La fragmentación de la oferta electoral es hoy altísima, pero eso no significa que el próximo Parlamento vaya a reproducirla. Podría ocurrir lo contrario: de las más de treinta listas que hoy compiten por Diputados y Senadores, solo unas pocas terminarían con representación. La razón es la valla o umbral electoral.
Su lógica es simple. Busca evitar que un Parlamento excesivamente disperso dificulte la producción legislativa, encarezca la negociación y vuelva más inestable la formación de mayorías. Es, en suma, un filtro. Y como todo filtro, castiga más a las fuerzas pequeñas: cuanto más alta y exigente es la valla, menos organizaciones logran ingresar y más votos quedan sin premio.
La experiencia peruana muestra precisamente eso. Desde el 2006, año en que se incorporó este mecanismo, el número de listas en competencia ha sido sistemáticamente mayor que el de partidos que finalmente obtienen escaños. Es decir, una cosa es la fragmentación de la oferta y otra, muy distinta, la fragmentación real de la representación. No toda dispersión en la cédula se convierte en dispersión dentro del Congreso.
Pero esta vez hay un elemento adicional que puede agravar la distorsión. Para acceder al reparto de escaños en Diputados o en el Senado no basta alcanzar el 5% de los votos válidos. También se exige llegar, en cada cámara, al equivalente al 5% de su número legal de miembros: siete diputados o tres senadores. Y como ambas cámaras se eligen por separado, un partido podría superar la valla en una y quedar fuera en la otra.
Allí aparece el problema. En una elección con cinco elecciones concurrentes y siete votos preferenciales, el elector puede dispersar su voto entre varias opciones, pero el sistema puede concentrar la representación en muy pocas manos. Así, partidos con votaciones modestas podrían capturar buena parte de los escaños, no porque hayan arrasado, sino porque muchos votos no lograrán traducirse en representación parlamentaria al no superar la valla.
Esa posibilidad no es solo teórica. Los partidos alternativos compiten dispersos y sin coaliciones amplias, no son conocidos o con mayor recordación simbólica, por lo que tendrán desventaja para ingresar al próximo Parlamento. El efecto no sería menor: una brecha excesiva entre votos y escaños, una representación sobredimensionada de algunas fuerzas y una desaparición de otras.
Ese desbalance puede debilitar, desde el inicio, la legitimidad del nuevo Congreso. Y también puede colocar, otra vez, a quien gane la presidencia frente a un Parlamento más fuerte de lo que su respaldo ciudadano justificaría. En vez de corregir la fragmentación, podríamos terminar sustituyéndola por una desproporción excesiva. Y esa no sería una buena noticia para la gobernabilidad ni para la democracia (Perú21, lunes 6 de abril del 2026).


