En campaña los políticos ofrecen y los electores que les creen los votan. Se establece así un compromiso. El elector delega en el elegido la representación de sus intereses. Por eso, quien vota por un alcalde espera que ejerza el cargo para el que fue elegido.
Rafael López Aliaga ganó la alcaldía de Lima en 2022 y dijo que cumpliría los cuatro años. A los poco más de dos años y medio renunció para postular a la presidencia. También, no necesariamente tenía que hacerlo, postuló al Senado. Ganó un escaño. Sin embargo, decidió no asumirlo. Ahora quiere volver a ser alcalde, pero como la reelección está prohibida, postula como primer regidor en la lista de Renovación Popular. No parece buscar el cargo de regidor, sino mantener abierta la posibilidad de volver a la alcaldía si la lista gana. Luis Rubio, quien encabezaba la lista, renunció hace pocos días. Si pierde, es probable que no asuma como regidor.
El asunto, entonces, no es solamente la vía utilizada para regresar. Es qué ocurre con el voto y con el compromiso que contiene cuando fue elegido alcalde. Si después el elegido pide el voto para presidente, está solicitando otra delegación. Y si además pide el voto para senador y obtiene el escaño, el compromiso es asumir esa representación. No puede considerar los votos recibidos como propios y decidir cuál cargo ejercer.
Por eso tampoco es suficiente responder que no es el único o que no está prohibido. Que otros alcaldes hagan algo parecido no convierte la práctica en correcta. Y que una conducta no esté expresamente prohibida no significa que cumpla con el compromiso asumido ante los electores.
Más preocupante es la reacción de algunos dirigentes y seguidores. Se dice que Lima merece un alcalde con sus pergaminos, que terminará las obras, que sus críticos le tienen miedo, que no es el único y hasta que el fin justifica los medios. En lugar de exigirle que responda, se terminan justificando sus decisiones porque se confía en él.
Así, el elector deja de ser quien delega y el político pasa a comportarse como si el voto le permitiera decidir por encima del mandato recibido. Y el partido, en lugar de discutir y poner límites a las decisiones de su dirigente, termina acomodándose a ellas y avalándolas. Hoy es la alcaldía, ayer fueron la presidencia y el Senado. Mañana puede ser otro cargo.
Una cosa es cambiar de opinión. Otra es pedir un voto para un cargo y luego decidir que no se quiere ejercerlo. Y otra es pedir nuevamente el voto para regresar al cargo que se abandonó. El problema no es lo que permite la ley actual. Es el respeto por quien votó y delegó su representación. La representación supone responsabilidad que no termina cuando el elegido cambia de planes.
El voto expresa una decisión del elector y un mandato para quien lo recibe. No puede convertirse en una autorización para que el elegido cambie, una y otra vez, el compromiso que asumió con quienes lo eligieron (Perú21, lunes 10 de agosto del 2026).


