EL CORREGIMIENTO DE CAJAMARCA Continuación

[Visto: 8557 veces]

3. EL CASO DEL OBRAJE DE COMUNIDAD DE LA VILLA DE CAJAMARCA.

3.1 Fundación del obraje y características generales

Hacia la segunda mitad de los años setenta del siglo XVI, la encomendera Jordana Mejía, viuda de Melchor Verdugo, fundó un obraje en la misma localidad de Cajamarca. Como ocurrió en los casos de muchos encomenderos y encomenderas del área andina, la solvencia que trajo el tributo de las encomiendas constituyó, por lo general, el respaldo de muchas de las empresas que emprendieron. La base material que fundamentó, en última instancia, la fundación del obraje en la localidad de Cajamarca fue más que sustanciosa: hacia 1570, y con 2,654 tributarios, el repartimiento de las Cuatro Guarangas (que precisamente tenía Jordana Mejía) era considerado el más grande de la jurisdicción de Trujillo. Tampoco debemos dejar de mencionar que este repartimiento, poseído sucesivamente por Melchor Verdugo y doña Jordana, incluyó a muchos artesanos que manejaban tradiciones textiles heredadas de la época prehispánica.

El obraje fundado por Jordana Mejía se paralizó temporalmente en tiempos del virrey Toledo, cuando éste mandó “por las nuebas tassas que los encomenderos no se pudiessen servir de sus yndios”. El 21 de abril de 1579, a instancias de la encomendera, el mismo virrey Toledo ordenó al corregidor de Cajamarca que hiciera “dar a la dicha doña Jordana los yndios que ubiere menester para el dicho obrage”. Amparándose en esta provisión, el 24 de agosto del año siguiente, Pedro de Arévalo, apoderado de Jordana Mejía, solicitó y obtuvo del corregidor Francisco Alvarez de Cueto “ciento y çinquenta yndios” para el servicio del obraje.

En 1593, el obraje tenía diez telares y setenticinco tornos, y trabajaban en él ochentisiete indios. Anejo funcionaba el batán para el enfurtido y acabado de las piezas de tela. Las instalaciones del obraje se componían de un galpón techado con paja, donde trabajaban los indios hilanderos, y varias habitaciones más, con sus bardas de adobe y un cobertizo de paja donde se guardaban las lanas y el algodón. Había, además, cuatro aposentos donde funcionaba la urdidera, donde se lavaba la lana, y donde estaban la prensa y las planchas de bronce y otro para el tinte azul. El complejo incluía finalmente una cocina y un horno para cocer pan.

A la muerte de Jordana Mejía, en 1602, dicho obraje pasó a manos de Nicolás de Mendoza, sobrino del segundo marido de la encomendera. En tiempos de Nicolás de Mendoza, y por disposición explícita de doña Jordana antes de morir, los indios cajamarquinos dispusieron de mil pesos de renta anuales sobre el mencionado obraje. En 1603, Nicolás de Mendoza, vecino de Los Reyes (y usufructuario del obraje), mantenía a Pedro Fernández del Castillo como “administrador y obrajero”. Poco antes, el obraje había estado arrendado a Roque García y a Lucas Meniz.

Hacia 1630, ya muerto Nicolás de Mendoza, el obraje había sido heredado por los indios. En 1642, funcionaba con aproximadamente 300 trabajadores, y daba diez mil pesos de renta cada año (57).

3.2 Paralelismos con los obrajes de comunidad del ámbito de la Audiencia de Quito.

La bibliografía referida a los obrajes de comunidad de la Audiencia de Quito podría orientar de alguna manera la investigación futura sobre la trayectoria de este mismo tipo de obrajes tuvieron en el corregimiento de Cajamarca. Véase, por ejemplo, la siguiente cita de Robson Tyrer:

