y 1866.

Comentario especial merecen las comunicaciones que el ministro peruano en los Estados Unidos, Federico Barreda, dirigió a su cancillería con el resumen de las conferencias que tuvo con William H. Seward, el secretario de Estado, en tiempos del presidente Abraham Lincoln y de la guerra de Secesión. Asimismo, la documentación referida a las gestiones llevadas a cabo por José María Salcedo, chileno al servicio de la Marina de Guerra del Perú, relativas a la supervisión de la construcción del célebre blindado Huáscar. Como se puede apreciar, la recopilación es valiosa también en cuanto a su temática, porque recoge abundantes testimonios de época sobre una etapa muy especial en la historia de los países hispanoamericanos de la costa del Pacífico sur.

A contrapelo de las tendencias de un siglo caracterizado por rencillas y recelos entre las jóvenes repúblicas independizadas de la metrópoli hacía pocas décadas, el bienio 1865-1866 fue el marco de un esfuerzo de alianza americanista entre el Perú, Bolivia, Ecuador y Chile frente a un peligro común. Fue, no cabe duda, un momento de unión sincera y solidaria que se expresó, por ejemplo, en el combate de Abtao, librado entre las fuerzas navales aliadas y la escuadra española en febrero de 1866, donde marinos peruanos y chilenos de la talla de Miguel Grau y Arturo Prat combatieron en el mismo bando, en aras de la hermandad americana, contra una agresión externa. Así pues, tanto en lo que se refiere a su objetivo de facilitar la consulta de documentos originales del siglo XIX, como respecto de la temática propuesta, la publicación que aquí reseñamos cumple con una de las metas del programa de la RADI: estimular la investigación de temas de historia diplomática y de historia de las relaciones internacionales, ámbitos historiográficos que se encuentran todavía relativamente poco desarrollados en el Perú y en otros países de Hispanoamérica.

 

Hugo Pereyra Plasencia

Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú

Instituto Riva-Agüero

 

(Reseña publicada en Histórica, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Vol. 36, No. 2, 2012)

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LA POLÍTICA SALITRERA DEL PRESIDENTE MANUEL PARDO. EL TRATADO CHILENO-BOLIVIANO DE 1874, SU VIOLACIÓN Y EL COMIENZO DE LA GUERRA DEL PACÍFICO

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EL ESTANCO Y LA EXPROPIACIÓN DEL SALITRE EN TIEMPOS DEL PRESIDENTE PARDO

 

Antecedentes

Desde fines de la década de 1860, la provincia peruana de Tarapacá, rica en salitre, tenía un régimen económico donde predominaba la empresa privada interesada en la explotación de este producto, famoso fertilizante de gran demanda en el mundo industrializado y también materia prima de la pólvora. Si bien había en Tarapacá salitreros peruanos (como Alfonso Ugarte y Ramón Zavala) dominaban los empresarios extranjeros de origen británico, francés, alemán y, sobre todo, chileno. Cabe destacar que, a fines de la década de 1870, la población tarapaqueña de origen chileno (esencialmente trabajadores de las salitreras) llegaba al 40 % del total. Antes de 1873, los empresarios chilenos exportaban a Valparaíso, vía Iquique, el salitre que producían sus salitreras tarapaqueñas. Daniel Ruzo, un funcionario público peruano de la administración del presidente Manuel Pardo (1872-1876) residente en Europa, decía, hacia 1872, que el salitre de Tarapacá se había explotado “casi exclusivamente en beneficio de Chile, y  aun presentándose en los mercados europeos, como producto chileno”. Según Ruzo, el Perú tenía que reivindicar ese producto, “no sólo en la opinión de esos mercados, sino también y de una manera más positiva, convirtiendo ese producto en una verdadera fuente de ingresos fiscales”. Pardo recibía este consejo en un tiempo en que las covaderas de guano –enorme riqueza que había sostenido la economía peruana desde mediados del siglo XIX- comenzaban a mostrar los primeros signos de agotamiento. Pesaba también la competencia que el salitre hacía al guano, lo que hacía bajar la cotización internacional de este último producto. Finalmente, Pardo tenía que lidiar con la gigantesca deuda exterior que le había dejado el presidente José Balta. Pardo comprendió, pues, que su única alternativa realista consistía en obtener recursos del salitre de la provincia peruana sureña de Tarapacá. Este fue el origen del estanco de 1873 y de la expropiación de las salitreras tarapaqueñas en 1875. Pardo buscó obtener ganancias del salitre de Tarapacá, aunque procurando mantener siempre a flote la cotización internacional del guano, producto que era la garantía de los empréstitos contraídos por Balta entre 1869 y 1872.

El estanco de 1873

El 18 de enero de 1873, el gobierno de Pardo dio el paso de hacer un estanco legal para el salitre de Tarapacá. Esta medida terminó afectando a varios capitalistas chilenos y europeos, además de peruanos, y fue el origen de la leyenda del “odio” de Pardo a Chile, que afloraría una y otra vez en los periódicos y escritos del tiempo de la Guerra del Pacífico. ¿Fue consciente Pardo de los sentimientos que su política iba a desatar en importantes sectores del sector empresarial  y financiero chileno?  Daría la impresión de que no lo fue, al menos en un nivel que hubiera sido deseable. Nueve años después de los acontecimientos que relatamos, un prominente salitrero y político chileno de esa época, José Manuel Balmaceda, evocó así esta medida de Pardo:

“El Perú promulgó y puso en vigor las leyes expoliadoras de 1873, arrebatándonos los capitales y el trabajo con que habíamos contribuido a la formación de la industria salitrera […] Una violación flagrante de los fundamentos en que se basa el derecho internacional privado, y una ofensa abierta a la fe pública, a cuyo amparo nuestros nacionales derramaron en el yermo de Tarapacá sus tesoros y el sudor de su frente”.

Lo paradójico es que el estanco terminó en un rotundo fracaso, en parte, por la competencia que le hacía a este producto peruano el salitre que los empresarios chilenos producían en el vecino litoral boliviano.

La expropiación de 1875

La política salitrera peruana se acentuó con la expropiación de las salitreras de Tarapacá, que se llevó a cabo mediante ley del 28 de marzo de 1875. Fue un acto legal y soberano que, no obstante, continuó acrecentando el profundo resentimiento de los salitreros chilenos, que ya habían venido siendo afectados desde el tiempo del estanco de 1873. Como una prueba de que Pardo no vinculó en su mente estos efectos de la política salitrera con el ámbito estratégico y militar a nivel estatal, es un hecho que pocos meses antes de la expropiación en Tarapacá, ya había llegado a Valparaíso el flamante blindado Cochrane, al que le seguiría después el Blanco Encalada, con lo que se iniciaba en los hechos la supremacía naval chilena en el Pacífico Sur. En otras palabras, la expropiación de las salitreras de Tarapacá, con toda la secuela de resentimientos privados chilenos, se hizo en tiempo del inicio efectivo de la vulnerabilidad peruana en el mar. En un sentido temporal amplio, el problema de los conflictivos intereses peruanos y chilenos con relación al salitre de Tarapacá puede verse desde la perspectiva de un empresariado chileno dinámico e imbuido de mentalidad capitalista, que se estrella contra el muro de la arcaica política controlista y estatista peruana. No obstante, desde otro punto de vista, el gobierno peruano  podía hacer en su viejo territorio de Tarapacá lo que dispusieran sus leyes, considerando únicamente el interés nacional, principio que sin duda fue el que guió al presidente Pardo. Pero, como había ocurrido con el estanco, la expropiación tampoco fue exitosa en términos económicos.

 

Un enfoque panorámico chileno

El historiador Gonzalo Bulnes, contemporáneo de los protagonistas de la Guerra del Pacífico, hizo alguna vez un interesante comentario panorámico sobre los efectos del estanco de 1873 y de la expropiación de 1875 en Tarapacá, y también sobre sus orígenes asociados a la política guanera:

“Pardo optó por reunir en una mano el guano y el salitre, o sea por extender al salitre el régimen que se aplicaba al guano. Este era monopolio fiscal. El Estado lo consignaba en los mercados consumidores y lo vendía por su cuenta. Una sola cabeza gobernaba el negocio. Esto fue lo que Pardo quiso hacer con los dos abonos. El monopolio fiscal proyectado presentaba un grave inconveniente. El negocio del salitre estaba radicado en Chile. Muchas oficinas pertenecían a compañías formadas en Valparaíso. Los chilenos habían sido los primeros industriales de Tarapacá. Las casas extranjeras les habían anticipado fondos y tenían la consignación del artículo y provisión de las faenas. Para tener en su mano todo el comercio de los abonos, el Congreso peruano dictó la ley del Estanco de 1873 que limitaba la producción del salitre […] y autorizaba al gobierno para comprar el total de esa producción a precio fijo […] al costado del buque, y para venderlo con una diferencia […] Pero la cifra de producción excedió al consumo. El precio del salitre bajó […]. A consecuencia de este fracaso, se dictó en 1875 la ley que facultó al gobierno para contratar un empréstito por siete millones de libras esterlinas con el objeto de comprar los establecimientos salitreros, pagándolos con certificados o bonos a dos años plazo. El gobierno contrataría la elaboración del salitre con los industriales, abonándoles un precio alzado por quintal y lo vendería por su cuenta. Mientras realizaba la operación del empréstito entregó el negocio a los bancos de Lima, los que hicieron fuertes anticipos de fondos para completar la dotación de las máquinas como ser mulas, forrajes, pulperías, etc. reservándose una utilidad de cinco por ciento en los beneficios. Esta combinación descansaba en el empréstito, el que no se pudo realizar, pero el gobierno alcanzó a tomar las oficinas y a emitir los bonos […] En el período de esta gestión se descubrió salitre en Tocopilla, en territorio netamente boliviano al norte del [paralelo] 23º. Como la combinación fracasaba si el Perú no tenía en su mano la totalidad de la producción salitrera, Pardo se entendió con Bolivia y consiguió que arrendase esos terrenos a un agente suyo en cambio de un canon mensual y sin obligación de trabajarlos. Este agente traspasó su contrato al gobierno peruano.  Suprimido el peligro en Tocopilla apareció en Antofagasta. Aunque los caliches de Antofagasta son de ley más pobre que los de Tarapacá, tenían en su favor la exención del impuesto de exportación […] y los contratos con el gobierno boliviano. No había estanco posible mientras los salitreros de Antofagasta pudieran vender libremente su producto en el mercado. Al peligro de Antofagasta se agregó el de Taltal en 1878. Los salitreros chilenos de Tarapacá, despojados [en 1875] de sus propiedades por Pardo, lo buscaron y hallaron en las pampas de Taltal estimulados por el gobierno de [Aníbal] Pinto que les regalaba lo que descubrieran a trueque de devolver a Valparaíso la actividad comercial que le había arrebatado el monopolio peruano. Por consiguiente, la combinación de que el Perú tuviese en su mano todo el salitre para gobernar su precio era una ilusión que arrastraba al desastre la fortuna particular y la pública”.

