06/01: La Tunera y la Naranjera al otro lado de la Frontera
Ir a comprar los domingos era una experiencia total. No era como la típica ida a un gigantesco Mall o un hipermercado de capitales chilenos. Mas bien íbamos a otras tierras, literalmente cruzábamos la línea para estar en otro lado. Frente a nosotros había un puente con aguas verdes que reposaban desde la prehistoria inmóviles bajo el calor ecuatorial. Ese puente que se había cerrado una vez allá por 1995 separó dos tierras, dos culturas, dos formas de ver la vida iguales y distintas a la vez. Un pie en Perú y otro en Ecuador. La frontera no natural.
En el lado peruano; con sus puestitos de venta de tres por dos, construidos con madera o caña brava y techitos de plástico azul; algunos lugareños expendían asas de olla, implementos para bicicletas (cadenas, timbres y manubrios), ropa medio monse (que, no lo niego, una vez compré) y demás artículos sin importancia; inclusive se ofrecía el servicio de curanderismo, ejercido por el principal chamán y gran maestro amarrapies Charuma Lumazán. Era, en suma, un terreno simple y desértico con caminos de tierra adornados con algarrobos, matas y arbustos secos. El cielo estaba despejado y se podía apreciar ese color celeste tropical sobre aquél agrietado suelo que pedía a gritos la llegada de las lluvias de verano. La vista me recordaba que el ser humano podía adaptarse a todo clima y toda condición. Al lado izquierdo de la Panamericana, muy atrás de donde se asentaban estos precarios puestos que describí, pude imaginar la existencia de arroceras, playas vírgenes y manglares.

"Vendedora de frutas". Un retazo de la Lima que conoció Juan de Arona. Acuarela del Pintor mulato Pancho Fierro (1807 - 1879).
Ilustración tomada del portal Amerique Latine.com (Francia). Comparen esto contra un edificio de estilo Gamarra en Huaquillas.
El lado ecuatoriano, comparado con el lado peruano, era la demostración concreta de que las fronteras vivas eran una política limítrofe que el gobierno de Quito se tomaba muy en serio. Sus altas edificaciones que se asentaban en Huaquillas demostraban altura, concreción, fuerza, madurez y, obvio, mayor desarrollo. Inclusive llegué a sentir que me sentía del lado equivocado del mapa. Sin embargo, al probar la comida del lugar (pinchos con hot dogs anaranjados, cebiche caliente con ketchup y hartas frituras con carne de dudosa procedencia) quería retornar corriendo a un rico restaurante de mi precario pero variado país.
De todo y a gusto del cliente: Gas, zapatillas, relojes, ropa, radios, televisores, medicinas, instrumentos musicales, botes, camionetas, artículos de cocina, etc. Se podía encontrar de todo y a un precio más bajo que en mi querido Perú. El amor por mi país yo lo podía traducir en una relación masoquista que, sin embargo, tenía que valorar como si fuera lo máximo y lo último de este mundo a pesar de sus falencias y atrasos: Perú, el lugar donde yo nací.
Una linda chica de ojos verdes, muy blanca y de cabello castaño nos ofrecía tunas y "bananos". Yo le quería hablar pero ella se dirigía a mi madre. Llevaba poca ropa puesta debido al intenso calor. Ella hablaba y caminada totalmente despreocupada frente a la mirada intrusiva de todos aquellos hombres que pasaban por ahí dos o tres veces con la excusa de haberse olvidado de comprar algo.
La tropical vendedora le decía a mi progenitora, sin pelos en la lengua, lo guapo que yo le parecía (todo por vender). Ella vestía un perturbador short amarillo con pantylines a la vista, y un diminuto y revelador polo de tiras color blanco. Creo que ni el señor de los Thundercats pudo ver más allá de lo evidente en comparación con lo que muchos veíamos. Su sinuosa figura se protegía de los rayos del sol bajo la sombra de una fresca sombrilla de tonos naranjas. Su preciosa sonrisa y alineados dientes conjugaban perfectamente con aquellas cejas de color castaño que se arqueaban al soltar alguna frasecita con tono pícaro.