“Obrajes, as part of encomienda grants, became subject to royal intervention and supervision, and were removed from the direct control of the encomenderos by the late sixteenth century. Administrators were appointed for the obrajes by the viceroy in Lima. Since these posts could be very lucrative, they constituted an important part of the vicerregal patronage system […] Encomenderos founded the obrajes to pay off tribute debts, but the Crown altered this function somewhat by including current tributes in the obraje’s financial obligations. In 1621 Oidor Matías de Peralta, author of Quito’s Ordenanzas de Obrajes, stated: “El principal yntento con que se dieron las lisensias para fundar los obrajes de comunidad los yndios tienen fue de relevarlos en parte de la satisfaccion y paga de tributos, mayormente causados por rezagos”. Revenues from the communal obrajes were analogous to funds deposited in the cajas de comunidad of Peru and Mexico”(58).

4. CONCLUSIONES

El corregimiento de Cajamarca, que mantuvo su jurisdicción primigenia hasta 1759, fue uno de los más extensos y poblados de toda el área andina. Estuvo sólo parcialmente localizado en lo que hoy es el departamento de Cajamarca, pues no incluyó Jaén. Si abarcó, por otra parte, la actual serranía del departamento de La Libertad, hasta el río Marañón.

El viejo corregimiento, nacido en la década del sesenta del siglo XVI, comprendió Huambos (al norte), Cajamarca propiamente dicha (al centro), y Huamachuco (al sur). En el siglo XVI, estos tres nombres designaron, en la práctica, a aglomeraciones étnicas y a repartimientos. En los siglos XVII y XVIII, cada uno de estos nombres designó por lo general a una “provincia”, entendida ya cada vez más como porción de territorio a secas (sin importar quién lo ocupa), y cada vez menos como área asociada estrechamente a su ocupación por un grupo humano específico, que terminaba frecuentemente haciendo extensivo su nombre al territorio. Este último es el sentido que se le da a la expresión “provincia” en el siglo XVI. En cuanto a los siglos posteriores, “provincia”, en su sentido de territorio (más próximo al que manejamos hoy), puede entenderse, en el contexto colonial, de dos maneras: como corregimiento, o como porción de éste.

Se trató de un cambio apreciable, que reflejó la consolidación del sistema colonial, y cuyo período de gestación tuvo lugar en el momento de tránsito entre los siglos XVI y XVII. En efecto, aproximadamente entre la década del setenta del XVI y las dos primeras décadas del siglo siguiente, se verificaron cuatro procesos que tuvieron decisiva influencia en esta modificación de la “personalidad territorial” de la región que estudiamos: 1) la gradual disolución del patrón andino de ocupación “discontinua” del suelo (que confundió tanto a los burócratas españoles de la primera hora); 2) la consecuente consolidación de la red de “reducciones” o pueblos de indios (a la manera de Castilla); 3) la afirmación de la autoridad del corregidor de indios frente a los encomenderos; y 4) la formación de una estructura productiva especializada en el área cajamarquina, centrada principalmente en la ganadería y en los obrajes.

Veamos un ejemplo ilustrativo de este proceso. En el siglo XVI, la parte central del corregimiento de Cajamarca era vagamente distinguida de Huambos (al norte) y de Huamachuco (al sur) allí donde la dispersión poblacional de los habitantes de las Siete Guarangas era más o menos continua. De hecho, existían entonces varias porciones del territorio central del corregimiento que estaban ocupadas no sólo por gente de las Siete Guarangas, sino también por integrantes de otras etnías que llegaban temporal o permanentemente a esta región para aprovechar la riqueza de sus pisos ecológicos. En un contraste marcado, esta misma región central se encontraba, en el siglo XVIII, perfectamente distinguida en el espacio tanto de las “provincias” de Huambos y Huamachuco, como de otras regiones situadas fuera del territorio que ocupó el antiguo corregimiento. Ya bien entrado el siglo XVII, “Cajamarca” dejó gradualmente de designar a la aglomeración étnica de las Siete Guarangas -o a los dos repartimientos en que dicha aglomeración fue dividida- y pasó a ser el nombre de una “provincia” definida, como las de Huambos y Huamachuco. Las tres, ubicadas dentro de una “provincia” más grande que era el corregimiento de Cajamarca.

