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Publicado por: hpereyra

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¿Buscando un Inca?
(Episodios del siglo XVII en el Perú)



Introducción

“La rebelión de los indios. Jueves, dieciséis de diciembre de 1666 años, octava de la Limpia Concepción de Nuestra Señora. Se descubrió la maldad de los indios que se querían levantar en esta ciudad y matar todos los españoles; y habían de pegar fuego a la ciudad por muchas partes, y soltar el agua de la acequia grande de Santa Clara. Y este mismo día (…) hubo tres temblores muy grandes.”

De esta extraña manera, con un cierto aire apocalíptico, recogió el Diario de Lima de Josephe de Mogaburu una noticia de la capital de Virreinato que era bastante insólita para la época. Se vivía entonces en tiempos del rey español Carlos II, llamado El Hechizado, quien sería el último de los Austrias. En ese momento, los vastos territorios sudamericanos del Perú se hallaban bajo la autoridad de la Audiencia gobernadora, antes de la llegada de un nuevo virrey que reemplazara al fallecido Conde de Santisteban.

En la entrada del Diario correspondiente al 21 de enero de 1667, el redactor refiere que, ese día, ocho indios acusados de formar parte del levantamiento mencionado fueron ahorcados en la plaza de Lima. “Toda la ciudad” concurrió al ajusticiamiento en presencia de soldados de la “compañía del número de San Lázaro” y de otras unidades, armados todos ellos con “chuzos”, o lanzas, seguramente semejantes a las que pueden verse en los cuadros españoles referidos a la Guerra de Flandes, concluida pocos lustros antes: “Y después -continúa Mogaburu- les quitaron las cabezas y fueron puestas en la puente las ocho cabezas y fueron hechos cuartos y puestos por los caminos”. En otras palabras, los cuerpos de los indios fueron descuartizados y sus partes terminaron dispersadas y exhibidas como advertencia.

Aunque el Diario no deja de mencionar otros sucesos más típicos, tales como tomas de posesión de cargos o el anuncio de la salida de la armada del puerto del Callao, parece advertirse también, por esos días, un cierto ambiente de crispación. Poco antes de la ejecución de los ocho indios, específicamente el 3 de enero de 1667 (lo dice también el Diario de Mogaburu), un curioso personaje llamado Pedro Bohórquez, entonces preso en la cárcel real de Lima, era ajusticiado con garrote en su celda por orden de las autoridades. Se sabe que Bohórquez, español (probablemente un morisco) natural de Granada, había sido acusado de levantar a los indios calchaquíes de la remota región del Tucumán, haciéndose pasar, en 1656, de extraña manera, como inca. Había sido traído a Lima, centro de poder de la época, para ser reducido a prisión. Lo interesante es que, a juzgar por otras referencias, la palabra “inca” también estaba asociada al levantamiento ya citado que, según la acusación formal, había sido intentado por los indios de Lima a fines de 1666. En efecto, una fuente señala que el líder del frustrado alzamiento de Lima, un enigmático personaje que se hacía llamar Gabriel Manco Cápac (como el primero de la lista tradicional de los incas), no llegó a ser capturado y desapareció sin dejar rastros.

No había, al parecer, conexión entre el caso de Bohórquez y lo ocurrido en la capital, pero sin duda algo amenazante y misterioso, que se nos escapa, estaba rondando en el ambiente en esos primeros días de 1667. ¿No se siente acaso la voluntad de suprimir rápidamente, sin mayor proceso, todo tipo de peligro potencial que pudiera afectar la seguridad de los españoles? En la mentalidad impresionable y providencialista de ese tiempo, el temor de los españoles de ser aplastados por los indios debió de ahondarse por la coincidencia del descubrimiento de la rebelión con tres “temblores grandes” que se sintieron en Lima ese 16 de diciembre de 1666. Lo cierto es que esta situación dio paso a una auténtica cacería de presuntos implicados dentro y fuera de Lima. Preocupada por las posibles repercusiones de estos sucesos, la Audiencia dio órdenes urgentes a las autoridades del interior para buscar y rastrear al “inca” fugado y a sus cómplices en todos los rincones del reino.



Huancavelica, 1667

En efecto, los acontecimientos resonaron lejos de Lima. Por ejemplo, en la villa de Huancavelica, que era centro económico importante del Imperio español de la época, famoso por la producción del mercurio, esencial para un Virreinato platero. Todo ello consta en un documento fechado a comienzos de 1667, que ha permanecido inédito hasta hoy. De acuerdo con esta fuente, el 11 de enero de ese año, el gobernador de la villa de Huancavelica, Juan Bautista Moreto de Espinoza, comenzó a abrir, en compañía del teniente Fernando de Villalba, en forma paralela o sucesiva, al menos siete breves expedientes para hacer averiguaciones sobre hallazgos que, según ciertos indicios, habían podido tener relación con los acontecimientos de Lima. Los expedientes se encuentran incluidos, uno a continuación de otro, en el documento inédito antes mencionado. El escribano encargado de dejar registro de todas las averiguaciones, que fueron hechas en su mayoría con intérpretes de la lengua quechua, fue Carlos Antonio de las Casas.





“Dentro de pocos días se habían de acabar todos los españoles…”

El primer expediente tuvo su origen en una información confidencial que fue comunicada al gobernador de la villa de Huancavelica por el capitán Francisco Méndez Venegas, poseedor de un “asiento” (¿minero?) en el área: un indio a su servicio, llamado Diego Quispe, le había revelado que, hacia el 11 de diciembre de 1666 (días antes del descubrimiento de la rebelión india de Lima), algunos naturales asistentes a una reunión fúnebre privada habían comentado, de manera enigmática, que “dentro de pocos días se habían de acabar todos los españoles y habían de quedar solo los indios, porque los habían de matar a todos”. Cuando el documento habla de “españoles” se está refiriendo a la sociedad estamental de la época, vale decir, a los blancos, fuesen éstos europeos o no. Como se verá por el estudio que sigue, nada quedó claro. Llevado ante las autoridades españolas, el propio Diego Quispe confirmó la amenaza en su declaración del día 11 de enero, aunque amplió sus dimensiones al hablar de una conspiración de todos los sectores no blancos contra los españoles. Efectivamente, en la reunión por la muerte de su madre de un mes antes, había oído decir a un “cantor que dice ser del valle de Jauja […] que dentro de pocos días habían de juntarse negros mulatos e indios y habían de matar a todos los españoles; y que si acaso algún indio volviese por su amo lo matarían también”. Asimismo, Diego Quispe acusó a Jacinto Bernabé, llamado “el harpero” -otro asistente a la reunión- de haber hablado en los mismos términos.

Llevados a declarar a la fuerza, todos los acusados negaron haber hablado sobre la masacre de españoles, o imputaban este rumor a otros. Algunos llegaron a afirmar que no se había hablado nada acerca de una rebelión o conspiración contra los blancos, sino de la misteriosa aparición, en el puerto de Pisco de un “maldito” de nombre “Mantelillos”. Un testigo decía que Mantelillos “hablaba sin que le viesen”. Curiosamente, en otra parte del texto, el aparecido es citado también como “santo”. Cabe destacar que este personaje fantástico, mencionado por los indios de Huancavelica en 1667, aparece comentado en la literatura española del Siglo de Oro en la forma de un diablo. Debió tratarse de un personaje popular en todo el Imperio español de la época, conocido por igual en las Indias que en la Península. Con seguridad, por ejemplo, el diablo Mantelillos era conocido durante el siglo XVII en la Nueva España. Cabe destacar que, en el caso de los procesados en Huancavelica, la mención no tiene conexión aparente con el levantamiento descubierto en Lima. La cita a Mantelillos puede haber sido una cortina de humo, utilizada por los indios para evitar referirse, directa o indirectamente, a un tema que bien podía costarles vida, en caso de verse involucrados. No obstante, teniendo en cuenta la visión del mundo de entonces, también es posible que los indios que mencionaron este asunto simplemente se hayan creído esta historia de la llegada del diablo, y que la hayan repetido ante las autoridades con seriedad.

El principal sospechoso, un cantor de Jauja de pelo crespo, nunca fue ubicado. Jacinto el harpero, quien lo había acusado, terminó pretextando -con la ayuda del protector de naturales Francisco de Miralles- que había hecho declaraciones estando ebrio. El 29 de enero de 1667, Luis de Monares, alcalde mayor de los naturales, Ignacio Chipana, alcalde ordinario de la parroquia de la Ascensión, y el “maestro cantor” Francisco Tenisela (o Teneycela, según su firma), apoyaron esta interpretación. Tenisela y Chipana aclararon que habían participado de la reunión social (para ver un asunto del “aderezo” de la iglesia de la parroquia) de la cual Jacinto Bernabé había sido sacado violentamente por Luis de Monares para prestar declaración ante las autoridades el 11 de enero.

De manera brusca, sin mayor explicación, las autoridades suspendieron las pesquisas.



Buscando a los hijos del curaca inga de Quiquijana

El segundo expediente se refiere a la averiguación realizada por el gobernador de Huancavelica para ubicar a dos hijos del curaca de Quiquijana. Ellos habían partido de Lima, rumbo a su tierra, más o menos por el tiempo en que las autoridades de la Audiencia descubrieron la “rebelión de los indios” en la capital en diciembre de 1666. Desde la perspectiva de las autoridades españolas, cada viajero podía ser sospechoso de portar cartas reservadas, o de ser miembro activo del levantamiento. De allí la minuciosidad de las indagaciones para dar con el paradero de los hijos del curaca.

De los interrogatorios se puede deducir que Joan y Pedro Atahualpa, respectivamente hijo mayor y menor del curaca de Quiquijana, habían llegado a Lima en los primeros meses de 1665 para ver asuntos legales de su pueblo y también habían conseguido “algunas provisiones” de las autoridades. Habían estado viviendo en una casa situada en la esquina del “tambo de la Guaquilla”, propiedad de un “mulato gordo” residente en la capital. Partieron de Lima rumbo a su tierra, en el área del Cusco, aparentemente llamados por su progenitor. En el Camino Real, a la altura del tambo de Picoy, se encontraron en una disyuntiva. Los viajeros creyeron haber escogido correctamente el camino hacia el Cusco, pero la realidad era que, desde el citado tambo, habían tomado la vía hacia Huancavelica. Cuando se percataron de ello, volvieron sobre sus pasos. Los jóvenes viajaban en compañía de un servidor llamado Augustín Condori, indio natural del pueblo de Acos, de la provincia de Quiquijana, quien estaba enfermo. Este personaje declaró que “su curaca” era Sebastián Tito Condemayta Inga, presunto padre de los jóvenes Joan y Pedro. Precisamente cuando el grupo llegó al paraje de Dos Cruces, hacia los primeros días de enero de 1667, a Augustín Condori le “apretó la enfermedad” y se vio obligado a separarse de los hijos del curaca, que continuaron solos su camino, en dirección hacia “Guamanga o Chinchero”, puntos previos antes de su destino final en el área del Cusco.

Ayudado por un “mulato mayordomo” y por otro hombre, que se apiadaron de él, Augustín Condori fue llevado al molino de Diego de Figueredo, en el área de Huancavelica. Su presencia fue detectada allí por el gobernador y el teniente de Huancavelica, quienes ordenaron apresarlo para ser llevado ante ellos el 11 de enero de 1667. En el expediente, las autoridades españolas señalaron que sabían que el indio enfermo había estado acompañando a otros dos que “pasaron a toda prisa a las partes de arriba”, en alusión a los hijos del curaca de Quiquijana. Iniciaron así un expediente para averiguar si el grupo había tenido algo que ver “en el tratado que tenían hecho los indios de Lima, o si iban a hacer algunas diligencias tocantes a la conjuración”. Augustín Condori declaró no saber nada de las alteraciones de Lima y únicamente comentó que había oído hablar a los hijos del curaca de Quiquijana, en el Baratillo (o mercado) de Lima, sobre el rumor de que los indios serían pronto esclavizados, “herrados” en el rostro y vendidos, y que los hermanos Atahualpa habrían escuchado esto “junto a las casas del Cabildo”. Los interrogatorios se interrumpieron por la enfermedad del sospechoso.

El 14 de enero, el alférez Ignacio de Arroyo y Francisco de Córdova, “soldados de la guarda de a caballo” llegaron a Huancavelica y señalaron al gobernador que tenían orden “del real gobierno para llevar a Lima a todos los indios que de un mes a esta parte hubiesen salido de dicha ciudad”. Sabían de un indio enfermo que se encontraba preso, que había sido hallado en un molino cerca, en alusión a Augustín Condori. Una vez identificado, pidieron que les fuera entregado para cumplir así con la orden superior. No obstante, al día siguiente, el médico cirujano del hospital real de la villa de Huancavelica, Joan de la Torre, opinó que, debido a su deplorable estado de salud, Augustín Condori corría el riesgo de perder la vida si emprendía el viaje a Lima. Ante esta situación, el gobernador de Huancavelica ordenó remitir a Lima un testimonio escrito con sus indagaciones y dispuso que Augustín Condori fuera retenido preso, aunque con cuidados médicos. Asimismo, escribió al corregidor de la provincia de Huanta, Martín de Ilzarbe, para proceder a ubicar y detener a los hermanos Atahualpa. El corregidor cumplió su cometido, pero remitió desde Huanta a Huancavelica únicamente a Joan, por estar Pedro “enfermo con riesgo de la vida”.

Joan Atahualpa fue presentado al gobernador y al teniente de Huancavelica el 29 de enero de 1667. Negó tener conocimiento de las alteraciones de Lima y también que hubiera sabido del rumor sobre la esclavización de los indios. Comentó que en el tiempo que había estado en Lima (en calidad de “indio forastero y sin amigos”) desde los primeros meses de 1665, había estado ocho meses enfermo en el hospital de Santa Ana, y que después había ido a trabajar y a recuperarse a la chacra que Joseph Rubio arrendaba en Guanchiguaylas a las monjas de la Encarnación. Declaró haber obtenido “provisiones” para su pueblo y que los trámites pendientes quedaban en manos del “protector fiscal y de su agente Isidro Manrique”. Careado posteriormente con Juan Atahualpa, el enfermo Augustín Condori cambió su versión y dijo que no había oído hablar de la esclavización de los indios al hijo del curaca, sino a “otros indios forasteros” en Lima. El 31 de enero de 1667, el médico cirujano del hospital real opinó que la enfermedad Augustín Condori iba “cogiendo fuerza y empeorando”. Ante esta situación, las autoridades lo pusieron “en depósito” en el hospital a cargo de fray Joan López, padre prior de dicha institución.

Aquí se detiene el expediente.


El misterioso Lucas Pariacho Poma

El tercer expediente es una causa al indio Lucas Pariacho Poma. Comienza el 15 de febrero de 1667, bruscamente, cuando este personaje se encontraba ya preso en la cárcel real de Huancavelica. La ausencia en el documento de una parte donde Lucas Pariacho declare su identidad, hace sospechar que el texto está incompleto en su parte inicial. En la fecha indicada, el gobernador Moreto de Espinoza declaró que el personaje en cuestión había estado previamente preso en el pueblo de Huando, donde aparentemente había comenzado su detención. Después, había sido llevado a Huancavelica. Moreto señaló que había escrito a Cristobal Nauencopa, alcalde ordinario del pueblo de Huando, “hiciese diligencia para saber de dónde vino [Lucas Pariacho Poma] a dicho pueblo, y si vino de la ciudad de Lima”. Luego de una barroca y sumisa introducción (“...ha sido mucha suerte gozar de su buena salud de vuesamerced la cual aumente el cielo, como este su menor criado de vuesamerced pido y es menester para mi amparo”), Nauencopa había respondido por carta al gobernador diciéndole que, en todo el tiempo en que había permanecido en Huando antes de su captura, Lucas Pariacho Poma había declarado que “venía de Lima”, aunque sin haber precisado cuándo había salido de allí. Por otro lado, Nauencopa comentó haber hallado “entre las estampas del preso” una carta “de su tierra”, que remitía adjunta a su misiva al gobernador.

Se trataba de la carta que un tío de Lucas Pariacho Poma, de nombre Francisco Cáceres, le había dirigido desde el pueblo de Pusillan (¿en el hinterland arequipeño?), con fecha 13 de septiembre de 1664. La carta, presentada en original, tenía al menos dos partes rotas. Cáceres, cacique principal y gobernador de ese pueblo, se dirigía a su sobrino, entonces residente en Lima, quien vivía allí probablemente en calidad de estudiante. Lucas Pariacho Poma, ausente de su pueblo por siete años, se había dirigido previamente a su tío para solicitar a él y a su padre su genealogía, pues quería mostrar en Lima quién era y de quién descendía. Había remitido su carta al pueblo de Pusillan probablemente mediante un “chasque” o cartero de la época, en agosto de ese año. En conjunto, la carta de respuesta de Cáceres, incluida en el expediente (dejando de lado la circunstancia de las extrañas partes rotas), no era un documento subversivo, pero sí tenía un tono abiertamente pesimista y de queja, pues describía la explotación a la que estaban sometidos los habitantes del pueblo de Pusillan a manos del corregidor del área. Con lenguaje elocuente, el tío curaca le decía a su sobrino que no debía pensar en retornar a su pueblo, donde sólo iba a sufrir pobreza.

