El resultado del 12 de abril no sorprende por lo que muestra, sino por lo que confirma. Dos escenarios se perfilan -Keiko Fujimori frente a Rafael López Aliaga o frente a Roberto Sánchez- y ambos condensan una paradoja: opciones asociadas, de distintas formas, a un sistema político ampliamente rechazado, terminan siendo las más competitivas.
No es un problema de nombres, sino de estructura. Se ha insistido en la fragmentación y la incertidumbre, pero lo decisivo es cómo el sistema procesa esa dispersión. Y lo hace reduciéndola. La oferta se multiplica, pero el poder se concentra. La valla y las reglas de competencia operan como filtros: de decenas de candidaturas, solo unas pocas sobreviven con opciones reales.
Aquí aparece la primera clave: la frustración no organiza políticamente. El malestar ciudadano -extendido y persistente- no se traduce en una alternativa cohesionada. Se dispersa en múltiples candidaturas que compiten entre sí y terminan anulándose. El resultado es que quienes sí cuentan con estructura, reconocimiento o voto propio se mantienen competitivos, incluso si arrastran el desgaste de haber sido parte de un Congreso con niveles de rechazo cercanos al 95%.
La segunda clave es más incómoda: el elector no solo castiga, también simplifica. En un entorno saturado y con baja diferenciación, la decisión se apoya en referentes conocidos. No necesariamente porque generen adhesión, sino porque reducen la incertidumbre. Es una lógica defensiva.
De allí que los escenarios actuales no expresen tanto una preferencia clara como una selección posible dentro de un conjunto limitado de opciones viables. No estamos ante un electorado que elige con convicción, sino ante uno que decide bajo restricciones: información incompleta, ofertas poco diferenciadas y reglas que filtran más de lo que articulan.
Esto permite entender la contradicción. ¿Cómo es posible que fuerzas vinculadas a un Congreso ampliamente desaprobado sigan siendo competitivas? Porque el rechazo no se ha convertido en reorganización política. Porque las reglas reducen la dispersión, pero no generan nuevas mayorías. Y porque, en ausencia de alternativas sólidas, la competencia termina girando sobre lo conocido.
El 12 de abril deja una señal clara: no estamos ante un sistema que haya procesado el malestar, sino ante uno que lo contiene sin resolverlo. La incertidumbre no desaparece, se desplaza. Y lo que parece una decisión clara es, en realidad, la continuidad de una tensión no resuelta (Lunes 13 de abril del 2026).


