Cuando en los dos últimos años el Congreso aprobó una serie de modificaciones a la legislación electoral, lo hizo sin medir sus efectos. No era la primera vez. Pero en esta ocasión, lo que se soltó fue una verdadera guillotina. Y no solo para los partidos tradicionales, sino también para aquellos que aspiraban a reemplazarlos.
Las reglas importan y sus efectos deben conocerse. Basta observar los resultados de las elecciones de 2026 para entenderlo. El nivel de fragmentación alcanzó un punto inédito. Si en 2001 Alejandro Toledo y Alan García sumaron cerca del 62% en primera vuelta, hoy los dos candidatos que pasan al balotaje, Keiko Fujimori y presumiblemente Roberto Sánchez, apenas alcanzan alrededor del 30%. Es decir, el 70% del electorado no votó por ninguno de ellos. En 25 años, la distancia entre electores y quienes pasan a segunda vuelta se ha duplicado.
No sucede lo mismo en la región. En las últimas elecciones, los dos candidatos más votados en primera vuelta concentraron porcentajes más altos: en Ecuador, Novoa y González el 88%; en Costa Rica, Fernández y Ramos el 87%; en Bolivia, Paz y Quiroga el 57%; y en Chile, Kast y Jara el 51%.
Fragmentación combinada con permisividad para crear partidos -la ilusión del outsider- y reglas severas para ingresar al Parlamento producen una fuerte desigualdad entre apoyo electoral y representación. Este escenario es resultado de decisiones concretas: la eliminación de las PASO, la ausencia de sanciones efectivas frente a irregularidades en la inscripción partidaria y la proliferación de vehículos electorales que han terminado por mercantilizar la política.
En esta elección, de los 37 partidos en competencia, 24 no alcanzaron siquiera el 1% de los votos, y siete no lograron un respaldo equivalente a la militancia formal que declaran. Pero el problema no es solo cuántos compiten, sino cuán poco concentran quienes ganan. Keiko Fujimori, con la primera votación, obtiene un porcentaje que en otros países correspondería a un tercer o cuarto lugar; con mayor razón, la votación de Roberto Sánchez.
Algo similar ocurre con el Congreso. La valla electoral del 5% de votos y de escaños, junto con la cifra repartidora, en un contexto de alta fragmentación, produce una alta concentración y premia a partidos que superan las exigencias legales con bajo apoyo. Los partidos que ingresan lo hacen con votaciones que fluctúan apenas entre el 5% y el 14%. La desproporción entre votos obtenidos y escaños asignados es evidente.
El resultado final es claro. Seis partidos concentran la totalidad de escaños, mientras una mayoría de electores queda sin representación directa. No es una anomalía: es el efecto esperado de las reglas vigentes. Lo singular de esta elección es la magnitud de esa distancia. Mucho premio para tan poco apoyo (Perú21, lunes 27 de abril del 2026).


