20/03/10: Historia de un santo varón
jueves 18 de marzo de 2010
Jaime Richart (especial para ARGENPRESS CULTURAL)
En mis viajes conocí a un anciano muy cuerdo, muy instruido y muy discreto, además muy rico, lo que le hacía más cuerdo; porque como no le faltaba de nada, no necesitaba engañar a nadie. Convivía con tres mujeres muy hermosas; y cuando no se recreaba con sus muje¬res, se ocupaba en el muy digno que hacer de filosofar.
Vivía junto a su casa, que era hermosa y con amenos jardines, una vieja, tonta y muy pobre.
Charlando con él me dijo un día: Quisiera no haber nacido. Le pregunté por qué, y me respondió: Llevo setenta años estudiando, y los setenta los he perdido; enseño a los demás y lo ignoro todo. Este es¬tado me tiene tan aburrido y tan descontento, que no puedo aguantar la vida; he nacido, vivo en el tiempo, y no sé qué cosa es el tiempo; me hallo en un punto entre dos eternidades, como dicen los sabios, y no tengo idea de la eternidad; consto de materia, pienso, y nunca he podido averiguar la causa eficiente del pensamiento; ignoro si es mi entendimiento una mera facultad, como la de andar y digerir, y si pienso con mi cabeza lo mismo que palpo con mis manos. No solamente ignoro el principio de mis pensamientos, también se me esconde igualmente el de mis movimientos; no sé porqué existo, y no obstante todos los días me hacen preguntas sobre todos estos puntos; y como tengo que responder con precisión y no sé que decir, hablo mucho, y después de haber hablado me quedo avergonzado y confuso de mí mismo. Peor es todavía cuando me preguntan si Dios es eterno. A Dios lo pongo por testigo de que no lo sé, y bien se echa de ver en mis respuestas. Reverendo anciano, me dicen, explicadme cómo el mal inunda la tierra entera. Tan adelantado estoy yo como los que me hacen esta pregunta: unas veces les digo que todo está perfectísimo; pero los que han perdido su patrimonio y sus miembros en la guerra no lo quieren creer ni yo tampoco, y me vuelvo a mi casa abrumado por mi curiosidad e ignorancia. Leo los libros antiguos, y me ofusca más la oscuridad. Hablo con mis compañeros: unos me aconsejan que disfrute de la vida y me ría de la gente; otros creen que saben algo y se pierden en desatinos, y todo no hace más que traerme angustia. Muchas ve¬ces estoy a punto de desesperarme, contemplando que al cabo de mis investigaciones no sé ni de donde vengo, ni qué soy, ni adónde iré, ni qué ser.
Me causó mucha lástima el estado de este buen hombre, que era el más racional, y me convencí de que era más desdichado el que más entendimiento tenía y era más sensible.
Aquel mismo día visité a la vieja vecina suya, y le pregunté si se había apesadumbrado alguna vez por no saber qué era su alma, y ni siquiera entendió mi pregunta. Ni un instante en toda su vida había reflexionado en alguno de los puntos que tanto atormentaban al santo varón; creía con toda su alma en Dios y se tenía por la mujer más feliz, con tal que de vez en cuando tuviese agua para bañarse.
Atónito de la felicidad de esta pobre mujer, me volví a ver a mi filósofo y le dije: ¿No tienes vergüenza de tu desdicha, cuando a la puerta de tu casa hay una vieja que en nada piensa y vive contentísima?
Tienes razón -me respondió-, y cien veces he dicho para mí que sería muy feliz si fuera tan tonto como mi vecina; pero no quiero gozar de semejante felicidad.
Más me aturdió esta respuesta que todo lo que me había dicho antes; y examinándome a mí mismo, vi que efectivamente no quisiera yo ser feliz a cambio de ser un majadero.
Propusimos el caso a varios filósofos, y todos fueron de mi parecer. No obstante, decía yo para mí, rara contradicción es pensar así, porque lo que importa es ser feliz, y nada importa tener entendimiento o ser un necio.
También pensé: los que viven satisfechos con su suerte, están seguros de que viven satisfechos; y los que discurren, no tienen certeza de que discurren bien. Entonces, está claro que debiera escoger no tener una pizca de razón, si esa pizca contribuye a mi infelicidad. Todos fueron de mi mismo parecer, pero ninguno prefirió volverse tonto por vivir contento.
De aquí saco en consecuencia que si apreciamos mucho la felicidad, más nos importa la razón. Y reflexionando con más detenimiento, parece que preferir la razón a la felicidad, es un disparate. ¿Y, cómo hemos de explicar esta contradicción? Pues lo mismo que todas las demás, y sería el cuento de nunca acabar.