Una crítica al enfoque anterior

Lo primero que salta a la vista de la cita de Bulnes es la relación que existía entre la producción del guano y la del salitre. Aunque la época de oro del guano ya había pasado en tiempos del presidente Pardo, no dejaba de haber un gran interés en mantener su precio lo más alto posible. Ese podría haber sido uno de los objetivos de “reunir en una mano el guano y el salitre”, como dice Bulnes. No hay que olvidar, como ya se ha dicho, que el guano había sido la garantía otorgada a los acreedores extranjeros del Perú durante la realización de los grandes empréstitos del tiempo de Balta. Por otro lado, la cita de Bulnes habla del “despojo” de las propiedades chilenas en Tarapacá. Asimismo, de la interrupción de la actividad comercial de Valparaíso que le había sido arrebatada “por el monopolio peruano”, que fue motivo de preocupación para el propio presidente Pinto. Destaca asimismo, la mención a la banca de Lima que, en palabras de Carmen Mc Evoy, fue “aliada estratégica del Partido Civil” de Manuel Pardo.  La cita de Bulnes no menciona que ni el estanco de 1873 ni la expropiación de 1875, fueron discriminatorios a favor de los intereses privados salitreros peruanos, sino que afectaron por igual a éstos y a los de origen británico, francés, alemán y chileno. Queda muy claro que las operaciones llevadas a cabo por el presidente Pardo, orientadas a la eliminación de la competencia del salitre boliviano, fueron posteriores a la expropiación de 1875. Ellas no se remontan, por tanto, a los días del estanco de 1873 (ni a la suscripción del tratado secreto peruano–boliviano de 1873), cuando sólo parece haber habido la intención, no llevada a la práctica, de llevar a cabo esta política. Finalmente, la cita de Bulnes destaca el dinamismo del empresariado chileno en Tarapacá, que habría tenido el mérito —antes de la expropiación— de desarrollar la industria del salitre en esta región sureña del Perú. Ya hemos mencionado que, según el funcionario público peruano Daniel Ruzo, hacia 1872, gran parte del salitre de Tarapacá era exportado a Europa como producto chileno. Es probable que, ante esta situación, Pardo haya optado por cortar el proceso de crecimiento del sector privado chileno en Tarapacá —que no beneficiaba al Perú— mediante el estanco y la expropiación, con el objeto de hacer que este antiguo territorio nacional fuera más rentable para las exhaustas arcas peruanas. Cabe reparar, en todo caso,  en la relativa debilidad  del empresariado salitrero peruano tarapaqueño, que dejó tanto campo, antes de 1875, a la iniciativa privada chilena y a la de origen europeo. De manera artificiosa, Bulnes habla del proceso general sin referirse para nada a los empresarios peruanos, que también fueron protagonistas de alguna importancia. De hecho, varios de ellos, como Alfonso Ugarte y Ramón Zavala, dieron la vida defendiendo su tierra tarapaqueña durante la Guerra del Pacífico. Guillermo Billinghurst, otro peruano ilustre de este grupo con raíces tarapaqueñas, combatió en la batalla de Chorrillos el 13 de enero de 1881 y fue elegido presidente del Perú en 1912. No obstante, debe señalarse que los empresarios nacionales no llegaron a ser numerosos. Por ello, es probable que la relativa escasez de capitalistas y empresarios peruanos en la Tarapacá anterior a la guerra haya sido uno de los elementos esenciales del problema. Sólo habría que añadir la opinión del historiador peruano Jorge Basadre sobre la falta de conexión entre la actitud monopolista peruana y la suscripción del tratado secreto peruano boliviano. En palabras de Basadre: “Obsérvese […]  que si el monopolio salitrero surgió en el Perú en 1875 [asociado a la expropiación], la alianza se firmó en 1873”. Esta posición puede ser sujeta a cierta crítica, porque algunos indicios llevan a pensar que la intención, por parte del Perú, de actuar contra la competencia del nitrato extraído en el litoral de Bolivia, también estuvo presente en 1873. Por ejemplo, el “intento de salvaguardar su propio monopolio del nitrato de soda de la Provincia de Tarapacá de la competencia del nitrato chileno extraído del litoral boliviano”, aparece mencionado como la causa principal para la suscripción del tratado secreto en los textos del tratadista de la época Pietro Perolari–Malmignati. Según aparece en una información proporcionada por el citado historiador chileno Bulnes, el 9 de enero de 1873, en tiempos de la negociación del tratado secreto peruano boliviano, y antes incluso del establecimiento del estanco del salitre en Tarapacá, el Canciller José de la Riva-Agüero informó al representante chileno en Lima, Joaquín Godoy, que se estaba negociando con Bolivia un convenio para que fuera establecido este estanco en el territorio de este último país. Bolivia habría rechazado este acuerdo, alegando que carecía de fondos para comprar el salitre en el puerto y venderlo después por su cuenta. En realidad, como veremos, el gobierno boliviano prefirió entenderse con Chile en el tema salitrero en 1874, dándole facilidades a sus empresas, a cambio de fijar su frontera con este país. No obstante la información anterior, y en caso de haber existido, esta temprana intención monopolista peruana no se reflejó inmediatamente en los hechos, como también puede apreciarse en la propia cita de Bulnes que aquí estamos comentando, sino que fue, como se dijo, posterior a la expropiación de 1875.

 

EL TRATADO CHILENO-BOLIVIANO DE 1874, SU VIOLACIÓN, Y EL ESTALLIDO DE LA GUERRA DEL PACÍFICO

El tratado de 1874

El 6 de agosto de 1874 fue suscrito el tratado chileno-boliviano conocido como Baptista-Walker Martínez. Fue un instrumento de límites que ratificó el paralelo 24º como frontera entre los dos países, que canceló la problemática medianería de impuestos del tratado de 1866, y que introdujo una cláusula que, en los hechos, protegía a la industria chilena salitrera en Atacama. En efecto, el tratado de 1874 establecía que, por un período de veinticinco años, no se produciría ningún aumento de los derechos de exportación de los minerales y ninguna contribución sobre las personas, industrias y capitales chilenos. En ese sentido, favorecía directamente a la anglo–chilena Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. En opinión de Mariano Baptista, el negociador boliviano, los ingresos fiscales que eran producto de la actividad chilena en Atacama, eran beneficiosos para su país.

La negociación y suscripción del tratado de 1874 representó una violación del tratado secreto peruano–boliviano de 1873, que estipulaba, por medio del inciso tercero de su artículo VIII, que las partes se comprometían a “no concluir tratados de límites o de otros arreglos territoriales sin conocimiento previo de la otra parte contratante”. En efecto, es un hecho que la fase final de las negociaciones entre Baptista y Walker se llevó a cabo sin conocimiento del representante peruano en Bolivia, Aníbal Víctor de la Torre, cuya misión en ese país había sido, entre otras, la de tramitar y favorecer la  aprobación del tratado secreto por el congreso boliviano. Las autoridades bolivianas ni siquiera tuvieron la simple cortesía de expresar al Perú lo que estaban haciendo, aunque había, como veremos, una razón para proceder así. El Perú no protestó ante su aliada como pudo hacerlo legítimamente. Aunque el tratado no sintonizaba con la política salitrera peruana (porque favorecía la competencia que el salitre boliviano hacía al de Tarapacá), sí apuntó, por otro lado, al objetivo del mantenimiento de las fronteras y de la paz entre Chile y Bolivia, que era sin lugar a dudas el interés prioritario del Perú. Al eliminar fuentes de fricción, que habían sido constantes con los anteriores instrumentos, contribuía, en los hechos, al objetivo de contener a Chile en sus viejas fronteras. Bajo el supuesto del mantenimiento de una administración boliviana que estuviera discretamente inclinada hacia Chile, y sin romper abiertamente con el Perú, el tratado comenzó a funcionar muy bien, y se mantuvo como normatividad vigente y operante hasta el tiempo del estallido de la crisis que dio origen a la Guerra del Pacífico, cuatro años después. De hecho, el tratado fue visto con simpatía en el Perú.

Bolivia viola su tratado con Chile de 1874

La crisis definitiva se inició el 14 de febrero de 1878, cuando el dictador boliviano Hilarión Daza, agobiado por la crisis internacional, decidió poner un impuesto de diez centavos a cada quintal del salitre exportado desde Atacama, en clara violación del tratado de 1874. La decisión afectó directamente a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, compuesta por capitalistas ingleses y chilenos,  y motivó una justificada protesta diplomática por parte de Chile. El régimen de Daza esgrimió débiles argumentos de tipo jurídico, que sin duda se contraponían a la letra y espíritu del Derecho Internacional Público de la época. En vista del fracaso de las gestiones chilenas realizadas ante el gobierno boliviano y frente a la negativa de la Compañía a cumplir con el pago del impuesto, Daza lo anuló pero dio el paso, aún más extremo, de reivindicar los terrenos salitreros el 1º de febrero de 1879.  Pese a que esta medida fue tomada con desconocimiento del gobierno peruano, está comprobado que Daza actuó –con una irresponsabilidad suicida- bajo el supuesto de que estaba respaldado  por el tratado secreto suscrito en 1873 con el Perú. En Bolivia, pese a la voluntad del gobierno peruano de disipar la crisis, el representante peruano, José Luis Quiñones, no tuvo éxito en advertir a los hombres públicos de ese país sobre el peligro que existía en caso de mantenerse la decisión sobre el polémico impuesto. De hecho, Quiñones comenzó a tener una posición firme y clara recién cuando ya se había dictado la drástica medida reivindicatoria ordenada por Daza en 1879 y cuando Chile había retirado a su Ministro.

A comienzos de febrero de 1879, ante la inconveniente decisión de Daza de reivindicar las salitreras, el gobierno del presidente Aníbal Pinto decidió la ocupación de Antofagasta por fuerzas militares chilenas, que tuvo lugar el 14 del citado mes.  A su llegada, las tropas chilenas fueron saludadas con vítores por la población mayoritariamente integrada por sus connacionales. Comenzó así la dominación chilena sobre el antiguo litoral boliviano.

 

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UNA VISIÓN SINTÉTICA SOBRE LAS CAUSAS Y LOS FACTORES DESENCADENANTES DE LA GUERRA DEL PACÍFICO

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Una visión de conjunto de la cadena cronológica de causas y factores desencadenantes que condujeron a la declaratoria de guerra de Bolivia a Chile, y de éste último a los aliados, entre marzo y abril de 1879, explica por sí misma los orígenes reales de la Guerra del Pacífico.

Haciendo un esfuerzo de síntesis, los elementos cruciales de esta cadena fueron tres. En primer lugar, un factor decisivo fue la voluntad chilena de proteger, a nivel estatal, su expansión demográfica y económica privada hacia la Atacama boliviana, que era una auténtica válvula de escape para la estrechez económica de Chile en recursos naturales, y que reflejó también el empuje de los sectores empresariales de ese país, imbuidos de una mentalidad capitalista. Esta voluntad estatal se expresó en una clara conciencia de fortalecimiento naval (motivada también por las dificultades con la Argentina por la posesión de la Patagonia, y por el recelo naval frente al Perú) que condujo a la contratación en Inglaterra de la construcción de los blindados Cochrane y Valparaíso (luego Blanco Encalada) entre abril y junio de 1872.  Este fortalecimiento eliminó la supremacía naval que el Perú había tenido desde mediados del siglo XIX, en tiempos del auge del guano, que había sido el fundamento de un período de estabilidad interestatal en la región. Pese a que Chile tuvo el crónico problema de la “Pacificación de la Araucanía”, que entrañaba una lucha permanente con las indómitas poblaciones mapuches, las fuentes más confiables no hablan de un notable fortalecimiento de las fuerzas chilenas de tierra en todo el período anterior al estallido de la Guerra del Pacífico. Por el contrario, en el plano naval, el salto sí fue decisivo. La expansión demográfica y empresarial chilena a Atacama y Tarapacá vino acompañada, desde 1872 (precisamente  el  año en que Chile ordenó la construcción de sus blindados), de intentos del gobierno chileno de procurar el control de todo o parte del territorio costero de la Atacama boliviana. Las presiones chilenas sobre este territorio, que Bolivia percibía con claridad en 1872, movieron a las autoridades de ese país a proponer al Perú una alianza defensiva. La evidencia sobre el inminente fortalecimiento naval chileno, la preocupación frente a un posible entendimiento boliviano-chileno, y el interés que el Perú tenía en preservar el statu quo fronterizo entre los tres países involucrados, condujeron a al Presidente Manuel Pardo y a su Canciller Riva-Agüero a aceptar la propuesta boliviana y a suscribir el tratado secreto de febrero de 1873, pese a la entonces inminente debilidad naval peruana. De haber existido, el deseo de coordinar una política salitrera con Bolivia fue una motivación secundaria para dar este paso. Pese a que se negoció a espaldas del Perú, las autoridades de nuestro país acogieron el tratado que Bolivia y Chile firmaron en 1874, porque fijó  la frontera de esos países en el paralelo 24º, bastante lejos de la Tarapacá peruana.  Esto último era de particular importancia para las autoridades peruanas, que veían en la Atacama boliviana una barrera de protección para el rico territorio de Tarapacá y para el estratégico puerto de Arica, en el contexto de un continuo “desborde” chileno tanto hacia Bolivia como hacia el Perú, que no dejaba de generar preocupación.

