Bach personal

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Bach personal

¿Por qué una música gusta a una persona y no a otra? Confieso que no he podido encontrar una respuesta clara a este asunto. Intuyo, eso sí, que, con toda su importancia, no son los condicionamientos culturales o la educación los únicos factores para orientar a tal o cual persona hacia ésta o aquélla apreciación de la música. A veces pienso que son, sobre todo, características individuales, muy enraizadas en el interior de cada persona, las que conducen a la fascinación musical, frente a un estilo, a un autor, e incluso ante una sola pieza específica. Por otro lado, siendo la música simple “aire sonoro” (en acertada definición de Ferruccio Busoni), es increíble que llegue a desencadenar semejantes sentimientos y pasiones. Veo difícil que alguien pueda, siquiera aproximadamente, descifrar estos dos secretos fundamentales de la música que son, en realidad, misterios insondables del ser humano.
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Leipzig, 1733. El lugar es la cafetería de Zimmermann, donde tiene lugar una reunión del Collegium Musicum, especie de asociación de burgueses músicos de la Sajonia del siglo XVIII. Sus integrantes, con pelucas y pantalones a la pantorrilla, conforman un auditorio lleno de humo de tabaco y de asistentes que toman café. La música que se escucha será conocida, mucho tiempo después, como el concierto para tres cémbalos y cuerdas en re menor BWV 1063. Interpretan Juan Sebastián Bach y sus hijos Wilhelm Friedemann y Carl Philip Emanuel, acompañados de una pequeña orquesta. El concierto tradicional, tal como lo conocemos ahora, estaba entonces en pañales. No obstante, las pocas decenas de oyentes que se encuentran en la cafetería de Zimmermann atienden al conjunto musical que tienen al frente con una solemnidad parecida a la que puede observarse hoy en las grandes salas de música. Al finalizar la ejecución, Bach no puede reprimir una sonrisa de orgullo al comprobar la pericia de sus jóvenes hijos, discípulos suyos en las complejas artes del cémbalo.
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Es raro, muy raro, que este hombre singular, cuya obra es el cimiento de la música occidental, haya sido tan menospreciado por sus empleadores -los integrantes del Ayuntamiento de Leipzig- quienes no consideraron necesario poner una lápida sobre la tumba de Bach cuando éste falleció. Resulta más raro aún -sobre todo a la luz de los valores contemporáneos- que Bach haya sido tan poco afecto a lucrar con su arte y a auto publicitarse, como sí hizo, por ejemplo (¡y de qué cortesana manera!), su colega y paisano Händel en los reinos alemanes y en toda la Europa de ese tiempo. Y, sin embargo, comparar hoy a Händel con Bach es como colocar los Apeninos al lado de los Himalaya. No es que Bach no haya cobrado por sus obras. Tenía que hacerlo para vivir y mantener a su familia. Pero, para los ojos de hoy día, lo notable es que las motivaciones económicas hayan sido, en su caso, tan secundarias. Salvo honrosas excepciones, para los poderosos de su época, tales como reyes, grandes jefes militares, altos burócratas o banqueros, Bach debe haber sido algo así como una hormiga insignificante. De la abrumadora mayoría de ellos (especialmente de los miembros del Ayuntamiento de Leipzig en 1750), que eran verdaderos modelos de mediocridad y de vanidad, no queda hoy ni siquiera el polvo. En cambio el nombre de Bach, y su música, resuenan hoy, con tono siempre entusiasta y vigente, en todo el mundo.
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Los gozos de Bach estuvieron, más bien, en la enseñanza a los niños y a los jóvenes, y en el perfeccionismo y equilibrio (palabra clave) que desplegaba cuando componía y ejecutaba, tanto en el clavecín, la viola, el violín, o el órgano; tanto en la conducción coral como orquestal; tanto en la intimidad de su hogar como en el marco de grandiosas interpretaciones religiosas. En pocas palabras, su obra es la síntesis de toda la gran música barroca que la precedió, sólo que con un gusto exquisito y a una escala colosal.
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Pese a la grandeza de su legado musical, los contemporáneos consideraron a Bach como “anticuado”. Ello habla con claridad de la miopía sin límites y de la frivolidad que muchas veces ha dominado a la crítica musical en todas las épocas y lugares. De hecho, Bach es ahora considerado como el más universal e intemporal de todos los músicos.
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Música intemporal, en definitiva, pero ello no significa que no podamos identificar sus raíces, ni que Bach las haya ignorado. En la Alemania de su tiempo, la música era casi una artesanía, como podía serlo el tallado o el cincelado. La caja de resonancia de la gran música era, sin duda, el ámbito de las cortes y las iglesias. Pero sus orígenes se encontraban en los ambientes burgueses y también en el medio rural y popular. De hecho, por ejemplo, los brillantes pasajes de trompetas y otros instrumentos de viento que observamos en los Conciertos de Brandeburgo, no son sino ecos de las trompas y cornos de las faenas de caza, actividad típica de la boscosa región de Alemania donde Bach nació y se crió.
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Como suele suceder, quienes desde el comienzo nunca olvidaron a Bach fueron sus discípulos. Y me refiero tanto a los que él mismo impartió lecciones (en particular a sus hijos), como a los músicos posteriores que tuvieron conocimiento temprano de su obra. Entre estos últimos se encuentran Mozart y Beethoven. En la primera mitad del siglo XIX, el redescubridor de Bach para el gran público fue Mendelssohn, otro de sus admiradores. Ya refiriéndonos al presente, no es exagerado afirmar que todos los músicos profesionales comienzan a comprender su arte de la mano, sucesivamente, del Libro de Anna Magdalena Bach, de los Pequeños preludios y fugas, y de las Invenciones a dos y tres voces. Como lo sugiere su nombre, el primero de los libros mencionados fue escrito por Bach para su segunda esposa.

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En un sentido antropológico más amplio, la obra de Bach es una prueba tangible de las enormes potencialidades de nuestra frágil especie humana, que se encuentra perdida, como bien lo sabemos, en un rincón del Universo.
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Hay mucho de místico, poético, glorioso y, casi diríamos, de trascendente, en la obra de Bach. ¡Cómo no sentirlo cuando escuchamos el Oratorio de Navidad, el Magnificat, o la Tocata, Adagio y Fuga en Do Mayor para órgano! Ciertas obras suyas son algo así como reflexiones o meditaciones musicales. En otras, daría la impresión de que, para Bach, componer y rezar eran sinónimos.

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Y, a propósito, algo relativo a la buena muerte cristiana, tema al que Bach fue durante toda su vida muy afecto: si en el momento de mi propia agonía (que espero sea de viejo) llegara súbitamente a mi espíritu lo que siento cada vez que escucho alguno de los preludios y fugas de El Clave Bien Temperado, tendré entonces, para mi tranquilidad, la seguridad de estar bien encaminado.

Buenos Aires, 25 de marzo de 2010

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