16 mayo 2007

Ensayo sobre la creencia religiosa escéptica (4/4)


El escepticismo creyente que he descrito, inspirándome en Qohélet y vinculándolo explícitamente con la mente religiosa liberal, es algo de lo que pueden hallarse diversos testimonios en la tradición, y en particular en la fuente principal de la que bebió la tradición espiritual, teológica y filosófica del catolicismo, que es san Agustín. Esto lo sostengo sobre la base de la convicción de que para Agustín la sabiduría cristiana no implica el conocimiento completo y directo de su objeto, cosa que sí exigen las ciencias teóricas, tales como la teología natural, la física o la matemática.


Recuérdese aquel famoso pasaje del De Trinitate, según el cual no puede haber ciencia de las cosas espirituales porque la ciencia es una ratio inferior, es decir, una racionalidad aplicada exclusivamente a objetos temporales. Esto quiere decir que la sabiduría cristiana es una forma especial de conocimiento de Dios, a través de Cristo, es decir, interposita persona, que no guarda semejanza con el conocimiento teórico. En otras palabras, Agustín separó los objetos de conocimiento en dos grandes clases: temporales y espirituales, y los ordenó, por decirlo así, de cabeza respecto de la manera griega clásica y la manera moderna de ordenar los niveles epistémicos.

Me explico: Mientras que griegos y modernos piensan que la teoría es la contemplación de lo eterno e inmutable, Agustín asume que el asunto de las ciencias teóricas son los objetos temporales. Para él, los objetos espirituales son propios de la sabiduría cristiana, que no es una teoría, sino una religión. Al igual que Pablo, al hacer esto, Agustín enfatiza el contraste con la sabiduría de este mundo y rechaza sus pretensiones de conocer lo espiritual. El nivel superior de la sabiduría celestial se hace equivalente a la creencia verdadera o conocimiento práctico de las cosas espirituales; mientras que el nivel inferior, que es el nivel subordinado de la ciencia, equivale a conocimiento teórico de objetos temporales o sabiduría de este mundo.

La sabiduría cristiana es, en ese sentido, una ‘epígnosis’ que se despliega en el nivel epistemológico de las creencias. Pablo tiene muy claro que este ‘sobre-conocimiento inspirado’ es doxástico, es decir, que en él no se contemplan teóricamente los objetos del espíritu. En mis clases sostengo que Agustín lo sigue en esto de manera estricta, a pesar de que él, ya bajo influencia del neoplatonismo, le otorgue un papel complementario a la contemplación teórica de Dios que Pablo no hubiera concedido.

Bien interpretada, la sabiduría cristiana es fundamentalmente un conocimiento práctico, es decir, es un ‘saber hacer’, que por lo tanto se rige y responde a los principios de la acción que norman la vida del creyente. Lo curioso de este episodio de la historia de la filosofía es que, al colocar de cabeza la relación jerárquica entre razón práctica y razón teórica, y al señalarle límites claros e infranqueables a la razón en tanto tal, Agustín se estaba apoyando en el mismo terreno epistemológico en el que sostenían sus enseñanzas los escépticos pirrónicos. Lo que ambos, escépticos pirrónicos y cristianos paulino-agustinianos, estaban realmente haciendo cuando relegaban la ciencia a un segundo nivel de importancia era rechazar el dogma platónico (y a fortiori moderno) de que las doctrinas dogmáticas, sean religiosas, políticas o filosóficas, son la fuente de las normas para la vida práctica.

¿Qué es, pues, la duda escéptica? En el fondo, es el rechazo a la pretensión de que el razonamiento práctico dependa, para ser verdadero, de algún tipo de visión teórica de la realidad. La actualidad de san Agustín en el debate teológico y filosófico de la Iglesia Católica de nuestro tiempo se hace manifiesta en la importancia que ha cobrado, desde la segunda mitad del siglo XX, la tensión entre un neoconservadurismo que se reafirma en la primacía de la razón teórica, y un liberalismo que recuerda y pretende honrar el giro espistemológico paulino. El Concilio Vaticano II dio luz verde a este liberalismo católico, que por entonces se expresaba principalmente en la Nueva Teología y su reivindicación de la hermenéutica bíblica. La hermenéutica filosófica, por su parte, reforzó esa tendencia al brindarle a la teología un nuevo instrumental conceptual, proveniente sobre todo de la obra de Hans-Georg Gadamer.

El contrapeso neoconservador a estas tendencias puestas en marcha en la década del sesenta no se hizo esperar. Uno de los más importantes e interesantes promotores de la reacción neoconservadora ha sido Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI. El interés que despierta en mí el Papa actual radica sobre todo en que su neo-conservadurismo es abierta y sólidamente agustiniano. A estas alturas ya está claro que el Papa Ratzinger se ha colocado en el centro de las tensiones filosóficas y teológicas que siempre han caracterizado a nuestra tradición. Lo que en este esfuerzo de hacer de Agustín el interlocutor principal del catolicismo del siglo XXI ya no resulta tan obvio es la necesidad de revisar el papel que desempeña el escepticismo en su pensamiento y en la fe cristiana.

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Comentarios

Héctor Ponce escribió:

Pienso que lo conveniente no es poner de cabeza a Platón, sino más bien desactivarlo. Cuando se dice "El nivel superior de la sabiduría celestial se hace equivalente a la creencia verdadera", no se está siendo consecuente con la idea de que la religión es "doxástica". En otras palabras, quizá esté entrando por la ventana lo que se echó por la puerta: una vida dogmática.

Ya Aristóteles nos remitió a pensar a la esfera práctica como el lugar en el que no hay verdades absolutas, sino más bien verdades contingentes y deliberativas.

Cuando cuestionamos la herencia platónica de actuar conforme a la teoría, lo que estamos haciendo es señalar que -llevada al extremo- la demanda platónica es imposible, pues nunca estaremos seguros de poseer el conocimiento adecuado. Pero, proponer que la vida práctica no se guíe por nuestras mejores consideraciones teóricas, también es un extremo equívoco.

Si constatamos que toda creencias es una predisposición para actuar, entonces se elimina la dicotomía entre teoría y vida práctica. Disuelta dicha dicotomía, volver a jerarquizar un plano sobre otro (el práctico sobre el teórico) puede ser equívoco.

Es más, la dicotomía entre lo teórico y lo práctico sería inteligible si se pudiese concebir algo puramente teórico o puramente práctico. Por ejemplo, ¿qué podría significar propiamente una “vida práctica”? ¿Acaso llevar a cabo acciones sin consideraciones intelectuales?

Vuelvo a Aristóteles y considero que para llevar a cabo acciones es vital dialogar sin imponer iluminaciones.

26 julio 2007 a la(s) 01:34

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