De acuerdo a las cifras oficiales en Perú, entre el 11 de junio y el 18 de julio han fallecido un promedio de 187 personas por día debido a la Covid-19. Esto equivale a decir que, en promedio, aproximadamente cada 8 minutos fallece una persona debido al virus. Se trataría, además, de un calculo probablemente conservador si es que se confirma la potencial existencia de un importante subregistro de fallecidos por Covid-19 en el país.

En medio de esta catástrofe humana emerge el discurso de la “nueva normalidad”. Evidentemente hablar de “nueva” no implica necesariamente que sea “mejor”; en estricto únicamente implica que se trata de una normalidad diferente a la anterior. Sin embargo, parece difícil disociar en este discurso la referencia a lo “novedoso” de la idea o aspiración de “mejoría”.  El problema surge cuando los elementos de juicio que los ciudadanos de a pie tenemos a nuestra disposición nos hablan más bien de una nueva normalidad por momentos muy parecida a la antigua, y por momentos aun mucho peor.

En la nueva normalidad se reconoce que “el Perú no puede estar entre los primeros en macroeconomía y los últimos en calidad de los servicios públicos” y se enarbola un discurso muy similar al de un enfoque de desarrollo humano, pero se opta por políticas centradas fundamentalmente en la reactivación de la economía. No se trata, como en otros países, de una salida progresiva de la etapa de cuarentena o la implementación de fases de “desescalada” centradas en la regulación de la convivencia social para evitar la propagación del virus, sino principalmente de reactivar el campo de la producción.

¿Es un problema priorizar la reactivación de la producción como un elemento clave de la nueva normalidad? Evidentemente no. La profunda caída en el empleo en el ultimo trimestre y las obvias consecuencias que esta traerá para las vidas cotidianas de las personas justifican absolutamente que la reactivación económica sea una prioridad. Esto siempre y cuando no se pierda de vista la necesidad de garantizar que esta reactivación efectivamente generará empleos mínimamente decentes. El problema surge cuando el ordenamiento de la escala de prioridades es tan endeble que por momentos no queda nada claro si la preservación de la vida y la salud continúa siendo el fin para el cual la economía es un medio. Se trata de una duda razonable que aparece, por ejemplo, cuando se observan simultáneamente un aparente repunte en la curva de contagios (recordemos que el Perú ni siquiera ha superado su primera ola de contagios), al lado de la reanudación de los vuelos comerciales y la inminente apertura de bares y restaurantes.

Desafortunadamente, no es extraño para los países de América Latina que el discurso del “desarrollo centrado en las personas” conviva con prácticas de política pública centradas en la producción. Las consecuencias de este divorcio entre el discurso y la práctica son evidentes: las múltiples crisis que la Covid-19 ha generado en el Perú en menos de cinco meses nos han mostrado lo efímero de nuestro éxito como país, que pasó de ser la economía estrella de América Latina a ser uno de los países con la más alta tasa de fallecidos a causa de la Covid-19 por millón de habitantes en la región.

En los primeros 15 días de nueva normalidad observamos, además, cosas que suenan ya bastante antiguas y conocidas. Algunos ejemplos son: conglomerados de poder económico que se oponen a la ratificación de convenios internacionales de protección del medio ambiente, serios cuestionamientos al grado de meritocracia con el que se designan altos cargos públicos, preocupación por la existencia de conflictos de interés y “puertas giratorias”, enormes desigualdades de acceso a la salud entre quienes pueden pagar un seguro privado y quienes no, entre muchas otras.

La nueva normalidad en el Perú viene, por supuesto, acompañada de un nuevo eslogan. Pasamos del sensato y necesario “yo me quedo en casa” a “primero mi salud”. A riesgo de sonar “puntilloso”, cabe la duda de si enfatizar lo individual se trata de la mejor estrategia en una crisis que nos ha mostrado que lo clave parece ser más bien el comportamiento social y la solidaridad. ¿Por qué en vez de un mensaje cercano al “nuestro equipo de 5 millones” de Nueva Zelanda (en referencia al total de habitantes del país) se opta por uno de “cuidarse a uno mismo” que por momentos suena mas bien a “sálvese quien pueda”?

Sin dejar de reconocer los importantes (aunque extremadamente frágiles) avances de la última década en materia de desarrollo humano en el Perú, la catástrofe multidimensional que la Covid-19 representa nos despierta forzosamente del sueño de la autocomplacencia y nos empuja a actuar. Pero para actuar es necesario primero fijar clara y explícitamente las prioridades que como sociedad nos parecen centrales, los mínimos de bienestar que todo peruano debería ser capaz de alcanzar por el simple hecho de serlo. De lo contrario, hay un gran riesgo de transitar a una “nueva normalidad” que, además de cínica, esté caracterizada por la precariedad, la fragmentación y el miedo.

Autor:

Jhonatan Clausen, profesor del Departamento de Economía de la PUCP, director (e) de investigaciones del IDHAL.

Las opiniones presentadas en este artículo no necesariamente reflejan la posición institucional del IDHAL ni de la PUCP.

 

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En la “nueva normalidad” una persona fallece de Covid-19 cada 8 minutos

Un pensamiento en “En la “nueva normalidad” una persona fallece de Covid-19 cada 8 minutos

  • 2 agosto, 2020 a las 6:57 pm
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    Completamente de acuerdo .
    Con 200 fallecidos diarios iniciar un desconfinamiento por presión de los grupos de poder económico! Sin ningún plan! Solo por decreto! Fue un Harakiri!
    La Vida y La Salud como siempre no es prioridad en la agenda pública!!

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