"Suegra, cómpreme unas tunitas pues"- le decía ella con un dejo muy parecido al de las peruanas de la sierra de Cajamarca.
"A cuánto está el kilo" - le preguntaba mi madre sonriendo.
"La libra se la dejo a 2 soles (en ese tiempo soles y sucres convivían), ¿que dices suegrita?" - yo estaba sonriente por su sonrisa.
"Dame 3 libras" - decía mi madre sin la más mínima idea de lo que le iban a pesar pues para ella era lo mismo que kilos.
"Gracias suegrita" decía ella con una media sonrisa tal vez de satisfacción por una buena venta y la otra tal vez por no poder hacer realidad lo de "la suegrita".
"Chau, esta guapo su hijo suegrita!" - una guiñada de ojos mas su sonrisa y mi mente volaba: linda, Ecuador, hijos, paises, guerra, campo, vacas, calor, ropa pequeña, ropa chiquita, nada de ropa, más calor, hermanos, padres, vida, pan, comida, ceviche, ketchup, comercio, caliente, calor y más calor. Mi mente volaba de pensar en una vida con una chica así. Bah! Lo que hace el calor!.
Caminando unas cuadras más allá, encontré a una chica de las naranjas que podía reconocer a los peruanos: "Hola amiguito, llévese estas naranjas a Perú". La naranjera supo reconocerme, me sonreía y yo no dejaba de mirarla. Yo caminaba por ahí, solo, mientras mi madre preguntaba en la tienda de golosinas por aquellos combos "dos por uno" que venían en recipientes gigantes que contenían muchísimas bolitas de chocolate envueltas en papel aluminio. También estaba en la búsqueda de esos empaques metálicos con cremosas galletas de varios sabores que yo me había ofrecido a conseguir en caso ella no pudiera.
La naranjera me sonreía. Era muy guapa también: cabello lacio de color negro, rostro fino, piel cobriza, cuerpo atlético: un polo de tiras amarillo y un pantalón de transparente lycra roja dejaban poco a la imaginación, no llevaba puesto Brassiere. Sus pezones nos "asaltaban" ("hands up!"..you know what I mean, right?). Llevaba una tanga con encajes marcándose lo....en fin, se dejaba notar todo. Me sorprendí porque era la primera vez que veía una chica como ella, con esas facciones, vestida así y que me sonreía así. Se parecía mucho a una actríz de apellido Sage. Ella, parada sobre un cerro de vitamina C, se volteaba provocadora, llevando y trayendo limones y algunas naranjas de aquí para allá, de allá para acá. Su silueta roja bajo la sombra contrastaba entre el anaranjado y el verde de algunos cítricos a la luz de un sol implacable y cuyos reflejos la iluminaban peculiarmente desde abajo. Era como estar frente a un altar hindú: la diosa de los cítricos sosteniendo naranjas y limones en cada mano. No le hablé nunca, sólo le contesté la sonrisa. Toc, toc!..Ya eran las 4:00 p.m., hora de retornar.

Naranjas: una mezcla entre Roselyn Sanchez con actitud de Adriana Sage
Ya en el bus de retorno y sentado en el lado de la ventana, miraba el desértico llano lleno de algarrobos, arbustos y pasto seco. Pensé en aquéllas chicas que tuve la suerte de conocer (o por lo menos admirar) ese día. Pensaba y la fluidez de mi mente se diluía en un sueño al ritmo de una puesta de sol de tonos anaranjado y rojo.
Si fuera mayor probablemente hubiera hecho muchas cosas más. Probablemente hubiera sido atacado por algún novio o marido celoso y luego tirado abajo del puente de Aguas Verdes casi moribundo por ser tan atrevido. Mi idea era no hacer tonterías en esas tempranas épocas de mi vida, ya habrá tiempo me decía a mi mismo. Tal vez si, tal vez no. Como dicen por allá: "tenía los huevos chiquitos" y aún no conocía las vicisitudes de lo que era tener una enamorada de verdad o "de pasada" si fuera el caso de la tunera y la narajera al otro lado de la frontera.
