El gobierno de Keiko Fujimori ha cumplido un mes. Es poco tiempo para un balance, pero suficiente para vislumbrar tendencias. Llegó al poder con condiciones para hacer pensar en un gobierno fuerte, pero todavía no ha demostrado esa capacidad.
Muchos esperaban de Keiko un gobierno eficaz, ordenado, coherente y con autoridad. Otros temían un gobierno autoritario y avasallador. Por ahora, ninguna expectativa parece cumplirse. No hay la eficacia esperada, pero tampoco el proyecto rupturista.
Keiko tiene virtudes políticas evidentes. Es metódica, disciplinada y calculadora. Pero gobernar exige otras cualidades. No es una líder que destaque por el conocimiento, la elaboración política o el carisma. Su experiencia se ha construido como candidata, no en puestos ejecutivos ni parlamentarios. En este primer mes su dinámica sigue pareciéndose más a la de una candidata que a la de una jefa de Estado: respuestas preparadas y dificultades para apartarse del guion.
También hay una distancia entre el partido que ganó la elección y el partido que efectivamente existe. Fuerza Popular tiene presencia y poder en el Congreso, pero fuera de él hay poco partido. Sus resultados en estas elecciones regionales y municipales serán, como siempre, estrepitosos. Un gobierno no se sostiene solo con parlamentarios: necesita organización y cuadros.
El gabinete lo expresa bien. Salvo Elmer Cuba y el equipo económico, no aparece todavía la convocatoria que muchos esperaban de un gobierno de Keiko. Hay ministros con experiencia, pero el conjunto no transmite el peso esperado. En apenas un mes ya han aparecido contradicciones, cuestionamientos y pedidos de recambio.
La seguridad es la prueba inmediata. Fue uno de los grandes argumentos de la campaña y, sin embargo, los resultados iniciales no permiten hablar de un cambio. Los homicidios continúan y el gobierno ha debido enfrentar conflictos como el paro de transportistas, donde el discurso de autoridad terminó en negociación y concesiones. La distancia entre prometer orden y producirlo es considerable.
A esto se suma una paradoja institucional. Fuerza Popular tiene una posición privilegiada en el Senado, pero no en diputados. Además, el Ejecutivo -maniatado con normas que el fujimorismo apoyó- no dispone de poder ilimitado. El nuevo diseño bicameral fortalece al Legislativo y obliga a negociar. El pedido de delegación de facultades es una primera prueba. Tener influencia no significa poder hacer lo que se quiere.
Keiko ganó, además, por una diferencia mínima. Tiene respaldo inicial, pero no recibió un mandato electoral abrumador. La luna de miel existe, aunque puede durar poco si los resultados no acompañan. Este primer mes no permite saber todavía si el gobierno será exitoso o un fracaso. Pero la pregunta es si Keiko puede convertir el poder político que tiene, en capacidad efectiva de gobierno. Un mes es poco para responderla. Pero es suficiente para saber que ese objetivo, se ve ahora más distante (Perú21, lunes 31 de agosto del 2026).


