01/03/10: Sí, es.
En estos momentos precisos, tengo doce onzas de café con leche (más café que leche) en el estómago. Mis ideas durante la noche no ausentaron, al contrario, quien me viera no reconocería lo que mis cuatro paredes encierran: furia. La furia, sentir tan humano y reacción tan imponente, consume mi ser en espacios variopintos donde probablemente veré la tarde caer y ese sentir irá creciendo aún más (he leído sobre aquello, y sí, está probado) y crecerá tanto y temo me llegue a agotar hasta su punto más extremo (entonces sí que Dios me acoja aunque no me confiese porque mi vida será una dulce letanía).
Aunque la noche de ayer, ya sóla, parecía sentirme más cuajada y más calmada en mis agonías, este sentir se ha venido acrecentando cual bola de nieve en el invierno más ajeno. Un inocente fin de semana me aguardó esperando este desenlace tan dispar, tan deseado pero temido.
No reconozco este cuerpo mío, este sentir, acaso estoy sintiendo amor (me pregunto y vuelvo a callar y vuelvo a caminar y vuelvo a echarme agua al rostro y un par de carajos arremeten mis labios de esa furia que no cesa y que no veo marchar)... no sé porqué me molesta tanto, pero a veces quisiera arrancar de mi mente este sentir y volver a la calma de mis propias y mansas aguas, donde mis pasos marchan solos. Esta es la razón de mi furia: estoy enamorada. Lo confieso a esta edad en que los pudores sólo son helechos de lo que le quedó por recorrer a mi adolescencia. Me he enamorado y no me reconozco.
Esto ya me da pavor. No es lo de siempre, no es la sonrisa, no es la virtud de saberse correspondida en una palabra, no es la persona que recibe mi mano cuando andamos juntos, no es su ausencia, no es la canción que tenía que tararear antes de irnos ("yo soy quien no te quiere más"), no es su mirada de costado al verlo dormir, no es la conversación como antesala al quererlo, no es la palabra suya en mis noches de consejo, no es su evidente grado de celo respecto a las miradas y nombres ajenos, no son sus zapatos nuevos y bonitos, no es porque coma papel, no es porque tenga unos hombros espléndidos y fuertes, no es porque guste del fútbol, no es porque quiera vivir con él y él piensa (acaso) en aquello, no es porque su nombre sea ruso y para mí sea una buena señal, no es porque siempre seamos frapuccino y té chai, no es porque me diga muñeca y mi corazón tiemble de emoción, no es porque sepa imprimirme la fuerza necesaria al besarme, no es porque admire como trabaja, no es porque admire la manera como habla de su madre, no es porque su padre escriba (probablemente), no es porque guste de las frutas y los dulces, no es porque adore el mar (y por ende, eterno compañero mío), no es porque me admire a mí como mujer, no es porque me de protección, serenidad y motivación, no es porque me lea, no es porque admire mi esencia, no es porque me comparta su mundo y su privacidad sin darse cuenta.
En realidad es por todo lo dicho antes.
Y es por eso que (ya) no miro de soslayo al recuerdo pues este es mi aciago (dulce y exquisito) presente. Así que... la furia me avasalla. Me siento muy humana.
ps. Sí, es.
Aunque la noche de ayer, ya sóla, parecía sentirme más cuajada y más calmada en mis agonías, este sentir se ha venido acrecentando cual bola de nieve en el invierno más ajeno. Un inocente fin de semana me aguardó esperando este desenlace tan dispar, tan deseado pero temido.
No reconozco este cuerpo mío, este sentir, acaso estoy sintiendo amor (me pregunto y vuelvo a callar y vuelvo a caminar y vuelvo a echarme agua al rostro y un par de carajos arremeten mis labios de esa furia que no cesa y que no veo marchar)... no sé porqué me molesta tanto, pero a veces quisiera arrancar de mi mente este sentir y volver a la calma de mis propias y mansas aguas, donde mis pasos marchan solos. Esta es la razón de mi furia: estoy enamorada. Lo confieso a esta edad en que los pudores sólo son helechos de lo que le quedó por recorrer a mi adolescencia. Me he enamorado y no me reconozco.
Esto ya me da pavor. No es lo de siempre, no es la sonrisa, no es la virtud de saberse correspondida en una palabra, no es la persona que recibe mi mano cuando andamos juntos, no es su ausencia, no es la canción que tenía que tararear antes de irnos ("yo soy quien no te quiere más"), no es su mirada de costado al verlo dormir, no es la conversación como antesala al quererlo, no es la palabra suya en mis noches de consejo, no es su evidente grado de celo respecto a las miradas y nombres ajenos, no son sus zapatos nuevos y bonitos, no es porque coma papel, no es porque tenga unos hombros espléndidos y fuertes, no es porque guste del fútbol, no es porque quiera vivir con él y él piensa (acaso) en aquello, no es porque su nombre sea ruso y para mí sea una buena señal, no es porque siempre seamos frapuccino y té chai, no es porque me diga muñeca y mi corazón tiemble de emoción, no es porque sepa imprimirme la fuerza necesaria al besarme, no es porque admire como trabaja, no es porque admire la manera como habla de su madre, no es porque su padre escriba (probablemente), no es porque guste de las frutas y los dulces, no es porque adore el mar (y por ende, eterno compañero mío), no es porque me admire a mí como mujer, no es porque me de protección, serenidad y motivación, no es porque me lea, no es porque admire mi esencia, no es porque me comparta su mundo y su privacidad sin darse cuenta.
En realidad es por todo lo dicho antes.
Y es por eso que (ya) no miro de soslayo al recuerdo pues este es mi aciago (dulce y exquisito) presente. Así que... la furia me avasalla. Me siento muy humana.
ps. Sí, es.
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