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Tras un día de descanso, al octavo día Dios creó al hombre albatros. Nacido del tronco de un viejo árbol dentro de la espesura de un bosque muy lejano en lo alto de una montaña, el hombre albatros juró de cuclillas al cielo proteger este mundo de alevosías. Solitario y asiduo visitante de montañas desnudas y rocosas cuyos picos sobrepasaban la altura de las nubes, el hombre albatros lo observaba todo como si fuese la mano derecha de su creador. Dios le había dado forma humana pero no la condición de Adán. De su espalda desnuda sobresalían voluminosas alas blancas y de sus caderas germinaban plumas espesas del mismo color hasta un poco más arriba de las rodillas. Con la mano derecha sostenía un macizo tridente dorado cuyo arpón aventajaba la altura de su cabeza. Su cabeza iba casi siempre bien en alto y su fisonomía era fina a pesar de ese ceño fruncido que medrosamente trataba de ocultar cuando mediante rayos de sol, Dios le daba caricias. El hombre albatros tenía la mirada perdida, casi no comía y en invierno dormía en posición fetal abrigado por la magnitud de sus alas. Su cabello dorado fue perdiendo su resplandor, sus ojos azules se tornaron grises y su única mano libre fue adoptando la posición de un doloroso y permanente puño. Abatido por ventiscas interminables, durante la noche refugiado en una cueva gélida, el viento mediante golpizas le musitaba al oído por qué Dios no podía darle una Eva. El hombre albatros en silencio y atormentado, trémulo pero de pie, daba golpes con su tridente al vacío sin ver. La oscuridad y las golpizas del viento desaparecieron justo cuando el tridente clavó el tronco del viejo árbol de donde nació. De su inmensa copa una manzana muy roja cayó sobre sus pies. Dejando caer el dorado tridente de sus manos, el hombre albatros, ya de rodillas y con la cabeza gacha, invocó al viento moviendo ligeramente los labios. Una nueva y ligera ventisca retornó y, tras jugar coquetamente con sus cabellos dorados, con sigilosos silbidos se lleva la fruta a la mujer prohibida. No fue grande su sorpresa cuando sus alas cobraron un tamaño estrecho y de su cuerpo desnudo fueron brotando plumas grises por doquier. De sus labios surgieron planchas óseas y de su rostro un pelaje delgado y blanco. Sus brazos se contrajeron hacia su pecho y sus piernas se redujeron a pequeñas garras. El hombre albatros no era más el hombre albatros. Ahí, junto al viejo árbol de donde había nacido, Dios lo iluminó con un rayo de sol. El animal albatros cubrió su rostro con una de sus alas.

Sin soportar esa luz que lastimaba sus ojos, corrió lejos y prendió vuelo desde un precipicio hacia la nada.

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