Entre la década del sesenta del siglo XVI y 1759, el corregimiento de Cajamarca estuvo constituido, pues, por los ámbitos combinados de Huambos, Cajamarca y Huamacucho. Entre 1759 y 1784, Huamacucho pasó a constituir un corregimiento separado de Cajamarca (que retuvo a Huambos). Entre 1784 y 1787, con sus mismos territorios de la época de los corregimientos, Cajamarca y Huamachuco pasaron a formar parte de la Intendencia de Trujillo en calidad de “subdelegaciones” o “partidos”. Finalmente, en 1787, el auge de las minas de plata de Hualgayoc condujo a la creación de Huambos como subdelegación independiente de Cajamarca. Esta situación, que entrañó la división del viejo espacio cajamarquino en tres subdelegaciones, se mantuvo hasta el fin de la época colonial.

Medida de la riqueza -natural y humana- del viejo corregimiento de Cajamarca fueron tanto los pleitos que enfrentaron a los encomenderos en el siglo XVI (por el tributo y la mano de obra), como la indudable importancia y el prestigio que tuvieron sus corregidores, muchos de los cuales fueron nombrados directamente por el rey de España. En ese sentido, es verdaderamente revelador que, durante los siglos XVII y XVIII, la encomienda de las “Siete Guarangas” haya estado en posesión del condado de Altamira, cuyo titular cobraba su considerable tributo desde España. También es significativo observar que tanto la localidad de San Antonio de Cajamarca -residencia del corregidor-, como otras localidades de la región, atrajeron constemente a población española colonizadora -en proporciones considerables para la época- por lo menos desde comienzos del siglo XVII. Se trató de un caso verdaderamente paradójico para toda el área andina: hacia 1766, la localidad de Cajamarca no tenía cabildo de españoles, pero concentraba entonces probablemente más población europea que la ciudad de Trujillo. En general, a fines del siglo XVIII, la población española de los ámbitos combinados de Huambos, Cajamarca y Huamacucho superaba las 10,000 personas.

Otro rasgo peculiar del espacio ocupado por el viejo corregimiento de Cajamarca fue la relativa estabilidad de su población andina. Esta alcanzó los 43,195 habitantes en 1583, 42,137 en 1754, y 73,401 en 1795. Esta situación fue verdaderamente singular, sobre todo si consideramos que dicho corregimiento se localizó en el contexto geográfico general de una de las regiones del virreinato que más sufrieron los embates del llamado “colapso demográfico” de los siglos XVI y XVII. La relativa estabilidad poblacional a que aludimos pudo deberse a la proverbial riqueza agropecuaria de la región cajamarquina (que hizo más benignas las condiciones de vida) y/o a la circunstancia de haber atraído -en parte por estas mismas condiciones de benignidad del medio ecológico- a trabajadores y familias enteras de otras áreas. Es muy probable que este último proceso se haya acelerado en la segunda mitad del siglo XVIII, debido a las necesidades de mano de obra que muy probablemente surgieron a raíz del crecimiento de la producción minera en Hualgayoc.

Todo apunta a sostener que, entre finales del siglo XVI y mediados del siglo XVIII, el corregimiento de Cajamarca se especializó en la ganadería y en la producción obrajera. Las fuentes hablan de la considerable cría de puercos y de mulas en el corregimiento, cuya venta se realizaba en gran parte fuera de Cajamarca. Los documentos mencionan también, de manera explícita, la existencia de gran cantidad de estancias dedicadas a la crianza ganado lanar, fuente de materia prima esencial para el abastecimiento de los obrajes. La combinación de tradiciones textiles heredadas de la época prehispánica, la abundancia de mano de obra, y las facilidades de abastecimiento de lana, hicieron casi natural el surgimiento de obrajes en el área, por lo menos desde la década del setenta del siglo XVI. En un desarrollo diferente al de otras regiones, la producción obrajera en Cajamarca se mantuvo, por lo menos parcialmente, casi hasta los mismos albores de la Independencia. Quedaría por estudiar el vínculo que existió entre el “boom” platero de Hualgayoc -en la segunda mitad del siglo XVIII- y el mantemiento de la producción manufacturera textil hasta una época tan tardía.

