El silencio de los pingüinos

Paul Walder
Santiago, Chile
09 de mayo de 2007, 10:00

Hace exactamente un año atrás, los pingüinos, los estudiantes secundarios chilenos, iniciaban un proceso que durante las semanas y los meses siguientes pusieron al gobierno de Michelle Bachelet, que entonces llevaba escasos meses en La Moneda, ante un grave e insospechado conflicto. Se trataba de la mayor movilización social desde 1990, año de la recuperación de la democracia, la que liderada por un grupo de adolescentes, desinstaló la agenda inicial del gobierno para obligarlo a dar prioridad a los problemas de la educación pública.

Durante prácticamente todo el año pasado, la organización estudiantil observó desde cerca los pasos del gobierno y sus comisiones de expertos y lo comprometió para la elaboración de un proyecto de ley que reformara la antigua la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (Loce), vigente desde el 10 de marzo de 1990, el día previo al traspaso del mando entre Augusto Pinochet y Patricio Aylwin, el primer presidente democrático desde el golpe de Estado de 1973.

Desde entonces, la reforma a la ley de enseñanza no estuvo presente en ninguno de los gobiernos de la Concertación, aun cuando de forma más o menos privada se deslizaban críticas a la norma. Más recursos, extensión de las jornadas, aumento de los sueldos de los profesores, entre otros aspectos, fueron las tendencias de las distintas administraciones, todos cambios insertos en un fuerte discurso que debía colocar a la educación como la actividad fundamental sobre la que se apoya el desarrollo y crecimiento económico futuro del país.

Todos estos cambios se hicieron desde escritorios, con la ausencia total de la participación de los estudiantes, y sin tocar el concepto central de la Loce, que es la administración de la educación pública por entidades privadas. Se trata de entidades, "sostenedores" en el lenguaje técnico, que son pequeñas o medianas empresas subsidiadas por el Estado, las que ciertamente operan como tales, en las que el factor lucro no ha dejado de estar siempre presente y ha sido también un principio que ha afectado el mismo proceso de la educación. La viabilidad del negocio, su rentabilidad, ha convertido a los alumnos en clientes y a los maestros y otros recursos en costos. Terminar el año con números azules significa en no pocos casos el sacrificio de la enseñanza.

En el deterioro de la calidad en la educación pública, a la que accede el 92,5 por ciento de los estudiantes chilenos, hay evidencias. En la prueba nacional Simce del 2006, realizada a alumnos de Cuarto básico, el 60 por ciento de los alumnos de estrato bajo calificó con el mínimo, en tanto sólo el 11 por ciento de los estudiantes de altos ingresos, y de colegios particulares, está en este nivel. Una brecha que se expresa en las posibilidades de ingreso a la universidad: en la Prueba de Selección Universitaria (PSU) del 2005 el 68 por ciento de los mejores puntajes surgió de alumnos de colegios particulares y sólo un diez por ciento de establecimientos públicos o subvencionados.

En evaluaciones internacionales, la cosa no va mucho mejor. La prueba TIMSS (Trends in International Mathematics and Science Study), de matemáticas y ciencias, colocó a Chile en el lugar 35 entre 38 países, situación que se repite en la prueba de comprensión de lectura PISA (Programme for International Student Assesment), en la que los alumnos chilenos sólo superaron a cinco naciones de un total de 43.

Hace un año, cuando los estudiantes salieron a las calles y ocuparon sus colegios, las primeras demandas apuntaron a reformas puntuales como el mobiliario, los horarios, las instalaciones sanitarias, una panoplia de quejas que escondía y escudaba las causas profundas de la protestas: el modelo de educación pública bajo su concepción privada, reclamo no voceado, aun cuando sí considerado, por organización social, partido político o sindicato. Demandar la eliminación de la Loce había sido un atrevimiento que impugnaba las mismas bases no sólo del sistema educacional, sino de una concepción de las políticas públicas apoyadas en el devenir del mercado. Un modelo que reproduce en la educación las grandes diferencias de la sociedad chilena.

Las protestas estudiantiles lograron desarticular la agenda del gobierno, alterar todos los diagnósticos políticos y sociales, fortalecer el movimiento de los secundarios y cambiar el escenario y capacidad de movilización del resto de las organizaciones sociales. Los pingüinos, en estos escasos trece meses del actual gobierno, han sido un catalizador para la expresión de las demandas de otros grupos de la sociedad civil.

El gobierno, al tener en cuenta estos nuevos escenarios, ha debido hacer suyas varias de las demandas de los adolescentes. Hacia comienzos de abril envió un proyecto de ley -Ley General de Educación- que incorpora un cambio fundamental en la vigente Loce: el fin del lucro como sistema de gestión en un establecimiento educacional. Esta reforma, junto con la prohibición de seleccionar a los alumnos -que es también fuente de discriminación-, le ha abierto un nuevo foco de conflicto al gobierno: la oposición conservadora, la iglesia católica y el sector privado han desatado una batalla contra el proyecto, el que sin el apoyo de los partidos de derecha no tiene ninguna posibilidad de pasar a ser ley.

Al menos en la teoría, los gobernantes intentan disminuir el laissez-faire en la vida social, para incorporar una mayor presencia estatal. Es el "Estado protector" de Bachelet, que ha intentado integrarlo en algunas áreas críticas. El proyecto educacional, aun cuando no es un vuelco en las políticas públicas liberadas al mercado, ni una "estatización" de la educación, como ha acusado la oposición, sí acota la actividad comercial en la enseñanza.

Los pingüinos, que fueron durante el 2006 los protagonistas de este trance, hoy menoscabados y fragmentados como movimiento, sólo han observado el actual giro en el eje del conflicto, que desde las calles ha pasado al Congreso y a la arena política.

Fuente:
http://www.pe.terra.com/terramagazine/interna/0,,OI1577570-EI8868,00.html

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