Categoría: SOBRE LA COYUNTURA
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A continuación posteo unos ineresantes comentarios del escritor Benjamín Prado (Español) sobre la actualidad de la obra literaria de Dickens, señalando que en cualquier ciudad europea (y yo díria latinoamericana) siguen viendose los personajes complejos en historia y trama que narró el gran escritor inglés. El artículo ha sido publicado en el Diario EL País el 07.02.2012

Por: Benjamín Prado

Algunas personas mueren y otras solo desaparecen. El novelista Charles Dickens, por ejemplo, dejó este mundo en 1870 pero sigue estando aquí. Y no solo porque obras suyas como David Copperfield, Cuento de Navidad, Oliver Twist o Historia de dos ciudades, entre otras muchas, sean clásicos imprescindibles en cualquier biblioteca que intente ser tomada en serio, sino también porque la mayoría de sus temas característicos, como la lucha de clases, la explotación infantil o la ineficacia de la justicia, siguen de actualidad y porque sus personajes continúan entre nosotros, con nombres diferentes pero con los mismos problemas. ¿O es que no podrían estar dentro de Oliver Twist, junto a los niños callejeros que la protagonizan, esos otros niños reales que hoy son abandonados en las calles de Grecia por sus familias, con la esperanza de que alguien los alimente? ¿No nos recuerdan los convictos de La pequeña Dorrit, presos en la cárcel de Marshalsea, a orillas del río Támesis, por no poder pagar sus deudas, a los desahuciados que aquí y ahora, en la España del siglo XXI, arrojan a la miseria los bancos cuando ya no pueden pagar la hipoteca salvaje que tenían con ellos? ¿No nos hacen pensar muchos de los métodos y teorías del neoliberalismo a los del usurero Scrooge en Cuento de Navidad o a los del avaro Uriah Heep en David Copperfield? Dickens fue uno de los abanderados del realismo, junto a Balzac, Tolstói, Stendhal o Benito Pérez Galdós, y un escritor social que denuncia en sus libros las desigualdades que se producían en la Inglaterra victoriana y especialmente el modo en que se explotaba a los trabajadores para conseguir la industrialización del país. Su contemporáneo Carlos Marx dijo de él que "en sus libros se proclamaban más verdades que en todos los discursos de los políticos y los moralistas de su época juntos". Y sin ninguna duda, el autor de Grandes esperanzas es la mejor prueba de que Balzac estaba en lo cierto cuando dijo que las buenas novelas son la historia privada de los países. Hoy se cumplen 200 años de su nacimiento y nuestro mundo, por desgracia, se parece en demasiadas cosas al suyo. Para comprenderlo, no hay más que leer el principio de Historia de dos ciudades: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación".
En Tiempos difíciles, Dickens critica ácidamente las lamentables condiciones de vida de los obreros ingleses y la desproporcionada distancia que había entre su existencia y la de los ricos del país. Hoy, en plena crisis, con la Bolsa en números rojos, los impuestos por las nubes y los sueldos por los suelos; con los Gobiernos de Europa intentando llenar con dinero público el pozo sin fondo del sistema financiero y las cifras del paro creciendo en nuestro país hasta el borde del abismo, es muy posible que el lector se asombre al ver cómo esa novela publicada en 1854 describe la actualidad. ¿O acaso el desequilibrio entre las miserables casas de los proletarios que dibuja Dickens, frías, oscuras y casi sin muebles, y las lujosas mansiones de los capitalistas, que consideran a sus empleados simples bestias de carga, no es comparable al que hay entre los salarios de los mileuristas y los sueldos astronómicos que se ponen a sí mismos los directivos de los bancos, hoy día? La única diferencia entre aquellos privilegiados y estos es que entonces se llamaban utilitaristas y hoy se llaman neoliberales, y que unos citaban a Stuart Mill y otros a Milton Friedman, pero nada más.

Cuando Dickens retrata en Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfiel o La pequeña Dorrit a unos seres sin escapatoria y de la familia de los pícaros españoles, el Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo o El buscón, sabía de qué hablaba, porque él mismo había sufrido en su infancia los latigazos de la miseria, cuando su padre estuvo tres meses encerrado en la prisión de Marshalsea, por una deuda con un panadero que hoy equivaldría a 3,50 euros y que hizo que él fuese enviado a trabajar en una infernal fábrica de betún. Su batalla contra la injusticia ya anticipaba el fracaso de un sistema que se basara en la explotación, aunque sus advertencias a los poderosos fuesen voces en el desierto: "¡Oh, economistas utilitarios", escribe, "comisarios de realidades, elegantes incrédulos... si seguís llenando de pobres vuestra sociedad y no cultiváis en ellos la esperanza, cuando hayáis conseguido arrancar de sus almas todo idealismo y ellos se encuentren a solas con su vida desnuda, la realidad se convertirá en un lobo y os devorará". Se equivocó, y no hace falta más que volver una vez más los ojos hacia la Grecia de hoy, verá que los dos extremos siguen en su sitio: las televisiones hablan de niños que a media mañana se desmayan en los colegios a causa del hambre y los diarios dicen que mientras el país solicitaba un rescate de la Unión Europea, sus potentados se llevaban a Suiza más de 200.000 millones de euros. En el fondo, y como demuestran de forma brutal las colas ante las oficinas del Inem y en los comedores de beneficencia de nuestras ciudades, las novelas de Charles Dickens son una constatación de hasta qué punto el capitalismo ha fracasado en su búsqueda del famoso Estado de bienestar.

Otra de las obsesiones de Dickens es la lentitud, ineptitud y en ocasiones impureza del sistema judicial, que tiene su mejor expresión en Casa desolada, donde se refleja la mezcla de incompetencia y prepotencia de una Corte de la Cancillería que a algunos les podrá hacer pensar en ciertos magistrados y causas de nuestra Audiencia Nacional y nuestro Tribunal Supremo. O en Oliver Twist, donde se puede ver la forma en que la ley es cuidadosa con los fuertes y abusiva con los débiles por el modo en que el juez Fang insulta y castiga con desproporción a su desventurado protagonista. O, una vez más, en Tiempos difíciles, donde el escritor se burla de la incompetencia del sistema y de su invento más perverso, la burocracia, un laberinto sin salida simbolizado en un supuesto Departamento del Circunloquio cuya función es "hacer lo que sea necesario para que no se pueda hacer nada". En un país como España, donde solo el 27% de los ciudadanos opina que los medios que el Estado destina para garantizar la defensa jurídica son suficientes y la gran mayoría piensa que funciona mal, está anticuada y es ininteligible, los libros de Dickens siguen contando la verdad: nuestro mundo no ha sabido mantenerse a flote porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.

En junio de 1865, Dickens viajaba en un tren que sufrió un accidente terrible cuando cruzaba un puente en obras. Los siete vagones que precedían al suyo se despeñaron por un precipicio y él pasó horas atendiendo a los heridos hasta que llegaron las ambulancias y pudo ocuparse de regresar a su asiento y recuperar el manuscrito, aún sin acabar, de su penúltima novela, Nuestro común amigo. No hay que tener una gran imaginación para ver en esa escena una metáfora de esta Europa que hoy descarrila poco a poco, primero Grecia, luego Irlanda, después Portugal... Tal vez el derrumbe se detenga a tiempo, y los que nos conducen a la catástrofe recuperen el sentido común igual que lo hizo el tacaño señor Scrooge en Un cuento de Navidad, que al ver el negro porvenir que le anunciaban los espíritus del Pasado, el Presente y el Futuro, donde podía verse una tumba con su nombre y sin ninguna flor encima, supo cambiar a tiempo y convertirse en un hombre generoso. Es una parábola que, hoy más que nunca, merece la pena no olvidar.

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En el mundo ha surgido un proceso de crítica ácida hacia los gobiernos socialdemocrátas, que han venido gobernando con políticas económicas conservadoras, y que han sufrido duros reveses electorales en todo el orbe. El tema central es que engañaron a los electores pues prometieron algo que sabían que no cumplirían y apostaron por ser concesivos con la economía especuladora, de lo que ahora pagan duramente los ciudadanos de sus países, especialmente los que eran nucleo duro de su electorado.

A continuación posteo un interesante artículo publicado por Antonio Cazorla,catedrático de Historia de Europa, Trent University, Canadá, publicado en el Diario El País bajo el título "La socialdemocracia perdida, otra vez". Según indica el profesor Cazorla, en el combate contra la crisis económica, los que han ganado son la derecha pura y dura y el capital especulativo. Los "mercados" no han ganado a la "política", sino a las políticas progresistas y los socialdemócratas han ayudado a ello.

