16/05/07: El prisma moral

Sin embargo, ¿están los docentes alertas de que los niños también ven el mundo moral de forma diferente? Los niños en los primeros grados de primaria piensan que cualquier diferencia es injusta, y podrían preferir -por ejemplo- botar a la basura un dulce extra antes que permitir una distribución desigual. Los adolescentes consideran que es inmoral revelar la falta cometida por un compañero, aunque se trate de una falta grave. Encubrir la falta del compañero se considera justo y es una muestra de lealtad. Más aún, muchos niños consideran moralmente correcto obtener lo que quieren, aun a costa de vulnerar los derechos de alguien o de hacerles daño a otros.
¿Por qué existen estas diferencias y por qué son importantes para la educación moral?
Los niños piensan sobre lo justo e injusto, lo correcto e incorrecto, desde su propio nivel de desarrollo moral. Conforme las personas crecen, van desarrollando nuevas y más adecuadas formas de resolver los asuntos morales. Los niños están (cognitiva y afectivamente) menos desarrollados que los adolescentes, y éstos menos desarrollados que los adultos. Cuando un niño se enfrenta a un problema moral, él o ella lo interpreta, y esta interpretación se debe en parte a su particular historia personal (su cultura, su religión, su experiencia educativa, la influencia de su familia, etc.), y en parte a su nivel de desarrollo moral. La interpretación que el niño hace es crítica para lo que juzgará como correcto o incorrecto, como algo de valor o algo que vale poco. Esto explica porqué los profesores usualmente encuentran que los niños no entienden los problemas cuando ellos tratan de explicárselos: en realidad los niños sí entienden los problemas, pero lo hacen de diferente manera que los adultos.
La segunda forma en que los niños pueden diferir de los adultos es en lo que se conoce como dominio de categorización, es decir, las diferentes categorías o dominios de valores. Por ejemplo, el valor de la justicia es diferente al valor que una cultura le da a la manera de comer (con cubiertos, sin hacer ruido…), que es diferente a su vez del valor que alguien le da a los helados de chocolate por sobre los de vainilla. Si bien todos expresan “valores”, la justicia es un principio ético (o moral, en terminología psicológica), la manera de comer es un valor socio-convencional (que responde a tradiciones y prácticas culturales), y la preferencia en el sabor de los helados es un valor personal que se basa simplemente en gustos y preferencias individuales.
El asunto es que aun cuando filosóficamente existe algún acuerdo sobre a qué dominio pertenecen los distintos valores, muchos asuntos relativos a los valores no son claros, y los niños pueden diferir –y de hecho difieren- en su manera de categorizarlos. Un buen ejemplo es el caso del uso de las drogas ilícitas, que al ser un problema complejo incorpora distintas perspectivas valorativas (morales, convencionales y personales). Por ejemplo, muchos adolescentes no ven la relevancia moral del uso de sustancias, pues no reconocen el daño intrínseco y potencial que el consumo de drogas ilícitas trae al consumidor en sí mismo y a su entorno personal y social. Para ellos el uso de drogas es simplemente un asunto de preferencia personal, tal como preferir un helado de chocolate. Por el contrario, muchos adultos fallan a veces en identificar las connotaciones personales del uso de sustancias, priorizando los aspectos morales por sobre los demás. Con estas diferencias de categorización, el diálogo entre unos y otros se complica.
Vemos entonces que los niños difieren de los adultos debido a que "miran" el mundo a través de un diferente prisma moral. Ellos pueden estar en un nivel de desarrollo diferente, o categorizar sus valores de distinta forma. Es importante señalar que estas diferencias no sólo se dan entre niños y adultos sino también al interior de estos dos grupos.
Todos vemos el mundo desde nuestros propios prismas. La educación trabaja mejor cuando el profesor puede entender cómo se ve el mundo desde el punto de vista de los estudiantes de su clase.
Adaptado de: Berkowitz, M. (1995). The Moral Prism. Values Education Project, Bulletin # 6
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Félix Reátegui escribió:
¿Crees que sea posible considerar que en una conducta de este tipo no intervenga, o no lo haga de modo predominante, un juicio moral del tipo justo/injusto? Es decir, ¿podría ser que un adolescente, al atrincherarse en la solidaridad de grupo, no lo haga porque considere que eso es lo justo sino aplicando otro criterio de discernimiento? Por ejemplo, se me ocurre que las acciones cotidianas de saludar y despedirse, siendo que pueden catalogarse como correctas o incorrectas, pueden no encajar tan claramente en un discernimiento moral. Forman parte de las estrategias corrientes que se despliegan en la convivencia diaria. ¿Podría ser que la complicidad frente a la autoridad, en ese caso, sea una prolongación de esas estrategias, algo que es correcto en mis circunstancias pero que no me atrevería a defender como lo justo, ni siquiera en mi fuero interno?
Una última: no me queda muy claro cómo el consumo de drogas puede ser objeto de un juicio moral (injusto) (Aquí debo aclarar que "no me queda muy claro" no lo uso como fórmula retórica para decir "no creo que" sino en sentido literal). O sea, es claro que es dañino; podría decirse, extremando la nota, que es una estupidez (ya que es autodestructivo). Pero ¿cómo sustentaríamos la proposición (X está cometiendo una injusticia al consumir Y)? Pregunta corolario: en este dominio, el de las acciones humanas con sentido, ¿todo lo incorrecto es moralmente discutible o hay cosas incorrectas que no se cruzan por el horizonte del discernimiento moral?