Nos acercamos al mes decisivo de una campaña confusa y desigual. Las encuestas muestran un dato relevante: se viene reduciendo, en un promedio de entre 10% y 15%, el número de quienes no saben por quién votar o anularían su voto. El reacomodo ha empezado.
Los candidatos que combinan capitales importantes -alta visibilidad, recursos económicos y materiales, conocimiento del gran público, partidos propios de extensión nacional, experiencia en campañas electorales y medios de comunicación a su favor- han cosechado poco. Eso los coloca en riesgo de no pasar a la segunda vuelta. Son los casos de Rafael López Aliaga (en peligroso descenso) y Keiko Fujimori. César Acuña y José Luna están en menos posibilidades de llegar aun cuando su mayor interés debe ser ingresar a las cámaras.
Hay un segundo grupo de candidatos que logró algo al inicio, pero que luego se estancó o descendió, como Carlos Álvarez, Mario Vizcarra y Carlos Espá. Existe, además, un bloque de candidatos con experiencia política o con un partido conocido, como George Forsyth, Yonhy Lescano, José Williams y Roberto Sánchez, que algo han crecido, pero no con la pendiente suficiente para estar en el partido de fondo. Quienes sí han crecido con claridad son Alfonso López-Chau y con mayor pendiente de ascenso, Wolfgang Grozo. Este último, junto con Jorge Nieto, aparece claramente posicionado en Google Trends. La ventaja de estos últimos es que tienen un techo alto para crecer y el foco de los medios los hará más visibles, mostrando sus fortalezas y debilidades. Es una oportunidad, pero no siempre se aprovecha.
La ventaja que aún conservan López Aliaga y Keiko Fujimori es que, en un escenario de alta dispersión, mantener sus porcentajes podría permitirles pasar a la segunda vuelta. Lo que parece más difícil es que ambos lo logren, pues disputan el mismo espacio político y hay otros al acecho.
Si un sector importante del electorado ya empezó la búsqueda de algo nuevo, distinto, entonces se ha abierto la puerta al despegue de uno o, a lo más, dos candidatos expectantes que podrían desplazar a quienes hoy encabezan las encuestas. Si fueran dos, estaríamos ante un escenario drásticamente modificado.
Sin embargo, la mayor ventaja de los “partidos tradicionales” (RP, FP, APP, Avanza, Podemos y SP) está en la composición de las cámaras. Se trata de partidos con un nombre y un símbolo de marca muy conocidos. Del resto, en cambio, el electorado mantiene un alto nivel de desconocimiento. Revertir eso exige tiempo y recursos, justamente dos de los activos que más escasean fuera de ese núcleo. El resultado podría ser un escenario complicado, pero ya conocido: un presidente con bancadas opositoras que controlen el Parlamento y, en consecuencia, con severas dificultades para gobernar.
Los candidatos tienen que ser locomotoras que jalen a sus vagones. Y la información de elecciones anteriores indica que los partidos nuevos, o aquellos que despegan en el último tramo, son precisamente los que menos arrastre legislativo suelen tener. Ese es, quizá, el mayor reto que deben superar. De no hacerlo, sus eventuales triunfos podrían terminar siendo pírricos (Perú21, lunes 9 de marzo del 2026).


