13 ene '10-11:47
Pobreza, miedo y violencia (en el Callao)
Pobreza, miedo y violencia (en el Callao)Así como hoy, los principales diarios de Lima (y sus páginas web http://www.ojo.com.pe/ojo/impresa.php, http://www.trome.com/tonline/Html/2010-01-12/ontractualidad1071296.html, http://peru21.pe/impresa/edicion/2010-01-13/231081, http://elcomercio.pe/noticia/396691/hay-500-policias-que-buscanmanana-tarde-noche-al-resto-asesinos-suboficial) casi a diario informan a la ciudadanía acerca de luctuosos actos de violencia que no son otra cosa que la manifestación concreta de los altos índices de criminalidad existente en nuestro “primer puerto” (ver http://blog.pucp.edu.pe/item/84242) y que cada vez parece estar más organizada en el Callao. Pero esa es sólo la punta del iceberg de pobreza más abyecta que nuestras autoridades regionales y municipales no pueden afrontar, sobre todo, porque no se atreven a hacerlo.
La pobreza y el miedo representan la negación de todos los derechos de las personas. Aunque una declaración diga lo contrario, en los hechos, quien es pobre no tiene derecho a la salud. Pero también, quien tiene miedo y no es pobre, no vive saludablemente. Quien es pobre no tiene derecho a la educación (de calidad, por supuesto). Y quien sin ser pobre tiene miedo, no puede gozar libremente de los beneficios de la educación (vivir en sociedad, en paz). Quien es pobre no tiene derecho a trabajar efectivamente. Pero quien trabaja y tiene miedo gasta energías extra en preocuparse porque nadie le quite el fruto de su trabajo ni amenace con un despido la tranquilidad económica de su familia. El pobre no tiene derecho a la seguridad (ciudadana), vive inseguro permanentemente. Nadie que no sea pobre tiene los recursos suficientes para sentirse verdaderamente seguro en la calle o en sus casas. Quien es pobre y tiene miedo, no tiene ningún derecho, no puede ser llamado en efecto ciudadano y, por lo tanto, no se le pueden ni deberían exigir (como si su pobreza fuera una cuestión accesoria) los deberes ciudadanos que le corresponderían en condiciones normales de equilibrio entre derechos y obligaciones.

Esa realidad es la que tenemos que conocer, interpretar y aceptar sin tapujos, y para esa realidad tenemos que presentar alternativas de solución concreta y permanente. La violencia y el miedo no son el problema, no son la causa, son las consecuencias de la pobreza. La violencia y su tintura roja que sirven de titular en los periódicos proviene, en casi la totalidad de los casos, de los sectores más pobres de nuestra sociedad, y cada vez más son más jóvenes los actores de ese teatro de sangre. Las bandas organizadas del Callao no las integran estudiantes universitarios, las integran jóvenes menores de 20 años, escolares truncos en su mayoría, a quienes nadie escucha y cuya pobreza a nadie preocupa (¿qué han hecho las autoridades regionales y municipales para reducir la pobreza?). Sí, en cambio, nos preocupa que ellos porten armas, pero no nos preocupa dotarlos de las armas indestructibles que dan el amor, de la educación y del trabajo. En cierta forma, en forma violenta, ellos están armados, pero, en el fondo, están desarmados para la vida. Suplen con herramientas de muerte, la ausencia de herramientas de vida.
¿Qué hacer? Sentirnos seguros no necesariamente quiere decir estar seguro. Aceptemos que incrementar el número de efectivos policiales, de unidades móviles, de serenos, de vigilantes, etc. no nos da seguridad, pues, al contrario, su incremento ratifica cuán inseguro es el lugar en el que vivimos. Es cierto, ante la violencia es necesaria la acción policial para garantizar el orden, pero esta no representa una acción contra el problema mismo, es una acción contra una consecuencia de la pobreza.
Mientras la pobreza y el miedo que producen violencia y delincuencia subsistan, viviremos inseguros en calles y casas. Inseguros de todo y sospechosos de todo y de todos. Si seguimos creyendo que más policía es menos delincuencia, caeremos más presa del pánico cuando una vez más la violencia se manifieste en nuestras casas, en nuestras calles o en uno (o sobre uno) de nosotros. Mientras las causas de la violencia subsistan, la violencia no retrocederá. Todo lo contrario.
El Callao y los chalacos tenemos derecho a vivir mejor, todos. Tenemos derecho a ser mejor gobernados.
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