Haiti...

Foto: www.cbc.ca // Diseño de la foto: André Suárez
En qué preciso momento se separó la vida de nosotros.
En qué lugar, en qué recodo el camino,
en cuál de nuestras travesías se detuvo el amor para decirnos adiós.
Nada ha dolido tanto en nuestro corazón
como colgar de nuestros labios la palabra amargura.
Jacques Viau Renaud, poeta haitiano
En qué lugar, en qué recodo el camino,
en cuál de nuestras travesías se detuvo el amor para decirnos adiós.
Nada ha dolido tanto en nuestro corazón
como colgar de nuestros labios la palabra amargura.
Jacques Viau Renaud, poeta haitiano
Si las balas se pudieran comer, no habría más hambre en el mundo, sobretodo en Haití ahora que padece las consecuencias de un terrible terremoto de 8 grados en la escala de Richter. El mundo parece armarse con armas cada vez más avanzadas mientras su temor retrógrado hace del mundo un país inseguro en sí mismo. Pobre Haití, pobre el mundo. Yo tuve la oportunidad -y el padecimiento- de ver las primeras imágenes transmitidas por Reuters al canal donde trabajo. Primero era lo típico: edificaciones caídas, cuerpos tapados, mujeres semidesnudas lloran entre el polvo, etc. Sin embargo, ahora que la perturbación de los estragos del terremoto comenzaron a alejarse en el tiempo, los haitianos recurren al saqueo como medio de sobrevivencia. En esa isla ahora vive el más fuerte. La ley de la jungla, del instinto humano que cada uno, desde el tercermundista hasta el primermundista tiene en las entrañas.
Hoy pude ver el recojo de cadaveres de las calles, de trozos de carnes y huesos que formaron el padre, la madre o el hijo o hija de un desconocido, y que ahora es cargado como costal de mercado sobre vagonetas, que dirigen los cadaveres a una fosa común. Pude ver cómo el cuerpo de una haitiana, de 17 años aproximadamente, era cargado por un chico que la lanzó contra la pala hidráulica CAT. El cadaver no tuvo el impulso necesario, por lo que su cadera choca en el borde y como un saco de huesos se desploma al suelo. En ese momento fue cuando su cabeza chocó con fuerza al pavimento y se escuchó un sonido sordo, hueco y seco. PUM, se rompio la cabeza. ¿Qué dirán los enterradores? ¿Total, ya está muerta, no?, me imagino que pensarán eso, porque la tragedia humana hace los nervios de acero que es fácilmente confundida con la crueldad.
También tuve la oportunidad de ver el llanto de una mujer sentada en medio del cadaver de su hijita de 3 años y de su esposo, los dos ensangrentados descubiertos en el suelo. Eran imágenes duras y las tuve que ver.
Solo basta con decir lo siguiente para que se imaginen la situación de Haiti: El presidente haitiano, René Préval, declaró a CNN que su vivienda fue destruida, así como el palacio gubernamental. Si el presidente no tiene dónde dormir, ¿se imaginan al resto de haitianos?
Por casualidad, antes de escribir este post, di una pasada de ojo a la web de El Comercio. "Indignante: Cónsul haitiano dijo que el terremoto en su país “es bueno” porque los hace conocidos", la nota es de Martín Tumay Soto. Cito: "el cónsul general haitiano en Sao Paulo, George Antoine, criticó a su propio pueblo y consideró que “la desgracia de allá es buena para que nosotros, aquí, seamos conocidos”. Sin darse cuenta que era grabado y hablando con un funcionario de su país, también dijo: “El africano (la mayoría de la población haitiana desciende de África) en sí está maldito. Y todo lugar que tiene africanos está jodido”. George Antoine se preparaba para una entrevista con el canal SBT Brasil".
Sencillamente no entiendo... o es que no quiero entender.
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