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta la voluntad del presidente Manuel Pardo (1872–1876)  de utilizar los recursos del salitre peruano de Tarapacá  como una solución a la penosa situación económica del país, originada en la decadencia de la producción del guano, en la situación de despilfarro y en el irresponsable manejo de la deuda externa,  que este mandatario encontró al iniciarse su gobierno. Expresión tangible de esta política fueron el estanco (1873) y la expropiación (1875) del salitre de Tarapacá, y la búsqueda de una coordinación con Bolivia (desde 1876) para evitar que el salitre producido por chilenos e ingleses en Atacama hiciera competencia a la producción de Tarapacá. En estas operaciones salitreras, así como en el interés (no siempre llevado a la práctica) de algunos sectores peruanos  para controlar la competencia que el salitre de Atacama hacía al de Tarapacá, no fueron tomados en cuenta, por una lamentable falla de cálculo, los niveles de resentimiento que dichas medidas y actitudes habían de generar en el empresariado chileno dedicado a esta actividad. Por parte de los sectores privados y estatales peruanos, fue una percepción equivocada de lo que, en realidad, fue un embalse de animadversión y de antipatía que tendría consecuencias funestas en el futuro. (Viene al caso recordar aquí el célebre comentario contenido en El Príncipe de Maquiavelo: “…los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”).  A este negro panorama hay que añadir el estallido, a mediados de la década de 1870, de una grave crisis económica internacional, que afectó el frente externo peruano (así como chileno y boliviano), y que hizo mucho más pesada la carga del servicio de la deuda contraída en tiempos del presidente Balta que, hacia 1878, simplemente dejó de atenderse, con el consiguiente escándalo en los círculos financieros internacionales.

En tercer lugar, la chispa que desencadenó el conflicto fue la violación, por parte de Bolivia, en febrero de 1878, de su tratado con Chile de 1874, motivada por los estragos que la depresión internacional hacía en el país altiplánico. Esta fue la oportunidad que un grupo muy específico de la clase dirigente chilena, que había sido afectado por el estanco y (sobre todo) por la expropiación del salitre de Tarapacá de 1873-1875, utilizó para imponerse a los sectores pacifistas e incluso pro peruanos y pro bolivianos, que no eran escasos en Chile antes de la guerra. A este grupo se añadió el de los accionistas de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta  (que debió incluir miembros del anterior), que habían sido perjudicados directamente por el régimen boliviano de Hilarión Daza a comienzos de 1878. En la perspectiva de estos grupos, ya no sólo se trataba de obtener el territorio litoral boliviano (objetivo que ya existía en algunos círculos chilenos por lo menos desde 1872), sino también, ahora, en los meses cruciales de marzo y abril de 1879, de extender audazmente la conquista al territorio peruano de Tarapacá, con lo que se buscaba conseguir el monopolio mundial del salitre. Esta aventura expansionista, que se fundamentaba en la debilidad naval peruana, tenía la enorme ventaja de movilizar a la población de Chile  en un sentido distinto del conflicto interno y, sobre todo, de dotar al estado de ese país con enormes recursos que iban a permitir superar la crisis económica (y también social) originada en el deterioro de los precios de los productos tradicionales como el cobre y el trigo desde 1875, por efecto de la gran depresión internacional de ese tiempo, que ya ha sido citada anteriormente con relación a sus efectos sobre el Perú. Este sector tuvo que hacer un difícil proceso de convencimiento para la adopción de su posición belicista en el seno de la clase dirigente. En un desarrollo crucial, la prensa controlada por dicho sector manipuló, en el nivel de propaganda, un supuesto “descubrimiento” del tratado secreto entre el Perú y Bolivia de 1873 y, por otro lado, apeló al amor propio chileno, muy disminuido entonces por los fracasos ante la Argentina en la disputa por la Patagonia. Dos de los accionistas de la Compañía llegaron a ser, en los años posteriores, y en forma sucesiva, presidentes de Chile: Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda. No es forzado considerar que este encumbramiento puede haber sido un reconocimiento al éxito rotundo de la percepción inicial que tuvieron estos personajes en el seno del conjunto de la oligarquía chilena, así como de los buenos resultados tangibles obtenidos por el esfuerzo bélico. Los beneficios fueron el mejoramiento de la cohesión nacional basada en el orgullo por la victoria militar sobre el Perú, que se erigió desde entonces en símbolo permanente de la nacionalidad, el crecimiento económico basado en la riqueza salitrera de Atacama y de Tarapacá juntas, y la conclusión del proceso de ordenamiento y trazado de las fronteras de su territorio, que había sido una vieja aspiración de la clase gobernante chilena durante décadas.

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LA GUERRA CON CHILE: LOS CULPABLES DEL DESASTRE (a propósito del artículo RAÍZ DE UNA DERROTA de Aldo Mariátegui, publicado en el diario Perú21 del 29.12.2014)

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No coincido siempre con los puntos de vista del autor. No obstante, este artículo me parece excelente y de una claridad cartesiana. Refleja una verdad que todos los peruanos deberíamos conocer. Con relación a quiénes fueron los culpables del desastre de la Guerra con Chile, yo incuyo a tres. PRIMERO, Prado, exactamente por las razones que menciona el Sr. Mariátegui en su artículo de Perú21.  SEGUNDO, otro presidente: José Balta, por habernos embarcado en tres préstamos gigantescos entre 1869 y 1872, con el argumento de que el Perú necesitaba ferrocarriles. La verdad es que este dinero sólo se empleó parcialmente en la construcción de ferrocarriles provechosos. Muchos fueron ferrocarriles inútiles, hechos con criterio clientelista y político y no económico. Los préstamos de Balta fueron usados en gran parte para pagar deudas previas y también -hay que decirlo- para consolidar o crear corruptas fortunas privadas. (Quien no crea esto, que lea el brillante libro de Alfonso Quirós, titulado Historia de la Corrupción en el Perú). Para tener una idea del tamaño de la deuda que nos dejaron Balta y su joven Ministro de Hacienda Nicolás de Piérola, es preciso señalar que ella ascendió a unos 36 millones de libras esterlinas, obtenidas “contra la garantía del guano”. El Perú de la época tenía un presupuesto anual de sólo aproximadamente 15 millones de soles. Pues bien, hablemos ahora del TERCER CULPABLE de la derrota: el presidente Manuel Pardo. Hombre culto, bienintencionado, honesto y gran conocedor del Perú y de su problemática interna, pero un absoluto ignorante en materias internacionales: además de enredar las relaciones económicas con Chile con su política salitrera, pretendió reemplazar la compra de dos blindados (propuesta por el Congreso de entonces para compensar la peligrosa adquisición chilena de naves), con el papel mojado de un tratado “secreto” firmado con Bolivia en 1873. Pretendió también, en una complicada maniobra, que la Argentina se adhiriera a dicho instrumento, sin tener en cuenta las diferencias que existían entre este último país y Bolivia por el territorio de Tarija (reclamado por los argentinos), ni tampoco el recelo que esta adhesión habría despertado en el Brasil En todo caso, ¿cómo se pudo firmar un tratado así , y proceder a gestionar la adhesión argentina, sin tener la seguridad de un respaldo naval propio por lo menos para los próximos veinte años? Esto parece increíble porque los periódicos de la época y toda la literatura internacionalista de esos días hablaban de conquistas, equilibrios, colonialismos, armamentismo, etc. Era una época darwiniana ¿Cómo no pudo ver Pardo lo que estaba delante de sus ojos?  Es verdad que, durante su gobierno, estalló una gran crisis internacional que deterioró el frente externo peruano. Y también que este presidente cargaba con la deuda de Balta. Pero si ponemos en una balanza lo que hubieran costado los blindados que el Perú debió tener para frenar en seco una guerra, con lo que se gastó en verdad durante el conflicto que estalló en 1879, la relación debe ser de uno a mil. Balta y Pardo pueden ser acusados de torpeza y de ignorancia en asuntos internacionales. Pero no cabe duda de que a Prado podemos perfectamente acusarlo de traidor. Los tres, además, tuvieron un pecado adicional: no consideraron lo vital que era para la seguridad del Perú proteger el mar. Con las lecciones aprendidas de la Independencia y de la guerra de la Confederación Perú-boliviana, quedaba muy claro que el mar era el Talón de Aquiles del Perú. Así lo entendió Ramón Castilla, quien convirtió a nuestro país en una potencia naval, no para conquistar el territorio de otros, o para apoderarse de sus riquezas, sino para proteger lo que ya teníamos. Prado, Balta y Pardo, cada uno en el contexto de su gestión,  simplemente ignoraron el legado de Castilla. No en vano dijo más de un autor de la posguerra, entre ellos, el célebre González Prada, que la derrota comenzó, en verdad, antes, y dentro del Perú.

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ENTREVISTA SOBRE LA POBLACIÓN CHINA DEL PERÚ Y LA GUERRA DEL PACÍFICO

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Good morning. Today is Thursday, February 13th 2014.

I ´ll interview Mr. Hugo Pereyra. He earned his Master degree in History at the Pontifical Catholic University of Peru. He is also a Peruvian diplomat.

The two main topics of this interview deal with the peruvian diplomatic mission of Aurelio García García to Japan and China, and the War of the Pacific.

Thank you very much for accepting the invitation to be interviewed for Junefield Group S.A.

Thank you. This is, in fact, an excellent opportunity to express some ideas about these so interesting subjects.

In overall, before the first Peruvian diplomatic mission to China, what was the situation of coolies and Chinese immigrants in Peru?

The story of Chinese people in Peru is one of the most interesting in the field of Peruvian Republican History. The context of the arrival of Chinese workmen, especially work men (few women, mainly work men), was the guano era in Peru. Approximately in 40’s of the nineteenth century, guano (droppings of the seabirds) was found in the Peruvian coast in great, great, quantities. This product was very useful for European and American economy. Guano was a powerful fertilizer in agriculture. We have to remember that European and American economy were at that time beginning what in World History has been known as the Second Industrial Revolution. The first Industrial Revolution took place in Britain in the eighteenth century. Now, in mid nineteenth century, industrialization was being developed in Europe, for example, in France and Germany; also in the United States. Guano had very good prices. Peru, I mean, the Peruvian State, got a lot of money from this trade. But there was one problem that was shown from the beginning: who was going to extract guano from the islands in Coastal Peru? At those times, Andean people, the descendants from the Incas, were living in the mountains. At that time, they didn´t use to travel to the Coast as is normal in our times. So, at the Sierra, or the mountains, there was a big Indian population, but isolated. And the African slaves (we had slaves in the 40’s of the nineteenth century), were not few, but in any case, they didn´t represent at that time a very big population. So it was necessary to import workers. That was the context of the arrival of the Chinese work men for the guano trade in the islands, and also, of course, as manpower for the crop fields in Coastal Peru. The conditions of this trade were very, very difficult, because Peruvian State had laws protecting this migration of Chinese, but private entrepreneurs usually didn’t observe or apply this legislation. So the consequence was that the vast majority of Chinese suffered a sort of slavery in Perú. They signed a contract but, in practical terms, they were even chained and forced to work, as I told you, not only in the guaneras (deposits of guano) but also in the Coastal agrarian properties of Peru. So these first times were very rough for this population. In a second stage, many Chinese were employed in the construction of railroads in Peru. There was a famous American entrepreneur, Henry Meiggs, who recruited a lot of them to build the Central Railroad of Peru. So this was another field of work. Contracts ended in the 80’s of the nineteenth century, that is, during the War of Pacific. From that time on, Chinese  integrated in Peruvian economy and society. They were experts in cooking, marvelous cooks. They were also merchants. And, in the end, in spite of the suffering they experienced when they first arrived, they made an extraordinary contribution to Peruvian economy and Peruvian culture. In fact, the vast majority of them simply became Peruvians.

