Esta elección nunca despertó un alto interés entre los peruanos. No es extraño. El desinterés no nace de la apatía sino de la desafección, la frustración y la profunda desconfianza hacia la política y sus representantes. Pero los resultados oficiales dejan un dato central: ni Keiko Fujimori ni Roberto Sánchez representan a la mayoría del país. La inmensa mayoría no votó por ellos, aunque uno terminará ocupando la presidencia. La segunda vuelta obliga alineamientos que muchas veces son más defensivos que adhesiones genuinas.
El mapa electoral muestra, además, dos países políticos distintos. Son dos candidaturas que expresan identidades, demandas y malestares distintos. Sin embargo, ninguno puede ganar encerrado en su propio espacio. Keiko no llegará solo con Lima y la costa; Sánchez tampoco únicamente con el sur andino.
El nuevo tablero político coloca nuevamente al fujimorismo en el centro de gravedad. Aunque Keiko Fujimori sigue siendo una figura con altos niveles de resistencia, el antifujimorismo ya no tiene la fuerza cohesionadora que mostró hasta el 2021. Ella ha optado por una campaña más disciplinada y orientada al orden, apelando directamente a la memoria del gobierno de su padre. La experiencia acumulada en tres segundas vueltas consecutivas la lleva a controlar cada paso, aunque esa misma disciplina la vuelve rígida y menos empática. Aun así, tiene un aparato partidario consolidado y una bancada más cohesionada que en procesos anteriores.
Roberto Sánchez, por su parte, ha logrado capitalizar el voto castillista y ganar en una amplia cantidad de provincias. Ponerse el sombrero no es solo un símbolo, sino un recurso político eficaz para conectar con un electorado que demanda representación cultural y territorial. Pero, a diferencia de Keiko, Sánchez carece de una organización sólida. Juntos por el Perú es más una coalición de grupos y liderazgos diversos que un partido articulado. Allí conviven castillistas, sectores magisteriales, ex Perú Libre, dirigentes regionales y etnocaceristas, cada uno con agendas propias. Esa diversidad le permitió crecer rápidamente, pero también puede convertirse en fragilidad.
La segunda vuelta abre ahora una disputa por los votantes que no eligieron a ninguno de los dos. En poco tiempo tendrán que ampliar sus fronteras políticas y emocionales. Keiko Fujimori cuenta con mayores recursos económicos, visibilidad y respaldo mediático. Roberto Sánchez tiene la ventaja de conectar con un sentimiento de exclusión y rechazo al establishment. Ambos llegan con fortalezas y también con pasivos difíciles de ocultar. El resultado, por eso mismo, sigue abierto (Perú21, lunes 18 de mayo del 2026).