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Por: Antonio Cazorla

En su magnífica historia de la II Guerra Mundial (All Hell Let Loose), Max Hastings cuenta el comentario de un ama de casa británica que se sorprendía de que su Gobierno tenía en 1939 todo el dinero necesario para hacer la guerra cuando hasta entonces había estado diciendo que no podía endeudarse para reactivar la economía, o para ayudar a los pobres. Liderado por el laborista Ramsay MacDonald (entre 1931 y 1935), el National Government que gobernó Reino Unido durante toda la década de los treinta fue una coalición de los principales partidos británicos, pero en realidad estuvo controlado por los conservadores. Este fue el Gobierno de la Gran Depresión, que hizo cortes en el gasto social para preservar el prestigio de la libra y reducir el déficit. El resultado fue que el sufrimiento de la Depresión fue para los parados. Muchos de los que conservaron su trabajo y los que tenían rentas de capital de hecho mejoraron su poder adquisitivo. Dicho con otras palabras: la sociedad británica se fraccionó aún más bajo un líder laborista que hacía políticas de derechas.
Merkel y Sarkozy ni retan las causas profundas ni ofrecen más alternativa que el sufrimiento
La socialdemocracia de hoy, como el laborismo resignado de MacDonald, ha abrazado la ortodoxia para combatir la crisis. Como explicación / justificación a menudo se dice que los supuestamente neutrales "mercados" han ganado a la política, a toda la política. No es verdad. Los que han ganado son la derecha pura y dura y el capital especulativo. Los "mercados" -o más bien las agencias de calificación, la City, Wall Street, los hedge funds y otros- no se han lanzado a aniquilar a los Gobiernos que los han tratado tan bien, a base de salvarlos de la ruina, no pedirles responsabilidades, darles impunidad para seguir haciendo daño y beneficios fiscales. Los "mercados" no han atacado a los Gobiernos de Cameron u Obama, a pesar de sus déficits abultados, muy altos niveles de deuda y la impresión masiva de moneda. Les han pedido y obtenido más, eso es todo. Los "mercados" no han ganado a la "política", sino a las políticas progresistas.
Lo malo es que la socialdemocracia europea les ha ayudado mucho. Porque a ella y a lo que quede de la democracia-cristiana reformista (los impulsores del milagro económico y social de posguerra) les han fallado la memoria y los reflejos desde mucho antes de que la crisis estallara. Desde los años noventa, dejaron de reflexionar seriamente sobre en qué beneficiaban a la sociedad y a la economía real la desregulación por la desregulación, la moneda única, que el sector financiero aumentase porcentualmente varias veces por encima del crecimiento de la economía real, y, especialmente en España, la especulación inmobiliaria (que los Gobiernos y alcaldes de izquierdas apoyaban tanto como los de derechas). Para colmo, dejaron que se diseñase a la Unión Europea cada vez más a partir de los intereses del dinero que de los del conjunto de la sociedad, confundiendo a "más Europa" con una Europa más progresista. Ahí está para probarlo, por ejemplo, cómo se ha decidido que funcione el Banco Central Europeo.
Cegada por las estadísticas del PIB en los años de bonanza, la socialdemocracia se olvidó de que el crecimiento sólido y armónico, no el espectacular-especulativo, y la participación en condiciones de igualdad de los agentes sociales, son los que crean estabilidad económica y capital social; en suma, los que garantiza el verdadero progreso. En cierto modo, la socialdemocracia abrazó una caricatura de la Tercera Vía: riqueza para todos a base de crecer mucho sin mirar muy bien de dónde venía esa riqueza ni adónde iban los valores sociales. Sus políticas se basaron a menudo en dejar que la riada del crecimiento por el crecimiento, a menudo especulativo, nos fecundase, como el Nilo de los faraones, a todos. Se crearon o se improvisaron programas sociales financiados con dinero fácil y barato, pero dentro de un trato que implicaba permitir que el capital fuese libre para saltar fronteras y regulaciones. En el proceso, las reglas de juego establecidas en la posguerra europea se tornaron contra los productores -empresarios y trabajadores- que no cruzamos fronteras como el dinero sino que vivimos en una casa, en una familia y en una comunidad. En suma, la izquierda gobernó usando una tarjeta de crédito prestada por los "mercados", cuya cuenta, inflada por los intereses, pagamos ahora.
Lo malo es que no tenía que haber sido así, porque ya sabía la socialdemocracia que esto podía suceder, y cómo evitarlo. Mucho de lo que estamos viviendo ya pasó durante la Gran Depresión. Entonces y ahora, los desequilibrios financieros y la especulación causaron la crisis; y la derecha la administró, en beneficio del capital, mientras que la izquierda no sabía qué hacer. Los socialdemócratas de entreguerras se negaron a desafiar la ortodoxia económica que precisamente trajo la crisis primero y luego causó que esta se extendiese y se acentuara. El resultado fue que, en los años treinta, la socialdemocracia casi desapareció del mapa (como hoy está en la oposición en casi todos los países de Europa) atrapada entre el miedo a los mercados y la falta de alternativas creíbles. En Reino Unido, por ejemplo, el único político laborista de peso que desafió a la ortodoxia económica fue Oswald Mosley (ignorado, acabó fundando la British Union of Fascists). La excepción a este panorama desolador, para la sociedad y para la democracia, fue Suecia, donde los socialistas adoptaron políticas que luego se conocerán como keynesianas. Lamentablemente, el valor y la imaginación de los socialdemócratas suecos, que les valió estar en el poder durante décadas, contrasta con la amnesia autodestructiva de los socialdemócratas europeos de hoy, y, por supuesto, los españoles, que hace unos meses expulsaron a Keynes de nuestra Constitución.
Nadie sabe hoy cómo o cuándo vamos a salir de la crisis. Pero, como en la Gran Depresión, la socialdemocracia europea o está muda o repite sin convicción que va a gobernar con fórmulas que en realidad no piensa aplicar. Nadie se cree, por ejemplo, que las medidas de un hipotético Gobierno de Rubalcaba hubieran sido muy distintas de las de Rajoy. Lo que sí sabemos es que ya tampoco valen alternativas estrictamente nacionales como la sueca en los años treinta y que la solución tendría que ser, como mínimo, europea. Desgraciadamente, Merkel y Sarkozy, los dos líderes que quizás puedan decidir más o menos cómo salir del laberinto de la deuda y del marasmo económico, no parecen tener el talante valiente y heterodoxo necesario. Son políticos de derechas muy convencionales que se niegan a oír propuestas diferentes que economistas de prestigio, e incluso The Economist, llevan meses pidiendo a gritos. Ambos líderes por un lado, van a remolque de los "mercados" y, por otro, han renegado de las mejores tradiciones reformistas y solidarias de la democracia cristiana que salió de la última guerra mundial. En consecuencia, ni retan a las causas profundas de la crisis ni ofrecen más alternativa que la del sufrimiento. Pero mientras que oímos repetidamente su monólogo, lo que no se oye es la voz unida y disonante de la socialdemocracia.
La socialdemocracia europea está pagando el precio político de haber olvidado sus valores fundacionales de ética, comunidad y sobriedad, y por ellos carece de un modelo alternativo al impuesto por los "mercados". Más grave aún, parte de sus bases electorales potenciales está pagando un alto precio personal de miseria y desencanto. No es sorprendente que no vayan a votar, o que, en medio de la creciente fractura social, muchos lo hagan por la derecha, que por lo menos parece honesta en su oferta de sufrimiento e individualismo. Tristemente, esto, y otras cosas peores que puedan venir, ya se han visto antes. Pensemos, por ejemplo, en el éxito creciente de la demagogia ultraderechista.
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A continuación un texto que María Rostworowski escribió en El Dominical del 25.01.1981, que fue recientemente reproducido en ese Suplemento el 15.01.2012.