The next question is about the first diplomatic mission from Peru to Japan and China. Was this first mission a direct consequence of the incident that involved the Peruvian merchant vessel María Luz? Could you explain more about this event?

This question is, more or less, an example of what I was explaining in general terms in my previous answer. The María Luz case took place in 1872 during the government of Peruvian president Manuel Pardo. The vessel María Luz was stationed in front of Japan. One of the Chinese coolies escaped from the vessel and took refuge in an English vessel that was stationed precisely there, also in front of the coast of Japan. This refugee told that he and his companions were suffering bad treatment from Peruvian captain Herrera. The British consul in Yokohama asked the Japanese to intervene in order to protect the Chinese that were allegedly suffering these bad traveling conditions. So the Japanese intervened and the result of this matter was the temporal confiscation or retention of this Peruvian vessel. Captain Herrera was taken in prison for a couple of days. At last, he was released. The vessel stayed in Yokohama, waiting for a solution. And the Chinese that had been kept in the María Luz returned to Macao. When news were received in Lima, this problem, this unsolved problem, determined president Manuel Pardo to appoint the first Peruvian Diplomatic Mission to the empires of Japan and China, which had in the first place the objective of solving the María Luz case. It was the first time a Latin American country sent a diplomatic mission to the emperor of Japan. The mission in fact arrived in Yokohama presided by a Navy officer, a very prestigious one, whose name was Aurelio García y García. He was not a career diplomat, but he was appointed by president Pardo as a diplomat. It was quite possible to do this; it is so even nowadays. He conducted a mission that was integrated by, at least, 10 members, either from the Military or the Navy, and also civil personnel, like Mr. Elmore, the secretary of the mission. They arrived in Yokohama in 1873, and they were very well treated. It is important to stress that the arrival of García y García and his group took place within a special context in Japanese History. Few years ago, the shoguns, or feudal leaders, were defeated by the Emperor. And the Emperor was very, very, interested in introducing Japan to modernity, to European and American technology and political and social institutions. Those were times of change in Japan. This was an advantage but also a disadvantage for García y García. It was an advantage because Japan was in fact open for trade and diplomatic relations, but the process was also traumatic because United States had sent, in previous years, war vessels there to threat Japan. They have forced Japan to open commerce. There was a feeling in Japan that foreigners were imposing commerce with the West. They were affecting the independence of Japan. So this situation represented a problem for García García. He had the objective to obtain the same commercial advantages that the British and American already had. At first, the Japanese didn’t want to do this but finally they accepted. During this year, in 1873, García y García presented his credentials to the Emperor of Japan. This was a very meaningful act. Last year, we celebrated in my country the 140th anniversary of this ceremony. For Perú, it was the first step to solve a concrete problem (the María Luz case), but it was also a symbolic representation of what would be finally become the permanent interest of Peru vis-à-vis the Pacific Ocean and Asian countries. Nowadays, it is clear that this is one of the main route lines of Peruvian Foreign Policy. We are talking of Peru´s interest in APEC, for example. This was the remote beginning, this ceremony in which the Emperor himself made a speech. It marked the beginning of diplomatic relations between the Empire of Japan and the Republic of Perú. During the ceremony, García y Garcia gave the Emperor, as a gift, aguardiente, that is, Peruvian pisco, a sort of brandy which is traditional in my country. The emperor received also photos of Peru, a map of Peru, and a photo of president Pardo. Few months later, as a consequence of this event, it was signed an agreement to solve the María Luz problem. The solution arrived was the acceptance of an arbitration by the Tsar of Russia. The arbitration took place, in fact, a few years later, and Japan won it.

Next year, in 1874, García y García went to China and there were also certain difficulties during  this stage of his mission. He was not received by the principal power in China, but by a viceroy. Jorge Basadre, the Peruvian historian, writes about this quite clearly. There were complaints, which I consider very justified, of Chinese authorities because they had known that Chinese workmen in Peru were ill-treated. At the beginning, this viceroy insisted in granting automatic return to every Chinese worker in Peru. García y García was indeed a good diplomat and he solved the problem by signing an agreement granting return to China to every Chinese worker in Perú who wanted to go back to his Motherland, case by case, not in general terms, as the viceroy wanted initially. This was the second goal of this fist Peruvian mission to Asia. This event had also an enormous signification for Peru in the long term. Japan and China are both, nowadays, very important commercial partners for Peru and friendly countries.  We have several treaties with Japan and China.   In short terms,    that´s the story of  Aurelio  García  y  García ´s mission.

Changing the subject to the War of Pacific, what kinds of weapons were used by the armies of Chile, Bolivia, and Perú at those times?

There is a link between this question and what I mentioned previously, when I was talking about the arrival of coolies in Perú. Between mid -nineteenth century and the beginning of the XXth century took place the Second Industrial Revolution. This revolution represented great changes, for example, in communications. The submarine cable was developed during those years, and also railroads, industries. But we have to mention very specially the development of new weapons. We ought to consider the context. The context is very important. It was a time of Imperialism, of Colonialism, of Social Darwinism, of terrible wars among european countries. We have to remember the bloody Civil War in the United States. So armament industries were at   those times, perhaps more important than in our days. Now, we have an important development of international law, as we have seen, for example, in the recent sentence issued by the International Court of Justice of the Hague in the case of maritime boundaries between Peru and Chile. Now we have the shield of International Law. But at that time, in the nineteenth century, that shield was nonexistent or very, very, small. So issues were settled by use of violence. In fact, arms industries, weapons industries, were very important for political reasons.

Regarding the War of the Pacific, let ´s focus first in the Navy. Two technologies were tested. Peru had the technology of the monitors, which was initially developed during the Civil War in the United States. Huáscar was a monitor built in England. It was a good vessel but with technology of the 60’s.  The Chileans had two very powerful iron-clads. Each one doubled the Peruvian Huáscar on fire power and in tonnage. In this respect, the confrontation was very clear: technology of the 70’s, that is, the technology of two Chilean iron-clads against technology of the 60’s, that is, of the Huáscar. The result was the defeat of the Huáscar. Nevertheless, we have to mention the extraordinary role played by Peruvian admiral Miguel Grau who incredibly stopped during five months the attacks of the whole Chilean fleet with just one vessel, with just one monitor, the Huáscar. This ship was named Huáscar after the last Peruvian Inca during the Conquest, the Inca Huáscar. This is regarding the Navy.

Regarding land forces, Krupp artillery, of German origin, originally Prussian, was very used by the Chilean forces. Both sides used also Gatling machine guns which were American. Regarding the guns, I would say that a Belgian one was mainly used in the Chilean army, the famous Comblain rifle, perhaps the best in the World at that time. Peruvians had many kinds of guns from very old ones, like the Chassepot and the Minié to the newer who were mainly the Remington made in United States. This is what I can say in general terms about the weapons used during the War of Pacific.

The campaigns of Tarapacá, Tacna and Arica, and Lima, took place in desert areas. How was the supply of water, food, military supplies in general for the armies of both sides during these campaigns?

War began in 1879 with the Chilean occupation of Bolivian territory of Atacama. Perú and Bolivia were allied countries against Chile. As I told you, the first stage was naval, and the next stages took place in the land, beginning with the Chilean assault of the Peruvian province of Tarapacá, that was rich in saltpetre. Saltpeter had succeeded guano as a fertilizer in world markets. Saltpetre was also used in the manufacturing of gunpowder. Peruvian forces prepared and made provisions and they also used what the tarapaqueños (the Peruvian inhabitants of Tarapacá) called oasis, these points where water flowed in the desert. In fact, Tarapacá was a big dessert. This geographic environment was similar to that of Egypt or Sudan. For the part of Chileans, they were invading Perú using the crucial advantage of their control of the seas. As I told you, they defeated the Peruvian Navy and they had the opportunity to choose exactly the point where to disembark troops. Of course, the points that were chosen were those with water and those connected with railroads. They had this strategic advantage which was very useful for them, especially in this first stage of the war in the year 1879 which was quite precisely a desert war.

How did Peruvian forces organize to defend Lima?

The campaign of Lima was a later stage of the war. Chilean government thought that the capture of Lima would represent the end of the war. At the end, this was not true, because war continued in the Sierra, in the Peruvian mountains, in the form of a popular and army resistance until 1883. The defense of Lima was carefully planned. We have to remember that, at this time, the Peruvian professional army had almost disappeared as a consequence of defeat in the Southern campaigns. You have mentioned the Tarapacá campaign of 1879; and also the campaign of Tacna and Arica, of 1880, when the Chileans captured the Peruvian port of Arica. The campaign of Lima took place between the end of 1880 and the beginning of 1881. As I mentioned previously, the defense of Lima was very carefully planned. Many weapons were bought from the United States. In spite of the many efforts that were made, it was an improvised army that was not constituted by military professionals.  An important part of the troops were peasants, Indians that had been dragged against their will from the Sierra to the Coast. For that reason, they didn’t fight with conviction. In a later stage of the war, when the Chileans advanced to the mountains, the situation was completely different. Indians fought quite bravely, because they were being attacked in their own homes and valleys. Returning to the campaign of Lima, there was not a good integration between troops from the Coast (mainly constituted by white or mestizo people) and troops from the mountains which were mainly Indian. In the other case, the Chileans were, in comparison to Peru, more integrated socially and politically.

How did the Chilean army manage to defeat the Peruvian forces around Lima?

Even until now, historians are quarrelling over the causes of the defeat. My personal opinion is that we had not only a very scarce integration on the level of the troops, but also the leaders were not the best ones. Nicolás de Piérola, the president of Peru, was a dictator, was at the same time the political and the military leader. This was a very strange situation, but it took place in Perú. Piérola chose a static defense and, on the other hand, Chileans took the initiative to attack and had a more dynamic display of troops. Chileans managed to penetrate this static Peruvian defense. This is my interpretation of the defeat, apart from what I said previously of the problems of leadership and the scarce integration of Peruvian troops.

The next question is about the Chilean occupation of Lima. How long was it? What happened during  this period?

Chilean occupation of Lima, military occupation I mean, took place between January 1881 and October 1883. In January 17th 1881, the Chilean army took Lima. We are talking of more than two years, or nearly three years, of occupation. These years, as you could understand (a comparison could be made in the case of Paris during the German occupation in Second World War), were like a big funeral for Lima. Lima was the symbol of Peruvian power. Chileans imposed quota payments to the upper classes to finance the Chilean army in Lima. There were deportations to Chile of Peruvians of high position, and, in general, people of every origin suffered with this situation. Food, for example, was scarce. Executions by fire squads were not scarce. But, at the same time, during the years 1881 to 1883, there was a very important (I would say epic) Peruvian popular and army resistance in the mountains. The people from the Sierra of Peru showed the Chileans that Peru was not defeated, that to defeat Peru it was not only necessary to conquer Lima but to conquer its heart, the mountains. I am referring to the old mountains that were the heart of the old Andean civilization. At the end, in year 1883, Chileans managed to defeat the best Peruvian army in the Sierra led by general Andrés Cáceres. It was a long  campaign, it was the most complicated campaign for the Chileans. In October 1883, a treaty of peace, the so called Treaty of Ancón, was signed between the regime of Peruvian president Iglesias and the regime of Chilean president Santa María. Technically, war stopped at this point. Nevertheless general Cáceres continued the resistance in Sierra, for a few months during the first part of 1884.  By the Treaty of Ancón, Peru ceded the rich province of Tarapacá to Chile. It was an area very rich in saltpeter, as I mentioned. The treaty also stated that the provinces of Tacna and Arica were to remain under Chilean control for ten years, when a plebiscite was intended to take place to allow the population of these provinces to decide whether to be Peruvian or Chileans. The plebiscite never took place, but this is another chapter of Peruvian history.

In what ways was the Chinese colony in Peru involved in the War of the Pacific?

