El primer gabinete de Keiko Fujimori dirá más sobre el rumbo del gobierno que cualquier discurso de toma de mando. Muy pocos de sus integrantes vendrán de Fuerza Popular. No porque no haya quien lo desee dentro del partido, sino porque desde la época de su padre los partidos dejaron de ser los proveedores de los cuadros políticos que dirigen los ministerios. En los ochenta, cuando los partidos tenían dirigentes con formación y experiencia de gestión, los gabinetes eran esencialmente partidarios. Cambio 90 fue entonces lo que Fuerza Popular es hoy: incapaz de dotar de cuadros para gobernar. Pero eso ocurre con todos los partidos que llegaron al poder desde entonces. Es el signo de los tiempos.
Desde el gobierno de Alberto Fujimori, los partidos dejaron de atraer buenos profesionales y de comprometer a intelectuales y académicos. Se convirtieron en vehículos electorales, aptos para ganar elecciones, no para administrar el Estado. Lo más probable es que el primer gabinete combine tecnócratas de su línea con personas de su círculo cercano. Pero, el jefe del Gabinete será, ante todo, su portavoz político, y por eso la confianza personal pesa más que la trayectoria técnica.
Keiko carga con compromisos acumulados en cuatro campañas construidas para electorados distintos. Tendrá que lidiar con sectores empresariales, militares, informales, regionales, políticos y religiosos que la apoyaron, en parte o del todo, a lo largo de estos quince años. En los ministerios clave colocará a personas de confianza, quizá también a figuras de la primera vuelta que se acercaron en el camino.
La campaña giró alrededor de una sola idea: orden. Era un mensaje doble. Para los militares y las fuerzas del orden, prometía seguridad interna con protección para ellos. Para los tecnócratas y los mercados, continuidad económica. Moverse en esos dos registros no excluye, reitero, que quien encabece el gabinete sea alguien del círculo más cercano, como Miguel Torres o el propio Galarreta, cuya lealtad está fuera de discusión.
Queda, sin embargo, un sector que esa coalición no alcanza. El sur andino y las regiones más pobres le dijeron que no en cuatro elecciones consecutivas, no contra cuatro rivales distintos, sino contra ella. No votaron por Sánchez porque creyeran en su programa: votaron contra un apellido que para esa parte del Perú representa una deuda histórica todavía no saldada. A eso se agrega el porcentaje que en junio le dio su voto no porque la prefiriera, sino para que no ganara el candidato de Juntos por el Perú. Desde 2016, Keiko ha perdido apoyo en cada proceso. La distancia entre el 17% en la primera vuelta y el 50% en la segunda es el mapa de ese límite. El fenómeno del Niño, que se anuncia fuerte, será su primera prueba real. No resolver esas tensiones, puede también arrasar con ella (Perú21, lunes 6 de julio del 2026).