En el lado peruano; con sus puestitos de venta de tres por dos, construidos con madera o caña brava y techitos de plástico azul; algunos lugareños expendían asas de olla, implementos para bicicletas (cadenas, timbres y manubrios), ropa medio monse (que, no lo niego, una vez compré) y demás artículos sin importancia; inclusive se ofrecía el servicio de curanderismo, ejercido por el principal chamán y gran maestro amarrapies Charuma Lumazán. Era, en suma, un terreno simple y desértico con caminos de tierra adornados con algarrobos, matas y arbustos secos. El cielo estaba despejado y se podía apreciar ese color celeste tropical sobre aquél agrietado suelo que pedía a gritos la llegada de las lluvias de verano. La vista me recordaba que el ser humano podía adaptarse a todo clima y toda condición. Al lado izquierdo de la Panamericana, muy atrás de donde se asentaban estos precarios puestos que describí, pude imaginar la existencia de arroceras, playas vírgenes y manglares.

"Vendedora de frutas". Un retazo de la Lima que conoció Juan de Arona. Acuarela del Pintor mulato Pancho Fierro (1807 - 1879).
Ilustración tomada del portal Amerique Latine.com (Francia). Comparen esto contra un edificio de estilo Gamarra en Huaquillas.
El lado ecuatoriano, comparado con el lado peruano, era la demostración concreta de que las fronteras vivas eran una política limítrofe que el gobierno de Quito se tomaba muy en serio. Sus altas edificaciones que se asentaban en Huaquillas demostraban altura, concreción, fuerza, madurez y, obvio, mayor desarrollo. Inclusive llegué a sentir que me sentía del lado equivocado del mapa. Sin embargo, al probar la comida del lugar (pinchos con hot dogs anaranjados, cebiche caliente con ketchup y hartas frituras con carne de dudosa procedencia) quería retornar corriendo a un rico restaurante de mi precario pero variado país.
De todo y a gusto del cliente: Gas, zapatillas, relojes, ropa, radios, televisores, medicinas, instrumentos musicales, botes, camionetas, artículos de cocina, etc. Se podía encontrar de todo y a un precio más bajo que en mi querido Perú. El amor por mi país yo lo podía traducir en una relación masoquista que, sin embargo, tenía que valorar como si fuera lo máximo y lo último de este mundo a pesar de sus falencias y atrasos: Perú, el lugar donde yo nací.
Una linda chica de ojos verdes, muy blanca y de cabello castaño nos ofrecía tunas y "bananos". Yo le quería hablar pero ella se dirigía a mi madre. Llevaba poca ropa puesta debido al intenso calor. Ella hablaba y caminada totalmente despreocupada frente a la mirada intrusiva de todos aquellos hombres que pasaban por ahí dos o tres veces con la excusa de haberse olvidado de comprar algo.
La tropical vendedora le decía a mi progenitora, sin pelos en la lengua, lo guapo que yo le parecía (todo por vender). Ella vestía un perturbador short amarillo con pantylines a la vista, y un diminuto y revelador polo de tiras color blanco. Creo que ni el señor de los Thundercats pudo ver más allá de lo evidente en comparación con lo que muchos veíamos. Su sinuosa figura se protegía de los rayos del sol bajo la sombra de una fresca sombrilla de tonos naranjas. Su preciosa sonrisa y alineados dientes conjugaban perfectamente con aquellas cejas de color castaño que se arqueaban al soltar alguna frasecita con tono pícaro.
"Suegra, cómpreme unas tunitas pues"- le decía ella con un dejo muy parecido al de las peruanas de la sierra de Cajamarca.
"A cuánto está el kilo" - le preguntaba mi madre sonriendo.
"La libra se la dejo a 2 soles (en ese tiempo soles y sucres convivían), ¿que dices suegrita?" - yo estaba sonriente por su sonrisa.