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Por: María Rostworowski

De manera casi unánime los discursos y artículos periodísticos con ocasión de conmemorarse un nuevo aniversario de la fundación de Lima coinciden en resaltar la participación española en dicho suceso, a la vez que silencian el aspecto andino de aquel episodio fundamental de la colonización del antiguo territorio inca […].
Tanto el curacazgo como el río que atraviesa sus tierras y fecunda sus campos se llamaban Lima o Limac.
El quechua de la costa central, más suave que el del Cusco, no usaba la "r" sino la "l". De ahí que las toponimias de los llanos centrales se pronunciaban de distinta manera, según la procedencia del hablante: serrano o yunga.
Lima era un pequeño curacazgo supeditado al señorío de Ychma, que comprendía los valles bajos de las cuencas de los ríos Rímac y Lurín. Su sede principal era el centro ceremonial llamado Pachacámac por los conquistadores incas en honor del dios del mismo nombre, cuyo culto irradiaba sobre toda la región central del Tahuantinsuyo y alcanzaba también lugares lejanos del ámbito andino. No solo eran apreciados los presagios emitidos por la divinidad, sino que se le veneraba como dios de los temblores. Su ira se manifestaba en la intensidad de las sacudidas y el grado de su enojo, en la fuerza destructora de las ondas sísmicas.
Al tiempo de la llegada de los españoles a estas tierras, era curaca de Lima el viejo Taulichusco, personaje que no pertenecía al linaje de los antiguos jefes de la región, a quienes los conquistadores cusqueños reemplazaron por personas adictas […]. Cabe explicar aquí que, según la constante dualidad andina, el curacazgo de Lima se dividía en los bandos de Anan y Lurín, cada uno de ellos con su respectivo curaca […].
Los gastos hechos en mantener a los fundadores hispanos y en la construcción de la nueva ciudad recayeron naturalmente sobre los indígenas. Esta pesada carga afectó severamente a los pobladores nativos de Lima, cuyo número no tardó en disminuir de manera alarmante. Según los datos de archivos españoles, el señorío de Lima contaba en 1535 con unos 4 mil tributarios, hombres en edad de trabajar. En 1544, menos de nueve años después, quedaban mil doscientos hombres y solamente 250 en 1557 […].
Taulichusco murió antes del asesinato de Pizarro en 1541. La sucesión se realizó sin mayores problemas, pues el nuevo jefe, Guachianiamo, había colaborado en el gobierno de su padre como corregente […]. Su gobierno tuvo corta duración […]. Fue así que se nombró para el cargo de curaca a un hijo de Taulichusco, llamado Gonzalo, de quien sabemos defendió desesperadamente los derechos y las tierras propias de su pueblo […]. Con el correr de los años y el aumento de la población europea, fue dejándose sentir en Los Reyes la falta de terrenos para construir casas y huertas. Por tal razón, en tiempos del Marqués de Cañete, se decidió mudar nuevamente a los naturales de Lima a un lugar más alejado, para así aprovechar sus tierras. Se optó por crear el pueblo y reducción indígena de Santa María Magdalena, al que fueron a vivir no solo los naturales de Lima, sino también los de Maranga, Guatca, Amancaes y Guala […]. Después de tantas injusticias, es tiempo de que la comuna de Lima ofrezca una tardía reivindiación a don Gonzalo y, en su persona, a sus antiguos pobladores […].
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A continuación una interesante reflexión de Steven Levitsky (politólogo) sobre la situación de la democracia, a propósito de la campaña de revocatoria impulsada por un grupo de "grises" contra la alcaldesa de Lima. Apareció el 22.01.2012 en el Diario La República.

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Por: Steven Levitsky

La defensa de la revocatoria contra Susana Villarán es simple: la revocatoria es un instrumento legal y plenamente democrático. Además, según las últimas encuestas, una sólida mayoría de los limeños quiere revocar a la alcaldesa. ¿Qué puede ser más democrático que la expresión de la mayoría en las urnas? Como señala Carlos Meléndez, las instituciones de la democracia directa (como el referéndum y la revocatoria) pueden fortalecer a la democracia representativa, dando más control a los ciudadanos. Por eso, Meléndez dice que los progresistas, que suelen apoyar la profundización de la democracia, no deben tenerle miedo a la revocatoria.
Pero yo sí le tengo miedo. No creo que la revocatoria profundice la democracia en el Perú. Más bien, creo que atenta contra la democracia.
La democracia moderna no es una simple la expresión de las mayorías. (Si lo fuera, Venezuela –campeón regional del referéndum– sería el país más democrático de AL. Hugo Chávez sepultó la democracia con amplias mayorías electorales.) La democracia moderna es un régimen: un sistema de reglas y derechos que nos permite elegir libremente a nuestros gobiernos –y no una vez, sino a través del tiempo–. Las democracias que funcionan –y duran– son democracias institucionalizadas. La democracia institucionalizada no existió nunca en el Perú. Ninguna democracia peruana ha durado más de 12 años. No ha habido ni siquiera tres gobiernos democráticos consecutivos.
Las instituciones democráticas fuertes son difíciles de construir. Requieren mucha atención y cuidado. De hecho, en casi todas las democracias institucionalizadas, las instituciones democráticas están acompañadas –y sostenidas– por unas instituciones informales (reglas de juego no escritas) claves. Por ejemplo, existen ciertas normas básicas sobre el comportamiento de los ganadores y perdedores. Los que ganan las elecciones no se aprovechan del poder para perjudicar o debilitar a sus rivales. En cambio, los que pierden aceptan la legitimidad del nuevo gobierno y –sin renunciar a la vigilancia y la crítica–dejan que sus rivales gobiernen.
Mientras el gobierno no abuse del poder, la oposición no busca tumbarlo antes del fin de su mandato. Parece simple, pero estas reglas del juego informales siguen siendo violadas con frecuencia en los países andinos. Los que ganan las elecciones abusan del Estado para perpetuarse en el poder (Fujimori, Chávez, Correa), y los que pierden no dejan gobernar (el MAS boliviano entre 2002 y 2005).
El problema es que la violación de estas reglas informales –y a veces solo la percepción de violación de parte de un lado u otro–puede iniciar una espiral de conflicto que termina en una ruptura constitucional. Los ejemplos abundan: Perú en 1992; Ecuador en 1996, 2000 y 2007 (por no mencionar 1935, 1947, 1961 y 1972); Bolivia antes y después de la elección de Morales; Venezuela en 2002.
La clave para evitar ese tipo de crisis es otra regla informal: la moderación institucional. En las democracias estables, las instituciones que pueden afectar seriamente el equilibrio del poder –como el cambio constitucional, el estado de emergencia, el juicio político, el referéndum, y la revocatoria– se utilizan con poca frecuencia. No debido a una prohibición formal –son perfectamente legales– sino a una norma de moderación. Existe un consenso político respecto a que solo deben ser utilizadas en casos extremos. En los EE.UU., por ejemplo, existe una institución informal –violada por los Republicanos en el caso de Clinton– respecto a que el juicio político se hace solo con el apoyo de los dos partidos. En más de 220 años, ha sido utilizado dos veces (tres si se incluye a Nixon, que renunció).
Donde no existe la moderación institucional, la democracia es mucho más vulnerable. Cuando un político utiliza una institución como instrumento para perjudicar o debilitar a su rival, la institución se politiza. Si funciona, la práctica se legitima y se extiende. Queda reforzada la idea de que “todo vale” –y las instituciones dejan de ser reglas neutrales y se convierten en armas de guerra–. Cuando ocurre eso, peligra la democracia. Por eso insisto: el uso politizado de las instituciones –aunque sea “legal” y “democrático”– hace daño al régimen democrático, sobre todo en una democracia frágil como la peruana.
La revocatoria contra Villarán es un caso ejemplar de uso politizado de una institución democrática y demuestra una clara falta de moderación institucional. El gobierno de Villarán no es excepcional. No ha abusado del poder. Una imagen pública en el piso es lamentable, pero no es suficiente para tumbar a un gobierno. (¿El Perú estaría mejor hoy si se hubiera tumbado a Toledo en 2004, como querían muchos? O sería un poco más como Ecuador?).
Más allá del caso de Villarán, es claro que la revocatoria está siendo utilizada de una manera muy politizada en el Perú: los que pierden las elecciones ven en la revocatoria una oportunidad para tumbar a sus rivales y llegar al poder sin tener que esperar cuatro años. Eso no es una profundización de la democracia, sino un golpismo disfrazado de “participación ciudadana.” La democracia no debe –y no puede– funcionar así.
Aldo Mariátegui dice que la revocatoria está bien porque existe en los EE.UU. Fue utilizada en California en 2003 (así llegó el Terminator a la gobernación), y está siendo utilizada actualmente en Wisconsin.
Pero comparemos. La revocatoria ha existido en los EE.UU. desde 1908. Existe en 18 de los 50 estados. Pero en los últimos 104 años, solo se ha utilizado dos veces contra gobernadores: en 1921 y 2003. Además, se ha utilizado 20 veces contra legisladores regionales. Son 22 casos en 18 estados, durante un periodo de 104 años: un promedio de una revocatoria por siglo en cada estado. En el Perú, hasta el 18 de enero, la ONPE había vendido 1280 kits para revocatoria. En un solo año, se busca la revocatoria no solo de la alcaldesa de Lima sino de los alcaldes de Cusco, Piura, Trujillo, y otras ciudades importantes. Se busca la revocatoria de una mayoría de los presidentes regionales. Ese no es el camino hacia una democracia institucionalizada.
Es llamativa la oposición de Lourdes Flores a la revocatoria de Susana Villarán. Flores perdió ante Villarán, pero a diferencia de la DBA, aceptó la legitimidad de su rival y no busca tumbarla antes de tiempo. Flores y otros pepecistas han sido duramente criticados por su oposición a la revocatoria. Los llaman “tibios”, “colaboracionistas,” y “cobardes de siempre.” Según Aldo Mariátegui, “hay que jugársela.” ¿Así deben comportarse los políticos en una democracia institucionalizada? Si los políticos peruanos siguen “jugándosela”, el Perú no será nunca una democracia institucionalizada.
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Revisar las páginas de los periódicos peruanos es siempre muy divertido, especialmente cuando uno revisa las columnas de opinión, que en realidad son de opinión política, donde todo tipo de personas acaban dando cabida a las ideas más antojadizas o arbitrarias sobre el acontecer nacional.
Los opinólogos peruanos –y en especial el Director de un Diario- tienen cierto sentido literario en sus reflexiones y por lo general nos hacen pasar por conclusiones de sesudos análisis a ocurrencias o posiciones absolutamente guiadas a defender ciertas ideas, estilos de vidas o pleitos políticos.
A propósito de eso, me encontré con un interesante artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca, que es profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de “Más democracia, menos liberalismo (Katz)”, aparecido en el Diario El País el 11.01.2012, en el que comentaba de la intervención de literatos en la opinión política española. Sánchez-Cuenca indica que los literatos son especialmente habilidosos en el ejercicio de plantear ocurrencias y luego sirven de inspiración a otras personas que, sin tener el mismo talento literario, escriben columnas y tribunas periodísticas.

