Fragmentos de filosofía y religión - 2
Religión y ciencia pre-moderna
Entre los siglos VI y principios del XII de nuestra era, la cultura latina medieval usó la palabra scientia para referir al conocimiento heredado de la Antigüedad y que había sido trasmitido, entre otros medios, a través de algunas obras de carácter enciclopédico, como la Historia naturalis de Plinio o el De nuptiis Mercurii et Philologiae de Marciano Capella. Esas obras ofrecían una amplia información en diversos campos, que había sido reunida a lo largo de generaciones y que tenía su base más remota en la organización de la episteme que hicieron los griegos.
En el contexto medieval previo a la Escolástica, scientia significó, pues, un patrón de conocimiento aplicado a los más diversos ámbitos de la realidad y que podía ser obtenido mediante la observancia de ciertos procedimientos más o menos definidos, que aseguraban su veracidad. Consecuentes con esa noción amplia de ciencia, los teólogos de aquél periodo concedían a sus reflexiones sobre la fe un cierto carácter científico, en el sentido lato de la expresión, es decir, como la comprensión racional de sus fundamentos. Al hacer esto, asumían que esa comprensión era verdadera en relación directamente proporcional a su pertenencia a la tradición. No ignoraban, desde luego, que esa 'ciencia humana acerca de Dios', entendida como el conocimiento que de la divinidad se puede organizar en esta vida, no constituía propiamente la meta de sus afanes espirituales, porque el creyente podía incluso prescindir de ella, ya que aspiraba a un conocimiento pleno y directo de Dios que sólo podía darse en la vida eterna.
Esta manera de pensar cambió dramáticamente en la segunda mitad del siglo XII, cuando se recuperó el concepto de ciencia analítica de Aristóteles. Eso dio inicio al largo y complejo proceso de la modernidad.
En el contexto medieval previo a la Escolástica, scientia significó, pues, un patrón de conocimiento aplicado a los más diversos ámbitos de la realidad y que podía ser obtenido mediante la observancia de ciertos procedimientos más o menos definidos, que aseguraban su veracidad. Consecuentes con esa noción amplia de ciencia, los teólogos de aquél periodo concedían a sus reflexiones sobre la fe un cierto carácter científico, en el sentido lato de la expresión, es decir, como la comprensión racional de sus fundamentos. Al hacer esto, asumían que esa comprensión era verdadera en relación directamente proporcional a su pertenencia a la tradición. No ignoraban, desde luego, que esa 'ciencia humana acerca de Dios', entendida como el conocimiento que de la divinidad se puede organizar en esta vida, no constituía propiamente la meta de sus afanes espirituales, porque el creyente podía incluso prescindir de ella, ya que aspiraba a un conocimiento pleno y directo de Dios que sólo podía darse en la vida eterna.
Esta manera de pensar cambió dramáticamente en la segunda mitad del siglo XII, cuando se recuperó el concepto de ciencia analítica de Aristóteles. Eso dio inicio al largo y complejo proceso de la modernidad.








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