Cuando un evento, incluso violento, se produce continuamente, pierde su capacidad de generar una reacción efectiva y pasa a ser parte de lo rutinario. Quizá el martes 17 termine con un nuevo presidente, el octavo en una década. Pero pocos saben que este es el período democrático más largo de la historia republicana: un cuarto de siglo y pronto tendremos al sexto presidente elegido de manera continua. Para buscar el antecedente debemos remontarnos a inicios del siglo XX, en la república aristocrática, que produjo una docena de años de vida democrática y cinco presidencias. Pero nunca como el que estamos viviendo. Esto que debiera consolidar nuestro sistema democrático no es así. El régimen continúa, sí, pero el poder es efímero. El presidente es un inquilino precario. Tres presidentes seguidos -Toledo, García, Humala- en los primeros quince años del siglo y, luego, siete (quizá ocho) en diez años, de los cuales solo dos nacen de elecciones.
El Parlamento -o el grupo de partidos que se asociaron en él- se dio cuenta de que podía forzar el marco institucional y poner en jaque al presidente de turno con la figura de la vacancia. Tanto se normalizó deshacernos de los presidentes que, si sale Jerí, nadie lo defenderá, como ocurrió con Dina Boluarte. Será un episodio más de una serie que pasó de tragedia a drama. Se ha instalado pues la indiferencia. El tema no es la inestabilidad y el orden, sino el poco apego de la ciudadanía a sus gobernantes. La mentada legitimidad.
Se podrá discutir sobre las prácticas y presuntos negocios de Jerí, la legalidad o no de sus actos o la pertinencia o no de su salida delante de un proceso electoral. Pero lo cierto es que, para los partidos que controlan el Congreso, importa la suma de votos y no el peso de las razones. Importa si les afecta o beneficia de cara a las elecciones. No más. El Congreso podrá discutir si corresponde censura o vacancia, pero eso ya poco importa cuando un poder del Estado hace tiempo traspasó los límites que permiten que las instituciones se relacionen, se balanceen y que los bordes sean claros. Es el desborde del poder.
La continua frustración y la violencia cuando hay protesta han terminado por despolitizar la vida pública. Es que ahora las democracias no colapsan: se corroen, se carcomen por dentro y solo queda la fachada. Dejan de ser un sistema que canaliza las demandas ciudadanas por vías institucionales, para dar paso al populismo ramplón, la grita fácil y el carnaval electoral.
Si sale o se queda José Jerí, ha dejado de ser importante para la gente: uno más. Se cambiará de gobierno, de presidente, pero si no se cambia la composición parlamentaria difícilmente cambiará algo. Sí, las elecciones son una oportunidad; también se pierden. Y, en el Perú, ya ha ocurrido muchas veces (Perú21, lunes 16 de febrero del 2026).