There is a popular image of the Chinese people as collaborators with Chileans. Many Peruvians had this conviction during the war. But no doubt this is a half-truth. Many Chinese in Perú supported the Chileans for the simple reason that they were living practically like slaves in Coastal Perú, as I told you previously. So it was quite natural, I think (that’s my personal view), for them to back up the Chileans and rebel against Peruvian oppressors. It is quite audacious for me to say this because I’m Peruvian. But I’m also a historian and I have the obligation to mention what is true. On the other hand, there were many other Chinese that remained neutral or faithful to Peruvians. As you know, historians usually consider, I would say, inaccurate generalizations. In fact, this second group of Chinese was bigger, but it has been nearly forgotten. As a consequence of this myth of total Chinese support of the Chileans, many merchants suffered from mobs. That was particularly cruel in the days that preceded the entrance of the Chilean army to Lima. The days 15th and 16th January 1881, were particularly infamous. Afterwards, during the years of military occupation, and after the peace treaty was signed, Chinese living in Peru simply assimilated to Peruvian economy and society. In the long term, hey gave to my country a great contribution not only with his effort on economy but also introducing marvelous aspects in culture, especially in the food and restaurant activities.

Mr. Hugo Pereyra, thanks for your time and for your willingness to be interviewed for Junefield Group.

Thank you very much. You have a friend here in Lima.

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ÍNDICE E INTRODUCCIÓN DEL CAPÍTULO ‘EL PERÚ EN EL MUNDO’ DEL LIBRO PERÚ: CRISIS IMPERIAL E INDEPENDENCIA

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El Perú en el mundo

 

Introducción

 

El fin de la era virreinal (1808-1820)

El virreinato del Perú: debilidad económica y hegemonía político-militar

Las reformas borbónicas y el espacio peruano

Ofensiva del virrey José Fernando de Abascal

Situación entre 1817 y 1820

 

Etapas sanmartiniana y bolivariana (1820-1826)

José de San Martín, Protector del Perú

Simón Bolívar y la revolución del norte

La entrevista de Guayaquil

Bolívar y su visión de poder

La región amazónica peruana

Factores exógenos de la independencia

Nacimiento de Bolivia

Proyecto de la Federación de los Andes

Congreso Anfictiónico de Panamá

La dominación bolivariana

 

La República Peruana (1827-1830)

El Perú después de las guerras de independencia

Comercio internacional

¿Proteccionismo o librecambismo?

El problema de las fronteras

Intervención en Bolivia

Guerra contra la Gran Colombia

Andrés de Santa Cruz y la cuestión boliviana

Conclusiones

 

 Introducción

Desde varios puntos de vista, los ámbitos «nacionales» de la América hispánica comenzaron a perfilarse durante el siglo XVIII. De ahí que, en cierta manera, las vinculaciones entre el virreinato del Perú y otros espacios sudamericanos puedan comenzar a ser entendidas desde entonces —con ciertos reparos— dentro de la mecánica usual de las relaciones internacionales, aunque todavía considerando a estas entidades como Estados nacionales incipientes. Por ejemplo, como veremos, la ciudad de Buenos Aires comenzó a competir con su par limeña desde el siglo XVIII por el control del comercio sudamericano. Ambos centros de poder se disputaron asimismo el Alto Perú, la estratégica zona productora de plata. En efecto, no hablamos todavía de Estados, pero muchos comportamientos de estas nuevas entidades que se observan durante las décadas finales del dominio español —que incluyen la búsqueda de hegemonía política y comercial sobre territorios específicos— los anuncian y prefiguran. Al margen de estos antecedentes, y con distintas velocidades que fueron determinadas por circunstancias específicas, el Perú y el resto de los jóvenes países sudamericanos alcanzaron su independencia luego de un cruento proceso de guerra civil entre insurgentes y realistas, que reflejaba en cierta manera la lucha entre liberales y absolutistas en la Península, exacerbada desde los tiempos de la invasión napoleónica en España. Este conflicto casi no dio margen para la negociación de una salida pacífica, como sí ocurrió en México en 1821. Se localizó temporalmente hacia la segunda y tercera décadas del siglo XIX y fue producto de una compleja interrelación entre factores internos e internacionales. Centrado en el caso del Perú, este trabajo buscará estudiar los antecedentes de su Independencia, los problemas derivados de la difícil transición en tiempos del ocaso de la dominación española y los primeros años de vida de la joven República, desde el punto de vista de las relaciones internacionales del periodo que tuvo lugar de 1808 a 1830, tanto desde una perspectiva sudamericana como mundial. Además de esbozar los intereses nacionales, las visiones y políticas de equilibrio de poder, las alternancias de la paz y de la guerra, los problemas fronterizos y las perspectivas de inserción económica en los mercados mundiales, este trabajo procurará también reconstruir las potencialidades, las amenazas y los retos que los actores políticos peruanos tuvieron ante sí, o advirtieron, en el nuevo escenario que se fraguó al calor de las guerras de independencia. Hablamos del tiempo del declive de España y de la creciente influencia de otras potencias, en particular de la Gran Bretaña y de Estados Unidos.

Tomado del libro Perú: crisis imperial e Independencia, publicado por la editorial  Mapfre-Taurus (Madrid, julio de 2013), dentro de la colección América Latina en la Historia Contemporánea. El texto “El Perú en el mundo” es, en pocas palabras, una visión internacional de la Independendencia del Perú

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RESEÑA DEL LIBRO TRABAJOS SOBRE LA GUERRA DEL PACÍFICO Y OTROS ESTUDIOS DE HISTORIA E HISTORIOGRAFÍA PERUANAS

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Pereyra Plasencia, Hugo. Trabajos sobre la guerra del Pacífico y

otros estudios de historia e historiografía peruanas. Lima: Asociación

de Funcionarios del Servicio Diplomático del Perú, Fundación M. J.

Bustamante de la Fuente, Instituto Riva-Agüero-Pontificia Universidad

Católica del Perú, 2010, 444 pp.

 

Hugo Pereyra Plasencia, historiador y diplomático, nos aporta en este

texto un conjunto de artículos sobre un tema neurálgico en nuestra

historia como es el de la guerra iniciada en 1879. Con respecto a este

asunto, existe una nutrida bibliografía de origen chileno, mientras que

la literatura peruana no es tan abundante.

 

Los estudios hechos en el Perú en los años previos y siguientes a la

conmemoración del centenario del conflicto se polarizaron: algunos

exaltaron el patriotismo de la sociedad peruana; en cambio, otros la acusaron

de falta de lo mismo. Se culpó especialmente a las clases dirigentes

y a los indígenas, porque se negó que hubiera existido una identidad

nacional en esos años cruciales. Se habló de colaboracionismo, de la

deserción boliviana, de la defensa de intereses económicos que primaron

sobre los de la patria. Se relativizó la motivación de la participación

indígena al decir que fue solo en defensa de su comunidad y no del país.

 

Actualmente, las posturas referidas a la intervención de los diversos

sectores sociales en la guerra han variado, gracias a la incorporación de

nuevas fuentes —como periódicos, epistolarios y diarios—, las cuales

permiten cubrir algunos vacíos existentes en las investigaciones acerca

del conflicto militar. Otros puntos de interés son los relativos a la participación

femenina (no tratada en el libro de Pereyra) y, sobre todo, el

significado y la trascendencia de la intervención de don Andrés A. Cáceres

en la campaña de la resistencia y su participación política después del

tratado de Ancón. Precisamente, el texto que reseñamos aclara diversos

aspectos del accionar del llamado Brujo de los Andes.

 

El autor ha dividido su obra en nueve partes. Las seis primeras tratan

sobre las razones de la guerra, el papel de la prensa, los «colaboracionistas»,

la actuación de Cáceres y sus Memorias, la participación indígena y el

nacionalismo campesino. Las tres últimas están vinculadas con el aspecto

central del volumen, que es la identidad nacional y la patria peruana.

Pereyra hace una revisión bibliográfica, periodística y documental

sumamente prolija, exhaustiva y actualizada. Somete las fuentes a un

severo aparato crítico con una lógica contundente, por lo cual los resultados

a los que llega son difícilmente refutables. A esto se agrega que su

interés por el tema de la guerra es global, lo que le permite enfocarlo

desde distintos aspectos: bélicos, sociales, políticos y económicos. Estas

perspectivas son reforzadas con una visión muy certera acerca de las

relaciones internacionales, que es el tema de la primera parte, la más

larga, donde el autor hace un minucioso análisis histórico y diplomático

que introduce al lector en el conocimiento de los entretelones de

dichas relaciones.

 

La primera parte, titulada «La política exterior y la diplomacia del Perú

en la génesis y el desenlace de la guerra del Pacífico», nos da la clave para

una interpretación muy razonada y acuciosa del porqué del conflicto.

Deslinda responsabilidades y destaca los errores cometidos desde el inicio

de la década de 1870. No pretende exculpar ni a peruanos ni a chilenos

ni a bolivianos en la precipitación de la ruptura de la paz. Considera, sí,

que la guerra pudo haberse dado en circunstancias menos desfavorables

para el Perú, pero fueron muchos los errores cometidos por nuestro país.

 

¿Qué objetivos persigue el autor? Como lo señala en la «Introducción»,

Pereyra busca resaltar tres aspectos: «la importancia que tienen las percepciones

de las partes enfrentadas en una crisis, la relevancia del rol de las

personalidades individuales, y la necesidad de desentrañar la combinación

específica de factores desencadenantes que proporcionan el impulso decisivo

para un conflicto, distinguiéndolos de los factores causales de largo

y mediano plazo» (p. 25; el subrayado es del original).

 

Al hablar de las percepciones de las partes que entraron en conflicto,

con mucha objetividad se pone en el papel del otro, es decir, no se cierra

en la postura peruana, sino que trata de entender —más allá de una

visión nacionalista— los elementos que pudieron inducir a error en la

interpretación de diversas acciones. Una de estas, por ejemplo, fue la

decisión de Manuel Pardo de establecer el estanco del salitre, que fue

uno de los puntos que despertó la suspicacia de Chile, dado que afectó

intereses de los capitalistas de este país y de Gran Bretaña en Tarapacá.

 

Luego está la revaloración que el autor hace de las personalidades individuales,

cuyo papel en los cambios en la historia hay que reconocer, sin

descuidar por ello la actuación de las masas, al existir una evidente interrelación

entre el individuo y la masa. Pereyra busca revalorar y ubicar en su

debido lugar el papel que jugaron chilenos como Domingo Santa María

(incluso antes de que este llegara a la presidencia de su país) y peruanos

como José Antonio de Lavalle (en el ámbito diplomático) y Andrés A.

Cáceres. De este último resalta su labor en la campaña de La Breña y su

carisma para el manejo de los montoneros, quienes permanecieron a su

lado —no solo durante la guerra con Chile, sino también en el periodo

de las luchas internas posteriores— gracias a la empatía desarrollada en

la defensa de la patria. Fue esa empatía —que no manipulación— la que

permitió mantener la resistencia más allá de lo imaginable.

 

Finalmente, Pereyra busca desentrañar la combinación específica de

los factores desencadenantes, a los que diferencia de otros factores de

mediano y largo plazo, como pueden ser las rivalidades, que venían desde

la colonia, entre Lima y Santiago o entre Valparaíso y el Callao. Para

el autor, los factores desencadenantes podrían haber sido controlables

y no haber conducido necesariamente a una guerra. La solución pudo

haberse encontrado en el ámbito de las relaciones diplomáticas. De

otro lado, en la última parte del libro, donde se habla de las herencias

andina y española, el autor sostiene la existencia de una nación peruana

no totalmente integrada, pero sí perfectible.

 

A lo largo de todo el texto, se puede seguir el pensamiento de Pereyra

acerca de las vivencias nacionalistas que tienen tanto los hombres de

elite como los pertenecientes a los otros sectores sociales, incluidos los

indígenas.  Ese nacionalismo es lo que los hace participar en la guerra.

No obstante, reconoce que la motivación que tuvieron no fue la misma

en todos y que incluso algunos llegaron a plantear, en determinados

momentos, la lucha como un conflicto social y hasta étnico.

 

El autor trata de mantener, hasta donde es posible, una postura imparcial.