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Por: Ignacio Sánchez-Cuenca

Ustedes entienden por qué en España los escritores escriben tanto sobre política? Abran cualquier periódico, incluyendo el que ahora tienen en sus manos o en su pantalla, y encontrarán a famosos novelistas, poetas, ensayistas y críticos literarios opinando sobre temas de política nacional e internacional. Pueden incluso explicarnos su voto en las elecciones del 20-N, como hizo antes de los comicios Mario Vargas Llosa y después Félix de Azúa. Bueno, en realidad Azúa solo nos informaba de que no había votado a los malvados socialistas, dejándonos a sus seguidores en ascuas acerca de la papeleta que metió en el sobre. Para mí que no fue la de IU.
El escritor prototípico, como cualquier otro ciudadano, no suele tener un especial conocimiento de la política. La mayoría de las veces sus tesis no son resultado de una reflexión informada. Ojalá se apoyara el literato en datos: sí, datos, esa clase de información grosera, positivista y tecnocrática que algunos consultan. Pero ante un adjetivo florido y eficaz que se retiren los datos. El literato se siente más a gusto con la retórica y se deja llevar por esa querencia tan latina y tan viril hacia la afirmación contundente, tajante y tronante. Vargas Llosa, en “Una rosa para Rosa”, afirmaba que la causa del elevado paro en España "es una política económica errática, imprudente, y la obstinación del Gobierno socialista en negar la existencia de la crisis a lo largo de más de un año". Y añadía que "el Partido Popular cuenta con el mejor equipo de economistas y las ideas más claras para enfrentar el difícil y sacrificado reto que será llevar a cabo las reformas radicales necesarias". Ahí queda eso. Podía haber dicho esto mismo o lo contrario, que tanto da, pues semejante afirmación no era la conclusión de un argumento, no respondía a ningún análisis, no se basaba en ningún dato. De hecho, el resto de los votantes no conocíamos esas ideas que defendía el PP, pues Rajoy había tenido buen cuidado en ocultarlas. A Vargas Llosa, en el fondo, le daba igual el diagnóstico de la situación económica: lo que buscaba no era más que ensalzar a Rosa Díez, la de "ojos efervescentes", "un político de convicción" (en sentido weberiano, entiéndase).
A veces el escritor se desliza hacia el registro más castizo del "energumenismo". Adopta el espíritu de los comentarios brutales que abundan en los medios digitales, solo que con prosa elegante. Desde estas páginas, Félix de Azúa se despachó a gusto hace poco. Hablando del "descalabro" socialista, describía a Jesús Egiguren como "un melifluo valedor de quienes han defendido el asesinato como arma política". Este tipo de matonismo verbal está muy extendido cuando se trata de la cuestión vasca. Si no aceptas ciertos dogmas sobre cómo acabar con ETA, pasas a ser tonto útil y cómplice del terrorismo. Jorge Martínez Reverte arremetía también contra Egiguren en otro artículo reciente. Insultar a Egiguren (o a Aizpeolea) se ha convertido en uno de los pasatiempos favoritos entre quienes andan mitad desconcertados, mitad cabreados por el fin de ETA.
Pero no nos desviemos. El artículo de Azúa no sobresalía por su avinagramiento (tenía la dosis habitual), sino por la tesis fantástica de que la caída del PSOE se debe a la política de los socialistas hacia el nacionalismo. En todo el artículo no se mencionaba ni una sola vez la crisis económica como un factor posible de desgaste del partido socialista. Si los socialistas se han hundido electoralmente es por no combatir el nacionalismo como se debe, es decir, mediante insultos. Hay que aclarar que Azúa estaba explicando sobre todo su decisión personal de no votar al PSOE, si bien tenía la presunción de que sus "razones" personales iluminaran lo sucedido el 20-N. Mucha presunción parece.
Es verdad que los literatos no son los únicos en confundir el análisis con la ocurrencia. Sin embargo, son especialmente habilidosos en ese ejercicio y sirven de inspiración a muchos otros que, sin tener talento literario, ocupan columnas y tribunas. Porque el talento literario de Vargas Llosa o de Azúa no está en cuestión. Lo que me pregunto más bien es si ese talento es condición suficiente para el análisis político. Este requiere algo de destreza literaria, pero exige sobre todo unas ciertas capacidades que no guardan necesariamente relación con el mundo de la ficción: entender los intereses en juego, las limitaciones con las que operan los actores políticos, las estrategias, los valores ideológicos, saber lo que se ha hecho en otros países, confiar en los hechos y no en las percepciones, etcétera. Rara es la ocasión en que ambos talentos se dan conjuntamente, de forma que el autor combine la buena prosa con la profundidad. En este sentido, Javier Pradera era sin duda un ejemplo sobresaliente.
En otros países no es tan habitual encontrarse con las opiniones políticas de los escritores en las páginas de los diarios. Basta con echar una mirada a los medios anglosajones serios, en los que el nivel de exigencia del análisis es mayor. ¿Es una aspiración desmedida acabar con la retórica de la contundencia, eliminar el matonismo verbal y reclamar argumentos y datos como materiales básicos del debate político?
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Reproduzco a continuación unos comentarios de Pere Estupinya en su Columna en el Diario El País del 08.12.2011 sobre la TRISTEZA. En realidad es un resumen de la conversación que tuvo con Thomas Insel, director del National Institute of Mental Health de los EEUU sobre el estado de la cuestión científico de la depresión.
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Por: Pere Estupinya

Si la persona que más amas te dice que no quiere volver a verte nunca te sentirás abatido, desmotivado, y profundamente triste. Aunque transitorio, síntomas parecidos puedes sufrir si estás incubando un resfriado y tu sistema inmunológico manda señales al cerebro para que desees estar aislado y no contagies a la manada. O si por cualquier trastorno endógeno e inconsciente se alteran los niveles de algunos neurotransmisores.
Cuando alguien te haga la pregunta mal formulada de si somos sólo química, responde un rotundo “sí; ¿se te ocurre algo más?” Algo diferente es si la química siempre está en el origen de nuestro comportamiento y emociones. A veces sí, y a veces no.
Cuando en el congreso de la Society for Neuroscience de hace unas semanas en Washington DC escuché hablar sobre investigación en enfermedades mentales a Thomas Insel, director del National Institute of Mental Health de los EEUU y aparecido en este blog como autor en los años 90 de los experimentos con ratitas de campo polígamas y monógamas que situaron a la oxitocina como hormona del amor, visualicé la depresión como ejemplo para ilustrar los diferentes niveles de estudio y comprensión científica de la conducta humana. Desde el genético al químico, cerebral, conductual y social.
He aquí un resumen de la conversación con Insel:

La genética no es determinante
“La manera como nos planteamos al estudio de las enfermedades mentales siempre es desde un espectro muy amplio que cubre diferentes niveles, desde moleculares, genéticos, de sistemas, y conductuales. En el caso de la depresión nunca hemos tenido grandes razones para buscar el componente genético, ya que el nivel de heredabilidad es muy bajo. Nunca hemos esperado encontrar genes determinantes. Continuamos creyendo que hay secuencias genéticas específicas que aumentan el riesgo a sufrir depresión, y se han replicado resultados positivos con polimorfismos en el gen del transportador de serotonina. Pero siendo sinceros, la asociación es débil, y en el aspecto genético no hemos visto grandes progresos. Ahora estamos muy expectantes con la epigenética, pues creemos que la regulación de genes en función del entorno y experiencias sí podría tener un papel muy relevante.”

Las moléculas de la tristeza
“En el ámbito molecular sí tenemos un conocimiento muy sólido acumulado durante más de 4 décadas de investigación. Sobre todo en neurotransmisores como la serotonina y la norepinefrina. Estos son los más relevantes, y la base de muchos tratamientos farmacológicos contra la depresión. Pero ahora estamos viendo que hay muchísimos más factores químicos involucrados: otros neurotransmisores, enzimas, neuromoduladores… de lo más novedoso en los últimos dos o tres años es el sistema del glutamato."

