El viaje, el exilio y la búsqueda del patito feo III

“Se dirigió entonces hacia ellos, con la cabeza baja, para hacerles ver que estaba dispuesto a morir. Y entonces vio su reflejo en el agua: el patito feo se había transformado en un soberbio cisne blanco…”. Hans Christian Andersen, El patito feo.



III. Los patos salvajes


En su viaje al exilio, fuera de la granja, hacia el ancho mundo, el patito feo se integró a una bandada de patos salvajes, machos y hembras.

Encontró una tribu adolescente, donde le daban afecto entre pares, iniciación en su despertar sexual, complicidades en las peleas brutales, arrastrando su rebelión frente al mundo de los patos adultos.

Cargaba una espina en el alma, que se manifestaba en agresividad y violencia. Por ese milagro que sólo se encuentra en los cuentos maravillosos de Hans Christian Andersen o de Oscar Wilde, fue educado por dos patos adultos, singulares, un maestro de Judo y un maestro de Box: el combate sólo puede ser defensivo, es el principio y fundamento. El patito feo adolescente admiraba a sus maestros de combate, pero sólo entendería sus enseñanzas muchos años después.

El patito feo procedía de un linaje de aves hispano limeñas, por una parte, fue estigmatizado en su rebelión porque donde iba actuaba como un pato salvaje, por otra, estaba protegido en sus conflictos con la ley, por su linaje y su astucia.

Un día saliendo de la Plaza de Acho, de una corrida de toros que frecuentaba porque formaba parte de su cultura, tuvo que enfrentar una agresión imprevisible. Como un gallo navajero en que se metamorfoseaba cuando se sentía en peligro, de un golpe certero tendió en la arena a otro gallo navajero, mayor que él, que lo había estado retando desde tiempo atrás, al que le tenía miedo, porque era más grande y fuerte.

El patito feo, luego de esa pelea callejera instantánea y violenta, del que salió vencedor, recordó confusamente el mensaje de sus maestros, el yudoca y el boxeador, el combate es defensivo, el valor de la vida humana y natural, está por encima de todo. En el claro oscuro de la culpa de animal humano, por haber lesionado severamente a su adversario, dejándolo tumbado en un charco de sangre, se abrían paso las enseñanzas de los maestros del combate defensivo.

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