Evita emitir juicios categóricos acerca de conductas cuestionables,

como la de los colaboracionistas. Al hablar de estos, establece una

distinción entre quienes ayudaron al enemigo sin excusa alguna, como

Manuel de la Encarnación Vento, y quienes «colaboraron» con él para

evitar males mayores, como fue el caso de José Antonio de Lavalle en

su papel de negociador en el tratado de Ancón. Al aceptar este encargo,

dicho personaje lo hizo a sabiendas de que firmaba su muerte como

político y diplomático.

 

En conclusión, el libro de Hugo Pereyra plantea nuevas interrogantes

que ayudarán a seguir avanzando en los estudios sobre la guerra del

Pacífico, además de brindarnos una visión más exacta del comportamiento

de la sociedad peruana, en su conjunto, durante dicho conflicto.

Incluso podemos decir que el contenido de cada capítulo ameritaría

una reseña especial por la riqueza de la información, la abundancia de

fuentes y bibliografía, la solidez de sus planteamientos y la profundidad

de su análisis.

 

Margarita Guerra Martinière

Pontificia Universidad Católica del Perú

 

Esta reseña fue publicada en la revista Histórica de la Pontificia Universidad Católica del Perú (Volumen 35, Nro. 1, 2012, pp. 200-203).

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TRES VIÑETAS DE HISTORIA PERUANA: LA CAMPAÑA DE LA BREÑA, LA GUERRA CIVIL DE 1884-1885 Y EL PRIMER GOBIERNO DE ANDRÉS A. CÁCERES (1886-1890)

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Viñeta Nro. 1 

El pináculo de la  Campaña de la Sierra durante la Guerra del Pacífico

(de febrero de 1882 a mediados de 1883)

 

Con los buenos resultados de los combates en Pucará, Marcavalle y Concepción, en el marco de un masivo levantamiento de las comunidades campesinas del centro del país, la campaña contra las fuerzas chilenas que subían a la sierra desde la costa alcanzó su clímax entre febrero y julio de 1882. Fue, sin duda, el mejor momento del pequeño e improvisado Ejército del Centro, así como de los guerrilleros indígenas de Junín y de Huancavelica, que se dirigían en quechua al tayta  Andrés A. Cáceres.

Lima estaba ocupada por los chilenos desde hacía poco más de un año, luego de las dos grandes batallas campales de San Juan y Miraflores. A fines de 1881, a raíz de la deportación del presidente de La Magdalena Francisco García Calderón, quien se había negado a aceptar un tratado de paz que implicara la entrega a Chile del territorio nacional de Tarapacá, el gobierno peruano había pasado a manos del vicepresidente, el contralmirante Lizardo Montero. Desde los primeros meses de 1882, y disueltos también los restos de la previa dictadura de Nicolás de Piérola, la autoridad de Montero se extendía, además de Arequipa y la Sierra Sur, a la Sierra Central, a cargo del general Andrés A. Cáceres, y a la Sierra Norte, con base en el departamento de Cajamarca, bajo el mando de Miguel Iglesias.

Por la misma época de los mencionados triunfos de Cáceres en el centro del país, específicamente en julio de 1882, el departamento de Cajamarca fue escenario de la exitosa acción de San Pablo contra una fuerza chilena merodeadora, como clara expresión de la cólera y del hastío del pueblo frente a los abusos del invasor. La desolación que trajo al departamento la operación punitiva chilena que siguió a San Pablo, y las enormes dificultades para contrarrestar la marea destructiva en ese terrible tiempo de desmoralización y de desorden social, estuvieron entre las motivaciones que indujeron a Miguel Iglesias a  ponerse a la cabeza de una corriente de opinión orientada a buscar la paz con Chile, de la cual —como revela el epistolario de Cáceres— llegó a ser consciente el mismo caudillo de La Breña.

El 31 de agosto de 1882, el mismo día en que Montero hacía su ingreso a la sede del gobierno constitucional en Arequipa luego de permanecer por unos meses en Huaraz, Iglesias lanzó en Cajamarca el Grito de Montán, mostrándose partidario de firmar la paz con Chile para terminar con la ocupación del país. Confluyeron así, de un lado, un estilo de colaboración con los chilenos que en algunos casos asumió la forma de una abierta traición y, de otro, la necesidad cada vez más imperiosa del país vencedor de poner término a una ocupación ya demasiado larga y que comenzaba a ser costosa por el agotamiento de los recursos del país luego de más de tres años de guerra.

Ante esta situación, Cáceres se distanció violentamente de Iglesias (a quien alguna vez llegó a llamar teniente chileno), y lo responsabilizó de la ruptura de la unidad de los peruanos en torno al gobierno de Arequipa, que era, además, el nexo con la aliada República de Bolivia. Desde los primeros meses de 1883, convencido finalmente de la utilidad que el régimen de Cajamarca tenía para su causa, y ya avanzadas las conversaciones con los representantes de Iglesias para arribar al ansiado acuerdo político que confirmara las conquistas chilenas en el Sur, el gobierno del presidente Santa María concentró nerviosamente sus actividades militares en destruir a Cáceres, cuyas debilitadas fuerzas terminaron replegándose a Tarma. Pese a los esfuerzos de sus soldados y guerrilleros para oponerse a la abrumadora tenaza estratégica enemiga que empujó, desde comienzos de abril de 1883, al pequeño ejército peruano hacia el norte del país, y luego de la proeza que representó trasmontar la cordillera Blanca, Cáceres fue finalmente derrotado en Huamachuco en julio de ese mismo año decisivo. Este acontecimiento fortaleció a Iglesias dentro del panorama político peruano y dejó las manos libres a Chile para atacar a Montero en el sur.

Los desastres de la guerra, la destrucción del país y el pavoroso espectáculo de la división entre los peruanos, desencadenaron en Andrés A. Cáceres una reflexión sobre los orígenes de la derrota y sobre algunos de los problemas centrales del país, entre los que destacan la marginación de los indios y la necesidad de afianzar un sentido más nacional, particularmente en las clases directoras de la sociedad. Los escritos de Cáceres de esa época, especialmente los de 1882 y 1883, dejan sentir entre líneas la inevitable comparación entre el orgulloso Perú de la preguerra, heredero del virreinato y de las glorias del tiempo del Libertador Castilla y del 2 de mayo,  y el país desolado, destruido y anarquizado de finales del conflicto. No obstante, sobre este lúgubre telón de fondo, resplandecían en los escritos del general ayacuchano su patriotismo, su valentía y su indudable abnegación. También se perfilan en esas páginas las personalidades de los valerosos civiles que siguieron a Cáceres, así como el heroísmo de sus oficiales, jefes, soldados y guerrilleros, representantes todos ellos de los más diversos sectores sociales del país, combatiendo sin cesar a los invasores entre los abismos de los Andes.

 

Viñeta Nro. 2 

La guerra civil entre Cáceres e Iglesias y el inicio de la estabilización política

(de la segunda mitad  de 1883 a diciembre de 1885)

 

Luego del desastre de Huamachuco (10 de julio de 1883), el gobierno del presidente chileno Santa María procedió a dar el siguiente paso dentro de su gran esquema geopolítico: la destrucción del gobierno de Arequipa encabezado por Montero, el aislamiento de Bolivia del mar, la liquidación de la unión peruano-boliviana y el descarte definitivo de toda posibilidad de un arreglo de paz que hubiese podido ser realizado a través de la Alianza. Poco antes de la ocupación de Arequipa, había correspondido al régimen de Miguel Iglesias, por medio del Tratado de Ancón de octubre de 1883, dar el duro paso de entregar a Chile el rico territorio y las poblaciones nacionales del sur. Montero llegó a delegar el poder en el segundo vicepresidente Andrés A. Cáceres antes de refugiarse en Bolivia. En marzo de 1884, siempre bajo la presión y la impaciencia chilenas, una Asamblea Constituyente cumplió con aprobar el tratado de paz. Iglesias pagaba estas acciones con una creciente impopularidad. Hasta el propio Piérola, antiguo caudillo de Iglesias durante la campaña de Lima, marcaba ahora sus diferencias con el presidente.

A mediados de 1884, en vísperas de la desocupación del Perú por las fuerzas de Chile, el gobierno de este país temió que “al volver la espalda el último soldado chileno, [Cáceres] derribase a Iglesias, desconociera lo hecho y la situación se retrotrajera al pie en que se encontraba antes del Grito de Montán” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 318). Sin embargo, motivado por su deseo de privar a los invasores de todo pretexto para continuar la ocupación, Cáceres aceptó el Tratado de Ancón como hecho consumado el 6 de junio de 1884.  Pocos días después se entrevistó en Huancayo con Diego Armstrong, secretario de Patricio Lynch, quien había recibido la misión de procurar un acercamiento entre Cáceres e Iglesias. Este encuentro fue el punto de partida de gestiones de paz que continuaron entre ambos caudillos peruanos. Al comienzo, Iglesias pareció aceptar un avenimiento fundado en el alejamiento simultáneo de ambos líderes del poder. En la perspectiva de Cáceres y de sus partidarios, se requería de un nuevo gobierno auténticamente independiente, elegido p0r los peruanos, y desvinculado del apoyo chileno (que sin lugar a dudas se encontraba en los inicios del régimen de Iglesias). Cáceres insistía también en el inmediato retiro de los invasores, pero hay evidencias de que Iglesias prefería una desocupación más lenta, con el objeto de asentar mejor su gobierno frente al posible escenario de una guerra civil. Pese al estilo de sumisión y de egoísmo antipatriótico de muchos de sus seguidores, es evidente que Iglesias, como persona individual, había asociado su imagen al Tratado de Ancón teniendo conciencia plena de que ello representaba un suicidio político. Algo parecido y muy digno de encomio había tenido lugar con José Antonio de Lavalle, el representante clave de Iglesias en las Conferencias de Chorrillos de marzo a abril del año anterior, que habían conducido al tratado de paz. Con la introducción de la figura del plebiscito, y aunque en la forma precaria que dictaban esas terribles circunstancias de derrota nacional, Lavalle había conseguido salvar a Tacna y Arica de una fórmula de simple venta  de estos territorios a Chile.

El 16 de julio de 1884, ante la negativa de Iglesias de convocar a elecciones, Cáceres asumió en rebeldía la presidencia de la República y nombró un gabinete. Por su parte, a comienzos de agosto, Iglesias cambió su parecer inicial de llegar a un acuerdo con Cáceres, descartó el escenario electoral y dio inicio a varias deportaciones de civilistas y liberales partidarios de una conciliación. También apremió a Cáceres a obedecer a su régimen. El caudillo cajamarquino estaba sin duda influido por una cada vez más tensa atmósfera de hostilidad nacional hacia su persona, por la certeza del retiro de los chilenos, por malos consejos de sus allegados y parientes, por la creencia de que podía ser objeto de  castigo, y por su propia inexperiencia política. Se acentuó así la guerra civil cuando, técnicamente, los chilenos no habían terminado todavía de desocupar todo el Perú.

Cáceres fracasó estrepitosamente en su primer intento de tomar Lima por la fuerza el 27 agosto de 1884. Luego de una corta estancia en Arequipa, y merced a su genio estratégico y a la abnegación de sus veteranas tropas breñeras y de sus guerrilleros, logró finalmente retornar al centro del país con sus fuerzas en abril de 1885. Doblegó a Iglesias y se apoderó de Lima en diciembre de 1885, más de un año después de su anterior fracaso.  La población de la capital recibió al ínclito guerrero del poema de Rossel y a sus soldados del kepis rojo, con claras muestras de alegría por el fin del régimen iglesista. No obstante ser dueño de la situación militar, y en gestos que recordaban por momentos a Castilla en su apego a la ley y a la constitución, Cáceres auspició políticamente la creación de una Junta de Gobierno de transición y la convocatoria de elecciones para el año siguiente. En un gesto que sorprendió a muchos, dejó el mando y se retiró a su casa. Su candidatura presidencial pareció natural a casi todas las fuerzas políticas y sectores sociales del Perú. Sólo los pierolistas permanecían al margen de la abrumadora popularidad del mítico soldado ayacuchano y del orgullo virtualmente unánime que inspiraba entonces el recuerdo, todavía muy fresco, de sus hazañas en la sierra.