Áreas del cerebros sobreactivadas en depresión
“A nivel celular hay interés creciente en una zona del cortex prefrontal llamada Brodmann Area 25. Está formada por unos pocos miles de neuronas y se ve claramente sobreactivada en gente deprimida. Lo descubrimos con técnicas de neuroimagen. En los paciente de depresión vimos esa área mucho más activa que en controles, y cuando esos mismos pacientes mejoraban, la actividad de la BA25 también disminuía. Pero lo más interesante es que recientemente varios grupos han utilizado diferentes tipos de estimulación neuronal para modular la actividad en esa zona, y los síntomas de depresión mejoran considerablemente. No sabemos mucho de su funcionamiento todavía; sólo que está relacionada con el transporte de serotonina.”

Sistemas: Todo está conectado
“La aproximación más ilusionante en estos momentos es percibir la depresión como un problema de circuitos; como un sistema formado por muchos nodos que se relacionan entre ellos y la alteración de uno puede afectar al otro. Buscar comprender el fenómeno de manera integral.
Los niveles de serotonina y la actividad del área 25 pueden ser nodos muy importantes, pero no necesariamente el origen. Debemos analizar todo el sistema incluyendo nodos somáticos como la falta de apetito, de líbido o de energía… y otros involucrados en aspectos más psicológicos como autovaloración de tu propia vida, trabajo o falta de esperanza. Vemos diferentes parámetros bioquímicos y áreas del cerebro interrelacionadas, y nos damos cuenta que la depresión no es un único síndrome sino una variedad de desórdenes que pueden provenir de diferentes causas. Debemos buscar una comprensión a nivel de sistema, considerando biomarcadores, neuroimagen, niveles de neurotransmisores, genes candidatos, aspectos conductuales… y muchos nuevos factores.
Por ejemplo recientemente hemos identificado un subgrupo de gente con depresión que tiene niveles muy altos de factores antiinflamatorios, posiblemente cuyo origen es una respuesta inmune. Hemos visto cuadros depresivos que mejoran con antiinflamatorios. Hay muchos subtipos de depresión, y debemos ser lo más específicos posible.”

Pocas novedades en el aspecto conductual (por lo menos en el NIMH)
“Bueno… a nivel de comportamiento humano o factores psicosociales hacemos menos, porque ya tenemos un gran conocimiento acumulado por la psicología durante el siglo XX. Lo nuevo son otras investigaciones más fisiológicas. Pero obvio que son importantísimos, desde luego. Vemos claramente cómo en la depresión las personas tienen una percepción distorsionada del mundo, y cómo la memoria se vuelve tremendamente selectiva: recordamos sólo cosas buenas o malas asociadas al evento traumático que nos hace sufrir. Y olvidamos todo el resto. Cuando observas desde la distancia, es espectacular cómo alteramos nuestra memoria. Y de hecho también estamos investigando si hay algún aspecto físico en el cerebro que influya en esta selección arbitraria de recuerdos positivos o negativos."

Vaya; que muy integral muy integral… tampoco parece
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Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional en la Universidad Complutense de Madrid y publicó en el Diario El País del 11.01.2012 un artículo sobre la situación y futuro de Europa.
El tema importa en la perspectiva del Desarrollo, porque la UE fue el mejor, igualitario y justo proceso político encaminado en el Siglo XX y si renuncia a los principios que guiaron ello podrá acabar siendo un experimento fallido.

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Por: Martín Ortega Carcelén

Hasta los especialistas encuentran complicado entender lo que está ocurriendo en la Unión Europea. Para expresarlo en términos simples, hay dos problemas relacionados: quién manda y quién paga las deudas. Primero, estamos ante una transición entre dos formas de gobernar la economía europea: una manera formalista, producto de un proceso constituyente en los años 2000 que buscaba una componenda institucional para una Unión muy numerosa, y otra forma más realista, basada en el poder económico, donde solo quedarán unos pocos en el puente de mando. De hecho, en la historia, los grandes momentos de la integración europea se hicieron a partir de la iniciativa de unos cuantos líderes visionarios. Vamos hacia ese modelo y, probablemente, en el futuro, el órgano decisorio principal será una versión ampliada del llamado Grupo de Frankfurt, con Alemania y Francia, el presidente del Consejo, la Comisión, y los presidentes del Eurogrupo y del Banco Central Europeo. Es muy importante que España intente expandir ligeramente ese directorio en ciernes para participar en él.
Tanto en el plano europeo como en el mundial, el problema más grave que aqueja a las relaciones internacionales es la falta de instituciones y mecanismos de gobernanza. Existen evoluciones muy rápidas en las finanzas, el comercio, el medio ambiente, las comunicaciones o la demanda popular de más democracia, mientras que no tenemos los medios para gestionar esa avalancha de acontecimientos. Pero la necesidad crea el órgano, como ocurre en biología. Ante la crisis financiera, se improvisó la formación del G-20 en noviembre de 2008, y frente a los problemas europeos se están creando grupos de decisión informales, donde las realidades de poder cuentan. Sin embargo, ni el G-20 ni los directorios europeos muestran todavía la eficacia que sería deseable para hacer frente a los graves desafíos que afectan la estabilidad mundial.
La consolidación del nuevo directorio en Europa es un parto doloroso porque debe superar la vieja idea de la igualdad soberana de los Estados y la idea más nueva pero igualmente ilusa de que cuantos más países participen, mejor. La verdad es que las estructuras de la Unión ya han dado pasos importantes para superar la igualdad y su gemela la unanimidad; por ejemplo, en el Consejo, el número de votos de cada Estado miembro se pondera de acuerdo a la población y en el Parlamento los países más grandes tienen más escaños, aunque no ocurre otro tanto en la Comisión, donde cada Estado designa un comisario. Ahora ha llegado el momento de avanzar más, reconociendo el poder económico cuando se trata de decidir sobre asuntos de hacienda y tesoro. El esquema supranacional según el cual las instituciones de Bruselas ejercen un poder fuerte no ha funcionado (la Comisión fue incapaz de embridar los déficits de Alemania y Francia), por lo que hay que ir a un enfoque intergubernamental realista, en el que los representantes de los países grandes compongan sus posiciones para decidir sobre el conjunto de la Unión.
En cuanto a la dimensión continental, se da por supuesto que el nuevo acuerdo abarcará a los actuales 17 países del euro, más otros que no lo son, pero aceptan la disciplina presupuestaria. Sin embargo, el resultado final también puede ser más reducido. Si llegamos a buen puerto tras las tormentas, dentro de una Unión Europea como la actual habrá probablemente un núcleo duro más integrado política y fiscalmente, que fijará las reglas de una moneda común bien sustentada. Si esto ocurre, es una magnífica oportunidad para que España se vincule a la locomotora europea. Reino Unido ha optado por quedarse fuera e Italia tiene el lastre de una gran deuda; por tanto, España puede convertirse en un socio crucial de Alemania y Francia.
Va a ser muy difícil poner todo eso por escrito en un tratado. Los que pensaban que, después del proceso constituyente de la última década, había llegado la calma con el Tratado de Lisboa estaban equivocados porque la integración europea es una aventura pionera en la historia y se está haciendo al tiempo que ocurren cambios extraordinarios en el resto del planeta. Ante la imposibilidad de fijar el nuevo acuerdo en tratados, pudiera ser que los directorios existiesen de manera consuetudinaria, sin base contractual. Pudiera ser también que el proceso de reforma, pilotado por los grandes, fuera más rápido que los anteriores. En cualquier caso, mientras esos nuevos órganos de gobernanza se consolidan, es preciso reclamar mejor calidad de liderazgo. Cuando Delors, González, Kohl y Mitterrand se ponían de acuerdo, no formaban parte de ningún caucus institucional, pero sus decisiones apuntaban en la buena dirección.
Y aquí entra el segundo problema: quién paga las deudas. Los economistas más autorizados (O'Rourke, Stiglitz, Véron, entre otros) tienen serias dudas sobre la solución acordada en el Consejo Europeo de diciembre y, de manera más fundamental, sobre los instintos económicos de Angela Merkel, que impuso el acuerdo. Cuando el Consejo decidió que la reforma más importante es establecer un límite legal al gasto público en los Estados, muchos pensaron que eso es como instalar un nuevo sistema antiincendios en una casa que está ardiendo pasto de las llamas. Los líderes siguen negando la evidencia de una deuda que no puede pagarse, mientras aplican mayor presión sobre los países endeudados, que son los eslabones más débiles. Es obvio que estos países están condenados a un gran descenso del nivel de vida mientras que deben trabajar más, pero también es verdad que los países ricos deberían mostrar solidaridad si desean mantener el euro y evitar un colapso de la Unión. La necesidad de emisión de deuda europea para calmar a los mercados y permitir el crecimiento es un grito clamoroso de los expertos. Está por ver si Alemania, Holanda y otros saben mostrar la suficiente grandeza de miras y aceptan pasos así hacia la solución de la deuda y la integración económica. Si, por el contrario, persisten en mantener su crecimiento y nada más, probablemente se romperá la baraja, una situación de consecuencias imprevisibles para la que no estamos preparados.
El paso de un sistema de gobernanza superficial e ineficaz a otro más integrado supone que los países pequeños deben aceptar que su vieja soberanía tiene un valor simbólico y cultural pero escaso contenido económico. Por su parte, los grandes que quieren tomar el control deben comprender que adquieren una grave responsabilidad. Si Merkel (con la acción moderadora de Sarkozy y, esperemos también, Rajoy) quiere decidir sobre el destino de griegos, irlandeses y portugueses, entre otros, debe actuar como mandataria europea y no solo como presidenta de los alemanes.
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Seguramente por la recarga laboral no tomé en debida cuenta el proceso de movilización de ciudadanos en los países desarrollados durante el año que pasó, conocido genéricamente con el nombre de “Indignados”. Luego, ha perdido fuerza hasta ser casi irrelevante en este momento.
Había asumido que en realidad era producto del emotivismo o, en el peor de los casos, de una moda cultural sin mayor fundamente. Sin embargo, durante mi última visita a España, unos buenos amigos españoles me dieron un folleto de Stéphane Hessel (que fue Secretario de la Comisión que redactó la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948) denominado ¡Indígnaos!. Me dijeron que había servido de inspiración al movimiento de los “Indignados” y que incluso se pasaban de mano en mano durante las manifestaciones en Madrid y otras ciudades de por allá.
Leí el folleto y lo veo muy interesante pues plantea una postura de compromiso con lo humano desde la perspectiva del liberalismo. Sin temor a equivocarme es de importancia a nuestra época como lo fue a la suya “El Tercer Estado” de Sieyes. A continuación posteo una versión electrónica del documento, que me alcanzó un amigo chileno…