El 14 de marzo de 1667, llegaron a Huancavelica dos soldados enviados por el maestro de campo Pedro de Garay, corregidor de la provincia de Jauja. Se trataba del cabo Lorenzo de Mesa y del “barrachel de campaña” Pedro de Valenzuela. Venían a recoger a dos presos: el ya citado Lucas Pariacho Poma e Ignacio Callapaguacari (“por otro nombre don Pedro”), para llevarlos a Jauja, aparentemente por orden (o por lo menos con la anuencia) del gobernador de Huancavelica. Los soldados se llevaron también consigo “un testimonio de los autos hechos contra don Ignacio Callapaguancari en siete fojas, y otro testimonio hecho contra Lucas Hacho por otro nombre don Lucas Pariacho Poma en ocho fojas en que van dos cartas originales, la una escrita por don Cristobal Nabincopa alcalde ordinario del pueblo de Guando su fecha en dicho pueblo en doce de febrero desde año de sesenta y siete para el señor gobernador, y otra de don Francisco de Cáceres...” Ambas cartas ya han sido comentadas pero los dos testimonios a Lucas Pariacho e Ignacio Callapaguancari han desaparecido.


¿Dos plateros acusados de hacer “una insignia de las que usaba el inga”? ¿Una corona de plata y coletos de cuero para la rebelión?

Pese a sus pequeñas dimensiones, el cuarto, sexto y séptimo expedientes tienen material suficiente para conocer la esencia de las investigaciones llevadas a cabo por las autoridades españolas. El quinto es apenas un fragmento, lo que hace difícil reconstruir el contexto y el día preciso en que se inicia. Comienza con las declaraciones de un indio, de quien no conocemos su nombre. Por la ubicación de este quinto expediente fragmentario en el documento, la averiguación debe haber ocurrido durante los primeros meses de 1667. La declaración del indio anónimo se refiere, en tono de queja, a la obligación de trabajar “a pesar de tener provisión del gobierno”. En la única parte interesante de este fragmento, el indio es preguntado si conoce a don Gerónimo Lorenzo Limaylla. A ello “respondió que es verdad que le conoce de haber aprendido juntos el oficio (¿?) cuando eran muchachos en Lima y que era principal del valle de Jauja y ahora dicen que está en España...” Limaylla aparece citado en otras fuentes de la época como un curaca de mucho prestigio quien, en efecto, llegó a hacer un viaje a la Península. Se sabe que presentó allí un largo memorial, que hoy se conserva en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Lo que no queda en absoluto claro es la relación entre Limaylla y la rebelión supuestamente tramada por los indios de Lima.

Los expedientes cuarto y séptimo contienen los interrogatorios -realizados por separado- a los plateros Sebastián Llancan y Fernando Quispialán, ambos naturales del valle de Jauja, que por entonces ejercían su oficio en Huancavelica. Se los acusaba de haber hecho “una insignia de las que usaba el inga”. La declaración de Fernando Quispialán, realizada el 7 de febrero de 1667, es la menos interesante, porque el expediente se interrumpe a poco de haber comenzado. Este personaje declaró que era “natural del pueblo de la Concepción del valle de Jauja, del ayllo Lurin Guanca”, de cincuenta años de edad “poco más o menos” y que era “oficial platero” y había usado dicho oficio en la parroquia de San Cristóbal “de la otra banda del río” de la villa de Huancavelica.

El expediente (cuarto) correspondiente al otro platero está completo y es más detallado. Se inicia, el 9 de febrero de 1667, con la denuncia que realizó la viuda Bernarda de Padilla, moradora en Huancavelica. Ella declaró que habiendo ido a la parroquia de la Ascensión a buscar un platero para reparar un “topo” (alfiler para sostener la manta), había entrado en la casa del indio platero Sebastián Llancan y había observado que éste se encontraba sacando una réplica de una corona de plata de Nuestra Señora de Acobamba. Asimismo, vio que estaba trabajando sobre una planchita de plata del tamaño de una cuartilla de papel con las armas del “Rey nuestro señor”, adornada con una corona y leones. Interrogado por doña Bernarda sobre la naturaleza de este trabajo, Sebastián Llancan le comentó que se la había mandado hacer Francisco “el cantor”, que vivía detrás de la iglesia de la Ascensión y que “en el valle de Jauja todos los indios tienen esta insignia y que era para cuando hubiese guerra ponerla en la bandera y levantarla…”. Sobre la corona, Bernarda de Padilla dijo que el platero le había señalado vagamente que estaba haciendo esta réplica “para Nuestra Señora”.

El mismo 9 de febrero, Sebastián Llancan fue reducido a prisión y conducido ante el gobernador de la villa. Declaró su nombre, oficio y ser asimismo natural del pueblo de Apata en el valle de Jauja, del ayllo Lurin Guanca, casado y de 42 años de edad. Señaló que vivía en la parroquia de la Ascensión, junto a la carnicería. Sobre el trabajo en la plancha de plata, denunciado por la viuda Padilla, dijo que, en efecto, había hecho una “planchita de un yeme de largo” y había esculpido en ella dos leones a los lados, una cruz al medio y una corona encima. También corroboró que el trabajo se lo había mandado hacer Francisco Tenisela, “cantor” que vivía a espaldas de la iglesia de la Ascensión, y que ya se lo había entregado hacía como una semana, o sea a comienzos de febrero de 1667. Cabe recordar que este maestro cantor es el mismo que fue mencionado en el primer expediente. El 29 de enero, había defendido a su amigo Jacinto Bernabé, “el harpero”, señalando que sus declaraciones no tenían valor porque las había realizado estando borracho. Llama la atención que Francisco Tenisela aparezca primero como amigo de un indio acusado de haber hecho declaraciones subversivas y que, pocos días después, aparezca encargando una insignia de plata “para cuando hubiese guerra”. En cuanto a la insignia, el platero indicó saber, por boca de Francisco Tenisela, que eran las “armas” que el Rey les había otorgado a los indios cañaris del valle de Jauja para presentarse ante el gobernador. Señaló también, que Tenisela había añadido que “aquellas armas usaban antiguamente en tiempo de guerra y las tenían los cañares de dicha provincia (de Jauja) y hoy en día las tienen y cuando salen acompañando al corregidor de dicha provincia van con ellas dichos cañares…”. Se sabe que los cañaris descendían de mitimaes norteños, provenientes del actual Ecuador, que habían sido trasplantados en el valle de Jauja por los cuzqueños antes de la llegada de los españoles.

Con relación a la corona de plata de Nuestra Señora de Acobamba, Sebastián Llancan señaló que ella le había sido encargada por las mismas “hermanas de Nuestra Señora de Acobamba” “y que después de tenerla hecha le trajeron otra para que la viese y que se la entregó para que la llevasen al pueblo de Acobamba, presumiblemente para ser usada el día de la fiesta del lugar, que se había llevado a cabo el día 2 de febrero. Dijo haber entregado esta segunda corona a una india llamada Ana Isabel, quien había sido la que se la había mandado hacer.

El expediente concluye aquí, sin ningún interrogatorio a que hubiera sido sometido Francisco Tenisela ni la misteriosa india Ana Isabel.

El sexto expediente comienza señalando que el gobernador Moreto de Espinosa había recibido nuevas de que “un indio curtidor del pueblo de Acoria” había “aderezado muchos pellejos para coletos...” El coleto era un arma defensiva de guerra, que protegía el tórax. El 2 de marzo de 1667, se mandó llevar a la cárcel real de Huancavelica al indio de nombre Juan Pascual Vega. Éste declaró que era natural del Cusco, que había sido criado en el pueblo de Acoria de la provincia de Angaraes y que era ladino en la lengua española y casado con Andrea de Godoy. Indicó que antes de ser curtidor había sido sastre. Negó haber preparado recientemente pellejos para “coletos”, y sólo admitió que, hacía dos años, había hecho uno de vaca “para aprender”, el cual había vendido hacía un año en el tambo de Picoy “a un español arriero del Cusco”. Concluyó diciendo que normalmente curtía suelas para sustentarse, en “muy poca cantidad”.

El expediente se detiene allí.



Apreciaciones generales

¿Esclavos indios?

¿Surge alguna evidencia, o al menos algún indicio, sobre el origen de todas estas conmociones, desde el tiempo del descubrimiento del complot en Lima el 16 de diciembre de 1666? En la averiguación referida a los hijos del curaca de Quiquijana, se puede apreciar que por entonces se había difundido un rumor entre las poblaciones andinas –que aparentemente no tenía base- sobre la inminente esclavización de los indios. En palabras de la época, ello quería decir que los indios iban a ser “herrados en el rostro”, como lo eran entonces los esclavos negros. Esta expresión podría referirse a la infamante condición de ser marcados en la cara con un hierro al rojo vivo y de convertirse en mercancías humanas, como lo habían sido los indios de las Antillas. Como hemos visto, el mencionado Augustín Condori declaró que, estando en el Baratillo de Lima, había oído decir a los hijos del curaca de Quiquijana que ellos, a su vez, “habían oído decir que habrán de herrar a los indios y los habían de vender y que lo habían oído junto a las casas de Cabildo de Lima y que no sabe si lo oyeron a españoles o a indios…”. Es probable que este rumor haya sido la fuente de una suerte de temor colectivo en el seno de las poblaciones indias, que estaban interconectadas en todo el vasto espacio del Virreinato por mecanismos de difusión oral., o por medio de cartas, en el caso de los indios letrados.


La amenaza de los indios nobles

¿Temían los españoles un levantamiento que hubiera sido organizado y dirigido por los indios nobles (curacas), particularmente aquellos descendientes de los incas? Sus acciones y sus minuciosas pesquisas parecen sugerirlo así. Más interesante aún es constatar el orgullo que los propios curacas parecen haber tenido sobre su status dentro de la sociedad indígena. En la carta, ya mencionada, fechada el 13 de septiembre de 1664, suscrita por Francisco de Cáceres, “cacique principal y gobernador” del pueblo de Pusillan (en el valle de Puquisillani, ¿del espacio arequipeño?), éste le recomienda a su sobrino Lucas Pariacho Poma, que “no te acompañes con malas compañías y dar gusto a vuestro maestro o con quien estuvieres y hablar a derechas y ser cortesano”, porque “todo eso debe hacer uno siendo noble...” Como se dijo en otro pasaje de este estudio, el sobrino, entonces residente en Lima quizá en calidad de estudiante, había pedido a su tío ayuda para que su padre le remitiese su “filigaçion” (¿filiación genealógica?). Ante este pedido, el curaca Cáceres le respondió que cuando su padre (quien había ido a Potosí “a cobrar el tributo de Su Magestad”) retornara, “se hará la filiación yo también iré al pueblo a hacer diligencias y conque firmaremos y firmarán todos los principales y declararán quién(es) fueron nuestros abuelos; con eso no te harán molestias ninguna nadie y sabrán quién eres...” En otras palabras, Luchas Pariacho Poma, que era presuntamente molestado en Lima por su condición de indio, deseaba exhibir una genealogía donde constara su condición de noble.



¿Viviendo en medio de una epidemia mortal?

Por otro lado, a juzgar por el documento de Huancavelica, algunos de los indios procesados estaban enfermos de gravedad, o lo habían estado en un pasado reciente. En su declaración, Joan Atahualpa llega a decir a sus interrogadores que “es de edad de veinte o veinte y un años aunque parece de más por estar con las enfermedades y trabajos que ha pasado, avejentado”. En el tiempo en que estuvo en Lima, entre comienzos de 1665 y fines de 1666, Joan llegó a pasar ocho meses en el hospital de indios de Santa Ana de la capital, aquejado por un mal desconocido. Recordemos también que el otro de los hermanos Atahualpa, de nombre Pedro, enfermó en Huanta y no pudo ser conducido preso a Huancavelica para declarar ante el gobernador. En otro pasaje del expediente, es llamado a declarar el médico cirujano del hospital real de la villa de Huancavelica, Joan de la Torre, para certificar si el indio Augustín Condori estaba en condiciones de viajar a Lima. Su respuesta es negativa: la enfermedad era tan grave, que el indio no resistiría el largo viaje. Cabe observar que son los indios los que caen enfermos, no los españoles. También hay que observar que los tres indios antes citados habían salido juntos de Lima en diciembre de 1666, por lo que podría deducirse que se trataba de un mal que golpeaba a los naturales que vivían en la capital, o que el contagio se originaba allí. Lamentablemente, los síntomas del mal (salvo ocasionalmente menciones a “calenturas” o fiebres) no se describen. ¿Estaban los protagonistas de la época, hacia 1666-1667, inmersos en otro ciclo epidémico semejante a los que habían afectado a la población andina desde el tiempo de la Conquista? ¿Habrá sido ésta una causa muy específica del malestar generalizado? ¿O era un asunto limitado a Lima y sin mayores consecuencias?




Malestar social

Aunque sólo se trata de una especie de ventana que permitiría atisbar un todo, una fuente de 1664, ya mencionada, incluida en el expediente, habla de un claro malestar social y económico en cierta área específica del Virreinato. Surge aquí la clásica imagen de la explotación de los indios a manos de los corregidores, o gobernadores de las provincias en el siglo XVII. Como se comentó en otra parte de este texto, la fuente es una carta que el curaca Francisco Cáceres, entonces habitante de un área vinculada a la economía de Arequipa, en el Sur, escribe a su sobrino Lucas Pariacho Poma, que entonces vivía en Lima. El dramatismo de este texto no es en lo absoluto fingido. Se trata de una carta que fue obtenida por las autoridades para probar supuestas actividades subversivas, y que no había sido escrita para ser de conocimiento público. No hay alusiones directas o indirectas a algún levantamiento, pero sí se siente el amargo tono de queja de un curaca sureño orgulloso de sus ancestros, pero también abrumado por el hecho de que todas las casas del pueblo de Pusillan, incluso la suya propia, se encontraban por los suelos, sin nadie quien las mantuviera, debido a la total dedicación de los indios del lugar a las “granjerías” del corregidor. Según la carta, esta situación obligaba al viejo curaca a estar retirado en el valle de Puquisillani. El corregidor “envía a Arequipa por vino y envía a San Antonio a cargar sal, otros van a sacar sal a la laguna de Azángaro; también tiene matanzas de machorra y [a] otros envía a Paucartambo por coca para despachar a Potosí y otros van por harina a Cochabamba también envía a Potosí con carneros de Castilla y el teniente por otra parte, conque no hay quien asista en el pueblo sino las mujeres viejas aunque hubiera dos mil indios no alcanza para tanto trabajo y si no enteramos nosotros para tantos trabajos van los alcaldes y principales; ni gobernador está seguros [sic] porque no hay indios ni alcanza para tantos servicios hasta las viejas que están en el pueblo y viejos; reparte [n] vino para que beban cada botija diez pesos [como] si fueran lleno todavía se puede recibir vienen vacías que no tienen dos pesos de vino conque los pobres viejos no pueden [...]; y así los caciques y principales pagan tributo y otros servicios personales de su bolsa y otros tantos servicios que hay en el pueblo conque los principales no tienen para tanto ni para comer ellos no alcanzan porque las haciendas que tenían todo se ha perdido en estas cosas del corregidor tenientes, conque nosotros quisiéramos ir a Chuquisaca o Lima a alcanzar algún provisión para descanso de [los] pobres indios nos vemos tan pobres no tenemos con qué aviarnos y de esta manera está ya perdido el pueblo y así te aviso que no pretendas venir a este pueblo para pasar pobrezas y desdichas: más vale pasar en tierras extrañas...” Además de las denuncias, salta a la vista en esta carta que el pueblo de Pusillan tenía estrecha relación no sólo con Arequipa, sino con el Alto Perú, centro de la economía platera. La expresión “tierras extrañas” se refiere a la ciudad de Lima. En otras palabras, el tío señala que es preferible vivir como forastero que padecer pobreza. De haber sido este malestar común a Pusillan y a la mayor parte de los pueblos del interior, al menos desde 1664, ¿no habrá sido esta situación, aunada a un posible rebrote epidémico, causa suficiente para animar a muchos indios a rebelarse a fines de 1666?



Aspectos de la vida cotidiana

Independientemente de la materia bajo estudio, y como ya debe haber sido advertido, el expediente completo es un rico venero para ilustrar distintos aspectos de la vida cotidiana de la época. La fuente habla igual de la ropa que usaba un hijo de curaca (con “paño de Quito”), que de las brutales prácticas judiciales de la época. En general, este viejo texto escrito en letra procesal encadenada da vida a toda una estampa del Perú del siglo XVII.