"Dame 3 libras" - decía mi madre sin la más mínima idea de lo que le iban a pesar pues para ella era lo mismo que kilos.
"Gracias suegrita" decía ella con una media sonrisa tal vez de satisfacción por una buena venta y la otra tal vez por no poder hacer realidad lo de "la suegrita".
"Chau, esta guapo su hijo suegrita!" - una guiñada de ojos mas su sonrisa y mi mente volaba: linda, Ecuador, hijos, paises, guerra, campo, vacas, calor, ropa pequeña, ropa chiquita, nada de ropa, más calor, hermanos, padres, vida, pan, comida, ceviche, ketchup, comercio, caliente, calor y más calor. Mi mente volaba de pensar en una vida con una chica así. Bah! Lo que hace el calor!.
Caminando unas cuadras más allá, encontré a una chica de las naranjas que podía reconocer a los peruanos: "Hola amiguito, llévese estas naranjas a Perú". La naranjera supo reconocerme, me sonreía y yo no dejaba de mirarla. Yo caminaba por ahí, solo, mientras mi madre preguntaba en la tienda de golosinas por aquellos combos "dos por uno" que venían en recipientes gigantes que contenían muchísimas bolitas de chocolate envueltas en papel aluminio. También estaba en la búsqueda de esos empaques metálicos con cremosas galletas de varios sabores que yo me había ofrecido a conseguir en caso ella no pudiera.
La naranjera me sonreía. Era muy guapa también: cabello lacio de color negro, rostro fino, piel cobriza, cuerpo atlético: un polo de tiras amarillo y un pantalón de transparente lycra roja dejaban poco a la imaginación, no llevaba puesto Brassiere. Sus pezones nos "asaltaban" ("hands up!"..you know what I mean, right?). Llevaba una tanga con encajes marcándose lo....en fin, se dejaba notar todo. Me sorprendí porque era la primera vez que veía una chica como ella, con esas facciones, vestida así y que me sonreía así. Se parecía mucho a una actríz de apellido Sage. Ella, parada sobre un cerro de vitamina C, se volteaba provocadora, llevando y trayendo limones y algunas naranjas de aquí para allá, de allá para acá. Su silueta roja bajo la sombra contrastaba entre el anaranjado y el verde de algunos cítricos a la luz de un sol implacable y cuyos reflejos la iluminaban peculiarmente desde abajo. Era como estar frente a un altar hindú: la diosa de los cítricos sosteniendo naranjas y limones en cada mano. No le hablé nunca, sólo le contesté la sonrisa. Toc, toc!..Ya eran las 4:00 p.m., hora de retornar.

Naranjas: una mezcla entre Roselyn Sanchez con actitud de Adriana Sage
Ya en el bus de retorno y sentado en el lado de la ventana, miraba el desértico llano lleno de algarrobos, arbustos y pasto seco. Pensé en aquéllas chicas que tuve la suerte de conocer (o por lo menos admirar) ese día. Pensaba y la fluidez de mi mente se diluía en un sueño al ritmo de una puesta de sol de tonos anaranjado y rojo.
Si fuera mayor probablemente hubiera hecho muchas cosas más. Probablemente hubiera sido atacado por algún novio o marido celoso y luego tirado abajo del puente de Aguas Verdes casi moribundo por ser tan atrevido. Mi idea era no hacer tonterías en esas tempranas épocas de mi vida, ya habrá tiempo me decía a mi mismo. Tal vez si, tal vez no. Como dicen por allá: "tenía los huevos chiquitos" y aún no conocía las vicisitudes de lo que era tener una enamorada de verdad o "de pasada" si fuera el caso de la tunera y la narajera al otro lado de la frontera.

Etiquetas : Peru, Ecuador, sonrisa, tunera, naranjas, guapa, ojos verdes, historias

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Andrea Amanda escribió:
Con lo que te gusta hablar y contar historias. Me parece bien. Anda haciendo tu libro!!! :)
Chau promito!