Para el caso de la producción textil, el presente trabajo ha tomado como modelo al obraje de comunidad de la villa de Cajamarca que funcionó en el siglo XVII. Este obraje fue fundado por Jordana Mejía en la década del setenta del siglo XVI. Doña Jordana (viuda del tristemente célebre Melchor Verdugo) fue encomendera de uno de los dos repartimientos en que fue dividido el ámbito étnico de las Siete Guarangas. Interesa destacar aquí que, como ocurrió en los casos de varios de los obrajes que fueron fundados por encomenderos en la Audiencia de Quito y en la sierra norte del Perú, el de la villa de Cajamarca nació con el propósito de mejorar la recaudación tributaria y terminó, con el correr de los años, en manos de la comunidad de los indios. Hacia las primeras décadas del siglo XVII, el obraje de comunidad de la villa de Cajamarca llegó a tener aproximadamente trescientos trabajadores. El costo de su arrendamiento fue asimismo considerable (diez mil pesos anuales).

En cuanto a la actividad agrícola, existen referencias del siglo XVIII que hablan de la existencia de una considerable producción de azúcar en Cajamarca, que era colocada en ciudades grandes como Lima. En cuanto a la producción agrícola relacionada directamente con los obrajes, es muy probable que el algodón utilizado en las fábricas textiles -materia prima que se menciona reiteradamente, desde mediados del siglo XVI, en las tasas de encomiendas- haya sido cultivado en el mismo corregimiento.

Desde comienzos del siglo XVII, la villa de Cajamarca parece haber sido punto activo de tránsito de arrieros y comerciantes que hacían operaciones cuyos puntos de origen y destino estaban a veces fuera del ámbito de la Audiencia de Lima, e incluso fuera del mismo virreinato del Perú. Por lo menos un testimonio, ubicado cronológicamente entre 1615 y 1619, habla de la villa de Cajamarca como punto importante en itinerarios de arrieros que unían al Nuevo Reino de Granada y a Quito con el Cuzco y Potosí.

La segunda mitad del siglo XVIII asiste a un significativo crecimiento de la producción minera en la región, centrada particularmente en el asiento platero de Hualgayoc (en el ámbito norteño de Huambos). Se trató, efectivamente, de un crecimiento, y no de una súbita aparición de la producción minera, pues Cajamarca parece haber sido famosa por sus yacimientos de metales preciosos desde el temprano siglo XVI.

La presente investigación ha tenido el propósito de presentar apenas un perfil de las características económicas del corregimiento de Cajamarca durante los siglos XVI y XVII. De acuerdo con el presente estado de los conocimientos, resultaría muy difícil adelantar apreciaciones sobre los ciclos económicos de auge o de depresión que debieron marcar el ritmo de la economía regional cajamarquina. Una fase de investigación posterior, deberá comprender claramente el siglo XVIII, y privilegiar el uso sistemático de fuentes de carácter microeconómico (caso de los libros de cuentas de obrajes y de haciendas). Sería particularmente importante determinar hasta qué punto los ciclos económicos del corregimiento de Cajamarca correspondieron con aquéllos que han sido detectados para las regiones de Huamanga y del Cuzco, siempre dentro de una perspectiva de larga duración (59).

Puntuación: 3.67 / Votos: 9

Un pensamiento en “EL CORREGIMIENTO DE CAJAMARCA Continuación

  1. Juan Carlos Pilcón Caro

    Excelente investigación, felicitaciones, es sencillamente, extraordinario, digno de aplauso y entusiamo, por eso que todos los que amamos nuestra historia , que es parte de nuestro identidadB Cultural, estan con nosotros llamándonos a superar nuestra indiferencia y nuestra frialdad con nuestro pasado.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *