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Pregunta un locutor de radio (en broma, supuestamente) a su compañera de trabajo cuando comenta las estadísticas que muestran lo preocupante que es el problema de la violencia contra la mujer. Por supuesto, es 25 de noviembre, y todos hablan sobre el tema. Debió ser el tema central del día y quizá debió merecer alguna portada en algún diario por la gravedad del problema, pero todos prefirieron un tema más mediático: el fútbol, antes que hablar de la violencia contra la mujer. El primer tema vende, el segundo es un problema casi invisibilizado la mayor parte del año, quedando sólo en el interés de algunas ONGs que trabajan en el tema.

El problema de la violencia contra la mujer es mucho más preocupante de lo que piensa la mayoría y hace mucho tiempo que dejó de ser un problema privado, para convertirse en uno público, porque afecta a miles de mujeres a lo largo de todo el país. De otro modo no puede ser entendido que un promedio de nueve mujeres al mes sean asesinadas por sus parejas, según información del colectivo 25 de noviembre. Nueve mujeres al mes son acuchilladas, golpeadas hasta la muerte, violadas o reciben un disparo de algún desadaptado que tenían por pareja. De alguien que, seguramente, en algún momento le juró amor eterno.

Las estadísticas no muestran la totalidad de los casos, y no se trata del margen de error (tema que tanto les gusta a los que trabajan con números, olvidando que detrás de cada número hay una persona, una vida). El problema con las estadísticas para este caso, es que no tenemos cifras oficiales y lo que se muestran como números alarmantes son los esfuerzos de entidades y colectivos no estatales para visibilizar el tema ante la aparente indiferencia del Estado.

El problema se agrava en el medio rural donde la situación es preocupante porque se llega a afirmar que el tema de la violencia es un tema cultural, y que, por lo tanto, así deben ser las cosas.

Ante esto, lo menos que podría pedirse es el compromiso del Estado para implementar políticas de prevención de la violencia y, una vez sucedido algún hecho violento, disponer que los canales para hacer la denuncia sean claros y protejan a la víctima, no como sucede actualmente, donde muchas veces no se denuncia porque hacerlo es ser víctima nuevamente de maltrato, o en el mejor de los casos, de indiferencia.

Parte de estas políticas deberían revitalizar el plan nacional contra la violencia hacia la mujer, promover la creación de juzgados especializados, contar con personal policial y de salud especializado para la atención a las víctimas y sobre todo, asegurar que los causantes de la violencia sean sancionados, y se acompañe a las víctimas no sólo en lo legal, sino también en los psicológico.

Hay un debate, donde pocos se ponen de acuerdo, entre si hoy se denuncia más o hay un incremento en la violencia. Yo creo que es una suma de ambos. Es cierto que cada vez hay menos mujeres que toleran el maltrato, y que factores como la independencia económica, o mayor conocimiento de sus derechos, les ayuda a decir a mí no me tocas. Pero también tenemos la otra cara de la moneda, donde el maltrato es lo normal y la violencia la forma de relacionarse.

Otro punto especial es que para combatir la violencia, cualquier tipo de violencia, no debemos ceder ni un milímetro en rechazarla y denunciarla, y no aceptar bromas tontas, que en el fondo validan prácticas que debemos desterrar para considerarnos, cada vez más, como una comunidad civilizada.
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(Los Andes 09/11/2008)
- Al año me iré a París para publicar, porque acá -en Puno- no entenderían lo que escribo.

Fueron las palabras de, como diría la sobrina de la dueña de la Tiendecita Gris, un “cholo alucinado”. La sobrina de la dueña de la Tiendecita Gris era pequeña y por eso sus bien merecidos sobrenombres: chata, chatarra, peque, enana, pitufa, envase económico, etc., etc. y tenía los pechos grandes a los que sin mesura sus amigos llamábamos Pili y Mili.

- Estoy escribiendo un ensayo sobre Oquendo de Amat, pero no encuentro toda la información que necesito.

Fueron las palabras de, como diría mi amigo Oscar, “un pata centrado pero intrascendente”.

Luego habló Marcela, a quien llamábamos Machi, Macha, o Michi y dijo algo así como que reflexionaba en torno a la obra de la escritora Aymara-Loretana “De los andes sus Apus”. Una novelita de 80 páginas, producto de una tesis mal asesorada en antropología y que se centraba en los poderes curativos y febriles de la combinación del masato y la chicha de jora.

Era 2 de noviembre y en una salita estaban los tres nuevos exponentes de la literatura puneña, yo y la promotora. En ese año, creo, que se celebraba el 334 aniversario de Puno y estábamos reunidos en la casa de la promotora que organizaba la “velada cultural”, que era como llamaban a esos espacios donde gente se encontraba para hablar, hablar y hablar sobre cualquier cosa. La promotora era una mujer enorme, tenía las piernas largas como postes, una sonrisa generosa y un talento escaso para pensar y escribir. Pero era la promotora, la dueña del circo, y por eso se le perdonaba todo.

El que dijo me iré a París… era un tipo pequeño, con los ojos hundidos, de veintitantos años y había publicado unos cuantos poemas en la revista de su facultad. Creo que estudiaba Turismo y, como muchos, pensaba que por haber escrito un par de cosas en cualquier mamotreto, era un escritor. Y firmaba luego de su nombre como escritor. Su mamá decía “mi hijo el escritor”. Sus amigos lo llamaban por su nombre, a secas, para darle una dosis de “ubicaina”. Y yo me reía de las dimensiones que puede llegar a tener la ridiculez ajena.

El que dijo que estaba escribiendo algo sobre Oquendo de Amat, nunca publicó nada, y en honor a la verdad, era un manojo de complejos y frustraciones y está demás decir, que era amigo del viajero a Paris y que hacían todo juntos. Algunos mal pensados creían que eran homosexuales, por lo que, como decía mi amiga la chata, ser indio y encima marica, era estar jodido de por vida.

-¿Y tú, que estás escribiendo?

La pregunta me cayó como un rayo y por la voz calmada de la promotora me debatía entre la ternura y la pena.

- Pues, nada en particular, cuando se me ocurre algo lo escribo.

- ¿Pero algo que te interese?

- Me interesa la poesía y tengo varios poemas escritos que no me atrevo a mostrárselos a nadie, porque, valgan verdades, escritor no soy y no tengo pretensiones de serlo.

Creo que les parecí aburrido. No dijeron nada y pasaron a otro tema, como quien cambia los zapatos por sandalias. Y siguieron hablando primero sobre la literatura puneña, luego sobre la problemática del ser andino y no querer serlo, y después sobre lo extraviada que estaba la poesía femenina de los andes, sobre la negación de la influencia de los poemas lonccos en la obra de José Carlos “el animal de la pluma” Fernández y sobre cualquier cosa. Sobre todo eso. Hablando de cualquier cosa hasta el punto que me arrepentí de estar ahí. Por eso no vengo a estos encuentros, me decía, mientras comía pasitas con maní y fumaba un cigarrillo.

Al día siguiente fui a recoger a mi enamorada a su casa para ir a la serenata por el día de Puno. Estábamos en problemas y no nos veíamos en casi dos semanas. Le había preguntado si era virgen y me dijo “mas o menos”. ¿Se puede ser más o menos virgen? le pregunté. “Ajá” me respondió y me dí cuenta que era un tema del que no quería conversar, un tema doloroso quizás. Le dije mil cosas. Que la confianza, que el cariño, que le doy mucho, que no me da nada, y le dije de todo, menos lo que le debía decir.

Y nos fuimos para la serenata luego de un hola en la puerta de su casa y un beso en la mejilla. Caminamos por la calle Lima, del Parque Pino a la Plaza de Armas, luego de la Plaza de Armas al Parque Pino y luego del Parque Pino a la Plaza de Armas. Y eso era lo más emocionante que podíamos hacer, buscando la novedad en lo monótono. Luego fuimos por la Calle Arequipa, por el pasaje Chivay, por la calle Tacna y subimos por Deustua, para finalmente caminar de la Plaza de Armas al Parque Pino….

Era casi media noche, la Plaza estaba llena y nos paramos en el atrio de la Catedral para ver los fuegos artificiales. Mi chica, más o menos virgen, vestía una casaca negra, jeans y zapatillas. Me paré atrás de ella para abrazarla por la cintura y ver los fuegos artificiales, mientras hordas de borrachos tomaban lo que podían. La multitud en la Plaza miraba atónita los cielos y todo tipo de gente meaba en los alrededores de la Catedral, sin ningún tipo de incontinencia. Pensé que George, el Obispo, estaría renegando por eso.

Le dije te amo y su rostro se iluminó. Me dijo que siempre estaríamos juntos mientras me miraba con sus ojitos cafés llenos de alegría y confusión. A las tres semanas nos separamos. Cuatro años después -fue viernes- nos encontramos por la calle Lima y fuimos a tomar un café, parecía que no había pasado el tiempo y, bromas van, bromas vienen, le pregunté si seguía siendo más o menos virgen. Sonrío y me dijo que no. Que ya “tuvo sus experiencias” y que, un pata con el que estuvo, fue el primero, “pero el primero con todo”. Por lo que me contó entendí que la desvirgó sin piedad y que luego la dejó sin reparo. Puso cara de pena o de rencor y me pregunto por cómo me iba. Le dije que bien. Nada más. luego hablamos de amigos en común, pedimos la cuenta, nos dimos un beso a mitad de la mejilla a mitad de los labios, y nos despedimos con pena.

Esa noche salí dispuesto a emborracharme un poco con mis amigos de toda la vida. Llamé a la “chatarra” y a Oscar y quedamos que en esa noche nos tomaríamos un trago. Luego de unas horas de tomar, recuerdo que estábamos sentados en una banca de la calle Lima. Vi pasar a Machi, con una chuspa cruzada, un chullo y una chalina con motivos andinos. Tenía puestas unas Hi Tec y un pantalón crema con varios bolsillos. Siempre se vestía así. Luego la chata me hizo un gesto y me dijo que acababa de pasar “mi amigo, el cholo alucinado”. No es mi amigo, le dije, y se rió un poco. Al otro nunca más lo volví a ver. Seguimos tomando.

Llegué caminando a mi casa, ya eran las cinco de la mañana. En medio de mi embriaguez saqué unas fotos de un álbum que escondía en un cajón de mi velador donde estaban las imágenes intactas de ella, la chica que hace tres años era más o menos virgen, la miré un rato y luego encontré, en el mismo cajón, algunos poemas que escribí hacía tiempo. Uno se llamaba “cuatro de noviembre” y otro “te perdí”.
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(Los Andes 16 de noviembre 2008)
Quería ir al juicio contra Fujimori, pregunté por la posibilidad, busqué la manera, hice algunas llamadas, moví algunas actividades en mi agenda y luego de varios intentos me ofrecieron la posibilidad de ocupar uno de los lugares destinados al movimiento de derechos humanos en el Perú. Me frotaba las manos, porque sería parte (por lo menos como testigo) de la historia. Vería al chino malo en la silla de los acusados y como se le ve en la televisión: con su cara de yo no fui, lleno de arrugas, sentado, sin medias y haciendo jeroglíficos en lugar de apuntes.

Quería ir al juicio contra Fujimori pero me salió un viaje imprevisto. A un compañero de oficina se le paralizó la mitad del rostro producto de la tensión producida por el contacto permanente con un grupo de feministas acostumbradas a pedir más de lo que es posible dar. Alguien tenía que reemplazarlo y así fue como me dijeron un “te vas a Piura” casi de un día para otro y el día elegido para ocupar un lugar en el “megajuicio”, tuve que estar sentado en un asiento de LAN rumbo a Piura, comiendo las galletitas de toda la vida, y mirando el mismo video de cámara escondida que me sé de memoria (una producción canadiense). Maldije un poco durante el vuelo, dije ¡maldición! y al instante me arrepentí porque no se debe maldecir a 10 mil metros de altura. Así que me consoló la idea del ceviche de conchas negras que sabía que comería en Catacaos con mi amiga Rosa María. Infaltable. Pasé tres días en Piura, pero esa es otra historia.

Minutos antes de despegar para volver a Lima, llamé a Sandrox, (creo que había un Sandrox con un negocio de horóscopos), pero este es otro Sandrox y es quien me lleva al aeropuerto cuando me voy y me lleva a casa cuando vuelvo, a cualquier hora, incluso cuando el tráfico amenaza con no dejarme llegar, y empezamos a hablar de, no se por qué, bailando por un sueño. Mi sobrino baila, me dijo (no voy a decir con cual de las famosas), ah, que bacán, -le respondí- y pasamos a otro tema. Luego le conté eso a mi esposa y sus ojitos brillaron como dos lucecitas en medio del desierto.

- ¿Le puedes decir que te consiga entradas? Con una voz más dulce que de costumbre.

- Claro, le respondí. Luego me alcanzó el celular y me dijo, llámalo.

- Claro Juancito, dalo por hecho, dijo Sandrox.

El sábado llegamos a Monitor (lugar donde se emite el programa) a Las 7:30 de la noche exactamente para llegar temprano. Y ahí estaba Sandrox, haciendo cola, con su mirada feliz y su barriga redonda como una preñez de once meses, de tanto estar -dice- sentado y conduciendo por las vías de esta ciudad que suele ser cruel. Nos presentó a su esposa, a su cuñada, a su sobrina, a una amiga de su sobrina, a su hermano y más tarde a su sobrino, el bailarín (el soñador, exactamente).

Hicimos cola y luego de un rato, entramos al estudio de Monitor, aunque eso puede ser redundante, porque, obviamente, Monitor es un estudio. Un estudio que también puede convertirse en casa, porque ahí fue el domicilio legal de Laura Bozo cuando estaba con arresto domiciliario y podía emitir su programa sin problemas a pesar de sus líos judiciales. Entramos a Monitor, y pude ver por primera vez un estudio profesional de televisión. Entonces recordé mis clases de comunicación, las clases de televisión I y televisión II para ser exactos, y recordé que los profesores nos decían que estas cosas existían, entonces, en un esfuerzo pedagógico sin precedentes, nos dibujaban los estudios en la pizarra, las cámaras por allá, las luces por aquí, con la vaga esperanza de ser entendidos. Por eso mismo, lo único que quedó fue una idea vaga de lo que es un estudio de televisión. Uno de verdad.

Sentados en lo que podría comparar con una gradería, nos entrenaron un poco para que, al iniciar el programa, al volver de los cortes comerciales, o al ingreso de Gisela aplaudamos, gritemos y hagamos todo el escándalo que sea posible. Y así fue como sentado a lado de mi esposa vi Bailando por un sueño desde el mismo estudio, cuando yo quería ver a Fujimori mintiendo por su sueño; y me imaginé que Gisela era el Vocal San Martín, y que los sentenciados no eran los sentenciados, sino que Fujimori era el sentenciado y que le apagaban la velita, no por bailar mal, sino por lo que se le juzga y que luego era conducido a una prisión oscura para siempre. En medio de esos pensamientos un poco insanos aplaudimos, gritamos, nos paramos, hicimos barra, saludamos a Carlos Cacho (a quien comparé con Kenji), a Pachi Valle Riestra (que no comparé con nadie) y nos tomamos fotos con algunos famosos como Karina (si, la de Timoteo) y con otros personajes más, un poco conocidos gracias a las novelas de Iguana.

En el segundo corte comercial bajamos hasta el borde de la pista, Gisela caminaba. Mi esposa quería sacarse una foto con ella. Se acomodó para que salga su cara con Gisela de fondo. Gritó Gisela, ella volteó, y yo tomé la foto con una Canon recién comprada de todos los pixeles posibles para nuestro bolsillo. Le mostré la foto y la sentí realizada como pocas veces. Gisela la emociona, lo sé porque me lo dijo. A mi me es indiferente, lo sabe porque también se lo dije.

Una de la mañana. Cruzamos por uno de los puentes que cruzan la Avenida Javier Prado, que es donde queda Monitor, con la Canon en su estuche, colgada al cuello y con la foto que horas después subirá a su espacio en el HI5 para mostrársela al mundo. A su mundo, del que formo parte gracias a Dios.

Insisto, yo quería ir al juicio contra Fujimori, la crónica hubiera sido otra.
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Mucha emoción por la elección de Barack Obama como nuevo presidente de los Estados Unidos, digo mucha emoción aquí, en nuestro país (allá que se emocionen todo lo que quieran) que forma parte del patio trasero de norteamérica, y donde históricamente han hecho lo que les ha dado la gana. Como si algo fuera a cambiar. Mucha carga emotiva, creo yo, sólo porque es "un poco" negro como escuché en alguna radio, o porque es "no blanco" como escuché a otros. Lo que si es incuestinable es que Obama tuvo mucho "punche" para vencer a Hílary primero, y ahora a Mc Cain. Bien por él.

Lean la columna de Hildebrandt para que se baje un poco la emción. acá el Link.
http://www.diariolaprimeraperu.com/online/noticia.php?IDnoticia=26730

Obama

04/11/08: El mudo

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El mudo
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Luciana LeonMe subí a un taxi, el conductor, de cuarenta y pico años, tenía su "Trome" doblado en un costado de la palanca de cambios. Yo tenía un diario en la mano con la foto de Luciana León como portada, la conversación inevitable: la evidente corrupción que nos llevó a concluir que todos son unas ratas, todo está podrido. Veo la portada de mi diario.

- Simpática, ¿no? le digo a mi amigo taxista.
- Si pues, lo malo que sea tan bonita y tan cochina.
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Meú de tres lucas
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(Los Andes 18 de octubre 2008)
El nuevo Premier dijo que antes de fin de año se irían dos ministros más. Su comentario generó duras críticas y le dijeron que eso mejor se lo hubiese callado. También ha dicho que prefiere un punto más de inflación que llegar a un estado de recesión, lo que ha fastidiado al MEF y a sus fórmulas importadas para generar riqueza mientras los pobres se hacen más pobres y las desigualdades más profundas. Pero, vamos, que importa eso, Magaly Medina está recluida en el Penal Santa Mónica, condenada a cinco meses de cárcel por el delito de difamación.

Los “petroaudios”, que son la muestra de la corrupción y podredumbre de personajes muy cercanos al gobierno, traían consigo una cola más larga de las que se hacía durante el primer gobierno de García para comprar arroz. Pero tampoco importa, porque Ney Guerrero, el productor de Magaly Medina, ha sido recluido en San Jorge.

La Congresista Luciana León será citada a la comisión presidida por Daniel Abugattás para responder si sabía algo del escándalo de los “petroaudios”. Pero, vamos, no importa tampoco, que la libertad de expresión es amenazada y eso se defiende con uñas y dientes, porque opinar, para muchos periodistas despistados, es lo mismo que informar. Por eso todas las portadas de los diarios nacionales dicen presente, y ponen en portada a una Magaly Medina enmarrocada. Y si ayer, en el lugar donde van las calatas en los periódicos chicha, estuvo Luciana León, hoy está Magaly Medina, y mañana, tal vez, -sólo tal vez porque puede ser otro u otra-, Jaime Baily será el de la foto del momento, ya que quiere ser presidente, y gobernar con sabor a antidepresivos. Su foto vendería como pan caliente en esta prensa de farándula y policiales.

Son cientos de faxes los que se han enviado a los congresistas pidiendo que muestren sus gastos operativos, gracias a la campaña “adopta un congresista”. Ninguna respuesta y el Congreso que se siga ahogando en su desaprobación. Pero, vamos, tampoco importa, la Urraca está en la cárcel, para desgracia del periodismo nacional, para lamento de la libertad de prensa internacional, y para goce, claro está, de un Romulito León que debe estar divirtiéndose a lo lindo, mientras se desvía la atención de su caso.

A los Fonavistas se les llenó de esperanza luego que el Jurado Nacional de Elecciones tomara la decisión de convocar a un referendum para someter a votación la devolución en efectivo de los aportes al FONAVI. Pero, vamos Juan, no te pongas espeso, que la reina del chisme está tras las rejas, show mediático de por medio.

Algunas periodistas (y digo algunas, porque escuché sólo a algunas) dicen no creer que el gobierno tenga la capacidad para lograr que se dicte una sentencia, justo en este momento, donde todos hablan de una cosa: corrupción. ¿Qué parte de “el gobierno tiene injerencia en el Poder Judicial” no entienden?

A eso se suma lo que la jocosa Ministra de Justicia Rosario Fernández ha dicho: no hay ninguna cortina de humo detrás del fallo condenatorio. Si, claro. Es la misma Ministra que declaró que a Rómulo León ya lo tienen rodeado y que sólo esperan la orden para capturarlo. Rodeado de qué, habrá que preguntarle, y también preguntarle si algo se le puede creer luego de tal afirmación.

Y Nicolas Lucar puja frente a cámaras, se esfuerza para que le creamos, mueve las manos, mueve el bigote, mueve las cejas. Y habla de respeto. Si, ese Nicolás Lucar reclama/pide/exige respeto a la libertad de expresión. Ironías de la vida. Si pues, ahora resulta que encarcelar a la “Urraca” es una ofensa al periodismo nacional. Qué vergüenza me dan los que piensan así. Que vergüenza me dan los que la inmortalizan y la ponen como la heroína de un periodismo en que ella no cree, porque el periodismo es, sobre todo, verdad, y ella solo cree en el Dios rating.
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Porque se achora cuando audaces periodistas la encuentran almorzando con su hermano Romulito tan mencionado y manoseado en los “petroaudios”.

Porque se achora al responder “ya he declarado en el congreso, ¿no tienen esas declaraciones ustedes”? y luego un gesto, y luego una sonrisa, y luego ningún argumento. Por eso no le creo.

Porque su rostro constreñido, vacila entre la bronca y la vergüenza.

Porque a estas alturas ya la tiene clara y sabe que es la hija del escándalo que se tumbó a un gabinete, bueno, a medias, porque siguen casi los mismos.

Porque no entiende que es difícil de creer que no sabía nada de nada (yo soy la hija pero no se nada).

Porque sabe pero dice que no sabe (los apristas siempre saben más de lo que dicen saber).

Porque sabe que con el rollo del “investíguenme” no se llega a ninguna parte, a menos que sea una buena investigación periodística, de esas que tanto escasean hoy en día.

Pero, vamos, no hagamos leña del árbol caído, sólo no le creo (como muchos no deben creerle) pero ¿a quién le importa?
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(Los Andes 12 de octubre 2008)
Inicio esta columna en el aeropuerto del Cusco, aprovechando el tiempo libre que dejan los vuelos retrasados. No voy para Puno, como me gustaría, sino al mismo destino que me hizo dejar las filas de Los Andes al inicio del 2007: Lima, lugar que ahora, luego de un tiempo viviendo ahí, llamo “mi casa”, por lo menos a la Lima que conozco.

Durante los últimos meses del 2006 fui el editor del diario Los Andes, gracias a la invitación del director del diario, aunque eso del “director del diario” suena bastante pomposo, por ello prefiero decir que fue por invitación de mi amigo René, para ser el editor de Los Andes. Pero la invitación no fue por amistad, sino por el deseo compartido de construir una propuesta de prensa escrita que sea una alternativa al diario “dirigido en Lima, impreso en Arequipa y distribuido en Puno”, como llamábamos a la competencia. Todos saben a quien me refiero.

Para eso, ya tenía algunas columnas publicadas en el diario, bastantes en realidad, pero muchas menos de las que me hubiera gustado que me publiquen, y sin embargo, muchas de ellas, hubiera preferido que no salgan a la luz, por errores y horrores (no sólo ortográficos, sino errores de fondo), ya sea por exceso de apasionamiento sobre un tema, o porque simplemente, leyéndolas con el tiempo me preguntaba: “¿por qué diablos escribí esto?”.

Durante el tiempo que formé parte del equipo de Los Andes una broma era recurrente: tenemos el primer editor del diario que no es puneño. Pecado mortal. Atentado contra la memoria de los fundadores. Puno para los puneños. ¡Ja! que tontería, ¿no? Pero las bromas eran sanas y divertidas (con el tiempo uno termina por reírse de esas cosas) y no sé si es cierto, la verdad no me preocupé en averiguar. Lo importante era estar ahí y formar, de algún modo, parte de la historia de la región, y disfrutar de todo lo que pasaba puertas adentro.

Una anécdota. Un día de semana. Cinco de la tarde. Voy caminando al diario y mientras escucho U2 en mi mp3 pienso que el diario está mejor, que estoy haciendo un “aporte significativo” y que vamos por buen camino. Llego a la redacción para revisar las notas. Un compañero me saluda y me dice: “se te pasó”. ¿Qué? Le pregunto y veo una palabra completamente fuera de lugar: “orgasmo”, en lugar de “organismo”. U2 ahora me sonaba horrible y mi aporte “significativo” lo vi disminuido a un poco más que nada.

La embarré, me dije, y tratando de concentrarme en la corrección de las primeras notas que iban llegando a la redacción, esperé al director del diario. Esa vez no esperé a mi amigo René (para no confundir los espacios ni los roles). Y así con la seguridad que tendría una conversación de director a editor, con la conciencia cochina, con la vergüenza agrandada, y como diría el Chavo, con el rabo entre las piernas esperé su llegada.

Llega el director. Saludo protocolar. Hola, hola. Un cruce de miradas. Luego su pregunta:

- ¿Qué pasó señor editor?

- Se me pasó, le dije. No tenía más que decir.

- Bueno, hay que seguir mejorando.

Y nada más, no dijo nada más. Y se fue a su oficina. Y me quedé en mi espacio que era una silla, un escritorio y una computadora. Y me quedé pensando en que vino muy contento. Y luego olvidé esa anécdota hasta que mi amigo René me propuso escribir algo para el 80 aniversario de Los Andes.

No quería escribir sobre el derrotero del periodismo en Puno, sobre el aporte de Los Andes a la cultura regional, sobre el desastre de gestión del presidente regional, o que la historia esto, que la historia lo otro, ni mucho menos un análisis sesudo de la “situación regional”. Yo sólo quería contar esa pequeña historia.

Ya estoy en Lima, como dije, el lugar al que ahora llamo mi casa. Una amiga me dijo que “la casa está donde está el corazón”. Debe ser cierto. Ahí está mi esposa disfrutando de su semana de vacaciones. Prendo la laptop y la coloco en una pequeña mesa redonda ubicada en un lugar del espacio alquilado donde vivimos. Al lugar lo llamamos “el comedor”, típico de esos departamentos pequeños donde no es posible distinguir dónde termina la sala y dónde empieza “el comedor”.

- ¿Qué escribes? Me pregunta.

- Trato de acabar una columna para Los Andes, cumple 80 años y hoy cierran la edición.

- A verdad -me responde- ¿querías ir a Puno, no?

- Si, pero caballeros. Lo que no se puede, no se puede.