La riqueza de El Búho

Yo quiero detenerlo para hacerle entender que en la vida no todo es riqueza económica, pero será en vano, pues no me entenderá ya que nuestras valoraciones y conceptos son totalmente diferentes. Para él su mundo conceptual está basado en hacer plata, acumular capital y luego detentar poder basado en sus cuentas bancarias. Lo mismo pensaba con un ex primo que no entendía cómo es que yo me preocupaba en ahorrar para publicar un libro. ¿Un libro, pero para qué gastar en un libro?, me preguntaba mirándome como un bicho raro. Ahora, lo cierto es que como ellos piensan una gran, inmensa mayoría.
Por eso es que no entenderán un proyecto como El Búho, semanario que nació hace diez años y que desde el primer número se dedicó a difundir cultura, que para mí es su principal componente, el otro es el análisis político de los principales hechos de la semana. Nunca pensé que una aventura que se planeó para unos cuantos meses y con un objetivo inmediato (frenar la corrupción fujimorista que tentaba su tercer e ilegal gobierno) fuera durar tantos años. Sin embargo, haber persistido diez años significa que esa apuesta fue la correcta, a pesar de todos los problemas que, tanto a Mabel, su directora, como a mí, nos ha causado.
Yo siento, por ejemplo, que mi tozuda apuesta por El Búho y la tarea inquisidora que durante años hicimos denunciando inútilmente la descomposición de mando de la universidad agustina, aquietó mi carrera universitaria. Diez años después, sigo como simple profesor con ascenso frenado, sin ningún cargo universitario, y trasladándome en combi. La suerte de mis colegas que hace diez años estaban en lo mismo ha cambiado: hoy ostentan cargos y no ocultan sus mejoras materiales y menos su creencia que yo soy un traidor por criticar y fiscalizar a una universidad pública. Es decir, ellos están peor que el amigo que reseño al principio, pues no sólo no entienden de los varios tipos de capital, sino que su medianía les impide comprender que los cargos públicos no son sinónimo de feudalidad que pueden manejar a su antojo apropiándose de sus dineros o repartiendo puestos a sus hijos, hijas y romances furtivos.
Al igual que el empresario hotelero, siento que detenerse a conversar con esos colegas universitarios es una tarea vana, pues también sus valoraciones y conceptos son tan diferentes que no entenderán que, parafraseando a Bourdieu, existe un capital simbólico, una riqueza personal que está basada en la honestidad, competencia y solvencia moral. Esa es la riqueza que he acumulado estos diez años con El Búho, riqueza que me obliga a trasladarme en combi y muchas veces comer un menú, pero que a la vez me gratifica dándome un viajecito anual a cualquier parte del mundo para conferenciar esa experiencia, sacar pecho por aportar minimamente a la formación ciudadana con análisis social y promoción cultural, dormir tranquilo, mirar de frente a la gente y, fundamentalmente, tener la seguridad que mis hijos no sentirán vergüenza cuando oigan hablar de su padre.
Por eso es que no entenderán un proyecto como El Búho, semanario que nació hace diez años y que desde el primer número se dedicó a difundir cultura, que para mí es su principal componente, el otro es el análisis político de los principales hechos de la semana. Nunca pensé que una aventura que se planeó para unos cuantos meses y con un objetivo inmediato (frenar la corrupción fujimorista que tentaba su tercer e ilegal gobierno) fuera durar tantos años. Sin embargo, haber persistido diez años significa que esa apuesta fue la correcta, a pesar de todos los problemas que, tanto a Mabel, su directora, como a mí, nos ha causado.
Yo siento, por ejemplo, que mi tozuda apuesta por El Búho y la tarea inquisidora que durante años hicimos denunciando inútilmente la descomposición de mando de la universidad agustina, aquietó mi carrera universitaria. Diez años después, sigo como simple profesor con ascenso frenado, sin ningún cargo universitario, y trasladándome en combi. La suerte de mis colegas que hace diez años estaban en lo mismo ha cambiado: hoy ostentan cargos y no ocultan sus mejoras materiales y menos su creencia que yo soy un traidor por criticar y fiscalizar a una universidad pública. Es decir, ellos están peor que el amigo que reseño al principio, pues no sólo no entienden de los varios tipos de capital, sino que su medianía les impide comprender que los cargos públicos no son sinónimo de feudalidad que pueden manejar a su antojo apropiándose de sus dineros o repartiendo puestos a sus hijos, hijas y romances furtivos.
Al igual que el empresario hotelero, siento que detenerse a conversar con esos colegas universitarios es una tarea vana, pues también sus valoraciones y conceptos son tan diferentes que no entenderán que, parafraseando a Bourdieu, existe un capital simbólico, una riqueza personal que está basada en la honestidad, competencia y solvencia moral. Esa es la riqueza que he acumulado estos diez años con El Búho, riqueza que me obliga a trasladarme en combi y muchas veces comer un menú, pero que a la vez me gratifica dándome un viajecito anual a cualquier parte del mundo para conferenciar esa experiencia, sacar pecho por aportar minimamente a la formación ciudadana con análisis social y promoción cultural, dormir tranquilo, mirar de frente a la gente y, fundamentalmente, tener la seguridad que mis hijos no sentirán vergüenza cuando oigan hablar de su padre.
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