Fuente: Argenpress
Jaime Richart (especial para ARGENPRESS CULTURAL)
En mis viajes conocí a un anciano muy cuerdo, muy instruido y muy discreto, además muy rico, lo que le hacía más cuerdo; porque como no le faltaba de nada, no necesitaba engañar a nadie. Convivía con tres mujeres muy hermosas; y cuando no se recreaba con sus muje¬res, se ocupaba en el muy digno que hacer de filosofar.
Vivía junto a su casa, que era hermosa y con amenos jardines, una vieja, tonta y muy pobre.
Charlando con él me dijo un día: Quisiera no haber nacido. Le pregunté por qué, y me respondió: Llevo setenta años estudiando, y los setenta los he perdido; enseño a los demás y lo ignoro todo. Este es¬tado me tiene tan aburrido y tan descontento, que no puedo aguantar la vida; he nacido, vivo en el tiempo, y no sé qué cosa es el tiempo; me hallo en un punto entre dos eternidades, como dicen los sabios, y no tengo idea de la eternidad; consto de materia, pienso, y nunca he podido averiguar la causa eficiente del pensamiento; ignoro si es mi entendimiento una mera facultad, como la de andar y digerir, y si pienso con mi cabeza lo mismo que palpo con mis manos. No solamente ignoro el principio de mis pensamientos, también se me esconde igualmente el de mis movimientos; no sé porqué existo, y no obstante todos los días me hacen preguntas sobre todos estos puntos; y como tengo que responder con precisión y no sé que decir, hablo mucho, y después de haber hablado me quedo avergonzado y confuso de mí mismo. Peor es todavía cuando me preguntan si Dios es eterno. A Dios lo pongo por testigo de que no lo sé, y bien se echa de ver en mis respuestas. Reverendo anciano, me dicen, explicadme cómo el mal inunda la tierra entera. Tan adelantado estoy yo como los que me hacen esta pregunta: unas veces les digo que todo está perfectísimo; pero los que han perdido su patrimonio y sus miembros en la guerra no lo quieren creer ni yo tampoco, y me vuelvo a mi casa abrumado por mi curiosidad e ignorancia. Leo los libros antiguos, y me ofusca más la oscuridad. Hablo con mis compañeros: unos me aconsejan que disfrute de la vida y me ría de la gente; otros creen que saben algo y se pierden en desatinos, y todo no hace más que traerme angustia. Muchas ve¬ces estoy a punto de desesperarme, contemplando que al cabo de mis investigaciones no sé ni de donde vengo, ni qué soy, ni adónde iré, ni qué ser.
Me causó mucha lástima el estado de este buen hombre, que era el más racional, y me convencí de que era más desdichado el que más entendimiento tenía y era más sensible.
Aquel mismo día visité a la vieja vecina suya, y le pregunté si se había apesadumbrado alguna vez por no saber qué era su alma, y ni siquiera entendió mi pregunta. Ni un instante en toda su vida había reflexionado en alguno de los puntos que tanto atormentaban al santo varón; creía con toda su alma en Dios y se tenía por la mujer más feliz, con tal que de vez en cuando tuviese agua para bañarse.
Atónito de la felicidad de esta pobre mujer, me volví a ver a mi filósofo y le dije: ¿No tienes vergüenza de tu desdicha, cuando a la puerta de tu casa hay una vieja que en nada piensa y vive contentísima?
Tienes razón -me respondió-, y cien veces he dicho para mí que sería muy feliz si fuera tan tonto como mi vecina; pero no quiero gozar de semejante felicidad.
Más me aturdió esta respuesta que todo lo que me había dicho antes; y examinándome a mí mismo, vi que efectivamente no quisiera yo ser feliz a cambio de ser un majadero.
Propusimos el caso a varios filósofos, y todos fueron de mi parecer. No obstante, decía yo para mí, rara contradicción es pensar así, porque lo que importa es ser feliz, y nada importa tener entendimiento o ser un necio.
También pensé: los que viven satisfechos con su suerte, están seguros de que viven satisfechos; y los que discurren, no tienen certeza de que discurren bien. Entonces, está claro que debiera escoger no tener una pizca de razón, si esa pizca contribuye a mi infelicidad. Todos fueron de mi mismo parecer, pero ninguno prefirió volverse tonto por vivir contento.
De aquí saco en consecuencia que si apreciamos mucho la felicidad, más nos importa la razón. Y reflexionando con más detenimiento, parece que preferir la razón a la felicidad, es un disparate. ¿Y, cómo hemos de explicar esta contradicción? Pues lo mismo que todas las demás, y sería el cuento de nunca acabar.
Fuente: Argenpress
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