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Por: Stéphane Hessel

Después de 93 años, estoy cerca del final. El final para mi ya no está muy lejos. Pero todavía permítanme recordar a otros que actuaron basados en mi compromiso político. Fueron los años de resistencia a la ocupación Nazi y el programa de derechos sociales elaborado hace 66 años atrás por el Consejo Nacional de la Resistencia.
Es a Jean Moulin (miembro asesinado del Consejo) a quien le debemos como parte de este Consejo, la unidad de todos los elementos de la Francia ocupada -los movimientos, los partidos, los sindicatos- para proclamar su membresía en la Francia combatiente, y le debemos esto al único líder que lo reconoció, el general Charles de Gaulle. Desde Londres donde me uní a de Gaulle en Marzo de 1941, aprendí que este Consejo había completado un programa lo adoptó el 15 de Marzo de 1944, que ofrece para la Francia liberada un grupo de principios y valores en los que descansaría la moderna democracia de nuestro país.
Estos principios y valores los necesitamos más que nunca. Es hasta que nosotros lo veamos, todos juntos, que nuestra sociedad se vuelva una de la que estemos orgullosos, no esta sociedad de inmigrantes sin papeles -expulsiones, sospechas respecto a los inmigrantes. No esta sociedad donde se cuestiona la seguridad social y los planes de pensiones y salud nacionales. No esta sociedad donde los medios masivos están en manos de los ricos. Son cosas en las que nos habríamos negado a ceder si fuésemos los herederos verdaderos del Consejo Nacional de la Resistencia.
Desde 1945, después de un horroroso drama (La 2ª Guerra) hubo una ambiciosa resurrección de la sociedad a la que el mismo remanente del contingente del Consejo de la Resistencia se dedicó. Recordémosles mientras creaban un programa de salud nacional y de pensiones tal como la Resistencia quería, como su programa estipulaba, "un plan completo de salud nacional y seguridad social, apuntado a asegurar a todos los ciudadanos y ciudadanas los medios de subsistencia cuando sea que estén incapacitados para encontrar un trabajo; una jubilación que permita a los viejos trabajadores terminar sus días con dignidad."
Las fuentes de energía, electricidad, y gas, minas, los grandes bancos, fueron nacionalizados. Ahora esto fue como el programa recomendaba: "... el retorno a la nación de los monopolizados medios de producción, frutos del trabajo común, fuentes de energía, riqueza de las minas, de compañías de seguros y de los grandes bancos; la institución de una verdadera democracia económica y social involucra la salida de los grandes feudos económicos y financieros de la dirección de la economía."
El interés general debe dominar sobre los intereses especiales. El hombre justo cree que la riqueza creada en la esfera del trabajo debe dominar sobre el poder del dinero.
La Resistencia propuso, "una organización racional de la economía asegurando la subordinación de los intereses especiales a los intereses generales, y la emancipación de los "esclavos" de la dictadura profesional que fue instituída en los estados facistas," que había usado el gobierno interino (por dos años después de la guerra) de la república como un agente.
Una verdadera democracia necesita una prensa independiente, y la Resistencia lo sabía, lo demandaba, defendiendo "la libertad de prensa, su honor y su independencia del Estado, el poder del dinero y la influencia extranjera." Esto es lo que alivió las restricciones a la prensa desde 1944. Y la libertad de prensa está definitivamente en peligro hoy.
La Resistencia solicitó una "real posibilidad para que todos los niños y niñas franceses se beneficien de la más avanzada educación" sin discriminación. Las reformas ofrecidas en el 2008 van contra este plan. Jóvenes profesores y profesoras, cuyas acciones apoyo, llegaron al extremo de negarse a aplicarlas, y vieron sus salarios reducidos como forma de castigo. Se indignaron, "desobedecieron", juzgando esas reformas demasiado alejadas del ideal de una escuela democrática, muy al servicio de una sociedad de comercio y no desarrollando la mente inventiva ni crítica suficiente.
Todas las fundaciones de la conquista social de la Resistencia están amenazadas hoy.

El motivo de la Resistencia: Indignación.
Alguno se atreverá a decirnos que el Estado no puede afrontar los gastos de estas medidas para ciudadanos nunca más. ¿Pero cómo puede existir hoy una falta de fondos para apoyar y extender estas conquistas si la producción de riqueza ha aumentado considerablemente desde el periodo de la Liberación cuando Europa estaba en ruinas? Al contrario, el problema es el poder del dinero, tan opuesto por la Resistencia y el gran hombre egoísta, con sus propios sirvientes en las altas esferas del Estado.
Los bancos privatizados de nuevo, han probado estar más preocupados de sus dividendos y de los altos sueldos de sus líderes que del interés general. Esta disparidad entre los más pobres y los más ricos nunca había sido tan grande, ni amasar fortunas y la competición tan incentivado.
¡El motivo básico de la Resistencia fue la indignación!
Nosotros, los veteranos de los movimientos de resistencia y de las fuerzas de combate de la Francia Libre, llamamos a la generación joven a vivir, transmitir, el legado de la Resistencia y sus ideales. Les decimos: Tomen nuestro lugar, ¡Indígnense!
Los líderes políticos, económicos e intelectuales y la sociedad no tienen que ceder ni permitir la opresión de una dictadura internacional real o de los mercados financieros que amenazan la paz y la democracia.
Deseo para todas las personas, para cada una que tengan sus propios motivos de indignación. Es invaluable. Cuando alguien te atropella como era atropellado por el Nazismo, la gente se vuelve militante, fuerte y comprometida. Ellos se unen a este momento histórico y los grandes momentos de la historia deben continuar gracias a cada individuo. Y este momento conduce a más justicia, más libertad, pero no a esa libertad ilimitada del zorro en el gallinero. Los derechos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 son justamente eso, universales.
Si te encuentras con un desfavorecido, siente pena por él pero ayúdale a ganar sus derechos.

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A continuación posteo unas interesantes reflexiones de Jesús Lizcano Álvarez, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y Presidente de Transparencia Internacional España, aparecidas en el Diario El País, el 20 de enero de 2012. El profesor Lizcano plantea repensar la economía en varios sentidos, con miras a hacerla una cienta mas razonada y mas útil a la sociedad.