Varios de los indios de Huancavelica declararon ser “forasteros” originarios del área de Jauja. Otro indio ya citado, Diego Quispe, declaró vivir en Huancavelica, pero ser “natural de Oropesa provincia de los Aimaraes”. Por su importancia económica, no resulta raro que Huancavelica haya sido entonces una especie de imán para la población indígena de otras áreas. Juan Pascual Vega, indio curtidor ladino en la lengua española, declaró ser natural del Cusco. En términos más generales, esta fuente refuerza la idea de que la población andina se encontraba dispersa y entremezclada, vale decir, fuera de sus regiones y pueblos de indios o “reducciones”. Del expediente parece quedar muy claro que había bastantes indios “forasteros” que vivían en la propia capital limeña. Como suele ocurrir, para dolor de cabeza de las autoridades españolas, la realidad era mucho más rebelde y compleja que la situación ideal promovida y ordenada por las leyes.

Entre los oficios, se mencionan aquéllos tradicionales, como es el caso del “maestro sastre”, del “oficial platero”, del ollero o del curtidor de cueros, pero también aparecen “cantores” y al menos un “harpero”. Estas últimas menciones son lógicas, por la importancia que la música tenía en los rituales barrocos de ese tiempo. También hay un “Gregorio el pintor”, aunque, a decir verdad, no se sabe si era de brocha gorda o de pintura artística. Es curioso también el cuidado que tenían las “parroquias” de indios en el cuidado físico de sus iglesias. El expediente menciona a un tal Joseph de Gobea, como “maestro cantero”, pero no aparece claro si era indio o español.

En cuanto a los asuntos de género, tan en boga hoy en día, la abrumadora mayoría de personajes, ya sean indios, de castas o españoles, es masculina. No hay mujeres citadas directa o indirectamente, salvo los casos de la viuda Bernarda de Padilla (que acusó al indio platero en febrero de 1667 de hacer un emblema de plata “para la guerra”), de las “hermanas” de Nuestra Señora de Acobamba, de una “india Anna Ysabel” (que habrían mandado hacer una “corona” de plata para su Virgen) y de la madre fallecida del indio Diego Quispe (personaje clave del primer expediente), en cuya reunión fúnebre, realizada en una casa particular de Huancavelica, alguien había hablado de una inminente matanza de españoles, menos de una semana antes de que el complot de los indios fuera descubierto en Lima en diciembre de 1666. Bernarda de Padilla es la única mujer de carne y hueso que aparece declarando ante las autoridades.

Queda muy clara la brutal actitud autoritaria de los magistrados y burócratas de entonces (que existía también, por cierto, en la España de la época), amainada por una que otra reacción de caridad cristiana, vinculada a la atención de enfermedades. Tampoco es infrecuente que el protector de los indios se encuentre presente durante los interrogatorios.

También es obvio el exhaustivo y rígido control a que estaban sometidas las poblaciones andinas, que afectaba incluso, como hemos visto, al sector privilegiado de los curacas, o señores étnicos, a quienes también se llama “caciques” (a la manera caribeña). Como se puede ver, este control era ejercido no sólo dentro de los conglomerados urbanos de la época, sino especialmente en todos los tambos y caminos conocidos que vinculaban a Lima con las localidades sureñas del interior.



¿Tenían las autoridades españolas inseguridad y temor?

No se menciona con esas palabras en el texto, pero se percibe entre líneas: a poco más de un siglo de la Conquista, las autoridades virreinales ejercían una supervisión tan firme y completa sobre las viejas poblaciones andinas derrotadas, que ella parecía revelar cierta inseguridad, temor y hasta, quizá, una mala conciencia soterrada. No era de extrañar, porque los blancos eran minoritarios y basaban su autoridad no sólo en sus espadas, picas y arcabuces, o en el aplomo que les daba la conciencia de pertenecer a la civilización dominadora, sino en una deliberada política orientada a dividir a los indios, negros y castas. Y, particularmente, a fragmentar a los distintos sectores indios. Para los españoles, la invocación al Inca era muy peligrosa porque se orientaba en el sentido de la unificación indígena. En el largo plazo, no se equivocaban: más de un siglo después, el símbolo incaico surgiría amenazante tanto en el levantamiento de Túpac Amaru II, como en la posterior insurrección del cacique Pumacahua y de los hermanos Angulo. Ambas conmociones fueron masivas y muy sangrientas. Volviendo al siglo XVII, más en sus gestos y actos que en sus palabras, las autoridades parecían manifestar dudas sobre la propia legitimidad de su dominación sobre la tierra, y mostraban un recelo especial frente a los curacas y sus familias.

Sin embargo, para el levantamiento descubierto en Lima en diciembre de 1666, no se aprecia con precisión si quienes estaban, literalmente, buscando un Inca huido (en este caso, para capturarlo y ejecutarlo) eran solamente las nerviosas autoridades virreinales, o si también lo hacían los integrantes de los pueblos andinos, sólo que en un sentido distinto; vale decir, tratando de hallar algún símbolo o emblema de rebelión que unificara a toda la nación india, cuya feroz división había facilitado tanto la Conquista en el siglo XVI. Pocos años antes, en 1663, en el pueblo de Churín, al noreste de Lima, había ocurrido un suceso singular: hastiados por el trabajo forzado en el obraje local, miles de indios habían rodeado la población al grito de “fuera los españoles de esta tierra, que es de nuestro rey inga”. Pero, en el caso del documento que comentamos, correspondiente a los años 1666-1667, no hay ni una sola línea que permita siquiera sospechar la existencia explícita, en el seno de las poblaciones andinas, de un sentimiento de renacimiento de la autoridad de los incas. El hecho de que se sienta que algo se está ocultando durante los interrogatorios, no es una prueba para afirmar la existencia objetiva de este sentimiento. De hecho, la fuente de este supuesto reverdecimiento es –en el caso concreto de este documento- más la paranoia de las autoridades virreinales que una esperanza india soterrada o manifiesta.



Armando el rompecabezas

Quedan, no obstante, demasiadas cosas en el aire. El conjunto de toda la documentación referida a estas conmociones (del cual el expediente de Huancavelica es sólo una de las piezas) incluye la mención de al menos dos hijos de curaca de nombre Atahualpa, de un prófugo que se hacía llamar Gabriel Manco Cápac, y de un curaca cusqueño, de nombre Sebastián Tito Condemayta, que descendía de los incas. Con diferencia de pocos años (entre 1656 y 1663), el nombre del inga, o rey inga, había sido invocado en contextos de alteraciones aborígenes en puntos del territorio del Virreinato tan alejados entre sí como el Tucumán y el área de Churín, en la sierra de Lima. Además, para los españoles, la amenaza asociada al nombre “inca” o “inga” (ya sea encarnada en una persona o como símbolo) era muy antigua. En el siglo XVI, Francisco Pizarro había mandado ejecutar al inca Atahualpa. Cuatro décadas después, ante una gran muchedumbre de indios, el virrey Toledo decapitó en el Cusco al primer inca Túpac Amaru. Creyó haber acabado así con la popularidad de los incas, aunque todo hace pensar que el efecto fue precisamente el inverso. A comienzos del siglo XVII, el oidor Juan de Solórzano Pereyra –antecesor relativamente lejano de Moreto de Espinoza en el gobierno de Huancavelica- escribió en su Política Indiana que los indios guardaban secretamente el recuerdo de su Inca.

Volviendo al expediente de Huancavelica, y tocando otros aspectos poco claros, hay, como se ha visto, personajes enfermos como si se estuviera desarrollando entonces una epidemia que se ensañaba particularmente contra los indios y no contra los españoles. Asimismo, corrían rumores de una posible esclavización de las poblaciones andinas y de una inminente –y sangrienta- rebelión contra los españoles protagonizada por los indios. También se hablaba de una alianza de éstos con los negros y mulatos, lo que era particularmente amenazante en una ciudad como Lima, donde el número de los pobladores de origen africano alcanzaba la mitad de la población. En todo caso, la alarma y el nerviosismo de los blancos se perciben a flor de piel. La cacería fue no sólo contra personas concretas, sino que se orientó también a buscar símbolos, como lo atestiguan de manera fehaciente las pesquisas contra los plateros de Huancavelica.

No hemos considerado el momento en sí, en tiempos de un interinato a cargo de la Audiencia, vale decir sin la presencia, la indudable autoridad y el prestigio de un virrey. ¿Podía ser percibida acaso la ausencia de un representante del rey como un vacío de poder, peligroso para las autoridades españolas, pero también propicio para un levantamiento general desde la perspectiva de los curacas descontentos?

Como se dijo antes, hay muchas cosas que hacen ver que había algo grave y de grandes proporciones que escapa hoy a nuestro conocimiento. Lo que sí parece fuera de duda es que, al margen de alguna evidencia de violencia o de rebelión, la imagen idealizada de los incas sí era de uso cotidiano más o menos por ese tiempo: lo patentizan, por ejemplo, esas ilustraciones de época, asociadas a centros de culto católico y a manifestaciones artísticas de los propios indios, donde aparece la sucesión de imágenes de los reyes españoles al lado de las representaciones idealizadas de los incas de la lista tradicional, desde el mítico Manco Cápac hasta el trágico Atahualpa. De todos modos, la idea de los incas estaba allí, flotando en el ambiente, como bien lo expresó -con tanta brillantez- Alberto Flores Galindo.



Historia de un hallazgo documental


Son pocos los papeles que nos permiten reconstruir, en conjunto, los extraños sucesos de 1666 y 1667. Ya hemos mencionado el Diario de Lima de Mogaburu. A esta fuente se añaden documentos dispersos en archivos peruanos y españoles. Desafortunadamente, los autos seguidos en Lima que condujeron a la ejecución de los ocho indios en enero de 1667, no han sido encontrados en ninguna parte. El documento de Huancavelica, ya mencionado, es uno de los pocos que se refieren a las repercusiones de los sucesos de la capital en el interior. Su hallazgo merece ser evocado con algún detalle.

En los primeros meses de 1980, siendo estudiante de Historia en la Universidad Católica, tuve ocasión de hacer un viaje de investigación al departamento de Huancavelica. Esta expedición académica había sido financiada por la Compañía Minera Buenaventura, la cual, por entonces, trabajaba allí los yacimientos de plata de Huachocolpa y Julcani. El nexo entre esta compañía y el grupo de estudiantes que pudieron viajar, fue el profesor de Filosofía Alberto Benavides Ganoza. A su generosidad debimos esta estupenda oportunidad de investigación histórica en el terreno. El grupo llegó a la ciudad de Huancavelica desde el departamento de Junín en el llamado “tren macho” (que tenía que detenerse y tomar impulso en ciertos trechos por lo accidentado del terreno). Huancavelica, la capital, era entonces una localidad esencialmente andina, libre todavía de influencias “modernas”, originadas en la Costa. El departamento era, en general, tierra muy alta con pueblos y activas comunidades andinas, como Anchonga, a cuya localidad llegamos en plena fiesta, con música y colorido. También había poblaciones situadas en zonas bajas y cálidas (como Lircay) y punas donde zorros de ojos brillantes cruzaban los caminos por las noches y donde grandes grupos de auquénidos corrían a la desbandada, al paso de los vehículos, en lo que se nos aparecía –con no poco deslumbramiento- como una especie de imagen emblemática del Perú.

Para nuestra sorpresa, no había entonces en la ciudad de Huancavelica un archivo histórico departamental. Interrogadas sobre la existencia de documentos del Virreinato, las autoridades municipales nos llevaron a un depósito, abrieron su puerta y prendieron la luz. Ante nuestros ojos había decenas de pilas de documentos, casi todos de los siglos XVI y XVII, de muy diferente naturaleza. El hallazgo nos conmovió, porque, junto con las iglesias de piedra de la ciudad, se trataba de restos elocuentes de los años de gloria de la localidad, cuando Huancavelica, la ciudad del mercurio, llegó a ser uno “de los dos ejes del reino”, en palabras del virrey Francisco de Toledo. El otro eje había sido Potosí, y su Cerro Rico de plata, en el Alto Perú.

Retornando al episodio del depósito municipal, recuerdo que me acerqué a la pila de documentos que tenía más cerca, y revisé el primer legajo, que era de naturaleza notarial. El segundo documento era el cuadernillo (de sólo 30 folios) que contenía las averiguaciones que había dirigido el gobernador de la villa de Huancavelica desde enero de 1667, que han sido estudiadas en este trabajo. Bastó leer, bajo la luz tenue de las lámparas, en esa preciosa letra procesal encadenada del siglo XVII, la expresión “se habían de acabar todos los españoles y habían de quedar solo los indios” en el recto del primer folio, para captar inmediatamente la atención. Más de 300 años después de la redacción del documento, diversos hechos, personas e instituciones, que habían permanecido en el olvido durante tanto tiempo, volvían otra vez a la vida.

De vuelta en Lima, el Dr. Franklin Pease, nuestro profesor de Etnohistoria Andina en la Universidad Católica, se interesó mucho por este documento. Tanto, que viajó a Huancavelica y fotografío el material ya ubicado con el objeto de convertirlo en microfilm. A mediados de 1980, me pidió que trascribiera el texto en tres rollos numerados como “4”, “5” y “6”. Una vez concluido el trabajo le devolví los rollos, que todavía deben encontrarse entre sus documentos personales. El recordado Dr. Pease, quien falleció en 1999, utilizó este documento al menos una vez, para un artículo que publicó en una revista quiteña sobre el tema del mesianismo andino. Yo conservé una copia del documento trascrito que, treinta años después, en mis momentos de descanso como cónsul peruano en Buenos Aires, ha servido para preparar estas líneas, que dedico a la memoria de mi maestro.

Para concluir, recuerdo que el Dr. Pease me transmitió una observación sobre el número del año en que fue descubierta la conjuración de los indios de Lima, que hasta ahora me intriga: ¿no habrá sido 1666, con su repetición de tres veces seis, objeto de alguna creencia de tipo cabalístico, o incluso apocalíptica y diabólica, que haya predispuesto a los indios a conjurar y a los españoles a estar en guardia? ¿Será necesario acudir a algún Umberto Eco o a algún otro gran erudito que nos aclare este asunto? Teniendo en cuenta que estamos hablando de la era barroca, y de acuerdo con la mentalidad de la época, ¿no habrá estado el demonio Mantelillos asomando su pícaro rostro sobre el escenario e influyendo sobre todo sin que nos hayamos dado cuenta? ¿No creían acaso algunos indios de Huancavelica que el mismo diablo había desembarcado en el puerto de Pisco a fines de ese enigmático año 1666?


Buenos Aires, 19 de mayo de 2010

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Mi abuela Rosaura


A juzgar por muchas fotos antiguas, mi abuela celendina Rosaura Sánchez Horna fue en su juventud una mujer distinguida y hermosa. Y también muy especial, y de extraño magnetismo con los animales, al menos si nos atenemos a un viejo recuerdo familiar que conserva mi hermano Carlos (y que a mí se me ha borrado totalmente) que la muestra recibiendo a su azor de garras afiladas en su brazo sin protección, cuando le daba de comer, luego de llamarlo haciendo sonar el cuchillo en una roca. No obstante, si no hubiera sido por su eterno vestido de luto, y por una cierta dureza que muy rara vez asomaba en su rostro, yo la recordaría como lo más parecido a la abuela de un cuento, siempre llena de cariño. Es la imagen del retrato que le hizo el fotógrafo Pestana, con su delicado cabello ya esencialmente cano, con una mirada tranquila aunque desbordando fuerte y definida personalidad. Y como a punto de esbozar una sonrisa.

De todos mis abuelos, es de Rosaura de quien tengo menos noticias sobre sus antepasados. Su partida de bautismo, firmada y rubricada por Juan de D. Pereyra, dice lo siguiente: “María Rosaura Sánchez, hija legítima de Wenceslao Sánchez y de Lucía Horna, de raza blanca, bautizada por el párroco Fidel Chávez. Fueron sus padrinos don Tomás Horna y doña Manuela Castañeda, bautizada el 1 de marzo de 1889, de un día de nacida”. No lo dice, pero la fecha tópica debe ser el pueblo de Celendín, en Cajamarca. Mi padre fue el último de sus siete hijos y, consecuentemente, la distancia cronológica entre ella y yo fue siempre grande. Desde temprana edad, yo sabía que el único pariente vivo de mi abuela era su hermano Eleuterio, pianista y músico aficionado y autodidacto, a quien por cierto yo jamás conocí. Él casi nunca visitaba a su hermana, seguramente debido a su ancianidad. No hubo tíos o primos Sánchez u Hornas que enriquecieran con sus relatos la historia de esa rama de la familia. Entre los pocos recuerdos que ella transmitió se encuentra el de su matrimonio a los quince años con mi abuelo Emiliano (que entonces tenía diecisiete), que ocurrió en 1904. También el de los ataques de hordas de bandoleros sobre Celendín, su pueblo natal de la sierra cajamarquina, que probablemente ella misma presenció cuando era una niña de menos de diez años, a fines del siglo XIX. Y nada más, como si el tiempo se hubiera tragado la memoria de sus ancestros.

Su recuerdo está íntimamente asociado a la casa que habitó hasta su muerte en Lima, en el barrio de Breña. Mi abuelo Emiliano Pereyra Muñoz la había comprado en tiempos del presidente Leguía, cuando se estableció temporalmente en la capital para ser congresista por Cajamarca. (Una vez encontré en uno de los rincones de esa casa, totalmente apolillada, una inmensa fotografía de Augusto B. Leguía, que evidentemente correspondía a los tiempos de la Patria Nueva y de exaltación del gobernante.) No sé si esté recordando bien, pero creo que mi padre nació precisamente en esa casa, en 1929, a diferencia de sus siete hermanos, que lo hicieron en Cajamarca, donde mi abuelo tenía sus negocios.

De la casa de Breña recuerdo vivamente su gran puerta de madera de dos hojas, su amplio pasillo de entrada, el altísimo techo y sus bonitos decorados. Y también (no sé por qué la memoria es selectiva) me viene a la mente la copia en color de un cuadro europeo que bien podría haber llevado por título “La Oración del Campesino al Amanecer”, así como una fotografía con marco de madera, en blanco y negro (y discretamente coloreada), de mi decimonónico bisabuelo Juan Pereyra, de vago parecido con mi padre, con su ceño fruncido y con amplísimo mostacho (¿qué será de ese retrato?). De niño, cuando todavía vivían mis dos abuelos paternos en esa casa tan grande, me llamaba mucho la atención el escritorio de mi abuelo Emiliano, con ventana corrediza, donde, a pesar del paso de los años, veo en mi memoria facturas, proformas y algo así como el aura ya casi desvanecida de una intensa actividad mercantil. Aunque yo conocí a mis abuelos en plena era psicodélica y de los astronautas, a fines de la década de 1960, se habría podido decir -ahora lo veo con claridad- que el tiempo se había congelado en esa casa en los años treinta, cuarenta o cincuenta, en un tiempo que aparecía mejor y más estable.

Mi abuelo Emiliano era un hombre sumamente serio, notoriamente meticuloso y (creo) bastante melancólico. Alguien me dijo una vez que no volvió a sonreír de veras desde que su hijo (mi tío) Héctor, el único de los hermanos Pereyra Sánchez que heredó su vocación empresarial, murió en Cajamarca de meningitis en 1935. Conservo, entre mis papeles, el ejemplar -ya amarillento- de un periódico cajamarquino de la época, en cuyo editorial mi abuelo recuerda a su hijo Héctor, al cumplirse un mes del fallecimiento. Aunque, ciertamente, las horas de gloria de mi abuelo ya habían pasado cuando yo lo traté, no dejo de evocarlo, en los años sesenta, en la fábrica de helados que tenía no lejos de su casa de Breña, donde todo era ruido y actividad (como debió ser en la Revolución Industrial), y en cuyo patio se amontonaban decenas y decenas de triciclos repartidores (que infructuosamente, por la excesiva distancia entre asiento y pedales, intentábamos manejar con mi hermano). En el interior de la fábrica, veo a mi abuela Rosaura haciendo, incesantemente, canutos y canutos de monedas, y riéndose cada vez que la mirábamos con ojos curiosos mi hermano y yo. Veo también, en el ambiente de esa casa de Breña, las honras fúnebres de mi abuelo, que se realizaron a fines de la década de 1960: mi abuela de negro en el centro de la sala con sus hijas Susana, Irene y Consuelo, y con parientes mujeres, también de negro, junto a ella, apretujadas una junto a la otra, como dándose apoyo mutuamente; la última imagen de mi abuelo Emiliano en su féretro rodeado de flores y de cirios ardientes; los impecables cargadores de la funeraria Guimet; hombres con sombrero de ala ancha como en los años cuarenta; un mar de acentos, voces y modismos cajamarquinos. Se me aparece claramente la salida del féretro de la casa de Breña y la llegada al cementerio de La Planicie.

A partir de entonces, hasta su muerte en 1978, mi abuela vivió en la casa de Breña en compañía de mi tía Consuelo y de su familia. Los domingos, mi padre, mi hermano y yo la visitábamos por la tarde. De esa época, que coincide en gran parte con mis años de la Secundaria y los primeros de la Universidad, datan los recuerdos más intensos y detallados que guardo de ella: mi abuela abriendo botellas de vidrio de Inca Kola en el comedor de la casa que nos ofrecía con un “¿quieren una soda?” ; mi abuela y su loro hablador que una vez estuvo a punto de perecer ahogado en la tina que -por alguna razón que a mí me parecía inexplicable- estaba siempre llena de agua; mi abuela y su pequeño mono selvático que se le subía al hombro; mi abuela rezando incesantemente -no sé por qué siempre en la oscuridad- echada en su gigantesca cama de impresionante cabecera y pies de bronce, de donde colgaban infinidad de relicarios, medallitas, rosarios, estampitas y hasta un cilicio de penitente, que parecían provenir de un tiempo remoto, incluso anterior a ella. Mi abuela sacando cosas rarísimas de baúles antiquísimos -sobre todo de uno de ellos- de donde alguna vez salió un fuete de gamonal, un revólver Colt y una pistola automática belga todavía utilizables, imágenes en bulto de santos probablemente virreinales, una muela fosilizada de mamut encontrada a la vera de un río de Celendín, cadenas de oro, anillos, la primera moneda de la República (un cuartillo de bronce) y godos (monedas de plata) de la época colonial, que alguna vez fueron desenterrados como parte de un tesoro que fue descubierto en la ciudad de Cajamarca. Y también, por cierto, mi abuela agonizando, dando a plenitud sus últimos respiros, en la misma cama gigantesca junto a mi padre sollozando inconsolable.

Pero sin lugar a dudas, y por alguna razón que desconozco, guardo de ella una imagen que se me aparece de modo recurrente y que se asocia a nuestra partida cada vez que la visitábamos los domingos. Ni bien mi padre arrancaba, mi hermano y yo nos arrodillábamos en el asiento trasero de nuestro automóvil y la veíamos a través de la ventana: mi abuela, vestida siempre de negro, con sus grandes anteojos de marco metálico, con sus aretes, y con sus hermosos cabellos cenizos recogidos, aparece en la puerta de su casa de Breña, con una sonrisa y un rostro absolutamente serenos y equilibrados, sin la menor traza de euforia o de tristeza, haciéndonos adiós con su mano derecha.


Nueva York, octubre de 2007


(Publicado en la revista electrónica Celendín, pueblo mágico, con dirección: http://celendin.free.fr/PuebloMagico/page15/page101/page101.html.
A raíz de su publicación, por lo menos un pariente cercano de mi abuela Rosaura se puso en comunicación conmigo para darme noticias –hasta ese momento desconocidas por mí- sobre los ancestros de la rama familiar Sánchez)
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Entrevista sobre el libro ANDRÉS A. CÁCERES Y LA CAMPAÑA DE LA BREÑA

El libro Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña (1882-1883), del historiador y diplomático Hugo Pereyra Plasencia, es el resultado de haber obtenido el primer premio en el área de humanidades (categoría maestría) del I Concurso Nacional de Tesis de Maestría y Doctorado que convocó la Asamblea Nacional de Rectores (ANR) en el 2006, con el trabajo Una aproximación política, social y cultural a la figura de Andrés A. Cáceres entre 1882 y 1883.


Conversamos con él para conocer un poco más del recordado “Brujo de los Andes”.


–Su atracción por la figura de Cáceres proviene desde muy pequeño…

Viene de los relatos que escuchaba en la infancia por parte de mi madre, quien era profesora de colegio. Y este interés crece a partir de la lectura de las “Memorias” de Cáceres, que publicó Milla Batres en 1973. Este libro representa el punto de partida de mi obra.


– ¿Qué fue lo quería conocer acerca de él?

El origen del trabajo fue muy modesto, lo que quería saber es qué era lo que pensaba Cáceres en el momento del combate de Pucará o en el momento del combate de Marcavalle y así sucesivamente. Las “Memorias” de Cáceres se publicaron treinta años después de que ocurrieron estos hechos y no es una visión al detalle sobre esos momentos. Para conocer su pensamiento preciso había que reconstruir casi día a día esa época a partir de las cartas personales, los oficios, proclamas y documentos firmados por él en esa época aún confusa y oscura.


– ¿Y qué descubrió?

En líneas generales corrobora las “Memorias” de Cáceres, pero éstas suavizan los problemas que debió enfrentar Cáceres para encontrar la unidad del Perú. Problemas que se mencionan, pero que no aparecen con tanta claridad como cuando uno revisa las fuentes primarias. Por ejemplo, los odios entre los partidos políticos de la época, los cuales son inconcebibles para los parámetros actuales.


– ¿Qué representa Cáceres para el Perú?

Fue el paladín del Perú, Cáceres encarnó al Estado peruano. No fue un caudillo común y corriente. Organizó al Estado y al Ejército peruanos. Tuvo que enfrentarse a los partidos políticos. Él supo confrontar el mosaico cultural y social del país. Cáceres no sólo conocía a los terratenientes serranos sino también a los líderes campesinos. Poseía un conocimiento integral de la sociedad y lo empleó en favor del Estado. Su rol fue siempre integrador.


–De otro lado, ¿qué opinión tiene del momento actual con Chile?

Por mi posición diplomática no puedo hablar ni opinar del tema. Pero sí puedo hablarte desde el tema que estamos tratando: en Cáceres hay que destacar la unidad. Si bien hubo una guerra no hay que poner el acento en los invasores sino en cómo consiguió unirnos en determinado momento. La figura de Cáceres no debe ser utilizada para dividir a los peruanos, porque es un contrasentido con su espíritu, ni tampoco para reavivar viejas rencillas, que bien pueden ser resueltas a través del orden jurídico internacional.


–Finalmente, ¿qué debemos hacer para conseguir esa unidad que no terminó de lograr Cáceres?

Él mismo lo decía: deponer los intereses partidarios y sobre todo caudillistas en función de los intereses profundos del Estado. Y dentro de estos intereses estaba la integración de los campesinos heroicos que lucharon en la guerra a través de de la educación y de una mayor participación en la sociedad. La receta es la misma para esta época, el Perú debe dejar de ser un Estado de caudillos y tenemos que atender el tema de elevar el nivel de vida y la integración de las poblaciones olvidadas.

Tomacini Sinche López

(Entrevista publicada en el diario Expreso, de Lima, el 24 de junio de 2007)
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Nota bibliográfica

Crónicas de Nueva York: a propósito de un libro de Alfonso W. Quiroz sobre la corrupción en la historia del Perú


Hugo Pereyra Plasencia
Pontificia Universidad Católica del Perú


El 14 de noviembre de 2008 asistí a la presentación, en Nueva York, de un nuevo libro de Alfonso W. Quiroz: Corrupt Circles. A History of Unbound Graft in Peru (Washington, D. C., Woodrow Wilson Center Press y Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2008). Se trata de un estudio de la corrupción en el Perú desde el Virreinato, aunque el corazón del trabajo se ubica en los siglos XIX y XX. Con relación al siglo XIX, el meollo de su condena apunta al Contrato Dreyfus y a Nicolás de Piérola y, con particular claridad, a un señor Torrico que, a juzgar por las fuentes que presenta, parece haberse llevado el premio mayor de los cacos. A Manuel Pardo lo deja muy bien, como un reformista sincero, pero destaca sus dos errores: el estanco y la expropiación salitrera, y por otro lado, su asociación con los (dudosos) bancos de Lima. En relación a lo primero, reitera lo ya sabido, esto es que la política salitrera no sólo no produjo los réditos esperados, sino que nos enemistó con los capitalistas ingleses y chilenos. No avanza más porque su tema no es propiamente la Guerra con Chile.


Lo que me sorprenden son sus comentarios sobre el Contrato Grace. Sin negar prácticas corruptas, lo distingue del Contrato Dreyfus al decir que consiguió, efectivamente, reencauzar económicamente al Perú. No llega a decir que el objetivo consciente del gobierno era conseguir esta meta y sugiere, de modo injusto, que pudo haber sido un efecto inesperado. En el plano de los objetivos conscientes, recarga las tintas en el tema de la corrupción aunque, la verdad, no aporta mayores pruebas. Transcribe, por ejemplo, una carta de Grace en la que pide a su contacto en Nueva York que le envíe “relojes de oro” para premiar a las personas que lo habían ayudado en el Perú. ¿No habrá sido el “oro de Grace” del que hablan algunas fuentes? Si fue así, creo que se trata de asuntos menores, y que, de hecho, el objetivo del Contrato no fue la corrupción en sí, sino la obtención de un logro muy necesario para el país.



En fin, de estas y otras cosas tiene este libro, cuya carátula muestra una imagen de los vladivideos. Mi preocupación principal es que, ante los gringos, el Perú aparece como un país asociado consustancialmente a la corrupción. (¡Como si no hubiera corrupción, y de la grande, también en Estado Unidos!) De hecho, como el mismo autor me lo reconoció, el libro no destaca tanto el tema de los luchadores efectivos contra la corrupción, aparte de los casos loables de Pardo y de Francisco García Calderón.


En los medios académicos de Estados Unidos existe una tendencia a magnificar la corrupción (como si no la hubiera hoy mismo en el mundo desarrollado, como si la crisis financiera actual no lo hubiera reconfirmado), y también a asociarla al militarismo. No digo que esto no haya ocurrido en el Perú y en otras partes, pero, la verdad, no creo que se pueda poner, por ejemplo, en un mismo saco a Cáceres y al mexicano Porfirio Díaz. Ocasionalmente, el libro de Quiroz tiene puntos de contacto con esa tendencia.


Quiroz utiliza muchísimos reportes diplomáticos españoles, británicos y franceses, pero les da excesiva importancia. Francamente, no creo que los diplomáticos extranjeros lo hayan sabido todo. Más interesante es la utilización del diario manuscrito completo de Witt, que parece habérselo facilitado la señora Garland. Por otro lado, los epistolarios son un material estupendo. De hecho, el autor los utiliza. Habría sido útil compulsar fuentes periodísticas de partidos opuestos. De ese roce, a veces, brota la verdad.


En cuanto al siglo XX, al margen de su posición política de extrema izquierda, es indudable que Carlos Malpica Silva Santisteban le puso el ojo a más de un pillo. Además, murió enfrentando estrecheces económicas, lo que me consta personalmente. Como él hay varios, en todas las épocas de la Historia del Perú. (Don Guillermo Lohmann habló alguna vez de un oidor al que tuvieron que enterrar de limosna por su rectitud). Creo que Alfonso no los ha destacado como merecen.


Corrupt Circles. A History of Unbound Graft in Peru es un trabajo sólido y notable, producto de un gran esfuerzo de búsqueda de fuentes primarias. Solo la bibliografía tiene casi quinientas entradas. Lo que resalta en la obra de Quiroz es su carácter empírico, en el más noble sentido que se pueda dar a esta palabra. Revela una tendencia a ver las cosas con rigor y detalle. Sufre, no obstante, como he dicho, de algunas magnificaciones y vacíos. Quizá destaca demasiado el papel de González Prada como crítico de la corrupción. Es verdad que este pensador tuvo frases rotundas, pero no vio ni combatió a la corrupción desde el centro del poder, en el trabajo político concreto, como sí la combatieron personajes como García Calderón y Pardo.


(Reseña publicada, con mínimas diferencias, en la revista electrónica Summa Humanitatis, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Vol 3, Nro. 1, 2009)
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Las relaciones peruano-chilenas:
las circunstancias del presente y los ecos del pasado


Es un hecho empíricamente verificable que las relaciones bilaterales peruano-chilenas han tenido un desarrollo creciente en los últimos años, sobre todo en el ámbito económico. Los avances más notables se han producido en el terreno de las inversiones chilenas en el Perú. Aparte de sus efectos benéficos sobre la economía peruana, ello ha implicado, evidentemente, que muchos inversionistas chilenos hayan hecho suyas las esperanzadoras proyecciones de crecimiento y modernización de nuestro país. De hecho, invertir no es sólo obtener ganancias de corto o mediano plazo, sino también subirse a un carro extraño y asumir riesgos. Las transacciones comerciales vienen teniendo asimismo considerable importancia. Por otro lado, el país del Sur se ha convertido en un importante receptor de inmigrantes peruanos que buscan mejorar sus condiciones de vida. Pese a sus negativas repercusiones, la tragedia sufrida por Chile como consecuencia del reciente terremoto, no ha modificado en lo esencial las líneas maestras de esta situación.

Cabría observar ciertas coincidencias entre la situación actual y el dinámico aspecto que llegaron a tener las relaciones peruano-chilenas en ciertas etapas específicas, sobre todo en el tiempo que precedió a la infausta Guerra del Pacífico (1879-1883).

En la época del Virreinato, de las luchas por la Independencia, y de las repúblicas nacientes, las economías peruana y chilena fueron complementarias en muchos sentidos. Trigo chileno y azúcar peruana fueron intercambiados durante siglos. Pocos saben que –exactamente al revés de lo que ocurre en nuestros días- la economía peruana de la segunda mitad del siglo XIX, dinamizada por el guano, fue un auténtico imán para miles de obreros chilenos que, entre otras cosas, dieron un aporte esencial a la construcción de los ferrocarriles peruanos, en un tiempo histórico anterior al enganche de los campesinos de la Sierra. Entonces, pese a la ausencia de una frontera común, casi no había familia de las clases altas del Perú y de Chile que no exhibiera algún vínculo familiar, amical, intelectual o de negocios, respectivamente, en Santiago y en Lima. Muchos peruanos ilustres, como Ramón Castilla, Manuel González Prada, Nicolás de Piérola, Manuel Pardo y Alfonso Ugarte vivieron en Chile y lo conocieron de cerca. Lo mismo le ocurrió, en sentido inverso, a personalidades chilenas como Francisco Bilbao o Benjamín Vicuña Mackenna, que tanta acogida tuvieron en el Perú. Chile fue siempre tierra generosa para los exiliados políticos peruanos, como el Perú lo había sido en su tiempo con Bernardo O´Higgins. No sólo se trataba de la existencia de fuertes vínculos individuales. Para usar el lenguaje del historiador Braudel, la relación también se enraizaba, como se ha visto, en lo que podríamos llamar un plano estructural y de larga duración. El éxito relativo que tuvieron las relaciones peruano-chilenas antes de la Guerra del Pacífico tuvo que ver, precisamente, con esta afortunada coincidencia entre actitudes y acciones constructivas, muchas veces a nivel personal, y el peso de una realidad concreta propicia para el intercambio y una sana interdependencia.

El punto más alto de la amistad peruano-chilena antes de la Guerra del Pacífico fue, sin lugar a dudas, el tiempo de la Alianza contra la amenaza de la escuadra española, cuando marinos peruanos y chilenos combatieron codo a codo en el combate de Abtao (1866). Por otro lado, según revela su epistolario, Miguel Grau se contó entre los peruanos que, durante los meses iniciales de la guerra, creyeron que eran testigos y protagonistas de una pavorosa –y en cierto modo incomprensible- lucha fratricida.

No obstante, pese a la existencia de tantas bases y antecedentes para erigir una vinculación armónica, pocas relaciones bilaterales han sido, también, tan tortuosas y conflictivas como la peruano-chilena ¿Cómo se explica esto?

Lo primero que debe observarse es que, al lado de las complementariedades y armonías, también existieron focos de conflicto. El más antiguo fue la vieja rivalidad peruano-chilena por el dominio del Pacífico Sur. Uno de los primeros capítulos de esta rivalidad fue el peligro que, a ojos de la clase dirigente de Chile, representaba el proyecto de Andrés de Santa Cruz de unificar el Perú y Bolivia, que se materializó por poco tiempo, entre los años 1836 y 1839. La parte más lúcida de la clase dirigente de Chile (y no sólo Diego Portales, como usualmente se dice) consideró que la preeminencia de los puertos de la naciente Confederación, especialmente el Callao y Arica, representaba una amenaza para Valparaíso, principal puerto de un país cuyo comercio internacional había tenido un importante desarrollo prácticamente desde sus albores como estado-nación. A ello se añadía la percepción de que, por su potencialidad económica, un gran estado peruano-boliviano podía ser un peligro militar de mediano, o largo plazo. De hecho, como se conoce, Chile resolvió este problema interviniendo en el Perú, en apoyo del bando local enemigo de Santa Cruz, y acabó así de raíz con la joven Confederación, que iba a tener una predominante influencia boliviana sobre los dos estados –norteño y sureño- en que había sido dividido (no precisamente con buena intención) el Perú. Más de un autor ha sostenido que, aunque basado en sus intereses, Chile contribuyó en esa ocasión a preservar la integridad del Perú, y a evitar que cayera en la órbita de influencia de esa suerte de Napoleón local que fue el boliviano Andrés de Santa Cruz.

Pero esta crisis fue solo la antesala de un problema mucho más complejo. Me refiero a la violenta apropiación por parte de Chile, en 1879, de los ricos territorios salitreros de la Antofagasta boliviana y de la Tarapacá peruana (además de Tacna y Arica en los años posteriores) durante la larga y sangrienta Guerra del Pacífico, que un historiador estadounidense ha descrito hace muy poco como una Tragedia Andina. Se puede sostener que al menos una parte influyente de la clase dirigente chilena de ese tiempo, fuertemente vinculada a los intereses salitreros, vio en la resolución favorable de ese conflicto no sólo la posibilidad de afirmar y “cerrar” por el Norte el perfil de las fronteras de su país, sino también de proveerse, a expensas del Perú y de Bolivia, de valiosos ingresos provenientes del salitre. Ellos iban a permitir –como de hecho permitieron- acabar con las crónicas dificultades financieras que azotaban a Chile, erigirse en un poder naval que durante algún tiempo rivalizó incluso con el de los EEUU, y sentar las bases de su desarrollo empresarial a largo plazo.

Para empeorar las cosas, casi desde el inicio de la guerra, el Estado chileno, ya dominado por un espíritu bélico y expansionista, creó y difundió, en un plano internacional, con el apoyo de sus más ilustres intelectuales, la versión de que Chile se había visto en la obligación de defenderse ante un supuesto plan del Perú y Bolivia para destruirlo, como si la guerra no hubiera puesto en evidencia la vulnerabilidad de ambas naciones andinas desde el comienzo de las hostilidades. En realidad, fue Chile el país que declaró la guerra al Perú, y el que contó al comenzar el conflicto con una marina que era al menos dos o tres veces más poderosa que la peruana, en un tiempo en que el dominio del mar era decisivo. Por otro lado, esta versión maneja la idea de que la conquista de los territorios salitreros peruanos no fue un proyecto que existió al inicio de la guerra, sino que surgió durante el conflicto, y que fue siempre vista como una compensación económica por los gastos de defensa de Chile. Aunque sea difícil de creer, esta es la imagen que el chileno promedio maneja hoy día para explicarse el origen y el desenlace de la Guerra del Pacífico. Más de un historiador chileno, como ocurre en el caso de Sergio Villalobos, sigue difundiendo lo esencial de la versión que muestra a Chile como una víctima que supo defenderse, que deforma a todas luces la verdad histórica. Con un sentido de objetividad, resulta incorrecto sostener que los gobernantes de Chile, Bolivia y el Perú tuvieron el mismo grado de responsabilidad en el desencadenamiento del conflicto. Además de su abierta distorsión de la realidad histórica, aceptar este punto de vista sería tan absurdo como intentar convencer hoy día al pueblo francés de que sus líderes tuvieron tanta culpa como los dirigentes alemanes en el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Los europeos de hoy saben muy bien de dónde provinieron la agresión y el deseo de conquista territorial –al margen de los resentimientos, originados en el desenlace de la Primera Guerra Mundial, que los provocaron parcialmente. El caso de la actual amistad germano-francesa grafica lo útil que puede ser la aceptación transparente de las responsabilidades históricas como uno de los pilares para afirmar una integración sana, permanente y constructiva. En sentido inverso, como ejemplo de las consecuencias negativas que puede acarrear la deformación histórica, la China y el Japón experimentan dificultades en el desarrollo de sus relaciones bilaterales a causa del insuficiente reconocimiento, por parte del segundo de los países citados, de su participación en ciertos episodios trágicos de la última conflagración mundial.

En términos muy generales, puede sostenerse que la política chilena con relación al Perú ha oscilado entre la preeminencia de las visiones de Diego Portales y la de Bernardo O`Higgins. La primera afirma el recelo geopolítico y una visión más bien estrecha del interés nacional, esencialmente basada en el aprovechamiento de las debilidades de los vecinos. Su producto más reciente es la extraña cerrazón que vienen mostrando los gobernantes chilenos en el tema de la delimitación marítima entre ambos países. Basándose en argucias jurídicas, la posición chilena condena a Tacna a disponer sólo de un espacio marítimo insignificante. Lo mismo puede decirse del registro internacional del nombre del pisco y de la frecuente apropiación de ciertas referencias andinas tradicionalmente asociadas al Perú. Podría entenderse, por ejemplo, que sea destacada la personalidad andina de productos como la chirimoya o la lúcuma, pero de ningún modo es aceptable que sean presentados en los mercados mundiales como frutos exclusivamente chilenos.

La segunda visión toma su nombre de ese gran amigo del Perú que fue el Libertador de Chile, y se enraíza en toda la multitud de elementos que nos han unido, pese a todo, hasta la fecha. Sólo el tiempo podrá decirnos cuál de estas visiones prevalecerá.

Paradójicamente, en un tiempo de apremiantes necesidades energéticas, de liberalización comercial y de dinamismo en la inversión, y apreciada en perspectiva secular, el desencadenamiento de la Guerra del Pacífico fue un grave error para Chile y reflejó, en su momento, una visión miope de sus intereses de largo plazo en el marco de sus relaciones con el Perú. En primer lugar, porque el negocio del salitre dejó de ser lucrativo desde la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando, agobiado su país por las restricciones del comercio, los químicos y empresarios alemanes desarrollaron los fertilizantes sintéticos y, consecuentemente, arruinaron a los exportadores chilenos de este producto. (Diferente fue la situación de los antiguos territorios bolivianos, donde Chile encontró riquísimos yacimientos de cobre). En segundo lugar, porque la guerra, sentida por los peruanos como una agresión injusta, abrió un abismo de desconfianza y echó por la borda todo el enorme capital de familiaridad y de cooperación que había existido entre el Perú y Chile antes de 1879.

¿Qué hacer entretanto? El sentido común dicta que sigamos profundizando nuestra asociación económica, que sin duda genera riqueza y trabajo para ambas partes. No obstante, sería un craso error aferrarse a la ingenua idea de que la vigorización de la vinculación económica peruano-chilena disolverá, por sí sola, los resquemores y dudas respecto de Chile que aún anidan en los peruanos de hoy. Una auténtica amistad sólo podrá cimentarse cuando los dirigentes de ese país añadan a sus loables esfuerzos de asociación económica, una decidida voluntad de encarar y revisar, sobre todo en el plano de la cultura y de la educación popular, ciertos aspectos delicados de su pasado, en especial relacionados con el origen económico de la Guerra del Pacífico, el cual, (con honestidad que es justo destacar) han llegado a reconocer algunos prestigiosos intelectuales chilenos, entre los que destaca Luis Ortega. Por su parte, los peruanos deben abandonar de una vez por todas las absurdas ideas de que Chile es un “enemigo natural” del Perú y de que toda la nacionalidad chilena fue responsable del desencadenamiento de la Guerra del Pacífico, cuando en verdad sólo fue una porción influyente de su clase dirigente la que consiguió que el estado y el pueblo chilenos hicieran suyos sus propios intereses y perspectivas económicas, basados en la explotación del salitre.

No cabe duda de que la actual visión justificadora que sobre la Guerra del Pacífico tiene el pueblo chileno, que ha sido manejada por generaciones, alimenta prejuicios y arrogancias que bien deberían ser arrojados al desván de la Historia. Asimismo, el resentimiento del Perú, enraizado en su visión histórica colectiva, se proyecta en la forma de actitudes que son muchas veces irracionales. Por ejemplo, es justo indignarse ante el armamentismo chileno, pero resulta también miope, y hasta estúpido, ignorar el vasto potencial de integración así como las obvias complementariedades que siempre han existido entre el Perú y Chile. Algunos de los gestos que se lanzan periódicamente de un lado a otro son hirientes pero, por lo general, asumen un carácter pintoresco cuando son vistas en la perspectiva panorámica de nuestras historias milenarias. No obstante, la revisión de la Historia dista mucho, en este caso, de ser un ejercicio estéril porque, de muchas maneras, los ecos del pasado no dejan de sentirse en el presente.

Dicen algunos historiadores que, en lo peor de la Campaña de la Sierra de la Guerra del Pacífico, específicamente en 1883, muchos soldados chilenos comenzaron a peruanizarse y a desertar, como consecuencia del alargamiento de la ocupación del Perú, lo que no dejó de ser en su momento un grave –y paradójico- problema para la dirigencia invasora, interesada en apurar el final de un conflicto que comenzaba a costar demasiado al erario chileno. Varios de estos desertores se plegaron al ejército peruano y pelearon con el general Andrés A. Cáceres en la batalla de Huamachuco y en otros encuentros y escaramuzas. A final del conflicto, encariñados con el país, considerable número de soldados chilenos decidieron no tomar el barco de retorno y permanecer en el Perú, donde fundaron familias. Independientemente de la curiosidad del dato histórico en sí, ello viene a propósito de la afinidad que puede llegar a existir entre nuestros pueblos, incluso en medio de circunstancias tan terribles.

Buenos Aires, 6 de abril de 2010

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RESEÑA: RADICAL Y ANARQUISTA

Radical y anarquista



“El historiador Hugo Pereyra Plasencia ha publicado el libro Manuel González Prada y el Radicalismo Peruano.


Don Manuel González Prada, tanto su vida de pretendido santón laico cuanto su abundante obra, han sido y seguirán siendo motivo de estudio y análisis. Al igual que la obra y trayectoria política de Mariátegui o la de Haya de la Torre. Sobre ellos, siempre habrá algo nuevo que acotar o bien que criticar. Son, per se, personajes sobre los que no todos han estado o van a estar de acuerdo. Y más aún si detrás de ellos, no obstante el tiempo de su ausencia, hay una fuerte carga ideológica. Y por qué no decirlo, pasional e interesada.


González Prada no escapa, de alguna manera, a lo anotado líneas arriba. Ahora bien, estoy leyendo el exhaustivo y orgánico trabajo, que hace poco ha puesto en circulación, el historiador y diplomático Hugo Pereyra Plasencia: Manuel González Prada y el Radicalismo Peruano. Una aproximación a partir de fuentes periodísticas de tiempos del Segundo Militarismo (1884-1895) –Academia Diplomática Peruana, 2009–. Una indagación que nos entusiasma por sus alcances y por el estupendo manejo de fuentes periodísticas que, más que enfrascarse en polémicas finitas, plantea y delimita campos muy precisos en el quehacer intelectual y vital del furibundo Catón del discurso del Politeama de 1888.


Moneda corriente

Pereyra Plasencia, lo primero que hace es revisar y esclarecer por qué el radicalismo fue la moneda corriente en los círculos contestatarios del momento y no el anarquismo. Y la imposibilidad de este último de asumir un papel protagónico en un país en reconstrucción y profundamente nacionalista. Los muertos de la guerra, Tacna y Arica cautivas y lo perdido, más allá, en el sur, le daban una unidad e inusitada coherencia al Estado nacional. Eran los primeros años de la reconstrucción nacional.


Al mismo tiempo que al indagar sobre los antecedentes del radicalismo rescata textos de Andrés A. Cáceres y del periodista iglesista Julio S. Hernández –asistente a las tertulias del Círculo Literario de González Prada– nos señala y aventura que, por sus expresiones e ideas son un claro antecedente de muchos de los textos de los radicales. Y muy en especial de ese clásico de don Manuel, que es la catilinaria que pronunció en el Politeama. Cáceres, uno de los “afectados” por el discurso, manifestó: no sé si meterlo preso o… abrazarlo.


Para Pereyra, el radicalismo de Prada y sus amigos y contertulios nació “como una alternativa política surgida gradual y hasta espontáneamente luego de la conmoción que produjo la derrota del Perú…”. Y el abismo que se produce en don Manuel, entre el joven y enamorado poeta de antes del 79 y el iracundo agitador político y vindicativo después del Tratado de Ancón, fue infranqueable. Camino en que sus más notorios acompañantes fueron don Abelardo Gamarra (El Tunante) y Carlos Germán Amézaga, que no mucho tiempo más tarde defeccionó, arrepentido de su anticlericalismo.


El radicalismo

Asimismo, Pereyra Plasencia plantea otra hipótesis que, supongo, no complacerá a algunos. Y es la de que, entre 1884 y 1895, la única gran corriente peruana “de tipo contestatario” fue el radicalismo. Y que –es más enfático en asegurarlo y probarlo con inusitado despliegue de fuentes hemerográficas– el anarquismo entre nosotros es algo tardío. Tanto en la trayectoria de don Manuel como en los predios proletarios peruanos.


Lo cierto es que Manuel González Prada y el Radicalismo Peruano, de Hugo Pereyra Plasencia, es una suerte de desafío, al mismo tiempo que acicate que nos obliga a algunas relecturas. En primer lugar, a ese clásico sobre Prada que es Luis Alberto Sánchez. A revisar a Mariátegui que, en el fondo, nunca entendió a Prada y detestó por sus orígenes aristocráticos. Y también a releer a ese magnifico trabajo de Hugo García Salvatecci que es el Pensamiento de González Prada, con el famoso prólogo de José Miguel Oviedo que consideraba que 1960 estaba marcado por el retorno y la vigencia del anarquismo.


Una adenda necesaria. La cronología que nos entrega Pereyra Plasencia sobre don Manuel, es una que no se ha hecho anteriormente. Basta confrontarla con una ultima preparada por David Sobrevilla en Manuel González Prada / Los jóvenes a la obra (Fondo Editorial del Congreso de la República, 2009), y otras anteriores. Además de textos de Prada –con pseudónimo–, de Abelardo Gamarra y Luis Ulloa. En fin, en estos momentos, en “un país de desconcertadas gentes” un libro para ser leído con entusiasmo y pasión.


ISMAEL PINTO”

(Publicado en el diario Expreso de Lima, el domingo 19 de julio de 2009)

26/03/10: Bach personal

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Bach personal



¿Por qué una música gusta a una persona y no a otra? Confieso que no he podido encontrar una respuesta clara a este asunto. Intuyo, eso sí, que, con toda su importancia, no son los condicionamientos culturales o la educación los únicos factores para orientar a tal o cual persona hacia ésta o aquélla apreciación de la música. A veces pienso que son, sobre todo, características individuales, muy enraizadas en el interior de cada persona, las que conducen a la fascinación musical, frente a un estilo, a un autor, e incluso ante una sola pieza específica. Por otro lado, siendo la música simple “aire sonoro” (en acertada definición de Ferruccio Busoni), es increíble que llegue a desencadenar semejantes sentimientos y pasiones. Veo difícil que alguien pueda, siquiera aproximadamente, descifrar estos dos secretos fundamentales de la música que son, en realidad, misterios insondables del ser humano.


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Leipzig, 1733. El lugar es la cafetería de Zimmermann, donde tiene lugar una reunión del Collegium Musicum, especie de asociación de burgueses músicos de la Sajonia del siglo XVIII. Sus integrantes, con pelucas y pantalones a la pantorrilla, conforman un auditorio lleno de humo de tabaco y de asistentes que toman café. La música que se escucha será conocida, mucho tiempo después, como el concierto para tres cémbalos y cuerdas en re menor BWV 1063. Interpretan Juan Sebastián Bach y sus hijos Wilhelm Friedemann y Carl Philip Emanuel, acompañados de una pequeña orquesta. El concierto tradicional, tal como lo conocemos ahora, estaba entonces en pañales. No obstante, las pocas decenas de oyentes que se encuentran en la cafetería de Zimmermann atienden al conjunto musical que tienen al frente con una solemnidad parecida a la que puede observarse hoy en las grandes salas de música. Al finalizar la ejecución, Bach no puede reprimir una sonrisa de orgullo al comprobar la pericia de sus jóvenes hijos, discípulos suyos en las complejas artes del cémbalo.


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Es raro, muy raro, que este hombre singular, cuya obra es el cimiento de la música occidental, haya sido tan menospreciado por sus empleadores -los integrantes del Ayuntamiento de Leipzig- quienes no consideraron necesario poner una lápida sobre la tumba de Bach cuando éste falleció. Resulta más raro aún -sobre todo a la luz de los valores contemporáneos- que Bach haya sido tan poco afecto a lucrar con su arte y a auto publicitarse, como sí hizo, por ejemplo (¡y de qué cortesana manera!), su colega y paisano Händel en los reinos alemanes y en toda la Europa de ese tiempo. Y, sin embargo, comparar hoy a Händel con Bach es como colocar los Apeninos al lado de los Himalaya. No es que Bach no haya cobrado por sus obras. Tenía que hacerlo para vivir y mantener a su familia. Pero, para los ojos de hoy día, lo notable es que las motivaciones económicas hayan sido, en su caso, tan secundarias. Salvo honrosas excepciones, para los poderosos de su época, tales como reyes, grandes jefes militares, altos burócratas o banqueros, Bach debe haber sido algo así como una hormiga insignificante. De la abrumadora mayoría de ellos (especialmente de los miembros del Ayuntamiento de Leipzig en 1750), que eran verdaderos modelos de mediocridad y de vanidad, no queda hoy ni siquiera el polvo. En cambio el nombre de Bach, y su música, resuenan hoy, con tono siempre entusiasta y vigente, en todo el mundo.


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Los gozos de Bach estuvieron, más bien, en la enseñanza a los niños y a los jóvenes, y en el perfeccionismo y equilibrio (palabra clave) que desplegaba cuando componía y ejecutaba, tanto en el clavecín, la viola, el violín, o el órgano; tanto en la conducción coral como orquestal; tanto en la intimidad de su hogar como en el marco de grandiosas interpretaciones religiosas. En pocas palabras, su obra es la síntesis de toda la gran música barroca que la precedió, sólo que con un gusto exquisito y a una escala colosal.


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Pese a la grandeza de su legado musical, los contemporáneos consideraron a Bach como "anticuado". Ello habla con claridad de la miopía sin límites y de la frivolidad que muchas veces ha dominado a la crítica musical en todas las épocas y lugares. De hecho, Bach es ahora considerado como el más universal e intemporal de todos los músicos.


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Música intemporal, en definitiva, pero ello no significa que no podamos identificar sus raíces, ni que Bach las haya ignorado. En la Alemania de su tiempo, la música era casi una artesanía, como podía serlo el tallado o el cincelado. La caja de resonancia de la gran música era, sin duda, el ámbito de las cortes y las iglesias. Pero sus orígenes se encontraban en los ambientes burgueses y también en el medio rural y popular. De hecho, por ejemplo, los brillantes pasajes de trompetas y otros instrumentos de viento que observamos en los Conciertos de Brandeburgo, no son sino ecos de las trompas y cornos de las faenas de caza, actividad típica de la boscosa región de Alemania donde Bach nació y se crió.


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Como suele suceder, quienes desde el comienzo nunca olvidaron a Bach fueron sus discípulos. Y me refiero tanto a los que él mismo impartió lecciones (en particular a sus hijos), como a los músicos posteriores que tuvieron conocimiento temprano de su obra. Entre estos últimos se encuentran Mozart y Beethoven. En la primera mitad del siglo XIX, el redescubridor de Bach para el gran público fue Mendelssohn, otro de sus admiradores. Ya refiriéndonos al presente, no es exagerado afirmar que todos los músicos profesionales comienzan a comprender su arte de la mano, sucesivamente, del Libro de Anna Magdalena Bach, de los Pequeños preludios y fugas, y de las Invenciones a dos y tres voces. Como lo sugiere su nombre, el primero de los libros mencionados fue escrito por Bach para su segunda esposa.

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En un sentido antropológico más amplio, la obra de Bach es una prueba tangible de las enormes potencialidades de nuestra frágil especie humana, que se encuentra perdida, como bien lo sabemos, en un rincón del Universo.


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Hay mucho de místico, poético, glorioso y, casi diríamos, de trascendente, en la obra de Bach. ¡Cómo no sentirlo cuando escuchamos el Oratorio de Navidad, el Magnificat, o la Tocata, Adagio y Fuga en Do Mayor para órgano! Ciertas obras suyas son algo así como reflexiones o meditaciones musicales. En otras, daría la impresión de que, para Bach, componer y rezar eran sinónimos.

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Y, a propósito, algo relativo a la muerte y al cristianismo, dos temas a los que Bach fue durante toda su vida muy afecto: si en el momento de mi propia agonía (que espero sea de viejo) llegara súbitamente a mi espíritu lo que siento cada vez que escucho alguno de los preludios y fugas de El Clave Bien Temperado, tendré entonces, para mi tranquilidad, la seguridad de estar bien encaminado.


Buenos Aires, 25 de marzo de 2010
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ANDRÉS AVELINO CÁCERES

Entrevista ofrecida por el historiador y diplomático Hugo Pereyra Plasencia al periodista argentino Juan Cruz Castiñeiras

Buenos Aires, 17 de febrero de 2010


¿Qué significó Andrés Avelino Cáceres en la Historia del Perú?


Cáceres significó mucho para el Perú y, en varios aspectos -hay que decirlo-, es un personaje en cierta manera olvidado. Yo creo que la gente no tiene una idea de lo que verdaderamente significó Cáceres en algunas circunstancias poco conocidas de la vida nacional. Quisiera mencionar dos ejemplos ilustrativos.
En primer lugar, quisiera referirme al significado político, social e internacional de la Campaña de la Breña, que ocurrió en el contexto de la invasión chilena a la Sierra peruana entre los años 1881 y 1883. En segundo lugar, desearía hablar de la negociación del Contrato Grace, cuando Cáceres ya era Presidente. Este último es, probablemente, el aspecto más incomprendido de su actividad pública.
Con relación a lo primero –la Campaña de la Sierra o de la Breña-, cuando Lima cayó el 17 de enero de 1881, se produjo la impresión en Chile, e incluso en los países vecinos y en las potencias de la época, de que la guerra había terminado. Ello aparece muy claro cuando uno lee los periódicos de la época. Nadie pudo vislumbrar que la guerra se iba a prolongar todavía hasta 1883. Algunos de estos comentaristas chilenos y de otros países hablaban entonces sobre la posibilidad de un control permanente de Chile sobre el Perú, de una disminución drástica o de una virtual desaparición de la soberanía peruana, como producto de los reveses sufridos durante el conflicto y, particularmente, luego de la terrible derrota sufrida a las puertas de Lima. Para algunos políticos y comentaristas, el Perú llegó a ser visto como una especie de Polonia sudamericana. Estas percepciones aparecieron en los meses que siguieron a la toma de Lima por el ejército de Chile. No nos olvidemos que era una época muy ruda, de agresiones geopolíticas, cuando el Imperio Alemán era la nueva potencia expansionista en Europa, y el África estaba en manos de potencias europeas que la explotaban de manera brutal e inmisericorde, aniquilando a sus poblaciones con el argumento (confeso o no) de que eran supuestamente “razas inferiores”. En pocas palabras, era un medio internacional muy difícil, proclive a la violencia y a las soluciones de fuerza.
En ese contexto político, y de mentalidad también, ya hablando en Sudamérica, la derrota del Perú fue interpretada, pues, por muchos como la puerta que haría posible una dominación permanente del país, ya sea en forma directa o como satélite. No obstante, al poco tiempo, se vio que se trataba de una visión impracticable. En efecto, al organizar la resistencia en la Sierra, Cáceres demostró que el Perú estaba vivo. Demostró que el Perú estaba organizado, que gran parte de la población estaba dispuesta a tomar las armas, y que el Estado –supuestamente desaparecido luego de la batalla de Miraflores- estaba plenamente vigente. De hecho, un sector organizado de Lima coordinaba muchas labores con las fuerzas de Cáceres en el interior, en la Sierra, donde tuvo lugar lo esencial de la lucha.
Hablando del significado de esta campaña, yo creo que esta resistencia fue una respuesta inesperada que al final hizo ver que los proyectos de dominación permanente sobre el Perú no tenían sentido. Parecía difícil de creer que las poblaciones serranas, especialmente las campesinas de origen indio, se hubiesen dado maña para frenar a un ejército que tenía los mejores fusiles y cañones del mundo. Los dirigentes chilenos comenzaron a pensar, de manera cada vez más clara, en sólo imponer una compensación territorial y en evacuar el resto el país. Quedaba así atrás la idea de forzar un recorte -o una desaparición- de la soberanía, que había llegado a ser estimulado por algunos sectores interesados en el exterior.
¿Y cómo se logró esto, precisamente en la Sierra, región del Perú de la cual jamás se pensó que vendría semejante resistencia? Yo creo que el éxito de la campaña tuvo que ver en forma directa con la identificación que Cáceres, un soldado profesional quechuahablante, tuvo con los campesinos organizados. Estrictamente, Cáceres y los campesinos eran paisanos serranos. Había una identificación cultural y lingüística, pese a que Cáceres era blanco y pertenecía a un estrato social superior. En un sentido más amplio, Cáceres articuló una respuesta global, que incluyó no sólo a los campesinos, sino a los terratenientes, a gente de la clase media y a combatientes que venían de todo el país. Cáceres fue, en ese momento, un paladín del Perú: una especie de imán integrador. Se trató de un fenómeno inesperado, porque, como adelanté, la Sierra era relativamente despreciada en una época que privilegiaba más la Costa, especialmente a Lima, dentro de la mentalidad racista de la época. Esta unión propiciada por Cáceres asustó a las fuerzas y, sobre todo, a los líderes del país invasor. Las fuentes chilenas dicen que la Campaña de la Sierra fue terriblemente violenta, por ambos lados. Fue un escenario de masacres contra poblaciones campesinas, de pueblos quemados, pero donde también –como represalia de los campesinos- pudieron verse, no pocas veces, cabezas y miembros de soldados chilenos ensartados en lanzas. De hecho, fue la campaña más dura de la Guerra del Pacífico.
Esta manera de ver la Campaña de la Sierra no es usual en el Perú porque se suele privilegiar la pura descripción de los aspectos militares, sin abundar mayormente (con criterio riguroso y sin ideologías deformadoras) en los temas políticos y sociales ni, mucho menos, en la perspectiva que proporciona la ubicación de esta campaña en un contexto internacional.
El otro ejemplo al que quiero referirme con el objeto de hablar del significado que Cáceres tuvo para el Perú, es la negociación del Contrato Grace, ya en tiempos del Cáceres presidente, en su primer período (1886-1890), luego de la Guerra del Pacífico y de la guerra civil que la siguió. Hasta ahora, en muchos sectores el Perú, existe la idea de que el Contrato Grace fue producto de una negociación oscura entre el gobierno peruano y los tenedores de bonos británicos de la deuda nacional. Vale decir, se dice que fue un acuerdo totalmente entreguista, un contrato que perjudicó al Perú. La verdad es que, visto de forma desapasionada -y lo han aseverado muchos historiadores- fue al parecer lo mejor que se pudo conseguir en esas circunstancias, porque de alguna manera significaba librarse de una enorme deuda que ascendía a la entonces gigantesca suma de 50 millones de libras esterlinas, a cambio, esencialmente, de la entrega de la red de ferrocarriles peruana durante más de medio siglo. El meollo del asunto es que este alivio financiero fue uno de los factores que permitió al país recuperar su crédito internacional y superar las secuelas de la guerra, así como afirmarse en una senda de avance, aún habiéndose entonces perdido los grandes yacimientos de salitre, que quedaron en manos de Chile. Se encauzó al Perú en una senda de estabilidad. Todo ello, en gran parte, debido a la férrea voluntad política de Cáceres.

Usted escribió un libro sobre Manuel Gónzalez Prada. ¿Hay alguna relación entre Manuel Gónzález Prada y Andrés Avelino Cáceres?


Desde el punto de vista del conocimiento convencional, los peruanos que estudian la Historia del Perú retratan a Gónzalez Prada, casi siempre, como un enemigo de Cáceres, sin hacer matices. Sin duda fueron enemigos políticos, pero también existieron puntos de contacto entre ellos. Para comenzar, en cuanto al estilo. En su Nota al Honorable Cabildo de Ayacucho, de 1883, Cáceres se refirió con meridiana claridad a los “comerciantes enriquecidos con la fortuna pública”, como causantes principales de la debacle en la guerra. Señaló también, por cierto, otras causas. Pero lo que quiero destacar aquí es que, en el aspecto citado, fue exactamente el mismo mensaje que transmitió González Prada en sus escritos más célebres, desde 1888, para explicar una de las poderosas causas de la derrota: la pavorosa corrupción del tiempo republicano, que prácticamente esfumó la riqueza pública y social del guano y del salitre, transformándola en unas pocas fortunas privadas.
En términos políticos, la enemistad entre Gónzalez Prada y Cáceres se produjo de manera clara cuando se negoció y aprobó el Contrato Grace entre 1887 y 1889. De manera equivocada –pienso yo- González Prada pensaba que este contrato era una maniobra más de enriquecimiento ilícito, parecida a las que habían tenido lugar antes de la guerra. No obstante, para antes de su enfrentamiento, no hay nada que impida afirmar que Gónzalez Prada formó parte del grupo de peruanos que consideraron el ascenso de Cáceres a la presidencia, en 1886, como una salida viable para el Perú, como un punto de partida en la llamada reconstrucción o “reconstitución” del país, como se decía en esa época. Pero lo que es interesante es que, pese a lo furibundo que fue el enfrentamiento político entre estos personajes (uno encarnando el radicalismo peruano y el otro representando el militarismo autoritario), González Prada siempre se mostró elogioso, ¡y de qué manera! con relación a Cáceres cuando evocaba la fase heroica de la resistencia contra los chilenos en la Sierra. En cierto texto, escrito en el siglo XX, González Prada llegó a referirse a Cáceres como un personaje que parecía sacado de la Antigüedad. Lo comparó con Aníbal, en alusión a su maestría en la lucha en las montañas. Por eso digo que hay que matizar un poco esta animadversión política que tuvo Gónzalez Prada, colocándola junto con la admiración que el autor de Páginas Libres tuvo con relación al Cáceres patriota y guerrero. Me parece que es lo justo.

¿Qué diferencias hay entre Andrés Avelino Cáceres, que sobrevivió a la guerra, y los héroes que perecieron en ella, como ocurre en los casos de Alfonso Ugarte, Miguel Grau, Francisco Bolognesi y Leoncio Prado?

Cáceres no pereció en la guerra, se salvó, “por un pelo”, en realidad. No quiero contar la anécdota de cómo se salvó de perecer en la batalla de Huamachuco. Basta evocar que su caballo “El Elegante” lo salvó, con sus prodigiosos saltos, de los fusiles y sables chilenos.
Evidentemente, para los peruanos hay una jerarquía. Grau, por ejemplo, está por encima de Cáceres, porque el gran marino fue un mártir de la nacionalidad. De hecho, la muerte da una dignidad especial. Sobre todo la muerte heroica y con sacrificio personal. Pero, pese a esas circunstancias, yo creo que lo que hizo Cáceres en la Sierra, esa capacidad de unir al Perú, de hacer una resistencia tan heroica -tan épica, diría yo- nunca se olvidó. De esta manera, como le ocurrió a Grau, Cáceres también encarnó –a su manera- a todo el Perú. Jorge Basadre, historiador peruano, dijo que los ataques políticos (e infundados) que pretendieron después restar méritos a la Campaña de la Breña fueron como “lodo resbalando sobre granito”. Efectivamente, ni siquiera en las épocas de mayor virulencia política contra Cáceres, hacia 1894 y 1895, los peruanos del promedio perdieron jamás este recuerdo de la Breña, que era un recuerdo de heroísmo, de unión y, sobre todo, de lucha colectiva por un ideal superior: la lucha desesperada por la supervivencia del Perú, la brega de una Nación colocada ante el abismo.
Hay otro detalle importante sobre el hecho de que Cáceres haya escapado de la muerte durante la guerra. Creo que al revés de lo que se ha dicho en la historia tradicional, la salvación de Cáceres en la batalla de Huamachuco resultó ser providencial para el Perú. Recogiendo una idea que fue expresada inicialmente por González Prada, Basadre llegó a decir que “Cáceres debió morir en Huamachuco”, lo que, según él, habría sido un final grandioso para un extraordinario militar. Con la admiración enorme que yo le tengo a Basadre, discrepo con ese punto de vista. Porque pienso que hay que ver el contexto de la época. No hay que apreciar la historia únicamente desde la perspectiva de hoy. Hay que zambullirse en lo que ocurría en 1883 y en 1884. Si hacemos esto, veremos que lo que faltaba en esos años era liderazgo. En efecto, la derrota produjo, entre otros efectos, el pavoroso desprestigio de la clase dirigente peruana, a la que se acusaba de haber sido responsable de la derrota. Y me refiero a toda la clase dirigente, en su sentido más amplio, tanto político como social: terratenientes, guaneros, salitreros, civilistas, pierolistas, alto clero, oficiales de alta graduación y administradores. El dedo acusador apuntaba contra los dirigentes que habían protagonizado casos de corrupción, y contra la falta de previsión de los gobernantes que no habían fortalecido la marina peruana en un momento crucial. Fue una época de ataques devastadores. Se buscaban culpables, en muchos casos, con razón. Por lo tanto, cuando termina la guerra, el Perú era un desierto, políticamente hablando. No había líderes. Todos los sectores dirigentes estaban desprestigiados. Entonces, en ese vacío enorme, aparece este héroe limpio, este héroe valeroso, este héroe con miras claras, con deseo de defender la soberanía del Perú, de levantar al país, que es Cáceres. Era también un líder con popularidad, como hemos visto.
Durante la guerra civil de los años 1884 y 1885, con el apoyo de los campesinos que lo habían ayudado en la guerra internacional, Cáceres se enfrentó a Miguel Iglesias, quien había hecho la paz con Chile. A fines de 1885, venció a Iglesias y entregó el poder a una Junta de Gobierno. Es decir, no se impuso como un militar vencedor. Al año siguiente, en 1886, salió elegido democráticamente en elecciones, y asumió, a mediados de ese año, como una gran esperanza nacional.
Desde este punto de vista, yo pienso que el hecho de que Cáceres haya salido indemne de la guerra internacional (tanto en un plano físico como político) fue muy positivo. Fue él, como presidente de un país en ruinas, quien le dio ese primer gran empujón al Perú. Cáceres le dio ese primer marco de seguridad, que yo no sé si hubiera podido ser conseguido por los sectores dirigentes tradicionales, entre los que incluyo a los partidarios del caudillo Nicolás de Piérola.

En un momento de su vida, Cáceres fue subordinado de Ramón Castilla. ¿Qué aprendió Andrés Avelino Cáceres, referente del Segundo Militarismo, de Ramón Castilla, referente del Primer Militarismo?


Cáceres fue admirador de Ramón Castilla. Cuando era un joven oficial del ejército peruano, combatió en el ejército mandado por Castilla. La tradición oral dice que Castilla conoció al joven Cáceres, cierta vez en que este último fue herido de gravedad en Arequipa, durante una de las guerras civiles, y que le expresó su admiración. Según esta versión, Castilla pronosticó entonces la importancia que el futuro Brujo de los Andes tendría para el Perú.
Así como Cáceres representó un principio ordenador y de cohesión para el Perú en el año 1886, después de la guerra civil, de la misma manera Castilla representó en su momento un principio de orden y renacimiento del Perú luego de las guerras de Independencia y de esas terribles décadas de desorden que la siguieron. A mediados del siglo XIX ese gran tarapaqueño que fue Castilla comenzó a levantar al Perú. Es verdad que contó con la riqueza del guano, cuya explotación crecía por entonces. Pero sería injusto decir Castilla fue bueno sólo porque tuvo los recursos del guano. Definitivamente el guano ayudó de manera sustancial, pero también lo hizo la personalidad y la voluntad de Castilla. De hecho, los presupuestos del Perú comenzaron a hacerse en la época de este presidente. En los años de Castilla fue creado, por ejemplo el Servicio Diplomático, al cual me honro en pertenecer. Castilla también incursionó en el ámbito social: su nombre está asociado al otorgamiento de libertad a los esclavos y a la supresión del tributo indígena, que eran reliquias del tiempo virreinal. Ello no quita que Castilla haya tenido errores y que haya sido, por momentos, muy autoritario. Pero, haciendo sumas y restas, el balance fue muy positivo. Durante sus gobiernos, el Perú fue un país respetado, que no solo comenzó a ordenarse internamente haciendo uso de esta riqueza del guano. También –es preciso recordarlo- tuvo prestigio internacional, porque se erigió en una suerte de líder dentro de los estados del Pacífico para la defensa de Hispanoamérica contra las agresiones y amenazas que provenían de Europa. Debemos recordar que entonces pervivía en algunas potencias europeas la idea de influir en América, o de valerse abiertamente de ella, como ocurrió en el caso de la invasión francesa de México. Castilla fue un propulsor de la defensa continental, de la dignidad de América Hispana contra la prepotencia de las potencias colonialistas. En otro orden de cosas, Castilla fortaleció el poder naval y garantizó la seguridad del Perú. No hay que extrañarse de que Cáceres haya tenido tanta admiración por Castilla, que representó, en palabras del historiador Basadre, “el único momento cenital” en la historia del Perú del siglo XIX.

¿Qué significó el enfrentamiento de Andrés Avelino Cáceres con otro héroe de la guerra, Miguel Iglesias?


De Iglesias ya hemos hablado antes. Iglesias fue como Pétain, para hacer una comparación con la Segunda Guerra Mundial. Iglesias venía de ser un héroe en la batalla de Chorrillos. Era un líder pierolista que combatió muy heroicamente en esa acción de armas durante la defensa de Lima, donde perdió a su primogénito, Alejandro. No era un militar de carrera, sino un hacendado. Se lo recuerda porque, en el clímax de la campaña dirigida por Cáceres, dio el paso de declarar que había que hacer la paz con Chile. Según el cristal con el que miraron los contemporáneos, unos dijeron que era traición y cobardía. Otros, que era sensatez.
Esto ocurrió en 1882. Cáceres se volvió, desde entonces, enemigo furibundo de Iglesias, a quien acusó de dividir al Perú. Cáceres obedecía por entonces al gobierno de Montero, que se encontraba en proceso de afirmar su sede de gobierno en la ciudad de Arequipa.
Iglesias se erigió como el líder que quería hacer la paz a toda costa, como el que quería entregar Tarapacá, y no seguir combatiendo, para dar inicio a la reconstrucción. Cáceres representaba la opción de seguir combatiendo. Entonces desde ese momento, como dije, se generó una distancia feroz entre ambos. Pero yo pienso que hay que poner este conflicto en contexto. Cáceres pudo organizar, merced a sus esfuerzos, una gran resistencia en el Centro del país porque no hay que olvidar que esa región tenía una sociedad campesina más cohesionada. El Norte del Perú era más desorganizado y vulnerable, socialmente hablando. Iglesias tuvo una meritoria victoria contra los chilenos en San Pablo, pero sintió que no podía organizar una resistencia efectiva, y que lo único que iba a conseguir era la generación de represalias destructivas por parte de los chilenos. Es preciso que entendamos también su punto de vista, que provenía de un hombre –recordémoslo- que se había comportado como un héroe en la batalla de Chorrillos en 1881, lo que había motivado en su momento la admiración de los mismos enemigos chilenos.
Cuando Cáceres fue derrotado en Huamachuco, en julio de 1883, los “bonos” políticos de Iglesias subieron enormemente. Muchos peruanos que habían sido partidarios de continuar la lucha vieron en esta terrible derrota, pese al heroísmo de los breñeros de Cáceres, la gota que colmó el vaso de la resistencia. Decidieron apoyar a Iglesias.
Esto ocurrió entre julio y diciembre de 1883. En este último mes, Iglesias le ofreció a Cáceres aceptar el instrumento que su régimen había suscrito: el llamado Tratado de Ancón, que cedía la rica provincia de Tarapacá a Chile y le entregaba, por diez años, Tacna y Arica, hasta la realización de un plebiscito. Sin conocer todavía en detalle el tratado, Cáceres rechazó esta oferta y se declaró en rebeldía en la Sierra, diciendo que no podía pisotear “en este extraño retroceso, las cenizas de tantas víctimas augustas”. Aludía así a todos los miles de peruanos que habían caído durante las luchas entre las breñas contra las fuerzas invasoras.
Comenzó así un estado de enfrentamiento latente. En junio de 1884, Cáceres reconoció el Tratado de Ancón como “hecho consumado”. No obstante, en agosto, cuando los chilenos subieron a sus barcos y abandonaron el Perú, estalló la guerra civil entre los partidarios de Cáceres e Iglesias. Como dije anteriormente, este conflicto concluyó con el triunfo de Cáceres a fines de 1885. Su entrada a Lima, acompañado de soldados indios que usaban quepis rojo, fue vista entonces como el inicio de una nueva época en la historia peruana.

Hugo Pereyra Plasencia es Cónsul General Adscripto del Perú en Buenos Aires

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Entrevista a Hugo Pereyra Plasencia, autor del libro MANUEL GONZÁLEZ PRADA Y EL RADICALISMO PERUANO, por el periodista argentino Juan Cruz Castiñeiras

Buenos Aires, 15 de octubre de 2009


¿Qué es el radicalismo peruano?


Por lo que he podido estudiar, el radicalismo nació en el siglo XIX como un movimiento político, como una doctrina política, como un tipo específico, contestatario, del liberalismo. El movimiento y la doctrina fueron universales en su tiempo. Buscaban reformar profundamente la vida política e introducir la “cuestión social”. Hubo, por ejemplo, un radicalismo francés, un radicalismo argentino, un radicalismo chileno y también un radicalismo peruano. Solo que la diferencia entre el radicalismo peruano y el argentino (por comparar dos versiones de este pensamiento) es, en este caso, la perdurabilidad: el radicalismo argentino dura hasta ahora, hay una herencia radical argentina. En el Perú, el radicalismo fue muy breve. A fines del siglo XIX estaba prácticamente extinguido en lo que se refiere a su peso político, a su actividad partidaria. Pero no se puede decir lo mismo sobre las ideas que difundió, que estaban centradas en torno a la introducción de las cuestiones sociales. En el caso del Perú, hablamos, por ejemplo, de la incorporación del campesino indígena a la vida social y política, a la lucha contra la corrupción, y a la búsqueda de una mayor solidez y representatividad en las instituciones. En pocas palabras, el radicalismo universal tuvo ideas generales que fueron adaptadas a la realidad peruana. Aunque desconozco si fue una idea dominante en los movimientos radicales chileno y argentino, otro rasgo importante del radicalismo peruano fue su atracción por la ciencia. Me refiero a la ciencia tradicional, a la física, la química, etc., y también a la ciencia aplicada. Para los radicales peruanos, el culto de la ciencia era una de las maneras de romper con la educación tradicional basada en conocimientos científicos atrasados. La ciencia era vista como una herramienta para proyectar al país hacia la modernidad…


¿Había influencia positivista en ese pensamiento?


Justamente, la conexión entre el radicalismo y el positivismo en el Perú se da por la vía de la ciencia. Pero también hay una diferencia: el positivismo en el Perú fue un movimiento conservador, no hablaba de temas como la lucha contra la corrupción o la incorporación del indio. Los que defendieron estos temas fueron los radicales. No obstante, repito, radicales y positivistas tuvieron en común la admiración y atracción por la ciencia.

¿Qué es el Segundo Militarismo en contraposición a un Primer Militarismo?

El Primer Militarismo fue el militarismo de la primera mitad del siglo XIX en el Perú. Fue un período, como sugiere el nombre, de dominación de caudillos militares, seguido después por la influencia civil del tiempo de Manuel Pardo. El Segundo Militarismo se inició hacia el final de la Guerra con Chile. El general Miguel Iglesias tomó el poder en el año 1883, todavía estando los alrededores de Lima ocupados por los chilenos, y continuó hasta 1885. En 1886, luego de su triunfo en la guerra civil contra Iglesias, el general Andrés A. Cáceres, héroe de la Campaña en la Sierra contra los chilenos, subió al poder. Gobernó en dos períodos. Primero, hasta el año 1890 y después, muy brevemente, entre los años 1894 y 1895. En todo caso, el Segundo Militarismo fue, esencialmente, un período dominado por la figura de Cáceres, ya sea como Presidente de la República o como el político que actuó entre bambalinas apoyando a sus partidarios.

¿Qué papel juega Manuel González Prada en el radicalismo peruano en el marco del Segundo Militarismo?

El papel de González Prada fue muy especial. De no haberse producido la Guerra con Chile —que fue un episodio muy traumático para el Perú— González Prada hubiera sido un poeta y un empresario muy exitoso y muy adinerado, dedicado a la preparación industrial de almidones producto del tratamiento de las yucas de sus haciendas. González Prada era un hacendado descendiente de españoles, era muy acaudalado y tenía una vida muy organizada. Pero la guerra, como les pasó a tantos, removió su vida. González Prada se empeñó en encontrar cuáles habían sido las causas de la derrota. En ese proceso, este literato que era González Prada se acercó a la política, se acercó a la discusión pública sobre las secuelas de la guerra y, concretamente, se erigió como un campeón en la lucha contra un contrato que iba a ser suscrito entre el gobierno peruano y los tenedores de bonos británicos para tratar el asunto de la deuda peruana, que era previa a la Guerra del Pacífico. Él tenía una posición muy nacionalista, muy de defensa de los recursos naturales y de los intereses del Perú. Por cierto, fue una posición un poco apasionada. Yo explico esta idea en mi libro. No obstante, lo que quiero destacar aquí es que este episodio de oposición al Contrato Grace —que así se llamaba ese contrato entre los tenedores de bonos británicos y el gobierno peruano— es el que da nacimiento al político, tanto en su caso como en el del Círculo Literario que él dirigía. En pocas palabras, González Prada y su grupo pasaron de la literatura a la política presionados por las circunstancias del momento. Ellos sentían que era una etapa de reconstrucción y de refundación de la República, y que era su deber participar activamente en este proceso.

