Días extensos. He ido poniendo las fichas en orden y mi juego de vida apenas empieza. En poco menos de quince días seré parte de lo que nunca dejé ir, y por todas partes seré reconocida como la contraparte de lo que soy por las noches. Mis libros están a la espera de ser abiertos (como ya dije, invertí parte de mi sueldo en hacer propias las lecturas de Ribeyro) y sin mucho ya por decir, sólo con sigilo, me pregunto si mis manos seguirán escribiendo tal y como lo hacen hoy en día...

Mi destino estaba cual suerte, echado como relataré líneas después.

Además, en un par de meses compartiré mi vida junto a la de una persona (mujer) que empiezo a conocer y me encanta por su serena sonrisa y cómplice porvenir. Me gusta que sea inteligente, que sea joven y de cierto modo, me gusta por ser como es y espero no arremeter mi mal humor de fin de mes porque me gustaría tomar muchos cafés con ella, charlar del trabajo, ir al teatro, hablar de los hombres, maquinar ideas solitarias pero cómplices... como ya lo dije, mejor compañera hasta hoy no pude elegir. Claro que la convivencia nos rasgará el ánimo muchas veces, pero para ésas cosas la vida se encargaría de sosegarme..

Con miles de obligaciones académicas por venir (deberían ver mis ganas de tomar al toro por las astas), mi mente apenas y me ha dejado espacio para soñar despierta. Yo soy un papel. Mi trabajo marcha a su propio ritmo. Mis piernas lentas pero seguras, comienzan a crecer raíces de nervios que me harán sentirlas nuevamente (con suerte) tal y como fuera en ése ayer, dónde eran tersas y fuertes.

Anoche, pensando cerrar el día, salí a comer. Saliendo, así como pensé, distraeré mi mente de aquel hombre cuyos-hombros-me-pertenecen y escribiré más y seguiré buscando la manera de proveerme más dinero para poder comprar más fruta los fines de semana. Sin embargo, llamó mi atención un hombre que llegó en plena noche a irrumpir el espacio de la velada. Comíamos, y cuando reconocí su milésima camisa negra sonreí, me acerqué y lo detuve antes de que se fuera. Mi corazón temblaba a mil. Nos preguntamos un par de cosas, un par de dimecomoestás y lo invité a formar parte de nuestra mesa, lo que pensé no aceptaría. Grande fue mi sorpresa cuando vi que sucedió diferente: en un par de segundos reconocí su olor característico y mi familiaridad para con él encontró su cauce: me sentía bien y sorprendida. Eso me gustó.

Despedí a mis amigos pasadas las once de la noche y luego, caminé con B. algunas calles. Lejos de ellos, ahora tenía su compañía cercana para conmigo. Pasamos una velada tan encantadora mientras la media noche se sucedía. Nada más sosegó mi interés. Luego de algún tiempo saqué de mi bolso la carta que le había escrito a razón del primer año de conocernos.

Luego no sé. Sonrió. Hablamos. Fraternizamos. Estuvimos en silencio. Conversamos tanto que mi voz apagó su eco y entonces comencé a soñar. En el sueño iba con B. a lugares que no reconozco, pero eran caminos largos y sinuosos. Al final del sueño él me miró fijamente y me dijo que dejase todo fluir, porque todo estaba sucediendo de manera buena y que él era feliz con éso. Y cogió mi mentón y justo cuando me iba a besar, tomé su mano.

Al despertar escuché que alguien repitió el eco de mis buenos días.
Para mí esa fue la mejor parte de la historia.

ps. Jamás me sentí más papafrita, como diría Mafalda, que anoche..