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Por: Jesús Lizcano Álvarez

La situación actual de la economía es realmente preocupante, tanto en lo que concierne a la propia realidad económica, como a la teoría y los modelos económicos que supuestamente sirven para mejorar dicha realidad. Quizá sea necesario repensar, y por qué no, rehacer a fondo tanto una como otra, comenzando por cambiar algunos de los principios y postulados económicos que, como fruto de una larga inanición intelectual en este terreno, se vienen asumiendo convencionalmente desde hace ya muchas décadas.
Sería necesario partir de cero en muchos casos, y plantear supuestos de base diferentes (decía Einstein que buena parte de su éxito científico radicó en pensar a diario durante un rato de forma diferente -incluso opuesta- a los demás). Quizá sea el momento de que los economistas nos demos un sincero y realista baño de humildad, reconozcamos que una buena parte de nuestros modelos no sirven para mucho (no hay más que ver la cruda realidad), y comencemos a pensar diferente y a formular nuevas propuestas y planteamientos. Nos vamos a permitir exponer algunas ideas para el debate en este contexto.
En el terreno más teórico y axiomático, una primera y posible vía sería adoptar una cierta visión multidisciplinar, y aprovechar así el bagaje de otras disciplinas. Un ejemplo podría ser el de la medicina, y comenzar así a pegarnos más a la realidad y formular una economía basada en la evidencia, aprovechando el ya largo recorrido de la medicina basada en la evidencia. También habría que aprender de la física y la termodinámica, y proyectar en nuestro campo el concepto de entropía; la aplicación de la entropía económica en muchos de los planteamientos y decisiones, podría evitar la adopción de medidas claramente anentrópicas y desordenadas, tanto en las políticas económicas, como sobre todo en las monetarias.
En el ámbito de los macromodelos internacionales, convendría ir trazando a largo plazo una hoja de ruta para la futura existencia de una moneda única mundial, la solución más natural a los múltiples problemas monetarios a escala global (formulada por el ya desaparecido premio Nobel Robert Mundell), la cual evitaría los gigantescos costes actuales derivados de la existencia de tantas monedas, y desaparecerían para siempre las crisis monetarias internacionales.
Continuando con esta orientación supranacional de la economía, y ya en un terreno más inmediato, se debería urgir la adopción de medidas fiscales globales, como la tasa Tobin, que contribuiría a dar estabilidad y mayor coherencia a los mercados financieros, sobre todo a los gigantescos mercados especulativos de divisas y otros activos financieros. En estos mercados, el dinero ha dejado de tener la función de instrumento de cambio y de financiación de la economía real, para convertirse en descomunales mercados con vida propia, con miles de millones de operaciones diarias, que no pagan además impuestos. Un gravamen mínimo sobre dichas transacciones permitiría redirigir una muy importante cantidad de recursos desde esta economía financiera especulativa a la economía real, la más cercana a las personas, y también a los Estados, que necesitan perentoriamente una gran cantidad de esos recursos.
Por otra parte, deberíamos adoptar como principio vital de nuestra sociedad, el de la transparencia, de forma que fuesen totalmente transparentes nuestras instituciones públicas, nuestros gobernantes, y también nuestras empresas. Habría que institucionalizar que todas las entidades públicas (más de 21.000 en España) pasaran por un análisis coste-beneficio que justificase la utilidad y la conveniencia de las mismas. En el terreno de las empresas, sería interesante, por ejemplo, que se fomentase el conocimiento público del 10/10 en sus escalas de retribuciones, es decir, que se publicase la cifra o proporción que representan las retribuciones totales del 10% del personal que más gana (directivos, consejeros, etcétera) en las empresas, respecto al 10% de los empleados más modestos y menos retribuidos. Como decimos los investigadores de cualquier disciplina, obtengamos la información. Y a ver qué ocurre...
Entrando ahora en el terreno de las mediciones económicas, nunca hemos entendido del todo por qué en los cálculos del índice de inflación o del coste de la vida no se tiene en cuenta un coste fundamental para un gran número de ciudadanos como es el que pagan por alquilar el dinero, es decir, los intereses que pagan por los préstamos (por ejemplo, las hipotecas), y que suponen una parte significativa del coste de la vida de muchas personas y familias; en el IPC sí se incluyen en cambio otros alquileres, por ejemplo, los que se pagan por las viviendas u otros bienes, pero no así el del dinero. Además, constituye un predicado fundamental de la política de los bancos centrales que hay que subir los tipos de interés para combatir la inflación, lo cual pensamos que es apagar el fuego con gasolina, ya que ello aumenta realmente el coste de la vida para los ciudadanos, aunque esto no aparezca en los índices de precios (ello aparte de que una subida de los tipos de interés perjudica no solo a los ciudadanos, sino también a las empresas -las no bancarias- ya que encarece sus costes financieros, y también a las instituciones públicas, que han de pagar más por sus préstamos y deuda pública emitida). Sería bueno en este sentido un replanteamiento de la medición del IPC, o al menos probar a calcular paralelamente otro IPC, en el que se pueda añadir el coste del uso de dinero como un componente más del mismo. Y a ver qué ocurre...
Siguiendo con las mediciones económicas, habría también que rehacer algunas formulaciones básicas a la hora de medir el crecimiento y la actividad económica, cuestionando el PIB y otros indicadores de culto en los organismos internacionales, y adoptar oficialmente (o al menos de forma paralela o complementaria) otros de los numerosos índices existentes, más refinados y menos entrópicos que el PIB. Deberían publicarse paralelamente unas y otras mediciones. Y a ver qué ocurre...
A un nivel más sociológico, habría que fomentar estructuralmente la generación de ideas y la canalización de iniciativas de los ciudadanos, que saben mucho de muchas cosas, y que estarían dispuestos a aportarlas si alguien les preguntase, o al menos les escuchase; por ejemplo, en el terreno de la crisis económica, habría que consultar a una muestra representativa de los cinco millones de trabajadores desempleados, a los más de un millón de pequeños empresarios, etcétera, para así conocer y hacer públicas sus opiniones y propuestas, facilitando los debates y unas enormes sinergias sociales. Igualmente habría que buscar la colaboración de los más de tres millones de ciudadanos que son empleados públicos, preguntándoles y fomentando -incluso incentivando- sus ideas e iniciativas con vistas a ahorrar gastos en los servicios o centros en los que trabajan, a detectar lo superfluo, a evitar despilfarros, etcétera.
En resumen, habría que asumir que la principal riqueza económica nacional es de carecer intangible, y se deriva de la enorme cantidad de información, ideas y creatividad que tienen los ciudadanos de este país; habría que canalizar dicha participación y publicar los resultados. Y a ver qué ocurre...
Y en el terreno de la profesión económica deberíamos ser más valerosos muchos de los economistas investigadores y académicos, y dejar de escribir e investigar bajo el perverso imperio de las elitistas revistas JCR, dedicándonos a hacer investigaciones más realistas y útiles socialmente (que son a veces las más simples) y escapar a esa obsesión de publicar artículos supuestamente científicos, cargados de complejas ecuaciones matemáticas, que sirven para muy poco, y que además tienen muy escasos lectores.
Sería bueno en este contexto, finalmente, que los responsables económicos a nivel nacional e internacional tuvieran una cierta dosis de arrojo, inconformismo y espíritu de innovación, no exento lógicamente de prudencia; no se trata de derribar el entramado económico, financiero y fiscal imperante, sino dar entrada paralelamente a nuevos análisis, cálculos y estimaciones diferentes a los convencionales. Y a ver qué ocurre...
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Siguiendo con la discusión respecto a la fidelidad del Papado actual al Concilio Vaticano II, a continuación una reflexión de Lisa Palmieri Billig sobre el último Libro de Marco Politi sobre el papa Benedicto XVI denominado como “Joseph Ratzinger: crisis de un papado”. El artículo apareció en el Diario La Stampa, el 5 de enero pasado.

