Lo que en otros países es una eventualidad o incluso una inexistencia, en el Perú la figura del outsider aparece como una recurrencia desde hace varias décadas. En cada proceso electoral, varios aspirantes buscan presentarse como outsiders, convencidos de que ese rasgo -real o construido- puede convertirse en una ventaja competitiva.
Conviene, sin embargo, precisar de qué hablamos. En nuestra política, el outsider aparece como un candidato nuevo o poco conocido, sin trayectoria en los partidos, ajeno a la carrera política tradicional y que se presenta como alternativa frente a quienes han ejercido el poder. En nuestra historia, el caso emblemático fue Alberto Fujimori en 1990. Capitalizó el colapso de un sistema partidario erosionado por la crisis económica, el terrorismo y el descrédito de la política. Contaba con una organización débil como Cambio 90, pero se apoyó -no menos importante- en redes de alcance nacional, como las iglesias evangélicas y los medianos y pequeños empresarios. Se trató, sobre todo, de un contexto excepcional.
Desde entonces, ese escenario no se ha vuelto a repetir plenamente. Quienes ganaron elecciones presidenciales posteriores -Toledo, Humala, Kuczynski y, con mayor razón, Alan García- ya tenían experiencia política previa. Incluso Pedro Castillo, presentado en 2021 como outsider, contaba con militancia y candidaturas anteriores. El candidato de Perú Libre se apoyó también en la red de maestros, donde había sido dirigente sindical, así como en los ronderos.
Actualmente, el Perú no cuenta con un sistema de partidos mínimamente institucionalizado, sino con un conjunto fragmentado de vehículos electorales, muchos de ellos simples vientres de alquiler. El descrédito de la política persiste y la oferta electoral es extraordinariamente amplia. En ese contexto, no sorprende que varios de los 36 candidatos presidenciales apuesten a que las circunstancias de la campaña les abran un espacio inesperado.
Esto obliga a matizar la idea de que, a diferencia de otros países, el outsider sea simplemente aquel candidato que no proviene de la política o tiene escasa experiencia. En el Perú actual, la condición de outsider ya no se centra solo en el perfil del candidato, sino en la circunstancia: aquel que irrumpe en el último tramo de la campaña, al que las encuestas no detectaron o lo hicieron tardíamente, como ocurrió con Fujimori y el propio Castillo.
¿Puede entonces ganar un outsider en 2026? Es posible, pero no automático. No basta con ser ajeno a la política o poco conocido. Para pasar de outsider a outsider ganador se requiere algo más: aparecer como una alternativa creíble y atractiva frente a los candidatos vinculados a los partidos y élites que han gobernado en los últimos años, y contar con una red mínima de apoyo social. Sin esas condiciones, el outsider seguirá siendo solo un sueño recurrente, no una opción real de triunfo (Perú21, lunes 24 de enero del 2026).