 

Viñeta Nro. 3 

El primer gobierno de Andrés A. Cáceres

(de comienzos de 1886 a mediados de 1890)

 

Dentro de los límites del sistema electoral de la época, basado esencialmente en las decisiones de colegios electorales y no en el sufragio directo, los comicios presidenciales de 1886 dieron un abrumador triunfo a Andrés A. Cáceres en todo el país. Calculadamente,  Piérola se había abstenido de participar. El Partido Constitucional cacerista era entonces la principal agrupación política del Perú, incluso por encima del desconcertado pierolismo. Tanto el viejo civilismo (entonces desarticulado en personalidades individuales) como el novel Partido Liberal (inspirado por José María Químper) se habían aunado a la poderosa corriente de opinión que llevó al poder  al vencedor de Tarapacá y héroe de La Breña.  El 3 de junio de 1886, en medio de una inmensa popularidad, y a sus casi cincuenta años de edad, Cáceres recibió en el Congreso la insignia presidencial, en una ceremonia que no se había repetido desde los tiempos de Manuel Pardo. Fue, a no dudarlo, la vivencia de su punto culminante como político y su momento de mayor emoción personal en una arena que no le era del todo desconocida, pero que entrañaba retos, dificultades y peligros enormes. Cáceres se hacía cargo de una Patria empobrecida y golpeada espiritualmente por la guerra: “el país necesitaba vivir por fin en unidad, en paz y en orden después de una pesadilla de seis años y Cáceres fue el mandatario sereno y sencillo que caminaba a pie por las calles de Lima y vestía levita negra mientras daba sombra a su rostro tostado no el fieltro veterano sino el tarro de unto” (Basadre 1983 t. VI: 345).  En el Congreso, que se perfilaba como un grupo intransigente y díscolo, asomaba la figura del diputado Mariano Nicolás Valcárcel, quien sería cabeza del llamado Círculo Parlamentario.

 El gran tema dominante del  primer gobierno de Cáceres fue el arreglo con los tenedores de bonos británicos de la deuda peruana a través del Contrato Grace que fue aprobado en octubre de 1889 luego de un acalorado debate nacional.  En perspectiva histórica, pese al enorme precio que debió pagarse con la entrega de los ferrocarriles peruanos por un largo período, así como de otros valiosos recursos del país, el Contrato Grace ha sido visto como el mal menor que permitió aliviar el peso de una enorme deuda internacional. No obstante, esta agria polémica fue también el marco para la aparición de las primeras grietas en el prestigio político de Cáceres, en la forma de ásperos conflictos con un Congreso en perpetua actitud de hostilidad contra el Ejecutivo, y de una reacción gubernamental cada vez más intransigente contra una prensa que no era muchas veces tampoco modelo de ponderación, en el primer anuncio de lo que serían las posteriores represiones del otoño del Segundo Militarismo. Pesaba también sobre el Gobierno y la Nación entera una angustia colectiva por la situación de las poblaciones peruanas de las provincias cautivas de Tacna y Arica en manos de Chile, y de los nacionales que habían quedado atrapados en Tarapacá. En otro orden de cosas, Nicolás de Piérola encarnaba no sólo la oposición y la alternativa a las entonces aliadas oligarquías civil y militar (Basadre), sino que era también la eterna sombra conspirativa del régimen. En un claro exceso, aprobado al menos por parte del civilismo, el gobierno puso a Piérola en prisión justo antes de las elecciones de 1890, anulando en los hechos su candidatura. Su fuga de la cárcel y su posterior huida clandestina del país darían mayor intensidad a una guerra sin cuartel con el cacerismo, que no concluiría sino en 1895.

 Pese a todas las dificultades, el régimen terminó sus funciones en agosto de 1890 con un balance positivo por el alivio de la deuda, los avances administrativos y también por el importante equilibrio social alcanzado. Sin duda, el entorno económico internacional había ayudado para estos logros. Un Cáceres estadista, entre pragmático, moderno e impregnado del positivismo de la época, hablará de la urgente necesidad de iniciar un progreso constante en base a la inversión extranjera, a la explotación de las riquezas naturales del país, a la modernización de las Fuerzas Armadas y al mejoramiento de la instrucción popular. Un Cáceres tradicional, heredero de su formación militar, y siempre sintonizado con el ambiente positivista, hablará de la necesidad de orden, pensando no sólo en el caos del interior del país al iniciarse su gobierno, sino también, más específicamente, en la persona del eterno conspirador —de pasado turbulento— que terminará en el autoexilio por la represión del régimen. Hablará también, en fin, un Cáceres algo utópico, esperanzado en las inmensas riquezas de la Amazonía y en las potencialidades quizá exageradas de la colonización.

 Al acercarse el fin de su mandato, Cáceres conservaba todavía gran parte de su prestigio popular. No obstante, al interior de los círculos políticos su desgaste comenzaba ya a ser evidente. Sin lugar a dudas, las escaramuzas entre el Congreso y sus diez gabinetes, así como los desacuerdos en torno al Contrato Grace contra el telón de fondo de la represión del pierolismo, habían dejado en muchos casos una estela de rencor, desilusión y desconfianza. De hecho, para las elecciones de 1890, y por causas tal vez diversas, lo esencial del civilismo prefirió auspiciar a su propio candidato, el médico Francisco Rosas. No obstante, Mariano Nicolás Valcárcel y su Círculo Parlamentario proporcionaron en el Legislativo el apoyo determinante para el triunfo del coronel Remigio Morales Bermúdez, el candidato auspiciado por Cáceres. En medio de todo, comenzaba a ocurrir algo aún más sombrío: los fríos pasadizos y gabinetes de Palacio de Gobierno no eran sin duda las breñas andinas, ni la corte de aduladores y de lobbystas que acosaban sin descanso al presidente eran sus fieles soldados y guerrilleros del pasado. Mucho de ese ambiente, característico del Perú de todas las épocas, comenzaba, ya entonces, a marcar al héroe con las llagas de la política.

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EL INICIO DE LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS ENTRE EL PERÚ Y EL REINO DE MARRUECOS (1964)

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EL INICIO DE LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS ENTRE EL PERÚ Y EL REINO DE MARRUECOS

(1964)

Marruecos logró su independencia política de Francia y de España el 2 de marzo de 1956, y fue miembro de la ONU desde el 12 de noviembre de ese año. Cabe destacar que era un tiempo caracterizado por la Guerra Fría, por el avance del proceso de Descolonización en el África y en el Asia, y por la proclamación del nacionalismo árabe de boca de líderes como Gamal Adbel Nasser en Egipto.

Las conversaciones para el establecimiento de relaciones diplomáticas  entre el Perú y Marruecos tuvieron lugar en Nueva York, en el primer semestre de 1964, entre el Sr. Taibi Benhima y el embajador Víctor Andrés Belaúnde, representantes respectivos de Marruecos y del Perú ante la Organización de las Naciones Unidas. Era el tiempo del primer gobierno de Fernando Belaúnde Terry en el Perú, quien había asumido la presidencia apenas un año antes. En el Reino de Marruecos, gobernaba desde 1961 el joven Rey Hassan II, hijo de Mohamed V (el monarca bajo cuya conducción se había conseguido la independencia del Reino).

De la documentación que se conserva en el Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, se deduce que el gobierno peruano de entonces percibía a Marruecos como un factor de equilibro, ante la proclamación de ideas “extremistas” o “de izquierda” en ciertas partes del Maghreb, y también frente a “la propaganda nasserista y las ideas progresistas de ciertas naciones del África negra”.

Mediante Resolución Suprema del 18 de junio de 1964, el Presidente Belaúnde nombró a Adhemar Montagne Sánchez como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Perú en Marruecos. Lo acreditó también, con este mismo título, en dicha Resolución, en Túnez y Argelia. Al momento de su nombramiento, el  Embajador Montagne se desempeñaba como Director de Protocolo en la Cancillería del Perú. Había nacido en Lima, el 17 de noviembre de 1911. Era diplomático de carrera e hijo de Ernesto Montagne Markholz y de Raquel Sánchez Benavides.

El nuevo embajador peruano en el Reino de Marruecos arribó a Tánger el 20 de agosto de 1964, procedente de Londres, donde había comenzado sus contactos con el Embajador marroquí en la capital británica.  Por esos mismos días, de manera coincidente, el Sr, Taibi Benhima estaba siendo trasladado desde su puesto como representante marroquí ante las Naciones Unidas para asumir el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores de su país. El 28 de agosto de 1964, el Embajador Montagne se entrevistó en Rabat con el Sr. Benhima, el nuevo Ministro de Relaciones Exteriores de ese país, con el propósito de hacerle entrega de las copias de sus cartas credenciales.

El 19 de septiembre de 1964, el Embajador Montagne presentó sus cartas credenciales ante el Su Majestad Hassan II en la Sala del Trono del Palacio Real en Rabat. Antes, según su interesante testimonio, pasó revista a un batallón de la Guardia Mora, “con sus bellos uniformes blancos adornados con anchos cinturones rojo y blanco”, y saludó a la bandera marroquí de color rojo con una estrella dorada al centro. Su impresión del soberano fue la de un hombre joven de “mirada triste” y de “clara inteligencia y vasta cultura”.

Durante la ceremonia, siempre según el testimonio del Embajador peruano, el Rey manifestó lo siguiente: “Su Majestad me expresó la satisfacción que sentía por el hecho de que el Perú, país de una antigua civilización y actualmente una de las más modernas naciones de América, hubiera enviado un Embajador a Marruecos. Me dijo que consideraba que este gesto debía ser correspondido por Marruecos enviando un Embajador al Perú, tanto más que su situación geográfica y la importancia de nuestro país así lo aconsejaban, pero que Marruecos era una Nación joven que todavía no había podido completar sus cuadros administrativos y dado que él consideraba que había que escoger cuidadosamente la persona que llevara la representación marroquí al Perú, su designación debería necesariamente tomar algún tiempo (…). Continuó diciéndome que ambos países tenían problemas similares  y que la representación  que ahora se iniciaba serviría para que ambos pueblos se conocieran mejor y pudiesen saber cómo en uno y otro país estos problemas eran afrontados y resueltos”

Por su parte, el Embajador Montagne respondió en los siguientes términos: “Expresé al Rey que nuestro Presidente, el Arquitecto Fernando Beláunde Terry, me había encargado, antes de partir del Perú, que manifestara a Su Majestad toda la deferencia y amistad que por él sentía, que el Gobierno del Perú deseaba estrechar sus lazos con todos los pueblos libres y amantes de la paz y que había deseado estar presente en esta región del mundo, que Marruecos se había escogido como sede de nuestra Misión Diplomática por reunir precisamente esas características y por la similitud de nuestros problemas, a los que Su Majestad había hecho alusión. Terminé manifestando que la labor de acercamiento entre nuestros dos países, auspiciada por Su Majestad, sería facilitada, además de la valiosa y benévola ayuda que me prometía,  por los antiguos lazos que unían al Perú y Marruecos, lazos que España se había encargado de tender en la historia y que ahora el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países haría que corriesen directamente”.

En su informe, el Embajador Montagne no dejó señalar que “toda esa ceremonia se realizó en jaquette, con 38 grados centígrados, y con un fuerte viento caliente del desierto que se le conoce con el nombre de chergui”.

Luego de la ceremonia, al llegar al hotel donde Montagne se alojaba en Rabat, “fue izada la bandera peruana, acto que contemplamos de pie mis acompañantes y yo”, para después, “brindar con una copa de champagne por la prosperidad del Perú y Marruecos y por sus respectivos mandatarios”.

La documentación conservada en el Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores permite, asimismo, afirmar que uno de los primeros logros de la nueva Embajada fue el apoyo que el  gobierno marroquí manifestó por nota del 16 de octubre de 1964, relativo a la candidatura del Dr. Alberto Wagner de Reyna para un asiento en el Consejo Ejecutivo de la UNESCO, en las elecciones programadas en el marco de la XIII Sesión de esa Organización para ese mismo mes.

A fines de 1964, el señor Enrique Izaguirre Valdivieso fue nombrado como Segundo Secretario de la Embajada del Perú en Rabat.