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Por: Lisa Palmieri Billig

El análisis de Marco Politi sobre el papado de Benedicto XVI es una lectura apasionante y muy bien escrita, un fascinante estudio psicológico e histórico de los rasgos complejos y contradictorios del hombre, Joseph Ratzinger, que generaron «la crisis de un papado»
El autor es un renombrado periodista vaticano, coautor —junto con Carl Bernstein, famoso por el escándalo Watergate— de la biografía best-seller de Juan Pablo II,Su Santidad. Ahora, en este retrato profundo del sucesor del gran Wojtyla, Politi traiciona su genuina admiración y simpatía por «las fascinantes cualidades intelectuales y espirituales» de Joseph Ratzinger, su «incuestionable autoridad intelectual», su personalidad amable, refinada, modesta; su capacidad para escuchar y comunicarse íntimamente con cada uno de los individuos con que se encuentra. Al mismo tiempo, Politi examina y cuestiona despiadadamente las directrices ultraconservadoras del papado de Ratzinger, su recorte de las reuniones con líderes internacionales religiosos y laicos —que podrían haberlo ayudado a «tomar el pulso» de los acontecimientos actuales—, su empeño en evitar buscar el asesoramiento de los oficiales de la Curia, entrenados en el arte milenario de la diplomacia vaticana.
Tales consultas, sostiene Politi, podrían haber evitado que el papa Ratzinger hiciera elecciones problemáticas, que llevaron a repetidas crisis y debilitaron la imagen internacional de la autoridad moral papal, personificada con éxito durante más de un cuarto de siglo por Juan Pablo II. Aludiendo a la escasez de comentarios vaticanos con respecto a las vastas consecuencias de la «primavera árabe», por ejemplo, Politi escribe que el papado ahora se limita a «la dimensión meramente cristiana», mientras que anteriormente resonaba como una voz importante en la defensa de los derechos humanos a escala mundial.
Politi recuerda que el papa Wojtyla hacía un seguimiento de los tiempos y del estado de mundo a través de la información que recibía personalmente del constante flujo de comensales invitados para desayunar, almorzar y cenar. Benedicto XVI, en cambio, redujo drásticamente tales encuentros, prefiriendo dedicar la mitad de su tiempo a la lectura y la escritura. Detrás de las decisiones del Papa se encuentran su predilección por el catolicismo tradicionalista, su miedo a la secularidad, el sincretismo, el relativismo moral, las amenazas de la modernidad, y una personalidad acostumbrada a buscar su propio consejo y a decidir su curso de acción en soledad.
Paradójicamente, cuando era joven, y a lo largo de todo el Concilio Vaticano II, el teólogo Joseph Ratzinger era un liberal. El último acto «reformista» de Ratzinger antes de cambiar el rumbo data de 1970, cuando, como miembro del Comité Doctrinal de la Conferencia de Obispos de Alemania, firmó un memorándum llamando a «una revisión exhaustiva y un examen más detallado de la ley sobre el celibato en la Iglesia latina, en Alemania y en el mundo entero». Dos futuros cardinales fueron cofirmantes: Karl Lehmann (expresidente de la Conferencia de Obispos de Alemania) y Walter Kasper (presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Comisión Pontificia para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo). En 1972, Joseph Ratzinger se separó abruptamente del grupo reformista y cofundó la revista conservadora Communio.
Según el autor, Benedicto es principalmente un teólogo y un académico que «no se suponía que llegara a ser papa». En cambio, se encontró con la carga de la portentosa responsabilidad del liderazgo religioso mundial de 1,2 mil millones de personas. Su formación no le proporcionó las herramientas que le hubieran permitido evitar las dificultades de la diplomacia internacional. Llenó la Curia de colegas conservadores, almas gemelas, a menudo amigos de larga data, que no cuentan con capacitación alguna en ciencia política.
Politi delinea sistemáticamente una lista de acontecimientos —incluido el tsunami de la pederastia que azotó a la Iglesia y, por una mera y accidental cuestión de tiempos, llegó a las costas del papado de Benedicto XVI en lugar del de Juan Pablo II— que desencadenó una crisis tras otra. En más de una oportunidad, el papa Ratzinger se vio obligado a dar marcha atrás en sus decisiones y, en algunos casos, a pedir disculpas personales con la justificación sincera de no haber sido informado sobre todos los hechos, como en el caso del escándalo Williamson.
De hecho, el ejemplo más flagrante de los errores de cálculo de Benedicto XVI fue su invitación prematura a los miembros de la Fraternidad (Sociedad) de San Pío X (SSPX) a regresar al rebaño. Los cuatro obispos, ordenados ilícitamente por el fallecido cardenal Marcel Lefebvre, él mismo excomulgado por Juan Pablo II por negarse a aceptar las reformas del Concilio Vaticano II, incluían al sacerdote que negara el Holocausto, Richard Williamson. Según se dijo, Benedicto XVI quedó estupefacto cuando los medios dieron la noticia sobre la declaración de Williamson en la televisión sueca en la que afirmaba que el Holocausto era una mentira y que nunca había sucedido. El papa Ratzinger admitió públicamente que no había sido informado adecuadamente y reprendió a su equipo por no mantenerlo actualizado y por un uso insuficiente de internet.
Luego de explorar el sanctasanctórum de los secretos del cónclave del 2005, Marco Politi examina metódicamente la evidencia que sostiene la tesis de su título, comenzado con los informes de caso sobre los teólogos liberales purgados o bajados de clase por el cardenal Ratzinger antes de su elección papal, durante sus 24 años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (históricamente, el antiguo «Santo Oficio» de la Inquisición). Politi escribe que el cardenal Ratzinger se distinguió por su inflexible oposición a la teología de la liberación.
Las relaciones de Benedicto XVI con el islam son abordadas en el capítulo «La catástrofe de Regensburg». Durante el discurso que el papa Ratzinger dirigió en el 2006 a los estudiantes de la Universidad de Regensburg en Alemania, pareció no saber que el mundo estaría escuchándolo. Allí, citó un texto del siglo xv en el que un emperador bizantino afirmaba: «Mostradme qué ha traído Mahoma que fuera nuevo, y allí sólo encontraréis cosas malignas e inhumanas, como su orden de difundir mediante la espada la fe que predicaba».
Masivas protestas anticatólicas estallaron en el mundo musulmán en los días siguientes, lo que llevó a Benedicto XVI a expresar sucesivas «aclaraciones» y tuvo como resultado una cumbre católico-musulmana en el Vaticano y una declaración conjunta en Roma sobre principios comunes. De este modo, como en otras ocasiones, se logró transformar un conflicto inicial en un gran paso hacia adelante.
Las relaciones con el mundo judío son exploradas en el capítulo titulado, con cierto dramatismo, «La ira de los rabinos». En un contexto más amplio de continuidad y de diálogo católico-judío respetuoso, Politi recuerda la sucesión de episodios responsables de un malestar, temporal pero sentido, en la relación. Esta lista incluye, entre otras cosas, la controversia sobre la decisión de acercar a la santidad a Pío XII mediante el reconocimiento de sus «virtudes heroicas», y la rehabilitación de la misa latina tridentina preconciliar, con su «Oración por la Conversión de los Judíos» del Viernes Santo.
El autor señala justamente la falta de comunicación dentro de la Curia como un factor preponderante en todos estos contratiempos. Podemos respaldar esta afirmación con un testimonio personal. Durante el período en el que el Vaticano intentó convencer a sus pares judíos de que no estaba en los planes intentar algún tipo de proselitismo, una delegación internacional de representantes judíos fue invitada a una reunión en la Secretaría de Estado. Allí se discutieron los cambios a la nueva edición de la oración, pero ninguno de los altos oficiales del Vaticano que se encontraba presente sabía que la oración revisada ya había sido publicada sin que las palabras «la conversión» fueran quitadas del título, una modificación que se les había asegurado previamente a los representantes judíos.
El nuevo texto fue rescrito por el mismo Benedicto, como una especie de transigencia entre los tradicionalistas católicos y el Gran Rabinado de Israel. Esto fue aceptado a regañadientes por ambas partes. Politi comenta que hubiera sido mucho más sencillo reemplazar la oración tridentina con la versión latina de la oración del Viernes Santo posconciliar titulada, simplemente, «Oración por los judíos».
Sin embargo, fue el «Caso Williamson» el que causó la crisis más grave en las relaciones católico-judías. Podríamos agregar que, en el caso poco probable de una verdadera reconciliación con los lefebvrianos, una tormenta colosal se vislumbraría en el horizonte. Parecería que, a pesar de los pasos dados para someter a la Comisión Ecclesia Dei (responsable de los contactos con la SSPX) a la autoridad de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no se está prestando atención suficiente a la larga historia del uso en la literatura y en los sitios de internet de la SSPX de la acusación teológicamente deslegitimada de «deicidio» para menospreciar al pueblo judío. Además, las ofensivas calumnias contra el papa Benedicto XVI proferidas por los obispos lefebvrianos no han impedido la continuación de las negociaciones. Afortunadamente, la negación constante de la fraternidad a aceptar el Concilio Vaticano II probablemente evite otra catástrofe. «Un pasado que regresa» es el nombre del capítulo que trata principalmente sobre la SSPX. Las duras contradicciones implícitas en el deseo persistente de Benedicto XVI de hacer la paz con este grupo cismático parece ser vista por Politi como una clave para entender los tormentos interiores de Joseph Ratzinger. Benedicto XVI ha criticado las «malas interpretaciones» del «Espíritu del Concilio Vaticano II», así como del «Espíritu de Asís».
«El espíritu del Concilio», dice Politi, a su parecer, ha «dañado a la Iglesia y la ha arrastrado hacia orillas peligrosas al deformar los documentos para sustentar utopías personales.» Aún así, la aceptación leal y convencida del papa Ratzinger de todos los documentos del Concilio Vaticano II, incluidos aquellos que corresponden a las relaciones interreligiosas, ampliamente refutados por la SSPX, se ve evidenciada en sus acciones. En la reciente celebración del 25.º aniversario de la primera Cumbre Mundial de Líderes Religiosos en Asís, Benedicto XVI reemplazó el programa de oraciones simultáneas de 1986 con una invitación a la oración o a la meditación individual en habitaciones separadas ofrecidas a cada delegado. Algunos interpretaron esto como una marcha atrás en las intenciones de Juan Pablo II. Pero el rabino David Rosen, director internacional de Asuntos Interreligiosos del AJC, que estuvo (muy simbólicamente) sentado al lado del Papa durante la ceremonia, recuerda que en la Cumbre Interreligiosa de Asís del 2001 convocada por Juan Pablo II, en la que se hicieron arreglos para dar lugar a oraciones similares simultáneas pero separadas, el entonces cardenal Ratzinger le había dicho con una sensación de satisfacción: «Creo que hemos refinado el espíritu de Asís».
Antes de ingresar al cónclave que concluyó con su elección, Joseph Ratzinger «denunció la “dictadura del relativismo”, un concepto que se convertiría en el eje de este pontificado», escribe Politi, junto con su misión primaria vista como la de «reconciliar la fe con la razón». Sin embargo, recientemente, dice el autor, cada vez más personas expresan «sentimientos de ternura por la intensidad de este hombre, de edad avanzada, que parece estar caminando contra el viento».