El fujimorismo de Keiko siempre ha sido oposición y se ha impuesto por número de congresistas, continuidad de bancada y experiencia. Allí labró su poder. Como gobierno, no la pasa bien. No logra controlar su entorno y menos los problemas más acuciantes del país. Quiere tener una relación con el Parlamento basada en interpretar que el Senado lo es todo y en succionar a aquellos congresistas de la oposición que considera oportunistas, por no decir tránsfugas como los que compró el gobierno de su padre, para cambiar una relación numérica desfavorable.
La primera prueba y el primer escollo están en la Cámara de Diputados, donde la oposición es mayoritaria y tiene disposición a no otorgar la solicitud de delegación de facultades al Ejecutivo o a recortarla. Senadores oficialistas sostienen que, si eso ocurre, la Constitución los faculta para modificar lo aprobado por Diputados. Así, el Senado podría restituir las facultades recortadas.
Sin embargo, el Reglamento del Congreso establece que el Senado no puede desnaturalizar ni agregar aquello que no haya sido aprobado por Diputados. El oficialismo sostiene que la Constitución le da esa posibilidad. El problema es político y las normas en el Perú del último decenio se respetan solo a punta de votos de las bancadas.
Hay tres escenarios. Primero, que el Senado restituya las facultades recortadas y el gobierno obtenga lo solicitado. Segundo, que Diputados las rechace y el conflicto escale. Tercero, que el oficialismo prometa respetar los recortes y luego no lo haga en el Senado. Diputados podría, en adelante, dejar de aprobar las iniciativas del Ejecutivo o elevar el costo de cada acuerdo. También podría intensificar el control político, interpelando y censurando ministros, algo que el actual oficialismo conoce bien.
Todo puede terminar en bloqueo mutuo. Ambos buscarán apelar a la opinión pública para deslegitimar al otro. Si los índices comienzan a desfavorecer al gobierno, su aliado Renovación Popular podría distanciarse y quitarle la mayoría real en el Senado o pasarle la factura con un precio alto. Por eso, el fujimorismo no ve con buenos ojos que el partido de Rafael López Aliaga gane las elecciones municipales en Lima y fortalezca su posición. Aliados, pero no incondicionales.
La oposición, por su parte, no está unificada. Tiene distintas agendas y carece, en buena parte, de la experiencia parlamentaria que tiene el fujimorismo. No parece observar con detenimiento este escenario, en el que puede terminar sometida y absorbida, congresista por congresista. Es decir, nadie tiene todo. Esa es la novedad en este escenario de poder dividido. El gobierno no puede gobernar como si tuviera todo el poder y la oposición no puede actuar como si pudiera bloquearlo todo. Tendrán que acordar, ese bien tan esquivo, más allá de su voluntad (Perú21, lunes 14 de setiembre del 2026).


