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Blog de Andre Suarez
Relatos que saben a cuentos cuando uno se toma el tiempo de escribirlo... Claro, la vida no deja de ser cuento.

Ojala el Perú sea una sanguchería

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-Ya voy esperando una hora, atiéndeme rápido cholo de mierda.

El silencio imperaba entre los clientes de un sanguchería. Los clientes se veían entre ellos las caras, como quien espera cuál de todos reaccionara por la ofensa al cocinero para sacarle la mierda. No faltó la mecha para que una miniguerra contra la discriminación comience.

-Puta que yo a ese gringo no lo atiendo pero ni cagando...- dijo un señor de lentes, de piel clara, treintaenton, que se servía de su sánguche campesino, lo dijo sin observar directamente al "gringo", sino que lo hizo a través del espejo del local. Se cruzaron miradas y el "gringo" se acercó desafiante para reclamarle respeto ajeno. El defensor mediático del cocinero le dijo que respete al cocinero, que no tiene derecho a insultar y apurar su pedido, porque llegó de último. El gringo estaba ebrio, todos miraban atentos para ver si se iniciaba la política de los puños. Yo lo miraba espectante, quería que ocurra el primer golpe para ceñirme contra el gringo. Pienso que la misma idea estaba en la cabeza de los demás.

-Ya anda no más, cojudo- dijo el señor de lentes con una sonrisa confiada, porque estaba acompañado de tres compañeros.
El gringo se acerca otra vez donde el cocinero y le pide con los ojos que apure su labor. El cocinero no se inmuta, solo atiende sin opinar ni mostrar enojo. El señor de lentes hablaba de su experiencia con peruanos en otro país, sospecho que era Chile. "Y no habían cholos como este cojudo que trataban así a los demás", dijo el señor de lentes provocando al gringo. El gringo lo mira esperando que la batalla de lisuras comience, pero no sucedió.
El gringo se fue del local con su pedido, afuera lo esperaba su pareja y un taxi con un destino desconocido. El de lentes dice en voz alta "puta, que este huevón porque tiene cabello castañito viene acá a cholear. Pobre cojudo", todos los del local se rieron y comentaron sobre el hecho. "Oye, ese está bien cojudo, cómo puede gritar así al cocinero. Tremendo cholaso pelo teñido que era el imbecil", dijo un par de chicos que estaban por irse.
Por menos de cinco minutos, un grupo de 10 peruanos desconocidos entre sí reían y charlaban debido a una indignación en común: el racismo. Todos querían hablar a la misma vez, pero el tiempo amenazaba la cofradía: eran las tres y cuarto de la mañana.
Nos despedimos con un "jajaja" y con cierta verguenza de mostrar simpatía hacia un extraño que hizo lo que los demás pensaron pero no se atrevieron a hacer: defender al cocinero. Camino de regreso a la casa de mi amigo sonreí: si el Perú fuera una sanguchería, nos iría todo muy bien.
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