Este 4 de octubre, la atención se concentra en Lima y grandes ciudades, pero hay una dimensión electoral lejos de los focos. Ocurre en localidades rurales, pobres y pequeñas, donde decenas de votos pueden decidir quién gobierna. Sobre el fenómeno de la trashumancia electoral o el voto golondrino hay dos estudios recientes que aportan al conocimiento del tema. Una de Henry Ayala, publicada por RENIEC, Golondrinos sin nido, y la tesis de maestría de Mirella Vásquez, Una golondrina sí hace un verano.
La representación política se establece en un territorio. Los electores de una circunscripción eligen a sus representantes. Pero no todo el que reside vota donde le corresponde. A estos electores se les llamó, con demasiada amplitud, golondrinos. Por eso propuse distinguir tres tipos de electores que votan en un lugar distinto de donde residen. El primero es el elector “perezoso”. Es quien cambió de domicilio, pero no actualizó su información en Reniec, por dejadez. Henry Ayala denomina “nostálgico” al que aprovecha la elección para visitar su terruño. Su conducta es irregular, pero no supone una operación electoral.
El segundo es el elector “criollo”. Su domicilio registrado puede permitirle acceder a beneficios o servicios y mantiene allí su inscripción aunque no resida. Tampoco estamos ante un operativo electoral, aunque vota por autoridades de una circunscripción en la que no vive.
El tercero es el verdadero elector “golondrino” y aquí se desata la trashumancia electoral. Un candidato promueve cambios masivos de domicilio de personas que no viven allí, para alterar el resultado. El mecanismo puede incluir pago del trámite, dinero, transporte y otros incentivos. El elector no solo debe cambiar su domicilio. Debe votar.
Esta diferencia es clave. Un crecimiento inusual del padrón no prueba por sí solo el golondrinaje. Puede responder a migraciones o a domicilios no actualizados. Para identificar trashumancia debe existir algo más: cambios de domicilio sin residencia, concentración temporal, organización y finalidad electoral.
El problema cambia en los distritos con pocos electores, rurales y pobres. Allí la relación entre padrón y resultado electoral es sensible. Solo algunas decenas de electores pueden definir una elección. La tesis de Mirella Vásquez sobre el distrito de Tomas muestra cómo estos mecanismos pueden organizarse y cómo la sospecha puede generar conflictos.
La trashumancia no es solo un problema del padrón. Es un problema de representación. Si alguien que no vive en una localidad es incorporado artificialmente a su electorado para decidir quién la gobierna, se altera la relación entre representantes y representados. Pero cuando esa práctica se organiza desde una candidatura, estamos ante un operativo para modificar la voluntad electoral de una circunscripción, configurándose, un delito electoral (Perú21, lunes 28 de setiembre del 2026).