(Escrito en Lima, el 23 de agosto de 2013)

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Prólogo a un libro sobre Alfredo González Prada

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PRÓLOGO

La Historia del Perú está llena de egregios personajes olvidados. Citemos unos cuantos ejemplos. Pensemos en el teniente cajamarquino Manuel Aristizábal, símbolo del patriotismo peruano contra el autoritarismo de Simón Bolívar en tiempos de la Constitución Vitalicia, ejecutado en Lima el 7 de agosto de 1826. O en Pedro Gálvez, hermano de José  (el mártir del combate del Callao contra la escuadra española del 2 de mayo de 1866), insigne liberal antiesclavista y diplomático peruano forjado en la generación del tiempo de Ramón Castilla y de Manuel Nicolás Corpancho. O en Emiliano Vila y Enrique Oppenheimer, miembros del célebre ejército breñero de Andrés A. Cáceres, ambos caídos heroicamente en la batalla de Huamachuco del 10 de julio de 1883. O, en fin, en Mariano Torres, espléndido periodista y editor del semanario radical La Luz Eléctrica, donde apareció publicado en julio de 1888, en plena censura, el Discurso en el Politeama de don Manuel González Prada.

Aquí cabe preguntarse por qué fueron olvidados personajes de todas las épocas como los anteriormente mencionados, pese a su extraordinaria valía. Una primera explicación es lo arraigada que está en el ser nacional esa tradición tan peruana de la memoria frágil que permitió en el pasado, a más de un gobernante, retornar al poder pese a haber sido protagonistas de escándalos o, en el mejor de los casos, de asuntos oscuros y no aclarados. Huelga aquí mencionar el nombre de ese personaje que negoció como Ministro de Hacienda el más corrupto de los contratos internacionales republicanos (el Contrato Dreyfus) y que, sin embargo, llegó después a ser cabeza del ejecutivo, en circunstancias diversas, al menos en dos ocasiones. En un sentido radicalmente opuesto –y, por cierto, pavorosamente injusto- la memoria frágil de los peruanos ha servido también para hundir en el olvido ilustres trayectorias que bien merecerían ser evocadas con cariño y orgullo, para ejemplo de las generaciones más jóvenes. Hablamos aquí de una amnesia que podríamos llamar perezosa, pasiva, entroncada sin duda con la escasez que ha habido –y hay- en nuestra sociedad de lo que Raúl Porras Barrenechea llamaba “caridad cívica” o, simplemente, civismo: si uno olvida algo, ello ocurre porque no se sabe valorarlo o no se tienen patrones de comparación que permitan hacer esa valoración.

Pero hay otra amnesia, activa, consciente y, por lo tanto, más perversa y dañina, que puede resumirse en el deseo individual o colectivo de “sepultar” el recuerdo de una persona por razones políticas, con un sentido casi inquisitorial, de indudable sabor arcaico. Aquí hablamos del objetivo de echar por tierra trayectorias cuyo brillo y pureza generan recuerdos que resultan incómodos, porque su contraste con comportamientos habituales, a veces consagrados por una tradición mal entendida, los vuelven antipáticos, no por impracticables o utópicos, o por ser bajos o malsanos (siendo más bien todo lo contrario), sino porque representaron en su momento avances y acciones rebeldes  (y difíciles) que rompieron moldes e hicieron avanzar a la sociedad. Ello, aunque la gente de su tiempo haya metido su cabeza en la tierra como un avestruz y no haya podido o querido entenderlo así. Al grupo de olvidados por esta razón pertenece sin duda el diplomático, escritor y publicista Alfredo González Prada y Verneuil, que ha sido objeto de un interesante trabajo evocador llevado a cabo por el también diplomático Alberto Fernández Prada, que me honra prologar.

Alfredo fue hijo de Manuel González Prada, el ilustre radical y anarquista autor de algunas de las grandes obras peruanas de crítica política y social, entre las que cabe mencionar las recopilaciones Pájinas Libres, Horas de Lucha y Bajo el Oprobio, además de haber sido una de las grandes plumas de la poesía y de la prosa literaria en el Perú en tránsito entre los siglos XIX y XX. La madre de Alfredo González Prada fue Adriana de Verneuil, francesa avecindada en el Perú con su familia desde antes de la Guerra con Chile. Nuestro personaje nació en París, en octubre de 1891, cuando su padre y su madre decidieron hacer una larga estancia en Europa (él, por motivos intelectuales), que se prolongó hasta fines del siglo XIX. Alfredo heredó de su padre no solo el porte y la distinción, sino la misma personalidad que aunaba, en extraña y original combinación, una gran energía y rebeldía junto con un exquisito sentido y sensibilidad artística.

Su adolescencia y juventud transcurrieron en pleno tiempo de la Belle Epoque, en la Lima del Palais Concert y de Abraham Valdelomar. Graduado en San Marcos, Alfredo González Prada mostró, desde esos años, una decidida vocación por los asuntos internacionales y diplomáticos, que lo llevó a ingresar, desde amanuense, en julio de 1911, al Ministerio de Relaciones Exteriores, institución de notable prosapia republicana establecida desde tiempos de José Gregorio Paz Soldán y que afrontaba por esos años, a comienzos del siglo XX, el tratamiento de las secuelas de la Guerra del Pacífico y de otras complejas cuestiones de fronteras. Paralelamente, el joven Alfredo no dejaba de ser –a juzgar por los recortes y testimonios de época- una de las referencias indispensables de esos años dorados de la Lima literaria y artística. El libro de Fernández Prada abunda en detalles sobre este tiempo, cuyo fulgor ha sido bastante olvidado por las generaciones de hoy, reconstruido por el autor a partir de diversas fuentes, entre las que destacan algunas de las célebres evocaciones de Luis Alberto Sánchez, quien fue amigo personal de Alfredo González Prada. Queda muy claro, al menos para los limeños de entonces, que ese Alfredo González Prada de comienzos de siglo tenía una vigorosa personalidad propia, que no se confundía en lo absoluto con la de su célebre padre, entonces pensador anarquista que llegó ser Director de la Biblioteca Nacional.

Alfredo González Prada tuvo una corta pero intensa carrera diplomática, que lo condujo a las misiones en ciudades como Buenos Aires y Washington, y a ser incluso representante del Perú ante la Liga de las Naciones, antecedente de la actual Organización de las Naciones Unidas. La parte que Fernández Prada dedica a este tema (capítulo II) es, a mi juicio, la más interesante de todo el libro por la cantidad de noticias interesantes que anota sobre la actividad diplomática de nuestro personaje. Cabe destacar la identificación de una vieja fotografía, tomada de un diario de la época, que lo muestra elegante y con un inconfundible aire a su célebre padre, cuando era Consejero en la Legación del Perú en Washington, en 1929. De este último año data la primera de sus tres “dimisiones principistas” al cargo –como las llama Fernández Prada- a propósito de la valiente defensa que hizo de dos humildes empleados peruanos, residentes en la capital de los EEUU, que se encontraban al servicio de Miles Poindexter, ex jefe de la misión diplomática norteamericana en el Perú, en tiempos del Presidente Leguía. Poindexter abusaba de los trabajadores peruanos. Fernández Prada reconstruye minuciosamente el episodio a partir de fuentes de prensa de los EEUU e incluso transcribe el texto de los telegramas que fueron cursados entre el Canciller Rada y Gamio y nuestro personaje. En pocas palabras, Alfredo González Prada, en gesto altivo y digno, se negó a “devolver” a la Sra. de Poindexter a los dos compatriotas, y renunció al cargo en la legación. Además del obvio eco e influencia de la trayectoria y ejemplo de su padre Don Manuel frente a las causas sociales, brilla aquí un rasgo del diplomático peruano que forma parte de la esencia de su carrera, en un sentido clásico: la defensa de los peruanos migrantes. En este caso, González Prada se rebeló ante consideraciones que ponían en un segundo plano la defensa de los sagrados derechos de peruanos que sufrían abusos en el exterior, ante circunstancias supuestamente políticas. No olvidemos la estrecha relación que el gobierno de Leguía tuvo con los EEUU, que no en pocos casos rozó con actitudes sumisas y poco enérgicas, verdaderamente inadmisibles para gobiernos soberanos. Por su actitud, el diplomático Alfredo González Prada bien podría ser considerado como el precursor del extraordinario desarrollo que tiene hoy en día la política consular en la Cancillería, particularmente en lo que se refiere a la protección de los connacionales.

Otras partes del libro de Fernández Prada abundan en una faceta totalmente diferente y que retrata, con aún más intensidad, la nobleza del alma de Alfredo González Prada: su actividad como publicista de la obra de su padre. Me refiero al capítulo III del libro, titulado “El albacea cultural de la obra de su padre Don Manuel”. Bien ha dicho Luis Alberto Sánchez que es difícil encontrar un caso similar de devoción filial por la obra de su progenitor. No hay que olvidar que, en vida, Manuel González Prada alcanzó a editar solo una parte de su producción libresca. El caso más importante fue el de Pájinas Libres, libro editado en París en 1894, producto de la recopilación, refundición y retoque de muchos de los artículos (inéditos o no) que el gran pensador escribió desde el tiempo de su célebre evocación del marino Miguel Grau, en El Comercio de julio de 1885.  Pero esta recopilación hecha en vida fue una excepción. No es exagerado sostener que la mayor parte de los libros de Manuel González Prada, editados en el siglo XX, fueron minuciosa y  literalmente “armados” por su hijo, en distintas etapas de su vida. Don Manuel dejó, en efecto, muchos textos inéditos, anotaciones y recortes. Fue Alfredo quien, con una paciencia de monje benedictino, transcribió y ordenó, temática y cronológicamente, los materiales dispersos de su padre. Sin el aporte de su hijo, las actuales generaciones de peruanos habrían tenido a un Manuel González Prada fragmentario.

Otras partes del libro de Fernández Prada contienen información muy interesante sobre aspectos tales como la genealogía de la familia González Prada y la influencia del pensamiento de don Manuel en su hijo. No deja de llamar la atención, asimismo, la recopilación de documentos históricos relativos a la familia González Prada, entre los que destaca el testamento de doña Adriana de Verneuil, hecho en Lima el 29 de marzo de 1946.

Alfredo González Prada vivió una época que fue a la vez interesante y convulsa tanto en la escena nacional como en la internacional. Le tocó, por ejemplo, la transición entre el gobierno de Leguía y el inicio de lo que Jorge Basadre ha llamado el Tercer Militarismo, iniciado por el golpe de estado de Luis M. Sánchez Cerro, que preludió un tiempo de barbarie (el término es de Guillermo Thorndike) y de luchas sociales y de masas en la historia peruana. En el plano internacional, fue el tiempo del ascenso del fascismo y de la gestación y eclosión de la Segunda Guerra Mundial, con el triunfo de las democracias y de la URSS sobre el totalitarismo japonés, nazi y fascista. Entre las anécdotas vinculadas a la escena internacional, no está de más mencionar los problemas que tuvo Alfredo González Prada cuando, luego de una estancia europea en compañía de su joven y culta esposa norteamericana Elisabeth Howe, retornó a los EEUU donde fue considerado por las autoridades migratorias como “alien enemy”, por la circunstancia de haber nacido en París y, curiosamente, pese a haber trabajado anteriormente en territorio norteamericano como diplomático peruano. No olvidemos que, a comienzos de la segunda Guerra Mundial, la Francia de Vichy llegó a ser satélite de la Alemania de Hitler.

El libro de Fernández Prada incluye también información sobre la trágica muerte de nuestro personaje en Nueva York.

Ha llegado el tiempo de rendir homenaje a ese ilustre peruano que fue Alfredo González Prada. Con todas sus imperfecciones humanas, parafraseando una expresión de Jorge Basadre, no emanan de él, o de su recuerdo, influencias impuras, sino más bien ejemplos dignos de ser imitados. El libro de Fernández Prada es clara muestra de esta actitud justiciera.

 

Hugo Pereyra Plasencia

Lima, 15 de febrero de 2013

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