Cuando se habla de González Prada se lo asocia a la figura de Víctor Raúl Haya de la Torre, ya que este líder político aludía mucho a la obra de González Prada. ¿Qué influencia tuvo él en el pensamiento de Víctor Raúl?

Mucha. González Prada tuvo su actividad en el Perú en la segunda mitad del siglo XIX y de comienzos del siglo XX. Él comenzó encabezando la corriente radical. Posteriormente, en el siglo XX, se torna anarquista, aunque sin dejar su estilo radical cuando quiere referirse a la política peruana concreta. En ambos casos, tanto en la vertiente radical como en la vertiente anarquista, no hablamos de doctrinas marxistas. No hay referencias a Marx en los textos más conocidos de González Prada. En el caso del radicalismo fue básicamente, como hemos visto, un movimiento de crítica social aplicado al Perú. Por decirlo de alguna forma, el pensamiento de González Prada fue una visión transformadora y democrática no marxista. Muy joven, Haya de la Torre conoció a González Prada. Haya era entonces un estudiante universitario que había llegado a Lima. Era provinciano, de Trujillo. Haya cuenta en uno de sus textos que él conoció a este venerable patriarca que era González Prada cuando tenía el cargo de Director de la Biblioteca Nacional. Trabó contacto con él y le expresó su admiración. Pero, al poco tiempo, González Prada murió. Por eso, en esa etapa, la influencia de González Prada sobre Haya no fue muy grande. Fue más bien una relación de admiración de este joven trujillano, provinciano, frente a este gran intelectual peruano. Posteriormente, el APRA abrevó del pensamiento de González Prada. Dado que, como dije, este pensamiento era una visión transformadora y democrática no marxista, no resulta extraño que el aprismo auroral haya abrevado de dicha fuente. Cabe recordar que el APRA se desvinculó desde el comienzo del stalinismo. González Prada se había erigido como un modelo de pensador progresista no marxista, no clasista (en el sentido de “dictadura del proletariado” que se da a esta expresión el pensamiento de Marx). Esta visión sin duda sirvió a los apristas como una guía en la idea de integrar al Perú, de unir a los “trabajadores manuales e intelectuales” (como venía ocurriendo desde el tiempo previo de las llamadas Universidades Populares), de acabar con el molde elitista de la política y de incorporar a los sectores olvidados. Estas fueron las banderas que alzó el APRA, inspiradas en el pensamiento de González Prada. Por lo que he leído, en los documentos fundacionales del APRA, en la década de 1930, González Prada fue tomado como una referencia. Y algo más: la viuda de González Prada, doña Adriana de Verneuil, publicó un libro de memorias ya en los años 40 donde explícitamente ella dice, según su punto de vista, que el APRA de ese momento era la encarnación del pensamiento de su esposo. Aún más, antes de fallecer en los Estados Unidos, donde radicaba al final de su vida, la viuda de González Prada declaró como heredero de sus bienes a Haya de la Torre, quien en ese momento estaba superando una época terrible de persecución, recluido en la Embajada de Colombia en el Perú. El gesto de esta dama habla elocuentemente de la vinculación espiritual y política que hubo entre su esposo y Haya.

¿Qué significó el enfrentamiento intelectual entre el costumbrista y tradicionalista Ricardo Palma y el revolucionario Manuel González Prada?.


González Prada pasó de ser un poeta de lujo a ser un crítico social radical, a pesar de descender de la más rancia estirpe española. (Es paradójico, pero González Prada descendía de españoles que lucharon por el Rey en tiempo de las luchas de la Independencia.) González Prada se volvió político y esgrimió una bandera literaria anti española. El decía que no debíamos concentrarnos en España, que había que ver hacia Inglaterra, Alemania, Francia; sobre todo Francia se vuelve su ideal. Tengo entendido que fue un proceso que se dio en otros países de América, en México y la Argentina. Me refiero a la tendencia de dejar de mirar la literatura española y empezar a apreciar la literatura de otros países. González Prada hablaba perfectamente el francés. González Prada ve el pasado español como un lastre, sobre todo en lo que se refiere a la religión. Él es anti clerical, critica a la Iglesia Católica, se declara ateo, aunque es bueno aclarar que éste fue sólo uno de los muchos aspectos de su pensamiento. Todo ello, digamos, es una especie de expresión de su anti españolismo. Asocia anti españolismo con luchar por la modernidad, por la ciencia, por la apertura social, en fin, establece una dicotomía, que no deja de ser extremista y discutible (como tantos planteamientos discutibles tuvo este pensador, al lado de sus notabilísimos aportes). El caso de Palma es diferente. Palma provenía de la clase media. Incluso se podría decir que venía de sectores populares. Él toma al Virreinato como tema de sus llamadas Tradiciones Peruanas, que son una evocación graciosa, una evocación muy simpática de ese tiempo. Sobre esto hay dos teorías. La más común señala que él era un adorador del Virreinato. Pero, en realidad, una lectura detallada de Palma indica que más bien se burlaba del Virreinato, se burlaba graciosa y elegantemente, pero se burlaba de ese cierto oscurantismo que a veces está asociado al tiempo de la dominación española. Me refiero, por ejemplo, al tema de los fantasmas, que son frecuentes en sus tradiciones, y al de las luchas por el honor. Recuerdo la tradición referida a dos nobles que vivían en Lima que mantuvieron un largo pleito porque sus calesas se habían quedado obstruidas en una calle estrecha de la ciudad y ninguno de los dos quería ceder el paso al otro. Algunos señalan que en esta especie de cariño que tenía Palma por el Virreinato trasluce también un sentido de burla discreta.

¿Cuánto tardó en hacer el libro y en que fuentes periodísticas se basó?


El libro lo investigué en la Biblioteca Nacional del Perú durante más o menos un año (entre 2003 y 2004), y lo escribí en medio año. Lo que yo he buscado es no estudiar a González Prada únicamente en base a los libros que él publicó. Él y su hijo editaron, en efecto, compilaciones de textos, la mayor parte de ellos retocados. Me refiero, en el caso de González Prada, a “Páginas Libres” y a “Horas de Lucha”. Si bien estas recopilaciones son importantes, yo preferí ir a la prensa de la época para ver a González Prada en el contexto del momento, de las noticias del momento, de los problemas del momento. Las fuentes periodísticas me permitieron ubicar con mayor precisión a González Prada. Hicieron posible, por ejemplo, explicarme por qué González Prada fue en un comienzo radical y no anarquista. Por ejemplo, en el año 1888, cuando fue pronunciado el discurso en el teatro Politeama —que condenaba a la generación anterior por la derrota en la guerra internacional— González Prada era un radical y no un anarquista. Era una época en la que ya había anarquistas más o menos organizados en otros países latinoamericanos. Esta temprana adscripción al radicalismo se comprende viendo las fuentes de la época. Porque si uno ve lo que pasaba en el Perú en el año 1888, estamos hablando de un país que salía de una guerra terrible y que sufría la situación de dos provincias cautivas, Tacna y Arica, que habían quedado en manos de Chile. Nos estamos refiriendo, en este caso, a las poblaciones peruanas cautivas en esos territorios, que clamaban por su liberación y por su reintegración a la patria peruana. Se comprende que, entonces, todo el Perú giraba en torno a la angustia de las poblaciones peruanas que habían quedado atrapadas en ese territorio ocupado por Chile. Es imposible que un anarquista hubiese surgido en ese ambiente, que era patriótico y nacionalista. Se aprecia con claridad que el radicalismo era una opción mucho más lógica para ese momento, porque se articulaba con esta atmósfera patriótica que dominaba al Perú de la post Guerra del Pacífico.

¿Cómo se debe recordar a Manuel González Prada?


Manuel González Prada fue un precursor del Perú moderno, pero no hay que idealizarlo. Definitivamente, hay una tendencia en América Latina a mostrar estatuas de bronce, a seres perfectos, y no a personajes de carne y hueso. Yo demuestro en mi libro que González Prada estuvo esencialmente equivocado al exagerar sus ataques contra el Contrato Grace. En realidad, como hoy dicen muchos historiadores, ese contrato con los tenedores de bonos británicos no fue tan malo como se lo pintó en el pasado. Fue, en todo caso, lo menos malo que se pudo conseguir en ese ambiente tan terrible y de tanta estrechez después de la guerra. En efecto, quizás González Para fue un poco exagerado en algunas cosas, pero lo que nadie discute es su notable papel como introductor de temas sociales. Fue el primer gran político peruano que habló de la perentoria necesidad de incorporar a los campesinos indígenas peruanos a la vida política del Perú en un tiempo en que había una pavorosa distancia espiritual entre la costa y la sierra. Que habló también de incorporar al Perú a la modernidad, es decir, a la gigantesca corriente de desarrollo que se generaba en esa época, a fines del siglo XIX, caracterizada por una notable aceleración tecnológica. González Prada fue un político que habló de modernizar al Perú y de integrarlo positivamente en su entorno mundial. Creo que aparte de su lucha contra la corrupción y de su honestidad personal — que nadie discute— yo creo que fue el primer gran político moderno del Perú, el primero que habló del Perú como un todo y no a través de los intereses de clubes de oligarcas, o de partidismos sesgados.
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RESEÑA

"Pereyra Plasencia, Hugo. Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña
(1882-1883)
. Lima: Asamblea Nacional de Rectores, 2006, 476 pp.


Una de las imágenes que la Guerra del Pacífico parece poseer en la historiografía es la de un conflicto que implicó a su vez varias guerras: nacional, de clases e incluso de razas. Dentro de la literatura sobre este tema tan polémico, es que se inserta la obra de Hugo Pereyra que es objeto de esta reseña. Si bien el enfrentamiento armado duró casi un lustro —entre la declaratoria de guerra (abril de 1879) y la firma del tratado de paz de Ancón (octubre de 1883)—, solamente dos años son estudiados en el libro: 1882 y 1883. Es decir, se aborda una parte de la llamada campaña de la Breña o de la sierra (1881-1883), en la cual el futuro mariscal Cáceres, con tropas mal armadas y campesinos indígenas o mestizos, lideró la resistencia contra el ejército de ocupación chileno, en un territorio que fue esencialmente la sierra central.


Esta publicación, originalmente una tesis de maestría en Historia sustentada en el año 2005 en la Pontificia Universidad Católica del Perú, ganó el primer lugar en el I Concurso de Tesis Universitarias de Postgrado convocado por la Asamblea Nacional de Rectores. En sus páginas, se presentan, con bastante detalle, dos años de un episodio militar que, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980, despertó el interés de varios investigadores, como Heraclio Bonilla, Henri Favre, Patrick Husson, Florencia Mallon y Nelson Manrique.


¿El campesinado andino adquirió algún grado de conciencia nacional durante la guerra? ¿Qué peso tuvieron los factores étnicos y socioculturales en el conflicto? Estas son algunas de las preguntas que más debate han suscitado respecto de la campaña de la Breña. Pereyra considera que ella «expresó con claridad todo el potencial de integración del país», pese a las limitaciones «para concluir la construcción de la nacionalidad» (pp.16 y 72-102). En este sentido, destaca el impacto de la acción de lastropas chilenas en la toma de conciencia del campesinado peruano (p.35), la que permitió la «expansión de la mentalidad de las poblacionesandinas» (p. 158). Sin embargo, el autor resalta también la variedad de formas en que se vivió la guerra en el ámbito local, lo que impide hacer generalizaciones (p. 176), con lo cual sigue planteamientos previos realizados por autores como Husson. De otro lado, los polémicos episodios de ataques campesinos contra peruanos blancos y chilenos, sin distinción, son presentados en este libro como incidentes de motivación «delincuencial» (p. 53) y de «odio racial» (p. 79). Probablemente, estas apreciaciones se habrían enriquecido de haberse abordado de un modo más teórico los efectos de la guerra —la manera en que esta puede generar unidad, pero también división— en una sociedad como la peruana, con grandes diferencias étnicas y socioeconómicas. Un enfoque de ese tipo habría permitido discutir más extensa y analíticamente el papel del campesinado en la lucha contra el ejército invasor chileno, y también el sentido de los ataques contra los hacendados colaboracionistas. Pereyra aborda también varios otros temas de manera erudita, y demuestra así un amplio manejo de fuentes primarias y secundarias de procedencia peruana y chilena. Centrarse en dos años del conflicto le permite aludir aspectos como la articulación entre las tropas y las fuerzas auxiliares campesinas, el papel de los sacerdotes en la sierra durante la resistencia, el pensamiento político y estratégico de Cáceres, las formas de pensamiento de esa época —en particular, el peso del socialdarwinismo entre las elites— y el papel de la prensa peruana y chilena durante el conflicto —aspecto al que le dedica el capítulo «Una guerra mediática en torno de la Campaña de la Sierra»—. Igualmente, el autor presenta sugerentes ideas sobre el rol del individuo en la historia, en concreto, el peso de la figura de Cáceres en relación con las estructuras socioeconómicas y la mentalidad de su época (p. 19). En esta línea, se llega incluso a reflexionar sobre el hipotético escenario que se habría presentado si ese caudillo hubiese ganado la batalla de Huamachuco, en el capítulo «Lo que ocurrió y lo que pudo ocurrir». Asimismo, es de interés el tema del «factor femenino», como llama Pereyra a la presencia de las mujeres en la guerra (pp. 183-187), y, concretamente, a la historia de las doncellas exigidas por el ejército de ocupación a los campesinos, uno de los probables detonantes de su participación en el conflicto contra los chilenos.


Hubiera sido conveniente explorar más algunos de estos aspectos, abiertos como ventanas que muestran detalles de la campaña en los Andes. Ello habría hecho posible construir, con la información recabada, argumentos que explicaran mejor esa etapa de la guerra. De todos modos, el libro ofrece útiles sugerencias para futuras investigaciones. Probablemente por ello, en la parte final se incluye una larga cronología de los acontecimientos ocurridos entre 1882 y 1883, y un más extenso apéndice documental con fuentes primarias, varias de ellas inéditas, sobre la campaña de la Breña. Ambas secciones conforman casi la mitad de la obra, y parecen ser la invitación al lector especializado para que continúe con el trabajo iniciado por Pereyra. Esto permitiría conocer cómo dos años de la guerra afectaron a la sociedad peruana, tomando en cuenta aspectos como los siguientes: el papel del ejército y de la Iglesia en la defensa del país ante la debilidad del Estado; el carácter paternalista de la sociedad serrana, que permitió la formación de redes clientelares en la lucha contra el enemigo —que no era solamente chileno, sino también peruano, de acuerdo con las circunstancias— y que se horrorizó ante la posibilidad de que este ultrajara a sus mujeres; la formación de una opinión pública durante la guerra de palabras emprendida por la prensa y paralela al enfrentamiento en el campo de batalla; y, por último, el discurso indigenista durante el conflicto —llamado por Pereyra «pequeño indigenismo»—, simultáneo al discurso racista asumido por sectores de las elites peruana y chilena. En suma, estas páginas invitan a pensar sobre la manera como el conflicto afectó a una sociedad tan diversa como la peruana, qué rasgos persistieron en ella, cuáles se reforzaron y cuáles pudieron haberse modificado.


De otro lado, la abundancia de temas en el libro sugiere que quizás hubiese sido adecuado integrarlos de mejor manera para evitar desbalances al presentar la información. Por ejemplo, los capítulos dos y tres, «El pensamiento político y militar de Andrés A. Cáceres entre 1882 y 1883» y «La Campaña de la Sierra y los guerrilleros indígenas», respectivamente, son, sumados, más voluminosos que los cuatro restantes. La brevedad de estos, por cierto, no desmerece su calidad. Así, el primero, «El contexto histórico entre 1881 y 1883», es una excelente síntesis de la guerra, en la que se emplean fuentes primarias y se intenta narrar los hechos de una forma objetiva. Esta búsqueda de la objetividad, por cierto, es constantemente resaltada por el autor en las páginas del libro. Tarea difícil, si se tiene en cuenta el carácter patriótico que suele encerrar toda historia nacional sobre una guerra. Pero es destacable que, al intentar despojarse de visiones prejuiciosas, Pereyra haya podido contrastar fuentes peruanas, chilenas e incluso de otras nacionalidades (pp. 21-24 y 29-31) y analizarlas con detalle.


Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña es, en fin, una obra valiosa acerca de un episodio que sigue siendo polémico y vigente pese a los largos años que nos separan de él, probablemente porque propicia la reflexión sobre el carácter de la sociedad peruana y sus posibilidades de unirse en momentos de grandes catástrofes.


Iván Millones Maríñez
Pontificia Universidad Católica del Perú"

(Publicada en la revista Histórica de la PUCP, volumen XXX, Nro. 2, Diciembre de 2006. pp. 148-151).